Las fortunas de Diana: 33

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Esto cantó Diana, que de todo lo que sabía, ninguna cosa era más a propósito de sus disgustos, con tal artificio, que ni por la voz se conociese que era mujer ni por quererla disfrazar se entendiese que lo disimulaba. Perdida quedó Silveria de ver añadir tal gracia a las que Diana tenía exteriores.
Paréceme que le va pareciendo a vuestra merced este discurso más libro de pastor que novela; pues cierto que he pensado que no por eso perderá el gusto el suceso, ni que puede tener cosa más agradable que su imitación.
Pasados algunos días dio Silveria en solicitar la voluntad de Diana, y en las ocasiones que se le ofrecían hacerle gusto. Hasta que una fiesta por la tarde, que se acertaron a hallar solos en un huertecillo, más de árboles que de flores, al uso de las aldeas, le comenzó a preguntar por su tierra, la causa por qué la había dejado y si habían sido amores, dándole la disculpa en la edad y abonando su error, porque comenzaba a dársela del que pensaba proponerle. A todas estas cosas respondía Diana con mucha discreción y prudencia, fingiendo que el haberse casado su padre la había desterrado de su casa, encareciendo la áspera condición de su madrastra. Vino gente y dividiose la conversación con gran sentimiento de Silveria, que de allí adelante con más declarados ojos la miraba.


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