Las fortunas de Diana: 09

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 




Tardose Troya en ganar,
pero al fin ganose Troya!


Desmayose la turbada doncella. Celio la recibió en los brazos y puso con respeto y honestidad en su cama, donde sirvieron sus propias lágrimas de agua para el desmayo y de fuego para el corazón. Porque a la manera de los que medio despiertos las noches del invierno sienten que llueve, así Diana, entre el sueño del desmayo y lo despierto de la voluntad, sentía las lágrimas de Celio sobre su rostro. Vuelta de todo punto de este accidente, la volvió a pedir perdón, que no pudo negarle, porque ya le pesaba que se le pidiese; pero rogándole que le cumpliese la palabra que le había dado luego que entró en su aposento, de que se iría sin ofensa de su honor y de su gusto. Celio, que ya ni la podía obedecer, ni creía que la resistencia sería mayor que la ocasión, dispúsose a ser Tarquino de menos fuerte Lucrecia: y entre juramentos y promesas venció su fama, quedando en justa obligación de ser su esposo. Aquí los dos confirmaron de nuevo su amor, no sucediendo a Celio lo que al forzador de la hermosa Tamar, porque creció su deseo la ejecución, y no dejó la hermosura dejar entrar el arrepentimiento.


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Las fortunas de Diana de Lope de Vega

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