Las fortunas de Diana: 30

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Llegó la animosa y desdichada Diana, después de haber caminado algunos días a un lugar cerca de Béjar, que no había querido tocar en Plasencia, por temor de algunos deudos que allí tenía. Salió a la plaza y, parada en ella, daba a entender que esperaba dueño. Viola un labrador rico y, admirado de su gentil disposición y hermoso rostro, le pareció cosa fingida, como realmente lo era. Llegose a Diana e hízole algunas preguntas; ella le supo satisfacer, mintiendo su nombre y patria, de suerte que le llevó consigo.
Tenía conocimiento este labrador con el mayoral de los ganados del Duque, y sabía que buscaba un zagal (por ser ya casado el que tenía) para cuidar de la comida y otras cosas necesarias que se llevan al campo donde el ganado es mucho. Dio de comer a Diana y escribió con ella un billete al mayoral referido, poniéndole en el camino con algunas señas y sustento hasta el siguiente día.
No hubo visto el mayoral a Diana cuando comenzó a reírse del billete, del amigo y de ella. Llamó los demás labradores, y entre todos se compuso, al uso de su malicia, una graciosa burla. Preguntole el mayoral que de dónde era natural, y él le dijo que del Andalucía, pero que el no venir tostado, como el hábito requería, causaba el haber estado mucho tiempo en un bosque donde sólo le daba el sol cuando quería. Finalmente, le supo decir tantas cosas y mostrar tanta alegría y brío, defendiéndose de las malicias y donaires de los villanos que, aficionado el mayoral, le recibió en su casa. Y viéndole aquella noche murmurar cantando, mientras sacaba algunos calderos de agua de un pozo para hinchir una pila en que bebiese el ganado doméstico, le preguntó si sabía tañer algún instrumento, como suelen de ordinario los pastores andaluces. Diana dijo que un laúd, con que tal vez aliviaba algunas tristezas a que era sujeta naturalmente. Admirado Lisandro, que así se llamaba el mayoral, de que un pastor tañese un instrumento tan fuera de propósito para el campo, comenzó a mirarle con diferentes ojos, y no menos cuidadosa Silveria, hija suya, que desde que entró en su casa no los había quitado de su rostro.


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Las fortunas de Diana de Lope de Vega

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