Las esmeraldas: 8

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Las esmeraldas
Capítulo VIII

de Joaquín Dicenta



Con fuerte abrazo ciñó Neblijar a su esposa al apearse del vagón; tierno fué su diálogo en el automóvil que hasta el palacio les condujo; alegre su entrada en el hogar. Una sombra de tristeza puso en las pupilas del duque la ausencia de su madre, a quien una leve indisposición impedía abandonar su casa a horas tan mañaneras.

-¿Tiene importancia la indisposición de mamá? -preguntó a Leonor, Alfonso.

-Ninguna, absolutamente ninguna; achaques propios a sus años. Si otra cosa fuera, te lo hubiese escrito sin pérdida de tiempo.

Lo que no decía era que, a poco de marcharse el duque, cuando los amores de Leonor con Nuévalos comenzaron a hacerse públicos, la viuda de Neblijar fué regateando visitas a su nuera, hasta el punto de hacerlo tan sólo aquellas necesarias, las impuestas por el buen parecer.

-¡Chocheces! -pensaba Leonor-. Además, algo sabe, para ella solita se guardará el disgusto. No es de presumir que vaya a Alfonso con el cuento.

-En cuanto cambie de ropa, y me dé un baño -dijo el duque-, iré a ver a mi viejecita. ¿Me acompañarás?

-Con gusto grande, si lo quieres. Ahora que, aun siendo quien soy, preferirá ella abrazarte de solo a solo. En estas circunstancias, a una madre el aire le estorba.

-Como ordenes.

-¡Vamos -exclamó Alfonso, luego de la pausa, llena por el abrazo que hijo y madre se dieran-, vamos, madre mía, esa cara no habla de enfermedad!... Algo más pálida te encuentro; pero la salud sigue firme. Aprensiones sin fundamento han tenido culpa de que no nos abrazásemos en el andén. Deséchalas y te perdono, pero con una condición.

-¿Cuál?

-Que vengas a comer con nosotros.

-Hoy, no -repuso la anciana-. Otro día cualquiera, Alfonso.

-Y éste, ¿por qué no?

-Porque hoy debes comer sin testigos con ella. Después de una ausencia tan larga, tendréis mil cosas que contaros. No os quiero estorbar. Tiempo queda.

-¡Ya es empeño! Sois tú y Leonor los grandes, los únicos amores grandes de mi vida. El deber me aparta por largo tiempo de vosotras; en vosotras pienso no más, mientras dura la ausencia. Retorno, mis ojos buscan vuestras dos imágenes, reunidas, al largo del andén y no te hallan; primera decepción. Invito a mi esposa para que me acompañe a tu casa y, con la excusa de no estorbarnos la entrevista, me deja venir solo. Te ruego que nos acompañes esta noche, y tú también, con pretexto igual de no estorbarnos, desatiendes mi súplica. No sois razonables. Por motivos de delicadeza, que me atrevo a llamar excesiva, me robáis el placer inmenso con que he soñado meses: Unir, con un abrazo, tu cabeza y la de Leonor encima de mi pecho, para proclamarme, apretándoos fuerte contra él, el más dichoso de los hombres.

Por toda respuesta, la duquesa viuda cogió entro sus manos la cabeza de su hijo e imprimió en ella un beso.

-Quiere esto decir -murmuró Alfonso, pagando con otro el beso recibido-, que nos acompañarás esta noche.

-De noche no me deja el médico salir.

-¡Madre!...

-Otro día, de verdad, otro día.

-No es eso -interrumpió Neblijar-. Para tu negativa, hay otras razones que tú no quieres revelarme.

-Ninguna.

-Madre, tú no sabes mentir. Mírame cara a cara y júrame, por la memoria de mi padre, que no hay para tu negativa, causa distinta de la que has aducido.

Sin contestar, bajó la duquesa los ojos.

-¿Ves cómo la razón es otra? -dijo Alfonso palideciendo-. Algún disgusto, alguna de esas insignificantes contrariedades que las mujeres, aun las más buenas, aumentáis con vuestra suspicacia. ¿Ha tenido Leonor contigo desatenciones impensadas? ¿Tú, en arrebato disculpable, fuiste con ella injusta?

La anciana siguió sin responder.

-¿No hablas? -continuó Alfonso-. Entonces es más grave el motivo de tu retraimiento. Sea cual fuere, no dudes en decirlo -añadió-. Recuerda que entre los Neblijar, ni se miente, ni se esconde la verdad nunca. Cuando mis abuelos, en cumplimiento de deberes que les imponía su nombre, marchaban a jugarse la vida por su rey, por su Dios, por su patria, dejaban confiado a las mujeres de su estirpe el hogar, y con el hogar el sacratísimo depósito del honor de la raza. Esposas, hermanas y madres, todas lo conservaron íntegro. Todas no. Una sola vez, una sola, cierta dama enlazada a un Neblijar, profanó este depósito. Fué la madre del agraviado quien descubrió al esposo la infamia. La voz del honor familiar habló en ella más recio que pudiera hacerlo ninguna. Reverenciado es entre nosotros el nombre de esa mujer heroica.

-Alfonso...

-No sospecho que trances de honra provoquen tu actitud. Pero, si así fuera, recuerda que al lado de tus padres, del mío, aprendiste a poner la honra de tu casa por encima de todas las consideraciones, de todos los respetos, de todas las piedades. No retrocedas, pues, por duro, por inicuo, por vergonzoso que sea lo que hayas de decirme, habla. Yo, Alfonso, duque de Neblijar, lo mando.

Al decir esto, el prócer se puso con majestad en pie y, cruzando los brazos, interrogó imperativamente, con sus altaneras pupilas, a la anciana.

También ella se puso en pie. Con mano firme enjugó dos lágrimas que temblaban entre sus párpados. Después irguió el busto, frunció las cejas, en profunda meditación, y dijo, tras unos segundos de silencio solemne:

-Bien hablaste. Para los Neblijar, antes que nada es el honor; obligación primera, salvarlo o vengarlo. Oye.

El rostro de la duquesa viuda, de puro pálido, semejaba marfil; una decisión inquebrantable partía, con arruga honda, su entrecejo.

En aquel momento, desdibujada por la luz confusa del crepúsculo, con la toca de negro encaje ceñida a los cabellos blancos; las manos cruzándose sobre la túnica de luto; el busto enhiesto y el gesto de la boca inflexible, evocaba la anciana aquellas viudas de la vieja Castilla que, haciendo una religión del honor, aguardaban años y años a que el infante huérfano se convirtiera en hombre, para poner en su diestra una espada y gritarle:

-Quien nos ultrajó aun está vivo. Tu hora ha llegado. ¡Ve!



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