Las fortunas de Diana: 07

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Celio, mi hermano Otavio tuvo la culpa de amaros con los encarecimientos de vuestra persona y partes; perdónese a sí mismo de haberme puesto en obligación de tanto atrevimiento. En lo más, que es amaros como mi estado puede, yo os obedezco; en daros lugar a hablarme, no es posible, porque los aposentos donde duermo caen a los corrales de unas casillas de alguna gente pobre, y por ninguna cosa del mundo me atreveré a dar disgusto a mi madre y hermano, si tan desigual libertad de mis obligaciones llegase a sus oídos.
No le faltó ocasión para dar este papel a Celio, ni él la tuvo en su vida de tanto gusto, porque sabía que en las casillas que le decía vivía el ama que le había criado. Hízole dos o tres visitas, y la última fue rogarle que se fuese a vivir a su casa en mejores aposentos, porque se dolía de que estuviese tan mal acomodada. Ella, pensando que le obligaba el amor del pecho en el conocimiento de mayores años, fue fácil de persuadir y de pasarse. Quedó Celio con la llave de aquellos aposentos, y mostrándosela a Diana le daba a entender por señas que ya estaban por suyas, y ella segura de sus temores.
Vino la noche, y Celio fue a ver si su Sol amanecía, que con no menor cuidado, en sintiendo pasos en los corrales, cuyos ecos se hacían en su alma, abrió una ventana y luego una celosía, poniendo el rostro en el marco, llena de amor y miedo. Reportado Celio de la primera turbación y desmayo, que le había cubierto de dulce sangre el corazón y de alegría los ojos, le dijo tan tiernas, tan suaves, tan enamoradas razones que apenas acertaba Diana a responderle, porque oprimía la lengua la vergüenza y la novedad oscurecía el entendimiento. Allí los halló el alba, que él apenas la esperaba después del sol, y ella como desde alto le miraba.


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