Las fortunas de Diana: 22

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 


        Prendas que me dabas, Filis,
y de que yo me enfadaba,
ahora las visto y pongo
sobre los ojos y el alma.
No te encarezco mis penas,
por no dar gloria a la causa;
basta que yo las padezca
sin que tú tomes venganza.
No quieras más de que son
mis locuras de amor tantas,
que vengo a poner la boca
adonde los pies estampas.
Mas, con todo lo que digo,
no pienso hablarte palabra,
que en celos que se averiguan
las amistades se acaban.

Decía Fabio muy bien porque, después de celos averiguados, es infamia amar, con el ejemplo de tantos animales como escriben Plinio y Aristóteles; aunque hay hombres que antes de los agravios no aman, sirviéndoles de apetito lo que a otros de aborrecimiento. Esto, en fin, cantaba aquel villano a la serrana referida, que no con menos gusto que soberbia le escuchaba.
A los finales de estos versos se hallaron los dos entre los árboles donde Diana estaba fuera de sí, y en su imaginación haciendo varios discursos de sus desdichas; ya culpaba a Celio, ya le parecía imposible que tan principal caballero, tan bien nacido, tan discreto y galán, hubiese faltado a sus obligaciones; ya culpaba su precipitado amor, que con tan fácil pensamiento salió a buscarle. Y entre estas dudas le atormentaba más el pensar si por ventura era de Celio aborrecida que, como imaginara que estaba en su gracia, no estimara sus desdichas ni pensara que lo eran, aunque fueran mayores; si era posible que lo fuesen para una mujer sola y señora, que caminaba tanta tierra por la aspereza de los montes, sin sustento y sin esperanza de hallar el fin de su amor sin el de su vida.


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