Las fortunas de Diana: 18

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Vuelta en sí Diana y temerosa, pareciéndole o que la seguía su hermano, o que aquel que cantaba le diría por dónde iba, siguió descalza la margen del arroyo, y cuando le pareció que estaba más segura, y que ya no se veía el agua, porque a la falda de un montecillo se dividía, volviendo a cubrir sus pies caminó poco a poco, sin más sustento que el agua que por la mañana le dio el arroyo, hasta que la oscuridad de la noche le cerró el paso. Cayose desmayada entre unos hinojos y, como no tenía quién la consolase ni ayudase, en el mismo desmayo se durmió y reposó algún espacio, y con más acuerdo esperó el día, atónita del temor que le causaban cerca las voces de algunos animales, y el descompuesto ruido de algunas fuentes que bajaban de aquellas peñas, siempre mayor en el silencio de la noche.
Doliose de su temor el alba o, envidiosa de sus lágrimas, salió más presto; con la cual, esforzando la femenil flaqueza y sólo deseando morir, caminó por donde le parecía que a un desesperado fin llegaría más presto.
Ya estaba el sol en la mitad del día, cuando pareciéndole que ofendía más al cielo en dejarse morir, entre unos verdes árboles halló una fuente, y en su guarnición algunas yerbas que comió con lágrimas; y rogada de la fuente templó el ardor del corazón y volviole el agua por los ojos.


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Las fortunas de Diana de Lope de Vega

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