Las fortunas de Diana: 02

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Yo, que nunca pensé que el novelar entrara en mi pensamiento, me veo embarazado entre su gusto de vuestra merced y mi obediencia; pero por no faltar a la obligación y porque no parezca negligencia, habiendo hallado tantas invenciones para mil comedias, con su buena licencia de los que las escriben, serviré a vuestra merced con esta, que por lo menos yo sé que no la ha oído, ni es traducida de otra lengua, diciendo así:
En la insigne ciudad de Toledo, a quien llaman imperial tan justamente, y lo muestran sus armas, había no ha muchos tiempos dos caballeros de una edad misma, grandes amigos, cual suele suceder a los primeros años por la semejanza de las costumbres. Aquí tomaré licencia de disfrazar sus nombres, porque no será justo ofender algún respeto con los sucesos y accidentes de su fortuna. Llamábase el uno Otavio, y el otro Celio.
Otavio era hijo de una señora viuda, que de él y de una hija que se llamaba Diana, y de quien toma nombre esta novela, estaba tan gloriosa como Latona por Apolo y la Luna. Acudía Lisena, que este fue el nombre de la madre, a las galas y entretenimientos de Otavio liberalmente; y con mano escasa y avara a su hija Diana, vistiéndola honestamente, de que a ella le pesaba mucho, porque es ansia de las doncellas lucir su primera hermosura con la riqueza de las galas; y engáñanse en esto como en otras cosas, porque a la frescura de las rosas por la mañana basta el natural rocío, que cortadas, han menester el artificio del ramillete, donde tan poco duran como después ofenden. No erraba Lisena en componer honestamente su hija, que una doncella en hábito extraordinario de su estado no es mucho que desee cosas extraordinarias y sea más mirada de lo que es justo. Diana mostraba alegría en la obediencia y con discreción notable no excedía un átomo sus preceptos; de suerte que ni en misa ni en fiesta pública fue jamás vista de la curiosidad ociosa de tantos mozos, ni hubo en toda la ciudad quien pudiese decir lo que ahora de muchas, con no poca reprehensión del descuido de sus padres, que les parece que, alabándolas y enseñándolas, se han de vender más presto.


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Las fortunas de Diana de Lope de Vega

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