Las fortunas de Diana: 15

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Ya estaba declarado el día y el daño, cuando enviaron a dos monasterios donde tenía Diana dos religiosas tías; en todos respondieron que no sabían de ella, y asimismo todas las parientas y amigas, de quien en un instante toda la casa estaba llena. De este rumor, de estas voces y de estas diligencias salió la fama por la ciudad, y los envidiosos amigos, si hay amigos envidiosos, comenzaron a decir que Celio se la había llevado, y aún otros a afirmar que la habían visto.
Feniso, criado de Celio, oyó esto en los corrillos del Ayuntamiento y en la nave que llaman de San Cristóbal y, siendo hombre de buena opinión, osó decir que mentía cualquiera que hubiese dicho que Celio había hecho semejante traición a Otavio; y volviendo las espaldas a los murmuradores, iba diciendo: «A las tres de la noche se apartaron Celio y Otavio; y yo dejo a Celio durmiendo, que vendrá presto a volver por su honra.»
Despertó Feniso a Celio, que oyendo lo que pasaba, quedó fuera de sí por largo espacio y, conociendo cuánto le convenía volver por su persona, se vistió aprisa y con turbados pasos y descolorido rostro pasó por todas las partes donde Feniso le dijo que le culpaban, de cuya vista quedaron los que le murmuraban corridos, atribuyendo su tristeza a la amistad que tenía con Otavio, tan conocida de todos.
Hallole Celio en el portal de su casa, y mirándose los dos estuvieron así parados sin hablarse, sintiendo cada uno su dolor, que aunque era grande en Otavio, era mayor en Celio. Esforzose cuanto pudo y, tomándole las manos a Otavio, que le temblaban, convertidas en hielo, le dijo:
-¿Qué me pudiera haber sucedido que me diera tanta pena, aunque hubiera perdido la honra? ¡Ay, Otavio, que vuestro dolor me tiene traspasada el alma!


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