Las flores de la niña Ida: 2

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Las flores de la niña Ida Hans Christian Andersen


¡Quizá sí!—dijo el estudiante.—No olvides cuando vuelvas al jardín del rey, mirar por la ventana y las verás. Yo lo hice hoy, y vi un gran lirio amarillo tendido sobre el sofá: era una dama de honor.

—¿Y las flores del jardín Botánico van también allí? ¿Pueden hacer ese viaje tan largo?

—Si, por cierto—dijo el estudiante, —porque si quieren pueden volar. ¿No has visto tú las hermosas mariposas, rojas, amarillas y blancas? Se parecen mucho a las flores porque antes no han sido otra cosa. Han dejado su tallo y se han elevado por el aire, y agitando sus hojas como pequeñas alas, han principiado a volar. Como se han portado bien, han obtenido permiso para volar de día también, y no tienen necesidad de volver a casa a estarse quietas sobre el tallo. Así es como al fin las hojas se han convertido en alas verdaderas. Eso lo has visto por ti misma. Por lo demás, es posible que las flores del jardín Botánico no hayan ido jamás al jardín del rey, y aunque ignoren que allí se pasa la noche tan alegremente. Por esto quiero decirte una cosa que hará abrir unos ojos muy grandes a nuestro vecino el profesor de botánica, que vive aquí al lado, ya le conoces. Cuando vayas al jardín cuéntale a una flor que hay un gran baile en el castillo; esta lo repetirá a todas las demás y volarán. Cuando el profesor vaya luego a visitar su jardín, no verá en él ni una sola flor, sin poder comprender lo que les ha pasado!

Pero,¿cómo la flor podrá decírselo á las demás?¡Las flores no saben hablar!

—Es verdad: —respondió el estudiante; —pero se entienden por señas ¿No has visto tú muchas veces cuando hace un poco de viento inclinarse las flores y moverse sus verdes hojas? Pues estos movimientos son tan inteligibles para ellas, como para nosotros las palabras.

—¿Pero el profesor comprende ese lenguaje? —preguntó

—¡Sí, seguramente! Un día que estaba en su jardín vio una gran ortiga que con sus hojas hacía señales a un hermoso clavel rojo; le decía: ¡«Qué hermoso eres y cuánto te amo!» Pero el profesor se enfadó y pegó a las hojas que sirven de dedos a la ortiga. Pero se picó en ellas, y desde entonces no ha vuelto a tocar a ninguna ortiga-

—¡Es gracioso!—dijo la niña Ida, y se echó á reír.

—¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño?—dijo un adusto consejero que había entrado durante la conversación, para hacer una visita, y que se había sentado en el sofá. No podía soportar al estudiante y no cesó de murmurar mientras le veía recortar sus figuritas risibles y alegres. Tan pronto recortaba un hombre colgado de una horca y sosteniendo en la mano un corazón, porque era un ladrón de corazones, como una vieja hechicera que montaba a caballo sobre una escoba y llevaba a su marido en la nariz. El consejero no podía soportar estos juegos, y repetía sin cesar su primera reflexión: ¿Cómo pueden imbuirse tales cosas en la cabeza de un niño? ¡Son tonterías!

Pero todo lo que el estudiante contaba a la niña Ida tenia para ella un encanto extraordinario y la hacía pensar mucho. Las flores tenían la cabeza inclinada porque estaban cansadas de haber bailado toda la noche, sin duda estaban enfermas. Las llevó al lado de otros juguetes que había sobre una bonita mesa, cuyo cajón estaba lleno de magníficas cosas. En la camita su muñeca Sofía estaba acostada y durmiendo, pero la niña la dijo: «Tienes que levantarte, Sofía y por esta noche dormir en el cajón. Las pobres flores están enfermas y necesitan acostarse en tu cama. ¡Quizá se refresquen y sanen! »


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