Las fortunas de Diana: 08

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Pasaron de esta suerte algunos días sin atreverse a más que a encarecimientos de su amor y sentimientos de su soledad en su ausencia. Distaba la ventana del suelo catorce o dieciséis pies, con cuya ocasión Celio le pidió licencia una noche para subir a ella. Diana fingió que se enojaba mucho y, no pesándole de la licencia, le preguntó que cómo había de traer una escalera a una casa en que ya no vivía nadie sin grande escándalo. Celio respondió que como ella le diese licencia, él subiría sin traerla. Concertáronse los dos con pacto que no había de pasar de la ventana. ¡Oh amor, qué de cosas niegas que deseas! ¡Bien haya quien te entiende! Sacó una escala de cuerda Celio, que algunas noches había traído para la que tuviese dicha, y alcanzando un palo, que no sin malicia estaba cerca, ató en él los cabos y, arrojándole a la ventana, después de haberla prevenido, le dijo que le atravesase en ella. Ella, toda turbada, le acomodó temblando; y apenas Celio le halló firme cuando fiando a los pasos portátiles el cuerpo, se halló en las manos de Diana que, con la disculpa de tenerle para que no cayese, se las previno. Besábaselas Celio con la misma del cuidado, agradecido a su salud y vida: que es amor tan cortesano, que lo que hace por necesidad vende por agradecimiento. Miraron por todas partes cuidadosamente, temerosos de que la ventana podía ser vista; y asegurados de que era imposible, o porque ellos deseaban que no se lo pareciese, más cerca se descubrieron las voluntades y los principios de los deseos amorosamente, cual suelen las enamoradas palomas regalar los picos y con arrullos mansos desafiarse. Algunas noches duró en estos amantes la conversación referida secretamente, porque Diana no daba lugar a lo que Celio con eficaces ruegos pretendía y con juramentos exquisitos le aseguraba. Aquí se me acuerdan las líneas del amor escritas de Terencio en su Andria: ya Celio de las cinco tenía las cuatro. Notablemente le atormentaba el deseo. ¡Qué retórico se mostraba, qué ansias fingía, qué promesas, qué encarecimientos buscaba! ¡Qué dulce representante de sus penas variaba la color del rostro y se quejaba en consonancias tiernas! Pidiole, finalmente, un día tan resueltamente licencia para entrar dentro que, habiendo callado Diana, con poca resistencia de su parte estuvo en su aposento y, puesto de rodillas, le pidió con fingidas lágrimas perdón de su atrevimiento. Dígame vuestra merced, señora Leonarda, si esto saben hacer y decir los hombres, ¿por qué después infaman la honestidad de las mujeres? Hácenlas de cera con sus engaños y quiérenlas de piedra con sus desprecios. ¿Qué había de hacer Diana en este atrevimiento? ¿Era Troya Diana, era Cartago o Numancia? ¡Qué bien dijo un poeta:


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