Las fortunas de Diana: 42

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Las fortunas de Diana Félix Lope de Vega y Carpio


 



Llegó Celio derrotado con su nave, después de tan larga tormenta, a una isla en las partes de África, donde algunos navíos suelen hacer agua, aunque es menester salir por ella mucha gente con buenas armas y no menos cuidado, porque la guardaban moros, por los daños que les solían hacer las galeras y navíos de España. La de Celio venía tan maltratada de la tormenta, que no pudiendo pasar adelante se determinaron a aderezarla. Salieron en tierra los pasajeros y el patrón, y no de mala gana, que al hombre siempre le fue madre la tierra y madrastra el agua. Comieron sobre unas yerbas que les servían de manteles, y en el fin de la más descansada comida que había tenido el viaje, porque tenía la mesa más firme, el patrón, conociendo la tristeza de Celio, le rogó que le dijese la causa. Él, movido de su piadoso ánimo, le contó quién era, lo que le había sucedido y lo que buscaba, a la traza que suelen ser las narraciones de las comedias, que hay poeta cómico que se lleva de un aliento tres pliegos de un romance.
-En esa tierra -dijo el patrón-, tengo yo un tío, cuya es la mayor parte de la hacienda que llevo en este navío donde, una noche que yo venía de darle cuenta de las ganancias de la flota pasada, viniendo ya despedido, con orden de lo que había de hacer, casi al filo de la media noche, por una calle arriba, me llamó desde un balcón una dama y me preguntó si era hora, a quien yo respondí que cualquiera era buena; y entonces me dio un cofrecillo lleno de joyas y dineros diciéndome que aguardase a la puerta. No sé qué condición pudo moverme a cosa tan mal hecha, que tomando a toda furia la calle, no quise aguardar el suceso, porque hay fábulas que hasta la segunda jornada llegan felizmente y a la tercera se pierden. Empeñé las joyas en Sevilla para cosas que me fueron necesarias, con determinación que, si Dios me volvía con bien del comenzado viaje, volvería las joyas a su dueña.


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