Las fortunas de Diana: 14

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Los caballeros que jugaban en esto y algunos disgustos, que nunca al juego faltan, estuvieron hasta las tres de la noche divertidos. A esta hora se fue Otavio a su casa, y le acompañó Celio, procurando al despedirse que le oyese Diana para que aquello fuese disculpa de su tardanza. Admirado Otavio de que su puerta no estuviese cerrada a tales horas, satisfizo a sus voces un criado que por agradarle y haberle sentido estaba abierta. El criado buscó las llaves y, no habiéndolas hallado, se estuvo en vela hasta que con el mismo se levantó Otavio primero que la mañana; y habiéndole hallado despierto le respondió que el no haber tenido con qué cerrar la puerta le tenía allí, porque del lugar en que solían estar siempre le faltaban las llaves. Receloso Otavio del criado, hizo llamar en el aposento de una dueña, mujer de virtud y confianza, y preguntándole por las llaves, y ella, medio dormida, admirándose, dieron causa a que el resto de la casa se alborotase y una doncella entrase en su aposento de Diana, que no hallándola en él, y la cama compuesta, por alguna sospecha que traía, dijo llorando:
-¡Ay, mi señora y mi bien! ¿Por qué no llevasteis con vos a vuestra desdichada Florinda?
La madre y el hermano entraron a estas voces, y conociendo que faltaba Diana de su casa y de su honra, Lisena cayó en tierra y Otavio sin color, con turbadas razones, examinaba a los criados, mirando a todas partes como loco. Florinda sólo dijo que tres o cuatro días la había visto llorar tan tiernamente que, aunque estaba tratando de otras cosas, se le caían de los ojos las lágrimas con entrañables suspiros y congojas.


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