Las fortunas de Diana: 13

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



-¿Es ya hora?
Y él respondió:
-Cualquiera es buena.
Entonces, sin advertir en su voz con la engañada imaginación de la que esperaba, le dio el cofre, diciendo:
-Aguardad a la puerta.
El hombre, conociendo que el recado no venía para él y que la mujer aguardaba a otro, ciego de la codicia, se fue huyendo, temeroso de que si ella se desengañaba daría voces. Diana, sin hacer ruido, llegó a la puerta, abriola con gran recato y, no viendo a Celio, pareciole que por más seguridad se había ido la calle arriba. Y siguiendo su engaño, salió fuera de la ciudad, donde viendo tan solos los campos y los árboles se quiso volver mil veces; pero temiendo que ya en su casa estaría su hermano, y que con haber hallado la puerta abierta toda sería confusión y alboroto, no creyendo que Celio, caballero tan principal, tan enamorado y tan obligado, se infamaría en la codicia de aquellas joyas, viendo que ya daban las dos de la iglesia mayor, pasó el puente de Alcántara y comenzó a caminar por la aspereza de aquellas peñas, aunque cubierta de un sudor mortal y de mil pensamientos y sospechas, apartándose lo más que podía del camino real hasta llegar a un monte, donde mil veces estuvo por quitarse la vida, si no lo impidiera el justo temor de perder el alma.


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Las fortunas de Diana de Lope de Vega

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