Las grandezas de Alejandro (Versión para imprimir)

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Dedicatoria
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Las grandezas de Alejandro Félix Lope de Vega y Carpio


Las grandezas de Alejandro

Félix Lope de Vega y Carpio

 


Tragicomedia de Lope de Vega Carpio dedicada al excelentísimo señor el Duque de Alcalá, virrey y capitán general en el principado de Cataluña.

Cuánto importa el entretenimiento para que los cuidados no consuman el sujeto disputa Séneca en su libro de La Tranquilidad de la vida, y trae por ejemplo a Polión Asinio, aquel grande orador, que, en ciertas horas que descansaba, aun las cartas forzosas no leía Legum conditores (dice) festos instituerunt dies, ut ad hilaritatem homines publicè cogerentur, tanquam necessarium laboribus interponentes temperamentum. No se puede entender esto mejor que de las comedias, que con pública alegría deleitan honestamente; y así, la autoridad de tan gran filósofo me ha dado atrevimiento de ofrecer ésta a V. Excelencia de entre la copia de cuidados de su gobierno, no para que imite tanto aquel orador riguroso que en algún tiempo no incline los ojos a su historia, pues lo es tan verdadera siendo Las Grandezas de Alejandro, que no sólo se dirigen a V. Excelencia por este título, mas por el que pudiera merecer de sumo filósofo como lo fue Aristóteles, su maestro, pues no hay facultad en que V. Excelencia no sea eminente; cosa digna de mayor alabanza en un príncipe a quien su sola y natural virtud ha obligado a tan inmenso estudio, pues no habiendo nada para vivir de las letras, tanto las ha estimado y adquirido que alcanzará por ellas inmortal nombre.

Capellán de V. E,
LOPE DE VEGA CARPIO.


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Elenco
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Las grandezas de Alejandro

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



ATALO.
PAUSINAS.
DARÍO, Rey de Persia.
REY FILIPO.
ALEJANDRO.
LEÓNIDES.
MENÓN.
EFESTIÓN.
OLIMPIAS, madre de ALEJANDRO.


ARIOBARZANO, persa
ROJANE, amazona.
TIRRENO.
TAMIRA.
LISANDRA.
ARSACES.
FILIPO, médico.
LIRANO
Villanos.
TEPOLEMO, húesped


EL DUQUE HIRCANO.
Dos mujeres de Jerusalén.
REY DE EPIRO.
CAMPASPE, dama.
LISÍMACO.
APELES.
VITELO, villano.
AMINTA, dama.
DIÓGENES, filósofo.


SEVERINO, soldado.
TEBANDRO, embajador.
DEYANIRA
POLIDORA.
DOLOMINO, hortelano.
EL SACERDOTE JADO.
UN ÁNGEL.
CORREO
TELEO




Acto I
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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen ATALO, capitán, y algunos soldados en tropa, y PAUSANIAS.
ATALO:

  Pasad delante, soldados:
no os paréis aquí.

PAUSANIAS:

Detente;
que entre los que están parados
hay algún noble que siente
de pensamientos honrados.
  Y eso de alzar el bastón,
no es hecho de capitán
con los que tan buenos son
que respetados están
por sangre de Agamenón
  de su hijo Orestes fui
clarísimo descendiente.

ATALO:

¿Cómo me hablas así?

PAUSANIAS:

¿No es respuesta conveniente?

ATALO:

¿Sabes lo que dices?


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PAUSANIAS:

Sí.

ATALO:

  ¿Y que soy Atalo sabes,
cuñado del Rey?

PAUSANIAS:

También;
pero los hombres tan graves
tratan sus iguales bien.

ATALO:

¡Que de igualarme te alabes!
  Estoy...

PAUSANIAS:

Harto mejor fuera
que yo mi agravio vengara,
y no dudes que lo hiciera
si a Filipo no mirara,
y su obediencia temiera.
  Pero de tu gran malicia
yo le pediré justicia,
y sabrás con su castigo
cómo se han de usar conmigo
las leyes de la milicia.
  Que, a no esperar con razón
que sabrá dejar vengada
mi honra en esta ocasión,
yo te volviera la espada
por donde vino el bastón.


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ATALO:

  ¡Prendedle!

PAUSANIAS:

¡Quitaos allá!
(Vase)

ATALO:

Mas dejadle, que él irá
donde le castigue el Rey;
¿así se guarda la ley,
así respuesta se da
  a un capitán como yo?
(Sale el REY FILIPO de Macedonia, ALEJANDRO, su hijo LEÓNIDES y EFESTIÓN.)

FILIPO:

¿Cuándo dicen que llegó?

LEÓNIDES:

Ayer dijo este correo.

FILIPO:

De verle tengo deseo.

EFESTIÓN:

Leónides, señor, le vio.

FILIPO:

  Tengo notable afición
al Rey de Epiro.

ALEJANDRO:

Has pagado
deudas que tan justas son.


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FILIPO:

Fuera de ser mi cuñado,
que era bastante razón,
  a Cleopatra concerté
darle en casamiento.

ALEJANDRO:

Fue
muy justo darle a mi hermana.

FILIPO:

Con esto segura y llana
la dificultad dejé
  de todas sus pretensiones
y podré al Asia pasar,
porque sus fieras regiones
esta vez han de temblar
mis esperados pendones.
  La gente ¿está prevenida?

ATALO:

Y toda tan deseosa,
gran señor, de tu partida,
que a tu corona famosa
añade el Asia rendida.

FILIPO:

  De un límite al otro pienso,
poner, Atalo, a tus pies.

ATALO:

¡Plegue a Júpiter inmenso,
que entro los indios les des
mirra y oloroso incienso!
  ¿Qué hace Alejandro allí
con aquel lienzo en los ojos?


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LEÓNIDES:

Llorando está.

FILIPO:

¿Lloras?

ALEJANDRO:

Sí.

FILIPO:

¿Qué es lo que te causa enojos?
¿Quieres tú quedarte aquí?
  ¿Amas la patria, o en ella
dejas algo de tu edad?

ALEJANDRO:

Ni de mis gustos ni de ella,
si te han dicho el amistad,
señor, de Campaspe bella,
  siento soledad aquí;
no son lágrimas livianas;
que son de envidia de ti,
porque, si tú el mundo ganas.
¿qué has de dejar para mí?

FILIPO:

  Todo el mundo conquistado,
Alejandro, ¿es poca herencia?

ALEJANDRO:

Mal entiendes mi cuidado,
porque ésta es la diferencia
en darme el mundo heredado.
  Que me dejaras quisiera
que yo el mundo conquistara,
y que a mis pies le pusiera,
para que yo me alabara
de que por mí le tuviera.


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FILIPO:

  ¿Qué dices, Efestión?

EFESTIÓN:

Que es virtuosa ambición
la de Alejandro tu hijo.

FILIPO:

Ganarle quiero.

EFESTIÓN:

Eso dijo.

FILIPO:

Buenos pensamientos son.
(Sale PAUSANIAS.)

PAUSANIAS:

  Si la definición de la justicia
es dar a cada cual su justa parte,
¡oh, Rey de Macedonia! el que codicia
ser justo rey, su sangre deje aparte;
al estilo común de la milicia,
disciplina política de Marte,
tuve respeto al capitán que tengo,
de cuyo agravio a querellarme vengo;
  no hice poco en detener la espada,
que ya la vaína por salir rompía,
quejosa de la mano, que, agraviada,
la debida venganza suspendía;
mas la obediencia a tu valor jurada
silvió de freno cuando más corría;
di la vuelta a la cólera, aunque fiera,
porque a tus pies parase la carrera.
  Detenerse en corrillo diez soldados
cuando quieres salir, no es tal delito
que merezcan por él los más honrados
perder su honor, sobre la luna escrito.
¿Bastón a un noble, a mí, que a mis pasados
añado gloria aunque la suya imito?
¡Justicia, Rey, o al Asia te irás solo!


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FILIPO:

Tiene razón Pausanias, ¡por Apolo!
  ¿Quién es el capitán que te ha ofendido?

PAUSANIAS:

Atalo, tu cuñado.

FILIPO:

¿Mi cuñado?
Merece ser, por serlo, preferido,
aunque eres noble, a un popular soldado;
de un hombre que mi hermana ha merecido,
no sé cómo te llamas agraviado;
vete, Pausanias: que el soldado sabio
nunca de su mayor recibe agravio.

PAUSANIAS:

  ¿De esta manera vas al Asia? Dime,
¿así piensas llamarte Rey de Oriente?
¿Quién quieres que a servirte, Rey, se anime?
¡Qué buen principio de engañar tu gente!

FILIPO:

¿No quieres tú que un capitán estime,
tan generoso, claro y excelente,
más que un soldado?

PAUSANIAS:

No, si es el soldado
merecedor de tu laurel sagrado.
  Pero yo te aseguro que esto sea
parte para que el Asia, a que te partes,
jamás tus naves en sus puertos vea,
ni tremolen allá tus estandartes.


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ATALO:

Calla, villano, ya.

FILIPO:

¿Quién hay que crea
tal libertad?

ALEJANDRO:

Mejor es que te apartes,
Pausanias, del favor del poderoso.

PAUSANIAS:

¡Forzadme, cielos, a un morir famoso!
(Vase.)

ATALO:

  ¿Esto has sufrido?

FILIPO:

Es noble este mancebo,
y habló con el agravio; ven conmigo,
que diferir, mientras me parto, debo
de algunas libertades el castigo;
pase la gente que contenta llevo
donde me está aguardando mi enemigo,
que tú verás si la justicia mengua.
(Vanse todos; queda ALEJANDRO.)

ATALO:

Por ti la voz no le clavé en la lengua.

ALEJANDRO:

  ¡Qué contento al Asia parte
mi padre, y qué triste yo,
a quien con tal fuerza dio
todas sus estrellas Marte!
  Ganado me ha por la mano
el ser del mundo señor:
¡cielos, usad de rigor,
haced que venza el persiano!
  Dejadme la empresa a mí,
estése queda la fama;
que he menester, pues me llama,
que toda se ocupe en mí.


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(Sale OLIMPIAS, madre de ALEJANDRO.)
OLIMPIAS:

  ¿Estáis ya muy de partida?

ALEJANDRO:

¡Oh mi madre, oh mi señora!
¿Quién duda que estáis agora
cerca de perder la vida?
  Vase Filipo, mi padre,
a dificultosa empresa.

OLIMPIAS:

¿De eso piensas que me pesa?

ALEJANDRO:

Tendréisme amor como madre;
  pero mayor sentimiento
os dará el Rey mi señor.

OLIMPIAS:

Si yo le debiera amor,
fuera justo pensamiento:
  ¡plegue al cielo, mi Alejandro,
pues tantos males me ha hecho,
que le sepulte el estrecho
adonde yace Leandro!
  ¡Plegue al cielo que sus naves
se conviertan en sirenas,
de la quilla a las entenas,
rotas en pedazos graves!
  ¡Plegue al cielo que su gente
le venda al persa cruel,
y que su verde laurel
ponga la fama en tu frente!
  ¡Plegue al cielo...!


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ALEJANDRO:

Ya los cielos
se enojan; basta, señora:
¿en qué te ha ofendido agora?

OLIMPIAS:

Soy mujer, rabio de celos;
  no me estima; quiere bien
esas mujeres que trata.

ALEJANDRO:

Bastante dolor te mata.

OLIMPIAS:

Bastaba el menor desdén;
  que celos, no digo en seso,
de mujer, que en el varón
de más alta perfección,
obligan a un loco exceso.
  Son, Alejandro, un furor
que, en justo aborrecimiento,
muda con rigor violento
la calidad del amor.
  Amor, piadoso por sí,
es con celos tan cruel
que busca el daño de aquel
que adoraba más que a sí.

ALEJANDRO:

  Con mi padre no es razón
que uséis de crueldad tan fiera.

OLIMPIAS:

Cuando Filipo lo fuera,
era bastante ocasión:
  no es tu padre.


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ALEJANDRO:

No han podido
llegar los celos a más,
pues ofendiéndote estás
para dejarle ofendido.
  Y entre esas ofensas, madre,
¿no es menor mi bastardía?

OLIMPIAS:

De quien soy, hijo, confía
que te he dado honrado padre.

ALEJANDRO:

  Más que Filipo, ¿hay alguno?

OLIMPIAS:

Júpiter, dios inmortal,
¿no es padre más principal
que de la tierra ninguno?

ALEJANDRO:

  ¡Júpiter! ¿Cómo?

OLIMPIAS:

¿Tú ignoras
que los dioses han gozado
mujeres?

ALEJANDRO:

¿Qué me ha engendrado,
madre, el mismo dios que adoras?

OLIMPIAS:

  Júpiter te ha dado el ser,
Alejandro, con que vives;
Divino valor recibes
de su divino poder;
  mira si es la obligación
que tienes para actos viles.


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ALEJANDRO:

Si de la sangre de Aquiles,
de Pirro y de Agamenón
  tanto se precian agora
mil macedones y griegos
desde los troyanos fuegos,
¿qué haré yo de un dios, señora?
  Y no dios de humilde esfera,
sino el mayor; dadme, madre,
los pies con tan alto padre.

OLIMPIAS:

Detente, Alejandro, espera;
  esos agradecimientos
muestras a los cielos amigos.

ALEJANDRO:

No he menester más testigos
que mis propios pensamientos.
  Alma, ¿soy su hijo? Sí,
porque no cupiera en vos,
a no ser hijo de un dios,
lo que he pensado de mí.
  Este deseo, este celo
de ser señor de la tierra,
sólo es digno del que encierra
tan alta parte del cielo.
  Si tengo este ser divino
de mi gran padre heredado,
no es mucho lo que he pensado
si de su valor me vino.
  Olimpias, adiós; que el mundo
es corto para esta mano;
yo seré Alejandro el Magno,
yo Júpiter el segundo;
  partiremos cielo y suelo
los dos porque no haya guerra;
yo seré dios en la tierra,
pues lo es mi padre en el cielo.


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(Vase ALEJANDRO y entra PAUSANIAS.)
OLIMPIAS:

  Notablemente animé
contra su padre el valor.

PAUSANIAS:

No os quejéis, divino honor,
de que venganza no os dé,
  porque ya pensando vengo
de dar la muerte a Filipo,
y a la vida os anticipo,
que es el mayor bien que tengo.
  Los caballos dejo a punto
en que me pienso escapar.

OLIMPIAS:

¿A quién tratas de matar?

PAUSANIAS:

¡Matar!

OLIMPIAS:

Eso te pregunto.

PAUSANIAS:

  ¿Miras tú los pensamientos?

OLIMPIAS:

No, que a tu lengua lo oí.

PAUSANIAS:

Señora...

OLIMPIAS:

Fía de mí
mayores atrevimientos,
  si mayores pueden ser
que matar a un Rey tirano.
¿De qué te turbas en vano?


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PAUSANIAS:

De ver que eres su mujer.

OLIMPIAS:

  Es verdad; pero celosa,
que, con rigor de la injuria,
ya no soy mujer, soy furia;
di que soy mujer furiosa.
  Pausanias, no hay que temer,
porque no han hecho los cielos
fuego mayor que en los celos,
ni celos como en mujer.
  ¿Qué te ha hecho este tirano?

PAUSANIAS:

Mayor agravio me ha hecho,
porque no me ha satisfecho
del que me hizo un villano.
  Estoy, Reina, sin honor;
pedí justicia a mi Rey;
pero no es común la ley
donde hay interés o amor.
  Atalo me puso al pecho
su bastón; Filipo dice
que es justo; yo satisfice
con mi obediencia al derecho
  de capitán y de Rey;
mas pues él no me ha vengado,
de vasallo ni soldado
no me ha de alcanzar la ley;
  Atalo viva; no quiero
de Atalo venganza ya;
Filipo me pagará
mi honor.


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OLIMPIAS:

Defenderte espero;
  y ¡por vida de la vida
de Alejandro que te trato
verdad!

PAUSANIAS:

Habla con recato;
que si eres de esto servida,
  presto te daré venganza.

OLIMPIAS:

Altos pensamientos tienes:
¿Qué armas traes? ¿Con quién vienes?

PAUSANIAS:

Con mi propia confianza
  y aquesta daga francesa.
{{Pt|OLIMPIAS:|
¿Dejas caballos a punto?

PAUSANIAS:

Sí, señora.

OLIMPIAS:

¡Oh, si difunto
le viese! Mas de hablar cesa,
  que viene el Rey.

PAUSANIAS:

¡Morir tiene!

OLIMPIAS:

No, no, que no habrá remedio
de escaparte, porque en medio
de dos Alejandros viene.
  El uno es el Rey de Epiro,
que viene a ser su cuñado,
y el otro mi hijo.


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PAUSANIAS:

El hado
por quien contra el Rey conspiro
  me lleva de los cabellos:
¡hoy le tengo de matar!

OLIMPIAS:

Pues déjame ir a buscar
a quien te defienda de ellos.
(Vase OLIMPIAS, y salen FILIPO y el REY DE EPIRO, y ALEJANDRO y capitanes.)

FILIPO:

  Entre tales columnas, Rey de Epiro,
como dos Alejandros, hijo y yerno,
seguro el templo de mi imperio miro.

REY:

  Guarde, Filipo, Júpiter eterno
tu ilustre vida, y con mayor estado
aumente en paz tu cetro y tu gobierno;
  la gloria de haber sido tu cuñado
tanto crece con ser tu yerno agora,
que nueva vida y nuevo ser me has dado.
  ¡Plegue a Dios que tu espada vencedora
vuelva de mil laureles coronada
desde las puertas de la blanca aurora!

FILIPO:

  Si ella volviere a Macedonia honrada,
tuyo será el provecho. ¡Hola, Leonides!
¿En qué se tarda mi Casandra amada?

LEÓNIDES:

  Ya viene, gran señor.


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PAUSANIAS:

¿Por qué me impides,
temor cobarde, de tan alto hecho,
la gloria que ha de dar envidia a Alcides?
  ¿No he de morir? Pues muera satisfecho.
(Dale, y huye.)

FILIPO:

¡Ay, que me han muerto!

ALEJANDRO:

¡Oh, cielos, un tirano
pasó a mi padre el inocente pecho!

LEÓNIDES:

  Pausanias es.

REY:

Seguidle.

ALEJANDRO:

¡Oh, fiera mano!

REY:

¡Cielos, tan temerario atrevimiento
pudo caber en pensamiento humano!

ALEJANDRO:

  ¡Padre! ¡Ah, padre! ¡Ah, señor! Ya en breve aliento,
envuelta el alma noble, al cielo parte,
rompiendo alegre la región del viento.

REY:

  Ya tiene igual en sus esferas Marte,
y desde allí, como marcial estrella,
puede, Alejandro su influencia darte.


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ALEJANDRO:

  Todas mis esperanzas pongo en ella.
Llevad al Rey a Olimpia, capitanes;
arrastrad las banderas y pendones
con que pensaba hacer temblar el Asia;
cubrid las cajas y los blancos yelmos
de negro luto, y den común tristeza
con roncas lenguas las trompetas sordas;
decidle que no, voy acompañándole
por no atreverme a resistir sus lágrimas.
(Sale EFESTIÓN.)

EFESTIÓN:

Ya queda el temerario mozo muerto,
atravesado de diversas lanzas;
ya el alma pertinaz baja al infierno,
y éste es el punto que en la barca pasa.

LEÓNIDES:

Iba a tomar un bárbaro caballo,
en que pensó dejar atrás el viento,
cuando llegó la lanza de Lisímaco,
que le paso de esotra parte el hierro.

ALEJANDRO:

¡Gran Rey habéis perdido, macedonios!

EFESTIÓN:

Buen rey nos queda en ti.

REY:

Sobrino mío,
bien dice Efestión; tú reina y vive,
que ya Filipo es muerto.


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ALEJANDRO:

Abrid el templo:
daré gracias a Júpiter divino.
(Alcen una cortina, y en un altar esté un ídolo y un braserillo junto a él.)

EFESTIÓN:

Aciertas en mostrarte religioso;
que todos los principios favorables
se han de tomar de los divinos dioses.

ALEJANDRO:

Echarle quiero incienso y ofrecerle
mi corazón en víctima.

REY:

Bien haces;
ya sube el humo al cielo.

LEÓNIDES:

Espera un poco.
No pongas tanto incienso en el brazero
que aun no has ganado tú la Arabia félix
donde se cría.

ALEJANDRO:

Para Dios, Leónides,
las manos no han de ser jamás escasas;
podrá ser que, por este incienso, Júpiter
algún día me dé las dos Arabias;
¡Rey, señor, padre, si esta sangre es tuya,
iguala mis sucesos con mi ánimo,
que desde aquí voy a ganar el mundo!

REY:

¡Breve oración!


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ALEJANDRO:

Enójanse los dioses
de los hombres parleros e importunos;
cerrad, y vamos donde el Rey de Epiro
se case con Casandra, porque luego
quiero embarcarme al Asia.

LEÓNIDES:

El laurel toma.
(Póngale el laurel.)

ALEJANDRO:

Primero, amigos, sacaré la espada.

REY:

No resplandece más gallardo Marte.

EFESTIÓN:

¡Viva Alejandro!

ALEJANDRO:

Júpiter reciba
vuestros deseos.

TODOS:

¡Alejandro viva!
(Vanse, y sale CAMPASPE, dama de ALEJANDRO y LISÍMACO.)

CAMPASPE:

  ¿Qué quieres tú que te dé
por las albricias?

LISÍMACO:

Si es justo
que yo las pida a mi gusto,
y el tuyo, Campaspe, fue,
  sólo te quiero pedir
de Alejandro, mi señor,
la gracia.


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CAMPASPE:

Él te tiene amor;
poco habrá que persuadir.

LISÍMACO:

  Para mí, ninguna cosa
de más valor puede ser.

CAMPASPE:

Si hoy llego a ser su mujer,
¿qué mujer fue tan dichosa?
  Que ya es Rey, que ya ha llegado
al laurel de mi deseo;
por ser mi bien, no lo creo,
capitán, ¿hasme engañado?

LISÍMACO:

  Júpiter, Campaspe bella,
me fulmine si te engaño.

CAMPASPE:

¡Bravo atrevimiento!

LISÍMACO:

Extraño,
o fuerza de alguna estrella.
  No le aprovechó venir
de dos Alejandros tales
en medio.


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CAMPASPE:

Somos mortales:
no hay resistencia al morir.
  ¡Quién le vio ya de partida
para ganar el Oriente,
y ve, Alejandro, tu frente
del mismo laurel ceñida!
  No goza el sol ningún hombre
hasta la noche seguro;
mas ¿cómo encubrir procuro,
Rey de mi alma, tu nombre?
  Vive tú, reina, corona
tu cabeza; el instrumento
alabo.

LISÍMACO:

¡Justo contento!

CAMPASPE:

Filipo muerto, perdona;
  que, como a Alejandro adoro,
deseo verle señor
de Macedonia; su amor
templa de tu muerte el lloro.
  Confieso que me ha causado,
más que pesar, alegría,
porque con la vida mía
tu muerte hubiera comprado.
  Lisímaco, cierta estoy
que vendré a ser su mujer.


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LISÍMACO:

Yo no le he visto querer,
no, ¡por la fe de quien soy!
  A mujer con tal extremo:
eres la vida que vive;
mas a verle te apercibe.

CAMPASPE:

Viene el sol, sus rayos temo.
(Sale ALEJANDRO muy galán, con laurel, y EFESTIÓN.)
  Mil años gocéis, señor,
de Macedonia el laurel:
¡qué bien parecéis con él!
Aumentado habéis mi amor.
  No os iguala, mi Alejandro,
con ese bastón famoso,
el vencedor generoso
del hijo fuerte de Evandro.
  Ni así pareciera Aquiles
sobre Troya airado y fiero,
aunque más le ensalce Homero
en sus conceptos sutiles.
  Dadme a besar esas manos;
bien sabéis que es justa ley,
mi vida, pues sois mi Rey.

ALEJANDRO:

¡Por los cielos soberanos
  que si yo te agrado a ti
de verde laurel ceñido,
que nunca me has parecido,
Campaspe, tan bella a mí;
  y que diera por tener
un retrato, prenda mía,
del traje con que este día
mi laurel vienes a ver,
  todo este reino heredado!


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EFESTIÓN:

La alegría siempre aumenta
la hermosura; está contenta
de verte el laurel sagrado.
  Y baña en claveles rojos
y pura nieve la cara,
y como en mañana clara
relumbra el sol de sus ojos.

CAMPASPE:

  Si de esta suerte os agrado,
hoy me pienso retratar;
que os quiero, Alejandro, dar
de mi alegría un traslado.

ALEJANDRO:

  De jazmines y claveles
a lo menos lo darás;
pues no se dilate más:
¡Hola!

EFESTIÓN:

¡Señor!

ALEJANDRO:

Llama a Apeles:
  retrate de mi Campaspe
la celestial hermosura,
mientras hace su figura
Lisipo en mármol o jaspe.
  ¡Viven los dioses, que estoy
loco de mirarte así!
Nunca más reinaste en mí
que hoy, Campaspe, que Rey soy.
  Pedidme todos mercedes,
que a ti no hay más que te dar:
que si en mí puedes reinar,
todo cuanto quieras puedes.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salen EFESTIÓN y APELES.)
EFESTIÓN:

  Con tabla, naipe y colores,
Apeles viene a servirte.

ALEJANDRO:

Apeles, no hay qué advertirte;
hoy las estrellas, las flores,
  pintas al cielo y al suelo,
hoy al mismo sol retratas;
tu fama, Apeles, dilatas
con admiración del cielo.
  Hoy de la naturaleza
has de ser competidor.

APELES:

Suspenso estoy, gran señor,
de contemplar su belleza.
  Nunca tan pródigo vi
al cielo de su hermosura.

ALEJANDRO:

Siéntate.
(Siéntense APELES y CAMPASPE.)

APELES:

Está la pintura
corrida de verse aquí.
  Las colores no podrán
competir con las que ven;
el arte y mano también
cobardes de verla están.
  ¡Cielos, pintores divinos!
Es, Prometeo, mi fama,
que os pretendo hurtar la llama:
¡muerto soy! ¡Qué desatinos!
  No creo que más turbado
con el carro del sol fue
Faetonte, que aquí se ve
mi pensamiento abrasado.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

  ¿Qué dices?

APELES:

Digo, señor,
que de una rara figura
nadie entiende la hermosura
como un perfecto pintor.

ALEJANDRO:

  Yo sabré quererla bien
si tú entenderla sabrás.

APELES:

Y tú la quisieras más
si la entendieras también.

ALEJANDRO:

  Basta al bien, para quererle,
ser bien si no le entendemos;
que también a Dios queremos
y es imposible entenderle.

APELES:

  Rindo la ignorancia mía;
que ya sé que tu maestro
Aristóteles más diestro
te dejó en filosofía
  que en las colores el mío.
¡Cielos, no acierto a pintar!

ALEJANDRO:

De ver a Apeles turbar
me pesa.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


APELES:

En vano porfío.
  ¿Qué importa poner aquí
toda la fuerza del arte,
si está amor por otra parte
haciendo burla de mí?
  Pinta tu belleza Apeles
en este naipe, y amor
al alma con tal rigor,
que hace las flechas pinceles.
  Extraña desdicha ha sido,
que en el que yo vengo a hacer
no te puedas parecer
por lo que me has parecido.
  Si pinto los ojos, ciego;
si la boca, mudo estoy.

ALEJANDRO:

Amigos, perdido soy;
por la luz conozco el fuego.
  ¡Vive Júpiter sagrado
que, de retratar Apeles
a Campaspe, los pinceles
el ciego amor le ha tomado!
  Y le ha pintado en su cara
de suerte, que he visto en ella
que está muriendo por ella.

EFESTIÓN:

Debe de ser que repara
  en su mucha perfección.

ALEJANDRO:

De parar y reparar,
he perdido con mirar
lo mejor del corazón:
  deja, Apeles, el retrato.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


APELES:

Pues ¿no quieres que le acabe?

ALEJANDRO:

No sabrás.

APELES:

El cielo sabe
que me ha sido el arte ingrato,
  ciego de tanta hermosura.

ALEJANDRO:

Muestra a ver: no le parece;
mas no es mucho si se ofrece
aquí como en niebla obscura;
  porque si el alma te viera,
adonde la has retratado,
Apeles, con más cuidado,
yo sé que se pareciera.

APELES:

  ¡Señor!

ALEJANDRO:

No me des disculpa
de amar ni de aborrecer;
que si culpa puede haber,
yo soy quien tiene la culpa.
  Mas porque veas que soy
mejor pintor con el dar
que tú para retratar,
el original te doy.
  Mira si soy liberal,
y no a tu pincel ingrato,
pues que te pago el retrato
con darte el original.
  Allá despacio procura
retratarla, que ha de ser
tu mujer.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CAMPASPE:

¿Yo su mujer?

ALEJANDRO:

Cuelga esta rica pintura
  entre tus cuadros, ¡oh Apeles!

APELES:

¿Es tu grandeza o es ira?

ALEJANDRO:

Que soy Alejandro mira.

APELES:

Hoy consagro mis pinceles
  al templo del dios de amor:
dame esos pies.

ALEJANDRO:

La belleza
que te he dado es la grandeza
que hasta agora hice mayor;
  riquezas y estados di
sin haberlas heredado,
pero el alma no la he dado,
Apeles, sino es a ti.

APELES:

  Fama tus hechos te den
perdurable e inmortal;
nunca he pintado tan mal
ni me han pagado tan bien.
  Mas yo te juro pintar
un cuadro de aquesta historia,
que al templo de la memoria
sirva de famoso altar.


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ALEJANDRO:

  ¿Lloras, Campaspe?

CAMPASPE:

¿No quieres
que sienta perderte?

ALEJANDRO:

No,
pues Apeles te ganó.

CAMPASPE:

Mira que Alejandro eres;
  mira que sin esto es ley
justísima mi dolor,
pues vengo a ser de un pintor
cuando fui reina de un Rey.

ALEJANDRO:

  Campaspe, mira que el cielo
se agravia, y su mismo autor,
porque fue el primer pintor
de la fábrica del suelo
  en dar vida, en dar belleza
a las cosas con colores;
mira que son los pintores
segunda naturaleza.
  De un rey, si tengo valor,
no pudieras tú emplearte
en más elevada parte
que en el alma de un pintor.
  Y es justo que te consueles
de ver su hermosa figura,
porque se halle tal pintura
sólo en la casa de Apeles.


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CAMPASPE:

  Antes dirá, quien supiere
que fui de un rey macedón,
que fue por mi imperfección
cuando en su casa me viere;
  que ya no tengo valor,
pues por faltas que me hallaste
a aderezar me enviaste
a la casa de un pintor.

ALEJANDRO:

  Mas antes dirá quien vio
que tu amor me satisfizo,
que si Alejandro te hizo,
Apeles te reparó.
  Estima el arte divino;
bien casas; tu boda apresta:
ve con Dios.

CAMPASPE:

Grandeza es ésta,
mas parece desatino.

APELES:

  Tú verás presto en mi trato,
Campaspe bella, mi amor.

EFESTIÓN:

Triste vas.

ALEJANDRO:

Dile a un pintor
el alma por un retrato.

APELES:

  Ven, mi Campaspe, y no llores,
aunque es de amor justa ley;
que si Alejandro era Rey,
yo soy rey de los pintores.
(Vanse),


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( y salen LEÓNIDES y ATALO, capitanes.)
LEÓNIDES:

  Alejandro en Corinto fue elegido
por general del Asia contra Darío.

ATALO:

Parece que comienza a ser temido.

LEÓNIDES:

A lo menos comienza temerario.

ATALO:

Ya, de marciales hábitos vestido
previene el aparato necesario.

LEÓNIDES:

La gente acude.

ATALO:

Aficionada viene:
tal es la fama que en Europa tiene.
  Están por lista ya treinta mil hombres.

LEÓNIDES:

Un pecho liberal y generoso
es piedra imán.
(Salen VITELO, villano, y AMINTA, dama, en hábito de soldado.)

AMINTA:

Camina y no te asombres;
que no has de ser soldado y temeroso.

VITELO:

Contento voy de que soldado nombres
un villano que ayer, tan perezoso,
los bueyes de su arado iba siguiendo,
y de sudor la tierra humedeciendo.
  ¿Por quién preguntaremos?


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AMINTA:

Éstos creo,
Vitelo, que serán los capitanes.

VITELO:

¿Quién es aquí Alejandro?, que deseo
servirle.

LEÓNIDES:

¡Buenos mozos!

ATALO:

¡Y galanes!

AMINTA:

Déjame hablar a mí.

VITELO:

Si yo me veo
una vez con aquestos tafetanes,
a fe que han de saber los de mi tierra
lo que medran los buenos en la guerra.

ATALO:

  Amigos, Alejandro está en palacio:
si os queréis alistar, venid conmigo;
mas vos, ¿cómo vinisteis de esta suerte,
que el traje que traéis no es de soldado,
sino el que trae el que traéis al lado?


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VITELO:

  En los montes de Corinto
guardaba cabras, señor,
tan pocas que para ciento
faltaban noventa y dos.
Vestíame en el invierno
de los copos de algodón
que descuelga de las nubes
el viento, murmurador.
Y en el ardiente verano,
de los enojos del sol,
haciendo cama la hierba
sobre alfombras de color.
Con poco trigo sembrado
tenía, gracias a Dios,
para cinco tiernos niños
y un ángel que los parió.
Vino por aquella tierra
un envidioso pastor,
que al buen amo que tenía
mis amores le contó.
Quitóme mis prendas caras,
pedazos del corazón,
y enviólas a otra tierra:
lloran ellas, muere, yo.
Quedé como en verde chopo
querelloso ruiseñor,
cuando le comió los pollos
de su nido pardo halcón.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VITELO:

Lloré soledades tristes,
canté endechas de dolor,
como pajarillo en jaula,
y cautivo en la prisión.
Maldije mis enemigos,
pero no me aprovechó;
que nadie sintió mis males,
sino quien supo de amor.
Faltaban horas al tiempo,
sobraban a mi dolor,
porque menguaban los ríos,
y los de mis ojos no.
En medio de estas desdichas,
donde sin remedio estoy,
por mi cabaña una noche
este mancebo pasó.
No le di el faisán preciado,
ni el vino espirando olor;
no sábanas que amortajan
al avariento señor.
Dile en la tejida encella
el cándido naterón,
miel virgen en su alcornoque,
blanco pan, que allí nació;
la cama de pieles blancas,
donde algunas veces yo
no tuve envidia a los reyes
y me envidiara el mayor.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VITELO:

Contóme como pasaba
Alejandro macedón
a la conquista del Asia;
y aunque humilde labrador,
vengo a servir de soldado,
por no ver con ambición
los tántalos de su hacienda,
los sabios de su opinión,
la infamia en camas de seda,
la virtud en un rincón;
en las mujeres el oro,
en los hombres el dolor,
oprimida la verdad,
levantada la traición;
la ciencia en los hospitales,
los necios llenos de honor,
los amigos, todos falsos;
y por eso, huyendo voy
adonde muera sabiendo
la mano que me mató.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEÓNIDES:

  ¿Qué te parece el villano?

ATALO:

Habla en sus desdichas bien.

AMINTA:

Mi vida os diera también,
aunque los contara en vano,
  notable contento y gusto;
mas viene el Rey.

ATALO:

Ven conmigo;
que quiero hacerte mi amigo
aunque labrador robusto.

VITELO:

  Dadme, os suplico, una espada.
Veréis el hombre que soy.
(Vanse ATALO y VITELO.)

LEÓNIDES:

A solas contigo estoy;
¿eres mujer?

AMINTA:

Mas no, nada;
  hombre y muy hombre.

LEÓNIDES:

No sé
si te crea.

AMINTA:

Bien podrás.

LEÓNIDES:

Malos indicios me das.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


AMINTA:

¿No asiento con aire el pie?
  ¿No piso con bizarría?
¿Tengo afeminada voz?
¿Piensas que en hablar feroz
consiste la valentía?
  Pues hombre soy, tan valiente,
aunque me miras burlando,
que puedo solo, luchando,
cansar diez hombres, y aun veinte.

LEÓNIDES:

  Ahora bien, en la ocasión
sabremos presto quién eres.

AMINTA:

¡Qué mal pueden las mujeres
encubrir su imperfección!
  De Alejandro enamorada,
vengo en el traje en que estoy.
(Salen ALEJANDRO, EFESTIÓN y LISÍMACO.)

ALEJANDRO:

Muchacho dicen que soy:
veinte años tiene mi espada;
  yo, otros veinte; luego ya,
si hay entre los dos cuarenta,
podremos dar buena cuenta
de lo que a mi cargo está.

EFESTIÓN:

  Demóstenes, como sabes,
gran retórico de Tebas,
es autor de aquestas nuevas,
que con palabras suaves
  se ha mostrado a la ciudad,
contra tu honor, elocuente.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

Castigaré prestamente
su opinión con mi verdad.

LISÍMACO:

  Otros dicen que eres muerto,
y tus capitanes matan.

ALEJANDRO:

¡Qué bien los griegos nos tratan!

ATALO:

Está todo el mundo incierto
  de la esperanza que das.

ALEJANDRO:

Atalo, si se ha de poder
algo en el mundo, ha de ser
con la presteza no más;
  yo iré con tanta, que vea
el retórico hablador
que, aunque mozo, tengo honor;
y porque más presto sea,
  a media noche saldré
de la ciudad donde estoy.

ATALO:

¿Tan presto?

ALEJANDRO:

A fe de quien soy
que no meta en cama el pie;
  dame, amigo Efestión,
esa bola de metal.

ATALO:

¿Para qué es invención tal?


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

He hecho aquesta invención
  para tenerla en la mano,
mientras duermo, de esta suerte,
porque al caer me despierte.

ATALO:

¿Sueño quieres tan liviano?

ALEJANDRO:

  En el rey y el capitán,
ha de ser el sueño así;
dejadme un momento aquí:
¡Qué soldado tan galán!
  ¿Quién eres?

AMINTA:

Quieres dormir,
y quiérote yo despierto.

ALEJANDRO:

Que no dormiré te advierto.

AMINTA:

No te lo quiero decir
  delante de tanta gente;
cosa soy que hizo acaso
la naturaleza.

ALEJANDRO:

Paso,
que te entiendo llanamente.
(Vanse los capitanes.)
  Nunca el hombre quiere hacer
lo que no es su semejante;
término, ha sido elegante,
conozco que eres mujer.
  Venme a ver cuando quisieres;
que en tiempo que con rigor
da cuidado el santo honor,
no han de ocuparle mujeres.
(Vase AMINTA)


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(siéntase ALEJANDRO en una silla con la bola en la mano.)
ALEJANDRO:

  [-oi]
Ven, sueño, y no te detengas,
que has de volver cuando vengas;
bien ves la priesa en que estoy.
(Duérmese, y entra VITELO ya de soldado gracioso, con cuera, plumas y espada.)

VITELO:

  Hasta su mismo aposento
de Alejandro pude entrar:
que en no se mandar guardar
conozco su pensamiento.
  Vengo en traje de soldado
a que me conozca el Rey;
conocer es justa ley
el que es dueño al que es criado.
  Quiero saber por quién voy
a matar persas, y es bien
que conozca el Rey también
quién le sirve, pues yo soy.
  Él está aquí, ¡santo cielo!
¡Sí duerme, durmiendo está!
¡Que éste es aquel de quien ya
tiembla lo mejor del suelo!
  ¿Qué puede significar
dormir este espanto humano
con una bola en la mano?
¿Si me la quiere tirar?
  Sin duda la tiene así
para tirársela a quien
le despertare.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Cáesele la bola, y despierta.)
ALEJANDRO:

¡Detén
la furia, espera!

VITELO:

¡Ay de mí!

ALEJANDRO:

  ¡Hércules divino, aguarda!
¿Eres tú?

VITELO:

Yo no, señor.

ALEJANDRO:

¡Criados! ¡Hola, Antenor!
¿No hay un hombre de mi guarda?
  ¡Leónides, Efestión,
venid, porque os cause espanto:
veréis a Hércules santo,
el hijo de Anfitrión!

VITELO:

  Señor, yo soy un soldado
que a servirte vengo aquí.

ALEJANDRO:

¿Tú soldado?

VITELO:

Señor, sí.

ALEJANDRO:

¿Cómo o por dónde has entrado?

VITELO:

  Todos estaban durmiendo,
ninguno me resistió.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

¿Quieres algo?

VITELO:

Señor, no.

ALEJANDRO:

¡Ay, cielos, que ya os entiendo!
  En sueños estaba hablando
con Hércules, y él me envía
quien me despierte; que el día
se viene ya declarando.
  Sígueme, cualquier que seas;
toca al arma.

VITELO:

¡Muerto soy!

ALEJANDRO:

¿No me sigues?

VITELO:

Tras ti voy.

ALEJANDRO:

¿Te vas? ¡Yo haré que me veas!
(Vanse)


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(y sale DIÓGENES vestido como salvaje, de pellejos, con una escudilla.)
DIÓGENES:

  Puro, divino cielo,
libro donde se escribe
la más alta y mejor sabiduría,
al engañado suelo
otras letras prohíbe
de las que en ti se ven la noche y día.
La divina armonía
de tus esferas miro,
tu sol, luna y estrellas,
leyendo siempre en ellas
la omnipotencia de tu autor, que admiro,
pues todo cuanto encierra
influyen a los hombres en la tierra.
  ¡Oh campos generosos,
que con abierta mano
me sustentáis de frutos diferentes;
jardines siempre hermosos
para el regalo humano,
cubiertos de esos techos transparentes!
A vos, hermosas fuentes,
vengo con sed agora;
no traigo vasos de oro,
[-oro]
que el barro humilde esmalta y sobredora;
que en barro a beber viene
quien es de barro y de quebrarse tiene.
  Vivan los altos reyes
de púrpura vestidos;
mortales son: no tengo que envidiallos:
hagan, deroguen leyes,
y tengan oprimidos
reinos, provincias, mares y vasallos;
sin armas, sin caballos,
en estas soledades
fui señor de mí mismo,
del mar, del hondo abismo,
pirámides, palacios y ciudades;
que, aunque aforismo fuerte,
no hay tal filosofar como en la muerte.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Sale un CORREO.)
CORREO:

  Con una carta de Antígono
vengo con notable priesa
a dar aviso a Alejandro
de la libertad de Tebas.
Sed me aprieta: ¡oh fuente clara!,
de limpios cristales hecha,
en ti me echaré de pechos.

DIÓGENES:

¿Es posible que éste beba
sin vaso, y que traiga yo
esta escudilla? ¿Hay simpleza
como la mía? ¿Yo soy
el filósofo de Grecia?
¡Vive Dios que he de quebrarla,
y beber como éste en ella!

CORREO:

Ya he bebido y refrescado
el cuerpo. ¿Eres hombre o piedra?
¿Cuánto habrá de aquí a Corinto?

DIÓGENES:

Habrá media legua apenas.

CORREO:

Pues adiós.
(Vase el CORREO.)


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DIÓGENES:

Guárdete el cielo,
maestro, pues hoy me enseñas
a beber sin otra ayuda.
¡Oh sabia naturaleza!
Cajas siento, y cerca están;
sin duda es gente de guerra;
dichoso el que vive en paz;
dadme asiento, humilde cueva.
(Suenan cajas; salga toda la gente y ALEJANDRO detrás.)

ALEJANDRO:

Antes que me aleje más,
por honra de tanta ciencia,
quiero a Diógenes ver.

EFESTIÓN:

Aquí está entre aquestas peñas.

ALEJANDRO:

Pues Diógenes amigo,
sabiendo que voy a Tebas,
no has venido a visitarme;
¿aún no merezco respuesta?
¿Quieres algo en mi partida
de lo poco que me queda?
Que hoy he dado a mis soldados
mi patrimonio y herencia.
Todos van enriquecidos
de oro, joyas, plata y piedras.
¿Quieres algo?

DIÓGENES:

Que te quites
de este sol que me calienta;
que no me lo puedes dar
aunque Rey del mundo seas,
porque es Dios quien me le envía.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEÓNIDES:

¿Ésta es la gloria de Atenas?

ATALO:

¡Qué bárbaro!

LISÍMACO:

¡Qué villano!

ALEJANDRO:

No murmuréis de sus letras,
porque en despreciarlo todo
su divina virtud muestra,
y de no ser Alejandro,
ser Diógenes quisiera;
él se va; marchad, soldados;
que larga jornada espera,
que voy a ganar el mundo.

AMINTA:

Pues camarada, ¿qué llevas?

VITELO:

Bota y alforjas.

AMINTA:

Camina.

VITELO:

¿Vióte Alejandro?

AMINTA:

Esta siesta,
y vi en él un gran milagro:
que el sudor de su cabeza
era como mirra y ámbar.


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Las grandezas de Alejandro Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


VITELO:

¡Esa es maravilla nueva!

AMINTA:

¿Haslo visto tú ni oído?

VITELO:

¿Luego no?

AMINTA:

¿De quién se cuenta?

VITELO:

De esta bota.

AMINTA:

Marcha.

VITELO:

Vamos.

AMINTA:

¡Cielos, el alma me lleva!


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Acto II
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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen DARÍO, Rey de los persas, MENÓN, TELEO y soldados.
DARÍO:

  ¿Que se atreverá, Menón,
ese Alejandro a pasar
al Asia?

MENÓN:

De la opinión
que ya empieza a ganar
podrás saber la razón.

DARÍO:

  ¡Por Júpiter, que estoy loco
si son ciertas esas nuevas!
[...]
[...]
[...]

MENÓN:

  Tan ciertas, que yacen muertos
noventa mil hombres ya,
que estaban de verle inciertos.

DARÍO:

Y ¿dónde dicen que está?

MENÓN:

Muy cerca de nuestros puertos;
  que los esclavos vendió,
y a sus soldados les dió
todo aquel grande tesoro;
que a precio de plata y oro
sus voluntades compró;
  los que de su poca edad
se burlaban, ya le nombran
incendio, rayo y deidad.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

Son griegos los que se asombran
de esa vil temeridad.
  No somos así los persas;
son nuevas esas fortunas,
comienzan veces diversas
a ser prósperas algunas
para acabar en adversas.
  Como eres griego, Menón,
alabas al Macedón.

MENÓN:

Griego soy, más su contrario
después que te sirvo, Darío,
con la lealtad que es razón.
  Y con ella no cumpliera
cuando aquí no te avisara
que dejes la guerra fiera
con Alejandro.

DARÍO:

Repara.

MENÓN:

Esto es verdad.

DARÍO:

Considera
  que soy Rey de Persia.

MENÓN:

Advierte
que ese mancebo orgulloso
viene en hombros de la suerte.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

Si es Alejandro dichoso,
yo soy, Menón, rico y fuerte;
  estorba luego su entrada
en Asia desde este puerto.

MENÓN:

Ésta es mi vida y mi espada.

DARÍO:

Parte con gente, encubierto,
animosa y bien armada,
  y ese muchacho atrevido
envíamele azotado
luego que le hayas vencido.

MENÓN:

No será poco cuidado
si el paso a Alejandro impido;
  vaya Vuestra Majestad
seguro de mi deseo.

DARÍO:

Ea, soldados, marchad,
que ya a vuestras plantas veo
su loca temeridad.
  Decid a ese temerario
mozuelo, atrevido, ciego,
arrogante, loco y vario,
para que se rinda luego,
que sois la gente de Darío.

(Vase.)


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MENÓN:

  ¡Qué fácil le ha parecido
el rendir este mancebo!

TELEO:

También tú, Menón, has sido,
siendo su nombre tan nuevo
y apenas del Asia oído,
  con el Rey muy porfiado.

MENÓN:

¿Quién te mete a ti, soldado
de la guerra, en los consejos
donde no hablan los viejos
y viene el Rey engañado?

TELEO:

  La razón de ver que asombres,
con Alejandro y sus viles
soldados, tan fuertes hombres.
¿Qué Héctor, qué Eneas, qué Aquiles,
para que a Darío le nombres?
  Es un muchacho liviano,
cuyas grandezas fingidas
ocupan al viento vano.

MENÓN:

No digas más.

TELEO:

No me impidas...

MENÓN:

¿Cómo no?

TELEO:

¡Detén la mano!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


MENÓN:

  ¡Detener! con esta daga
detendré tu injusta mengua.

TELEO:

¡Muerto soy!

MENÓN:

No te doy paga
para que diga la lengua
lo que la espada no haga.
  Si eres a Darío fiel,
sirve de otra suerte a Darío;
que no llevas sueldo dél
por decir mal del contrario,
mas por pelear con él.
  Ea, soldados; si es justo
obedecer, alto al puerto,
contra el Macedón robusto
buen ánimo, aunque os advierto
de que no voy con mi gusto.
  Llámele Darío, mozuelo;
que, aunque llevamos ventaja
en gente, en armas y en celo,
yo pienso que al Asia baja
el mayor rayo del cielo.
(Vanse.)
(Dentro.)
  ¿Tierra, tierra, soldados; ésta es Asia,
tercera parte, y la mayor, del mundo!

TODOS:

¡Tierra, tierra, desata esos barcones!
¡Acosta, llega!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Véase ALEJANDRO armado, en una proa de una nave, de pie, con una lanza en la mano.)
ALEJANDRO:

Nadie tome tierra,
soldados, antes que desde esta nave
Alejandro la hable y desafíe;
ni salte en ella, pena de la vida,
antes que yo, ninguno.
(Dentro.)
¡Hola, soldados!
Vaya pasando la palabra a todos:
que nadie sea osado a tomar tierra
primero que Alejandro.

ALEJANDRO:

Aquesta lanza,
Asia enemiga, por señal que vengo
a hacerte guerra, de esta suerte arrojo
desde mi nave, porque en ningún tiempo
digas que me acogiste y te doy guerra.
(Tira la lanza y quitase.)
(Dentro.)

EFESTIÓN:

Ya la tierra ha sentido de Alejandro,
antes que el pie, las armas; ya no puede
quejarse de que fue huésped ingrato.
¡Hola, acostá esas barcas, echad planchas,
guarnid esos montones, poned cuerdas;
guindemos lo primero los caballos!
(Dentro.)

LISÍMACO:

¿Hay resistencia?


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(Dentro.)
EFESTIÓN:

No.
(Dentro.)

LISÍMACO:

Pues si no hay guerra,
¡acosta, acosta; salta; tierra, tierra!
(Sale ALEJANDRO solo.)

ALEJANDRO:

  Puesto que salgo del mar,
no te beso, madre amada,
que era traición si mi espada
hoy te viene a ensangrentar;
  no dirás que entro a engañarte,
pues desde el mar, madre tierra,
te notifiqué la guerra
que Alejandro viene a darte.
  No dirás que te pisé
huésped, y que fui traidor,
pues que fue mi embajador
la lanza que te arrojé.
  Como me has visto saltar
en ti del mar el primero,
cree que seré el postrero
que vuelva después al mar.
  Ya sale toda mi gente;
Asia, tiembla; que ha salido
del mar el fuego, encendido
que ha de abrasar el Oriente.


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(Salen todos los que puedan del ejército de ALEJANDRO, EFESTIÓN, LEÓNIDES, AMINTA, con su hábito de hombre, y VITELO.)
EFESTIÓN:

  Danos a besar los pies.

ALEJANDRO:

Haberme los pies besado
con que hoy el Asia he pisado,
agüero de imperio es.
  Alzaos todos; pues, Aminta,
¿vienes buena?

AMINTA:

Y de tal suerte,
que triunfando de la muerte
hoy el corazón me pinta;
  no traes soldado aquí
que tenga más corazón.

ALEJANDRO:

Efectos, Aminta, son
de los brazos que te di.
  Quien a Alejandro se llega,
participa su valor;
que el valor es como olor,
que adonde toca se pega.
  Pues, amigo Efestión,
ya estamos en Asia, ya
Alejandro en Asia está,
¿qué te dice el corazón?

EFESTIÓN:

  Que tu valor y ventura,
del mundo te harán señor.


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ALEJANDRO:

Mucho el celestial valor
tan grande empresa asegura;
  la parte que tengo humana,
es de Alcides; la divina,
de Júpiter, que me inclina
a empresa tan soberana.
  Todos sabéis que soy dios
igual al que rige el suelo;
que este imperio y el del cielo
tenemos entre los dos.
  Del mundo seré señor;
y si mi padre no fuera,
no sé si el cielo estuviera
seguro de mi valor.
(Salen VITELO y ARIOBARZANO, persa.)

VITELO:

  Aunque el más humilde y roto
de los que en tu campo vienen,
y en la guerra y la paz tienen
para tus consejos voto,
  soy el primero que preso
te traigo en Asia un persiano.

ALEJANDRO:

No te has alabado en vano:
la obligación te confieso.
  ¿Dónde le hallaste?

VITELO:

Venía
por esas peñas al mar,
codicioso de mirar
tu armada.


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ALEJANDRO:

Extraña osadía.

VITELO:

  Derribéle de un flechazo
el caballo, y cayó en tierra,
y después en buena guerra,
cuerpo a cuerpo, brazo a brazo.

ALEJANDRO:

  Hombre fuiste de valor,
que el persa lo muestra en sí;
yo me serviré de ti
en ocasiones de honor:
  denle treinta mil ducados.

VITELO:

No tengo en qué los llevar,
pero quiérotelos dar
a cambio, señor, prestados,
  para que cuando volvamos
a la patria me los des.

ALEJANDRO:

¿Qué quieres por su interés
cuando a Macedonia vamos?

VITELO:

  Sólo que digas que fui
quien dineros te prestó.

ALEJANDRO:

Sí haré, si dices que yo
fui quien los mismos te di.
  Di, persa, ¿está lejos Darío?

ARIOBARZANO:

Cerca, y más cerca Menón.


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ALEJANDRO:

¿Quién?

ARIOBARZANO:

Un griego de nación,
capitán de tu contrario.

ALEJANDRO:

  ¿Espérame?

ARIOBARZANO:

Junto a un río
que por fuerza has de pasar.

ALEJANDRO:

Luego ¿querrá pelear?

ARIOBARZANO:

Ya lo verás en su brío;
  aunque a Darío, aconsejó
que a Macedonia enviase
su armada y te molestase,
y el persa no lo creyó
  forzado de la arrogancia
de su gente.

ALEJANDRO:

¿Contra mí
tienen arrogancia?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARIOBARZANO:

Sí,
y esperanza de ganancia.
  Y agora que yo te veo
tan mozo, estoy por pensar
que te debe de engañar,
más que el valor, el deseo.
  Para decir a una dama
requiebros, estás galán,
mas no para capitán
que emprende tan alta fama.
  ¿Es posible que en tus años
han cabido pensamientos
de tantos atrevimientos?
¡Ay de tus locos engaños!
  ¿Quieres oír de qué suerte
camina Darío?

ALEJANDRO:

¡Pues no!

ARIOBARZANO:

Escucha.

ALEJANDRO:

Haz cuenta que yo
soy este mármol.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARIOBARZANO:

Advierte.
  El fuego sacro, inmortal,
viene delante en braseros,
rodeado de los magos,
que vienen cantando versos.
Tras él, de color vestidos,
vienen trescientos mancebos,
y sesenta y cinco más,
porque significan éstos
los días que tiene el año.
Un carro triunfal tras ellos,
a Júpiter consagrado,
y un caballo, cuyo freno,
dedicado al sol, se precia
en igual valor que un reino.
A éste siguen doce carros
de plata y oro cubiertos,
regidos con varas de oro
de sus aurigas soberbios.
Luego la caballería
de doce naciones, puestos
en orden con varias armas,
plumas y trajes diversos.
A éstos siguiendo vienen
diez mil de a caballo luego,
que llaman los inmortales.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Pues ¿porqué?

ARIOBARZANO:

Porque, en muriendo
uno de ellos peleando,
se arroja el otro tan presto,
que no hace falta su vida,
y así están siempre viviendo;
todos ellos llevan ropas
de brocado, y todos éstos
guarniciones de oro y perlas,
y collares de oro al cuello.
Luego vienen los parientes
de Darío, persas y medos,
que son hasta quince mil.

ALEJANDRO:

¿Quince mil?

ARIOBARZANO:

Sí.

ALEJANDRO:

¡Santo cielo!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARIOBARZANO:

Decirte de éstos el traje
es imposible, mas puedo
asegurarte que al sol
le pueden servir de espejo;
piedras y telas que visten
le desafían ardiendo;
las piedras vencen sus rayos,
las telas a sus cabellos.
Luego vienen los que traen
todos los vestidos regios,
en maletas de brocado
cordones de aljófar llenos.
Tras éstos camina Darío
en un carro, donde creo
que, sin poderse vencer,
arte y poder compitieron.
Sobre diez caballos blancos
un yugo de piedras hecho,
donde hay diamantes tan grandes
que es locura encarecellos;
sobre él dos estatuas de oro,
la Guerra y la Paz, y en medio,
con una imperial corona,
el águila de su imperio.
Doscientos hombres le cercan
de sus más cercanos deudos,
cuyos sayos persas cubren
soles de perlas a trechos.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARIOBARZANO:

Con éstos viene la guarda
de catorce mil piqueros
con las picas plateadas
y de oro puro los hierros.
Luego treinta mil soldados
cierran todo el rico ejército,
formando un jardín las plumas
sobre las alas del viento.
Luego, quinientos caballos
conducidos de los frenos,
con otros tantos criados
vestidos de blanco y negro.
En medio, de otro escuadrón
viene un carro y tronco excelso
con Sisigamba, la madre
de Darío, en un rico asiento.
En otro sus bellas hijas
y su mujer, y en doscientos
caballos mansos sus damas,
hermosas por todo extremo.
Luego los hijos de Darío,
sus amas y amos con ellos,
y los eunucos, vestidos
de carmesí terciopelo,
guardan trescientas mujeres
amigas del Rey.

ALEJANDRO:

Trofeos
de capitán valeroso.


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ARIOBARZANO:

Luego, en seiscientos camellos
y mil acémilas, viene
el tesoro, en cuyo cerco
vienen treinta compañías
de caballos y de arqueros.
Tras esto vienen las damas
y mujeres de los deudos
del Rey, y luego el bagaje,
criados y vivanderos,
con la retaguardia, a quien
treinta capitanes medos
gobiernan con sus banderas,
no menos ricos y diestros.
De esta suerte marcha Darío;
mira, ambicioso mancebo,
contra quién pasas al Asia,
desnudo, pobre y soberbio.

ALEJANDRO:

  Soldados, no diréis que os engañaba;
haced fiestas, soldados; la riqueza
que os prometí cuando en la mar entraba
os trae Darío, y con mayor grandeza.
Mirad qué de oro y plata os esperaba,
guardado del temor y la belleza
de un campo de mujeres, y que todas
no van a guerra, no, que van a bodas.
  ¡Oh, buen persiano, vete libremente!
Mas ¿qué te podré dar de albricias? Dudo.
Dadle el laurel más rico de mi frente,
aunque dice que estoy pobre y desnudo
en ella, y dos diamantes que el Oriente
no vio valor igual, ni el sol les pudo
dar mayor luz, no, haciéndolos del fuego
con que a los que le miran deja ciego;
  dadle el mejor caballo y diez soldados
que le acompañen.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ARIOBARZANO:

¡Si quién soy supieras!

ALEJANDRO:

Aguarda, ¡por los dioses consagrados!
[-eras]

ARIOBARZANO:

 [...] No por tus soldados,
que enriquecer de nuestra plata esperas,
dejaré de decirlo, pues me obliga
tu generoso pecho a que lo diga;
  mas si lo diga, cierto estoy que luego
seré preso de ti.

ALEJANDRO:

Dilo, persiano;
que yo soy Alejandro: habla te ruego.

ARIOBARZANO:

Yo soy, Rey macedón, Ariobarzano;
hijo de Darío soy, que vine ciego,
por afición, a tu gallarda mano:
los deseos de verte me han traído
donde de este soldado fui vencido.
  Mi padre, con la gente y la riqueza
que te digo, te espera, aunque primero
Menón, griego de insigne fortaleza.

ALEJANDRO:

Dame esos brazos, abrazarte quiero:
¡vive el cielo, que envidio la grandeza
con que has fiado, ilustre caballero,
tu nombre, tu valor, a un enemigo
que desde agora llamarás tu amigo!
  Si te di libertad sin conocerte,
mejor agora, y este anillo mío.


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ARIOBARZANO:

Recíbolo, por prendas de quererte;
y ¡por el claro, sol, que al padre mío
tengo de dar con estos brazos muerte
para darte de Persia el señorío!
(Vase.)

ALEJANDRO:

Espera, Ariobarzano.

EFESTIÓN:

Ya se parte.

ALEJANDRO:

Bárbaro, en fin; alegre estoy, ¡por Marte!
  Ea, soldados, que Menón espera;
venzamos éste, y demos sobre Darío.

LEÓNIDES:

¡Por Júpiter, que es mozo temerario!
Antes que saques la temida espada,
visita el templo de la gran Minerva.

ALEJANDRO:

¿Es éste?

EFESTIÓN:

¿No le ves?

ALEJANDRO:

Abrid las puertas.

LEÓNIDES:

Ya están, señor, a tu grandeza abiertas.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sobre un altar se ve a una mujer en forma de la diosa, con un arnés y un morrión, su lanza en la mano, y en la otra un escudo.)
ALEJANDRO:

  Minerva, querida hermana,
mi viaje empieza aquí;
la divina que hay en ti,
ayude mi parte humana.
  Hijo de Júpiter soy;
alarga ese fuerte escudo
con quien tanto el griego pudo;
que la palabra te doy
  de no te le hacer cobarde.

AMINTA:

No tomes nada a la diosa;
por menos la belicosa
Grecia tomó a Troya tarde.
  ¿No te acuerdas de la cierva?

ALEJANDRO:

No se le quiero tomar,
que los dioses saben dar;
dámele, hermosa Minerva.
(Alargue la diosa el escudo, y désele.)
  Soldados, notable agüero
de nuestra felicidad:
dióme el escudo; marchad,
mía es el Asia. ¿Qué espero?
  Ven, Aminta, y no te asombres.

AMINTA:

Minerva a tu lado viene.

EFESTIÓN:

Hasta con los dioses tiene
ventura.

LISÍMACO:

Es rey de los hombres.

(Vanse)


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(sale ROJANE, amazona, vestido corto, muchas plumas, daga y espada, y otras dos con ella al mismo traje, TAMIRA y LISANDRA.)
ROJANE:

  ¿Con esta carta te envía?

TAMIRA:

Ésta, señora, me ha dado.

ROJANE:

No debe de haber hallado
lo que por ti le pedía.

LISANDRA:

  Lee la carta, y sabrás,
Rojane, la causa.

ROJANE:

Creo
que lo fue ser mi deseo
menos cierto cuando es más.
  ¿Al campo, llegaste?

TAMIRA:

Fui
de Arsaces bien recibida.

ROJANE:

Y ¿suénase la venida
del gran Alejandro?

TAMIRA:

Sí;
  ya está en Asia, y tomó tierra
junto a Propontis y Troya.

ROJANE:

Toma, ¡oh, Tamira!, esta joya.

TAMIRA:

¿Albricias temiendo guerra?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROJANE:

  ¡Ay, amigas, tiempo es ya
que sepáis mi atrevimiento!
Ningún mortal pensamiento
seguro de amor está.
  La fama de este mancebo
por mis oídos entró
al alma, donde estampó
este Aquiles, este Febo.
  Yo, de sus hechos vencida,
quise las señas saber
de su persona, y poner
adonde el alma la vida,
  si conformaba su talle
con su nombre generoso,
para que este mi amoroso
deseo fuese a buscalle,
  y tuviese un hijo de él,
como es costumbre amazona.

TAMIRA:

Y señas de su persona
no pueden, Reina, caber
  en el pliego que te he dado.

ROJANE:

Retrato le pedí yo.
(Abre la carta.)

LISANDRA:

Lee.

ROJANE:

¡Ay, Dios!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISANDRA:

¿Qué te envió?

ROJANE:

Un Alejandro cifrado
  dentro este naipe venía.

LISANDRA:

Muestra a ver.

TAMIRA:

¡Qué mozo es!

LISANDRA:

Aún no tienen veintitrés
años tanta valentía.

TAMIRA:

  Veinte dice en letras griegas.

LISANDRA:

¡Bello rostro, hermoso mozo!

ROJANE:

Es en los hombres el bozo,
si a considerarlos llegas,
  como en el árbol la flor:
la barba, el fruto; las canas,
las ramas secas, cercanas
del frío invierno al rigor.
  Árbol florido es agora
Alejandro.

TAMIRA:

Si has de ser
de un hombre mortal mujer,
¿qué es lo que aguardas, señora?
  Si has de tener hijos ya,
¿de quién serán más valientes,
ni más hermosos?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISANDRA:

Que intentes
buscarle en razón está.

ROJANE:

  De manera me ocupé,
Lisandra, en mirarle aquí,
que la carta no leí,
ni letra apenas miré.
  Dadme licencia, retrato
de un hombre que es sol, que es Dios,
para que pueda sin vos
estar este breve rato.
  ¿Qué decís? Dice que sí;
parece que hablando está.

TAMIRA:

Vivo te parecerá.

ROJANE:

Vivo está, pues vive en mí.
(Lee así:)
  «Tantos retratos había
de Alejandro en toda Grecia,
por lo que ya el mundo precia
su grandeza y valentía,
  que muchos malos pintores
le retrataban, por ver
que ganaban de comer
con el nombre y los colores.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROJANE:

  Y así, Alejandro mandó
dar licencia sólo a Apeles,
de cuyos raros pinceles
este retrato salió.
  Para sacarle de Darío,
que le quiso conocer,
tú puedes echar de ver
lo que ha sido necesario.
  Haz cuenta que viendo estás
su rostro, porque es pincel,
que dice el arte que en él
no puede alcanzarse más.
  Porque en sus colores mengua,
y todos le dan la palma,
es ése el rostro; que el alma
se ha de pintar con la lengua.
  De la cual sólo diré,
ya que en lo imposible toco,
que el mundo parece poco
para estampa de su pie.»
  ¿Qué os parece?

LISANDRA:

Que la fama
no ha sido en esto parlera.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROJANE:

¡Oh, espejo en quien reverbera
del sol del alma la llama!
  ¡Oh, imagen de aquel valor
de quien ya tiembla la tierra,
nuevo dios Marte en la guerra,
nuevo Cupido en amor!
  ¡Oh, mancebo generoso,
a quien ya la envidia tira
rayos de venganza e ira,
guárdete el cielo piadoso!
  Que primero que te acabe
tu misma virtud, diré
dónde te retrataré
sin ser yo pintor tan grave.
  Haya sucesión de ti
en retratos verdaderos,
y sean de los primeros
los que has de tener en mí.
  Vamos, Lisandra, Tamira,
vamos a ver el mancebo
más bello que ha visto Febo
en cuantas naciones mira.

TAMIRA:

  ¿Determínaste a que sea
Alejandro el que te goce?

ROJANE:

Pues ¿cuál hombre se conoce
que tantas glorias posea?
  Si nuestro reino amazón
ha de ir, Tamira, en aumento,
no hemos de pedir al viento
la humana generación.
  Esposo ha de haber; pues ¿quién
cómo Alejandro será,
que rindiendo el mundo está?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISANDRA:

Con razón le quieres bien;
  y pues hijos es forzoso
que procures, de ninguno
como de Alejandro.

ROJANE:

A Juno
pudiera servir de esposo.
  Vamos, que en mil causas fundo
mi amor.

TAMIRA:

No hay más que decir.

ROJANE:

¿Por qué no me ha de rendir
hombre que sujeta el mundo?
(Váyanse, y entre ALEJANDRO con toda su gente después de haber tocado una caja.)

ALEJANDRO:

  ¿Aquí me decís que está
el gran sepulcro de Aquiles?

EFESTIÓN:

Porque su fama aniquiles,
mira sus cenizas ya.

ALEJANDRO:

  ¡Ojalá de ellas pudiera
ser fénix!

EFESTIÓN:

¡Bravo blasón
del griego!

ALEJANDRO:

En mi condición
será la humildad primera.
  ¿Es éste el sepulcro?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


EFESTIÓN:

Él es.
(Véase un sepulcro.)

ALEJANDRO:

¡Oh, mancebo, generoso!
no envidio el ver que famoso
pusiste a Troya a tus pies;
  no envidio que a Héctor dieses
la muerte, ni tus hazañas,
ni que en naciones extrañas
gloriosa tu espada hicieses.
  Envidio que hayas tenido
aquel divino poeta
Homero, a quien no sujeta
tiempo, envidia, muerte, olvido,
  por coronista famoso,
pues con su verso divino
a hacer inmortales vino
tu fama y nombre dichoso.

EFESTIÓN:

  ¿Lloras?

ALEJANDRO:

¿No he de llorar?
Por más que Aquiles hiciera,
si Homero no lo escribiera,
ya se empezará a olvidar.
  Y de aquí a un siglo presumo
que no hubiera de él memoria,
porque tanta fama y gloria
debe su espada a su pluma.
  Dadme esas flores, que quiero
cubrir el sepulcro adonde
el tiempo veloz esconde
tan gallardo caballero.
  Coronad con esos ramos,
soldado, al grande Aquiles;
que no son envidias viles
éstas con que aquí lloramos.
  Sino de grandeza llenas,
con que la virtud nos llama,
si hay pluma que nos dé fama;
que en un siglo hay una apenas.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VITELO:

  No digas eso, señor;
que por muchas que hay en Grecia,
en tu campo hay quien se precia
de coronista mayor:
  y no éste sólo, que hay mil.

ALEJANDRO:

Vitelo, escribir a todos
se concede de mil modos;
pero es un cansancio, vil
  cuando no es con perfección:
el poeta ha de nacer.

VITELO:

¿En qué se han de conocer
los que verdaderos son?

ALEJANDRO:

  En el arte y natural
que hacen las obras perfetas,
y que todos los poetas
de aquél sólo digan mal;
  porque es más claro que Apolo
que no le iguala ninguno,
cuando todos se hacen uno
para perseguir a un solo.

VITELO:

  Si quieres ver al poeta
que tus hazañas escribe,
yo le traeré.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

¡Marte vive,
que me huelgue!

VITELO:

Sólo aceta,
  señor, su buena intención.
(Vase por él.)

ALEJANDRO:

Cuando yo se lo mandara,
con la intención me pagara.
(Salen VITELO y el poeta con un libro.)

VITELO:

Aquí viene Demofón.

DEMOFÓN:

  Dame tus pies.

ALEJANDRO:

¿Eres, di,
el que escribe mis victorias?

DEMOFÓN:

Yo intento cantar tus glorias.

ALEJANDRO:

Lee a ver.

DEMOFÓN:

Comienzo así:
(Lea.)
  «Canto del hijo divino
de Júpiter y de Marte
las armas.»

ALEJANDRO:

Ya en esa parte
has dicho un gran desatino.

DEMOFÓN:

  ¿Cómo?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Dos padres me das.
Hablo yo de los planetas
a quien nacieron sujetas
tus inclinaciones; mas
  Júpiter te dio el reinar;
y Marte te dio el vencer.

ALEJANDRO:

Éste debe de saber...

DEMOFÓN:

Sólo procuro imitar.

ALEJANDRO:

  ¿Estudiaste?

DEMOFÓN:

Sí, señor.

ALEJANDRO:

¿Dónde?

DEMOFÓN:

En Atenas oí
a Xanto.

ALEJANDRO:

A escribir de mí,
¿qué te movió?

DEMOFÓN:

Tu valor.

ALEJANDRO:

  Prosigue, y venme a leer
lo que escribes cada día;
que aún sospecho que podría
valerte mi parecer. ¿Peleas?

DEMOFÓN:

  Cuando no escribo,
y escribo si no peleo.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Tengo de honrarte deseo,
y lo pienso hacer si vivo.
  Hazle dar para papel
veinte mil ducados luego.

DEMOFÓN:

Indigno a tus plantas llego.

ALEJANDRO:

Vete, Efestión, con él.
  ¿Así vuelve?

DEMOFÓN:

¿Qué me quieres?

ALEJANDRO:

La tinta se me olvidó;
denle otros diez mil.

DEMOFÓN:

Si yo
tengo de escribir quién eres,
  muy poco papel me has dado,
y poca tinta, señor.

VITELO:

Olvidaste lo mejor.

ALEJANDRO:

¡Cómo!

VITELO:

Pluma.

ALEJANDRO:

Haste engañado;
  yo, para cualquiera suma,
puedo darle lo que él llama
tinta y papel; mas la fama
es quien le ha de dar la pluma.

AMINTA:

  ¡Divino ingenio!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Esperad;
cajas son éstas.

LEÓNIDES:

Señor,
apercibe tu valor,
pide a Júpiter deidad:
  ¿ves este río?

ALEJANDRO:

Muy bien.

LEÓNIDES:

Pues el paso, que es forzoso,
te defiende el valeroso
Menón.

ALEJANDRO:

La gente prevén,
  que le habemos de pasar.

LEÓNIDES:

¿El río? ¿Cómo, señor?

ALEJANDRO:

Imitando mi valor,
porque yo os quiero guiar.

AMINTA:

  Tente, Alejandro, y advierte
que es un hecho temerario.

ALEJANDRO:

No quiero que piense Darío
que acá se teme la muerte.

AMINTA:

  Él dice que viene luego
para ayudar a Menón.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Entrad, que estas aguas son
pequeñas para mi fuego.

AMINTA:

  ¿No veis que da al mar tributo
por aquí?

ALEJANDRO:

No hay que temer;
yo me las sabré beber,
y pasaréis a pie enjuto.
(Saque la espada, y síganle, y éntrense, y después de haber fingido un poco de guerra, salen DARÍO y ARIOBARZANO, su hijo.)

DARÍO:

  ¿Dónde quieres hablarme?

ARIOBARZANO:

Es de importancia
que te retires, gran señor, conmigo.

DARÍO:

Del campo no ha de ser larga distancia,
que está cerca el ejército enemigo.

ARIOBARZANO:

¡Cielos! Aunque es cruel exorbitancia,
y que obliga a temer vuestro castigo,
matar un hijo a un padre yo no creo
que nace de mí mismo mi deseo;
  secreta fuerza vuestra he sospechado
que me ha forzado a que le dé la muerte;
salid, daga, y pasad.

DARÍO:

Qué, ¿estás turbado?


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ARIOBARZANO:

Túrbame, padre, una ocasión tan fuerte;
miro tan cerca al enemigo airado,
con ánimo y con fuerza de ofenderte...
Agora es tiempo.

DARÍO:

Déjale blasone,
para que de sus triunfos me corone.

ARIOBARZANO:

  ¿Qué aguardo? ¿Qué me turbo?

DARÍO:

Ya sospecho,
que le tendrá mi capitán vencido;
del río el paso es por extremo estrecho;
ya de su sangre correrá teñido.
(Sale ARSACES, capitán.)

ARSACES:

Al gran valor de tu invencible pecho,
de ese Alejandro, macedón temido,
un capitán, que quiere hablarte, pide
licencia.

DARÍO:

Llegue luego; ¿quién le impide?
  ¿qué me querrá Alejandro, Ariobarzano?

ARIOBARZANO:

Estará de pasar arrepentido
al Asia viendo tu invencible mano,
y por volverse pedirá partido.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Entra LISÍMACO.)
LISÍMACO:

Este papel es de Alejandro Magno.

DARÍO:

¿No dices más?

LISÍMACO:

No vengo apercibido
de otra oración.

DARÍO:

¿Tú sabes que soy Darío?

LISÍMACO:

Y ¿tú sabes qué soy de tu contrario?

DARÍO:

  Si son los capitanes macedones
de esta manera fieros y arrogantes,
¿qué será vuestro rey?

LISÍMACO:

No son razones
en tiempo de las armas, importantes.

DARÍO:

¿No pide aquí partido?

LISÍMACO:

Las naciones
del Asia espero que, a sus pies triunfantes,
le pedirán antes que pase el año.

DARÍO:

Quiero leer.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISÍMACO:

Verás el desengaño.
(Lee.)
  «Para que veas que quiero
vencerte con mi valor,
y no porque algún traidor
bañe en tu sangre su acero,
  guárdate de Ariobarzano,
que te quiere dar la muerte,
quitándole de vencerte
la gloria Alejandro Magno.»
  ¡Válgame Júpiter santo!
No estimo tanto el saber
que hombre a quien he dado el ser
se atreva conmigo a tanto,
  como el ver que mi enemigo
diga que me guarda así,
sólo por vencerme a mí,
y él solo honrarse conmigo.
  Ya le comienzo a temer;
sin duda es cierta su fama.
¡Arsaces!

ARSACES:

¡Gran señor!

DARÍO:

Llama
a quien me dé de beber.

ARSACES:

  Ya voy.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

Dile, embajador,
a Alejandro, que agradezco
su intención, y que me ofrezco,
al premio de este favor,
  en que, cuando esté a mis pies,
le pienso dar libertad;
y a ti, por esta amistad,
pues en efecto lo es,
  te quiero, ofrecer un don
como a enemigo.

LISÍMACO:

No tengo
licencia; a esto sólo vengo.

DARÍO:

Sé más cortés, macedón;
  darte mi espada quería
de un hijo. ¿Es igual favor,
Ariobarzano?

ARIOBARZANO:

¡Señor!...

DARÍO:

La tuya es la propia mía.
  Dásela.

ARIOBARZANO:

De buena gana.

LISÍMACO:

Por ser arma, la recibo;
que a volverla me apercibo
a vuestros pechos mañana.

(Toma la espada, y vase.)


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

  ¡Qué arrogante!

ARIOBARZANO:

Con los fieros
nos quieren hacer temer:
cuando los he menester,
me quita el Rey los aceros.

DARÍO:

  ¡Ay, cielos!

ARIOBARZANO:

Señor, ¿qué tienes?

DARÍO:

Un gran dolor que me ha dado
en los pies.

ARIOBARZANO:

Andas cansado,
vas al ejército y vienes.

DARÍO:

  Ponme sobre ellos las manos.
Llega.

ARIOBARZANO:

¿Descansas ansí?
(Póngase de rodillas a asirle los pies, y él le da con la daga.)

DARÍO:

¡Hoy me libraré de ti,
por los cielos soberanos!

ARIOBARZANO:

  ¡Ay, padre! ¿Por qué me has muerto?

DARÍO:

La daga quiero esconder.
¡Gente! ¡Ah, gente! ¿Puede ser
tan notable desconcierto?


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen ARSACES y gente.)
ARSACES:

  Señor, ¿qué es esto?

DARÍO:

¡Ay de mí!
Que el embajador villano,
porque dijo Ariobarzano
que hablase compuesto aquí,
  le sacó su misma espada,
y pasándole se huyó
con ella.

ARSACES:

¡Que le vi yo,
y no reparase en nada!
  Seguirle quiero.

DARÍO:

Camina:
llevad mi hijo de aquí.
(Llévenle.)
Instrumento he sido así
de la justicia divina.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale MENÓN.)
MENÓN:

  Tras este suceso triste,
¡oh famoso Rey del Asia!,
hecho el ánimo tendrás
para menores desgracias.
Bien te aconsejé que fuera
a Macedonia una armada,
que divirtiera a Alejandro
la temeraria arrogancia.
¿Qué sirvió guardar el río?
Que con la desnuda espada
pasó delante de todos,
haciendo senda en las aguas.
No va con el viento en popa,
todas las velas echadas,
la nave con más furor
rompiendo las ondas canas,
que el temerario mancebo,
a cuya furia se apartan,
dando lugar a su gente
que acometa mis escuadras.
Mató Alejandro a Dirceo,
a Dulindo y a Pirasta,
fuertes capitanes tuyos,
con que los demás desmayan.
A ejemplo del macedón,
entran, rompen, desbaratan;
catorce mil quedan muertos,
treinta capitanes faltan.
Con mil despojos y escudos
a Grecia envió su armada
con nuevas de la victoria;
daránla de nuestra infamia.
Otros dicen que no ha sido
esta arrogancia la causa,
sino porque los soldados
y nobles que le acompañan,
vean que, pues ya no hay naves,
no les queda confianza
de que han de volver a Europa
menos que ganando el Asia.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

No digas más; que bien veo
que mi fortuna contraria
trajo este rayo del cielo.

MENÓN:

Ya ganó a Lidia y a Caria,
donde estaba el mausoleo
de Artemisia, celebrada
por maravilla del mundo;
ya el reino de Frigia pasa
sin que ciudad se lo estorbe.

DARÍO:

Yo muero de envidia y rabia;
mas ¿cómo, siendo quien soy,
tan vil cosa me desmaya?
¿Cómo perder diez mil hombres?
Mañana mi gente salga
para estorbarle que pase
de Cilicia y Caramania.
¡Ánimo, Menón!

MENÓN:

Señor,
los que juegan, cuando ganan
al principio, después pierden.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DARÍO:

¡Toca al arma!

MENÓN:

¡Toca al arma!
(Vanse, y sale ALEJANDRO y su gente.)

ALEJANDRO:

  Ésta es la ciudad de Midas:
¿dónde está el yugo encantado?

EFESTIÓN:

Aquí está aquel lazo atado
con las coyundas torcidas.

LEÓNIDES:

  Quien desatare aquel nudo
del hado, es precisa ley
que sea del Asia rey;
pero hasta aquí nadie pudo.

ALEJANDRO:

  ¿Sabe alguno cómo fue?

VITELO:

Yo, que he sido labrador,
supe la historia, señor.

ALEJANDRO:

Pues dila.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VITELO:

Yo la diré:
  Gordio, un labrador, un día
iba en su carro de bueyes,
cuando el ave de los reyes,
símbolo de monarquía,
  que es el águila real,
sobre el yugo se sentó.
Él la causa preguntó
a una serrana su igual,
  y le dijo que sería
rey, por cuya majestad
entonces en la ciudad
la nobleza competía.
  El oráculo de Apolo
les dijo que al que topasen
en un carro, coronasen
por rey, en el campo y solo.
  Salieron, y haciendo rey
al que humilde el campo aró,
a Júpiter consagró
las coyundas de aquel buey:
  pero atadas de manera
que el reino después gozase
quien el lazo desatase;
pero es imposible.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Espera,
  ¿dónde está el yugo?

AMINTA:

Aquí está,
del templo en la puerta asido.

ALEJANDRO:

Quiero probar.

AMINTA:

No han podido
mil que lo han probado ya.
(Véase el yugo con los lazos colgados, dados sus nudos como se pintan en las armas del rey don Fernando; pero las cuerdas han de estar plateadas.)

ALEJANDRO:

  ¡Válgame Júpiter santo,
qué intrincado y qué confuso!

AMINTA:

No dudes de que se puso
para confusión y espanto.

ALEJANDRO:

  Pues ¿cómo a Alejandro ¡oh nudo!
te resistes?

AMINTA:

No podrás.


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ALEJANDRO:

¿Tú te defiendes no más
de quien el Asia no pudo?
  Pues no te pienses quedar
con esos lazos atados;
que tanto monta, soldados,
cortar como desatar.
(Saque la espada y córtele, y cantan dentro.)
  Rey serás gran Alejandro,
del Asia por esta hazaña,
que más hace en lo imposible
quien corta que quien desata.
Este yugo y sus coyundas
tendrán los reyes de España
por empresa de tus hechos,
y por letra tus palabras.

EFESTIÓN:

Los reyes de España dicen
que el yugo tendrán por armas,
y por letra el «Tanto Monta».

ALEJANDRO:

Mi valor al cielo agrada.
Oid: ¿qué gente es aquésta?

LEÓNIDES:

Tres amazonas bizarras
que te vienen a buscar.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen ROJANE, LISANDRA y TAMIRA.)
ROJANE:

Dame esos pies, rey del Asia.

ALEJANDRO:

¡Oh, generosa amazona!

ROJANE:

De tus grandezas la fama,
Alejandro valeroso,
me trae rendida a tus plantas:
yo soy la reina Rojane;
Decirle mi nombre basta
para que sepas quién soy.

ALEJANDRO:

Hoy por la mano me ganan
tus deseos, Reina bella;
que en extremo deseaba
verte y servirte.

ROJANE:

Yo soy,
divino Aquiles, tu esclava;
tus hechos y tus virtudes
hasta las aves los cantan
por los campos del Oriente,
donde como rayo pasas;
esto me obligó a buscarte,
pero agora a darte el alma
el resplandor, la hermosura
de tu persona gallarda;
honra con tu sucesión
las mujeres de mi patria,
¡así te guarden los cielos!


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Si para tuyo me guardan,
no menos contento estoy
de tu belleza.

VITELO:

¡Oh, qué gracia!
¡viven los cielos, Aminta,
que vienen estas guitarras
a que les pongan bordones!
hijos quieren las borrachas.

AMINTA:

Muriéndome estoy de celos.

VITELO:

¿Qué importa aquésta, entre tantas
como Alejandro persiguen?

AMINTA:

Bien dices, como se vayan
luego que los hijos tengan.

VITELO:

A las dos que la acompañan
lleguemos a hablar los dos.

AMINTA:

¡Ah, mi señora!

TAMIRA:

¿Quién llama?

AMINTA:

Un soldado que ha sabido
que en su tierra no se casan,
sino que buscan varones
cuando les viene la brama;
si le agrada, suyo soy.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VITELO:

Si yo merezco agradarla,
no soy malo para padre.

LISANDRA:

¿Eres noble?

VITELO:

¿Es de importancia?

LISANDRA:

¿No lo echas de ver?

VITELO:

Yo soy
hombre que en esta campaña
presté treinta mil ducados
a Alejandro.

LISANDRA:

Menos basta
como él lo diga.

VITELO:

Sí hará:
señor, ¿no es cosa muy llana
que te presté treinta mil
escudos, y que me pagas
réditos de ellos?

ALEJANDRO:

Sí es.

VITELO:

Toca.

LISANDRA:

Ya es tuya Lisandra.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


AMINTA:

Yo te daré información
de quién soy.

TAMIRA:

Como tú hagas
que yo conozca quién eres,
ya tu persona me agrada.

AMINTA:

¡Pese a tal! Soy una perla,
aunque ésta fue la desgracia,
que, como perla nací,
me pueden poner en sartas:
paje de Alejandro soy.

TAMIRA:

¿Del escudo?

AMINTA:

Y de la lanza.

TAMIRA:

Pues Tamira es tu mujer.

AMINTA:

El eco te desengaña.

ALEJANDRO:

Vamos, Rojane querida:
verás mis fuertes escuadras,
verás con quién gano el mundo.


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Las grandezas de Alejandro Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROJANE:

Veré, Alejandro, las armas;
que bien he visto, con verte,
con lo que las almas ganas,
porque ganaras mil mundos
si fueran mundos las almas.
(Vanse los dos de las manos.)

VITELO:

Toque, y véngase conmigo,
verá mi rancho en seis ramas;
mas para yegua de vientre
cualquiera establo le basta.
(Vanse los dos.)

AMINTA:

Y ella se venga conmigo.

TAMIRA:

Ya estoy de ti enamorada.

AMINTA:

Pues sepa que si es traviesa...

TAMIRA:

Diga

AMINTA:

Que en las dos hay pata.


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Acto III
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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen LEÓNIDES y EFESTIÓN.
LEÓNIDES:

  Tanta felicidad, tantas victorias,
vinieron a tener tan tristes fines
en la mitad del curso de sus glorias.

EFESTIÓN:

  Cuando ya de la tierra los confines
temblaban de Alejandro las hazañas,
y hasta en la mar las locas y delfines,
  tras mil naciones bárbaras y extrañas,
vencidas tras de haber pasado el Tauro,
admirando sus ásperas montañas;
  cuando le prometía el verde lauro
del Asia el grande imperio, y pretendía
llegar al Ganges desde el blanco Anauro,
  llega Alejandro de su muerte el día.

LEÓNIDES:

No lo quieran los dioses que en tres años
le ofrecieron tal alta monarquía.
(Sale LISÍMACO.)

LISÍMACO:

  Capitanes, ¿qué llantos tan extraños
son éstos del ejército? ¿Qué es esto?


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


EFESTIÓN:

Éstos son los mortales desengaños:
  mientras fuerte, Lisímaco, del resto
del bagaje te encargas, descendimos
del Tauro a Tarso, en sus extremos puestos,
  por quien las cristalinas aguas vimos
del Cidno, un río que en sus faldas gira,
y en cuya amenidad nos detuvimos.
  El agua apenas Alejandro mira,
cuando, todo sudado y polvoroso,
desciñe el hierro con que el mundo admira,
  desnuda el blanco arnés, y el luminoso
yelmo, de varias plumas coronado,
sirve de flores en el prado hermoso;
  el blanco cuerpo, de sudor bañado,
arroja al agua, suenan las riberas,
y rompe con la frente el vidrio helado;
  las aguas con mil círculos y esferas,
reciben al señor del Asia en brazos;
que son hasta las aguas lisonjeras.
  Lascivo las regala con abrazos,
y dejando envidiosas las arenas,
labra el cristal de diferentes lazos;
  pero sus ondas Alejandro apenas
deja, y sale a la margen, cuando helado,
muestra el rigor del agua por las venas,
  pierde la voz, y en el ameno prado
deja caer el cuerpo; finalmente,
ya queda de su ejército llorado.


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(Sale AMINTA.)
LISÍMACO:

  ¡Ay, fiero mal!

AMINTA:

¡Oh, médico excelente,
digno de ser, si con la cura sales,
tenido por Apolo en todo oriente!

EFESTIÓN:

  Aminta, ¿qué hay?

AMINTA:

Los dioses celestiales
al médico Filipo han inspirado
una bebida para casos tales,
  con que se obliga que al primer estado
volverá la salud de nuestro dueño,
porque a tomarla está determinado.

LEÓNIDES:

  ¿Salió de aquel desmayo?

AMINTA:

Y de aquel sueño
mortal que tuvo prometiendo vida.

LEÓNIDES:

Ya viene.

EFESTIÓN:

¡Lo que rinde un mal pequeño!
(Sale ALEJANDRO con los brazos sobre los hombros de los soldados.)

VITELO:

  Filipo fue, señor, por la bebida;
alégrate, que ya la confecciona.

AMINTA:

¿No veis al sol con la color perdida?


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

  Dadme una silla.

LISÍMACO:

Tu Real persona
guarde el cielo.

ALEJANDRO:

¡Oh, Lisímaco, levanta!
(Siéntase.)

LISÍMACO:

Parmenión, que tu imperial corona
  extiende a Capadocia, al indio espanta,
esta carta me envía.

ALEJANDRO:

¡Qué alegría
me has dado con su letra en pena tanta!

LISÍMACO:

Estimo en esto la ventura mía.
(Lee para sí ALEJANDRO.)

VITELO:

  Pues, Aminta, ¿cómo fue
con la amazona engañada?


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


AMINTA:

Triste, confusa, turbada
y corrida la dejé,
  pues por más que me regale
y me esfuerce, fui a su pena
como puñado de arena
que por los dedos se sale;
  como tesoro de duende
que se le volvió carbón,
o como los sueños son
del bien al que le pretende.
  Lloró, comenzó a poner
mil culpas a haber venido,
porque pensó hallar marido,
y, en efecto, halló mujer.
  Mas como mujer no pudo
ser para más que su ser,
dejóme para mujer
y acogióse.

VITELO:

No lo dudo;
  mas ¿no me dirás quién fue
el que el agravio deshizo?

AMINTA:

Leónides.

VITELO:

Elección hizo
de buen gusto.

AMINTA:

En él se ve.
  ¿Cómo te fue con la tuya?


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


VITELO:

Que hoy o mañana se irá.

AMINTA:

Pues ¿por qué?

VITELO:

Preñada está,
y es ésta costumbre suya;
  que como animales son
aunque están enamoradas,
porque, en estando preñadas,
no admiten conversación.

ALEJANDRO:

  ¡Válgame Júpiter santo!
Cuando para darme vida
quiero tomar la bebida
de un hombre que estimo en tanto,
  me escribe Parmenión
que con Darío ha concertado
matarme; mas ha llegado
la carta a buena ocasión.
  Aquí dice que le ofrece
una hija por mujer:
¿traidor, veneno a beber
a quien te honra y engrandece?
  No la tomaré ¡por Dios!
Mas ¿por qué tengo recelo,
Filipo, de tu buen celo
y del amor de los dos?
  Sin duda que han engañado
a Parmenión; yo quiero
tomar la bebida; hoy muero
de amigo y de confiado.
  ¡Vive Dios! de no temer,
cosa vil de buen amigo,
conciertos con mi enemigo,
¿puede ser? Bien puede ser;
  mas ¿cómo temo? ¿No soy
Alejandro? Pues ya tarda.


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(Sale FILIPO, médico, con un vaso y toalla.)
FILIPO:

Aquí la bebida aguarda.

ALEJANDRO:

Mientras que bebiendo estoy,
  lee esa carta, Filipo.

FILIPO:

Toma el vaso, cuyo efeto
es tu vida.

ALEJANDRO:

¡Qué indiscreto!
¡Cielos, mi muerte anticipo!
(Mientras bebe ALEJANDRO, lee FILIPO así:)

FILIPO:

  «Una hija le ha ofrecido,
y una ciudad en que viva,
Darío a Filipo, que priva
contigo...»

FILIPO:

¡Ay, cielo ofendido!
(Lee.)
  «porque en la ocasión primera
te mate: guárdate de él.»


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

¿Cuál a cuál fue más fiel?
¿Cuál será justo que muera:
  yo, que de ti me fié
mientras el veneno hiciste,
o tú, que aquí me le diste
contra la debida fe?
  Juzga, Filipo, tu causa;
juzga la mía, y muramos
los dos, pues los dos llegamos
a quien la muerte nos causa.
  Yo, fiel amigo a ti,
por tu mano moriré;
tú, enemigo, tú, sin fe,
morirás también por mí.
  Que sin tomarle ha de ser
tu veneno el que me has dado:
muero, y moriré vengado;
y aquí podrás conocer
  mi rara naturaleza,
pues hoy a morir me obligo
sólo por hacer contigo
esta notable grandeza.

EFESTIÓN:

  ¡Veneno! ¡Oh perro!


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FILIPO:

Tened,
capitanes, las espadas,
y a las de Darío, doradas,
sangrientas las ofreced.
  Escribe Parmenión
que su hija me ha ofrecido
el persa; verdad ha sido,
pero no lo es mi traición;
  porque yo le respondí
como era justo al tirano,
y el testigo está en la mano,
que es el vaso que te di.
  ¿Cómo te sientes?

ALEJANDRO:

Mejor;
los brazos extiendo ya.

FILIPO:

Capitanes, bueno está
vuestro divino señor;
  dadme luego el galardón
de haberle dado salud.

ALEJANDRO:

Yo siento ya la virtud
de mi ardiente corazón.

TODOS:

  ¡Viva Filipo!

FILIPO:

Decid
que viva Alejandro.

TODOS:

¡Viva!
Premio Filipo reciba.


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Ya le doy el premio, oid:
  en mi asiento y carro de oro
laureado le llevad,
y con el mismo le dad
la mitad de mi tesoro.
  Hoy es día de mercedes;
pedid.

SEVERIO:

Yo pido, señor,
para una hija favor;
Rey eres, casarla puedes.

ALEJANDRO:

  Severio, en dote le doy
una ciudad.

SEVERIO:

Mira bien,
que es mucho el don.

ALEJANDRO:

Yo también
soy mucho, que soy quien soy.
  Escribe luego a Lisandro,
de lo mejor de mi imperio;
tú pides como Severio,
y yo doy como Alejandro.

AMINTA:

  Hazme mercedes.

ALEJANDRO:

¿Yo a ti,
Aminta? ¿Qué es lo quieres?

AMINTA:

Que dejes esas mujeres
y me quieras sola a mí.


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ALEJANDRO:

  ¡Qué bien tu intento acomodas!
No las puedo despedir.

AMINTA:

Pues ¿qué harás?

ALEJANDRO:

Sólo decir
que te quiero más que a todas.

VITELO:

  Vitelo llega a tus pies.

ALEJANDRO:

Pide, honor de mis soldados.

VITELO:

Que de treinta mil ducados
me pagues el interés.

ALEJANDRO:

  Confieso que te los debo;
mas fue concierto pagarte
en Grecia.

VITELO:

Pensé obligarte,
y hasme engañado de nuevo;
  que, según entrando vas
por Asia, no volveremos
a Grecia.

ALEJANDRO:

Pues ya daremos
un medio.

VITELO:

¿Qué medio das?


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ALEJANDRO:

  Que te pague ¡oh buen Vitelo!
cuando acabe de ganar
el mundo.

VITELO:

¡Buen esperar!

ALEJANDRO:

¿Es mucho?

VITELO:

¡Guárdete el cielo!
  Pero ¿cuándo acabarás
de ganarle?

ALEJANDRO:

¡Vive Dios!
Antes de un año.

VITELO:

Por dos
lo tomo.

ALEJANDRO:

Dudoso estás;
  pues éste el concierto sea:
que si yo el mundo ganare,
no te pague; y si llegare
a que le gane y posea,
  tú me pagues otro tanto.

VITELO:

¿Con eso sales ahora?
No estaré en tu campo un hora,
¡por todo Júpiter santo!
  Si no me das luego aquí
mi dinero.


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ALEJANDRO:

Pues ¿por qué?

VITELO:

Porque cuando le fié
y para Grecia le di,
  eras Rey de un reino solo;
pero si me has de pagar
cuando vengas a ganar
el mundo de polo a polo,
  serás señor, bien lo fundo,
del dinero que te fío,
pues ¿qué pediré por mío
a quien es señor del mundo?

ALEJANDRO:

  Enséñante los cuidados
¡oh Vitelo! a ser sutil;
mientras doy los treinta mil,
le daréis cien mil ducados.

VITELO:

  ¿Qué dices? ¡Pagar no puedes
treinta mil, y cien mil das!

ALEJANDRO:

Treinta de deuda son más
que treinta mil de mercedes.

LEÓNIDES:

  Ya, ¿qué te queda que dar?

ALEJANDRO:

Leónides, siempre me queda.

LEÓNIDES:

Tu Majestad me conceda
aquel peto y espaldar
  que te envió el Rey de Epiro.


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ALEJANDRO:

Dadle cien arneses luego.

LISANDRA:

También a pedirte llego.

ALEJANDRO:

Con buenos ojos te miro.

LISANDRA:

  Esos quizá te pidiera
si no fuera atrevimiento.

ALEJANDRO:

Como te dieran contento,
los sacara y te los diera.

LISANDRA:

  Mirar bien, es dar los ojos;
eso pido que me des.

ALEJANDRO:

No me ganes por cortés,
que recibo de eso enojos.
  No ha de haber hombre nacido
que se me pueda alabar,
que en cortesía y en dar
haya a Alejandro vencido:
  dente el collar de Menón,
que era todo de diamantes.

EFESTIÓN:

Con dádivas semejantes,
¿qué dejas a Efestión?

ALEJANDRO:

  A ti, yo no te doy nada.


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EFESTIÓN:

¿Por qué?

ALEJANDRO:

Porque eres mi amigo;
que no he de partir contigo
lo que es tuyo.

LEÓNIDES:

¡Honra extremada!

ALEJANDRO:

  Por eso nada te di;
cuanto tengo, considera
que es de la misma manera
de mi amigo que de mí.

LISANDRA:

  Aquí está un embajador
de Darío.

ALEJANDRO:

Llegue.
(Sale TEBANDRO, embajador, y criados con una caja.)

TEBANDRO:

Un presente
y carta del Rey de Oriente
te traigo, invicto señor.

ALEJANDRO:

  ¿Presente? Muéstrale a ver.

TEBANDRO:

Abre la caja.

EFESTIÓN:

Éstas son
unas riendas.


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ALEJANDRO:

¿Qué razón
le pudo a Darío mover?

EFESTIÓN:

  Aquí hay más: una pelota
y una bolsa con dinero:
¡presente extraño!

ALEJANDRO:

Leer quiero.

TEBANDRO:

El Macedón se alborota.
(Lee.)
  «El Rey de los reyes, Darío,
y de los dioses pariente,
a Alejandro, mi criado,
le mando y digo que en breve
a sus deudos, mis esclavos,
se vuelva, y que se recueste
de su madre en el regazo,
donde, para que le enseñen,
a ser hombre, envió esas riendas,
que al cuello aplicarle pueden;
esa pelota, con quien
con otros muchachos juegue;
y ese dinero, que pierda,
y con que pueda volverse;
y si luego que ésta vea
no se fuere, inobediente,
enviaré mis capitanes
que azotado me lo entreguen.»
¿Hay soberbia semejante?
¿Dónde queda este insolente?


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TEBANDRO:

¿Así hablas?

ALEJANDRO:

¿Y tú, loco,
por embajador te atreves
a decir que yo hablo así?
¿Dónde queda?

TEBANDRO:

Donde puedes
vengarte de su arrogancia,
pues ésta te lo parece,
de quien trescientos mil hombres
trae de a pie, que guarnecen
cien mil de a caballo, y todos
mozos robustos y fuertes.

ALEJANDRO:

Dile a Darío, embajador,
que Alejandro, Rey de reyes,
se espanta de que así trate
a quien presto servir debe,
y que tomo por agüero
las tres cosas que me ofrece:
las riendas, que pienso echar
a la libertad de Oriente;
la pelota, porque al mundo
que voy a ganar parece;
y el oro, como a señor
de todo el oro que tiene;
veinte mil hombres le he muerto
de a pie, y de a caballo siete;
los demás vi por la espalda,
no sé el número que fuesen;
sí por cuatrocientos mil
que trae arrogante viene,
le aseguro que no aguarde,
que me busque, aunque él lo piense,
porque le pienso alcanzar
tan presto, que apenas llegues
a dar nuevas de que voy.


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TEBANDRO:

Tu vida el cielo prospere.
(Vase.)

ALEJANDRO:

¡Ea, soldados, al arma!
Esta ocasión nos ofrece
todo el imperio del Asia.
¡Muera Darío!

EFESTIÓN:

¡Vive, y vence!
(Vanse, y salen DARÍO y ARSACES.)

DARÍO:

  Esto le escribí.

ARSACES:

Bien haces,
en poner al Macedón
freno.

DARÍO:

No pienses, Arsaces,
que después de esta ocasión
haré con los griegos paces.
  ¡Vive Júpiter! Si pasa
a Tarso y su campo abrasa,
que un freno de oro he de hacer,
donde le vengan a ver
con las fieras de mi casa.


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ARSACES:

  Volveráse a Europa luego
que vea, señor, tu carta.

DARÍO:

Eso le mando y le ruego;
que sólo que al mar se parta,
le ha de librar de mi fuego.

ARSACES:

  Tus hijas vienen aquí.
(Salen DEYANIRA y POLIDORA.)

DARÍO:

¡Deyanira, Polidora!

DEYANIRA:

¿Qué haces, señor, ansí?

DARÍO:

Dicen que Alejandro ahora
huye del Asia y de mí:
  ¿quieres que vaya tras él?

POLIDORA:

Antes, que te guardes de él;
que lo que dice la fama
es que te provoca y llama
para batalla cruel.

DARÍO:

  ¿Alejandro?

DEYANIRA:

Sí, señor.

DARÍO:

¿El muchacho?

DEYANIRA:

Ese mancebo.

DARÍO:

Aquí está el embajador.


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(Sale TEBANDRO.)
TEBANDRO:

A decirte no me atrevo
del Macedonio el rigor;
  que fuera de su respuesta,
arrogante y descompuesta,
marcha tras mí con su gente
tan veloz, que queda enfrente
de tus ejércitos puesta.
  En las riendas, significa
yugo a tu gente remota;
el oro, tu hacienda rica
que conquista; y la pelota,
la bola que al mundo aplica;
  tomólo por buen agüero,
y en un caballo ligero
con una lanza corrió,
con que su campo animó,
y viene.

DARÍO:

No más; ¿qué espero?
  Arsaces, no hay más que hacer;
los carros de oro te encargo,
de mis hijas y mujer.
¿Para qué, Alejandro, alargo
la gloria que he de tener,
  y el castigo que he de darte?
¡Ea, valientes persianos,
que os está aguardando Marte
con el laurel en las manos!


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ARSACES:

Tus escuadrones reparte;
  que hoy le has de quitar la gloria,
y a la fama aquella pluma
con que comienza su historia.

DARÍO:

Hoy haré que se consuma
su nombre con mi victoria.
(Vanse.)

POLIDORA:

  ¡Ay, Deyanira! ¿Qué pecho
no se turba con el nombre
de Alejandro?

DEYANIRA:

Yo sospecho
que es algún dios, y si es hombre,
de los mismos dioses hecho:
  ¿qué suceso, qué fortuna,
te prometen sus hazañas?

POLIDORA:

Que, pues fácil o importuna,
de tantas tierras extrañas
no se le escapa ninguna,
  debe de querer el cielo
a este mancebo famoso
dar el imperio del suelo.
(Tocan una caja y alguna guerra.)

DEYANIRA:

Ya suena el son belicoso.

POLIDORA:

Toda me ha cubierto un hielo;
  aquí, en tanto, Deyanira,
que pasa la guerra fiera,
su estrago sangriento mira.


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DEYANIRA:

Ya con la primer bandera
el griego al persa retira.
  ¿Es, por dicha, aquel mancebo
este Alejandro?

POLIDORA:

Sí, es él.
Héctor, Paris y Deifebo
no se comparen con él.

DEYANIRA:

¡Fiero Marte!

POLIDORA:

¡Aquiles nuevo!
(Vanse, suena la guerra, sale ALEJANDRO.)

ALEJANDRO:

  Ea, valientes soldados,
honor y gloria de Europa;
darme el imperio del Asia
está en vuestra mano sola.
Ea, fuertes capitanes;
que fuera de tanta gloria,
de Darío y del mundo, aquí
están las riquezas todas;
yo no las quiero, soldados,
sólo quiero la victoria;
para vosotros serán
el oro, plata y las joyas;
hijo de Júpiter soy,
no temáis; que basta y sobra
para cuatrocientos mil
esta espada o esta sombra.


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(Suena la caja, salen TEBANDRO y ROJANE, amazona, acuchillándose.)
ROJANE:

¡Ríndete, persa cruel!

ALEJANDRO:

¡Oh, valerosa amazona,
los fuertes hombres te imitan!

TEBANDRO:

Rendirme es cosa afrentosa;
pero si es a tu hermosura,
sólo con los ojos corta,
tira rayos de la vista.

ROJANE:

¿Requiebros, persiano, agora?
¡Aquí dejarás la vida!

ALEJANDRO:

O peleas, o enamoras:
dale las manos atadas.

TEBANDRO:

¡Cielos, el huir me importa;
que éste es el mismo Alejandro!
(Vase.)

ALEJANDRO:

Déjale, hermosa señora,
y sígueme, porque veas
cómo se rinden y postran
a esta espada estos cobardes.

ROJANE:

Al lado de tu persona
no temo al mundo.


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ALEJANDRO:

Camina,
que eres mujer valerosa.
(Vanse, y suena guerra, y sale DARÍO huyendo.)

DARÍO:

¡Volved, fuertes capitanes!
¿Dónde vais huyendo en tropa?
¿Éstas fueron las promesas
vanas, soberbias y locas?
¡Cobardes persas, volved,
que me quitáis la corona
del Asia! ¿Mas qué me canso?
Ninguno a escucharme torna.
¡Oh, cuán lejos siempre están
las palabras de las obras!
Temerario estrago han hecho
las espadas macedonias;
ya van llegando a los carros
de mis hijas y mi esposa:
si aguardo pierdo el imperio,
pero moriré con honra;
mas quiero guardar la vida
para ocasión más dichosa.
Quien muere, todo lo pierde;
quien vive, todo lo cobra.
Yo te buscaré otra vez;
triunfa, griego, triunfa agora.
(Vase, y suena más guerra, y salen AMINTA, SEVERIO, LEÓNIDES, LISÍRNACO y las hijas de DARÍO persas.)

AMINTA:

Digo que llegué primero.


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SEVERIO:

Aminta, cuando te pongas
en quitarme lo que es mío,
medirémonos las hojas.

LEÓNIDES:

Teneos, que estoy aquí.

AMINTA:

Capitán, con menos cólera.

LEÓNIDES:

Pues ¿tú te pones conmigo?

AMINTA:

Y con Marte si me enoja,
porque, de Alejandro abajo,
no temo al mundo.

LEÓNIDES:

¿Estás loca?
(Dentro.)
¡Victoria por Alejandro!

SEVERIO:

Ya publican la victoria.
(Sale ALEJANDRO solo.)

ALEJANDRO:

  Gracias te doy, padre inmenso,
por la gloria que me has dado;
yo prometo a tu sagrado
altar cien libras de incienso,
  mil toros, dos mil corderos
que tiñan tus blancas aras.
¿Qué es esto?


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LISÍMACO:

Si no reparas,
señor, tus soldados fieros
  harán algún desatino;
las hijas de Darío son.

LEÓNIDES:

Vuelve a ver su perfección
y su donaire divino.

ALEJANDRO:

  ¿Aquí las hijas están
de Darío?

LISÍMACO:

Vuelve, señor,
a verlas.

ALEJANDRO:

Tengo temor
de mirarlas, capitán.
  ¿No son hijas de vencido?

LISÍMACO:

Sí, señor.

ALEJANDRO:

Pues ¿qué me quieres?
Que podrán, siendo mujeres,
lo que Darío no ha podido;
  no dudes, verlas deseo;
pero no las quiero ver,
porque no sabe vencer
quien no vence su deseo.
(Vase.)

LEÓNIDES:

  No ha hecho mayor grandeza.

LISÍMACO:

Que aún no las quiso mirar.


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SEVERIO:

No ha querido sujetar
su victoria a su belleza.

LEÓNIDES:

  Aminta, el premio tendrás
de esta hazaña, y tú, Severio,
tu parte.

AMINTA:

Goce este imperio
mi Rey, que no quiero más.

LEÓNIDES:

  Alzad los ojos del suelo:
no tengáis a disfavor
que Alejandro, mi señor,
use de tan justo celo.

DEYANIRA:

  Para usar de su crueldad
no se quiso enternecer;
que quien no nos quiso ver,
no quiso tener piedad.

LEÓNIDES:

  Antes piedad nunca oída,
por no usar con loco amor
la fuerza de vencedor
en la hermosura vencida;
  ejemplo a todos ha dado
de no forzar las cautivas.

POLIDORA:

Así del cielo recibas
premio de habernos guardado,
  que alcances dél que nos vea
porque se mueve a piedad.


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LEÓNIDES:

No sé que la libertad
mayor que el no veros sea;
  porque fue hazaña que asombre,
si estaba al daño en el ver,
el no veros, por no hacer
cosa indigna de su nombre.
(Vanse; salen LIRANO y TIRRENO, villanos.)

LIRANO:

  Echa la ribera abajo
todas las cabras, Tirreno.

TIRRENO:

Golosas del prado ameno,
vienen por su verde atajo.
  ¡Por Dios! En tiempo de guerra
no me agrada ser pastor:
lo uno, por el furor
con que destruyen la tierra;
  lo otro, por el cuidado
en que me pone el pensar
que fuera mejor trocar
mi soldada a ser soldado.

LIRANO:

  ¿Tú soldado?

TIRRENO:

¿Por qué no?
Las armas me satisfacen;
también los soldados se hacen
de otros hombres como yo.


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Las grandezas de Alejandro Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LIRANO:

  Si en la primera ocasión,
que en esto sólo me fundo,
te despacha al otro mundo
un soldado macedón,
  ¿qué dirías de la vida
de los soldados allá?

TIRRENO:

Luego ¿los matan?

LIRANO:

Verá:
de una y otra fiera herida.

TIRRENO:

  Pues, Lirano, más me quiero,
que acá la vida se pase,
por más que julio me abrase,
por más que me hiele enero.
  Amanézcame en los ojos
el sol por el suelo echado;
de la noche el carro helado
me cubra entre estos abrojos.
  Déme esta fuente agua pura,
y aquella encina bellotas,
antes que gentes remotas
muerte incierta y sepultura.
  ¡Rita acá, ganado mío,
que no soy soldado ya!
Verá por dónde se va,
mas que no para hasta el río.


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(Sale DARÍO huyendo.)
DARÍO:

  Si acaso tenéis, pastores,
dónde me pueda albergar,
y dan a un triste lugar
árboles, fuentes y flores,
  hacedme este bien; que vengo
poco menos que expirando;
y advertir que, en descansando,
volved al camino tengo;
  que no os daré pesadumbre.

LIRANO:

¿Sois soldado?

DARÍO:

¿No lo veis?

LIRANO:

Pues ¿cómo subido habéis
por esa difícil cumbre?
  ¿Vais huyendo?

DARÍO:

Huyendo voy.

LIRANO:

Según eso, mal le ha ido
a Darío.

DARÍO:

Queda vencido,
y aun muerto pienso que estoy.

TIRRENO:

  ¡Vencido! Pues ¿puede ser
que al mayor rey del Oriente,
con tantas armas y gente,
le pueda otro rey vencer?


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DARÍO:

  Sí, porque es ley en el suelo
que estén sujetas y llanas
todas las cosas humanas
a la voluntad del cielo.
  Darío, a quien el sol, apenas
nacido, a dorar venía;
Darío, a quien Persia ofrecía
oro y plata a manos llenas;
  Darío, que un campo juntó
de cuatrocientos mil hombres,
la fama de cuyos nombres
el polo opuesto tembló;
  Darío, que cuando salía
dos mil criados llevaba,
hoy muestra que el tiempo acaba
toda esta gloria en un día.
  Que de Alejandro vencido,
mozo de buena fortuna,
sin honra, sin gente alguna,
va caminando perdido;
  y por dicha puede ser
que, sin caballo y sin gente,
el que ayer mandó el Oriente,
hoy no tenga qué comer.

LIRANO:

  ¿Sois vos, acaso, señor?

DARÍO:

¡Cielo! ¿Qué es esto?
¿Tantos agüeros, tantas desventuras?
¡Oh, villanos correos de mi muerte!
¡Vive Júpiter santo, que esta espada
os dé el hallazgo de la tabla de oro!


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LIRANO:

¡Señor, mira que estamos inocentes!

TIRRENO:

¡Huye, Lirano, que se ha vuelto loco!

DARÍO:

¡Hasta perder la vida todo es poco!
(Vanse, y salen ALEJANDRO y su gente.)

ALEJANDRO:

  Rindióse, en fin, Sidón; rindióse Tiro.

LEÓNIDES:

Todo se rinde a tu valor supremo.

ALEJANDRO:

A ser solo señor del mundo, aspiro.

LEÓNIDES:

  Que es poco el mundo a tu esperanza, temo.

ALEJANDRO:

Rey quiero dar a esta ciudad famosa.

LISÍMACO:

Aquí viene tu huésped Tepolemo.
(Sale TEPOLEMO.)

TEPOLEMO:

  ¡Guarde el cielo tu vida generosa!

ALEJANDRO:

Huésped, famosamente me has tratado.

TEPOLEMO:

Mi casa honraste, humilde, aunque dichosa,
  hago cuenta que a Júpiter sagrado,
cual otra Filemón, en su pobreza
tuve, puesto que indigno, aposentado.

ALEJANDRO:

  Huésped, pagarte quiero.


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TEPOLEMO:

¿Qué riqueza
mayor que haberte en ella merecido?

ALEJANDRO:

Conozco, Tepolemo, tu nobleza:
  rey de Sidón te hago.

TEPOLEMO:

No ha tenido
tu igual el mundo: ¿a un huésped de dos días
haces rey de su patria obedecido?

ALEJANDRO:

  ¿Qué menos paga, huésped, merecías?

TEPOLEMO:

Señor, yo te suplico no lo mandes;
no son para reinar las fuerzas mías.

ALEJANDRO:

  Venciste en eso mis hazañas grandes;
mas nombra un rey, y el que quisieres sea,
como ajustado a tus virtudes andes.

TEPOLEMO:

  Si he de nombrar un hombre que posea
por su virtud el reino, por mi mano,
no habrá, señor, alguno que me crea.

ALEJANDRO:

  Di presto el que te agrada.

TEPOLEMO:

Es hombre llano.
¿Es virtuoso?

TEPOLEMO:

Sí.


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ALEJANDRO:

¿Quién?

TEPOLEMO:

Dolomino.

ALEJANDRO:

¿Qué ejercicio?

TEPOLEMO:

Señor, es hortelano.

ALEJANDRO:

  Pues tú dejas el reino, siendo dino
por tu virtud del cetro, y otro nombras,
sin duda es hombre de valor divino.
  Parte por él.

TEPOLEMO:

Yo voy; que entre las sombras
de esta huerta, señor, está cavando.
(Vase.)

ALEJANDRO:

Camina, Tepolemo, que me asombras.

LEÓNIDES:

Aqueste labrador te anda buscando.
(Sale TIRRENO.)

ALEJANDRO:

  ¿Qué quieres?

TIRRENO:

No acierto a hablar.

ALEJANDRO:

¿Qué te turba?

TIRRENO:

El ver un hombre
tan divino, que se nombre
dios del mundo y rey del mar.


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ALEJANDRO:

  Llega.

TIRRENO:

¿Darásme licencia
que te toque?

ALEJANDRO:

No es razón
si las imágenes son
tratadas con más decencia;
  pues si nadie, por respeto,
las llega, ¿qué harán al dios?

TIRRENO:

Qué, ¿eres dios?

ALEJANDRO:

Mira en los dos
el diferente sujeto.

TIRRENO:

  Señor del mundo, aquel día
que en Asia tu campo entró,
un potrillo me parió
una yegua que tenía.
  Era tan bella, que luego
me di a pensar que era justo
crialle para tu gusto.

ALEJANDRO:

Pues ¿por qué?


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TIRRENO:

Escucha, te ruego:
  porque soñé que serías
rey del Asia, y presumí
que, en presentártele a ti,
algún premio me darías:
  Crióse el potro, y salió
de suerte, en estos tres años
que por hechos tan extraños
Asia tu nombre temió,
  que era bien digno de ti;
mas cuando ya le traía,
en aquella casería
que casi ves desde aquí,
  dos viejas y un labrador
me le miraron de suerte
que me le llevó la muerte
como el arado a la flor.
  Lloré triste, y en desollando
el potro, que en carnes dejo,
te traigo sólo el pellejo,
que es aquel que estás mirando.

ALEJANDRO:

  Yo te agradezco, buen hombre,
el intento que has tenido;
y pues que criado ha sido
ese caballo, en mi nombre,
  quiero estimar el pellejo.
¡Hola! Guardadle muy bien,
y haced que luego le den,
por la intención y el consejo,
  dos caballos de los míos
y seis mil escudos de oro.


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TIRRENO:

Besen esos pies que adoro,
indios negros, scitas fríos.
(Vase TIRRENO, y salen TEPOLEMO y DOLOMINO.)

TEPOLEMO:

  Aquí está aquel hortelano
que has hecho rey.

ALEJANDRO:

Llega, amigo.

DOLOMINO:

No tendrán mayor testigo
las grandezas de tu mano:
  de una pobre humilde huerta
a un reino altivo me pasas,
y de estas deshechas casas
a un aula de oro cubierta;
  de un suelo, a tantas riquezas,
y al cetro, de un azadón;
conozca el mundo que son
de Alejandro las grandezas.

ALEJANDRO:

  No son mías, de que estoy
confuso, amigo, en extremo;
el grande fue Tepolemo,
pues te da lo que te doy;
  que si rey te constituyo,
rey me quedo, mas él no,
pues el reino que te dio
era solamente suyo.

LISÍMACO:

  Ya ha llegado Efestión
de la gran Jerusalén.


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(Sale EFESTIÓN.)
ALEJANDRO:

¡Vengas mil veces con bien!
¿Qué hay, tenemos provisión?

EFESTIÓN:

  No quisiera decirte la locura,
invicto Rey del mundo, hijo de Júpiter,
con que estiman a Darío los hebreos
por no causarte enojo.

ALEJANDRO:

¿Qué responden?

EFESTIÓN:

Di tu embajada, Rey, al duque Hircano,
y de Jerusalén al gran Pontífice,
mandándolos que luego te obedezcan
y que te envíen gente y provisiones
con los tributos que pagar solían;
y responden que hicieron homenaje
a Darío, a quien por rey y señor tienen,
y que no te conocen, ni era justo
dejar al propio Rey por el extraño.


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ALEJANDRO:

¡Blasfemo de los dioses, que es palabra
que no dije en mi vida al nombre mío!
¿Jerusalén responde de esa suerte?
Pues ¡cómo! Voy de paz, siendo yo el rayo
que envía Dios para abrasar el mundo,
¿y atrevida me niega la obediencia?
Soldados, desde el día que salimos
de Europa, no he tenido tal respuesta,
ni me parece que nos han quitado
nuestro debido honor, pesar de Júpiter,
aunque perdone el ser mi soberano
padre en la tierra. ¡Vamos; marcha, toca!
No ha de quedar, Jerusalén, si puedo,
piedra en tus muros. ¿Piensas, por ventura,
loco Israel, que tienes capitanes
a quien se pare el sol como otro tiempo,
que con trompetas y con luz vencías?

LISÍMACO:

¡Vivas mil años, guárdente los dioses!
Jerusalén es rica en todo Oriente;
no hay ciudad que nos pueda hinchir las manos
con tal satisfacción.

ALEJANDRO:

Yo os doy licencia
para un sangriento saco. ¡Vive Júpiter,
que no ha de quedar hombre vivo en ella!
Los niños degollad, y las mujeres
colgad de los cabellos por los árboles.
¡Muero, rabio, deshágome! ¿Qué es esto?
¡Jerusalén a mí! ¡Camina, toca!


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EFESTIÓN:

Justa razón a enojo le provoca.
(Vanse, y salen HIRCANO, Duque de Jerusalén, y JADO, sumo sacerdote.)

HIRCANO:

  En esta gran confusión,
¿qué es lo que piensas hacer?

JADO:

Acudir a la oración,
que Dios tiene más poder
que el soberbio Macedón.
  Retírate, Duque, allí;
que si el gran Dios de Israel
no da remedio por mí
contra Alejandro cruel,
¡ay, Jerusalén, de ti!

HIRCANO:

  Llega, sacerdote santo,
y misericordia pide
al gran Dios que puede tanto;
di que su pueblo no olvide,
dile que escuche su llanto.
(Salgan las mujeres de Jerusalén.)

MUJER 1.ª:

  Generoso duque Hircano,
y tú, Jado, soberano
sacerdote, ¿qué respuesta
tan airada y descompuesta
disteis a Alejandro Magno?
  ¿Qué es esto, que ya furioso
a Jerusalén camina?


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MUJER 2.ª:

Duque ilustre y generoso,
mira el llanto y la rüina
de este tu pueblo piadoso;
  mira con qué confusión
al alcázar de Sión
suben mujeres cargadas
de sus hijos, las espadas
temiendo del Macedón.
  ¿Por qué el tributo negáis,
pues no era tanto tesoro?
Si acaso pobres estáis,
tomar nuestras joyas de oro,
pues nuestra sangre le dais.
  ¿No veis que siempre en el saco
es la furia más sangrienta,
en dándose un pueblo a saco?

JADO:

Mientras su venida intenta,
quiero ver si al cielo aplaco.
(De rodillas.)
  ¡Divino Dios de Israel,
que del cuchillo cruel
de Faraón nos libraste,
que abriste el mar y mandaste
que se cerrase con él!
  de Alejandro nos defiende,
libra tu Jerusalén;
detén el rayo que enciende
el Asia, pues hoy también
tu templo arruinar pretende.
  ¡Libra tu pueblo, Señor!


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(Un ÁNGEL en lo alto.)
ÁNGEL:

Jado, no tengas temor.

JADO:

Furioso Alejandro viene:
¿qué haré?, que desnuda tiene
la espada de su rigor.

ÁNGEL:

  A toda Jerusalén
harás vestir, y prevén
palmas, ramos e instrumentos,
y a recibirle contentos
salga la ciudad también.
(Desaparece.)

JADO:

  ¿A un hombre sangriento y fuerte,
que blasfemó por vengarse,
recibir de esa suerte?
¿De qué servirá enramarse
ni el ir cantando a la muerte?
  Ahora bien, Dios lo ha mandado:
no hay que replicar a Dios.

HIRCANO:

¿Qué te responde?

JADO:

He pensado
que faltarnos fe a los dos
fuera soberbio pecado.
  Venid, que Jerusalén
se ha de vestir, y con ramos
irle a recibir también.


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HIRCANO:

¿Dios no lo manda? Pues vamos:
música y palmas prevén.
(Salga toda la gente de ALEJANDRO, delante, en orden, y él detrás, armado.)

ALEJANDRO:

  ¡Soberbia Jerusalén,
sumo sacerdote Jado,
cobarde Duque, vil gente,
alcázar de David santo;
gran templo de Salomón,
fuertes puertas, muros altos,
mirad que llega a vosotros
de Dios el ardiente rayo,
la espada de su justicia
y azote de su mano!
Alejandro soy, hebreos;
agora veréis si paso
vuestro arroyuelo Cedrón,
yo que pasé mares tantos.
A Darío decís que dais
tributo, a mi esclavo Darío,
cuyas hijas y mujeres
traigo presas en mi campo;
a Darío, que en Babilonia,
entre mujeres hilando,
está escondido de mí!
¿Qué es lo que aguardáis, soldados?
¡Fuego, armas, sangre, guerra:
Jerusalén ha de quedar por tierra!
(Salen los músicos, una danza de mujeres, el Duque, el sacerdote, y los que pudieren coronados de laurel, con palmas y ramos.)
(Cantan.)
  Venga norabuena,
con sus soldados
a Jerusalén
su rey Alejandro.


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(Apéase ALEJANDRO en viendo al sacerdote, y échase a sus pies.)
ALEJANDRO:

  ¡Oh, soberano señor!
Dame esos pies sacrosantos.

EFESTIÓN:

¿Qué es esto, señor del mundo?
¿Tú adoras pies de hombre humano?

LISÍMACO:

¿Tú eras aquel que decías
que hasta los niños de un año
no perdonase el cuchillo?

ALEJANDRO:

¿De qué os admiráis, soldados?
Sabed que cuando salí
de Europa desconfiado,
y confuso de emprender
un pensamiento tan alto,
Dios me apareció en la forma
que este sacerdote santo,
con este mismo vestido,
y así me dijo: «Alejandro,
parte al Asia; que aquí estoy
de tu parte, y con mi amparo
serás su rey.» Pues si yo
veo aquí la forma y hábito,
de Dios, que esto me promete,
no os cause, amigos, espanto
que le adore y reverencie.

LISÍMACO:

¡Justo ha sido!


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EFESTIÓN:

¡Caso extraño!

JADO:

Yo te mostraré, señor,
cómo está profetizado
del profeta Danïel
el fin del reino persiano,
y la griega monarquía
que en ti comienza, Alejandro
ven a nuestro santo templo,
sacrifica a Dios.

ALEJANDRO:

¡Hircano,
dame esos brazos!

HIRCANO:

Los pies
te pido.

ALEJANDRO:

Aquí están los brazos.

HIRCANO:

El año, séptimo, Rey,
no cogemos ni sembramos;
de este tributo nos libra.

ALEJANDRO:

Yo os hago exentos y francos:
vamos al templo en que a Dios
incienso y mirra ofrezcamos.
Ésta es la primera parte;
para la segunda guardo
el fin, aunque son sin fin
Las Grandezas de Alejandro.

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