Las ilusiones del doctor Faustino (Versión para imprimir)

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Autor: Juan Valera[editar]


A mi querido amigo don Ramón Rodríguez Correa[editar]

Te dedico esta novela como el matador dedica su obra antes de matar el toro. Ni él ni yo sabemos si saldrá bien o mal lo que dedicamos. El público y tú habréis de juzgar y sentenciar, cuando la novela se imprima por completo, no bien se escriba. De todos modos, aunque la novela salga malísima, como es buena la voluntad con que te la dedico, tendrás siempre que agradecer, aunque no tengas que aplaudir. Verdad es que, como yo te debo tanta amistad desde hace años, apenas si empiezo a pagarte con esta muestra de cariño, y, bien miradas las cosas, tampoco tienes que agradecerme la dedicatoria.

Yo no diré al público, porque sería quitar atractivo a mi composición, que cuanto en ella he de contar será fingido. Villabermeja es una verdadera Utopía: sus héroes jamás existieron. Con todo, no estará de sobra que tú divulgues esto por ahí, pues forjo mis creaciones fantásticas, como entiendo que hacen todos los novelistas, con elementos reales, tomando de acá y de acullá entre mis recuerdos, y me pesaría de que saliese algún crítico zahorí afirmando que hago retratos.

Harto sé que el río del olvido se llevará pronto en su corriente esta novela, con multitud de composiciones insulsas, escritas a escape para llenar las columnas de los periódicos. No hay miedo, por consiguiente, de que dentro de un par de siglos salgan los eruditos averiguando quienes fueron todos los de mi cuento, como imaginan que averiguan hoy quién fue Sancho, quién D. Quijote, quién el rucio, y cuál el lugar de D. Quijote, dando por seguro que fue Argamasilla de Alba; pero lo que no ha de suceder dentro de un par de siglos, pudiera suceder al momento, y contra esto te suplico que trabajes, afirmando, como es la verdad, que carecen de originales en el mundo los pobres partos de mi fantasía.

Acógelos tú en tus brazos cariñosos y defiéndelos de las injurias a que van a exponerse, si, como sospecho, nacen feos y endebles.




Introducción[editar]

Donde se trata de Villabermeja, de D. Juan Fresco y de las ilusiones en general


Mi excelente y antiguo amigo D. Miguel de los Santos Álvarez, pensador optimista, sereno observador de las cosas y razonable filósofo, sostiene con agudeza que en la vejez se gana por un lado lo que se pierde por otro, que no hay motivo ni razón para afligirse y que es díscolo quien se aflige. El vulgo, dice él por vía de ejemplo, imagina que, cuando alguien se queda calvo, es porque falta el jugo que alimenta las raíces de sus cabellos y éstos se caen; pero como sucede siempre que al que se queda calvo le nacen pelos y aun cerdas en las narices y en las orejas, y las cejas crecen y se robustecen de modo que suelen dar sombra a la cara, no puede atribuirse la calvicie a falta de jugos. En las mujeres es más patente aún este fenómeno, apareciendo casi sin excepción en la que pierde el pelo de la cabeza un maravilloso y fecundo florecimiento de cerdas en barba y labio superior, lo cual la hace digna rival de la condesa Trifaldi o de Santa Librada, si bien a estas señoras les ocurrió milagrosamente lo de embarbarse, a una por duro castigo de un mal intencionado encantador, y a otra por especial favor del cielo, a fin de que salvase la joya de su castidad, puesta en grave peligro, mientras que por lo común es ordinaria operación de la caprichosa naturaleza, sin que se vislumbre finalidad alguna, el embarbamiento de que aquí se trata.

Véase, pues, cómo no hay tal carencia de jugos en la vejez, sino cambios de dirección en ellos. Lo mismo sucede o debe suceder con todo lo demás.

Traigo esto a propósito de que cuando joven era yo más severo en mis censuras que ahora que voy siendo viejo, lo cual se comprende, porque no había yo cometido tantos pecados, ni incurrido en tantos errores, ni dado en tantos extravíos como más tarde. Yo censuraba a los otros, no advirtiendo aún, con inocente petulancia, lo mucho que habría que censurar en mí. Hoy, que lo advierto, soy mil veces más benévolo e indulgente con todos, a fin de serlo conmigo.

Entre las infinitas cosas que yo censuraba, era una la afición de ciertos poetas y escritores a encomiar la áurea medianía, el retiro, la vida campestre y el encanto del lugarcillo en que nacieron, así como la propensión que muestran a volver a dicho lugar, y a vivir y morir allí tranquilos, ni envidiados ni envidiosos, lejos del mundo y de sus pompas vanas.

Cuantos así hablaban o escribían se me antojaba que eran hipócritas, que eran como el usurero Alfio o poco menos. Aquello de Martínez de la Rosa, que dice:

Padre Darro, manso río
de las arenas doradas,
dígnate oír
los votos del pecho mío,
y en tus márgenes sagradas
logre morir:



me excitaba la bilis de un modo superlativo. ¿Por qué, murmuraba yo, ha de atolondrarnos este señor con sus ayes y suspiros, estando, como está tan en su mano dejar la embajada de París o la presidencia del Consejo de ministros, o su brillante puesto en las Cortes, y retirarse a los cármenes umbríos y a los solitarios vergeles que están entre los cerros del Generalife y del Sacro Monte, por donde corre mansamente el Darro, y donde la Fuente del Avellano vierte sus cristalinos raudales?

Más tarde me he convencido de que Martínez de la Rosa no suspiraba sin pasión por su Granada. He incurrido, en mi tanto, en el mismo defecto, si defecto es. Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que me voy a mi lugar, que deseo vivir allí, ut prisca gens mortalium, cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y casi, casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo y lo digo con sinceridad, hallando preferible a todo aquella descansada vida, deseando ser uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer sólo de mí depende cumplirle y satisfacerle.

Ahora comprendo y noto las dificultades con que, hasta para cumplir tan modesto deseo, tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono a los que hablan con amor y con saudades de la vida rústica desde el bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mí y que se considere que no es farsa esta ternura entrañable con que vuelvo los ojos y el ánimo al rincón tranquilo e ignorado donde están los majuelos que crió mi padre y el plantonar que a fuerza de fatigas y de apuros vio crecer y medrar hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron a dar abundante fruto.

Mi lugar está en la misma provincia y a corta distancia del lugar donde nacieron D. Luis de Vargas y Pepita Jiménez, a quienes supongo que conocen mis lectores; pero no voy a hablar de mi lugar, sino de otro, también muy cercano, a donde suelo ir de temporada, porque tengo allí una capellanía y otros bienes, que me producen, calculando por un quinquenio, cerca de medio duro diario. Este lugar es más pequeño y pobre que el mío y que el de Pepita, y su campo es menos bonito y ameno; pero sus naturales entienden lo contrario, y no dudan de que aquello es lo mejor del mundo.

Situada la población, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, a la falda de un árido peñascal o pelado cerro y rodeada de montes por todas partes, abarca sólo el espectador, aunque se coloque en lo más alto del campanario, un horizonte harto mezquino. Apenas hay huertas en las cercanías, sino viñas, olivares y tierras de pan llevar. Sin embargo, en las cañadas, por donde serpentean sendos arroyuelos, se ven hermosas alamedas, y todo aquel suelo parece a sus hijos, que enamorados le cultivan, tan fértil y bendito, que no aciertan a explicarse naturalmente su fertilidad generosa, y sostienen que el trono de la Santísima Trinidad está colocado precisamente sobre sus cabezas y que deja sentir su benéfico influjo por todos aquellos contornos. Creen, además, que el Santo Patrón del pueblo es muy celoso y activo y que siempre está intercediendo con Dios para que todo lo prospere y mejore. Así, y no de otra suerte, logran, según ellos, mediante una especial providencia e intervención divina, la riqueza y hermosura del paraíso en que presumen que viven.

La imagen del Santo Patrón es de plata y no tendrá más de treinta centímetros de longitud; pero el valer no se mide por varas. Según tradición piadosa, en otro lugar inmediato ofrecieron una vez por este santo pequeñito quince carretadas de otros santos de todos linajes y dimensiones, y el cambio no fue aceptado. El santo pagó con usura el amor que sus ahijados le profesan. Los que ofrecieron las quince carretadas, viendo que no lograban por buenas la posesión del santo, es fama que le robaron una noche; pero el santo se escapó bonitamente del sitio en que le habían encerrado y volvió a aparecer en su nicho al otro día. Desde entonces está el nicho defendido por gruesas barras de hierro. Y no se crea que se toman estas precauciones por el miserable valor de la plata que pesa el santo, sino porque es el defensor del lugar y su refugio, remedio y amparo en todos los males, adversidades y peligros.

Confieso que el espíritu crítico de nuestra época descreída ha penetrado también en este lugar, amortiguando el entusiasmo por su Santo Patrono: pero aún recuerdo el frenesí, el profundo afecto de gratitud, con que le aclamaban, años ha, cuando le sacaban en procesión e iba la fervorosa muchedumbre gritando delante de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios!» expresión sincera de la persuasión en que estaban de que su santo, si es lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado y en lo material para lo espiritual, así como tal máquina de vapor tiene fuerza mecánica de tantos miles de caballos, tenía fuerza taumatúrgica nada menos que de cinco mil demonios, a pesar de lo pequeño que era.

Lo que yo no he visto nunca, lo que no quiero creer, lo que me parece invención y habladuría de los pueblos cercanos para dar vaya a los de este pueblo, es el exceso de familiaridad con que trataban en ocasiones a su Santo, llevándole, cuando no llovía, a una fuente que llaman el Pilar de Abajo, y zambulléndole allí para que lloviese, lo cual, se añade, no dejaba nunca de ocurrir en el acto o pocas horas después. Sobre esto de la zambullida devota tengo yo mis dudas. Los lugareños de Andalucía son envidiosos y burladores, y pueden haberlo inventado sin fundamento.

No es, por desgracia, lo de la zambullida la única cantaleta que dan a los del lugar de que hablo. Como hay en él muchos rubios, y hubo hasta pocos años ha, un rico convento de frailes dominicos, los llaman para exasperarlos hijos del padre Bermejo, lo cual ha ocasionado frecuentes pedreas entre muchachos de unos pueblos y otros, y mojicones, y a veces palos y hasta navajazos entre hombres, turbando la paz de que debe gozarse en ferias y romerías.

No es caso singular el que refiero. Apenas hay lugar en toda Andalucía, contra el cual no se haya inventado algún chiste ofensivo en los lugares circunstantes. Del Viso, por ejemplo, se dice que es la tierra de las chimeneas, porque no las hay, y se pregunta si saben allí lo que son piñones, porque apenas si se produce algo más que piñones en todo su término. Sobre Valenzuela y Porcuna se difunden mil epigramas, porque no hay leña ni carbón en muchas leguas a la redonda, y se calientan y guisan con combustible poco oloroso. De Palma del Río aseguran que nadie almuerza allí más que naranjas, y que, no concibiéndose ni la mera posibilidad de que nadie almuerce otra cosa, hacen esta pregunta: ¿donde no hay naranjas, qué almorzarán? A los de Tocina los embroman afirmando que la música de la misa mayor se acompaña con una guitarra, porque no hay órgano en la iglesia. A los de Fuentes de Andalucía, basta llamarlos de Fuentes de la Campana para que se enojen. De otro lugar, donde hay una torre muy primorosa, se dice a que todo forastero que la ve y la admira, procuran los naturales inculcarle en la mente que la dicha torre está hecha allí.

Para no pecar de prolijo no pongo aquí mayor número de ejemplos. Basten los citados para comprender que no es desgracia única la del lugar a que voy aludiendo, y que está en las costumbres andaluzas el darse vaya y cantaleta con algo por el estilo.

Sea como se quiera, creo que debe y puede considerarse al padre Bermejo como a un personaje patriarcal, raíz y tronco de toda una casta lugareña; y así, para distinguirla y nombrarla, sin proferir el verdadero nombre, que ya he dicho que debo callar por ciertos respetos, llamaré a aquellos lugareños los bermejinos, y llamaré Villabermeja al lugar en que viven.

Procedo en esto como los doctos historiadores de los tiempos heroicos y noto en nuestros días, tratándose de lugares de corta población, lo mismo que sucedía en el albor de la historia, en los siglos dorados y poéticos en que los patriarcas vivieron. Perseo dio nombre a los persas, Heleno a los griegos o helenos, Heber a los hebreos, Chus a los chusitas, Jafet a los jaféticos, y así discurriendo, hasta llegar a nuestro padre Bermejo, de donde arranca la denominación de bermejinos.

No debe colegirse de lo dicho que el padre Bermejo fuese un personaje real. Tal vez fue la prosopopeya de todo un pueblo. Muchos sabios de ahora interpretan de esta suerte el nombre y la vida de algunos patriarcas citados en los primeros capítulos del Génesis. Tubalcaín, pongo por caso, es para ellos, no un hombre que vive unos cuantos siglos, sino toda una raza humana, los turaníes o mejor diremos un ramo o varios ramos de los turaníes, llamados acadienses, protomedos, calibes y tibareños, los cuales fueron los primeros que trabajaron los metales y pasaron de la edad de piedra a la de bronce.

No faltan ejemplos tampoco de atribuir con malevolencia y en son de mofa un patriarca grotesco o aborrecible a una nación o casta. Los egipcios, v. gr., suponían que los hebreos nacieron en el desierto de un nefando consorcio de Tifón, dios del mal, cuando caballero en una burra, iba huyendo de Horo y no recuerdo bien si de su hermano Osiris, ya entonces resucitado. De este carácter malévolo se revisten, a no dudarlo, la fábula o mito del padre Bermejo y el apodo de bermejinos; pero no teniendo yo otro nombre mejor a la mano, repito que me he de permitir llamar Villabermeja al lugar que describo y bermejinos a sus habitantes, haciendo todas las salvedades posibles y jurando y perjurando que no trato de inferir la menor ofensa a mis semipaisanos.

Yo los quiero a todos muy bien, y además hay entre ellos una persona, cuyo carácter, entendimiento y afable trato me encantan, y a quien me honro en considerar como uno de mis mejores amigos.

Esta persona es conocida con el apodo de don Juan Fresco, y así la llamaremos, seguros de que no lo tomará a mal. D. Juan Fresco es un verdadero filósofo.

Cuando chico le llamaban Juanillo. Se fue del lugar y volvió riquísimo, ya muy entrado en años y con un don como una casa. Atendidas la novedad y la frescura de este don, la gente dio en llamarle D. Juan Fresco, y no de otra suerte se le conoce y distingue.

Pasa con razón por un potentado, pero como no quiere mezclarse en política ni en elecciones, ni en nada, no es el cacique, como debiera serlo. Villabermeja, contra la costumbre y regla general de los lugares de Andalucía, está descacicada o acéfala.

Al volver a su país natal este varón excelente ha dado, en mi sentir, la mayor prueba de amor a la patria que puede imaginarse, o cuando no, ha dado muestra de una portentosa despreocupación.

En cualquiera otra parte pasaría por todo un caballero: allí tiene por primos o sobrinos al carnicero, al alguacil, a media docena de licenciados de presidio y a otra gente por el mismo orden: pero de esto no se le importa un ardite. ¿Merecería llamarse D. Juan Fresco, si no tuviera tanta frescura?

Por el contrario, mi amigo D. Juan saca de lo desastrado de su familia ciertas deducciones lisonjeras. Asegura que no es casta la suya de ganapanes o destripaterrones humildes, sino de gente del bronce, hidalga, de ánimo levantado, en quien prevalecen los bríos y el vivir heroico y el gran ser de los bermejinos de la Edad Media, que eran guerreros, fronterizos de tierra de moros. Los Frescos, llamémoslos a todos así, no sirven para cavar: tienen que revestirse de la toga o empuñar las armas, y por eso, no habiendo habido mejores medios de satisfacer tan nobles instintos, uno es carnicero, alguacil otro, y no pocos se han echado al camino, en varias ocasiones, ya de contrabandistas, ya de desfacedores de agravios de la fortunilla ciega, enmendando, hasta donde les es dable, el mal repartimiento que de sus presentes y favores ella tiene hecho.

En tales razones funda D. Juan la apología de su familia; no sé aún si con toda seriedad o de broma, porque es el mayor socarrón que he conocido en mi vida.

Tendrá ahora sus setenta años muy largos de talle; pero está más firme que un roble y más derecho que un huso; no le falta diente ni muela, y conserva todo su cabello, que por ser rubio, como de legítimo bermejino, disimula o encubre las canas. Monta a caballo como un centauro y dispara su escopeta con tanto tino como si poseyera las balas encantadas de Freyschütz, o fuera un Filoctetes a la moderna.

D. Juan vive con esplendidez nada común por aquellos lugares. Su casa está situada en la plaza, y como todas las de los ricos de por allí, se compone de dos; una destinada a la labranza, donde hay lagar, bodega, candiotera, molino de aceite, cochera, alambique y caballerizas; otra de comodidad y aparato, con patio enlosado, fuente y columnas de mármol, flores, muebles elegantes, y ¡cosa extraña! una escogida y rica biblioteca. Esta biblioteca no es sólo de adorno. D. Juan lee mucho y sabe mucho también.

De su vida y del origen de su riqueza diré en resumen lo que él me ha contado, excitado por mí, porque es hombre que habla poco de sí mismo.

Nació casi con el siglo y no conoció a su padre. Su madre era viuda o algo parecido a viuda. En estos pormenores no entra nunca D. Juan, a pesar de su filosofía.

A la edad de siete años ya se ingeniaba para contribuir con su óbolo al gasto de la casa. Ora cogía cardillos, espárragos o alcauciles que luego vendía; ora se encargaba de vender zorzales, anguilas o zancas de ranas, que otros cazaban o pescaban. Más entrado en años, esto es, de diez a catorce o quince, iba a escardar o a coger aceitunas, y hasta llegó a cuidar de una piara de cerdos. En este último oficio, le conoció su tío, el famoso cura Fernández, una de las mayores glorias del lugar.

La guerra de la independencia había terminado, nuestro deseado Fernando VII reinaba ya, y el cura susodicho se reposaba sobre sus laureles y había depuesto las armas, después de haber sido, durante cinco o seis años, en la serranía de Ronda y por casi toda la extensión de las provincias de Córdoba y Málaga, caudillo animoso de una cuadrilla de patriotas, que los franceses apellidaban briganes.

El cura Fernández había sido y era el clérigo más jaque, campechano y divertido de que puede jactarse Andalucía. Tocaba con primor la guitarra, cantaba como nadie la caña y el fandango, y tenía la corpulencia y los puños de un jayán. Nadie le había vencido jamás ni en tirar a la barra, ni en luchar a brazo partido, ni en pulsear, ni en poner los labios en el borde de una tinaja de l60 arrobas de vino, bien llena, y rebajarla medio dedo o uno, sin que ni la cabeza ni el estómago padeciesen. Hablaba caló con primor, tenía una conversación muy amena, y contaba mil chascarrillos graciosos.

No se crea, sin embargo, que era un cura inmoral e ignorante. Si era un Viriato de sotana, bajo las apariencias de bandolero había en él un fervoroso católico, un buen sacerdote y un humanista, teólogo y filósofo muy instruido. Hablaba latín con la misma facilidad que castellano, aunque todo con ceceo y acento andaluces. Era terrible en las controversias, argumentando en materia y en forma, como ninguno de su tiempo; y, aunque tomista y escolástico, conocía el movimiento filosófico de los últimos siglos, desde Descartes hasta Condillac y los más recientes sensualistas y materialistas franceses a quienes refutaba.

Acabada la guerra, el cura Fernández, que aún no era cura aunque le llamaban así, se retiró a Archidona, donde daba lecciones de latín y de filosofía, auxiliando más bien que compitiendo con los escolapios. El obispo de Málaga fue por allí a hacer su visita pastoral, y si bien había sido compañero de seminario de Fernández, fijó poco en él su atención. Fernández no se picó, conociendo que las preocupaciones y cuidados del obispo tenían la culpa de todo; pero, como era chancero y alegre, quiso embromar a su antiguo condiscípulo, proporcionándose también ocasión de tener con él una larga entrevista. Cuando el obispo salió en coche de Archidona para proseguir su visita, ya el cura Fernández había salido y le estaba aguardando en la Peña de los Enamorados. Iba el cura con traje de campo muy majo; se había puesto unas patillas postizas de boca de hacha, y llevaba como acólito a un forajido, a quien con sus amonestaciones había traído a mejor vida, alcanzando su indulto. El forajido, ya con esta jubilación, se empleaba en hacer de ángel; esto es, en acompañar a viajeros tímidos o inermes, a fin de salvarlos en cualquier mal encuentro que en el camino se les ofreciera.

Tanto el cura Fernández como su compañero iban en esta ocasión para poner miedo en los pechos más valerosos: ambos a caballo y con sendos trabucos.

Salieron, pues, de improviso al camino, cuando pasó el coche de su Señoría Ilustrísima, desarmaron con rapidez a los dos escopeteros que iban custodiándole, y el ángel dijo con buenos modos al obispo, que echara pie a tierra. Obedeció el santo varón y bajó con su secretario, aunque bastante atribulado. Extraordinaria fue su consolación y grande su contento cuando el cura Fernández se quitó las patillas postizas y procedió a la anagnórisis o reconocimiento, mostrándose como condiscípulo afectuoso y lleno de respeto, que sólo deseaba echar un filete a la amistad y tener un rato de palique. Llevó el cura al obispo a una especie de tienda de campaña, que a un lado del camino tenía preparada, y allí te regaló con rosoli y mistela, con bizcochos y mostachones, y con rosquillos de Loja, que son los más delicados que se comen.

Estuvo tan discreto el cura Fernández, lució tanto en la conversación, y dijo tan buenas cosas, así de filosofía como de teología, que el obispo salió encantado y halló agradable hasta el susto que había recibido.

Pronto, con la protección del obispo, llegó el cura Fernández a ser cura en Málaga, en el barrio del Perchel, donde tenía feligreses muy a propósito para que él los catequizara, y ovejas levantiscas que bien requerían un pastor de sus hígados y arrestos.

Siendo cura en Málaga, vino Fernández a Villabermeja a ver a los de su familia y a respirar los aires patrios. El sobrino porquerizo le pareció despejado y apto para cualquier cosa, y llevósele a Málaga consigo. No se engañó el cura. Su sobrino aprendió a escape cuanto él sabía y más, así de música como de gimnástica, esto es, así de ejercicios corporales como de ciencias y letras. El cura Fernández estaba embelesado de transmitir con tanta prontitud su saber y de ver qué sobrino de tanto mérito era el suyo; por lo cual quiso que se hiciera clérigo, seguro de que llegaría a obispo, cuando menos; pero D. Juan no tenía vocación y declaró repetidas veces que no le llamaba Dios por dicho camino.

Toda su pasión era ver mundo y buscar aventuras, recorriendo tierras y mares. Merced al influjo del tío, entró, pues, en el colegio de San Telmo, de donde a los cuatro años, salió consumado piloto.

Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de Simbad, y si como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora, sólo importa saber que, habiendo llegado don Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su reputación, fue nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de Filipinas, que debía hacer varias expediciones a Calcuta con ricos cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía. La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar: los marineros malayos; chinos los cocineros y calafates, el contramaestre francés; inglés el segundo, y sólo cuatro o cinco españoles. Con esta torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices a las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza opulenta, emporio del extremo Oriente.

Como, a más de un sueldo crecido, tenía derecho a llevar una gran pacotilla, D. Juan acertó a hacer su negocio, y a la vuelta a Lima de su tercer viaje, se encontró millonario.

La independencia del Perú le obligó a escapar de aquel país con otros muchos españoles; pero, en vez de volver a Europa, se quedó en Río Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en tierras lejanas, volvió D. Juan a Europa, y después de viajar por Alemania, Francia, Italia e Inglaterra, el amor del suelo nativo le trajo a Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.

Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador. Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus viajes y aventuras.

Ha permanecido soltero toda su vida, y no es de temer que al cabo de ella haga la locura de casarse.

D. Juan Fresco es la providencia de toda su fresca y numerosa familia, si bien no parece hombre de mucha ternura de corazón. Jamás le oí, durante meses, recordar amores ni amistades, ni de América, ni de la India, ni de ninguna parte. A la única persona que recordaba a cada momento, con verdadera efusión de gratitud y cariño, era al cura Fernández, que murió en Málaga querido de todos, pobre porque daba de limosna cuanto tenía, y digno de ser canonizado, si hubiera sabido guardar mejor las que, valiéndonos de un galicismo, se llaman hoy conveniencias; pero como contaba chascarrillos poco decentes a veces, y había hecho la guerra, y había dado bromas como la que dio al obispo, y hasta más pesadas, era harto difícil la canonización.

A pesar de la idolatría que profesaba D. Juan a su tío, no me atrevo a afirmar que le imitase en punto a ser religioso y buen católico. D. Juan era positivista. Sólo daba crédito a lo que observaba por medio de los sentidos y a las verdades matemáticas. De todo lo demás nada sabía, nada quería saber, hasta negaba la posibilidad de que nada se supiese. Era, no obstante, muy aficionado a las especulaciones y sistemas metafísicos, y le interesaban como la poesía. Los comparaba a novelas llenas de ingenio, donde el espíritu, la materia, el yo, el no-yo, Dios, el mundo, lo finito y lo infinito, son las personas que la fantasía audaz y fecunda del filósofo baraja, revuelve y pone en acción a su antojo. D. Juan, no obstante, distaba mucho de ser escandaloso ni impío. Aunque para él no había ciencia de lo espiritual y sobrenatural, esto no se oponía a que hubiese creencia. Por un esfuerzo de fe, entendía D. Juan que podía el hombre ponerse en posesión de lo que el discurso no alcanza, y elevarse a la esfera sublime donde por intuición milagrosa descubre el alma misterios eternamente velados para el raciocinio.

Cuando yo estaba en Villabermeja, solía dar largos paseos por las tardes con D. Juan Fresco, viniendo luego a reposarnos los dos en un sitio llamado la Cruz de los Arrieros, a la entrada del lugar. Esta cruz de piedra tiene un pedestal, de piedra también, formado de gradas o escalones. Allí, al pie de la cruz, nos sentábamos ambos.

A veces nos acompañaba Serafinito, joven de 28 a 30 años, soltero, huérfano de padre y madre, bastante rico para lo que es la riqueza de los lugares, y muy dulce de carácter, aunque melancólico y taciturno.

Desde la Cruz de los Arrieros, sostenía D. Juan Fresco que se disfrutaba de la vista más hermosa del mundo. Yo me sonreía y le miraba con atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente o de burla. Era, sin duda, una alucinación patriótica.

Una tarde del mes de Septiembre, D. Juan, Serafinito y yo estábamos sentados al pie de la Cruz de los Arrieros. El sol se había ocultado ya detrás de los cerros que limitan la vista por la parte de Poniente, y había dejado el cielo, por todo aquel lado, teñido de carmín y de oro. Sobre los cerros que están a espaldas del lugar, y aún sobre el campanario, mientras que yacía en sombras todo el valle, daban aún los rayos oblicuos del sol, reflejando esplendorosamente en la pulida superficie de las peñas que coronan la cima de dichos cerros. Pocas y blancas nubes turbaban el limpio azul de la bóveda celeste, vagando a merced de un viento manso y arreboladas y luminosas con los reflejos del sol. La luna mostraba ya su rostro pálido, muy alto sobre el horizonte, y algunos luceros empezaban a columbrarse en la región más obscura del éter y más apartada del disco solar.

Por el lado por donde la vista, en este bajo suelo, podía espaciarse más, se espaciaba una legua. Los cerros terminan allí el horizonte. Paz suave reinaba por donde quiera.

Los olivares y las viñas cubren la mayor parte del terreno cultivable. Los peñascos áridos, que forman las cumbres, no tienen cultivo ni pueden tenerle. Las diversas heredades y haciendas están separadas entre sí, y de los caminos y veredas, por vallados de zarza-mora y pitas. Tal vez, en los terrenos más fértiles y húmedos, se muestran en estos vallados la madreselva, el granado y las mosquetas. En los sitios más resguardados del frío invernal, crece también y fructifica la higuera chumba.

Las hazas del ruedo y demás tierras de pan llevar estaban ya segadas, y sobre la negrura de la tierra amarilleaban el rastrojo, los cardos y toda la yerba seca, que el polvo y los ardores de la canícula habían hecho como yesca. En algunos puntos habían sido incendiados los rastrojos, y la llama corría formando una línea tortuosa, dejando negro el suelo en pos de sí, y levantando densa humareda.

La viña, que es el plantío que allí más abunda, verdeaba aún cubierta de pámpanos lozanos. Estaban ya vendimiando, y por varias sendas y caminos venían al lugar carros y reatas de mulos con el último acarreo de uva de aquel día, que había de quedar amontonado en los lagares para empezar a pisar a la madrugada siguiente. Volvían asimismo a descansar de sus trabajos los vendimiadores, y de vez en cuando se oía una canción alegre, cantada en coro, o se escuchaba allá a lo lejos una copla de playeras con que distraía sus pesares un arriero que tornaba solo con su recua de alguna expedición, o un gañán que volvía de arar con los bueyes o las mulas uncidas aún al arado.

En las cañadas hay arroyos, cuyas orillas están cubiertas de mimbrones, álamos blancos y negros, adelfas, juncos, mastranzos y otras yerbas de olor. Hay asimismo ocho o nueve huertecillos, que no tiene el mayor una fanega de tierra; pero esta tierra está bien aprovechada, y se alzan en ella nogales gigantescos, higueras pomposas, que dan los más dulces higos que se comen en el mundo, y otra multitud de frutales.

El arroyo más caudaloso de la cercanía está a un cuarto de legua de la población, y las mozas que iban allí a lavar, volvían también, terminada ya su faena, con el lío de ropa lavada puesto sobre la cabeza, y con la alegría de la juventud en el alma y el donaire y el brío campesino en todos los gallardos y libres movimientos del cuerpo, bien dibujadas sus formas robustas y elegantes bajo los pliegues de las breves y ceñidas enaguas de percal o del más ceñido y corto refajo de amarilla bayeta antequerana.

D. Juan Fresco contemplaba toda esta escena como en éxtasis, y se ratificaba más y más en que Villabermeja y sus alrededores eran lo mejor del mundo. Creció su entusiasmo, recordando los mejores años de su vida, al ver cierta polvareda que se levantaba en el camino principal. A poco se empezaron a oír mil regocijados gruñidos en todos los tonos, desde el más tiple al más bajo, y luego se distinguió una floreciente piara de cochinos de todas edades y de ambos sexos, guiada por un hábil zagalón de catorce a quince años. Cada vecino del lugar, cada bermejino, tenía alguna dulce prenda en aquella piara; tenía el futuro regalo suyo y de toda su familia entre aquellos sabrosos mamíferos, que habían de convertirse en jamón, tocino, morcillas, longaniza, lomo en adobo, manteca y otros artículos, custodiados en la despensa y preparados para todo evento digno de celebrarse y para cualquier día en que acude un huésped a la casa o repican recio e importa echar el bodegón por la ventana.

Bastaba el zagalón para ser capitán de aquella tropa, cuya disciplina era admirable. Ningún cerdo se descarriaba jamás. No bien llegaban todos a las primeras casas, tocaba el pito el zagalón, y la piara se dispersaba en seguida, trotando y galopando cada uno de los que la componían y cruzando calles y callejuelas hasta meterse en la casa de su amo, saltar por el zaguán y la cocina baja, sin cuidarse de no echar a rodar cualquier trasto que encontrase por medio, y parar sólo en el corral, donde nunca faltaba su pocilga o lagareta.

Pasado un poco el éxtasis de D. Juan, no pude menos de decirle:

-Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero entusiasmo que tiene usted por Villabermeja. Se comprende que por ser el pueblo de Vd. le guste más que ningún otro, que viva Vd. en él contentísimo, que prefiera esta rustiquez a todos los esplendores y a todas las elegancias de Madrid o de París. Lo que no se comprende es la ceguedad con que un hombre, que no es como muchos bermejinos que jamás salieron de aquí, sino que ha visto las más bellas comarcas del globo, se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura a todo lo que ha visto.

-¿Qué quiere Vd., amigo mío? -contestó don Juan Fresco-. Yo no digo que esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro, y las costas fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas, y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y limoneros, y el haber vivido en la orillas feraces del Ganges y del Brahmaputra con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado las márgenes del golfo de Nápoles tan risueño y lleno de recuerdos clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa a mí que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad, no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas? Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama, Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar como exclamo: cuantos olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá, blanquean las tierras de la capellanía de usted que son algo calizas; aquel huerto le tuvo arrendado mi madre y allí pasé algunos de los mejores años de mi niñez? ¿Ve Vd. aquel cañaveral, que está en medio del huerto, a orillas del arroyo?- Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.

-Sí le veo -contestaba yo.

-Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en mi vida.

-¿Cómo fue eso? -preguntó Serafinito.

-El cañaveral -respondió D. Juan-, está ahora como a principios del siglo presente, cuando tenía yo diez años o menos. Yo era entonces tan ignorante que más no podía ser; no sabía leer ni escribir ni tenía idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de cristal, donde estaban clavadas las estrellas a manera de clavos, y por donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles u otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un espacio infinito, unas cavernas sin término, un abismo sin límites, lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre eterno y toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo persuadido de que precisamente en cima de Villabermeja, que es donde más se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos; y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al cañaveral, y cerraba los ojos y reconcentraba todos mis sentidos y potencias, a ver si lograba oír algo de aquella música, que no imaginaba muy distante. A tal extremo llegó mi entusiasmo que pensé oírla algunas veces. Yo era aficionadísimo a la música, y si mi manía de ver mundo y mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido, quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté una caña de cañaveral, hice varios canutos, y a fuerza de pruebas y tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de otro, acerté a dar su justo valor a cada nota, y logré formar una acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el mundo, porque las inventaba yo mismo o eran como reminiscencias vagas de la música del cielo que había logrado oír en mis arrobos. Mi invención de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo el lugar y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas habitables del globo terráqueo.

Nada tenía que replicar a esto Serafinito, más convencido que el propio D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba, pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel hombre.

En vista de esto, di otro giro a la conversación, diciendo a D. Juan:

-No quiero disputar más con Vd., y doy por valederas y firmes las razones que alega, a pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá Vd. que hable es de la extrañeza que me causa ver a Vd. lleno de un sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas, impropias de un positivista.

-Paso por lo del sentimentalismo -replicó don Juan-. Jamás he presumido de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las ilusiones.

-¿Cómo que no tiene Vd. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en ilusiones su amor de Vd. a este lugar?

-No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero volver. Quiero, sí, demostrar a Vd. que no tengo ilusiones y que importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.

-Pues qué -dijo entonces Serafinito-, será un absurdo lo que dice el poeta:


Las ilusiones perdidas
son las hojas desprendidas
del árbol del corazón.


-El dicho del poeta no es absurdo -contestó don Juan Fresco-, si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser las hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.

-¿Qué entiende Vd. por ilusiones? -dije yo.

-Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna -contestó D. Juan-. Ilusión equivale a error o mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.

-Me parece que Vd. se contradice. ¿No nos decía Vd., poco ha, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de Vd. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.

-Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere Vd. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone a la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión y perderla o desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.

- No comprendo bien sus pensamientos de Vd.

- Veamos si los comprende Vd. ahora. Dígame Vd.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquiera época de la historia, anterior a ésta en que vivimos?

-Esto no se puede negar procediendo de buena fe. Vd. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.

-Veo, pues, que Vd. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.

-¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece? -repliqué yo.

-¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en que imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?

-Al menos me concederá Vd. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina o cree.

-Pues se equivoca Vd. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿a qué ley de física o de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve o advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que Vd. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire y por medio de sus vibraciones llega a nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? ¿Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, y se marcara el término o la raya que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso a la naturaleza? No, amigo mío: la frontera entre lo natural y lo sobrenatural o no existe o está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de fe a las antiguas edades y edad de la razón a la nuestra, contraponiendo la razón a la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía o con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.

-¿Cómo es eso? -dijo Serafinito-. ¿Conque tener ilusiones es una bellaquería?

-Casi siempre -replicó D. Juan.

-Vd. habla así -dije yo- porque llama ilusiones a las malas y no a las buenas.

-Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía que esas que llama Vd. ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso o de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, o dígase verdaderas ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.

-Ponga Vd. -dijo Serafinito- algunos ejemplos de esas ilusiones.

-Nada más fácil -contestó D. Juan-. Hay una señorita en Madrid, elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado a cumplir veinticinco años, sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de condición, poco gastador, a fin de que ella lo pudiese gastar todo o casi todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita exclama a cada momento que ya no hay amor en el mundo, que pasaron los tiempos de Isabel y Marcilla y de Julieta y Romeo, que vivimos en un siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros, quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros y para más moños y trajes, y tal vez hasta para palco en la Ópera o para ir a Biarritz a veranear, mientras que él, trabaja que trabaja siempre, y sin salir de apuros y ahogos. La dama que, en vista del ejemplo, se había forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta a cada instante de que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos o zotes, de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en que vivimos, y de que ya no volverán a la vida Baucis y Filemón. Entra a servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo metalizado, ruin, plebeyo y cicatero. Va a Madrid un joven bien plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas, las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último, las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no halla quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega a ministro; el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el abogado que no tiene pleitos; el hipócrita a quien no creen sus embustes, y hasta el que juega a la lotería y no saca el premio gordo. Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible; y un destino ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos humanos.

-Infiérese de cuanto Vd. alega, que sólo los tunantes, torpes o desdichados, tienen ilusiones y las pierden.

-Son los que más ilusiones tienen y las pierden -prosiguió D. Juan contestando a mi interrupción-. No niego, sin embargo, que hay multitud de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de haberlas perdido; pero, si no implica falta de honradez el tener cierta clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de juicio y poca entereza de carácter.

-Aclare Vd. eso también con ejemplos -dijo Serafinito.

-Voy a aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que sabe resistir a toda seducción, y que sufre con su marido molestias y privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más respeto a causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir publicándola a son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche, porque eclipse a Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora empiece a rabiar, a lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y a decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio, fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora quería, no viniese a ser prenda de los más bribones. Este segundo modo de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera a veces de generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello o lo sublime. La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en ocasiones al individuo que las posee; pero no es su fin principal la utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia o de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso o poeta. Para fines bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo a fines que lo son también.

-¿Pero y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran el bienestar material?

-Sin duda que a veces le procuran para el individuo, y siempre para la sociedad entera: pero yo hablo de otras virtudes más altas, más espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados: primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la Bolsa.

-Según Vd., por consiguiente -interrumpió Serafinito-, es verdadero el refrán que dice: Honra y provecho no caben en un saco.

-Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso. En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho, ni pueden ni deben pagarse: y condeno las ilusiones de los que poseen o creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se desesperan porque no la reciben. Coinciden con esto, en la mente de los así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme? ¿Por qué me he de poner viejo? ¿Esta muela, por qué me duele? ¿Este mosquito, por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos magras que tocino y hueso?

-Vamos -dije yo sonriéndome-, lo que deduzco de todo es que a mi amigo D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones o que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el tener y perder ilusiones.

D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oír mis palabras, que me pareció otro: puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un suspiro:

-Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado. ¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!

No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y triste, se echó a llorar como un niño de siete años.

Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté a D. Juan quién era el doctor Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.

D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.

La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego a mi modo, es lo que voy a referir; pero entiéndase que no pretendo probar al referirla ninguna tesis contraria a las ilusiones.

D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.

Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he entrometido como personaje secundario, y me limito a mero narrador de los sucesos.




- I - La ilustre casa de los López de Mendoza[editar]

Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos lugar fronterizo de tierra de moros.

Aún está en pie el castillo o fortaleza que tenía allí el duque, señor del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y bastante posterior a la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían a Dios en el castillo mismo o en medio de los campos. Después de la conquista de Granada fue, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y vinieron a edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.

La casta belicosa de los bermejinos fue desde entonces doblando poco a poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.

Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fue a la corte, y nadie volvió a verle por el lugar. Ni amado ni odiado, nadie volvió a pensar en él. El administrador del duque era quien arrendaba o daba a censo las tierras.

A principios de este siglo, salvo el ausente e invisible duque, apenas había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres o cuatro familias hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas familias hidalgas o se habían confundido con la plebe, agobiadas por la pobreza, o habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna. Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza, desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.

La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente esculpido, sobre mármol blanco también.

Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica, brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas, las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y yerbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en primavera y da a la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero del tejado es tan ancho que deja un espacio grande entre su extremidad y el muro, donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos nidos.

Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo ha, apenas hay granos que llevar a aquellos graneros, sólo los habitan algunos búhos y lechuzas melancólicos y algunos ratones parcos y ascetas.

Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres o cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas estaciones.

La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado, a la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles abiertas o en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota movimiento de carros, carretas y caballerías.

No hace muchos años, aún no se había construido, a tiro de escopeta del lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado de la iglesia, en un corralón, frente a la casa de los Mendozas. Sólo se enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas, quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera, lleno de profusas e intrincadas labores de talla. En el camarín de esta capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz a cuestas, vestido con túnica de terciopelo bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el mayor ingenio por parte del autor en punto a mecánica, pero ha sido de mucho efecto y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre Jesús, merced a una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición a la muchedumbre de los fieles, una o dos veces cada año, cuando le sacan en procesión.

Pero volviendo a la casa solariega de los Mendozas, fácil es de comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio, y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.

La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que su habitación.

El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron los frailes dominicos al lugar y el lugar se fue enfrailando, ésta fue la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de notoria aptitud y denuedo.

Nadie en el lugar quería mal a los Mendozas, porque no había memoria de que hubiesen hecho daño a la gente menuda. Nadie tampoco les tenía envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse cosas que podían ofender a la familia.

De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos amoríos escandalosos con una cautiva, mora y hechicera. De otro Mendoza, no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había casado con una judía o con una coya o princesa peruana, que sobre esto no se estaba muy de acuerdo, aunque si bien se nota no implica contradicción, pues, para nuestros lugareños, judío o moro es equivalente a todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el bautismo, se dice que está judío o que está moro aún.

Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero y la coya o judía más tarde infundieron en la sangre de los Mendozas cierta levadura de impiedad. En cambio, la judía o coya trajo en dote a su marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas o empeñadas después.

Como complemento y añadidura se aseguraba que la judía o la coya trajo de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba, multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás a saber. En varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún vecino del lugar, sin saber a qué atribuir su riqueza, habíase supuesto que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la vigilancia del espíritu de la princesa india que le custodiaba, o venciéndole y dominándole por artes diabólicas.

Murmurábase también de la aparición casi diaria, en los desvanes de la casa, de un célebre comendador Mendoza; el cual había estado en Francia durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances trágicos y misteriosos y por la manera con que vivió los últimos años de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque, no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.

Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que habían difundido los frailes para desacreditar a los Mendozas, los cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo, siguiendo, según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados. Desde el año de 1823 hasta que murió, fue muy vejado y perseguido.

En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar, y serviles, como por ejemplo el escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían ido a servir al rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y garbeando por estilo heroico cuanto se presentaba, y habían vuelto al cabo al lugar, a la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con brillantez por su amor a la vida inquieta; pero en la administración tranquila de sus bienes, jamás se habían empleado con acierto, de suerte que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias e Italia, donde ir a rehacer o a mejorar patrimonios, el de los Mendozas había caído por tierra del modo más lamentable.

Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas, empeñó muchas fincas, y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron libres, de 1820 a 1823.

Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.

Aunque vagamente, bien entendían y daban a entender los críticos que el espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad Media, que coincidía en algo con el de los tiempos modernos; que su despreocupación o poca piedad tal vez no había sido tan grande en épocas anteriores y que por lo menos había aumentado mucho desde que el comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo contrario a aquella familia.

Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el vulgo amaba a los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos mismos a costa del magnánimo duque, el cual andaba en Madrid hecho un Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero a premio o con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general, acrecentando el acervo común del haber de la nación, creando riqueza; pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación o una absorción de bienes que a todos pertenecían, verificada con infernal astucia. El antiguo refrán que reza: Los ricos en el cielo son borricos, los pobres en el cielo son señores, se oía con frecuencia en los labios de los bermejinos, como pronosticando en son de amenaza, que la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba el castigo, echándose a la vida airada, con armas y caballo.

Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.

Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen con afecto a los Mendozas. Merced a la actividad fecunda que la moderna civilización imprime en todo, a pesar de nuestras inacabables discordias civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el lugar; y no pocas familias de arrieros o de gañanes, que habían hecho dinero y fundado casa principal, empezaban a tener humos aristocráticos, recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides y yendo a ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su ascendencia, por línea recta de varón en varón, y por legítimo matrimonio, hasta uno de los compañeros o hermanos de armas que vino con el primer López de Mendoza a custodiar aquella fortaleza y a molestar a los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con el cariño respetuoso a la casa de los Mendozas, gloria común de todos y monumento del antiguo caudillo.

Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa. El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras, otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la cuadra o salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó, hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.

En esto de los perros, y sobre todo en los podencos era donde más había resplandecido el afecto de los bermejinos a los López de Mendoza. Los podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están a media ración o a menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar por sus latrocinios e inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza segura, ni pedazo de jamón o de carne con que se pudiera contar, ni lonja de tocino a buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza. Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo, lo que es muy frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo a los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En balde ella, defendiéndose con las manos,

Clamores horrendos simul ad sidera tollit;


la descubrieron, a pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este reparo pasase al cuerpo de los podencos, mas no acudió tarde para contemplar a la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa desnudez.

No puede negarse, a pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto involuntario, casi fatal de la señora doña Ana, cuya cortesía no tenía límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían a raya toda familiaridad y toda confianza. La señora doña Ana, encastillada en el fondo de su caserón, apenas salía a la calle, recibía de tarde en tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni algo tiesa de cogote, pero no intimaba con nadie y era arisca y poco comunicativa.

Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que doña Ana era bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre, sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado a diablos y almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos a varios individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador, con los cuales tenía sus tertulias.

Del mayorazgo Mendoza, del hijo de doña Ana, que vivía también en la casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la convivencia de sus compatricios, a pesar de sus veintisiete abriles, se decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.


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- II - ¿Para qué sirve?[editar]

No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede, ni se den a sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo concurre al orden perfectísimo y a la total armonía. Para creerlo y afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos o que corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿Quién sería mejor relojero, el que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, o el que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se compone, y las forzasen a no parar en sus giros, vibraciones, brincos y sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música o por lo menos con cuco?

El prurito eficaz, triunfador e infalible, puesto en los átomos, de organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, o es aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más metafísica de las religiones, o presupone en la idea primera, cuyo desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos dio ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas a los pájaros para que volasen, sino el pensar que, desde el origen, hay en la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.

Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y muy rica en pronósticos de progresos, mejoras y adelantamientos indefinidos. La antigua duda del Padre Fuente la Peña, sobre si los monstruos lo son ellos o lo somos nosotros, se resolvería en favor de los monstruos, que tal vez aparecían como síntomas del prurito o conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruoso sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza de echar alas y volar, si nos empeñábamos, o de tener cola o trompa o un ojo más, como Fourier pretendía?

Ni se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío de los átomos, de las impalpables e invisibles esferillas que llenan el aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno con la sustancia. ¿Como dimana del instinto ciego la inteligencia que después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, o están en cada átomo, que las conoce y las impone, o están fuera o por cima de los átomos, o están a la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde vendríamos a parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda: en que Dios está en todo lugar animándolo y ordenándolo todo.

Por dicha el ¿para qué sirve? de nuestro epígrafe, no requiere que ahondemos tanto. Este ¿para qué sirve? era la pregunta que doña Ana se hacía a menudo con referencia a su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y era también la pregunta que se hacía a sí mismo dicho mayorazgo, diciendo: ¿Para qué sirvo? y no sabiendo qué contestar.

Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido, o tonto el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales; era robusto, estaba sano y bueno, y, como ya se ha dicho, o si no se ha dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada de esto impedía que la señora doña Ana y el mismo mayorazgo se preguntasen con ansiedad si él servía para algo y no atinasen con la contestación.

Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le ponga yo en algunos antecedentes.

Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres de aquella enriscada ciudad. Baste decir que doña Ana se apellidaba de Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba a uno de los fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde entonces los timbres y servicios de la familia de doña Ana.

Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda, doña Ana fue educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la revolución emigraron, vino a parar a Ronda, y fue el maestro de doña Ana, enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían saber en España las mujeres.

Todo el saber de doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno; y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse para tía o para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que ansiaban colocarla, o dígase deshacerse de ella, se resignó a casarse con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, comendador de Santiago y maestrante también de Ronda, como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y que esto contribuyó a facilitar el matrimonio; pero como no importa la tal circunstancia a la esencia de nuestra historia, la paso por alto, sin entrar en detenidas investigaciones.

Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto a Sevilla y había pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir a nadie, ni una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle, pulirle y civilizarle un poco a fuerza de paciencia y dulzura. El amor de doña Ana a D. Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos de entender algo de poético, no existió jamás; pero doña Ana tenía muy elevada idea de sus deberes y se miraba en su honra con verdadero orgullo patricio. Fue por consiguiente una esposa modelo. Achican un tanto el encomio que por esto merece dos notables consideraciones. La primera es que el orgullo de doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no le dejaba estimar, ni siquiera como a prójimos, al resto de los bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio a doña Ana, ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.

Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar el elogio, es ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato, en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y constante devoción con que asistió siempre doña Ana al lado de su marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste, templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la familia y solía ser muy amena.

El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se apoderó nunca del alma de doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del modo más variado. A pesar de que había leído a Racine, a Corneille y a Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La Historia de España, de Mariana; las obras del venerable Palafox, y el Teatro crítico y las Cartas eruditas de Feijoo, eran sus libros predilectos en prosa.

Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía o bordaba; y cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.

Desde la muerte de D. Francisco tuvo doña Ana ocupación más importante; la educación completa de su único hijo.

Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño a montar a caballo, a tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes a la gimnástica. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero en dichas cosas estaba bastante adelantado.

El aperador de la casa era un antiguo criado, a quien, por la majestad con que trataba de que todo lo perteneciente a sus amos se respetase, habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, a quien sólo por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis u ocho años más que el mayorazgo Mendoza, fue su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor, todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo a jugar a las chapas, al cané y al hoyuelo, a tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango y otras canciones, y a referir una multitud de cuentecillos verdes. Por último, doña Ana enseñaba al mayorazgo historia; y el mayorazgo se aficionó más que a ninguna otra a la de Grecia y Roma, soñando, siempre que no jugaba al cané o a las chapas, con ser un Scipión, un Milciades, un Cayo Graco o un Epaminondas, según él conocía a estos héroes por el libro de Mr. Rollin traducido al castellano.

Muerto D. Francisco, doña Ana tomó la férula educadora y no quiso compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin embargo, para apartar a Respetilla y para desarraigar del corazón y de la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de injertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.

Como D. Francisco había sido negro, esto es, muy liberal, a pesar de preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él llamaba a Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de que el niño fuese a servir al rey, entrando de cadete en un colegio. Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce esposo, porque idolatraba a su hijo, no quería separarse de él, suponía aún que teniendo que gozar de su mayorazgo no tendría que servir a nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron paso a paso, ridícula y prosaicamente, hasta llegar a generales, sino que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates a la vez, y ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga, ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería doña Ana que fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por dos, y se juzgaba otra Cornelia.

Doña Ana comprendió, a pesar de todo, la utilidad de que el niño siguiese una carrera; y, después de meditarlo bien, eligió la de abogado, no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese las leyes, y supiese reformarlas y darlas a su patria, cuando llegase la ocasión.

El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó a traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fue luego al Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió filosofía en el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y por último, cursó el derecho en la Universidad de Granada, donde, por arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristinos, no había severidad en cuanto a la asistencia.

Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del tiempo que duraba el curso. Luego iba a examinarse; y, merced a la longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.

En las excursiones a Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba desde el lugar el señorito, se quedó en Granada para que el señorito la montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en Granada, mereciendo esta ciudad llamarse la tierra del ochavico. Con veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas y servicio de amo, criado y jaca.

Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios. Seis era el precio medio corriente de las mejores casas, donde las patronas más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y otra multitud de regalos.

En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de licenciado y de doctor in utroque. Doña Ana le bordó una primorosa muceta y le hizo una borla riquísima para el bonete.

El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su muceta, su toga y su bonete emborlado; y el mayorazgo Mendoza, cuando volvió a los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.

Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba don Faustino y era doctor, empezaron a llamarle el doctor Faustino, título y nombre con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le designaremos.

El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió a su casa lleno de ilusiones y deseoso de ir a Madrid a realizarlas. Por desgracia, su ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.

El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes, que era, al parecer, lo que había estudiado.

El título que le habían dado en la Universidad, era un título huero. ¿Para qué sirve el título? se preguntaban el doctor y su madre.

El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago, maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría bien que fuese a Madrid a ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y el doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima, sabían que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable tenían que objetar contra la abogacía: pero una estética irresistible, un sentimiento superior a todo raciocinio les hablaba poderosamente al alma, clamando: D. Faustino no puede ser abogado. D. Faustino además, si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la sentencia de Triboniano o de no sé qué otro jurisconsulto, anterior a las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más a propósito para muchos camellos que para un hombre solo, y más siendo este hombre alcaide perpetuo y maestrante.

¿Iré a Madrid a pretender un empleo? se preguntaba D. Faustino. A esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de Santiago y la maestranza, sino el mismo título de doctor, que don Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué degradación pretender o tomar un empleo de ocho o diez mil reales, que era lo más que podían darle, e ir a confundirse y aun a quedar por bajo de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!

¿Aspiraría D. Faustino a entrar en la carrera judicial? Pero ¿qué puesto obtendría, contando con favor y humillándose a pretender del ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era inaceptable. D. Faustino se resignaría a ser oidor; pero no podía ser menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su casa solariega y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.

¿Se dedicaría D. Faustino a la literatura? Mucha afición tenía a esto, pero ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino, además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma sensible, y el sabio que enseña la verdad severa a los hombres, no deben pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen a caer en el servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de aduladores de los príncipes o de las muchedumbres. Había que pensar también si, aun allanándose a lisonjear el gusto de muchedumbres o de príncipes, toparía el doctor Faustino con algunas o con algunos que quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender a la corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, a la moda o al capricho. Pero como el público eterno no paga, el doctor decía, con Alfieri que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar el pan y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.

Varias veces pensó el doctor Faustino en meterse a periodista, tomándolo por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato a la vez; pero ¿cómo sujetarse a los antojos de un director, tal vez rudo, ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un periódico y se dignase darle veinte o treinta duros al mes para que escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase a pasar algún tiempo de novicio (el doctor se estremecía y horripilaba sólo de pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias para compaginar el correo extranjero, o recortando armado de unas viles tijeras sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas en cuartillas lo recortado, a costa de la propia saliva, para mayor ignominia? El doctor Faustino no era posible que fuese periodista tampoco.

En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando, discurriendo y discutiendo qué podría ser, a qué podría dedicarse, para qué podría servir el doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el doctor servía y valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito era lo difícil de hallar, así para el doctor como para su madre.

No había medio, o al menos era muy aventurado, que el doctor Faustino se lanzase a Madrid, a la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la redacción de un periódico, en una oficina o en el estudio de un abogado, alguna ayuda de costas mientras llegaba a personaje.

El caudal de los Mendozas, hacía tiempo, había menguado mucho. D. Francisco, con su desgobierno, le había disminuido más y le había empeñado.

Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre a doña Ana, sus pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero a tener relaciones con cierta ninfa a quien llamaban la Joya, y más tarde con otra ninfa a quien llamaban la Guitarrita. Ni la Guitarrita ni la Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con Monsieur Augusto, ni anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor. La Joya, además, lo mismo que la Guitarrita, se vestían bastante bien, para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D. Francisco.

Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las mismas bizarrías de D. Faustino, siendo estudiante en Granada, donde había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de maestrante y otro de oficial de lanceros de la milicia Nacional. Este último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.

Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la milicia, y a D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante de campo, de suerte que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos era exquisito y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y elegancia; y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos dineros.

D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica, fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que en estas cosas y en otras se había gastado la moneda, y ya había leído él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído lo hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que la moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive en sociedad.

Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir a vivir a Madrid, donde todo cuesta un sentido en comparación de lo que valen las cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y a dos o tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones aristocráticos.

Hubo ocasiones, en que madre e hijo pensaron en que D. Faustino fuese a Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más dinero, o bien se viniese a descubrir quién él era por su mismo esplendor y por las bellas acciones o escritos que hiciese o compusiese; pero este arbitrio se abandonó por impracticable.

Ir a Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo a pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba a peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid don Faustino, asistiendo en la sociedad comm'il faut, y viviendo con extraordinaria economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes suponen cuatrocientas pesetas o sea cuatro tinajas de vino, que importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas: la mar de vino; la cosecha entera de los mejores años, no habiendo oídium ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid ¿con qué se pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué satisfacían los intereses del dinero tomado a rédito (al veinte por ciento) sobre buenas hipotecas? Hic opus, hic labor est; según el profano.

A pesar de todo, el doctor Faustino no se resignaba a no ir a Madrid, donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades, se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria, posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género de ambición que el doctor no tuviese. Andaba como toro picado del tábano.

En punto a oratoria esperaba ser un Demóstenes, no a la pata la llana y sencillote como fue el de Atenas, sino con todos los floreos que privan en nuestra edad más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que acertase a adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía: -«Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega a su término dichoso, fecundado con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que, despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja a perderse en el hondo foso, que circunda, ampara y hace inexpugnable el alcázar de la propiedad sagrada». Cuando este señor hablaba en estrados era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba a las nubes, combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico, atinó a expresarse así hablando de él: -«Este desventurado, que, en el naufragio de su fortuna, tuvo que asirse a la dura tabla de su navaja»-; con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El doctor Faustino, aunque de suyo no era muy propenso a tantos tropos y lindezas, se sentía capaz de eclipsar a su maestro, si en ello se empeñaba.

De poesía aún se le alcanzaba más al doctor Faustino. Era aquélla la época del romanticismo, y el doctor se había hecho romántico de los más furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y subjetivos: esto es, el doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía al pensamiento y a la pasión; pero es lo cierto que hacía mil combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que, a veces en una misma composición, ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo cual les daba extraña lindeza esquemática, pues la composición venía a figurar un lenguado. El doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu crítico y descreído, que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta: un genio, y está dicho todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían a su propia crítica con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma; y, en honor de la verdad y del pobre doctor, hemos de declarar aquí que dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!» -El doctor Faustino, por consiguiente, aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos, y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda evidencia, o hasta que tales los compusiese.

Sólo un verso, que él repetía a menudo entre dientes, tenía mérito singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.

¡Siento sobre mi frente hervir el caos!


decía el verso espantable.

Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frase.

En ocasiones pensaba el doctor que todo lo ignoraba; que no había estudiado; que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia entendía al revés, que no había cosa que él no supiese o que no adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón le afligía más aún.

-¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo o es un hecho insignificante que lo mismo da saber que ignorar, o es eco o fórmula o mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor pondrá en el orden que guste o arreglará según el método que quiera sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros. De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los autores.

Siempre que los pensamientos y cavilaciones del doctor tomaban este rumbo, siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de comunicar con otros seres superiores, a ver si sabían más que los humanos, y con su favor y auxilio acertaba él a penetrar en los misterios del mundo visible y del invisible.

El doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen a sus conjuros.

No se crea por eso que el doctor estuviese loco. Tenía momentos de exaltación, pero no de locura.

Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la realidad, se olvidaba de la magia, porque no creía que hubiese ya un diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero, placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar, y para alcanzar todo esto no confiaba el doctor, ni en el diablo, ni en la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar, que despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de dudar si le poseía o no le poseía.

Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, quería el doctor ir a Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.

Hablaba entonces el doctor con su madre, y le comunicaba su propósito.

La prudente señora preguntaba siempre al doctor:

-¿Qué plan llevas?

-Ninguno -contestaba el doctor.

-¿Quieres quizá dedicarte a la abogacía?

-Nunca.

-¿Ganarás dinero y posición como periodista o como empleado?

-Tampoco.

-¿Ganan algo los poetas?

-Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco o nada.

-Para escribir, por otra parte -añadía doña Ana-, alguna obra en prosa o en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí que en la corte.

-En eso no cabe duda -tenía que contestar el doctor Faustino.

-Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones a tu anciana y cariñosa madre.

El doctor se dejaba convencer a fuerza de ruegos y caricias. Reconocía que, de irse, se exponía a consumir en cinco o seis meses todo su miserable caudal, quedándose luego a pedir limosna. Bajaba la cabeza y sonreía melancólicamente.

Cuando estaba solo decía entre sí:

-Vamos, ¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!

La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:

-Este hijo mío (no me engaña el amor de madre), es hermoso de alma y de cuerpo, elegante, gallardo: parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir, como no sea para ser su propio tormento.


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- III - Plan de doña Ana[editar]

Un año hacía que el doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba en ir a Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi de diario, con variaciones y amplificaciones, pero con la misma substancia, se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el capítulo anterior.

La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas doctorales, el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo propio. Ni siquiera de majo se vestía el doctor Faustino. No veía a nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su persona; y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y en el invierno envuelto en su capa.

Era el doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.

Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más fantasía, valiéndonos de los términos mismos de lugar.

El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy rico con su profesión y dando dinero a premio. Rosita y Ramoncita, sus dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto entono y autoridad, que, más tarde, cuando llegó a establecerse la guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dio a Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta ahora son designadas.

Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado doctor. Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y, en vista de lo poco o nada que le valía el haber estudiado ambos derechos, le llamaban también el abogado Peperri.

El doctor no aparecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza, sino que daba largos paseos a pie por los andurriales y vericuetos más solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón, desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era aquel cerro tan estéril y pedregoso que sólo producía algunas matas ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres, que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y de un solo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo multitud de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al doctor, llamándole el conde de las Esparragueras de la Atalaya.

No faltaba quien informase al doctor de todas estas burlas; pero el doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las Civiles con una sonrisa; sin dignarse siquiera tomar represalias y decir alguna burla contra ellas.

El doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un fin práctico.

En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el doctor lo sabía todo, o sea de que la ciencia humana era vanidad, y de que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se hallaba entonces. Soñaba, pues, el doctor con entrar en relaciones con los espíritus. Si él llegaba a conseguir esto, lo mismo le daba vivir en Villabermeja que en París o en Londres; desistía del empeño de ir a Madrid.

Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de veinte y tantos años hablaban poderosamente al corazón del doctor, y le excitaban a ir a Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitase sus versos, que ya serían excelentes, o cuando pronunciase un discurso mejor que los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado a un caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían con viveza a su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia de dinero derribaba tales castillos en el aire. El doctor se juzgaba más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la plebeya inopia. El doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las décimas de

Apurar, cielos, pretendo.


-¡Qué lástima -pensaba doña Ana-, que este hijo mío no logre vencer sus sueños de ambición y no se resigne a vivir a mi lado! ¿Dónde hallará quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que entre estos fieles y antiguos servidores de su casa y aun entre todos los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: -«Vaya su merced con Dios, nostramo». «Dios bendiga a su merced, señorito»-. Un dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros», pronunciado aquí por mi hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte a componer en Madrid.

-Además, ¿qué le falta aquí a mi hijo? -seguía cavilando doña Ana.

Y en verdad que, en cierto modo le sobraba razón.

La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era por dentro espaciosa y cómoda.

Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El doctor, con toda independencia, en el piso bajo.

Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal, cubiertos de cuero labrado o guadamaciles, y exornados con tachuelas de bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y vasos de China.

Más en lo interior había otra sala, sin más muebles que un tablado para tirar al sable y al florete, y un trapecio para hacer ejercicios gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo, floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes o manoplas, y en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón con asideros para levantarlas a pulso.

La biblioteca y el gabinete de estudio del doctor ocupaban otra tercera sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la educación de doña Ana, o adquirió ella del clérigo francés, era como el contraveneno de los libros del comendador Mendoza. Allí estaban las refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban El hombre feliz, el Eusebio y El Evangelio en triunfo. Había en otro lado algunos libros de la carrera del doctor y grande abundancia de libros antiguos, castizos españoles, desde las Epístolas familiares del obispo de Mondoñedo hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban la biblioteca todas las obras de medicina, química y otras ciencias naturales, que el doctor Faustino había comprado a la viuda de un médico muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar el año de 1834.

En la alcoba donde dormía el doctor, había otro estante que contenía a los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y Arolas.

Pero aún había otro cuarto en que el doctor permanecía más, sobre todo en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores, no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina o chimenea de campana, en cuyo fogón podía arder y ardía con frecuencia medio olivo, mucha pasta de orujo y gavillas enteras de secos sarmientos.

La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del muro más de una vara, y daba lugar, a un lado y otro, a dos rincones cómodos donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba el doctor horas y horas escribiendo, leyendo o meditando. En la pared había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos palitroques, que también salían o más bien se apartaban de la pared, de modo que el doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre la mesa los papeles, el tintero y los libros.

En el sillón de enfrente solía venir a sentarse doña Ana para conversar con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones, acababan a veces de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos traseros en torno del hogar.

No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.

Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el doctor en ir a Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y anchura?

En cuanto al regalo del pico, poco o nada tenía que envidiar tampoco, a pesar de su pobreza. Sin ir al mercado había en casa de todo, merced a la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega, exquisitos jamones, morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil artículos de matanza, condimentado todo por doña Ana; un palomar de palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería que rendían tributo de miel olorosa; frutas a manta; y un corral lleno de conejos, gallinas, pavos y patos, que se alimentaban con las aechaduras del trigo y otras semillas.

Todo esto, a pesar de las deudas y miserias de la casa, podía sostenerse aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de doña Ana, que no había cosa de que no cuidase.

Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel o tohalla, que no se zurciese y durase con notable aseo.

Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden, sahumada con alhucema.

El doctor Faustino, sin embargo, quería irse a buscar aventuras.

Todo un invierno estuvo meditando doña Ana. Luego escribió varias cartas y sostuvo una correspondencia, sin decir nada a su hijo. Al cabo, una noche, cuando ya había llegado la primavera, estando madre e hijo a solas, en el salón de los sillones antiguos, de los retratos y del árbol genealógico, doña Ana se explicó de esta suerte:

-Estáme atento, hijo mío, pues voy a hablarte de un asunto de suma importancia.

El doctor prestó la atención más respetuosa; y, sentados ambos en un ángulo de la gran sala, prosiguió hablando la madre:

-Harto advierto y deploro que eres infeliz con esta vida que llevas. Aquí hay tranquilidad y algún bienestar; pero te faltan objetos que satisfagan tu ambición, tu sed de gloria y hasta tu amor. No me quejo de ti porque quieras abandonarme e irte a Madrid. Nada más natural. Pero tú mismo convienes en que sería demencia irte a Madrid sin un real como se va cualquier aventurero. Dicen en este lugar que la pobreza no es deshonra, pero es ramo de picardía, con lo cual enseñan que la dura necesidad obliga a veces hasta a los hidalgos y bien nacidos a hacer bajezas en que yo no quisiera que incurrieses nunca. Por eso he buscado un medio de que vayas a Madrid sin exponerte a vivir allí como un perdido o sin acabar de arruinarte.

-¿Y cuál es ese medio? -preguntó el doctor Faustino todo alborotado.

-Voy a decírtelo -contestó la madre-. Ya sabes que en la ciudad de... distante de aquí catorce leguas, vive mi prima queridísima, doña Araceli de Bobadilla. Aunque tiene más de sesenta años, la siguen llamando la niña Bobadilla, porque nunca ha querido casarse, no habiendo hallado sujeto de su condición en quien emplear su voluntad y a quien dar su mano. Tu tía Araceli vive con bastante desahogo en una hermosa casa. En su pueblo va a haber bailes, toros y otras diversiones con motivo de la feria, que será dentro de una semana, y Araceli te convida a que vayas a su casa a ver la feria y a pasar el tiempo que quieras.

-¿Y qué voy ganando yo con ver la feria y estar de huésped en casa de la niña Bobadilla?

-A eso voy. Ten calma, que todo se andará. La niña Bobadilla tiene un hermano llamado D. Alonso, poseedor de un riquísimo mayorazgo, y más rico aún que por el mayorazgo, por su buen tino y mejor suerte como labrador de varios cortijos y criador de ganado lanar y vacuno. Vive D. Alonso en la misma ciudad que Araceli, está viudo quince años ha, y tiene una hija de diez y ocho cuyo nombre es Costanza, de cuya hermosura y discreción no hay encarecimiento que no se oiga, y en elogio de cuya virtud, recato y buena crianza, se hacen lenguas los más descontentadizos.

-Vamos, ¿y qué? -interrumpió el doctor.

-¿Para qué andar con rodeos? Yo he tratado de tu casamiento con esta señorita. Su padre la adora y tiene millones.

-Madre, ¿quiere Vd. hacer de mí un Coburgo?

-¿Y por qué no, hijo de mis entrañas? Tú tomarás dinero como quien toma alas para volar; pero volarás luego, y encumbrarás tan alto a tu mujer, que no le pesará de haberte dado las alas. Ella te conoce ya por el retrato en miniatura, en que estás tan guapo, con la muceta y el bonete de doctor; y mi prima Araceli, que le ha enseñado el retrato, me dice en sus cartas que has gustado mucho a Costancita.

-Me alegro, mamá, me alegro; pero yo no sé aún si ella me gustará o me disgustará.

-Para eso han de ser las vistas, hijo mío. Nadie te pone un puñal en el pecho. Nada hay concertado aún. Posible es que D. Alonso sepa algo del proyectillo; pero ha de aparecer como que no sabe nada. Ni tú ni Costancita os habéis comprometido. Os veréis, os trataréis, y si no os agradáis, en paz: no hay nada perdido.

-El tiempo y la fatiga y los gastos del viaje... -dijo el doctor-. Mejor será desistir y que yo no vaya.

-Yo he prometido ya que irás y no me dejarás fea.

-No, mamá; si Vd. lo ha prometido, no habrá más que ir.

-Sí, Faustinito. Mira, me da el corazón que te vas a enamorar como un bobo de mi señora doña Costanza. De ella no digo nada, porque, según Araceli, está ya hecha un volcán desde que contempló tu retrato. Pronostico que habrán de hacerse las bodas.

-Si Costancita me parece bien y es tan rica, nos resignaremos.

Dada la venia por el doctor Faustino, doña Ana desplegó, durante cuatro días, toda su actividad en los preparativos del viaje. Echó e hizo echar cuellos y puños nuevos a algunas camisas del doctor que estaban algo estropeadas; examinó las levitas y fraques de Caracuel y halló que por fortuna no habían sido injuriados por la polilla; y en el mejor de los dos vestidos de majo hizo varias reformas indispensables.

La víspera de la partida tuvo doña Ana una larga y acalorada discusión con su hijo, empeñada ella en que llevase los dos uniformes de maestrante y oficial de lanceros, y D. Faustino en que no los había de llevar.

Al fin triunfó el parecer de doña Ana. El uniforme de maestrante luciría mucho en un baile de gran etiqueta que se anunciaba. Y en cuanto al otro uniforme ¿qué duda tiene que parecería bien y rebién, llevándole D. Faustino a la feria y corriendo al estribo del birlocho de doña Costanza de Bobadilla, caballero en la jaca castaña, con su portapliegos lustroso, sus plumas blancas y su chascá polaco? Lo único que consintió doña Ana que no fuese a la expedición fue la lanza, porque al cabo no iba a haber formación ni cargas de caballería, y parecería ya demasiado belicoso el llevarla. Doña Ana, no obstante, sintió que Costancita no viese a su hijo hacer el molinete, como enredando en sus raudos círculos las balas y la metralla. Doña Ana decía que entonces se asemejaba su hijo a Diego de León.

Como en la ciudad, a donde iba el doctor Faustino, no había Universidad, ni salón de grados o paraninfo, hubo de desperdiciarse también otro medio de seducción, y no se embaularon la muceta, el bonete, la borla y demás insignias doctorales.

Por último, llegó el día de la partida. Madre e hijo se abrazaron cariñosamente. El doctor Faustino con traje de campo, zahones, faja y marsellé, montó en su jaca castaña, enjaezada con aparejo redondo, lleno de flecos de seda, y dos retacos. Respetilla, como escudero, le seguía en un mulo tordo, y con vestidura parecida, aunque más pobre. Después cerraba la marcha otro criado, nada menos que con tres mulos de reata, donde iban el equipaje del señorito y no pocos presentes que había dispuesto doña Ana para obsequiar a doña Araceli y la misma doña Costanza. Allí les enviaba piñonate, alfajores, hojaldres, gajorros, arrope de varias clases en canjilones tapados con corcho y yeso, gachas de mosto, empanadas de boquerones, carne de membrillo y otros mil regalos de repostería, por donde es celebrada en todas partes la gente de Villabermeja.

La expedición salió muy de mañana del lugar; pero no tanto que las Civiles, que eran tan ventaneras como madrugadoras, no estuviesen ya atisbando detrás de la celosía. El doctor Faustino y todo su séquito tuvieron que pasar forzosamente por delante de la casa del escribano.

-Oye, Rosita -dijo Ramona, al ver pasar al doctor-, ¿a dónde irá el conde de las Esparragueras?

-A conquistar algunas tierras más fértiles y que produzcan más ochavos -contestó Rosita.

El doctor oyó el chiste de aquellas desvergonzadas y se puso rojo como una amapola. Pensó que sabían que iba a hacer el papel de Coburgo y que por eso se mofaban; pero las Civiles no sabían a dónde iba el doctor Faustino.


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- IV - Doña Costanza de Bobadilla[editar]

Las catorce leguas que separaban al doctor Faustino de la casa de su tía doña Araceli fueron quedando atrás, sin que ocurriese nada memorable.

La caravana o pompa novial paró aquella noche en una venta que distaba nueve leguas de Villabermeja. Allí cenaron pollos con arroz y pimientos, que parecieron exquisitos después de jornada tan fatigosa, y sardinas fresquísimas, que les vendió un arriero que venía de Málaga y que se albergó por dicha bajo el mismo techo. Las sardinas, asadas sobre las brasas, estaban sabrosas de veras, y fueron un gran incentivo y despertador de la sed. El doctor, su escudero Respetilla, el mozo de los mulos y hasta el arriero vendedor de las sardinas, a quien convidaron a cenar, comieron patriarcalmente en la misma mesa y empinaron bien el codo, dando un millón de besos a la bota del doctor. Luego durmieron como bienaventurados, sobre unas haldas que rellenaron de paja, sirviendo de almohadas los aparejos de las bestias.

Antes de que clarease, ya estaban de punta el señorito y sus dos criados. Estos, a pesar de las libaciones de la noche anterior, mataron el gusanillo con aguardiente de anís doble, y el señorito tomó una jícara de chocolate.

Vaciadas las haldas en el pajar, pagada la cuenta y aparejadas las caballerías, se pusieron de nuevo en camino, cuando ya las estrellas se habían desvanecido y perdido todas en la blanca e incierta luz del alba, brillando sólo en la celeste bóveda el lucero miguero.

Era una hermosa mañana de primavera. Golondrinas, jilgueros y ruiseñores cantaban. El ambiente diáfano, el vientecillo lleno de frescura y la rosada luz que iba asomando por el oriente, alegraban el corazón.

El doctor se sentía menos melancólico que de costumbre.

Como gente que va a caballo y picando mucho porque tiene mucho que andar, la caravana se salía del camino más trillado e iba buscando las trochas, ya cortando por unos olivares, ya tomando veredas y atajos por medio de cortijos y dehesas, ya siguiendo por la orilla de algún arroyo o trepando por algún cerro.

Respetilla era admirable para guiar en un camino y se puso delante. El doctor Faustino le seguía. Detrás arreaba el mozo, con el equipaje y los presentes en los tres mulos de reata.

Tan embelesado y distraído iba el doctor que ni se daba cuenta de lo que pensaba.

El sol salió. Anduvieron más de un par de leguas. Eran las nueve del día.

Sólo entonces recordó el doctor, o dígase volvió en sí, y bajó de los espacios etéreos para pedir de almorzar.

-Un poco más allá hay una fuentecilla que tiene un agua muy buena, y sombra; allí almorzaremos, si quiere su merced -dijo Respetilla.

En efecto, no tardaron en llegar a la fuente. Se apearon, se sentaron sobre la yerba, bajo una corpulenta encina, y almorzaron de un buen repuesto de carnero fiambre, huevos duros y jamón en dulce, que en las alforjas traían. La bota, aunque colosal, harto enflaquecida ya con el jaleo de la noche anterior, acabó de quedar enjuta, pegadas una con otra las dos caras interiores de la corambre.

Cierto que para decir que el doctor y su séquito caminaron, durmieron, cenaron y almorzaron, tal vez censure el lector que yo me detenga, y tal vez afirme además que lo mejor sería que diese ya el viaje por terminado, trasladándome con mi héroe a casa de doña Araceli; pero yo diré al lector para disculparme, que el doctor Faustino, después de haber almorzado, y prosiguiendo su viaje en la misma forma, y acercándose ya a la ciudad, donde tal vez iba a contraer un compromiso que influyese en gran manera en su suerte y vida, tuvo una meditación o soliloquio tan esencial y transcendental, que no puedo menos de ponerle aquí en compendio y resumen. Para ello, como para todo, me valdré de las noticias circunstanciadísimas, y hasta prolijas, que me suministró D. Juan Fresco, las cuales fueron tantas, que yo, lejos de ampliar la historia con invenciones mías, lo que hago es encerrar cuanto en ella se contiene en las menos frases que puedo, pues no me agrada ser difuso.

Importa, no obstante, decir cuatro palabras sobre un punto que aún no hemos tocado. Algo entrevé ya el lector de las cualidades morales e intelectuales del doctor Faustino; pero nada sabe aún de su aspecto y fisonomía.

El doctor era alto, delgado aunque robusto, y rubio, no ya tirando a rojo su cabello, como suele por lo común el de los bermejinos, sino más bien de un rubio pálido. A pesar de ser aquella época la del más frenético romanticismo, no se había dejado crecer la melena, si bien no estaba tan corto su pelo que no se pudiesen ver y admirar los rizos naturales en que se ensortijaba, siendo a la vez suave como la seda. Lucía, pues, en el doctor, en grado elevadísimo, una de las cualidades con que distinguen más los etnógrafos a la raza aria: era euplocamo por excelencia. La patilla, rubia también como el oro, era bastante poblada, y el bigote, que sin duda no se había afeitado nunca, tan delicado como el bozo. El doctor tenía la frente despejada y serena, las mejillas sonrosadas, la nariz un poquito aguileña y la boca chica y con buena dentadura. Su tez era blanca y transparente como la de una dama, y los ojos grandes, azules y llenos de dulzura melancólica. En suma, nuestro héroe merecía en cualquiera parte la calificación de guapo mozo, si bien un tanto desgarbado. A caballo estaba bien; pero más que señorito de la tierra, parecía un inglés que se había disfrazado, vistiéndose a la moda de Andalucía. Esta última calidad había de favorecerle, porque parecer andaluz entre andaluces no hace sobresalir a nadie, mientras que toda la traza del doctor tenía algo de extraño y peregrino, que es lo que más atrae y encanta a las mujeres.

Meditando, pues, el doctor, mientras caminaba, iba diciendo entre sí de esta manera:

-Por complacer a mi madre he acometido una empresa que por mi propio consejo e iniciativa no hubiera yo acometido jamás. ¿Qué voy a ofrecer a doña Costanza de Bobadilla, si gusto de ella, si ella gusta de mí, y llega el caso de pedirla en matrimonio? Mi casa solariega del lugar y unas cuantas fincas, cuyos productos se consumen en pagar los intereses del capital en que están empeñadas. Todo esto es ridículo. Valiera más no tener nada que tener esto. Lo ilustre de mi nombre no importa para ella, que es tan ilustre como yo. Además, en España apenas hay nadie que no sea ilustre. En cuanto alguien tiene dinero y da valor a estas vanidades, prueba que desciende del rey Wamba si se le antoja. Si yo tuviese un título, aunque fuera el de conde de las Esparragueras, que me han dado las hijas del escribano, ya sería otra cosa; ya habría algo que ofrecer. Siempre tiene vivo aliciente para una muchacha el pensar que la van a llamar condesa y que en las tarjetas va a poder escribir La condesa de tal. Es cierto que yo tengo el título de doctor y el de alcaide perpetuo; pero no se estila que el esposo transmita estos títulos a la esposa por legítima que sea. Doña Costanza de Bobadilla, si llegase a ser mi mujer, no podría escribir en las tarjetas: La doctora y alcaldesa perpetua de la fortaleza y castillo de Villabermeja. Vamos... está visto; yo no tengo que ofrecer sino esperanzas. Pero si Costancita las acepta por buenas y me da en cambio su corazón, su mano y cinco o seis mil duros de renta, que dicen que puede y quiere darle su padre, ¿por qué no aceptarlo todo? Además de tener por marido a un joven de mis prendas, el dinero que dé a Costancita su padre será como dado a usura o más bien como puesto en una aparcería en que pongo yo el saber, el ingenio y el trabajo.

Aquí se encumbraba la meditación, pero con tal rapidez que no es fácil seguirla y menos encerrarla dentro de un lenguaje hablado o escrito. El doctor, ora se veía coronado en el Liceo de Madrid, después de haber leído una fantasía o un poema oriental; ora salía a la escena en el teatro del Príncipe, donde acababa de representarse un portentoso drama suyo; ora estaba despachando o dando audiencia en la silla ministerial; ora venían a pedirle albricias sus numerosos amigos porque la reina tenía a bien concederle el título de duque, libre de lanzas y medias annatas, en pago de sus relevantes servicios; ora llegaba a París de embajador, y el rey Luis Felipe y toda su corte se quedaban encantados de su mucha discreción y finura; y ora inventaba un nuevo sistema de filosofía, para que informase todas las demás ciencias secundarias, creando así la ciencia primera, una y toda, con general asombro y contentamiento de los nacidos.

Estos triunfos y otros mil, que pasaban refulgentes, arrebatadores, estruendosos, ricos en color, llenos de armonía y de belleza, por la mente entusiasta, se tocaban con la mano, tomaban cuerpo, se iban a realizar, una vez dueño el doctor Faustino de los cinco o seis mil duros de renta de doña Costanza de Bobadilla.

-Pero no -proseguía el doctor-, no me casaré con doña Costanza, si no me enamora, o al menos si no tiene talento y hermosura, por donde la gente llegue a presumir que pude enamorarme de ella, aunque no sea tal el caso. No me casaré, aunque pierda y desbarate todos mis ensueños.

El doctor se decía esto, porque los hombres nos complacemos en engañarnos a nosotros mismos, poniéndonos en trances apurados, que no existen, y saliendo de ellos de un modo heroico. ¿Quién no se ha fingido alguna vez que le acometen seis o siete enemigos y que él les hace cara y los vence y aterra? Y con todo, si los seis o siete, o tal vez si uno solo le acomete de verdad, es probable que ponga pies en polvorosa. ¿Cuántas costurerillas y cuántas fregatrices no dan por seguro en el fondo del alma, que ni el propio Fúcar las seduciría, aunque les ofreciese el oro y el moro? Y sin embargo, sabe Dios con cuán ligero empuje suele luego el interés derribar su entereza.

El doctor no ignoraba que doña Costanza era bonita, y, por consiguiente, no había para qué hacer del heroico y del desprendido, diciendo que no se casaría con ella, si no fuese bonita. Pero esto, que llaman ahora darse charol no es sólo para deslumbrar a los otros, sino para deslumbrarnos y deleitarnos en nuestras propias perfecciones.

Verdad es que el soliloquio del doctor era más candoroso, era profundamente sincero y noble, cuando continuaba:

-¿Y si Costancita no me quiere? ¿Y si me halla poco ameno, encogido y sin chiste? ¿Y si no comprende el valor de mi alma? ¿Y si no cree en mi porvenir, como yo creo? ¿Y si, a pesar de su falta de fe en mí, y de sus desdenes, soy yo quien me enamoro de ella? Entonces será menester matarla. Pero ¿qué culpa adquiere, si no le caigo en gracia? ¿Por qué, no digo matar, pero ni tan sólo odiar a una mujer que nos desdeña? En este último caso desesperado, ya sé lo que debo hacer. Desoiré los consejos de mi madre: me iré a Madrid sin recursos, a la ventura; lucharé; no reposaré hasta ganar dinero, posición y nombradía; hasta probar a doña Costanza que soy digno y más que digno de ella; que no necesito de su dinero para elevarme; que mis ensueños de ambición no son vanos. Casi estoy por irme ya a Madrid derechito, y entrar por la puerta de Toledo con todo este aparato y estruendo de mulos, y con los alfajores, el piñonate y demás presentes, que no faltará allí quien se los coma.

El doctor, no obstante, seguía caminando en pos de Respetilla, hacia el pueblo y casa de su tía doña Araceli, sin poner la proa hacia Madrid sino por un instante y con la imaginación sólo.

-Eso sí -añadía-, si doña Costanza no me ama y yo la amo, me siento capaz de algo más grande y poético que lo que hizo Marcilla por Isabel. Aquél fue por esos mundos, para ganar la mano de su amada. Yo iré por esos mundos, a dar razón de quién soy, a llenarlos de mi gloria, y a ganar al cabo el desdeñoso corazón de Costancita. Si ahora no me amase, oscuro y desconocido ¿cómo no había de amarme y aun de idolatrarme cuando me viese descollar entre la multitud con la frente ceñida en oro y lauro, y grabado mi nombre, con indelebles y gruesas letras, en las páginas de la historia?

Tomando este giro la meditación, el doctor se representaba tan a lo vivo que amaba ya a Costancita y que no era amado de ella, que empezó a suspirar con furia, como si se hubiese puesto enfermo. Respetilla iba muy adelante y no le oyó, que si no se hubiera asustado.

En esto llegaron todos a un visillo, y desde allí descubrieron la ciudad a donde iban a parar. Blancas eran las casas por el mucho enjalbiego y con grandes patios, desde cuyo centro se alzaban las verdes copas de naranjos, acacias, adelfas, azofaifos y cipreses. Un riachuelo, que corre por delante de la ciudad, regaba no pocas huertas en una fértil llanura que se extendía a los pies de los viajeros.

A la bajada del cerrillo, tomaron éstos la carretera, saliendo de la vereda o camino de herradura.

Diez minutos más tarde se divisó una nubecilla blanca sobre la carretera. Después, un bulto que se movía.

Respetilla, con vista de águila, lo advirtió y reconoció todo, y volviendo riendas vino hacia su amo gritando:

-Señorito, señorito, ahí vienen a recibir a su merced. Ese es el birlocho del Sr. D. Alonso.

No se había engañado Respetilla. Ya se estaba oyendo el sonar de los cascabeles y campanillas de plata que adornaban los pretales y colleras de los lindos caballos negros que tiraban del birlocho.

El doctor se gallardeó sobre el aparejo redondo, se limpió el polvo con el pañuelo, se ladeó el sombrero con donaire y puso espuelas a la jaca, que llegó pronto cerca del coche, haciendo mil escarceos.

El birlocho se paró entonces, y el doctor pudo ver a dos damas que en él venían.

La una era vieja y seca como una pasa, pero con ojos muy vivos y semblante bondadoso y alegre. Vestía de negro y traía en la cabeza una papalina con moños morados.

La otra era menudita, pero graciosa. Negro el cabello como la endrina y más negros los ojos. Los labios como el carmín: sonriendo siempre y dejando ver unos dientes blanquísimos e iguales. La nariz caprichosamente respingada, lo cual daba a su rostro cierto aire atrevido, burlón y de malicia infantil. La tez, fresca, limpia y brotando salud y juventud. El color, trigueño. El talle flexible, no como una palma, sino como una culebra. Y por último, todo lo que de las formas podía revelarse, presumirse o conjeturarse, artística y sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones, según las reglas del arte, y en consonancia con la edad de diez y ocho años y la condición de señorita principal y cuidadosa de su persona y no de descuidada aldeana.

Vestía la dama gentil un traje de seda de color de lila, y en la cabeza no llevaba más tocado que sus negros cabellos ni más adorno que seis o siete rosas, alternando con la clara púrpura de sus pétalos la alegre verdura de varias hojas de tallo.

Ambas señoras conocían al doctor por el retrato, y no había miedo de equivocarse. Así es que doña Araceli, pues no era otra la viejecita que venía en el birlocho, exclamó apenas se acercó al doctor:

-Buenos días, sobrino; bien venido seas.

-Bien venido, señor primito -dijo doña Costanza.

El doctor saludó con la mayor cordialidad. Bajó del caballo y dio un abrazo muy cariñoso a su tía, y a la primita un apretón de manos, advirtiendo, a pesar del guante, que la mano de la primita era pequeña y los dedos largos, afilados y aristocráticos, y no aporretadillos y plebeyos.

-Mira, sobrino -dijo doña Araceli-, yo he querido salir a recibirte, y he pedido prestado el birlocho a Costancita, que ha tenido la bondad de acompañarme. Tu tío Alonso no ha podido venir, porque anda afanadísimo apartando el ganado que quiere presentar y vender en la feria; pero no te puedes quejar cuando viene en cambio su hija.

El doctor se deshizo en cumplimientos, y hasta formuló algunas frases bonitas a pesar de que estaba cortado y de que naturalmente era algo tímido.

Costancita llamó lisonjero a su primo, y se puso colorada.

-Oye, sobrino -dijo doña Araceli-, ¿quieres creer que Costancita tenía miedo de verte y hablarte, figurándose que estabas siempre de doctor, tan serio como en el retrato, y temerosa de cometer alguna falta de prosodia o de soltar una patochada? Ahora que te ve de majo, me parece que ya no se asusta.

-Siempre me asusto, tía... ¡Y qué cosas dice usted! ¡Válgame Dios! ¿Cómo había yo de creer que mi primo viniese a caballo, vestido de doctor, con su muceta, borla y bonete? ¡Vamos, no me haga Vd. tan simple! Lo que yo creía es que mi primo es muy entendido e instruido, esté o no con el traje doctoral, y que quizás me tuviese en menos cuando notase lo ignorante que soy. No... y lo que es este miedo no se me ha quitado todavía.

El doctor volvió a deshacerse en cumplidos, alambicando mucho y devanándose los sesos para demostrar, en lenguaje corriente, sin aparato ni términos científicos, que la mujer todo lo sabe y penetra por intuición, aunque nada estudie, y que en la cara y en los ojos de su prima se columbraba y traslucía más ciencia que en Aristóteles, en Platón y en Santo Tomás de Aquino.

Ya había demostrado el doctor dicha tesis por dos métodos distintos, e iba a demostrarla por el tercero, cuando le interrumpió doña Araceli, diciéndole que sin duda vendría cansado, y que cabalgase de nuevo, a fin de llegar pronto a su casa, donde podría reposarse.

El doctor montó otra vez a caballo; y trotando al estribo del birlocho, del lado en que iba su prima unas veces, y otras por cortesía del lado de la vieja, llegó con ellas a la ciudad y a la casa de doña Araceli.

En los veinte minutos que duró este dulce complemento del viaje, el doctor lanzó veinte mil miradas incendiarias a su prima: a millar de miradas por minuto.

Constancita recibió el bombardeo de un modo delicioso, aunque difícil de explicar. Ya parecía que penetraba toda la intensidad y significación de aquellas miradas y bajaba la suya con un pudor lleno de agüeros dichosos: ya que en su inocencia no consideraba aquellas miradas sino como muestras del cariño propio de parientes y las pagaba con otras miradas de afecto puro y sin pasión de amor; ya se reía, con risa sonora y franca, como si la provocase a reír el súbito y volcánico enamoramiento del primo; ya, por último, lanzaba ella también, de vez en cuando, alguna mirada tan semejante a la del doctor, que no parecía sino que era la misma, que volvía a él de rechazo, haciéndose mil y mil veces más bella al reflejar en los negros ojos de Costancita.

El doctor llegó algo mareado a la puerta de la casa de doña Araceli. Todo se le volvía cavilar si doña Costanza era un angelito o un diablito: pero, angelito o diablito, siempre le hechizaba.

Se apeó el doctor de su caballo, que tomó de la brida un criado para llevarle a la caballeriza, y dio la mano a doña Araceli para bajar del birlocho. Apenas bajó doña Araceli, acudió el doctor a dar la mano a Costancita para que bajase también.

-No, primito. Yo no bajo; me voy a casa. Adiós, primito. Adiós, tía.

Y diciendo -¡a casa!- al cochero, se fue doña Costanza, dejando al doctor tan embobado, siguiéndola con los ojos hasta que la perdió de vista. Ella volvió la cara dos o tres veces, antes de desaparecer, y al ir a pasar la esquina disparó la última mirada, que por la distancia no pudo ya el doctor distinguir de qué clase era.


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- V - Primera impresión[editar]

Doña Araceli instaló al doctor en un cuarto muy alegre y bonito, con balcón a un patio interior, cuyos muros estaban entapizados con las siempre verdes y frondosas ramas de varios naranjos y limoneros, y en cuyo centro se alzaba un surtidor de agua cristalina, derramándose en una taza de mármol con peces colorados. Todo alrededor se veían arriates con flores. Su aroma y el apacible murmullo de la fuente lisonjeaban a la vez olfato y oído.

En el cuarto había cama, sillas, tocador, sofá y mesa de escribir: todo limpio y bueno.

Allí dijo al doctor el ama de la casa que podría descansar un rato, hasta las tres de la tarde, hora de la comida.

Luego le dejó entregado a sus propias reflexiones.

Faltaba poco tiempo para las tres, y el doctor no tenía gana de descanso. Púsose, pues, a pasear y a hacer examen de conciencia.

Hombres hay que la tienen clara, y otros que la tienen confusa. La del doctor era de la última clase. No quiere decir esto que viese menos y peor que otros en el fondo de su alma. Tal vez nace la confusión de la conciencia de ver demasiado. Los que no ven más que aquello que les conviene, agrada o adula, lo ven o creen verlo con gran claridad. Los que ven también lo que los contraría, vacilan y se enredan. El pro y el contra de sus propias acciones y un tropel tumultuoso de encontrados sentimientos y propósitos, pelean sin tregua allá dentro.

Con la misma obscuridad y contradicción que se veía el doctor a sí propio veía los demás objetos que venían a pintarse en su interior sentido.

La primera duda que se proponía el doctor era la siguiente:

-¿En qué concepto tendré a mi prima?

Ya estaba cierto de que era bonita, elegante y discreta: pero no sabía si era buena o mala.

Lo que no quería creer es que fuese medio mala o medio buena. O había de ser Costancita un breve cielo o un resumen y amasijo de todos los diablos. Propenso el doctor a exagerar las cosas, apasionado y romántico, decía de Costancita:

-¡Ella será mi salvación o mi perdición, mi infierno o mi gloria, mi Tabor o mi Calvario!

Claro está que Costancita no le era indiferente: que casi estaba ya enamorado de ella. Después se preguntaba:

-¿Y ella... pagará mi amor? ¿Será capaz de pagarle? ¿Será capaz de comprenderle siquiera?

Procedamos con método.

Este mismo amor, elevado, difícil de comprender, cuya magnificencia tal vez no cabe en el angosto cerebro del vulgo de las mujeres, ¿le sentía ya o no le sentía el doctor por doña Costanza?

El doctor no sabía qué responder a esto, como no sabía qué responder a casi nada, a fuerza de saberlo todo.

Amaba o no amaba a Costancita, según lo que por amor se entendiese. Y como él se daba una multitud de definiciones del amor, resultaba que unas veces la amaba y otras veces no la amaba.

Si la quería con el fervor de la mocedad, viéndola linda, fresca, aseada, elegante, algo coqueta, consideraba que podría amar sucesiva o simultáneamente a otras muchachas como se presentasen a sus ojos adornadas de los mismos requisitos.

-El amor -añadía-, es exclusivo: luego no amo a mi prima con verdadero amor.

¿Amaba a su prima porque en su rostro, en sus ojos, en su sonrisa, había creído descifrar y traslucir un espíritu simpático con el suyo, lleno de inteligencia, de pasión y de vida? El doctor recelaba que iba ya amándola así, y entonces concedía, no que la amaba como se ama a la mujer en general, sino con el exclusivismo propio del verdadero amor; con predilección al menos. A poco que hiciera la primita, el doctor se consideraba preso en sus redes.

Pero en este amor repentino, ¿no podría intervenir por mucho el interés? ¿no podría parecerse su amor al del profeta Elías hacia el cuervo? El doctor despojaba entonces mentalmente a su prima de la renta que debía darle su padre y de las esperanzas de una pingüe herencia. Con este despojo algo se sutilizaba y se esfumaba el amor; pero no se evaporaba ni desvanecía. Aún quedaba en el alma su figura, si bien menos determinados los contornos. Sentía el doctor que, prescindiendo de la conveniencia, importaba poner otras condiciones más poéticas que le acabasen de decidir; era menester que el dibujo de su amor se concluyese y determinase con líneas más puras, pero al cabo con otras líneas.

El amor propio, la vanidad, ¿no podría ser en este caso estímulo y fundamento del amor? El doctor se confesaba que sí. Pero, ¿qué amor, nacido en corazón humano e inspirado por un objeto, humano también, finito y perecedero, hace su primera aparición, limpio de toda mezcla de otros sentimientos más vulgares? El oro del amor rara vez sale de sus ocultos mineros sin estar en liga con metales de más baja ley. Sólo el fuego vivísimo, que en sí lleva, le purifica después en el crisol del alma, donde, si el alma tiene la firmeza y el temple que necesita para resistir dicho fuego, acaba por resplandecer el amor puro, como oro exento de toda escoria y de superiores quilates.

Con esta comparación metalúrgica se tranquilizaba bastante el doctor, porque se estimaba en tanto y empezaba a estimar en tanto a su prima, que se afligía de que en sus relaciones con ella pudiera haber nada que no fuese poético y moralmente bello.

-¿Qué habrá pensado de mí la primita?... -era otra de sus preguntas.

Entonces sentía un noble deseo de agradar y un delicado y modesto temor de no agradar. Pero ¿esto probaba la existencia de un amor, tan sublime como el doctor lo fantaseaba? En manera alguna.

El doctor era de aquéllos que desean agradar a todo el linaje humano aunque no le amen, y ser apreciado aun de las personas a quienes menos aprecian.

Notaba él, sin embargo, que deseaba ya con más ansia agradar a la prima que agradar a cualquiera otro individuo. Sólo quedaba por cima de este deseo de agradarla, el deseo de agradar a muchos a la vez, el deseo de gloria. ¿Qué era preferible, enamorar a la muchedumbre o enamorar a la prima? ¿Llegaría a amarla de modo que hasta a la gloria la prefiriese? El doctor se quedaba perplejo en este punto. La cuestión estaba en hallar en lo profundo del alma de su prima los tesoros poéticos que él por momentos le atribuía con la imaginación generosa. Si hallaba estos tesoros, preferiría a su prima hasta a la gloria. Era indispensable que fuese tan mala o tan buena como él sonaba, ya que hasta por mala comprendía él que podría amarla de amor no vulgar.

¿Y si la primita no era ni buena ni mala, ni tonta ni discreta, sino un ser mediano? Aquí el doctor creía que no llegaría a amarla, salvo en un caso. Su prima podía tener en el metal de la voz, en la luz fulmínea de la mirada, en la armonía de las facciones, en el movimiento del cuerpo, en el aire, en el ambiente magnético de su ser, un atractivo misterioso, cuya fuerza, sin que ella la comprendiese, sedujera y encadenara a un hombre como él. Así tal vez hay demonios o genios que acuden sumisos a un conjuro, pronunciado por alguien que sabe la fórmula de memoria, si bien ignora su valor y el secreto y la razón de su eficacia. Así tal vez un músico, cantando o tocando, despierta en un alma superior, como el doctor juzgaba la suya, sentimientos y pensamientos que él ignora, que él no atina ni a concebir en su mente.

Todo esto y mil cosas más discurrió el doctor con rapidez y en forma de maraña, sin poner orden ni concierto en sus vagas imaginaciones.

Descendiendo luego a negocios más triviales, pensó en que le convenía que su prima gustase de él, para lo cual era de suma importancia no ponerse en ridículo a sus ojos, pues él entreveía ya que su prima era algo burlona.

El miedo de hacerse blanco de sus burlas crecía con el afecto. Mientras más imaginaba amarla, más miedo tenía de hacerla reír a su costa. Importa declarar aquí, a pesar de todo, y aun exponiéndonos a que nuestro héroe pierda muchas simpatías entre nuestras lectoras, si llegamos a tenerlas, que el doctor no formaba muy favorable opinión del juicio de las mujeres en general. A la más recta y acertada en sus juicios no solía darle un criterio superior al de un niño de diez años. Temblaba, no obstante, de aparecer digno de risa a los ojos de su prima.

Aunque era inocentón y casi siempre estaba en Babia, se dio a cavilar y presumir que el retrato, enviado por doña Ana a doña Araceli, con muceta, bonete y borla, había hecho reír a doña Costanza. Entonces se percataba de que el retrato estaba mal pintado, como pintado por seis duros, y de que además estaba él muy serio en el retrato.

-Vamos -decía-, mi prima imaginó que yo era un extraño pedantón de lugar: un bicho raro. Mejor... ya se habrá desengañado: ya me ha visto; ya habrá formado de mí mejor idea. De todos modos bien pronosticaba yo que el uniforme de lancero y el de maestrante no habían de cautivar a este diablo de chica. No quise disgustar a mi madre. Por eso los he traído; pero los dejaré en el fondo de los baúles y me guardaré de decir que los tengo aquí.

Tomada con brío esta resolución de no emplear los uniformes para conquistar el corazón de doña Costanza, surgía otra dificultad de mayor tamaño, si cabe.

-Y el piñonate, los gajorros y demás comestibles, que vienen de presente, ¿me estará bien entregarlos?

Aquí el doctor se acordó de aquellos versos de La gatomaquia, cuando habla el poeta del presente que Micifuf enviaba a Zapaquilda:

¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?
en fin, vio que traía
un pedazo de queso
de razonable peso,
una pata de ganso y dos ostiones.


Su presente le pareció gatuno. Lamentó su miseria. Deploró no haber traído algún brazalete de oro y diamantes, algún collar de perlas o algún rico medallón de esmeraldas y rubíes, en vez de traer empanadas de boquerones. Pero, en fin, en Villabermeja no había otras joyas mientras no se descubriesen las emparedadas por su tatarabuela la princesa india. Nemo dat quod in se non habet. Además, todo el busilis estaba en dar el arrope, las gachas de mosto y las empanadas de un modo sencillo y humilde. La mirra, el oro y el incienso de los reyes de Oriente, no fueron más gratos a la divinidad humanada que las pobres y rústicas ofrendas de los pastores.

No se serenaba el ánimo del doctor con este recuerdo evangélico. La sangre se le agolpaba a las mejillas sólo de pensar en el instante de la entrega de las empanadas y del arrope.

¿Entregaría el presente a doña Araceli de parte de su madre, salvando toda su responsabilidad? En esto podría haber falta de piedad filial y sobra de cobardía. ¿Haría que Respetilla lo diese todo buenamente a alguna criada para que ésta lo entregase a la señora? Tal arbitrio o recurso no parecía mal al pronto; pero, apenas recapacitaba el doctor, cuando le encontraba relleno de inconvenientes y preñado de peligros. Acaso las criadas, que en Andalucía suelen ser aficionadas a golosinas, se atracasen de todo, o se llevasen gran parte a sus casas, o agasajasen a sus novios con lo más apetitoso y delicado, menoscabando así la grandeza y dignidad del presente, antes de que le viese doña Araceli y fuese a encerrarle en la despensa.

Ello es que la entrega del presente dio mucho en qué pensar a D. Faustino. ¡Cuánto se arrepentía de haberle traído!

-Estuve sobrado condescendiente con mi madre -se decía, sin recordar que él mismo, dentro de Villabermeja, respirando aquellos aires, sujeto a aquellos influjos campesinos, y distante aún de la prima burlona y seductora, no había considerado con desdén o desvío el presente suculento. Ahora, por el contrario, quizás ponderaba más de lo justo su ridiculez, murmurando entre dientes:

-Costancita se va a burlar de mí. De seguro que ha visto los tres mulos de reata que venían en pos de nosotros. Sin duda que estará diciendo: ¿Qué traerán aquellos mulos? ¿Qué ocultarán aquellos serones y cofines? Tal vez repetirá, en prosa, el verso de La gatomaquia:

¿Qué gala, qué invención, qué nuevo traje?


Cruelísima carcajada va a soltar cuando su tía Araceli le envíe de mi parte gachas de mosto y arrope y empanadas de boquerones. ¡No falta más sino que yo haga la advertencia que me encargó mi madre que hiciera! Mi madre me encargó que hiciera la advertencia de que estas empanadas se toman con chocolate... Pero señor, ¿y por qué no han de tomarse con chocolate? Pues lo que es a mí me gustan. No pocas veces, a pesar de su picadillo de cebollas y tomates, me he sacado con ellas, a pulso, un par de jícaras bien hondas. Con todo, mejor hubiera sido no traer las empanadas. ¿Me callaré que he traído los comestibles y se los cederé a Respetilla para que los devore? Tampoco. ¡No, y mil veces no! Respetilla es interesado, y podría poner con ellos tienda en la feria, y hasta suponer que era por cuenta mía y que el alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja se había metido a bodegonero.

Así cavilaba y se contradecía el doctor, cuando entró Respetilla, cargado con los baúles.

-¿Dónde vienen los uniformes? -preguntó el doctor en voz baja no hiciese el diablo que le oyeran.

-En este baúl -dijo Respetilla señalando el mayor-. ¿Saco el de lancero para que su merced vaya de lancero a ver a su prima?

-No, maldito de Dios. No saques ni el de lancero, ni el de maestrante. No digas siquiera que has traído tales uniformes.

-Pues qué, ¿no le gusta a la señorita la gente de tropa?

-No, no le gusta. Guárdate bien de decir que he traído los uniformes.

-Válgame Dios -añadió Respetilla-, pues si a la señorita no le gusta la vestimenta militar, ¿por qué no trajo su merced aquellos arreos de doctor?

-Porque tampoco le gustan aquellos arreos.

-Entonces, ¿qué arreos le gustan?

-Yo no sé. Ningunos.

-Pues todo aquello de doctor es muy vistoso. ¡A fe que lo celebraron poco el cura y el médico, el día en que su merced se lo puso para que le viesen en casa!

-No digas simplicidades. Cuenta con charlar aquí. Que no sepan que yo me vestí de doctor en Villabermeja para que me viesen el médico y el cura.

-Toma... ¡y qué mal hay en eso! Y el ama Vicenta también quiso ver a su merced, y su merced se volvió a poner otro día el bonete y el ropón negro y la esclavina colorada. Por señas que el ama dijo a su merced: ¡Ay, hijo mío, qué hermoso estás así: te voy a comer a besos! ¿Quién me había de haber dicho que se criaría a mis pechos un doctor tan resalado?

-Bien, bien; pero aquí no está el ama que me crió, y como en cada tierra hay sus usos, y como esto se parece más a Granada que a nuestro lugar, conviene obrar con circunspección. Lo que en Villabermeja fue una condescendencia inocente, lícita y hasta indispensable, aquí podría pasar por una tontería. No hables a nadie tampoco del traje de doctor.

-¿Pues de qué hablo?

-De nada. De ti mismo. ¿Qué necesidad tienes de hablar de mí? Cállate.

Respetilla se calló, y su amo se lavó y vistió con pantalones, levita y chaleco.

Cuando le llamaron al comedor, y durante la comida, le dijo doña Araceli que Respetilla le había entregado el presente de su madre, al doctor se le quitó un peso de encima.

Doña Araceli, sin la menor ironía, elogió el arrope y las gachas y todo lo demás, incluso las empanadas, y dijo que había enviado gran parte a su sobrina, a quien gustaban mucho aquellas cosas.

El doctor se avergonzó entonces por un motivo contrario. Creyó que había tenido una mala vergüenza del lugar en que había nacido, del presente y hasta de su madre que le enviaba. Lo cierto es que la esencia de esto que llaman ahora cursi está en el exagerado temor de parecerlo.

Mientras que el doctor había estado pensando y haciendo cuanto queda dicho, su prima doña Costanza tenía con su padre, que acababa de llegar del campo, el siguiente coloquio:

-¡Dios te guarde, muchacha! -dijo D. Alonso, entrando en el cuarto de su hija, sin haberse aún descalzado las espuelas-. ¿Llegó por fin Faustinito, como anunciaba mi prima Ana?

-Sí, papá: llegó Faustinito.

-¿Saliste a recibirle con tu tía? ¿Le viste y le hablaste?

-Sí, papá.

D. Alonso miró atentamente a su hija, como si quisiese descubrir en la mirada el efecto que había hecho el primo.

Importa advertir aquí que D. Alonso era el padre más amoroso que puede imaginarse. Su hija le dominaba y hacía de él lo que quería. Nada amaba D. Alonso tanto en el mundo, si se exceptuaba su dinero. Su dinero y su hija eran sus dos amores, y los dos fundamentos de su desmedido orgullo. Lo mismo que se dejaba dominar por la codicia se dejaba dominar por el amor paternal. No había sacrificio que no hiciese por ganar dinero. No había capricho de su hija a que no se prestase como no hubiese que sacrificar el dinero que había ganado.

D. Alonso era brusco, censurador, enemigo de todo compromiso y de toda ligereza; pero, refunfuñando y rabiando, pasaba por todo, como se empeñase su hija.

-Siento que haya venido ese chico -dijo al cabo de un rato D. Alonso-. Te he aconsejado mil veces que no le hicieses venir; pero tú no haces caso de mis consejos. Eres loca de atar.

-¿Y qué locura hay en haberle hecho venir? ¡Vaya, papá bonito, no estés tan desabrido conmigo!

-¿Cómo que no hay locura? Mi sobrino es mi sobrino y no es ningún mono para que tú te diviertas.

-Mira, papá, ¿de dónde infieres tú que yo gusto de monos para divertirme, ni que lo sea Faustinito, ni que yo quiera divertirme con él, en mal sentido se entiende; porque, lo que es en buen sentido, él es mono, y quizás, quizás acabe por divertirme yo con él más de lo que crees? ¿Por qué no he de enamorarme de él y darle mi blanca mano?

-Aunque dice el refrán que quien habla mal de la pera es quien se la lleva, no puedo creer que hables con formalidad. Pues qué, ¿será tal el Faustino vivo que logre inspirarte amor, después de haberte dado tanto que reír en efigie? Aquí, donde nadie nos oye, confiesa que le has hecho venir por curiosidad y por gana de burlas y risas.

-Bien: ¿y qué? Lo confieso. ¿Dónde está el pecado? Figúrate que Faustinito ha venido para mi recreo durante la feria. ¿Qué hueso se le rompe? ¿Qué tormento se le da? ¿De qué soga se le ahorca? ¿A qué palabra se le falta?

-Pero hija mía, ¿no es un pecado burlarse así de un pobre muchacho? Tu tía Araceli, a quien debes heredar y que ha tomado el negocio de buena fe y por lo serio ¿no se picará, si llega a entender tu malicia?

-No papá, porque estos pecadillos míos no se los digo a nadie más que a ti, porque para ti no tengo secretos. Por otra parte, lo repito con seriedad, me he llevado chasco. No te diré que me voy a enamorar del primo: pero, al verle, no le he hallado ridículo como en el retrato. ¿Quieres creer que es guapo mozo? Y no parece tonto, ni ordinario. En fin, ya le veremos con más detención esta noche. La tía le traerá a casa de tertulia. ¡Ah! se me olvidaba. El infeliz nos ha enviado una infinidad de chucherías de su lugar, que ya he mandado poner en la despensa. Y monta bien a caballo. Y la jaca castaña que trae no es ningún jamelgo.

-¿Y qué tal se explica? -preguntó D. Alonso.

-Muy bien se explica -respondió doña Costanza.

-¡Eres muy original, hija mía; eres muy original!

-¿Y por qué soy original? ¿Qué das a entender con eso?

-Doy a entender que me haces pasar de Herodes a Pilatos. Yo no quería que nos burlásemos de Faustino y que nos indispusiésemos con la familia, y que hiciésemos una afrenta a nuestra propia sangre y casta; pero la verdad, tampoco quisiera que acabases por enamorarte de un hombre más perdido que las ratas, y que tal vez no sirva para cosa alguna, sino para comerse lo que yo te dé. Pues no creas que es mucho. La fama es mentirosa y ponderativa. En dinero y calidad, la mitad de la mitad. ¿Qué piensas tú que podré yo darte? Harto sabes lo malas que han sido en estos últimos años las cosechas de trigo y de aceituna. El Gobierno nos saca el redaño a fuerza de contribuciones. Todo se lo tragan en Madrid. Aquello es un sumidero de caudales. Vamos, ¿qué piensas tú que podré yo darte?

-¡Y qué sé yo, papá! Tú me darás cuanto yo te pida. ¿Pues qué me negarás, queriéndome tanto?

-No es que yo te niegue nada, sino que no tengo mucho. No te figures que tu papá es un Creso. Lo más que podré darte son tres mil duritos de renta. Para vivir aquí hay de sobra; pero si quieres ir a Madrid o a Sevilla, esto es poquísimo. Y no hay que contar con más en mucho tiempo. Yo estoy robusto y pienso vivir veinte años lo menos todavía.

-Ojalá me vivas mientras yo viva. Pues qué, ¿no te quiero yo con todo mi corazón?

-Sí, me quieres. Ya lo creo que me quieres: pero no eres dócil; haces cuanto disparate te pasa por la cabeza: estás demasiado mimada. En fin, no vayas a enamorarte ahora de ese descamisado de doctor Faustino.

-Entonces me burlaré de él, y afrentaré a mi familia, a mi sangre y a mi casta, y se picará la tía Araceli, a quien debo heredar.

-Pues no te burles de él tampoco.

-Mira, papá: esto he leído yo en no sé qué librote que se llama un dilema. Tiene dos términos: o burlarme o casarme. ¿Qué prefieres?

-Niega tal dilema. Conviértele en trilema o en cuatrilema. Añádele el término de no coquetear ni marear al primo y de que se vuelva sosegado y contento a su casa cuando pase la feria; o añádele el término de desengañarle suavemente, si se empeña en enamorarte, y no te burles, ni te cases.

-No me vengas con sofisterías, papá: aquí no hay más que dilema y archi-dilema: o boda o burla. ¿Sería poca burla pagar sus chucherías al pobre primo dándole calabazas enconfitadas?

Apurados todos los recursos de su dialéctica, D. Alonso se calló, reconociendo tácitamente la existencia del dilema, y dando un beso en la frente a doña Costanza.

Ella, en cambio, hizo a su padre el lazo de la corbata, le dio cuatro o seis palmaditas en el carrillo, y le acarició, por último, la calva, con una fuga de besos sonoros, mientras que le tenía asida la cabeza entre sus manos blancas y suaves.

D. Alonso, en aquel instante, se sintió tan feliz y tan amado por su hija que le hubiera dado, en vez de los tres mil, hasta cuatro mil duros de renta. Lo que no le hacía gracia era que Costancita pensase, ni de broma, en casarse con el doctor Faustino; pero se consolaba con creer que el tal proyecto no podía pasar de ser una broma y sólo temía que fuese algo pesada.


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- VI - Carta del doctor a su madre[editar]

Dos días después de la llegada del doctor a casa de doña Araceli, pareció necesario que el mozo, que había venido con los mulos, volviese con ellos a Villabermeja, así para evitar gastos e incomodidades a la espléndida anfitriona, como porque los mulos no eran del doctor, sino prestados. La ilustre casa de los López de Mendoza no podía sustentar ya sino la jaca del doctor, el mulo de Respetilla, y dos borricos que casi siempre estaban estudiando. En Villabermeja se entiende por estudiar dejar sueltas en el campo las caballerías para que ellas se busquen la vida, alimentándose de la escasa yerba que pueden hallar, sobre todo cuando no llueve. Como el doctor pensaba quedarse con su tía una larga temporada, el mozo de los mulos volvió con ellos de vacío al lugar. D. Faustino envió por este medio una extensa carta a su madre, que trasladaremos íntegra en este sitio, por ser un importante y fidedigno documento de nuestra historia.

La carta decía:

«Querida madre: No sé si alegrarme o entristecerme de haber venido por aquí y de haber acometido esta empresa. La tía Araceli es la misma bondad, la quiere a Vd. mucho y me ha recibido y tratado con el mayor afecto. Aunque la tía tiene talento, es tan candorosa que no descubre en nada la malicia. Así es que los elogios que Costancita hizo de mí, al ver el retrato doctoral, créame usted, fueron irónicos, y la tía los tomó por moneda corriente. Costancita me ha hecho venir por curiosidad y porque es muy caprichosa y porque está muy mimada por su padre y hace cuanto se le ocurre; mas no porque se enamorase al verme en efigie con el bonete y la muceta. Por fortuna, me lisonjeo de haber infundido en el ánimo de Costancita mejor idea vivo que retratado.

«He hablado con el tío Alonso, que, gracias a Dios, tiene buena índole, pues sería insufrible si no la tuviera. Está tan vano y engreído con sus riquezas que se figura que es el hombre más discreto, hábil y entendido entre cuantos mortales conoce. Atribuye a ciencia suya y no a feliz casualidad el haber hecho tanto dinero, y entiende que poseyendo él en alto grado dicha ciencia, que es la principal, puede y debe decidir sobre todas las otras sin apelación. Habla, pues, de política, de literatura, de artes, de todo, en suma, con autoridad imperiosa, y como aquí apenas hay persona de la sociedad que no le deba dinero o favores, todos acatan su opinión como la voz de un oráculo, y no hay quien le contradiga.

»La amabilidad del tío es extraordinaria, no sólo conmigo, sino con cuantos vienen a verle. Quiere pasar por un señor muy llano, lo cual no impide que sea majestuoso y entonado a la vez. Se dirige a todos con cierto aire de protección y de superioridad que no ofende por la natural buena fe de que nace.

»El tío presume también de chistoso, y goza mucho de que le rían las gracias. Cuantos asisten de noche a su tertulia se juzgan en la obligación de reírselas, y por lo común se las ríen, sin esfuerzo ni violencia, porque el dinero está dotado de tal encanto, que agracia la palabra y los pensamientos de quien le tiene.

»Nada ha dicho el tío por donde se pueda colegir que sabe nuestros planes.

»Sólo se ha jactado conmigo, y creo vana la jactancia, de que, si quisiese podría disponer de todos los votos de este distrito y hacer un diputado a su gusto.

»Dos o tres veces me ha interrogado como para examinar mi capacidad, medir mis fuerzas y calcular qué se puede esperar de mí. Ignoro si el resultado de estos exámenes me ha sido favorable o adverso. Bajo las apariencias de franqueza lugareña y de inocencia rústica y campechana, tiene el tío, a mi ver, mucha recámara y disimulo.

»No hablo a Vd. de la tertulia diaria de casa del tío, pues es como todas. Los viejos juegan al tresillo; los jóvenes arman dúos amorosos o se divierten contando chismes. Costancita parece una emperatriz. Dos o tres amigas están junto a ella como si fueran sus damas de honor o su servidumbre, y luego se forma en torno un ancho círculo de admiradores.

»Al punto se advierte que todos la adoran sin que la deidad adorada haga el menor favor, salvo el de agradecer los rendimientos y adoraciones con alguna mirada piadosa o con alguna dulce sonrisa. A Costancita se le graba y ahonda cuando sonríe un precioso hoyuelo en la mejilla izquierda, y enseña además unos dientes blanquísimos.

»No se ha proporcionado ocasión, en dos días, de que yo hable con ella a solas. Casi me alegro. Costancita me ha inspirado cierto respeto y consideración, tal vez porque es mi prima, y no quisiera profanar el amor, hablándole de amor antes de estar cierto de que la amo.

»Cuando yo no sé aún si la amo, ¿cómo he de saber si me ama ella? Me echa miradas muy cariñosas, pero no acierto a calcular todo el valor y significado de estas miradas. Creo que a ninguno de los admiradores se las dirige tan significativas; pero como el amor propio puede engañarme, siempre estoy espiándola a ver si mira a algún otro del mismo modo que a mí.

»Ella no cae en la cuenta de que yo la espío. Hay en ella mucho candor infantil. Reina en su conversación singular hechizo. ¡Qué melindres los suyos! ¡Qué inocentadas! Parece una criatura de siete años.

»Y no obstante, ¡si viera Vd. con qué discreción habla en ocasiones, qué cosas tan sutiles dice, cómo remeda a éste o se burla de aquél, y con qué travesura y desenfado lo hace todo! El tío Alonso se queda embobado oyendo y viendo las que él llama maldades de su diablillo. Yo no extraño esto, porque la chica es tan viva y tan graciosa, que aun sin que sea a su padre, puede embobar a cualquiera.

»Al principio (ya Vd. sabe lo receloso que yo soy), empecé a temer que Costanza fuese una niña muy consentida, mala de carácter y fría de corazón; pero ya creo que no; ya creo que es buena.

»¡Si oyera Vd. con qué voz tan argentina y con qué acento tan blando me llama primito!

»En la tertulia, en medio de sus admiradores, me distingue y considera mucho, y me saca conversación a propósito para que yo pueda lucirme, y me anima, y me aprueba cuando digo algo que le parece bien.

»Me ha hecho varios cumplimientos muy naturales y sentidos, que me han lisonjeado. Me ha dicho que monto muy bien a caballo, y que sé contar cosas muy entretenidas y amenas.

»Hasta llega a asegurar que las empanadas de boquerones, que hacer en Villabermeja, le saben a gloria, y que, de las que yo he traído, se regala tomando una diaria con el chocolate del desayuno.

»Me ha preguntado por las curiosidades de ese lugar, y unas veces ha celebrado con risa mis contestaciones, cuando eran para reír; otras veces las ha oído con mucho interés, cuando eran serias. Ha querido saber, por ejemplo, si era muy grande el castillo, si el comendador Mendoza seguía penando en los desvanes de casa, si en Villabermeja roncan al hablar como en Jaén o gastan otro linaje de ronquidos, y por último, si nuestro Santo Patrono sigue haciendo milagros o vive ocioso en el cielo. Acerca de este punto le contesté dando involuntariamente a mis palabras cierto tinte vago de libre pensador y afirmando que el Santo Patrono no trabaja ahora; pero pronto me contuve, notando la severidad y el disgusto con que me oyó Costancita, de quien he sabido además, por tía Araceli, que es fervorosa creyente. En efecto, en aquella frente serena, en aquellos ojos que destellan luz inmortal y en todo aquel ser delicado, elegante, etéreo y armónico, se está revelando que vive un espíritu lleno del más puro idealismo.

»Ni con la tía Araceli he querido hablar de proyecto de boda. Tampoco la tía me ha hablado. Es menester antes, que yo me enamore de Costancita y que Costancita se enamore de mí. Entonces todo será natural y decoroso. Una gran pasión todo lo justifica. Pero así, sin pasión, ¿cómo he de tratar yo de matrimonio? ¿Qué puedo ofrecer a mi prima? Un caudal de esperanzas y de ilusiones.

»Siempre que siento la tentación de hablar de boda, siquiera con la tía, recuerdo cierto cuentecillo, y la tentación se me pasa. Recuerdo a aquel novio que dijo que, si su futura llevaba para comer, él llevaría para cenar; pero, cuando se casaron y comieron ricamente, llegada la hora de la cena, el novio salió con que no era ningún buitre, y con que, si comía bien, jamás cenaba. Así tendría yo que hacer con Costancita, como no le ofreciese para cena mis ilusiones, o como no la obligase a vivir en Villabermeja, en un perpetuo idilio, donde, con los zuritos de la casería, con los conejos, pavos, gallinas y pollos de nuestro corral, con la caza, con la miel de nuestras colmenas, con las uvas de nuestras viñas, con nuestro vino y aceite, y con cuanto Vd. prepara y guarda en la despensa, basta y sobra para un rústico banquete diario, digno de García del Castañar y de su fiel, enamorada y linda esposa.

»Mas para esto son inútiles todas las riquezas de Costancita... ¿Qué digo son inútiles? Son perjudiciales. Rica heredera, lisonjeada de hermosa, con la conciencia de su natural distinción, de su poder, de su gallardía y de su elegancia, Costancita querrá ir a las grandes ciudades y brillar en ellas, y tendrá también sus esperanzas y sus ilusiones, que nunca desechará como no se prende de mí y llegue a adorarme. Y si se prenda de mí y llega a adorarme, ¿qué razón hay para quedarnos en Villabermeja, teniendo Costancita dinero con que vivir en Madrid, donde justificaré yo su amor y el gran concepto que ella forme de mí, encumbrándome por todos estilos? Resulta, pues, que ora me quiera, ora no me quiera Costancita, es imposible realizar con ella un idilio bermejino. Para este idilio importaba encontrar una Costancita tan pobre como yo o más pobre.

»Y aquí me pregunto: ¿Tengo vocación para hacer este idilio? Si Costancita fuese pobre, más pobre que yo, y me amara, ¿la amaría mi alma y olvidaría por ella todo otro anhelo, y hundiría y ahogaría en el piélago de luz beatífica de una mirada suya los mil ensueños de ambición y de gloria?

»Desde que vi a Costancita me estoy preguntando esto y no atino con la respuesta. Advierto luego con vergüenza que mi pregunta equivale a esta otra, despojada ya de todo artificio retórico, en su terrible y brutal desnudez: ¿Quiero engañarme a mí mismo fingiéndome que amo ya a Costancita, cuando en realidad no amo sino su dinero? ¿Qué hipocresía absurda pretendo emplear hasta conmigo? ¿Por qué vine aquí? ¿Me atrajo la fama de las virtudes y de la hermosura de mi prima o acudí al olor del dote? Si soy un Coburgo lugareño, ¿para qué presumir del fino enamorado y romántico adorador de la señora de mis pensamientos?

»Para que responda a estas preguntas, para que confiese su crimen, hace dos días, desde que vi a Costancita, doy a mi alma todo género de tormentos. Soy un feroz inquisidor de mi alma, y el alma no contesta claro.¡Es singular! En Villabermeja, y durante el viaje de Villabermeja a esta ciudad, acepté e hice sin repugnancia el papel de Coburgo, y ahora me repugna el papel y quiero cohonestar mi conducta fingiéndome enamorado. ¿Será mi orgullo que se despierta al ver lo burlona que es mi prima? ¿O la misma vergüenza de ser un aspirante a su dote provendrá de que ya la amo?

»En fin, yo ando muy confuso y no atino a explicarme estas cosas.

»Tal vez como yo he vivido casi siempre en Villabermeja, donde lo más distinguido que hay en punto a mujeres son las Civiles, y como en las cortas temporadas de Granada he hecho siempre vida estudiantil, jugando al monte, y siendo las damas más encopetadas con quienes he tratado alguna bailarina o alguna pupilera, me he dejado deslumbrar y cegar por Costancita. Quizás, viniendo en busca de dinero, hallé amor, pues más bien halla amor quien le siente que quien le inspira.

»De cualquiera modo que sea, presiento en este asunto algo más serio de lo que pensábamos».


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- VII - Preliminares de amor[editar]

Hay en mi mente mil razones que la inclinan a no proseguir la narración de esta historia. Sólo el compromiso que contraje al empezar su publicación me lleva ahora a continuarla.

El protagonista me desagrada cada vez más. En sus calidades intrínsecas hay poco o nada que le haga interesante, y, sobre todo su posición de señorito pobre es anti-poética hasta lo sumo. ¿Qué lance verdaderamente novelesco puede ocurrir a un señorito pobre? Un buen héroe de novela sin dinero no es concebible sino entre salvajes, en países remotos, en edades antiguas, en medio de civilizaciones bárbaras o en lucha abierta con nuestra civilización y forajido de ella, donde sean, de acuerdo con la sentencia del ingenioso hidalgo, sus fueros, sus bríos, sus pragmáticas, su voluntad. Pero protegido a par que reprimido por un juez, por un alcalde y hasta por un guardia civil, con cédula de vecindad o con pasaporte, sujeto a multitud de reglas, encomendada la defensa propia a gente asalariada por la comunidad, lleno de temor de faltar, no ya a un precepto de ley, no ya a un reglamento de policía urbana, sino a lo que llaman conveniencias, ¿qué se ha de esperar que dé de sí un señorito pobre, digno de la más sencilla y pedestre novela? De no romper con la sociedad haciéndose mendigo o bandolero, importa sobreponerse a ella, lo cual no se consigue sin ser un Abul-Casen o un Montecristo.

Nada de esto era nuestro pobre doctor, y yo no he de apartarme un ápice de la verdad suponiendo lo que no era. Suplico, pues, a mis lectores que me disculpen si caigo y hasta me arrastro y revuelco en el más prosaico realismo.

A fuerza de trabajo y de súplicas habían logrado doña Ana y el doctor que unos marchantes bermejinos les compraran dos tinajas del vino superior que tenían, de la flor y nata de la cosecha, pagándolas al contado, caso raro por allí, y a diez reales la arroba. El producto líquido de esta venta, deduciendo mermas, botas de regalo a los marchantes y gajes y propina del corredor, se elevaba a la cantidad de mil novecientos reales. Los marchantes entregaron religiosamente dicha suma en monedas de todas clases, siendo más de mil reales en calderilla. Según el uso del país, cada cien reales, o sea cada ochocientos cincuenta cuartos, venían metidos en una esportilla de palma de escoba, cosida con guita o con tomiza. Como la esportilla no se ha de dar de balde, en cada esportilla se cuentan sólo ochocientos cuarenta y ocho cuartos, restados dos por el valor de la esportilla. Verdad es que la esportilla es siempre útil, pues cuando no sirve para llevar cuartos, sirve para llevar aceitunas, con lo cual se saca la ventaja de que los cuartos vengan a menudo bañados en el caldo y aliño de las aceitunas, y las aceitunas adquieran cierto sabor y olor a la mugre de los cuartos. Por lo demás, lo mismo debieran valer mil reales en cuartos, metidos en esportillas, que mil reales en oro. El doctor, sin embargo, no quiso emprender la conquista de su prima doña Costanza con aquel numerario tan voluminoso y mugriento. Su transporte, en la forma en que estaba, casi hubiera requerido otro mulo más sobre los tres, o mejor dicho en pos de los tres del equipaje y de los presentes. El doctor tuvo, pues, la precaución de acudir a la vieja tendera, que le quería bien, a pesar de la mala pasada que hicieron los podencos, comiéndose el reparo de bizcochos con vino y canela; y la tendera, rica y generosa, le hizo el insigne favor de cambiarle los mil y novecientos reales en dobloncillos de dos y cuatro duros. Con este oro se habían pagado ya las costas de la posada durante el viaje.

A los cuatro días de vivir el doctor en casa de doña Araceli, un señor Marqués de Guadalbarbo, que había venido como él a la feria, le llevó al casino, le indujo a jugar al monte, le excitó a echar tres o cuatro vaquitas que todas berrearon, y los mil novecientos reales se vieron reducidos a poco más de mil.

Temeroso el doctor de encontrarse sin blanca, hizo promesa solemne de no volver al casino para no caer en la tentación de jugar al monte.

Era menester que los mil reales que le quedaban, alcanzasen para el tiempo que había de estar en el pueblo de su prima, para gratificar a los criados al partir, y para los gastos del regreso a la patria.

La íntima contemplación de esta miseria propia aumentaba la timidez, la melancolía y el encogimiento del doctor en todas partes. Se avenía tan mal el don con el tiruleque, disonaba tanto lo de alcaide perpetuo y demás blasones con aquella escasez absurda de metales preciosos, que D. Faustino se sentía acobardado, postrado, abatidísimo, como si le hubieran dado cañazo.

Llegaron los días de la feria; hubo toros; hubo mucho turrón y mucho garbanzo tostado; en fin, cuanto hay en todas las ferias. D. Faustino fue a los toros, convidado por su tío; paseó por el campo de la feria, caballero en su jaca y vestido de majo; hizo como quien se divierte, pero se divirtió menos que en un entierro.

Las indefinibles miradas entre él y Costancita continuaban como desde el principio. Por la noche, cuando no había velada en las calles o en el paseo público, había tertulia en casa de D. Alonso. Así se pasó una semana, y así llegó el último día de la feria; pero los amores de D. Faustino y de doña Costanza estaban menos adelantados que en el primer día en que ambos primos se vieron.

Si el doctor hubiera hallado a doña Costanza por acaso, sin previo aviso y concierto de que venía a vistas para casarse con ella, el doctor le hubiera declarado sin rebozo sus más atrevidos pensamientos. Pero ¿qué es decir a doña Costanza? Al lucero del alba, a la propia Diana, a la propia Vesta, los hubiera declarado el doctor. Su proceder tímido no nacía de natural timidez, sino de orgullo. Él, al menos, así lo imaginaba. Allá en su rica fantasía, segaba a montones cuantas flores brotan en las faldas del Helicón y del Parnaso, lozanas y olorosas por el fecundo riego de las fuentes Hipocrene y Castalia, y con estas flores adornaba y cubría su declaración de amor a doña Costanza; pero no bien apartaba de nuevo las flores, y quedaba la declaración escueta, el doctor no veía sino esta fórmula prosaica: «Tráeme los tres o cuatro mil duros de renta, que me hacen mucha falta. Yo en cambio no tengo sino amor». Cada vez que a solas en su cuarto, durante el silencio de la noche, el doctor se repetía las mencionadas frases, se le saltaban las lágrimas de dolor y de rabia. Cada vez, sin embargo, se le figuraba que amaba más a su prima. Por momentos creía sentir por ella verdadero amor: pero los mil reales en que tenía que mirarse para que no se gastaran, su pobreza bermejina, en suma, que hasta para él mismo hacía inverosímil su amor desinteresado, ¿cómo no había de hacerlo también para Costancita?

¡Cuánto lamentaba el doctor entonces, tocando y aun pasando los límites entre la razón y la locura, no haber nacido allá en Oriente y ser corsario o klepta y giaour, como un héroe de Byron, o no haber nacido en humilde cuna para ser bandolero como José María, o no haber nacido en el siglo XI o XII para conquistar a cuchilladas y lanzadas, no ya dinero, sino un imperio, y dársele luego a Costancita en pago de su corazón!

Doña Araceli, que, por amor a su amiga y prima doña Ana, había preparado el asunto del noviazgo, aficionada después al sobrino doctor, se dolía de que las cosas marchasen con tanta frialdad y lentitud. No quería o no se atrevía, con todo, a decir nada a don Faustino. Juzgaba más conveniente dejar a los presuntos novios en completa libertad para que todo dependiese de su iniciativa.

El doctor había dado un bufido a Respetilla siempre que éste, a las horas de irse a acostar su amo, que era cuando más a solas le veía, había empezado a hablarle del noviazgo. El doctor, pues, respecto a sus amores con doña Costanza, estaba reducido a un soliloquio perpetuo. Respetilla, con todo, no pudo resistir más la gana de hablar, y una noche le dijo:

-Señorito, hoy hace ocho días que estamos aquí.

-Bueno, ¿y qué? Estaremos otros cuatro o cinco más, y nos volveremos a Villabermeja -contestó el doctor.

-Pues si aprovecha su merced los cinco días que quedan como ha aprovechado los ocho, lindo viaje hemos echado; estamos lucidos.

-¿Qué tienes tú que ver con eso? Cállate. No seas insolente.

-Señorito, yo tengo mucha ley a su merced, y aunque me dé de palos he de hablar y he de meterme en camisón de once varas y he de decir lo que conviene.

-Respetilla, Respetilla, cuidados ajenos matan al asno.

-Yo no niego que soy un asno, señorito; pero niego que los cuidados de su merced sean para mí cuidados ajenos: los cuidados de su merced son para mí más que propios.

-¡No eres tú pillo, ni nada, Respetilla! Vamos, dí lo que se te antoje. Te doy completa libertad por esta noche.

-Pues, señorito, lo primero que digo es que fray, Modesto nunca fue guardián. Su merced anda muy encogido y cobarde, y de cobardes no hay nada escrito. Yo sé, de buena tinta, que mi señora doña Costanza tiene más gana de que su merced le diga algo de amores, que un gitano de hurtar un borrico. Está frita y refrita por esos pedazos; pero, ya se ve, como su merced se calla, doña Costanza no ha de hacer lo que hizo la dama del romance con su camarero Gerineldos.

-¿Y cómo sabes tú esas cosas? ¿Cuál es esa buena tinta de que la sabes?

-La buena tinta es una morena más retrechera que el reloj de Pamplona, que apunta pero no da y me tiene achicharrado hace días.

-Me dejas en la misma duda. ¿Quién es esa retrechera?

-¿Quién ha de ser?... Manolilla.

-¿Y quién es Manolilla?

-Señorito, perdone su merced, ¿tengo yo la culpa de que a su merced se le vaya el santo al cielo, y esté casi siempre trasponido y a oscuras, y no vea ni entienda, y con tanto entendimiento y con tanto libraco como ha leído viva en Belén, como quien dice?

-Pues hombre, no faltaba más sino que para no vivir en Belén y para tener una idea exacta y completa de las cosas creadas y de lo que más importa fuera necesario que yo supiese quién es Manolilla.

-Pues aunque su merced se me enoje, le sostendré que es necesario y más que necesario. Manolilla no es una Manolilla cualquiera; es la criada favorita de doña Costanza. Yo no me duermo en las pajas, y aunque no he venido a vistas, como la he hallado vacante, la he dicho: aquí me tienes, cuerpo bueno; y como la moza no es ninguna fiera, habla conmigo algunas noches por una de las rejas del jardín.

-¿Y qué te ha dicho de su señora? ¿Sabe ella lo que su señora piensa de mí?

-Dice que la señorita dice que su merced tiene mucho talento y sabe más que Lepe y Lepijo del cielo y de los espacios imaginarios; pero que su merced parece a veces un tío lila, y que le está dando un camelo con no declararse.

-¿Eso dice?

-No digo yo, ni dice Manolilla que ella lo diga con las mismas palabras; pero así, por estilo burdo, no atinamos nosotros a exponer de otra suerte el sentido de lo que dice.

-Está bien. ¿Cuándo hablarás tú con Manolilla?

-Esta noche a la una. En cuanto su ama se acueste, saldrá a la ventana Manolilla a pelar la pava conmigo.

-¿Podrás llevarle una carta mía para doña Costanza?

-¿Y por qué no? Escríbala enseguida su merced.

D. Faustino se puso al momento a escribir la carta, y una vez escrita, se la entregó al criado, que se fue a ver a Manolilla.

El doctor no pudo pegar los ojos en toda la noche, pensando en el efecto que la carta produciría, y lleno de zozobra de hacer reír a doña Costanza.

Lo primero que hizo el doctor, cuando Respetilla entró en su cuarto a la mañana siguiente para limpiarle la ropa, fue preguntarle si había entregado la carta.

-Manolilla quedó anoche en entregársela a su ama en cuanto su ama despertase. A estas horas ya la habrá leído treinta veces la señorita y se la sabrá de memoria -contestó Respetilla.

-¿Crees tú que habrá contestación?

-¿Y cómo dudarlo? Tan cierta tenga yo la gloria. Esta noche espero que Manolilla me traerá la contestación. y yo vendré enseguida a dársela a su merced.

Mientras pasaban estas cosas entre el doctor y Respetilla, doña Araceli, harta ya de ver que sus planes no tenían resultado ninguno, se decidió a romper el silencio y a tener una explicación con su sobrina. Con pretexto de ir a misa, salió de su casa muy temprano y se fue a ver a doña Costanza, que estaba en cama aún, pero ya despierta. D. Alonso había ido al campo a caballo, de lo que se alegró doña Araceli, que no quería que la sospechasen ni acusasen de favorecer demasiado aquellos amores.

Doña Araceli había amado muchísimo, aunque sin fruto y con desgracia, y como la mayor parte de las mujeres que amaron mucho de mozas, se deleitaba, cuando ya vieja, en que la gente joven se amase, y hasta aceptaba y hacía el tercer papel con la misma vehemencia y ternura con que en su juventud había hecho el primero.

Una de las mayores rudezas y crueldades de la opinión vulgar es, en mi sentir, dar un nombre feo, mal sonante y de vilipendio, tanto que no me atrevo a estamparle aquí, a las mujeres ya viejas que conciertan voluntades. Cuando esto se hace con buen fin y sin interés, es el grado más sublime a que puede elevarse el amor en lo humano; es la manifestación gloriosa del amor, limpio ya de egoísmo; es el amor del amor, sin atender al propio bien ni al logro del propio deseo. No hay obra de misericordia que no se resuma y cifre en el ejercicio de esta virtud archi-amorosa, tan denigrada y escarnecida. La que ejerce esta virtud cura al enfermo, redime al cautivo, da de beber al sediento, enseña al que no sabe, busca posada para el peregrino, y viste la desnudez de un alma con todas las galas y joyas del amor bien pagado. Sólo mujeres tiernas y excelentes, como doña Araceli, son capaces de esta virtud. Hay además en esta virtud mucho de semejante al estro poético, a la inspiración, al prurito nobilísimo de producir lo bello, de crear una obra de arte. ¿Qué obra de arte más bella que unos amores, que el concierto y armonía de dos voluntades, que la confusión y compenetración de dos almas en una sola?

Movida, pues, de tan altos y benditos sentimientos, entró doña Araceli en la alcoba de su sobrina. Suave fragancia trascendía por toda ella. No eran aromas alambicados por Atkinson, Violet o Lubin. Apenas si había más que jabón y agua fresca en aquel tocador. Así es que, si no disgustase ya el empleo de la mitología, podría decirse que prestaban a doña Costanza tan delicado aroma la ninfa de la fuente de su jardín, e Higia y Hebe, diosas de la salud y de la juventud.

Había en la alcoba una ventana que daba al jardín. Al través de los cristales, entraban por ella algunos rayos de sol, que parecían filtrarse por entre el tupido ramaje de la madreselva y los jazmines que velaban la ventana. Un canario, cuya jaula pendía del techo de la alcoba, cantaba de vez en cuando. Y en el lado opuesto al de la cama, se veía un altarito, con dos velas encendidas, y sobre el altarito una Purísima Concepción de talla, bastante bonita.

Doña Costanza no usaba papalina, cofia ni redecilla para recogerse el pelo durante la noche, de suerte que el pelo, libre y desatado, mostraba entonces toda su abundancia y hermosura. No exigían tampoco, ni el uso ni aquel clima benigno, otras vestiduras para dormir, que la holanda venturosa que inmediatamente tocaba el lindo cuerpo de doña Costanza, plegándose y ajustándose un tanto a la garganta, merced a una cinta de seda azul celeste, que formaba un lacito sobre el pecho. La sábana y una colcha ligera cubrían a la joven, si bien ciñéndose al cuerpo por tal arte que revelaban sus graciosas, elegantes y juveniles formas.

Doña Araceli, que además del cariño de tía tenía lo que llamaba Dante entendimiento de amor, no pudo menos de extasiarse al ver a su sobrina; y después de haberla contemplado un rato, se echó en sus brazos y la besó, diciendo:

-¡Qué hermosísima estás, muchacha! ¡Dios te bendiga! ¡Vamos, si pareces una Magdalena sin penitencia y sin pecado!

-Tiíta, no se burle de mí con lisonjas. Mire Vd. que no soy presumida.

-¡Qué me he de burlar, hija mía! ¡Qué me he de burlar! ¿Dónde se ha visto cosa más mona que tú? ¡Alabado sea Dios que quiso lucirse y echar el resto en tu persona! Así, en estos momentos, es cuando hay que ver a las mujeres para juzgar sobre su mérito; despeinadas, sin afeites, sin cascarilla ni arrebol; como el Señor las ha criado.

-¿Qué la trae a Vd. por aquí tan de mañana, tía?

-Pero, muchacha, ¿qué colores tienes tan frescos cuando te despiertas? ¡Si pareces una rosa! -interrumpió doña Araceli.

Costancita, en efecto, se había puesto más colorada que de costumbre, cuando su tía entró de improviso, y había ocultado rápidamente debajo de la almohada la carta del doctor, que Manolilla le había dado y que ella acababa de leer.

-¿Qué quiere Vd., tiíta? Vd. misma lo ha explicado todo. Sin penitencia y sin pecado, ¿cómo no he de tener buenos colores?

-Dí también que sin amor y sin desvelos. Eso es lo que no me explico, hija Costanza. Tus ojos son engañosos. ¿De dónde procede el fuego seductor que los anima? ¿De aquí? ¿De este corazoncito? Pero ¿cómo ha de proceder, si este corazoncito está helado?

-¡Helado! ¿Y de dónde infiere Vd. eso? Al contrario, tía. Sepa Vd. que mi corazón está lleno de amor.

-¿Para quién, hija?

-Hasta ahora, tía, para nadie. Pero ¿dejará de arder el amor y de morar en mi alma y de ocuparla toda, aunque no tenga objeto en quien se emplee?

-No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor sino deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tú gozar? ¿A qué apeteces unirte, amándolo?

-Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de Vd. Cuando hay amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¿Y si Vd. viese qué precioso es el objeto que forjo en mis sueños?

-¿No se parece nada a tu primo Faustino?

-A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas, aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa. ¿Cómo he de saber yo de fijo, si mi objeto soñado se parece al primito o no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.

-¿Luego amas una imagen que no sabes cómo es?

-Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.

-No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos, ni diabluras, si quieres o no a tu pobre primo.

-Antes sería menester saber si él me quiere o no.

-Él te quiere, te adora. Eso se conoce.

-Vd. lo conocerá, tía, porque Vd. tiene más conocimiento que yo. Yo soy inexperta y tan mocita que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Por qué no se declara? ¿Quiere él y quiere Vd. que yo le pretenda?

-No, hija Costanza. Él no se declara porque es muy tímido.

-La timidez y la tontería suelen confundirse.

-En este caso no. Además Faustino no ha tenido ocasión. ¡Tú estás siempre tan circundada!

-Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.

-¿Y quién sabe si él la anda buscando?

-Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos, tiíta, yo la quiero a usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni ocultar a Vd. nada.

-Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.

Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de su primo entre los lindos dedos.

-Aquí está el gato, tía -dijo-. Aquí está el gato. Ocho días ha tardado el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese Vd. que no se precipita y que va con calma, reflexión y reposo.

-No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido a escribirte antes. Léeme la carta.

-Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga Vd. a papá ni a nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.

-No tengas cuidado. Yo me callaré. Lee.

Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete que decía así:

«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de felicidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan contra ella y procuran matarla. Acudo a ti para que la perdones y la ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva. ¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso no condenes a esta esperanza, sin oír antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y dónde podré hablarte? Si cierta simpatía, que he creído leer en tus ojos, si cierta piedad con que me miras a veces, no son mentira que mi fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oírme, lejos de la turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el más fervoroso de todos, tu primo -Faustino».

-¿Ves cómo no debes quejarte? -dijo doña Araceli.

-Y si yo no me quejo, tía.

-¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido, sin dejar de ser modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide nada! Y tú ¿qué vas a hacer?

-Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar pensando durante otros ocho días la contestación.

-Costancita, no seas mala. ¿Le quieres o no le quieres?

-¿Y yo qué sé, tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando con franqueza, yo me temo que voy a amarle. Advierto que me atrae, que se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy querida. Después... repito que allá veremos.

-Entre tanto, ¿qué vas a contestar?

-Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.

-Se va a morir de impaciencia.

-Pierda Vd. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve Vd. que el primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una cita o solas, o yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?

-Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un momento por la reja?

-¿Y quién le dice a Vd. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.

Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo doña Araceli a su sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma con relación a D. Faustino.

Doña Araceli, no obstante, volvió a su casa algo más confiada en el buen éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.


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- VIII - Al pie de la reja[editar]

Todo aquel día estuvo el doctor alborotado y lleno de ansiedad aguardando contestación de doña Costanza.

Vio a su prima en el paseo y en la tertulia. Le habló delante de los otros amigos y amigas que la cercaban. No notó ningún signo de que Costancita hubiese recibido bien su carta. Antes al contrario, le pareció que Costancita estaba con él más seria que de costumbre. Sus miradas eran menos benévolas y frecuentes. El doctor se dio a sospechar que había caído en desgracia y se puso más melancólico que de costumbre.

Respetilla no había podido ver en todo el día a la doncella favorita. D. Faustino le preguntó en balde sobre la suerte y paradero de su carta.

Aquella noche volvió el doctor a las doce de la tertulia de D. Alonso a casa de la tía Araceli. En vez de desnudarse, rogó a su criado que fuese cuanto antes a hablar con Manolilla, y que a la vuelta entrase a hablarle, que él le aguardaba despierto y vestido.

Así lo hizo, y se quedó sentado a la mesa leyendo un libro de filosofía; pero no acertaba a entender ni un renglón siquiera. Sobre las páginas graves del libro brincaba la imagen de Costancita, riéndose, enamorándole y distrayéndole de todo.

Transcurrieron dos horas mortales. Después de las dos oyó D. Faustino pasos de puntillas en los corredores. A poco levantó Respetilla el picaporte y entró en el cuarto.

-¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación? -preguntó el doctor.

-Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa? El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco y por poco no me quedo a dormir al sereno.

¿Traes carta? -volvió a preguntar D. Faustino.

-No se apure su merced.

-¿Qué hay? No me apuro -dijo el doctor, contradiciendo lo apesadumbrado y lastimero de la voz lo mismo que expresaba-. No me apuro. Dí ¿qué hay?

-Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado a Manolilla porque le entregó la de su merced, a la que dice que no quiere contestar.

-¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir aquí tonteando. Mañana nos volvemos a Villabermeja.

-Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las figura.

-¿Y por qué lo crees?

-Lo creo porque doña Costanza, que no quiere contestar a su merced, le ha entrado de repente una manía rara.

-¿Qué manía?

-Ha dicho a Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso, que el jardín está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha contestado que sí; que el jardín está encantador de una a dos de la noche; y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana al jardín, a la referida hora.

-¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da una cita! ¡Quiere verme y hablarme por la reja del jardín!

-Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos. Ni doña Costanza a Manolilla, ni Manolilla a mí, han dicho nada de cita. No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que doña Costanza tiene el capricho de bajar y bajará mañana al jardín, a la una de la noche, para oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín hay dos rejas que dan a la callejuela, su merced puede ir por allí, porque la calle es del rey, y nadie le prohíbe a su merced estar en la del rey, y su merced puede oler también el azahar a la hora que se le antoje.

-Iré, Respetilla; iré sin falta.

-Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar a la reja, como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la casualidad de que vea su merced allí cerca a la prima, y por casualidad podrá hablarle.

-Ojalá que tan feliz casualidad se realice -dijo el doctor suspirando.

-No suspire Vd., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay casualidades que parecen providencia.

El doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dio a su criado una monedilla de cuatro duros, equivalente a ocho arrobas del vino superior de su candiotera, y a poco menos de la duodécima parte de su haber en metálico.

Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores. Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa: más bien menos. D. Faustino la vio, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas y adoradores. La habló... y como si tal cosa.

La impaciencia devoraba al doctor. El día le parecía eterno. La tertulia interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la noche.

Ya D. Faustino había acompañado a la tía Araceli desde la tertulia a casa, y había cenado con ella. Estaba listo.

No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el doctor se escapó con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.

Antes de que diese la una en el reloj de la iglesia mayor, ya estaban el doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados, pero sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente, que estaba en el centro.

No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua del arroyo, por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.

-Aún no han bajado, señorito -dijo Respetilla.

-Calla y aguardemos -dijo el doctor.

Transcurrieron en silencio tres o cuatro minutos.

-Ahí vienen ya, ahí vienen -dijo Respetilla-. Ea, no se quede su merced así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo; no se asusten estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro, y deje la ventana libre a ver si acuden.

El doctor obedeció con docilidad a Respetilla; se apartó de la ventana y se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza y Manolilla estuvieron a poco en la ventana donde se hallaba el doctor.

-¡Qué hermosa noche, Manuela! -dijo doña Costanza-. ¡Cuánto me alegro de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso se pondría!

El doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.

Por último, se desembozó y se acercó a la reja, donde estaba su prima.

-¡Ay! -dijo ésta asustada.

-No te asustes, Costancita, soy yo; tu primo Faustino.

-¡Hola, hola, primito! -dijo doña Costanza, riéndose-. ¡Vaya un susto que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el mismo antojo los dos.

-Así es, primita. Yo también estaba muy desvelado, y he salido a tomar el fresco y a respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha sido el hallarte.

-Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba hablando contigo a estas horas, y por la reja, ¡sólo Dios sabe lo que haría!

Al llegar a este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente sin decir «queden ustedes con Dios», y estaban hablando muy cerquita el uno del otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.

El doctor imitó a su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por momentos estuvieron tan próximos, que el doctor aspiró el fresco y perfumado aliento de la boca de doña Costanza, y sintió que el fuego de su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.

-Te amo, te adoro -exclamó entonces el doctor en voz baja, aunque vehemente-. Para esto quería verte a solas. Esto quería decirte. Ámame o mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu amor me siento capaz de todo. De ti depende mi muerte y mi vida. Tú puedes salvarme o perderme. Eres más linda que las flores, más fresca que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran a realizarse.

-Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me aterra. Ten juicio o no vendré otra noche.

-¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?

-Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy juicioso.

-Pero ¿no me quieres?

-Pues ¿si no te quisiera, vendría?

-¿Con que me quieres de amor?

-Mira, Faustinito, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho como a primo, y como se quiere a un amigo, y como se quiere a un hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo: pero de amor, ignoro lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue a mí misma y me estudie.

-Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?

-No trates tú ahora de engañarme, Faustinito. Harto se me alcanza que amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo más. Y en prueba de ello, voy a hacerte una confianza.

-¿Cuál, bien mío?

-Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es mucho. Cuando me paro a pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?

-¿Qué se te ocurre?

-Que mi alma anda, como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya mi alma hacia ti, pero no es amor todavía. Es inclinación a amar. Si mi alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.

-¡Ojalá caiga pronto!

-Cruel, hombre sin caridad, ¿tan mal quieres a mi alma? ¿Qué te hizo la pobrecilla?

-Herirme, matarme de amores.

-¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando te oigo. ¿Serán frases, me digo, serán figuras retóricas o sentirá éste de veras lo que dice?

-¿Dudas de mi lealtad y buena fe?

-Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando y más aún diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas a ti mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas, ¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí, estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías también, con la misma sinceridad, gloria e infierno, salvación y condenación, y todo lo restante que me dijiste?

-No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.

-Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo a dar crédito a lo que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.

-¿Por qué te vas tan pronto? ¡Apenas has llegado y ya me dejas!

-Estoy llena de inquietud. Temo que me sorprenda mi padre. Cualquier ruido me espanta. Un soplo de viento entre las hojas me hace temblar. Vete.

-¿Vendrás mañana a la misma hora?

Costancita vaciló un rato. Luego dijo:

-Vendré mañana.

-¿Estarás más tiempo hablando conmigo?

-Estaré, si eres bueno, si pierdo un poquito el temor, si me voy convenciendo de que me quieres.

-Y tú, ¿me querrás?

-Ya te he dicho que quiero quererte. Bien sabes tú que el amor es cosa terrible para una mujer. Me siento atraída hacia él y retrocedo al mismo tiempo espantada, como si viera a mis pies una sima sin fondo, muy oscura y llena de misterios. A la vez que quiero amarte, tengo miedo de amarte. Adiós. Déjame por hoy. Pídele a Dios que me dé un sueño tranquilo. Si no duermo nada esta noche, mañana estaré pálida y con ojeras, y papá empezará a hacerme preguntas, y quién sabe lo que recelará, porque es muy caviloso. Vete ya, Faustino.

Don Faustino se preparó a partir. Dirigió una tiernísima mirada a Costancita, y le dijo:

-Dame la mano.

Doña Costanza no podía tener el mal gusto de negarle allí la mano que le daba en público.

El doctor la estrechó entre las suyas y la cubrió de besos.

Poco después, él y Respetilla salieron de la callejuela y se fueron muy alborozados hacia la casa de doña Araceli, siguiendo su camino por las calles de menos tránsito, a fin de no llamar la atención.

Orgulloso de su triunfo, prendado como nunca de Costancita, levantando, no ya castillos en el aire, sino alcázares hadados, paraísos, olimpos y jardines de Armida, se durmió aquella noche don Faustino López de Mendoza, al son de una serenata magnífica, con que le arrullaban el sueño todos los genios del amor y de la esperanza.

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- IX - Entrevista misteriosa[editar]

Durante tres o cuatro días se repitió la misma función, si con algunas variantes en los pormenores, idéntica en la substancia.

De día, cercada siempre doña Costanza de amigas y admiradores, no daba ocasión para que su primo le hablase en secreto.

Solía cruzarse sólo entre ambos alguna mirada fugitiva, pero, tan confusa en la expresión por parte de ella, que aun sorprendida por alguien, no hubiera podido ser interpretada de modo que la comprometiese.

De noche, con el mismo recato y las mismas precauciones, se renovaban las citas y los coloquios por la reja del jardín; pero el amor no daba un paso.

La mariposa revoloteaba siempre en torno de la luz y no se quemaba.

La inclinación a amar no llegaba a convertirse en amor.

Las esperanzas de D. Faustino no se realizaban ni se desvanecían.

Mientras él se veía al lado de ella, se sentía bajo el poder de un hechizo. A todo se sometía. Era crédulo como un niño y sumiso como un esclavo. No hallaba razón que oponer a los discursos con que ella sabía contenerle y se consideraba dichosísimo y más que pagado con recibir, a cuenta de sus rendimientos y de un amor ya decidido, aquellas vagas promesas de amor posible, aquella propensión de afecto, aquel preludio de correspondencia con que doña Costanza le traía embelesado y falto de juicio.

Pronto, sin embargo, pasada la primera embriaguez y cuando no estaba en presencia de doña Costanza, empezaron a asaltar al doctor mil pensamientos harto poco lisonjeros.

«¿Por qué este misterio en nuestras relaciones? -se preguntaba-. ¿Qué perdería mi prima en dejar ver delante de gente que hace más caso de mí, que me distingue más, que empieza a quererme un poco? ¿No hay cierta hipocresía, no hay cierta doblez en su conducta?»

La disculpa que hallaba para esto el doctor Faustino salvaba en parte la buena intención de su primita, pero en cambio era desfavorable a la vanidad de él y a sus aspiraciones.

«Mi primita aguarda, sin duda, a que esta propensión que tiene a amarme se convierta en amor ya hecho, a que este germen de pasión nazca y crezca y se desenvuelva. Mientras esto no sucede, ¿estoy amenazado de que su amor muera antes de nacer, o de que no sea amor sino simpatía vaga lo que siente hacia mí? Esta simpatía puede desvanecerse como el humo, y Costancita, previendo que puede desvanecerse, no quiere que deje rastro ni huella. Pero, en el fondo de los melindres y niñerías de mi primita, tan mimada y tan candorosa en apariencia, ¿no hay un refinamiento de disimulo, de sangre fría y de cálculo despiadado? ¿No está jugando con mi corazón, con mis sentimientos y hasta con mi dignidad? ¿No es cruel la incertidumbre en que me deja? ¿Es lícito que le sirva yo como de juguete para que se pregunte: ¿le quiero o no le quiero? y no sepa qué contestar?»

Contra estas cavilaciones ocurrían al doctor varios argumentos que no carecían de alguna fuerza. «¿No seré demasiado exigente? -se decía-. ¿Qué derecho tengo a que me ame ya? ¿Qué derecho tengo ni siquiera a que mi amor sea creído? Hasta hace poco, ¿no he dudado yo mismo de mi amor? ¿Por qué extrañar que dude ella? ¿Cómo, pues, culpar a mi prima porque no cede, porque no me entrega sin reserva su corazón, no estando segura de la sinceridad, de la ternura, de la devoción del mío? ¿Qué pruebas de amor le he dado hasta ahora? ¿Qué sacrificio he hecho por ella? En verdad que ninguno. Ir a verla, a hablarla y a besarle la linda mano por la reja del jardín, lejos de ser sacrificio, es regalo y deleite. Y a trueque de tan dulces favores, ni siquiera sé mostrar un poco de paciencia, ni menos tener alguna confianza en su buena fe y sanos propósitos».

Así acusaba el doctor a su prima, y así la defendía en el tribunal de su conciencia, sin llegar nunca a dictar un fallo definitivo. Entre tanto, siempre estaba deshecho, aguardando la suspirada una de la noche, en que acudía a la reja del jardín, acompañado de su fiel Respetilla.

Los amores de éste no adelantaban más que los de su amo. También seguían en el mismo ser: pero Respetilla se lo explicaba todo, suponiendo que cada tierra tiene sus usos, y que los de aquélla exigían que los amores, tanto señoriles cuanto lacayunos y fregatricios, caminasen con lentitud, y que, en vez de gastar alas, gastasen pies de plomo. -No se ganó Zamora en una hora -añadía Respetilla-. Lo que mucho vale mucho cuesta. Pues qué, ¿no hay más que meterse de rondón en los corazones de tan lindas mozas, como trasquilados por iglesia, y entrar en ellos a saco y a sangre y fuego, sin previa resistencia, sin combate y sin abrir brecha a fuerza de trabajos y fatigas?

En esta situación las cosas, Respetilla vino una mañana al cuarto de su amo, que acababa de despertarse, y le entregó una carta.

Un desconocido se la había dado en aquel mismo instante, en la puerta de la calle, desapareciendo en seguida.

«¿Quién me escribirá? -se preguntó el doctor-. ¿Si será Costancita?»

Esperándolo, sin duda, abrió la carta y leyó con asombro lo que sigue:

«Eterno amor mío: Te has olvidado de mí. Ya no me conoces. Yo no te olvido y siempre te amo. Mi espíritu está ligado al tuyo por un lazo indisoluble que ni el destino adverso ni el tiempo destructor romperán nunca. A través de mil fugitivas existencias, en la rápida corriente de los seres mudables y de las formas pasajeras, mi alma permanece, y tu amor es su esencia. En la vida mortal que hoy tengo en el mundo, el cielo, cuyos fines ignoro y acato, ha puesto entre tú y yo obstáculos casi insuperables. No he querido luchar contra los decretos y designios del cielo. Por eso no me he presentado ante los ojos de tu carne. No quiero que sepas ni el nombre que llevo. Llámame tu inmortal amiga. Velo sobre ti. Te veo sin que me veas. Cuando se rinde al sueño mi cuerpo, mi espíritu vuela a ti y se pone a tu lado. ¿Tan material y distraído te has vuelto que no me sientes en lo más íntimo de tu ser cuando te acaricio y me uno a ti en un místico abrazo? ¿No hay ya brío en tu espíritu para evocar el mío? Los ojos inmortales de tu espíritu ¿no logran la aparición de aquélla a quien tanto has amado en otras edades? ¿No hay, ni durante el sueño ni durante la vigilia, un confuso recuerdo en tu mente de los pasados amores? Empiezas a amar, amas ya a otra mujer, y tengo celos. ¡Qué horrible es el tormento de estar celosa! Nada haré, sin embargo, en contra de ese amor que nace en tu alma. En esta vida mortal, no puedes, no debes ser mío. ¡Sería una locura! ¡Sería un crimen!... No me es lícito, por egoísmo, oponerme a que seas de otra. Lo lloraré; lo lloro; pero sabré resignarme. Con todo, si esa mujer a quien amas es fría de corazón, indigna de ti, y te abandona y te burla, yo te consolaré, dulce bien mío. Mi amor invariable no acaba ni con la rivalidad, ni con el desdén, ni con el olvido tuyo. No quiera Dios que llegues a ser infeliz; mas si lo fueres, evócame, di con toda la energía oculta de tu corazón: «¡acude, consuelo mío!» y me tendrás contigo. Hace días que lucho con el deseo de mostrarme materialmente a tus ojos. Tal vez no pueda resistir a este deseo. Tal vez te llame para verte y hablar contigo y guardar una prenda tuya. ¿Vendrás si te llamo? Sí, yo creo que vendrás. Eres noble y generoso, y no me privarás de este bien. Quiero un recuerdo tuyo, quiero una viva impresión tuya, en los sentidos materiales de que estoy revestida, antes de perderte para siempre en esta existencia transitoria: antes de que seas dichoso con esa mujer, frívola por lo menos. Adiós. Acuérdate de tu inmortal amiga».

Maravillado se quedó el doctor con la lectura de esta carta, haciendo sobre ella mil diversas suposiciones. «¿Será mi primita la que me escribe para burlarse de mi romanticismo con algo más romántico todavía? ¿Será alguna loca que se ha enamorado de mí y cree de veras todos estos delirios? ¿Será el tío Alonso o algún tertuliano de su casa, que trata de embromarme? En fin, sea como sea, lo mejor es quemar la carta y no decir a nadie que la he recibido. Buen chasco se va a llevar el que pensó divertirse con el efecto que la carta iba a producir en mí».

El doctor quemó la carta: ni a Respetilla confió palabra de su contenido, ni a su madre, a quien todo se lo confiaba, le escribió sobre dicho incidente.

Siguió el doctor amando de día a doña Costanza y viéndola y hablando de amor con ella por las rejas del jardín, en las altas horas de la noche; pero cuando se quedaba solo en su cuarto, cuando la prolongada vigilia sobreexcitaba sus nervios, creía sentir extraños rumores a su lado, como si se deslizase junto a él una sombra. Una vez despertó de su sueño temblando casi y con sudor frío, y pensó sentir en la frente la impresión ligerísima de unos labios etéreos, que habían depositado en ella un beso de amor. D. Faustino López de Mendoza, filósofo racionalista, estaba avergonzado de su cobardía y de su momentánea credulidad; pero es el caso que dos o tres noches casi juzgó inevitable la aparición de un espíritu, y sacó de su corazón fuerzas para recibirle con valor y sin amilanarse. «Si es un espíritu, ¿por qué ha de ser terrible? -decía-. El espíritu de una mujer hermosa, de quien anduve yo enamorado, Dios sabe cuándo, no debe ser para asustar, sino para deleitar». Dicho esto, el doctor se serenaba y se reía; pero al punto se trocaban en cuidado la serenidad y la risa, porque se persuadía de que estaba oyendo el andar vago y tácito de un espectro que se alejaba y el susurro de una vestidura levísima, y hasta un suave, profundo y triste suspiro...

¡Cuántas veces resonó en lo íntimo de su alma la última frase de la carta que había quemado: Acuérdate de tu inmortal amiga!

«¿Me iré a volver loco? -se preguntaba entonces-. ¿Tendré una naturaleza miserable, débil, nerviosa, en quien prevalece la fantasía sobre la razón y el discurso? ¿Estaré acaso al arbitrio de cualquier tunante, a quien se le antoje escribirme una carta disparatada, robarme la tranquilidad y sacar de quicio todos mis sentidos y potencias?»

Esta agitación oculta del doctor no impedía que siguiese su vida acostumbrada y que sus amores con doña Costanza creciesen en él y permaneciesen en ella en la misma situación germinal, incierta e indecisa.

A las tres noches, después de recibir la extraña carta, volvía el doctor con Respetilla a casa de doña Araceli. El coloquio amoroso no había sido largo. Eran las dos nada más.

Al revolver de una esquina se acercó al doctor una pobre vieja, y le dijo en voz muy baja:

-Señor caballero, necesito hablar con Vd. sin que su criado lo oiga. Vengo de parte de la inmortal amiga.

Respetilla se había quedado detrás. El doctor aguardó a que llegase y le dijo:

-Vete a casa; no me sigas: espérame despierto hasta las cuatro.

Bien sabe el demonio lo que le ocurrió entonces a Respetilla. Perdónele doña Costanza el mal pensamiento. Respetilla dio a su amo las buenas noches con un tono lleno de malicia, y le miró con envidia y espanto, como quien dice: ¡Que haya logrado éste lo que no logro yo por más que lo pretendo!

Respetilla no tuvo más recurso que obedecer a su amo, dejarle e irse a la casa.

Solos ya en la calle D. Faustino y la vieja, entablaron este coloquio:

-¿Qué me quiere esa amiga inmortal? Si es burla de algún chusco, yo le prometo que habrá de costarle cara.

-No es burla, señor caballero. Es asunto muy serio. Quizás la carta que recibió Vd. se resintiese un poco del estado de la desgraciada. Tenía mucha fiebre cuando la estaba escribiendo; pero hoy está bien de salud y forma un empeño grandísimo en ver a Vd.

-¿Y quién es esa mujer? Dígame Vd. su nombre.

-No lo sé, y aunque lo supiera no lo diría. Mi obligación es decir a Vd. que me siga y venga a verla.

-¿Y cómo aventurarme a ir a ver a quien no conozco?

-¿Tiene Vd. miedo, señor caballero?

-Abuela, yo no tengo miedo. Vaya Vd. delante y guíe. Iré al infierno, si es menester.

-Tengo encargo de no llevar a Vd. sin imponerle algunas condiciones.

-Vamos, dígalas pronto. Me someto a ellas como no sean desatinadas. La curiosidad de ver a mi inmortal amiga puede mucho en mí.

-Son las condiciones, que Vd. no ha de procurar nunca averiguar el nombre de ella; que no la ha de perseguir; que no ha de tratar de reconocer la casa a donde voy a llevarle ahora, que no ha de preguntar mañana, ni pasado, ni nunca, si por acaso la recuerda, quién vive en dicha casa, y, por último, que en el punto que yo le diga a usted vámonos, usted me ha de obedecer, dejar la casa, y venirse conmigo hasta este mismo sitio, donde le dejaré para que se vuelva solo a la suya. ¿Acepta Vd. las condiciones?

-Las acepto.

-¿Me da palabra de caballero de que las cumplirá?

-La doy.

-¿Por lo más sagrado?

-Basta ya. Queda empeñada mi palabra de honor.

-Pues sígame Vd.

Aunque la ciudad era chica, no tanto que no hubiera en ella un laberinto de calles estrechas y tortuosas, por donde se internó D. Faustino precedido de la vieja.

Mientras andaban, iba el doctor formando todo género de hipótesis para explicarse aquella aventura. Podía ser una burla de doña Costanza o de su padre o de algún pretendiente de doña Costanza. Aquel marqués de Guadalbarbo, con quien el doctor había echado las vacas en el casino, presumía de chistoso. ¿No sería él quien le embromaba? De Málaga, de Granada y de Sevilla, habían acudido a la feria algunas mozas alegres, de éstas que llaman ahora traviatas. ¿No sería posible que alguna de estas mozas se hubiese aficionado del doctor, viéndole en la feria, y deseosa de tener con él una cita, hubiese inventado todo aquel aparato novelesco para lograrla y hacerla más picante y más grata? Pero ¿qué moza andaluza de dicha laya, con perdón sea dicho de las del gremio, tiene el espíritu bastante cultivado para escribir la carta que D. Faustino recibió e inventar maraña tan fina? ¿Sería su amiga inmortal alguna vieja casquivana? ¿Sería alguna mujer enferma de enajenación mental?

Discurriendo de este modo, llegaron a la puerta de una casa, donde se paró la vieja. Al llegar el doctor, empujó la vieja la puerta que estaba entornada, y entró e hizo entrar al doctor en el zaguán, entornando otra vez la puerta, y quedando el zaguán oscuro como boca de lobo. El doctor, aunque iba bien armado, tuvo cierto recelo, y puso mano a la pistola que llevaba en el cinto. La vieja buscó a tientas el agujero de la llave de la puerta interior, por donde se entraba en la casa desde el zaguán, y abrió con la llave que guardaba en el bolsillo.

La misma obscuridad que en el zaguán había dentro de la casa.

La vieja tomó de la mano al doctor, y con mucho silencio le hizo subir por una escalera. Luego pasaron por dos cuartos, también a oscuras. Llegaron, por último, a la puerta de otro cuarto, por cuyos resquicios se veía luz. La vieja dio un golpecito en la puerta.

-Adelante -dijo una voz de mujer.

-Entre Vd. señor caballero -dijo la vieja.

D. Faustino entró en el cuarto, y la vieja se quedó fuera.

El cuarto estaba pobremente alhajado, pero muy limpio. No había más que media docena de sillas y una mesa, sobre la cual se veía un velón de Lucena con dos mecheros ardiendo. En el fondo había una puerta, que conducía sin duda a una alcoba.

De pie en medio del cuarto, estaba una mujer alta y delgada, toda vestida de negro. Sus cabellos eran también negros: negros como el ébano. El color de su rostro, trigueño claro. Sus ojos hermosísimos y del color de los cabellos. Todas sus formas, elegantes.

Aunque pálida y ojerosa, en la tersura de su frente y en la frescura de su fez se notaba que era una joven de veinte años lo más.

-Caballero -dijo aquella joven con voz dulce y algo trémula-, perdóneme Vd. que le haya molestado, escribiéndole primero, y después obligándole casi a tener esta entrevista conmigo. Cuando escribí a Vd. la carta, estaba yo muy exaltada; creo que tenía calentura. Esto baste para explicar a Vd. cualquier extravagancia que pudiese haber en la carta.

-Señora, ¿qué he de creer entonces de la carta que Vd. me escribió y que ya califica de extravagante?

-Todo en el fondo. Yo no califico de extravagante sino el estilo, quizás lleno de exaltación.

-Luego es Vd. mi inmortal amiga.

-Lo soy.

-¿Vd. me conoce desde hace tiempo?

-Le conozco a Vd... Vd. es quien se ha olvidado de mí.

-Dígame Vd. algo para que la recuerde. ¿Dónde, cuándo nos hemos visto?

-¡Escucha, Faustino! Perdóname que te hable así; que te llame por tu nombre... ¡Hemos sido tan íntimos!... ¡Nos hemos amado tanto!...

El doctor miró con la mayor atención las hermosas facciones de aquella mujer y llegó a creer que las recordaba; pero de un modo tan confuso que no acertaba a decirse en qué ocasión las había visto. Aún despertaba más en él confusos y perturbadores recuerdos el metal sonoro y simpático de su voz femenina.

-¡Escucha, Faustino! -repitió la mujer-. Ya te lo escribí. Ahora te lo digo. Yo no debo ser tuya en esta vida mortal: pero quería verte y hablarte una vez sola antes de que nos separásemos para siempre. Un destino cruel, horrible, me condena a huir de ti... Ama a esa joven. ¡Dios quiera que sea digna de ti! ¡Dios te haga dichoso!... ¿Me concederás una gracia?

-Pídeme lo que quieras -dijo el doctor, pensando si estaría con una loca, sospechando aún si sería todo aquello una burla, y recelando a veces si él mismo estaría soñando o delirando.

-Dame, como memoria tuya -dijo la mujer-, un bucle de tu pelo rubio.

Apenas lo dijo, se acercó al doctor, que estaba turbado y sin saber lo que le pasaba, y le cortó un bucle con unas tijeras, que tomó de la mesa.

Todo esto fue más breve que el tiempo que tardamos en referirlo.

-Ya me has visto de nuevo -prosiguió la mujer-. No te olvides de nuevo de mí... Si algún día eres desdichado, llámame y acudiré a consolarte. Hoy eres dichoso y no me necesitas... Dímelo con sinceridad. ¿Amas a doña Costanza?... Responde lealmente; responde como debe responder un caballero.

El doctor, así interpelado, no pudo menos de contestar:

-Amo a doña Costanza.

-¡Vete, vete, vete! -dijo la mujer con acento lastimero a par que iracundo.

D. Faustino iba a irse, obedeciendo a aquella voz imperiosa; pero, de pronto, la mujer le echó los brazos al cuello. Sintió el doctor sobre su rostro su aliento juvenil. Luego, la impresión de un beso sobre cada uno de sus párpados.

Tuvo un momento de aturdimiento y de ceguera. Al volver en sí, la mujer ya se había apartado de él y se había ido por la puerta del fondo, cerrándola con llave.

La vieja estaba al lado del doctor.

-Cumpla Vd. su palabra, señor caballero -dijo la vieja-. Sígame Vd., y le dejaré en el mismo sitio en que nos encontramos.

D. Faustino vio que era inútil toda súplica y toda averiguación. La vieja le recordaba su palabra de honor empeñada, y no tuvo más remedio que cumplirla, siguiendo a la vieja.

Ella le llevó por otras calles dando rodeos, adrede sin duda para desorientarle. Al cabo le dejó casi a la puerta de la casa de doña Araceli.


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- X - La niña Araceli[editar]

Hasta después de la entrevista misteriosa con su inmortal amiga no conoció el doctor cuán de veras estaba enamorado de dona Costanza. En su inmortal amiga, mientras la tuvo presente, nada había visto de fantasma aéreo, de diabólico ni de inconsistente, sino una mujer sólida, maciza, hermosa e interesante; y sin embargo, ningún impulso de amor sensual había despertado aquella mujer en su pecho, ocupado todo con el amor de la primita.

Lo que la innominada le inspiró desde luego fue una simpatía profunda y una vehemente curiosidad. Pero ¿cómo satisfacerla?

El doctor era de suyo muy sigiloso; había prometido callar; y ni a su madre ni a Respetilla contó nada de la extraña aventura.

En balde recorrió todas las calles de la ciudad en busca de la casa donde la desconocida se le había aparecido. Era torpe para recordar sitios. Lo menos sospechó de treinta casas; pero no decidió que fuese ninguna. Cuando veía una mujer alta y delgada, imaginaba si sería su amiga inmortal. Se acercaba y le miraba el rostro, y se convencía de que no. A veces corría detrás de las viejas, a ver si volvía a ver a la vieja que le guió a la casa. Tampoco la volvió a ver.

-¿Quién será mi inmortal amiga? -se preguntaba el doctor.

Mientras duró vivo en su alma el recuerdo de la impresión material de aquellos labios hermosos sobre sus párpados y del dulce calor de aquel aliento juvenil sobre su rostro, ni soñando ni velando, en la obscuridad y silenciosa soledad de la noche, oyó el doctor de nuevo vagos rumores como de una sombra que se desliza, ni creyó sentir junto a él espíritu alguno. Sus cavilaciones, para averiguar quién ella sería, tomaron un carácter que podemos calificar de enteramente realista. El doctor llamó a careo con la impresión que la desconocida le había dejado a todas las mujeres que vivían en su memoria y con quienes había tenido algo de parecido al amor. De lo único de que se penetró el doctor, evocando tales recuerdos, fue de que nunca había amado. Su primer amor era, pues, doña Costanza. Había tenido, sí, algunas aventuras galantes, más o menos plebeyas. Ninguna de las heroínas de aquellas aventuras era su amiga inmortal: ni las pupileras, costureras y bailarinas de Granada, ni una gitanilla, ni varias traviatas de oficio, de quienes también se recordaba, ni tres o cuatro muchachuelas guapas, que habían servido a su madre, y con quienes el doctor, allá en su primera mocedad, había estado más insinuante y había sido más familiar de lo que al ilustre mayorazgo de los López de Mendoza cuadraba y convenía.

Resultaba, pues, que dentro de los límites de lo naturalmente posible, según el doctor lo entendía, su amiga inmortal no se había mostrado jamás ante sus ojos, desde que era hombre y se llamaba D. Faustino, hasta la noche de la entrevista misteriosa que dejamos referida.

Ella podría haberle visto, sin ser vista, y haberse enamorado de él. ¿Dónde y cómo? Difícil era averiguarlo.

Pasaron tres o cuatro días, y la impresión viva, la huella, por decirlo así, de los labios de la mujer innominada se borró de los párpados del doctor: pero la imagen de aquella mujer, que por los ojos había pasado al alma, allí permanecía impresa. Y no sólo en el alma, en la misma retina creía el doctor que conservaba aquella imagen. Mientras más tiempo pasaba, después de haber visto materialmente a la mujer, más persistía la imagen, adquiriendo cierta consistencia fantástica. Cuando cerraba los ojos, cuando estaba a obscuras, la veía cercada de un nimbo luminoso.

Aunque algo confusa e indistinta, el doctor, al contemplar aquella imagen, acabó por hallar en ella cierta semejanza con otra imagen que guardaba también en la memoria. Su madre tenía en su estrado un retrato del siglo XVI, que parecía de Pantoja. Era una dama vestida de terciopelo negro; con mangas acuchilladas y brahones; collar de perlas magníficas; gorguera y puños de lechuguilla o abanillos, y en la cabeza muchos diamantes. Este retrato, aunque no tenía nombre escrito, se sabía que era de la coya o señora peruana con cuyo dinero se edificó la casa solariega de los López de Mendoza.

Al doctor, no en seguida, sino cuatro días después de haber visto a su inmortal amiga, se le hubo de meter en la cabeza que se asemejaba bastante al retrato de la coya.

Ya se entiende que la imaginación poética del doctor estaba en completa discordancia con su inteligencia cultivada y con su espíritu crítico. Todos los razonamientos del doctor venían a demostrar que la mujer desconocida que le había escrito y que le había besado los párpados era una mujer de carne y hueso, bautizada en alguna parroquia, no con siglos, sino con veinte años de edad, a lo más, y que había de llamarse Juana, Francisca, Teresa u otro nombre por el estilo, de los muchos que hay en el calendario.

El doctor, con todo, hallando demasiado largo y enfático el nombre de inmortal amiga, tuvo el capricho de dar un nombre menos vago a su visión, y la llamó María. Quizás fue casualidad, quizás contribuyó a esto el que, en aquella época del romanticismo, los poetas, en vez de llamar a sus ninfas Nise, Filis, Galatea, Delia, u otros nombres algo pastoriles, gentílicos y helénicos, habían puesto en moda el dulce nombre de María; y cuando sus versos no eran ¡A ella! eran ¡A María! casi siempre.

Lo singular fue que, después de haber puesto el doctor a su desconocida el nombre de María, y después de haberla nombrado así varias veces, allá en su interior, vino a recordar con algún asombro, chocándole un poco la coincidencia, que la coya, durante su vida mortal, reinando en España el señor rey D. Felipe II, se había llamado también doña María.

Recordaba luego el doctor varios cuentos, que había leído o que había oído contar, los cuales, si corroboraban por momentos en su imaginación la idea absurda de que la coya tenía algo de común con la amiga inmortal, daban por otra parte cierta luz a su entendimiento para explicarlo todo racionalmente.

En primer lugar, como el recuerdo del retrato no era perfectamente claro, y el de la desconocida, a quien sólo había visto algunos minutos, era más confuso aún, podría ser muy bien que la semejanza fuese más imaginaria que efectiva. Lo que se contaba de que el espíritu de la coya andaba en su casa velando el tesoro de las perlas, tal vez había contribuido a infundirle aquella idea en la fantasía. Cuando pequeño había oído referir que la coya era además el más activo de los genios, espíritus familiares o lares de su casa. Mientras que el Comendador Mendoza se limitaba a ir penando por los desvanes, la coya había intervenido en no pocos asuntos de la familia. Al menos así se decía en Villabermeja. Estos y otros recuerdos habían acalorado, sin duda, la imaginación del doctor.

Lo más seguro, pues, era creer que la amiga inmortal era una loca, o una romántica, o una mujer que había querido divertirse a costa del doctor, sabe Dios con qué propósito. Hasta el parecerse a la coya, dado que en realidad se pareciera, podía justificarse y aceptarse como verosímil. Pues qué, ¿no hay personas que se parecen mucho sin ser parientes? ¿No podía además ser la desconocida algo parienta del doctor y por lo tanto de la coya?

En lo que al doctor no le cabía duda es en que no había soñado ni la carta recibida, ni la entrevista en la casa a donde le llevó la vieja, ni los besos en los párpados. Su amiga inmortal, por testimonio evidentísimo de sus sentidos, era un ser viviente, que estremecía el aire con su palabra, que respiraba, que se movía, que tenía calor y aliento, y sangre en las venas. De todo esto se recordaba el doctor muy bien.

Como hombre previsor, prohibió a Respetilla que dijese a nadie, ni a Manolilla siquiera, que una noche había estado solo, fuera de casa, hasta las cuatro de la mañana. Respetilla tenía tanto miedo a su amo, que se calló, a pesar de su afición a contarlo todo, y siguió sospechando que doña Costanza no era tan retrechera como su criada, y que se podía comparar mejor a cualquier reloj bien dispuesto, que al reloj de Pamplona, de que habla la copla del fandango.

Desgraciadamente para D. Faustino, las atrevidas sospechas de Respetilla carecían de fundamento. Doña Costanza no acababa de amar a su primo, si bien seguía queriendo quererle y viéndole todas las noches un ratito por la reja del jardín.

En cambio, el afecto que el doctor había infundido en el tierno corazón de la niña Araceli era más vehemente cada día. Este afecto era amor y más que amor; pero, como era amor sentido con humildad y devoción magnánima, y por un espíritu encarcelado en una triste armazón de huesos y forrado de una piel llena de arrugas, había tomado la forma sublime y desprendida de querer realizarse y consumarse por medio de otra tercer alma y por medio de otro cuerpo joven y hermoso, a quienes también amaba e idolatraba la niña Araceli.

Pensarán algunos que esto que refiero es insólito y raro; pero, si lo meditan bien, notarán que ocurre con frecuencia. Hay, por dicha, corazones de viejos y de viejas que no tienen la monstruosidad de amar para sí, que no se encastillan en el egoísmo, y que siguen amando con más energía y de un modo más completo, si cabe, que cuando eran mozos. Uno de estos corazones, y de los más nobles, era el de doña Araceli.

Amaba a Costancita con más ternura que la amaba y podía amarla D. Faustino, y había acabado por amar a D. Faustino, no ya sólo para casarse con él, sino para arrostrar por él muertes, miserias y cuanto hay que arrostrar, si ella se hallase en el cuerpo de doña Costanza. Su sueño de oro era, por consiguiente, verlos casados a ambos. Faustino y Costanza eran como dos pedazos de su propia alma, en cuya unión estrecha ponía doña Araceli toda su felicidad y todo su deleite.

La amistad vivísima y constante, que, desde la infancia, había unido a doña Araceli con doña Ana, madre del doctor, había servido de fundamento al afecto de doña Araceli por D. Faustino. Las prendas personales de éste habían después, con el trato y la convivencia, acrecentado aquel afecto. La niña Araceli ardía, pues, de impaciencia, al ver que tardaban tanto en llegar a un término dichoso los amores entre sus dos sobrinos.

La conferencia que tuvo con Costancita, y de que ya dimos cuenta, se repitió en balde otras dos veces.

Recelando doña Araceli que la timidez de su sobrino fuese causa de que el amor no adelantara, se decidió al cabo a hablar con él del asunto, y para ello se le llevó un día a su cuarto, y allí a solas se explicó de esta manera:

-Muchacho -le dijo-, no he querido hasta ahora hablarte claro, pero ya es menester que te hable. No se entiende bien que siendo, como eres, tan lindo mozo, tan galán, tan discreto y tan sabio, seas al mismo tiempo tan para poco. Yo concerté con tu madre que vinieses aquí a ver si enamorabas a Costanza y te enamorabas de ella. Por amor a tu madre quería yo hacer tan ventajoso casamiento. Desde que te conozco y trato, te he tomado mucho cariño y ya deseo hacer la boda por amor hacia ti: mas para esto contaba contigo y veo que me faltas. Y no por falta de amor; no. Yo conozco que amas a mi sobrina. Confiésalo: ¿no es verdad que es muy graciosa? ¿No es verdad que tiene talento? ¿No es verdad que la adoras?

-Sí, tía, la adoro -interrumpió D. Faustino.

-Entonces, ¿por qué no se lo dices, bobo? Yo sé que ella está muy inclinada a quererte; pero, ya se ve, ¿dónde has aprendido tú que han de ser las mujeres las que pretendan y persigan? Hijo mío, estás perdiendo el tiempo y la coyuntura, y te va a pasar lo que al héroe de una antigua comedia que llaman El castigo del pensé que...? Aunque eches a tu prima miradas como sinapismos o cáusticos, que le quemen el corazón, esto no basta; es menester hablar.

El doctor, deseoso de guardar el secreto de sus coloquios por la reja, contestó a su tía:

-Pero ¿dónde y cómo he de hablar a mi prima, rodeada siempre de gente, o al lado de su padre?

Aquí doña Araceli, aunque también había prometido no hablar de la carta amorosa que Costancita le había leído, no pudo disimular más, y exclamó:

-Ea, no seas embustero: fuera disimulo. Yo sé que has escrito a Costanza, declarándola tu amor y pidiéndole una cita. En un momento de expansión, ella me leyó tu carta. Dice que no te quiere contestar. Escríbele otra y verás cómo te contesta. Yo entiendo que ya te ama. Es timidez o soberbia de tu parte no escribir nueva carta; ya que la primera, si no ha sido contestada, ha sido bien recibida.

El coloquio entre el sobrino y la tía siguió largo rato por este camino y doña Araceli hizo tanto, y estrechó de tal suerte al doctor, que éste, a pesar de su sigilo, vino a confesar a su tía que hacía ya algunas noches que hablaba con doña Costanza por la reja del jardín.

Doña Araceli recibió la noticia con más júbilo que si fuera ella misma la que hablase por la reja. Su curiosidad de saber hasta los más insignificantes pormenores rayaba en locura. Gozaba con ellos como si fuese su alma, a la vez, el alma del doctor y el alma de doña Costanza enamorada.

D. Faustino tuvo que contarle todo y que repetir lo más importante.

-¡Válgame Dios poderoso! -decía doña Araceli-. ¿con que siete veces hablando de seguida por la reja, en el silencio solemne de la alta noche, a la escasa luz de las estrellas, en medio de un ambiente perfumado de azahar y violetas; hermosos, jóvenes ambos, y nada, ella no acaba de decidirse ni de confesar que te ama? ¿Tiene el corazón de bronce? ¿Es una piedra y no una mujer? Te aseguro que no lo comprendo. Y dime, hijo mío, sin una falsa vergüenza que aquí no es del caso; háblame como si yo fuera tu confesor; te quiero mucho y me intereso por ti: dime ¿vuestras caras no se han acercado nunca hasta tocarse? ¿Tus labios no se han posado ni siquiera sobre la frente de Costancita?

-Nunca, tía. No he hecho más que tomar su linda mano y besarla.

-¡Ay, sobrino, sobrino! Si tú no fueses tan verídico, no te creería. ¡Esa chica es un alcornoque; es un roble! ¡Y cuán disimulada y astuta! ¡Cómo se lo tenía callado! Su condición natural, por otra parte, es recia de veras. No dejan rastro en su cara esas vigilias y esos coloquios. Ni ha perdido la color, ni tiene ojeras. El demonio son las niñas del día. Está fresca y colorada como una rosa. Pero ¿qué digo como una rosa? ¿Qué rosa no se marchita y deshoja, si está expuesta al sol de Julio, sin que vierta el alba en su seno una gotita de rocío?

-Tía -contestó D. Faustino suspirando-, yo creo que Costanza no me ama. El sol de mi amor no sólo no puede marchitarla, sino que no existe para ella.

-No, hijo mío, no digas eso. Costanza te ama. Si no te amase, no tendrían perdón la desenvoltura y la coquetería de ir a hablar contigo por la reja. Lo que importa ahora es que adelanten los amores, y que os convengáis pronto, a fin de que los santifique la Santa Madre Iglesia, ciñendo al yugo vuestros cuellos con la suave e indisoluble coyunda del matrimonio.

D. Faustino no tenía qué contestar a tan buenos deseos y balbuceó mil gracias. Animada doña Araceli, prosiguió diciendo:

-Yo lo arreglaré todo, o he de borrarme el nombre que tengo.

-Tía, considere Vd. lo que hace y no me pierda. No diga Vd., por Dios, a Costanza que yo no he sabido callar y he dicho a Vd. el secreto de nuestros citas. No me lo perdonaría nunca.

-¡Hombre, no te asustes ni te eches a temblar! Si sigues así, vas a ser el marido más gurrumino de que hablen las historias. Pierde cuidado que nada diré a Costancita de cuanto me has dicho. Yo buscaré otros medios para ganarte por completo su voluntad.

-Gracias, tía; pero... mucha prudencia, mucha circunspección... no echemos a perder el asunto por querer llevarle a escape.

-En buenas manos está el pandero. Ya verás qué son saco de él para que bailes.

-Dios lo haga, tiíta Araceli.

-Oye, Faustinito, te voy a decir una cosa, aunque tú, como eres filósofo, te vas a burlar de mí; pero quiero que me agradezcas los sinsabores que por ti paso.

-¿Qué sinsabores? ¿Se enoja quizás el tío Alonso contra Vd. porque Vd. protege mis amores con su hija?

-No es eso. A decir verdad, tu tío Alonso, aunque no se enoja, no se alegra de estos amores. Tu tío Alonso tiene más conchas que un galápago y es menester ser el mismo diablo para penetrar lo que quiere. Lo único seguro es que someterá su voluntad a la de su hija, si ésta se decide con firmeza en tu favor. Por lo pronto, no debo ocultártelo, el tío Alonso no está muy prendado de ti; te halla soñador, distraído, poco o nada práctico y por último, casi no me atrevo a decírtelo, porque yo misma creo, en este punto, que no carece de razón acusándote...

-¿Y de qué me acusa?

-Te acusa...

-Dígalo Vd.

-Te acusa de poco religioso; pero, en fin, yo espero que tú te enmendarás. Yo he leído en el Año Cristiano, y en otros libros piadosos, la vida de varias princesas y señoras de alto copete que se casaron con reyes judíos, moros o paganos, y al cabo los convirtieron. ¿Por qué no ha de ser Costancita una de tantas? ¿Tiene acaso menos labia o menos garabato que ellas?

-Sí, tiíta; no dude Vd. de que Costanza me convertirá y hará de mí lo que guste, con tal de que me quiera. Pero, vamos, dígame Vd. al fin cuáles son esos sinsabores.

-Hijo mío, son una tontería de que te vas a burlar.

-No me burlaré: hable Vd.

-Ya verás qué débiles y medrosas somos las mujeres. Tú no ignoras que yo viví con tu madre algunos años antes de que se casase; que después cuando tú eras niño, he pasado con ella en Villabermeja una larga temporada; y que siempre nos hemos escrito con frecuencia y con la mayor intimidad. No extrañarás, por lo tanto, que sepa toda la historia de tu familia y de tu casa.

-¿Y qué puede Vd. saber, tía, que le cause sinsabores? ¿Que soy pobrísimo? Yo no lo oculto.

-No es eso, hijo mío: no es eso. Ya te he dicho que es una tontería, un delirio; pero que me conturba a veces. Has de saber que los bermejinos hablan de un espíritu familiar que hay en tu casa y que interviene en todo. Tu padre, que de nada se asustaba, me contó una vez que, cuando tú naciste, dicho espíritu se le apareció en sueños y le habló de ti, pronosticando cosas oscuras, que no quiso o no supo declararme. Después oí referir allí multitud de patrañas. Y como tu madre tiene en su estrado el retrato de la persona, cuyo espíritu desprendido hace siglos del cuerpo, es quien suponen que hace las tales diabluras, mi imaginación se ha exaltado, en estos últimos días, y he creído ver vagamente dicho espíritu en la forma que tiene el retrato.

-¿Vd. ha visto a la coya, tía? -dijo D. Faustino, con cierto asombro que no pudo disimular.

-Sí, la he visto en sueños dos o tres veces; y me ha mirado con mucha ira, y he creído entender que se opone a que yo intervenga en el asunto de tu boda. En fin, aunque conozco que esto es una sandez, he tenido miedo. Hace noches (quédese esto para entre nosotros), con pretexto de que no estoy muy bien de salud, hago que duerma una criada en mi cuarto.

-Pero Vd. ¿no ha visto a la coya sino en sueños?

-Pues ¿cómo había de verla de otra suerte? Dios, hijo mío, no puede consentir que las almas de los muertos se anden siglos y siglos paseando por acá para asustar o para divertir a los vivos. ¡Pues no faltaba otra cosa!

-Eso es verdad, tía.

-Lo malo es que la imaginación puede mucho. Ella produce una ficción y sobre esta ficción se levanta luego un caramillo de otras ficciones. Dígolo porque no hace muchos días fui a misa muy de mañana a la Iglesia Mayor. Me hinqué de rodillas en el sitio más obscuro y solitario. Apenas noté al principio que había a mi lado una mujer alta, delgada, vestida de negro, al parecer rezando. No sé por qué me fue poco a poco llamando luego la atención su traza peregrina y fuera de lo común. Antes de que yo me levantara, se levantó ella para irse. Volvió entonces la cara hacia mí, la vi por vez primera, y tuve la maldita ocurrencia de creer que se parecía aquella cara a la del retrato que posee tu madre.

-¿Y no ha vuelto Vd. a ver a esa mujer? -preguntó el doctor.

-No, no la he vuelto a ver. La alucinación que en mí produjo entonces es causa sin duda de otros sueños que luego he tenido; pero la señal de la cruz ahuyenta a los malos, y yo procuraré no tenerles miedo. Aunque Satanás se oponga, he de trabajar para que te cases con Costancita.

Con esto dio fin doña Araceli al coloquio, dejando al doctor con grandes esperanzas de ser completamente feliz en sus pretensiones amorosas, si bien un tanto confuso y meditabundo a causa de todas aquellas coincidencias de la coya, del retrato y de la amiga inmortal a quien llamaba María.


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- XI - Actividad diplomática[editar]

Después de la conversación con su sobrino, doña Araceli conoció que importaba herrar o quitar el banco; echó sus cuentas, calculó que aquel estado de cosas no debía durar, y resolvió presentar su ultimatum a su sobrina y a su hermano D. Alonso, a fin de que diesen los pasaportes al doctor o le aceptasen y reconociesen como novio oficial y esposo futuro de Costancita.

Las razones que tuvo doña Araceli, después de recapacitarlo bien, deben exponerse aquí en resumen.

D. Faustino empezaba a hacer un papel bastante desairado. Toda la gente de la ciudad, porque en una pequeña ciudad de provincia casi nada se encubre, sabía que había venido a vistas; y como de las vistas nada resultaba, y podían al cabo resultar unas calabazas, mientras más tiempo pasara, sería mayor y más ruidoso el desaire. Como el doctor no tenía mundo y estaba además enamorado, no comprendía bien esto.

Aunque doña Araceli amaba con todo su corazón a doña Costanza, el amor no quita conocimiento, y doña Araceli auguraba mal del disimulo y recato de su sobrina, que hablaba por la reja con el doctor, sin confiárselo; y peor auguraba aún del dominio que tenía sobre sí para que, después de siete noches en que un joven tan gallardo le había hablado de su amor, era de suponer que con arrebatadora elocuencia, no hubiese ella dado un sí y siguiese consultando su corazón, sin averiguar lo que su corazón respondía. Doña Araceli se acordaba de su juventud, y allá en el sigilo profundo de su conciencia se representaba las escenas por la reja, cuando ella también había hablado con una persona querida. ¿Cómo resistir, si se ama un poquito, a las palabras dulces y ardientes, a los suspiros, a los juramentos de amor, a las quejas, al deseo expresado en el gesto y en las miradas lánguidas, cuando todo ello viene fortalecido por la magia del silencio, del reposo nocturno, de la oscuridad, de la incierta luz de los astros que parece que se enamoran unos a otros en la bóveda azul, del perfume de las flores, de la blanda frescura del regalado ambiente, del arrullo lejano de alguna paloma, o el trino amoroso de algún ruiseñor y de otros mil incentivos que ofrecen a tales horas, y en la primavera, el clima, el suelo y el cielo de Andalucía? Todo esto, según lo recordaba doña Araceli, era irresistible a los diez y ocho años de edad.

Comprendan también mis lectores que ya he dado a entender que doña Araceli había sido algo frágil y más amorosa que severa. Las que presumen de severidad lo primero que deben hacer es no acudir por la noche a la reja a hablar con el novio. No por eso sostendrá aquí el autor de esta historia que no haya mujeres que acudan a la reja, que estén enamoradas del que habla con ellas, y que escatimen tanto o más que doña Costanza los favores y las generosas condescendencias; pero repito que lo mejor es no acudir a la reja. Así se lo recomiendo a los padres, hermanos y madres de las señoritas andaluzas. Quien quita la ocasión, quita el ladrón. No sólo el vino embriaga.

Sea como sea, doña Araceli no acertaba a comprender por qué, a pesar de toda su honestidad y católica crianza, Costancita, ya que había bajado a la reja durante siete noches, no había permitido siquiera que su primo le diese un beso en la frente. Para la condición, los ímpetus y las ternuras de doña Araceli, esto constituía prueba plena de que Costancita no quería al doctor y estaba entreteniéndole y divirtiéndose con él.

«En efecto -pensaba doña Araceli-, es menester estar revestida de la piel del diablo para bajar a hurtadillas al jardín, de una a dos o tres de la noche, para acudir con tanto misterio como si fuera un delito, y todo esto con el propósito de dar la mano a besar y de decir: «Ya veremos si te quiero». Está visto: ¡son incomprensibles las muchachas del día!»

Otra consideración se ofrecía a la mente de doña Araceli, que no tiene vuelta de hoja, y con la cual no dudo que estarán de acuerdo mis lectoras más graves.

La conducta de Costancita no tenía buena interpretación. ¿Para qué aquel misterio? ¿Para qué no decir paladinamente que amaba a su primo? ¿Para qué no hablarle ya como a futuro delante de todos los tertulianos de su casa? Lo de ir a la reja era comprometido y pecaminoso, y ni siquiera tenía la disculpa del amor, ya que Costancita aún no amaba.

Hechas todas las reflexiones susodichas, y muchas otras que en obsequio de la brevedad se pasan por alto, doña Araceli se puso la mantilla y se fue a casa de D. Alonso, resuelta a arreglarlo o tronarlo todo, sin más dilación ni rodeo.

D. Alonso estaba en el Casino y doña Costanza recibió sola a su tía. Lo que hablaron es de suma importancia, y se traslada aquí tan fielmente como pudiera hacerlo un taquígrafo.

-Costancita -dijo doña Araceli después del saludo y de tomar asiento-, quiero que nos entendamos de una vez. El hijo de mi mejor amiga ha venido aquí, confiado en mis promesas y buenos oficios, y no conviene que salga burlado. ¿Le quieres o no le quieres? Ya no puedes alegar que él no te ama, que él no se ha declarado. ¿Para qué hacerle penar? ¿Para qué tenerle en una espantosa incertidumbre, si es que le amas? Y si no le amas, ¿para qué engañarle con vanas esperanzas, consiguiendo así que sea más honda, quizás mortal, la herida que piensas hacerle o que ya le has hecho?

-Tía, tía -respondió doña Costanza-, Vd. viene contra mí espada en mano. Vd. es quien viene a herirme. Vd. viene tremenda. ¿Y cómo quiere Vd. que yo conteste a todo eso? Deseo amar a mi primo. Me siento inclinada a amarle, pero no le amo aún. No es culpa mía. ¿Mando yo en mi corazón?

-Pero, hija, ¿qué corazón es entonces el tuyo? Pues qué, ¿después de tres o cuatro semanas de ver, de hablar, de tratar a tu primo, nada te dice el corazón, ni en favor ni en contra?

-No es que no me dice nada el corazón. El corazón me dice demasiado, y la cabeza responde, y entre el corazón y la cabeza se arman disputas crueles que me aturden y desesperan.

-Confíate en mí, Costancita -dijo doña Araceli con mucha ternura, acercándose a su sobrina y dándole un cariñoso abrazo.

-Mire Vd., tía, la quiero a Vd. tanto, la creo a Vd. tan buena, que voy a abrirle mi alma y a revelarle cuanto hay en ella de bueno y de malo. Voy a exponer a Vd. mis dudas y contradicciones con franqueza y lealtad.

-Habla, habla, hermosa mía.

-Sin bromas, tía Araceli; yo soy niña, soy inexperta, sé poco de pasiones y de lances de amor; pero sospecho que en el amor hay grados, como en todo. Hasta cierto grado me parece que amo ya a mi primo, el cual es discreto, buen mozo, instruido y tiene otras muchas prendas estimables. Con la mitad, con la cuarta parte del amor que yo profeso ya a Faustinito, tiene de sobra cualquiera otra para aceptar a un hombre por novio y luego por marido. Pero yo reflexiono demasiado, y necesito doble o triple amor del que tengo para casarme con mi primo, venciendo las reflexiones. Creo que él me ama, pero también necesito en él doble o triple amor del que me tiene.

-¿Cómo es eso? Explícate.

-Es muy sencillo. Con doble o triple amor, con un amor inmenso, sublime, sería nuestra unión dichosa. Viviríamos aquí o en Villabermeja en un perpetuo idilio. Cuidaríamos de nuestra hacienda y la aumentaríamos. Nuestros hijos, si llegábamos a tenerlos, serían la gloria, la honra, los amos de estos lugares. Faustino y yo recorreríamos en paz, y estrecha y amorosamente enlazados, el sendero de la vida, cubierto de flores, sin nada que turbase nuestra tranquilidad ni que envenenase la copa encantada e inexhausta de nuestra dicha en el mundo. Pero sin este amor, triple del que hoy nos tenemos, me inclino a creer que, si nos casásemos, seríamos infelices los dos. Yo no me resignaría a vivir aquí o en Villabermeja, y Faustino menos, porque es muy ambicioso. Él no tiene nada, y yo espero tener poquísimo. Mi padre podrá darme, a lo más, tres o cuatro mil duros de renta. ¿Y qué es esto para vivir en Madrid? Quiero suponer que Faustino es un genio, un prodigio. ¿Cree Vd. que con sus versos, sus literaturas y sus filosofías, atinará a ganar mil duros al año sobre lo que yo lleve? Yo no lo creo. Si se mezcla en política, podrá tener algún destino importante por espacio de seis meses o un año, y luego se seguirá un largo período de cesantía. Como Faustino no es un hombre de cierta clase, como es más bien ave cantora que ave de rapiña, siempre vivirá pobre. Aun suponiendo que él vale mucho, que va a encumbrarse a los primeros puestos, y que le va a durar la prosperidad, todos los miserables sueldos que tenga durante su vida, acumulados y sumados, si fuere dable que los ahorrara, no puede nadie afirmar que constituyan un capital de veinte mil duros, o sean mil duros de renta o poco más cada año. No es esto negar que Faustinito no logre brillar como sabio, como orador o como poeta; pero con este brillo ni se paga a la modista, ni se compran elegantes muebles, ni coches, ni caballos, ni joyas, ni trajes, ni todo lo que necesita una señora para brillar ella también. Sería muy triste, tía, que tuviese yo que consolarme y aquietarme con gozar del reflejo de la gloria de mi marido, y que, si alguna vez me sacaba a relucir, pasase yo entre las damas aristocráticas de la corte por una señora temporera, efímera o provisional, por una semi-fregona, encogida y obscura, de quien unas preguntarían: -¿Quién es esa?- y otras responderían con desdén: -Esa es la ministra tal; esa es la mujer del doctor Faustino o del poeta Faustino. Peor es, a no dudarlo, que el marido sea el oscuro o aquél a quien sólo por su mujer se le conozca, como también hay muchos. Aflictivo y vejatorio ha de ser para un hombre el que le designen con el título del marido de la doña Tal, o del marido de la condesa de Cual, o algo por este orden; pero también es vejatorio y aflictivo lo contrario, y yo no me resigno a sufrirlo. En resolución, con lo que mi padre puede darme y con las ilusiones y esperanzas vagas de Faustinito sería un disparate casarnos, a no querernos tan fervorosamente, que ambos sacrificásemos todo sueño de ambición y de gloria, y nos resignáramos a vivir en un rincón. No crea Vd. que no comprendo yo la poesía de esta vida. Tanto la comprendo, que he ido y voy aún en busca de ella con mil esfuerzos de voluntad. He hecho lo posible por crear en mi alma un amor tal por Faustino que venciese en mí el orgullo y las demás pasiones. He hecho lo posible por crear también en su alma un amor tal por mí que matase su ambición y todas sus ilusiones mentirosas. No me lisonjeo de haber logrado ni lo uno ni lo otro. Se lo confesaré a usted todo. No por una perversa coquetería, sino llevada de mi deseo de amor, y de todos estos ensueños campestres y de idilios que luchan con otros ensueños, he citado a Faustino por la reja del jardín, he hablado con él, le he dado a besar mi mano, y casi, casi le he dicho ya que le amaba. Él ha estado elocuente, apasionado, tierno, pero entretejiendo con sus amores sus ensueños de gloria, y pintándome inhábilmente para seducirme la realización de sus esperanzas, con lo cual despertaba en mí la ambición, que a menudo olvidan los hombres que también agita el alma de las mujeres.

-¡Ay, niña Costanza! -exclamó doña Araceli, casi con lágrimas en los ojos, muy contrariada y atribulada-. Me pasma, me aterra, me confunde lo que sabéis y discurrís ahora las muchachas. No era así en mi tiempo.

-Tía, en todos los tiempos ha sido lo mismo. Por otra parte, no tengo yo la culpa de saber y de discurrir tanto. Cuanto he dicho, y más, me lo ha enseñado mi padre. El novio mismo, tan poético, que me ha buscado Vd., me enseña a discurrir como discurro.

-Pero, hija, yo creo que discurres mal y de un modo perverso. Pues qué, para no pasar por semi-fregona o por dama temporera, ¿es menester tener más de tres o cuatro mil duros al año? Esos diamantes, esas riquezas, las necesitan las feas o las necias para llamar la atención; pero las discretas y hermosas, como tú, se abren camino y brillan por donde quiera sin joyas ni dijes. ¿Qué joya más rica que la belleza? ¿Qué dije más raro que el verdadero ingenio? ¿Qué perla más luciente que la discreción? Además, a una señora como tú, tan bien nacida y emparentada, ¿quién ha de atreverse a no tenerla por legítima señora, aunque no vaya en coche?

-Tía, crea Vd. que el dinero es el que constituye en esta época, como quizás constituyó en todas, la verdadera aristocracia. Sin dinero seré plebeya, aunque descienda del Cid, y con dinero pasaré por la hidalguía personificada, aunque sea hija de un contrabandista, de un lacayo, de un negrero, de un usurero o de un bandido.

Doña Araceli trató de impugnar aún los endiablados razonamientos de Costancita; pero pronto desfalleció y se rindió, no por falta de convicción, sino por torpeza de pensamiento y de palabras.

-¿Y qué piensas hacer, hija mía? -dijo por último.

-Si yo tuviese veinte mil duros de renta -respondió Costancita-, me casaría sin vacilar con mi primo. Esto probará a Vd. que le amo. Si yo no tuviese nada, si estuviese tan perdida como él, también le tomaría por marido, porque él, al tomarme por mujer, me demostraría un verdadero y profundo amor, me satisfaría mi orgullo y me movería a no ser menos generosa; pero mi mediana fortuna destruye estos dos extremos poéticos y me coloca y le coloca en un justo medio de prosa tan vil que no hay más recurso que despedir a mi primo, dándole calabazas con la mayor dulzura. Y crea Vd. que lo siento, tía. Vaya si lo siento. Si estoy enamorada de él, ¿no he de sentirlo?

Y al decir esto, aquella extraña muchacha se echó a llorar como un niño mimado a quien se le rompe su más precioso juguete.

Doña Araceli estaba consternada. Pensó que el infortunio la perseguía siempre en todos sus amores, así en aquéllos en que había hecho el primer papel, como en los que hacía el papel tercero. Doña Araceli había sido incansable y seguía siéndolo en cabeza ajena. Un destino feroz ahuyentaba de su lado al dios Himeneo. Cuando joven no había sido casadera y cuando vieja no lograba ser casamentera. Estas ideas melancólicas acudieron en tropel a su alma, y doña Araceli acompañó en su llanto a Costancita. Ambas lloraron a dúo, con la mayor desolación, los infaustos amores del doctor Faustino.

Parecía el duelo que, allá en las antiguas edades, en Creta y en otros países, debían de hacer las madres, cuando llevaban al sacrificio a los hijos de sus entrañas, que eran sus amores, y que iban a ser inmolados en aras de los dioses Cabires o de otros implacables genios subterráneos, creadores y repartidores de los metales esplendorosos.

En fin, hartas de llorar, ambas se enjugaron las lágrimas, reconociendo que el mal no tenía remedio.

El sol brilló aquel día como los demás. Vino la noche, y no faltó una sola estrella en el cielo. Ni una flor se deshojó más pronto de lo prescrito por su naturaleza.

Costancita pareció en paseo y en la tertulia de su casa, tan inmutable y serena como el sol, las estrellas y las flores.

Doña Araceli trató también de disimular su mal humor; pero no pudo disimularle tanto como su sobrina. Aquella noche jugó al tresillo, según costumbre. Siempre se enfadaba y rabiaba cuando perdía: pero aquella noche se enfadó y rabió mucho más. Se lamentó de su constante mala suerte, suspiró, chilló, y, al marqués de Guadalbarbo, que tuvo la poca galantería de darle tres codillos, le llamó grosero. Doña Araceli tuvo también en la punta de la lengua la palabra fullero: hasta tal extremo llegó a perder los estribos y la debida compostura.

A la una de la noche fue el doctor a la callejuela, acompañado de Respetilla. Doña Costanza tardó más que otros días en salir a la ventana. Salió, por último, pero llorosa, sobresaltada y triste.

-Faustino -dijo-, mi padre lo sabe todo. No sé quién se lo ha dicho, pero lo sabe todo, y acaba de reñirme del modo más cruel. Me ha hecho prometer que no volveré a hablarte. Falto sólo a la promesa para despedirme de ti. Mi padre se opone resueltamente a estos amores, y no debo resistir a su voluntad. El hado inexorable nos separa. Olvídate de mí. Compadéceme. Al menos quiero tener este desahogo al perderte: no puedo ocultártelo más: ¡te amo!

El te amo final fue la dulzura en que vino envuelto todo lo amargo de las mal disimuladas calabazas. El doctor entendió (y quizás no se engañaba, porque el corazón humano es un abismo tenebroso) que el te amo era la mayor verdad que había en todo el razonamiento de doña Costanza. Le propuso que la robaría, y la llevaría depositada donde ella quisiese, y aseguró que por amor de ella arrostraría todos los peligros y desafiaría la cólera de cuantos poderes naturales y sobrenaturales hay en el universo.

Con superior talento y sin herir el orgullo del doctor, hizo ver doña Costanza que los planes de rapto, de bodas contra la voluntad paterna y de retiro bermejino, eran delirios vitandos. Demostró asimismo que su padre tenía razón en oponerse a los amores: y que ellos, aun amándose mucho, como se amaban, se harían infelices, si fueran marido y mujer; que el cielo repugnaba aquel matrimonio; que el doctor tenía abierto un risueño porvenir de venturas y de gloria; y que ella, lejos de prestarle alas para llegar a él de un vuelo, le pondría grillos en los pies para que ni siquiera pudiese recorrer el camino paso a paso.

En suma, Costancita estuvo elocuente, inspirada, deslumbradora. Siento no hallarme en vena para trasladar aquí fielmente todo lo que dijo. Serviría de modelo a mil discursos semejantes que con frecuencia se ven obligadas a pronunciar las señoritas.

El pobre doctor, aunque desahuciado, abandonado y pisoteado, tuvo que quedar agradecido.

No se entienda, sin embargo, que doña Costanza era una coqueta fría, embustera, hipócrita y sin entrañas. Con su tía por la mañana, y con el doctor por la noche, había sido el mismo candor y la misma sinceridad. No mentía afirmando que amaba al doctor. Le amaba, y le amaba ardientemente: pero también amaba su bienestar, su vanidad de mujer, y sus esperanzas de brillar un día y de deslumbrar en el gran mundo.

Hasta el suponer doña Costanza que su alma era hermana de la del doctor, combatida por las mismas encontradas pasiones, presa de iguales sentimientos en lucha, le hacía más simpático, querido y adorable a su primo. Mas por aquello que más le amaba era por lo que le desechaba y apartaba de sí.

-Se me desgarra el corazón -decía doña Costanza-, pero es preciso que no nos volvamos a ver; es preciso olvidar estos días de locura, este sueño fugaz de amor insano y peligroso.

Así Costancita coronaba de flores a su víctima, al clavarle el puñal en las entrañas.

Su voz estaba trémula, entrecortada por los sollozos. Gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y corrieron por sus mejillas.

Lo que doña Araceli extrañaba tanto que no hubiera sucedido antes, sucedió entonces, sin que nosotros lo podamos remediar. Costancita, como estaba llorando, inclinó la frente contra la reja, y el doctor, conmovidísimo, acercó los labios y dio un beso en aquella serena y cándida frente.

Entonces, como si volviese en sí de un arrobo melancólico, dijo Costancita:

-¡Adiós, primito, adiós!

Costancita hizo ademán de irse.

-¿Así me dejas, cruel? -exclamó D. Faustino.

-Es preciso: nuestra suerte lo dispone. ¡Adiós! No me aborrezcas.

-¡Aborrecerte... jamás!... Quiera el cielo que pueda dejar de amarte.

-No, no me ames... Ama a otra que sea menos indigna o menos desdichada que yo; pero guarda de mí un grato recuerdo. ¡Adiós, primo!

Y Costancita se retiró de la reja, y desapareció, seguida de su criada Manolilla, que había conversado con el fiel escudero. El doctor se guardó las lágrimas para la soledad. Aquella noche, cuando se quedó solo en su estancia, lloró mucho y durmió poco.

A la mañana siguiente, pretextó que acababa de recibir una carta de su madre, avisándole que estaba enferma, y dispuso con precipitación su partida.

Después de despedirse ceremoniosamente de su tío D. Alonso y de su prima Costanza, después de repartir quinientos reales de propina a los criados, y después de recibir, para alivio de penas, un millón de besos, de abrazos y de lágrimas de la niña Araceli, el doctor tomó el camino de Villabermeja, acompañado de Respetilla, en cuyo mulo iban los baúles, con los uniformes y demás galas, que tan poco habían servido y valido.

Dejémosle ir en paz, si es posible, y pidamos al cielo que le dé valor y sufrimiento bastantes para las penas y trabajos que tiene que pasar aún.

El lector y yo nos quedaremos algunos días más en la ciudad natal de Costancita, donde hemos de presenciar sucesos de gran transcendencia para esta verdadera historia.


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- XII - El marqués de Guadalbarbo[editar]

El personaje cuyo nombre sirve de epígrafe tenía cerca de cincuenta años de edad y más de veinticinco mil duros de renta. Era viudo y sin hijos.

En la fértil y extensísima dehesa de Guadalbarbo había un castillo feudal, desde donde, según contaba el marqués, pelearon sus heroicos progenitores contra los moros, durante seis o siete siglos. Los maldicientes afirmaban que el abuelo del marqués había sido lechuzo; que enriquecido en tiempo de Carlos III, había comprado aquella dehesa y otras fincas, y que su padre, cuyas bufonadas hacían reír mucho a María Luisa, había titulado después. Pero, como quiera que sea, ora vertiendo la sangre de los infieles, ora haciendo derramar lágrimas a los fieles y atrayendo a los labios de una graciosa reina la dulce risa, es lo cierto que el marqués de Guadalbarbo tenía renta y título, vinieren de donde vinieren.

Algo había heredado del carácter alegre y de la chispa y amenidad que tan útiles fueron a su padre; pero, en el fondo, era un señor muy grave, morigerado y a veces austero. Su hermana mayor, la condesa del Majano, estaba casi en olor de santidad, y el marqués se asesoraba con ella a menudo, y solía tomarla por norma y pauta de su conducta.

Deseoso el marqués de recorrer sus Estados, y de abandonar, al menos por una corta temporada, el bullicio y las intrigas de la corte, había venido a la tierra de D. Alonso, donde poseía algunos bienes.

Un mes hacía que estaba allí. La condesa del Majano se devanaba los sesos por averiguar qué le detendría tanto tiempo. El marqués apenas escribía, y cuando escribía era muy lacónico.

Por último, como diez días después de la partida del doctor Faustino, escribió el marqués a su hermana una extensa carta que lo declaraba todo y que trasladaremos aquí íntegra.

La carta rezaba:

«Querida hermana mía: Cuando te refiera las causas y razones que me detienen aquí, no lo extrañarás, como me dices que lo extrañas. Tú misma, a fuerza de lamentar los vicios, los desórdenes y los escándalos de esa capital, me has disgustado de ella y me has impulsado a venir entre estas gentes sencillas.

«Estoy contentísimo aquí. He hallado un amigo excelente en un caballero principal llamado D. Alonso de Bobadilla, el cual reúne dos prendas que rara vez se hallan juntas: es activo, cuidadoso de sus cosas, entendido en agricultura y ganadería, sabe, en suma, dónde le aprieta el zapato, y es al mismo tiempo el hombre más temeroso de Dios, más devoto y más amigo de ir a la Iglesia que he conocido en mi vida. Cuando no está en el campo, cuidando de su hacienda, suele estar en el jubileo o en alguna novena, y rara vez en el casino.

»Mucho me ha servido la amistad de este hombre, así para mejorar mis bienes con sus consejos, como para mi contentamiento espiritual con su agradable trato.

«El tal D. Alonso es viudo, como yo, pero con la dicha de tener una hija preciosa. No he visto jamás criatura más llena de candor. Y no creas que es tonta, ignorante ni parada. Al contrario, Costancita, que así se llama, tiene extraordinario despejo y viveza. Su claro entendimiento está bastante cultivado: pero su educación ha sido sólida y muy cristiana, hasta rayar en la austeridad. ¡Qué interesante y hermosa contraposición se advierte entre su malicia infantil, sus risas y sus chistes, y la ignorancia santísima de todo lo malo, que desde el fondo de su puro corazón viene a iluminar sus inocentes travesuras!

»El recogimiento con que ha criado a Costancita una señora, tía suya, que permanece doncella, ha sido extraordinario, y ha dado, como debía suponerse, los más sazonados frutos. Ya que Costancita es mujer, y, como dice su padre, ha salido a volar, ni con su misma tía se acompaña. La tía vive aparte, y Costancita siempre al lado de su papá, que está hecho un Argos y no la deja ni a sol ni a sombra.

»Nunca ha leído Costancita ni una sola de estas perversas novelas que ahora se escriben, sino libros de devoción, algo de historia y mucho de Año Cristiano. Cose y borda con notable primor; por encargo de su padre me ha hecho una petaca de pita, que es un prodigio de paciencia; y sabe preparar y condimentar mil deliciosos platos de dulce y repostería, que le enseñaron las monjas, en cuyo convento entró con su tía cuando pasó Gómez por aquí. Luego permaneció en el convento más de dos años, y casi fue menester que su padre la sacase de allí por fuerza, porque se había encariñado con aquellas benditas madres y se empeñaba en tomar el velo.

»Criada así Costancita, es un ángel en la tierra. Hace muchas limosnas; envía flores y cera a la iglesia del convento donde estuvo, y es fervorosa devota de la Purísima Concepción.

»La tía, a quien llaman la niña Araceli, es muy buena señora, salvo que se enfurece cuando juega al tresillo y pierde. Y eso que jugamos a ochavo. Y digo jugamos, porque yo le hago la partida muy a menudo.

»No he visto gente que mire menos a su propio interés, en ciertas cosas, que esta niña Araceli y este bueno de D. Alonso. ¿Quieres creer que tienen un pariente en un lugarcillo no muy distante de aquí; que este pariente no tiene absolutamente sobre qué caerse muerto, y consintieron ambos en que viniese a vistas para que se casase con Costancita si los primos se gustaban?

»Por dicha, el tal pariente, que ha estado aquí algunos días, es un pedantón de siete suelas, pervertido con las espantosas y abominables doctrinas que ahora se enseñan en las universidades, y tan impío que nadie le ha visto en misa una sola vez. ¿Cómo había de convenir semejante trasto a doña Costancita? Así es que apenas si ella le ha mirado. Ha sabido tratarle con afabilidad, como a pariente, eso sí; pero sin hacerle caso como a novio; tal vez sin caer en la cuenta de que venía a pretender su mano, porque la pobre niña, a pesar de lo lista y avispada que es en todo aquello que no puede inclinarse ni torcerse a lo pecaminoso, tiene completamente cerrados los ojos sobre ciertas particularidades. Tengo motivos para estar convencido de ello, y esto es lo que más me encanta.

»En fin, el primo ateo se ha largado a su lugar, con viento fresco, convencido de que no se ha hecho la miel para la boca del asno, y, estoy seguro de ello, sin haber obtenido siquiera ni una mirada amorosa de su prima. Pero ¿qué mucho, si su prima no sabe emplear sus hermosos ojos en semejantes liviandades? Yo la he observado con persistencia y no he sorprendido jamás que mire a nadie, sino como Dios manda. Sólo mira ella con intensidad amorosa, pero ¡de cuán distinto género! cuando mira a su padre o contempla en la iglesia la imagen de algún santo o de alguna santa.

»¡Qué diferente es esta Costancita de tantas y tantas señoritas de Madrid, que tienen novios a montones, que coquetean con unos y con otros, que no hay nada que ignoren y que son tan desenvueltas!

»¡No puedes figurarte lo que me he acordado de ti, cuando hacías la justa censura, ya de ésta, ya de aquella joven de la sociedad madrileña, porque me veías propenso a entrar en relaciones, y querías retraerme de tan funesta inclinación, mostrándome los peligros que me amenazaban! «Costancita es todo lo contrario -me decía yo entonces-. ¡A ésta sí que no la censuraría mi hermana!»

»En fin, para qué hemos de andar con rodeos. Tú eres la primera persona a quien doy parte. Costancita me ha enamorado perdidamente. Con ella no son posibles coqueteos, ni términos vagos. Ni se la puede hablar al oído, ni sacarla a valsar, ni entretenerla con unas relaciones que no conduzcan al matrimonio con el beneplácito de su familia. La honestidad y decoro de Costancita, el recogimiento con que vive, el respeto que infunde su honrado padre, y la misma sencillez e ignorancia de la linda muchacha, no consienten otra cosa. Rendido a la evidencia de estas razones, y prendado, cautivo, casi enfermo de amor, he buscado el único remedio posible y decoroso. He pedido a D. Alonso de Bobadilla la mano de su hija doña Costanza.

»D. Alonso me ha dicho que por su parte se honraría en ser mi suegro; pero que en nada quiere contrariar la voluntad de su hija; que la consultaría, y que sería lo que Costancita quisiese.

»Costancita ha pedido diez días para decidirse.

»Hoy ha cumplido el plazo de los diez días, y Costancita me ha hecho el más feliz de los hombres aceptando mi mano».

Así, salvo los cumplimientos y memorias, terminaba la carta del marqués. Y aunque sea adelantar demasiado algunos sucesos, turbando el orden cronológico rigoroso, añadiré que a las tres semanas de escrita la carta que dejamos copiada, en presencia de la virtuosa condesa del Majano, que vino aposta de Madrid, y sin boato, galas ni preparativos, porque la modestia de Costancita lo repugnaba, se celebraron sus bodas con el enamorado marqués, limitándose D. Alonso, en vez de los tres o cuatro mil duros que prometía, a dar dos mil duros al año, que el generoso marido, con otros cuantos miles más, señaló a su mujer, para que se vistiera como correspondía, y pudiera desquitarse con usura, después de la boda, de la carencia de joyas, galas y dijes que se había notado en ella.


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- XIII - Examen de conciencia[editar]

Sin ningún incidente digno de contarse, había hecho el doctor su viaje de retorno a Villabermeja.

Su madre, a quien refirió de palabra lo que por cartas no había contado de sus amores con doña Costanza y del fin desengañado que tuvieron, puso a su sobrina como hoja de perejil, y no trató con más piedad al bueno de D. Alonso de Bobadilla.

Después de este natural y disculpable desahogo, la señora doña Ana Escalante de López de Mendoza se afligió en el alma de ver a su pobre hijo derrotado y humillado, y el mismo doctor tuvo que consolarla, mostrando que la derrota apenas lo era, ya que él había ido a enamorar a Costancita, y no a su padre, y sosteniendo que no había humillación en que no se llevase a cabo la boda por razones de estado y hacienda que D. Alonso aducía, y por razones de prudencia que Costancita había expresado y que él mismo había reconocido y aceptado como buenas.

Así pasaron algunos días, hasta que llegó por el correo el parte oficial del casamiento de Costancita con el marqués de Guadalbarbo. El furor de doña Ana se recrudeció entonces, y el doctor hizo por calmarle con mil reflexiones juiciosas.

Calmados ambos al fin, porque no hay agitación que no acabe, cayeron madre e hijo en una melancolía tranquila, y siguieron viviendo en Villabermeja, más apartados que antes del trato de toda aquella gente.

Doña Ana administraba el caudalillo, cuyos productos se consumían casi todos en pagar los intereses de la deuda, y cuidaba diestramente de la casa, donde con orden y severa economía lograba conservar el lustre señoril.

El doctor, entre tanto, estudiaba, meditaba y daba largos paseos a pie, subiendo a menudo a los cerros, y sobre todo al de la Atalaya, para descubrir más horizonte. También iba a veces en su jaca a la quinta, que era lo mejor de su caudal. La quinta estaba en un sitio muy agreste y distante de los caminos reales, en la cumbre de otro cerro.

Casi la única persona con quien hablaba el doctor, además de su madre, era el fiel Respetilla, quien solía entretenerle y arrancarle alguna sonrisa, contándole los chismes y novedades del lugar, y a quien, por falta de otro sujeto más a propósito, había tomado el doctor por contrario para tirar al sable y al florete, llenándole a menudo de cardenales el cuerpo con el sable de madera, y no saliendo ileso casi nunca, pues el doctor no era un portento en la esgrima ni para serlo había recibido las suficientes lecciones. Por lo demás, aunque el doctor tenía la mano pesada y daba a Respetilla sobre diez palos por cada uno que recibía, los de Respetilla eran tan recios y desaforados, que valía tanto el diezmo que pagaba como la cosecha que por todo su cuerpo iba recogiendo. Este ejercicio, no obstante, era muy provechoso para el cuerpo y para el alma de los dos, y en fuerza de la costumbre, sentían ya amo y mozo como necesidad y comezón, y hasta cierto deleite en apalearse todos los días.

A pesar de sus coloquios y combates con Respetilla, y a pesar de las largas conversaciones con doña Ana, siempre quedaban al doctor muchas horas de día y de noche, durante las cuales, en la más esquiva y completa soledad, se complacía en recogerse y reconcentrarse dentro de sí mismo, juzgando los sucesos de su vida y sondeando los senos más profundos de su conciencia.

De la aparición de la mujer misteriosa nada había dicho a su madre: pero una de sus primeras diligencias al volver a Villabermeja había sido ir a ver el retrato de la coya, que estaba en el estrado, el cual era la cuadra o sala cuadrada del piso principal. El doctor examinó atentamente el retrato, pero no acertó a decidir si era real o imaginada su perfecta semejanza con su inmortal amiga. Por otra parte, su inmortal amiga le tenía al parecer olvidado hacía tiempo, y su recuerdo, aunque persistente, iba haciéndose algo confuso.

La obra de Pantoja era bellísima, pero al cabo no era más que una imagen y no podía despertar en el doctor, que gozaba de cabal juicio, sino simpatías meramente artísticas. La certidumbre de que aquél era el retrato de una antepasada suya, muerta hacía tres siglos, cortaba además los vuelos a su imaginación.

El doctor había leído un cuento oriental de cierto príncipe que halló en el tesoro de su padre un retrato de mujer de quien se enamoró: pero el príncipe creyó contemporáneo suyo el original del retrato. Salió en su busca por el mundo, y nunca pudo dar con la mujer amada. Sólo vino a averiguar, después de mucho tiempo y peregrinaciones, que la dama, a quien amaba por el retrato, había sido una reina de la isla de Serendib, no menos prendada de Salomón que la de Saba, y quizás la más bella y favorita de sus mujeres. Si el príncipe hubiera sabido a tiempo que el retrato era de aquella antiquísima reina, jamás se hubiera enamorado. El doctor Faustino no podía ni quería ser más loco que el príncipe.

A pesar de todo, se deleitaba tanto en mirar el retrato y llegó a cobrarle tanto cariño, que se le trajo al salón del piso bajo donde él vivía, poniendo en el hueco otro retrato, de los que adornaban y autorizaban su salón.

No dejaba el doctor, entretanto, de recordar a su inmortal amiga de carne y hueso, y de forjar nuevas hipótesis para explicarse la carta que de ella recibió y la extraña cita y aventura que tuvo con ella. Base de estas hipótesis era siempre la afirmación de la existencia real, visible, tangible, corpórea y sólida de una hermosa mujer, que le había escrito, que le había hablado y que le había besado los párpados. Pero ¿quién era esta mujer? Harto sabía el doctor que ni la boca, ni los ojos, ni los brazos, ni la frente, ni todo el cuerpo en conjunto, eran lo esencial de aquella mujer: que algo había en ella de indivisible que pensaba y amaba, y a esto llamaba espíritu. Dábale, pues, nombre de espíritu y no se encontraba más adelantado. Su ciencia impía no le llevaba más allá. ¿Era algo el espíritu por sí, o era un resultado de toda aquella trabazón y concordia de partes, una armonía divina que brotaba de aquellos órganos? Si el espíritu era algo por sí, bien podía permanecer después de la muerte y ser antes del nacimiento. En este caso, ¿por qué no había de estar en aquel cuerpo de mujer, que él había visto y tocado, el espíritu de la coya? El espíritu que le animaba a él ¿no podía también ser el mismo que animó a uno de sus abuelos, el amante y marido de la coya, pongamos por caso? Pero pronto desechaba de sí este pensamiento como un desatino.

«¿Qué razón hay -se decía-, para sospechar tal cosa, cuando nada recuerdo de ninguna vida anterior a ésta que vivo? De esta misma vida apenas tuve conciencia hasta que mi espíritu acabó de formarse, saliendo de la primera infancia, como quien sale a luz de un seno tenebroso. Se diría que fue menester que la luz material hiriese mis ojos, que los objetos sensibles hiciesen impresión en mi alma, que la palabra humana me revelase la verdad penetrando en las ondas sonoras del aire por mis oídos, para que el espíritu, que sólo estaba en germen, diese razón de sí: fuese conociéndose a sí propio, pues sin conocerse no era».

El doctor, si bien más inclinado a dudar que a negar o afirmar, infería de todo que ni su inmortal amiga era la coya ni él era otro que no fuese el doctor Faustino. No aseguraba ni negaba para sí una vida más allá de la tumba. Sobre esto vacilaba. Pero, cuando se prometía la vida ultramundana, se la prometía con recuerdo completo, con la misma forma y el mismo carácter, nombre y fisonomía de entonces. Cuando se prometía, en sus momentos de entusiasmo, una prolongación de su existencia, más allá del sepulcro, todo lo ideal y etérea que puede suponerse, en otros mundos, en otras esferas, en otros cielos, no se comprendía sino como tal doctor Faustino, hasta con el mismo cuerpo que entonces tenía, aunque los átomos que le formasen fueran de luz y de gloria, en vez de ser de lodo terrestre.

«Sin embargo -seguía meditando el doctor-, ¿dónde va mi espíritu cuando duermo? ¿No se corta, no se para entonces su vida? ¿No será la muerte como el sueño? Cuando duermo, no siendo el sueño muy profundo, creo sentir, aunque confusamente, que soy. Cuando despierto, me asegura la verdad de mi existencia el recuerdo claro y patente de toda mi vida anterior. Pues ¿por qué, aun imaginando la muerte como un largo y profundo sueño entre dos vidas, no ha de acudir al alma cuando despierta, esto es, cuando vuelvo a nacer, el recuerdo patente y claro de todas las existencias pasadas? Cuando tal recuerdo no acude, no hay razón para creer el dogma de los antiguos brahmanes, divulgado en Europa por el sabio de Samos y renovado tantas veces. Yo soy todo lo que soy, y en la sucesión y en las mudanzas de mi vida hay una esencia permanente, que es como hilo de oro que enlaza en un collar muchas perlas. El mundo visible, la serie de mis impresiones, mis deleites, mis dolores, mis esperanzas, mis desengaños, mis dudas, mi ciencia, todo está enlazado en este hilo que persiste, que a veces creo que no se acabará jamás. Pero ¿cómo he de creer que es eterno? ¿Cómo creer que tampoco ha empezado, cuando veo y noto su principio? Si en el sueño queremos suponer que se rompe, la memoria de todo lo anterior al sueño al punto le reanuda. Pero si en mí hubo muerte corporal antes de ahora ¿dónde está la memoria que reanude la vida actual a la vida anterior a esa muerte? ¿Se baña quizás el espíritu, cuando el cuerpo muere, en el río del olvido? ¿Va a confundirse acaso en el infinito Océano del espíritu? ¿Hay un mundo del espíritu, como hay otro de la naturaleza, y la compenetración de ambos es la humanidad? Si fuera así, lejos de creer en la existencia de mi individuo antes de mi nacimiento y después de mi muerte, me inclinaría mucho a dudar de la misma vida que ahora vivo. ¿Qué sería yo entonces sino apariencia, ilusión efímera? Sólo habría real y efectivo por un lado la naturaleza y el espíritu por otro, como dos modos de la misma sustancia. Ni mi ser ni mi conocer serían más que ilusorios, en cuanto yo me afirmase como ser finito y limitado, que vale tanto como afirmarse distinto de los demás seres».

El doctor discurría así, de noche, a solas, en la gran sala baja donde estaban los retratos, incluso el de la coya; y donde había también un espejo. En aquella soledad, sin temor de que le viesen y tuviesen por loco, se tocaba el cuerpo con las manos, se miraba al espejo y se veía, andaba y oía sus pisadas al andar, hablaba y escuchaba su palabra misma. Luego se reía de aquella prueba pueril que se estaba dando de su propia existencia. Cerraba entonces los ojos, se quedaba inmóvil en un sillón, y prescindía de todo, hasta del pensamiento, y entonces la prueba de que existía era más clara: no era porque se veía, ni porque se tocaba, ni porque andaba, ni porque se oía, ni porque pensaba, sino era porque era. Desenvolvía luego aquella escueta y pura afirmación de su ser, y resultaba algo como el hilo o lazo de unión donde venía la memoria a engarzar todos sus pensamientos, impresiones, ideas y deseos. Más allá de cierto término, ni había hilo ni objeto alguno que ensartar en el hilo. Luego allí espiraba todo; luego aquello había tenido principio; luego antes no había sido nada.

El doctor discurría una noche con tan cándida buena fe, que, al llegar a este punto, fue a la mesa de su bufete y sacó de un cajón su fe de bautismo. Quiso cerciorarse y se cercioró de que había nacido en el año 1816, y se declaró a sí propio que hasta entonces no había habido doctor Faustino, ni espiritual ni material, y que todos los seres que llenan el espacio sin límites, y todos los sucesos y cambios que traman y tejen la tela del tiempo, dentro de la eternidad inmutable, habían existido y ocurrido sin que él tuviese arte ni parte en cosa alguna.

Después continuó cavilando:

«En la corriente de la vida, en la serie de los casos y de los seres he aparecido poco ha. ¿Me hundiré, desapareceré para siempre, volveré a la nada de donde salí, o persistiré en lo futuro? Toda esta substancia que forma mi cuerpo, ¿no se ha renovado ya varias veces, y yo he permanecido? ¿Mi forma misma, no ha cambiado en lo accidental? Y sin embargo, ¿esencialmente no persiste hasta mi forma? Pues ¿por qué no ha de seguir persistiendo? Persistirá; pero ¿cuál será el modo de su persistencia? Como idea, no sólo persistirá, sino que preexistía. Como realidad, tal vez persista, pero no preexistió. En todo caso hasta su persistencia como idea será más firme, después de haber existido en realidad. Antes de ser yo realmente, era sólo, en la inteligencia infinita, una idea inmutable, eterna como esa inteligencia. Lanzado ahora en el seno de lo sucesivo y mudable, apareciendo mi ser en la corriente del tiempo, al menos vivirá también larga vida, ya que no vida inmortal, como idea y como recuerdo en otras inteligencias finitas. Algún efecto ha de producir esta vida mía; alguna huella ha de dejar; para algo he nacido; para algo soy. Sin embargo, no me contento con esta inmortalidad o con esta vaga duración de más allá del sepulcro. Quiero, no la duración de mi nombre, ni de mis pensamientos, ni de mis obras, sino de todo yo, con el recuerdo vivo de mi nombre, de mis pensamientos y de mis obras, aunque este recuerdo venga a ser un tormento sin fin de remordimiento y de vergüenza».

Aquí volvía el doctor a recordar la fecha de su nacimiento. Luego añadía:

«Nada; yo no era antes de 1816. Todo lo ocurrido hasta entonces, ni pena ni gloria para mí; pero de lo que he pensado y hecho, y amado, y sentido, y aborrecido desde entonces, quiero gloria y pena, y recuerdo perenne, y responsabilidad que no acabe. Yo me siento libre. Hay un poder en mí que no se doblega, ni cede, ni se humilla ante la misma omnipotencia. Si obedece sus decretos es porque quiere. Si no los obedece es porque quiere. Debe responder y responde de todos sus actos. Ya sea caduca, ya sea inmortal, la existencia de esto que llamo mi espíritu, en este instante fugaz, en esta vida que vivo ahora, no es un paso como otros muchos que voy haciendo en el camino de la perfección, sino que es trance que decide de todo mi destino, de toda la eternidad para mí. En esta vida he de hacerme adecuado a la idea eterna que hay de mí, si fuera de esta vida no soy más que una idea; o he de merecer en realidad todos aquellos grados de excelencia y de beatitud a que estoy llamado. Un poco de ciencia, un poco de vana curiosidad ha destruido en mí las creencias. Mi mente vuelve, con todo, por el discurso a coincidir en las más importantes de lo que por fe me enseñaron. Será esta vida un tránsito, una peregrinación a otra vida mejor; pero de esta vida depende todo. Lo esencial es esta vida. La acción del drama está en ella. Si queda para mí después una eternidad, toda ella se resume y cifra en este instante. Toda ella es sombra, reflejo, consecuencia, resultado de lo que ahora yo determine. Cielo e infierno, con su perdurable extensión, nacen ahora en el centro de mi alma, en el abismo de mi conciencia, la cual, por cima del torrente silencioso del tiempo que va pasando, vive en lo eterno. Es absurdo suponer que la vida es un ensayo, y que si sale mal venimos después a hacerlo mejor en otra. El vivir humano es más serio, más digno que todo eso. Toda la educación, todo el progreso, toda la purificación, todo el bien a que podemos aspirar ha de lograrse ahora o nunca. De esto vivo seguro, ya permanezca nuestro espíritu penando o gozando, pero inactivo después del drama, ya sobreviva sólo como concepto eterno con el recuerdo de las obras que hizo».

De esta suerte llegaba a persuadirse el doctor Faustino, no de que el espíritu de la coya no vagase por la casa y pudiese entenderse con él, sino de que la inmortal amiga, lejos de ser la coya, era un espíritu en cuerpo viviente, mil veces más real que la sombra, el recuerdo, el concepto de la coya revestido de forma sensible por la imaginación creadora de milagros.

Así volvía el doctor, después de mucho discurrir, a la pregunta del principio: ¿Quién era su inmortal amiga? ¿La habría visto, conocido y amado y se habría olvidado de ella?

A este propósito recordaba el cuento de doña Guiomar que le contaban las criadas cuando niño.

Una hechicera poderosa había robado a doña Guiomar, que era lindísima, y la tenía encerrada en una torre muy alta, sin puertas, porque la hechicera subía a la torre volando. La torre estaba en medio de solitaria llanura, donde casi nunca llegaban pies humanos. La suerte quiso, no obstante, que un hermosísimo príncipe, hijo de rey poderoso, se extraviase un día, yendo de caza y apartándose de sus monteros, halconeros y demás comitiva. El príncipe vino a encontrarse en la oculta y misteriosa llanura donde estaba la torre. El sol brillaba cerca del cenit. Doña Guiomar, en el elevado mirador de la torre, peinaba la sedosa madeja de sus cabellos rubios con un peine de plata. El reflejo del sol en aquellos lustrosos y dorados cabellos deslumbraba la vista. El rostro de doña Guiomar parecía circundado de refulgente aureola.

Doña Guiomar era de lo más bello que puede fingir la más discreta y generosa fantasía. El príncipe, galán, atrevido, elocuente y bello también. Nacidos el uno para el otro, se enamoraron y cautivaron al punto.

Con sábanas y colchas, con vestidos y otras telas, formó doña Guiomar una larga escala. Por ella se desprendió; llegó donde estaba el príncipe; se dieron ambos palabra de casamiento: la confirmaron con un apretado y prolongadísimo abrazo; y, puesta doña Guiomar a las ancas del caballo, huyó con el príncipe de su prisión y de la hechicera.

Aunque caminaban de prisa, doña Guiomar notó, al cabo de un rato, que la hechicera, que había vuelto a la torre y visto que ella se había escapado, venía en su persecución. Ya estaba cerca la hechicera, ya iba casi a tocar con su mano a doña Guiomar, cuando ésta tiró al suelo el peine de plata, con que se peinaba, y se formó de repente una cordillera de montañas altísimas, con las cumbres cubiertas de nieve y de hielo. La hechicera quedó del otro lado de las montañas: pero tal era su poder y tanta su cólera y su brío, que salvó las crestas nevadas, bajó al llano, y ya iba alcanzando de nuevo a doña Guiomar y a su amante. Doña Guiomar entonces tiró al suelo un puñado del perfumado afrecho con que se lavaba las blancas manos. Al punto se formó un intrincado matorral de jaras, espinos y zarzas, cubierto todo él de niebla muy espesa. La hechicera pudo, con todo, atravesar el matorral, aunque destrozándose las carnes, y sin extraviarse, a pesar de la niebla, se puso otra vez al alcance de doña Guiomar y de su raptor. Doña Guiomar tiró, por último, al suelo el espejito en que se miraba, y luego se extendió entre ella y su perseguidora un río profundo, rápido y caudaloso. La hechicera pasó a nado el río. Aunque desfallecida ya y sin fuerzas, llegó cerca de doña Guiomar. Doña Guiomar se tapaba la cara por no verla y los oídos por no oírla.

-¡Vuelve la cara, hija mía, vuelve la cara para que te vea la última vez antes de perderte para siempre! -decía la hechicera-. Hija mía, ten compasión de mí, que te he criado. Mírame una vez, ya que me abandonas.

Doña Guiomar no quería mirar; pero el príncipe la rogó que fuese compasiva y mirase. Volvió entonces la cara, y la hechicera dijo:

-Permita el cielo que quien te lleva te olvide.

Esta terrible maldición se cumplió. Llegados el príncipe y doña Guiomar cerca de la capital del reino, donde reinaba el padre del príncipe, dejó éste a doña Guiomar en una quinta, pensando volver allí por ella para que hiciese su entrada en la corte con gran pompa y aparato. Pero, no bien la dejó, se le borró su imagen, su nombre y su amor de la memoria, y así permaneció años, hasta que por otro caso milagroso, que forma la segunda parte del cuento, vino al fin a recordarla.

Este cuento, como todos los de hadas, encantamientos y asombros, puede con facilidad traducirse en símbolo y alegoría. Por esto el doctor fantaseaba que doña Guiomar era la poesía, la imaginación, la fe, que obra milagros con quien la lleva para salvarse de la fría razón que la tenía aprisionada. Un momento de abandono basta luego para que la fe se olvide y se desconozca.

La inmortal amiga era, pues, como doña Guiomar: era la fe, la poesía, el concepto más puro del alma del doctor, olvidado, desconocido por una maldición de la hechicera, que representaba y cifraba en sí ambición, ciencia profana, codicia, vanidad, orgullo y otras malas pasiones.

Fuese quien fuese en el mundo real la mujer vestida de negro, que una vez se le había aparecido, el doctor se sentía inclinado a convertirla en figura alegórica. Hecha esta conversión, todo se explicaba con facilidad. De la poesía no quedaba en el alma del doctor sino el egoísmo. En su desesperada modestia, creía que habían muerto en su alma la devoción y la fe.

En otra noche de insomnio, lleno el doctor del más doloroso abatimiento, se culpaba a sí mismo, y todo lo justificaba a la vez.

«Bien miradas las cosas -pensaba-, más amor he alcanzado de Costancita, que el que yo le daba y el que yo merecía. ¿Por qué fui a enamorarla y a ver si me casaba con ella sino por razones de conveniencia? Pues, si fue así, harta razón tuvo ella para mirar también por lo que le convenía y casarse con el marqués, a cuya elevación y fortuna no era probable que jamás hubiese yo llegado. Es cierto que algo de amor despertó en mi alma la hermosura y juventud de mi prima; pero amor tibio, vacilante, incierto. Si yo la hubiese amado con todo el corazón, mi amor se hubiera impuesto y hubiera hecho nacer en el corazón de ella otro amor capaz de sacrificio. ¿Por qué lamentarnos de la falta de amor, de amistad, de ternura, que guardan para nosotros las demás almas humanas? ¿Les prodiga la nuestra iguales tesoros para exigir el cambio? ¡Ah! Yo amo con amor inmenso; mas no para rendirme y sacrificarme en aras del objeto amado, sino para hacerle todo mío. La fuente del verdadero amor está seca para mí. El verdadero amor empieza por conceder a su objeto cuantas perfecciones y excelencias le hacen amable, y después que le ha dado tales excelencias y perfecciones, se postra ante él y le adora y se ofrece en holocausto. El amor egoísta, como el mío, anhela para sí un objeto dotado de todas esas perfecciones: pero examina, critica y jamás le halla. Entonces dice: «Si yo encontrase una mujer como la que sueño, ¿qué sacrificios no haría por ella, qué virtudes no mostraría, con qué afecto no la amaría?» Por desgracia, no la hallo, y nada de esto puedo hacer. Mi amor sin objeto es también un amor sin obras. Si yo creyese en el progreso de la humanidad, en el lazo estrecho que une las almas, en la comunión de los espíritus, en el movimiento ascendente de todos los corazones hacia la luz, el bien y la hermosura, ¿qué no sería yo capaz de hacer para contribuir en algo a este progreso, a esa ascensión, a esa ventura y grandeza del linaje humano? Por desgracia, no creo mucho en eso, y así es que no hago nada. Siento que haya en mi alma este amor de la humanidad tan estéril. Si yo considerase que esta patria, este pueblo o nación de que formo parte, es merecedor de todo amor, ¿quién sabe las hazañas y heroicidades que haría por elevarle a la mayor altura? Pero no hago nada, porque al cabo no estoy muy seguro de que esto que llamamos la patria sea más que un terreno, como otro cualquiera, donde por acaso he nacido, y de que esto que llamo mi nación pase de ser un conjunto de hombres venidos de mil diversas regiones, de varias castas y orígenes, y sin más vínculo que el de leyes, instituciones y creencias, forzosamente impuestas por los más poderosos a los más débiles. El amor de la patria queda también estéril y sin objeto, a pesar de su intensidad. El amor de la belleza y del bien es amor de abstracciones: es el amor de mí mismo, si no hallo objeto fuera de mí que me parezca bueno y hermoso. Mi alma, sin embargo, está enamorada. ¿A quién ama mi alma? Quizás ama un ideal inasequible, que trabajo de continuo en forjar dentro de mí, sin llegar nunca a dar el ídolo por terminado.

Otro objeto de amor más excelso, más comprensivo, reconocía el doctor que le convenía buscar para que su corazón se aquietase: pero no se atrevía a negar la realidad de la existencia de ese objeto, y, de miedo de encontrarse con un fantasma, no le buscaba.

El doctor había leído las poesías desesperadas que privaban en aquella época; pero aún no habían salido a luz o no habían llegado a su noticia las atrevidas especulaciones de los filósofos desesperados novísimos. Schopenhauer y Hartmann no habían penetrado en Villabermeja.

No habían, con todo, sido pocos los libros materialistas e impíos que el doctor había leído. Veía además el pro y el contra de todas las cuestiones, y la índole de su entendimiento le llevaba a dudar.

La melancolía de su alma, en aquellos días, le pintaba todo con los colores más negros.

Sin embargo, contra las negaciones que había hecho de todo objeto digno de su amor, él mismo se presentaba varios argumentos.

-Es muy cómodo -decía-, negar el objeto digno. Así se disculpa la pereza, la frialdad o la cobardía. ¿Seré tal vez un miserable, incapaz de todo arranque generoso, y para justificarme a mis propios ojos quiero persuadirme de que no creo que haya un objeto que merezca que yo me sacrifique por él: que iguale al amor?

Luego pensaba si los filósofos y los poetas pesimistas lo habían sido por discurso y reflexión serena, o por ser enclenques o pobres, por falta de salud o de dinero. Mas suponiendo esto último, no dejaba el doctor muy bien parado el orden de las cosas. ¿Por qué había de haber dolores físicos o miserias sociales de tal naturaleza, que cambiasen así la condición de los hombres? Por otra parte, afirmar tal influjo era el colmo del escepticismo: era afirmar lo vano e interesado y falso de todo sentimiento y de toda idea. Si un sistema filosófico impío pudo provenir de que su autor padecía del estómago o de que no tenía dinero bastante, o de que no comía bien, también un sistema filosófico muy religioso y optimista pudo provenir de que el autor gozaba de envidiable salud y tenía satisfechas todas sus necesidades.

Cuando el doctor llegó a este punto en sus cavilaciones, recordó sonriendo unos versos muy conocidos de Lope de Vega. Un lacayo, disfrazado de médico, es consultado por un caballero que padece honda tristeza, y se entabla este diálogo:


-Nada me parece bien;

-Todos me son importunos.

-¿Tenéis dineros?

-Ningunos.

-Pues procurad que os los den.


El remedio de la tétrica filosofía del doctor, ¿era el mismo de que hablaba el lacayo de Lope? En gran parte sí. El doctor tenía la ingenuidad de confesárselo, si bien la confesión le humillaba y vejaba. ¿Por qué un alma tan grande como la suya se conmovía y trastornaba por cosa tan accidental y de poco valer? Porque el doctor quería ir a Madrid, darse a conocer, brillar, hacerse famoso, y sin algún dinero no podía lograrlo.

El doctor procuraba consolarse de no ir a Madrid; procuraba desistir de sus sueños de ambición y de gloria. Entonces se hacía un argumento o discurso parecido al que hizo no recordaba bien qué sabio a Pirro, rey de Epiro, que se desvelaba e inquietaba, ansioso de conquistar el mundo. «Conquistaré primero toda la Grecia, -decía Pirro. -¿Y después? -preguntaba el sabio. -Después la Italia. -¿Y después? -El Asia menor y la Persia, y la Bactrianá y la India, y por último toda la tierra. -¿Y después? -volvía a preguntar el sabio. -Después me reposaré triunfante y seré dichoso. -Pues haz cuenta que ya lo conquistaste todo; sé dichoso y repósate.

Este coloquio, si tenía fuerza para convencer a Pirro, que al fin soñaba con la conquista del mundo, mayor fuerza debía tener para el doctor, quien, en sus mayores raptos ambiciosos, ni soñaba ni podía soñar sino con ser, por unos cuantos meses,


uno de los cien ministros
que al año vienen y van;


en un país que, lejos de conquistar los otros, no sabe conquistarse a sí mismo.

Algo más tranquilo el doctor, después de este razonamiento, pensó en dedicarse a la vida contemplativa: desechar la práctica por la teoría. ¿No está acaso en la teoría la suprema felicidad y el verdadero fin del hombre? El universo podrá estar mal, si se atiende al bien de los seres que le pueblan. La vida será un triste presente: el dolor físico y el dolor moral quedarán inexplicables. De todo esto prescindía el doctor, por lo pronto. Pero ¿cómo negar el grandioso espectáculo que nos ofrece esta máquina del mundo? ¿Cuánto no queda aún por descubrir, por investigar y hasta por ver en dicha máquina, así en las partes como en el conjunto? Y no sólo en lo que es ahora, sino en lo que ha sido y en lo que ha de ser. ¿Qué origen tuvo todo ello? ¿Cuál será su fin? ¿Dónde está el propósito? Dado que estas preguntas pudiesen tener satisfactoria contestación, lo mismo se podía escuchar la voz del oráculo revelador en Villabermeja que en la heroica villa de Madrid, capital de todas las Españas.

Aun sin meterse en honduras científicas ni en averiguaciones de ningún género, bien podía el doctor darse por pagado de ver las cosas como poeta, admirándolas y celebrándolas; limpiando bien el alma de malas pasiones para que fuese bruñido y claro espejo, que reflejase el mundo dentro de sí, no sólo en cuanto se extiende y dilata por los espacios, sino en su prolongación en los tiempos, con todas las series sucesivas de creaciones y de manifestaciones que en él ha habido. Confesemos que la hermosa casa solariega de Villabermeja era cómodo y regalado asiento para asistir a esta representación magnífica y perpetua. El alma del doctor además, al reflejar en sí todas las cosas, no lo haría sin gracia y desmañadamente, sino que las hermosearía y perfeccionaría según ciertas leyes de buen gusto y de elegancia, tachando defectos y errores, produciendo armonías, y creando, en suma, para sí un universo mil veces más bello. Aunque el doctor no hiciera más que esto en toda su vida, ¿quién ha de negar que cumpliría con una gran misión? ¿Pues de qué vale el universo y toda su hermosura si no hay inteligencia que le mire y le comprenda? Decidido el doctor a consagrarse a esto, no tendría ya que preguntarse con pena, ¿para qué sirvo? Serviría para justificar la creación.

Por desgracia, ahondando un poquito más el doctor en estas reflexiones y soliloquios, se encontró con una dificultad aterradora. Para la práctica ya había visto que sin amor nada podía: para la teórica halló también que era menester amor. Conforme Dios iba creando las cosas, las miraba con amor y veía que eran buenas. Para encontrarlas él también buenas, o al menos bellas, era menester que las mirase con amor. Mucho más amor era menester aún para reflejarlas en el espejo del alma con mayor hermosura de la que tienen. El amor es el grande artista, el creador, el poeta; y D. Faustino temblaba de pensar que no amaba. Quería convencerse primero, sin ningún amor, de que un objeto era bueno, muy bueno, y después amarle. No sentía el rapto generoso, la noble confianza del alma enamorada que se lanza con amor al objeto y luego le halla bueno y bello.

Crea el lector que me pesa ahora de haber elegido para mi cuento un personaje de tan enmarañado carácter como el doctor Faustino. Me obliga contra mi gusto a escribir este largo soliloquio, que debe aburrirle: pero ya no podemos retroceder. Yo procuraré ser breve, aunque mucho se quede por decir.

Desesperado el doctor de no amar lo bastante, así para la vida práctica como para la vida especulativa, en lo que tienen de más egregio, volvió a su tema de hacer una vida práctica y especulativa a la vez, más llana y más vulgar, y volvió a soñar con ir a Madrid en busca de aventuras y de triunfos. La falta de dinero, el grande obstáculo, apareció en seguida ante sus ojos.

Una sola bujía alumbraba el salón en que se hallaba. La luz iluminaba apenas los retratos de los ilustres Mendozas. Todos ellos eran menos que medianos, salvo el de la coya. El doctor los miró casi con ira, porque le habían dejado un nombre y no le habían dejado riqueza. Tuvo gana de pegarles fuego. También pensó en llevárselos a Madrid y ponerlos en un baratillo, a ver si los compraba algún usurero o algún publicano, que quisiera ennoblecerse y tener ascendientes, prohijándolos, o mejor dicho, propadrándolos. Pero ni esta esperanza le daban sus ascendientes. ¿Qué publicano o qué usurero es tan tonto en el día que busque ascendientes y no vea en sus contratas y suministros títulos de sobra para tener todos los títulos? Y no sin razón: pensaba el doctor. Desechadas mil preocupaciones, no había de conservar él la menos filosófica: la de la nobleza. Ya que había renegado de todo, se empeñó en renegar hasta de su casta. «Vosotros -dijo a sus ascendientes-, no valíais más acaso que el contratista que funda hoy su nobleza».

El largo insomnio había excitado de tal suerte sus nervios, que el doctor, en aquella soledad, en el silencio de la noche, con la luz de una sola bujía que, iluminando muebles y cuadros, formaba mil sombras caprichosas en las paredes, imaginó que todos sus ascendientes ofendidos se destacaban de los marcos y caminaban contra él, deslizándose como espectros. Hasta la coya se reía entre compasiva y burlona. El ambiente se hizo sofocante, como si respirasen allí todos los personajes de los retratos, vueltos a la vida, y como si su respiración fuese de fuego. El doctor tuvo calor y frío a la vez; pero no tuvo miedo, sino de volverse loco. Hubiera sido indigno de un filósofo suponer que retratos pintados habían de echar a andar para darle un susto o embromarle de alguna manera.

El doctor, no obstante, fue hacia la ventana que estaba cerrada, aunque era a principios de Mayo, y para respirar el aire libre abrió de par en par maderas y cristales.

El sitio a donde daba la ventana, que abrió el doctor, era poco risueño. En primer término la calle solitaria y sin salida. Las tapias del corralón, que servía de cementerio, enfrente. Y a la derecha uno de los torreones cilíndricos del castillo sobre el cual se apoyaba la casa. Más allá de las tapias del corralón se levantaban los muros de la iglesia y se veía un poco del arco y pasadizo que con el castillo la une. Antes del arco, formaba la casa un recodo. La luna llena iluminaba la calle sin gente y sin más ruido que el formado por un viento manso que doblaba la larga yerba que crecía en la misma calle y encima de las tapias del corralón.

En nada de esto se fijó el doctor al abrir la ventana. Otro objeto más importante absorbió toda su atención en el momento. Frente por frente de la ventana, junto a la tapia del corralón, iluminado el rostro por la luz de la luna, inmóvil como una estatua, con dolorosa expresión en el semblante, tal vez con lágrimas en los hermosos ojos, vio el doctor a una mujer alta, delgada, vestida de negro, y creyó reconocer a su inmortal amiga.

-¡María! ¡María! -exclamó; pero no le respondió la mujer. La mujer echó a andar hacia el arco.

-¡María! -dijo el doctor de nuevo.

Entonces creyó notar en todo el cuerpo de la mujer un temblor, un estremecimiento nervioso; pero ella ni contestó ni volvió la cara.

De buena gana se hubiera el doctor lanzado a la calle para perseguir a su visión. La gruesa reja de hierro que tenía la ventana impidió la realización de su deseo.

-¡María! -dijo el doctor por tercera vez; y entonces dio la vuelta a la esquina la mujer vestida de negro, y el doctor la perdió de vista.

Precipitadamente tomó el doctor el sombrero, salió al patio, abrió la puerta que daba al zaguán, y quitó la tranca que defendía la puerta exterior. La llave por fortuna estaba puesta. Abrió la puerta exterior, y fue corriendo en busca de su inmortal amiga, que debía estar aún a pocos pasos de distancia.

Eran las tres de la mañana. No había un alma en las calles. El doctor las pasó y examinó todas dos o tres veces. Dio vuelta a la iglesia y al castillo: saltó por cima de las tapias del corralón, y hasta en aquella mansión de los muertos buscó a su inmortal amiga. Todo fue en balde. Parecía que se la había tragado la tierra.

Pensó luego el doctor si estaría en el campo, y salió al campo, y anduvo por los caminos sin saber dónde iba, hasta que despuntó la aurora.

Las campanas tocaron a misa primera, y el doctor se decidió a oír aquella misa. Quizás vería en la iglesia a la mujer misteriosa, como la había visto la niña Araceli.

Tampoco vio en la iglesia a la mujer misteriosa.

El doctor estaba tan inconsecuente, tan fuera de sí, tan otro, que a pesar de su impiedad filosófica, hizo por modo extraño algo como oraciones y súplicas al Jesús Nazareno, de que era hermano mayor, y al santo pequeñito, patrono del pueblo, a ver si le ayudaban a dar con su inmortal amiga. Los poderes sobrenaturales fueron sordos a la voz del doctor y no le mostraron lo que buscaba.


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- XIV - Penitencia para el diablo[editar]

La nueva aparición, confirmando más a don Faustino López de Mendoza en la creencia de que su inmortal amiga era un ser vivo, y persuadiéndole de que estaba en Villabermeja, le excitó a buscarla con ahínco. Pasmoso era, sin duda, que se ocultase tan bien en lugar tan pequeño; pero el doctor perdió la esperanza de hallarla como no fuese registrando casa por casa.

Este asunto de la mujer misteriosa le pareció de tal condición, que no quiso fiarse de Respetilla para que le ayudase en sus averiguaciones. Por motivos opuestos, y quizás más poderosos, se guardó bien asimismo de decir nada a su madre. Cuando María, la llamaremos así, ya que el doctor así la llamaba, se escondía tanto, razones poderosas tendría para ello. Si el doctor se hubiera confiado a Respetilla, hubiera expuesto a María a que la descubriesen. Confiándose a su madre, la hubiera llenado de recelos. Sabe Dios lo que imaginaría su madre de mujer que así se ocultaba.

Sólo había otra persona, cuyo sigilo era grande y cuyo afecto hacia el doctor era mayor aún. A ésta pensó en confiarse para que le ayudase a descubrir a María. Dábase la circunstancia de que esta persona era la más a propósito que había en toda Villabermeja para poner en claro un misterio y despejar una incógnita. Apenas había familia que no conociese, ni lance que no supiese, ni amores que ignorase, ni pendencia matrimonial de que no tuviese noticia. Sabía esta persona hasta lo que comían en cada casa. Si ella no daba, pues, con la inmortal amiga, la inmortal amiga era un ser inaveriguable y utópico, por más que fuese al mismo tiempo real, visible y tangible. La persona en quien pensó el doctor para que le ayudase en las investigaciones era su propia nodriza, el ama Vicenta, la cual, desde que le crió, seguía en la casa sirviendo a doña Ana.

Ya estaba resuelto a confiárselo todo, cuando dos días después de la aparición de María, fue el doctor a su quinta en la jaca. La casera estaba sola a la puerta de la quinta, mientras que el casero cavaba.

-Señorito -dijo la casera-, esta mañana me entregaron un papel para su merced.

-¿Quién le entregó? -preguntó el doctor.

-Un forastero a quien no conozco.

-Venga ese papel -dijo el doctor.

-Aquí está -contestó la casera dando a D. Faustino un pliego cerrado, que él recibió con emoción extraordinaria, pensando reconocer en la letra del sobrescrito la mano de la mujer misteriosa.

Salió entonces en medio del campo, y mirando antes a todas partes para cerciorarse de que nadie había por allí que pudiese verle o interrumpirle, abrió la carta y leyó lo siguiente:

«No ha sido mi propósito presentarme a tu ojos ni herir tu imaginación con el prestigio de lo sobrenatural. Mi alma soñadora, anhelando explicarse esta fuerza invencible que me lleva hacia ti, descubre, tal vez se finge, otras existencias en que tú y yo, sin obstáculo alguno que entre nosotros se interpusiese, nos amamos y fuimos dichosos; pero no pretendo imponerte esta creencia. Mi alma cree también que, durante el sueño, desprendiéndose, por obra del amor, del cuerpo que anima, vuela y se pone a tu lado; mas no aspiro tampoco a que lo creas. Yo te amo y sólo aspiro a que me ames. Tengo miedo, no obstante, de lograr lo mismo a que aspiro. ¿Para qué aspirar a que me ames, si no es posible, en esta vida, que nuestro amor nos dé ventura? De aquí lo singular de mi proceder. De aquí el huir de ti y el buscarte. La prudencia me induce a huir; el amor me lleva a ti a pesar mío.

»Hay además en mi vida un misterio horrible que no quiero, que no debo revelarte. Hay algo que está en mí y no está en mí, y que me hace indigna de tu amor. No presumas ni sospeches por eso que reside la indignidad en lo que es mi persona.

»Un diamante se conserva entero, puro, aunque caiga en el fango. Impenetrable a toda substancia corrosiva, sólo la luz penetra en su seno y le alegra y le llena de claridad y de hermosura. Tú eres la luz; mi corazón es el diamante.

»Una pequeña semilla cayó en la tierra. El sol con su calor divino la fecundó. Allí brotó una planta lozana, y en la planta una flor: pero no abrirá el cáliz ni dará su aroma, si el sol, que eres tú, no la acaricia.

»Mucho tengo que agradecerte, aunque no lo sabes. Ser flor y diamante te lo debo a ti, que eres mi sol y mi luz. La firmeza para resistir al fango en que había caído, te la debí a ti, mi luz, y fui diamante, y no fango. El brío, la fuerza para ascender a la región serena del aire, saliendo del seno inmundo de la tierra, te lo debí a ti, mi sol, que con tu divino calor, hiciste subir por el tallo hasta el sellado cáliz las esencias suaves y delicadas que son tuyas y para ti se guardan.

»Abandonada de todos, ruda, ignorante, ni los sagrados misterios de una religión que yo no comprendía, ni los santos que están en los altares y cuya vida y cuyas virtudes yo ignoraba, hubieran evitado mi perdición. Dios quiso salvarme por tu medio. Dios, sin duda, infundió en mi alma una admiración hacia ti, que ha levantado mi espíritu y le ha hecho apto para concebir todo lo bueno. La preocupación constante de no hacerme indigna de ti, de no perder toda esperanza de que me estimases, ha sido mi escudo y mi defensa en los primeros años de mi vida.

»Más tarde vino el espíritu consolador y me llevó a su lado. A su lado se ha abierto mi alma a todas aquellas ideas nobles y a todos aquellos sentimientos generosos de que es capaz por su semejanza con Dios. Yo, sin embargo, aunque lejos ya de ti, no pude olvidarte. Antes bien recordaba con más viveza que la primera iluminación de mi alma fue obra tuya. Cuanto yo aprendía luego, cuanto por estudio y natural discurso alcanzaba lo veía como cifrado e incluido en aquella primera iluminación de que tú fuiste causa. De esta suerte creció mi amor hacia ti. Como germen caído en terreno inculto, así tu amor cayó en mi alma. Todo cultivo posterior, lejos de extirpar el germen, ha contribuido a que se desenvuelva y brote con lozanía.

»Hasta la ausencia, el no verte en muchos años, poetizó más y más tu recuerdo. Te he vuelto a ver y no has desmerecido a mis ojos del concepto que de ti tenía, fundado en recuerdo tan poético. Así es que toda soy tuya. No dejaré de amarte aunque no me ames; no dejaré de amarte aunque me aborrezcas o me desprecies.

»Si te oculto quien soy tengo para ello razones poderosas. Respétalas y no me persigas.

»No hables de mí con nadie: te lo suplico.

»Si me amas, yo lo adivinaré y te buscaré. ¿Podré huir de ti, podré resistirme si me amas?

»Si no me amas, ¿para qué turbar con mi presencia tu sosiego? De mi amor mismo, aunque me abandonase y fuese toda tuya, no tomarías ni gozarías sino aquella mínima parte, quizás la más vulgar y grosera, que tú fueses capaz de sentir por mí. Tal es la condición del amor. Quien guarda para alguien todos sus tesoros jamás podrá darlos, por más que lo desee, como la persona amada no produzca y dé en cambio iguales tesoros de amor.

»La otra noche me viste por acaso y a pesar mío, abriendo de repente la ventana de tu cuarto. Tú me verás de más cerca, tú me verás junto a ti y por mi voluntad, si llegas a amarme. Tal vez me verás, aunque no llegues a amarme, si no logro vencer esta inclinación que me lleva hacia ti, anhelante de un momento de felicidad, por más que sea menester comprarla a costa de tu desvío y de un siglo de tormentos. Adiós. -Tu María».


El primer efecto que hizo la lectura de esta carta en el ánimo de D. Faustino fue el de excitar el deseo más vehemente de buscar y de hallar a la mujer misteriosa.

A pesar de la súplica que contenía la carta, diciendo -No me persigas-, el doctor hizo cuanto pudo, aunque en balde, por descubrir a aquella mujer.

El otro precepto de la carta -No hables de mí con nadie: te lo suplico-, hizo más fuerza en la voluntad del doctor. Por no faltar a él no se atrevió a hablar de María ni siquiera con el ama Vicenta.

Pasaron, pues, ocho o diez días, durante los cuales leyó el doctor la carta cien veces, meditó sobre ella y no halló rastro de la persona que la había escrito.

Trasladado a lenguaje llano, el contenido de la carta daba de sí lo que sigue:

María era de Villabermeja. Nacida de lo más vil y abyecto de la sociedad, había visto y admirado al doctor cuando niña, enamorándose de él. Esta pasión sublime, engendrada en el alma antes de que María llegase a la adolescencia, la había salvado de perderse para siempre. La carta se expresaba a las claras sobre este punto. De ello no podía dudar el doctor, por más que no recordase a ninguna chica pobre de ocho a diez años a quien hubiese podido inspirar una pasión. Algún alma caritativa (y el doctor menos que nadie, porque estaba siempre en Babia, podía adivinar quién fuese), se había después llevado a María y la había educado. La educación y la ausencia, lejos de destruir el amor de ella hacia el doctor, le habían poetizado y sublimado.

Impulsada de este amor irresistible, María, a pesar suyo y conociendo que dicho amor no podía tener término feliz, perseguía al doctor y procuraba enamorarle.

D. Faustino López de Mendoza, aunque viciado por las malas lecturas y por la triste ciencia de su siglo, tenía excelentes prendas, corazón generoso y una sinceridad nobilísima. Tenía además veintisiete años.

Soñaba, pues, con amar y con ser amado; pero ni quería engañar a los demás ni engañarse a sí mismo. ¿Qué razón había para que amase ya a la mujer misteriosa? Apenas la había visto: apenas había hablado con ella.

Sin embargo, tal era la inclinación de D. Faustino a todo lo poético y extraordinario, que se esforzó por quedar enamorado de su María.

Se dice de algunos personajes, que perdieron la fe, y que, con fervoroso deseo de recuperarla, hicieron durante meses y años como si la tuvieran: rezaron sin creer en el rezo, cumplieron todos los preceptos y se sometieron escrupulosamente al rito. Así creyeron al cabo. Quien esto escribe conoce a un sujeto, que hoy está en opinión de santo, y que durante el período de su transformación, asistía a una reunión de racionalistas y descreídos. -¿Dónde va Vd., D. Fulano? -le preguntaban cuando se retiraba. -Voy a hacer guasa religiosa -contestaba él. Hasta que a fuerza de hacer esta guasa, acabó por tomarlo todo por lo serio y ser casi un bendito siervo de Dios, como es en el día, sahumando y aromatizando con el perfume de su santidad el campamento de D. Carlos VII.

El carácter del doctor era inflexible. No podía el doctor, por nada en el mundo, hacer guasa amorosa, ni de ninguna clase. Si el verdadero amor había de venir en pos de la guasa, aunque no viniese nunca.

Y sin embargo, la inmortal amiga interesaba al doctor. Su alma estaba ansiosa de amarla. Mas para amar lo que no se ve ni se toca, ¿por qué amar a una mujer? Ámese la ciencia, la belleza ideal, la poesía increada antes de revestir una forma, la perfección moral irrealizable en esta vida que vivimos: ámese a Dios, en suma.

Amar a una mujer, con fervor semejante al que debe emplearse en el amor de estas cosas más altas, es una idolatría: idolatría que no se comprende si no se ve o si no se toca el ídolo.

Dante, gran maestro de amor, lo había dicho en una admirable sentencia, salvo que Dante cometió la injusticia de acusar sólo a las mujeres de este linaje de materialismo. Dante deplora lo poco o nada que


...in femmina foco d'amor dura
se l'occhio o il tatto spesso nol raccende.


¿Por qué no deploró y confesó Dante el mismo defecto en el hombre?

Tal vez el gran poeta confundió con el amor verdadero la adoración de la mujer como figura simbólica y como alegoría y personificación de la ciencia divina, de la inspiración poética y hasta de la patria. Así amó él a Beatriz. Así amó Petrarca a Laura. ¿Podía el doctor amar así a su María?

Antes de recibir la última carta, no hubiera sido difícil. Después de recibida la última carta era casi imposible. A la mujer, que ha de ser objeto de un amor de este género, importa que las circunstancias la levanten por cima del amador; la pongan como un pedestal; la encierren como en un impenetrable santuario. Esto tal vez no basta, por último, y es menester que venga la muerte y la arrebate a misteriosas esferas, y deje sólo de ella, en este bajo suelo, un fantasma etéreo, un simulacro divino, forjado por la mente, y cuya mera aproximación a nosotros, o soñando o velando, nos encumbre al paraíso y nos traiga como un subido deleite y como un sabor prematuro de eterna bienaventuranza.

El doctor, reconociendo con humildad que no lo merecía, había sido y era para su María lo que Beatriz para Dante. Estaban, por un capricho de la suerte, los papeles trocados. Pero ¿cómo hallar él en María a su Beatriz o a su Laura, después de la confesión ingenua que en su última carta María le había hecho?

El doctor, pues, muy a pesar suyo, tuvo que confesarse que deseaba la presencia de María; que su amor, fuese ella quien fuese, lisonjeaba su amor propio: que sentía hacia ella piedad, profunda simpatía y hasta cierta ternura, pero no verdadero amor. Ni siquiera sentía el amor simbólico y metafísico de Dante y de Petrarca por sus dos queridas verdaderamente inmortales.

Lejos de sosegar esta confesión el ánimo del doctor, le atormentaba con amarga tristeza: le atormentaba con el tormento de no amar, que es el mayor de los tormentos.

Para distraerse de sus melancólicas cavilaciones redobló su actividad corporal. Paseaba desaforadamente a pie y a caballo; los combates al sable con Respetilla eran cada día más largos y feroces; tiraba a la barra; levantaba pesos enormes, y no pocas veces llegó a tomar el azadón y cavó con ahínco hasta derretirse sudando: pero al consumir y gastar así sus fuerzas corporales, no lograba aquietar, ni por un instante, la inflamada vehemencia del espíritu.

Respetilla no era tonto, quería bien a su amo, recelaba que en aquella vida solitaria que estaba haciendo acabaría por volverse loco, y no dejaba ningún día de aconsejarle que viviese como los demás hombres, y que ya que por falta de dinero no le era dable irse a vivir a la corte, hiciese de la necesidad virtud, se figurase que Villabermeja era en substancia lo mismo que Madrid, y tratase a la gente de Villabermeja, distrayéndose y recreándose con sus paisanos, y sobre todo con las hijas de sus paisanos, entre las cuales las había muy bonitas, alegres y discretas.

Una mañana, después del combate al sable, Respetilla habló de este modo:

-¡Alabado sea el poder de Dios y lo que ve el que vive! Cosas hay que no las creyera quien no las viera. Tenga por cierto su merced que jamás he dudado yo, antes he creído muy natural, que haya habido ermitaños penitentes, que se zurren de lo lindo con unas tremendas disciplinas, no comiendo más que yerbas y no bebiendo más que agua, no pensando en amores ni en amistades y viviendo en la soledad: pero, al cabo de esta amarga vida, alcanzaban tales ermitaños la gloria eterna, la música celestial y qué sé yo cuántas delicias. Para ganarse la voluntad de Dios bien pueden hacerse sacrificios. Lo que no comprendía yo hasta que lo he visto en su merced es que haya también ermitaños y penitentes del diablo. Si la mitad de la penitencia, del recogimiento, de la abstinencia, de las vigilias y estudios en que su merced consume su mocedad y su vida, se encaminasen a agradar a Dios, nada tendría yo que decir sino que su merced era un santo. Lo malo es que yo sospecho que su merced no se sacrifica sino para dar gusto al diablo, que al fin no tiene gloria que darle, ni siquiera le da, en esta vida, dinero y poder, aunque sea a trueque del infierno en la otra. Jamás había yo querido creer en las brujas, por que no comprendía qué gusto habían de tener, al ver tan perdidas a las que pasaban por tales, en servir al diablo sin recibir salario. Ahora empiezo a creer en la brujería. No se ofenda su merced, señorito. Su merced es brujo, y está dando culto al diablo, y sacrificándole su mocedad y su existencia.

-Yo no doy culto al diablo -contestó el doctor, no poco lastimado del tino con que Respetilla le atacaba-: yo doy culto a la necesidad invencible. Si a eso llamas tú diablo, sea enhorabuena; doy culto al diablo.

-¿Y qué necesidad tiene su merced de vivir como vive?

-¿Puedo acaso vivir de otro modo? Donde quiera que yo fuese haría un papel ridículo sin un cuarto. ¿A qué oficio voy a ponerme si no sirvo para nada? No hay más que resignarme a vivir en Villabermeja. Y aquí, ¿qué otra vida he de hacer que la que hago?

-¿Y por qué no hacer aquí otra vida? -replicó Respetilla-. ¿Para qué desea su merced ir a Madrid? Sin duda para tratar a aquella gente. Pues trate su merced a la de aquí y se ahorrará el viaje. Pues qué, ¿la gente de Madrid es distinta de la de Villabermeja? Todo se va allá, señorito.

-Vamos, ¿y dónde está esa gente? ¿Con quién te parece a ti que me trate?

-Con todo el mundo. Hay además una casa a donde yo quisiera que fuese su merced, porque allí se divertiría.

-¿Y cuál es esa casa?

-La de mi señor compadre el escribano.

-Pues si sus hijas me detestan.

-Detestan a su merced, porque su merced no va a verlas. Las pobrecillas están picadas.

-¿Cómo sabes tú eso?

-Toma; porque me lo han dicho. Yo hablo mucho con las dos, y sobre todo con Jacintica, la viuda del guarda, que las acompaña siempre y va con ellas a misa, visitas y paseo. Ramoncita, la hija menor del escribano, es muy bonachona, y hace lo que quiere Rosita, su hermana mayor. Pronto la casará con el hijo del boticario, que está ya acabando la carrera y dentro de pocos meses será médico. Rosita, en cambio, no tiene novio, ni quiere tenerle, aunque ya pasa y más que pasa de veinticinco años. ¿Y para qué, si es libre, rica, señora de su casa, y dispone del caudal, y manda en su hermana y en su padre y en cuantos la rodean?

-¿Querrá también mandar en mí?

-No, sino ser mandada, por lo que yo barrunto.

-Respetilla -dijo D. Faustino-, tú eres un tentador, un verdadero diablo, y me propones un disparate, por no decir otra cosa. ¿A qué he de ir yo a ver a Rosita? ¡Bueno fuera que creyese Rosita que yo iba a pretenderla, en busca de su dote, como fui en busca del de doña Costanza, e imitase a mi prima, calabaceándome!

-Yo conozco a Rosita, y sé que no pensará semejante cosa. Ni sueña en casarse con su merced, ni menos en darle calabazas.

-Pues entonces, ¿en qué sueña?

-En broma y palique. Aquí no tiene con quién hablar. No hay más novio posible para ella que el hijo del boticario, que corre ya por cuenta de su hermana. Rosita ha leído muchas novelas e historias y es muy elegantona. Conversar con su merced, sin proyecto de ninguna clase, sería para ella el colmo del contento. Dice Jacintica que ella dice que su merced sólo es capaz de entenderla en Villabermeja: que para los demás patanes de por aquí está ella como si estuviera en griego. Dice también Jacintica que, en todas las ferias donde ha estado Rosita, ha pasado por de Sevilla o de Granada, cuando no por de Madrid, y que nadie ha sospechado que fuese de Villabermeja. Tan bien se viste, y tan atinada y afilustrada es en cuanto habla.

-Tú acabarás por hacerme creer que Rosita es un dije -exclamó D. Faustino.

-Ya lo creo que lo es: y no de similor sino de oro. Y luego, ¡lo que sabe! ¡Dios mío, lo que sabe! ¡Y qué genio! Ya, ya... Hasta a su padre le tiene metido en un puño... El escribano, ya sabe su merced, tiene su por qué. ¿Estamos?... La niña del secretario del Ayuntamiento: la Elvirita, viuda del capitán... Pues nada: no se lleva Elvirita sino lo que Rosita quiere que se lleve. Y en vez de ser Rosita la que adula y sirve a Elvirita, sucede lo contrario. Elvirita está con Rosita casi tan humilde como una criada.

-¡Hombre, tú me cuentas de Rosita verdaderos milagros! -dijo el doctor.

-¡Pues a fe que es ella poco milagrosa!

-Y dime -continuó D. Faustino-, ¿el escribano está por la noche de tertulia con sus hijas?

-Casi nunca: de día está el escribano en los negocios de su oficio, y de noche arrullando a su tórtola. La tertulia de las hijas del escribano se suele reducir al hijo del boticario, novio de Ramoncita, y a Jacintica, y nada más. ¿Quiere su merced verlo? Venga conmigo esta noche.

D. Faustino puso aún algunas dificultades: pero empezaba a sentirse tan aburrido y le había hecho tal impresión el que Respetilla le llamase, con tan certero instinto, ermitaño y penitente del diablo, que decidió al fin dejar la penitencia diabólica, y salir en busca de aventuras, aunque fuese encanallándose en Villabermeja.


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- XV - La tertulia de los tres dúos[editar]

Respetilla se apresuró a poner en conocimiento de Rosita que su amo iría aquella misma noche de tertulia a su casa. No podía dar a Rosita más agradable nueva.

Rosita, soltera, con más de veintiocho años, sin haber hallado nunca en el lugar hombre a quien sujetar su albedrío, dominando despóticamente en su casa, mil veces más libre y señora de su voluntad y de sus acciones que una reina no constitucional, no se aburría, porque su actividad y la energía de su carácter no eran para que se aburriese, pero se divertía poquísimo: asistía a la vida, como quien asiste a la representación de un drama que le parece tonto y cuyos personajes no le interesan.

Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo: ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral; y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría a menudo, dejaban ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes e iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos oscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.

Tenía Rosita la frente pequeña y recta como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas larguísimas se doblaban hacia fuera formando arcos graciosos. El conjunto de todo expresaba una mezcla de malicia, soberbia, imperio, alegría, ternura y deseo de amor, imposible de describir. Ojos negros y ardientes, lánguidos a veces, a veces activos y fulmíneos como dos ametralladoras, iluminaban aquella movible fisonomía.

Ramoncita, la otra hija del escribano, era blanca, no tenía lunares, tenía la boca pequeña, era más alta que Rosita, y pasaba también por más guapa: pero ni en media docena de años revelaba Ramoncita, ni al alma ni a los sentidos, lo que Rosita en un momento. Rosita, sólo con mostrarse, daba idea de la gloria y del infierno: Ramoncita, del limbo.

Aunque Rosita tuvo tentación de adornarse un poco más que de costumbre para recibir a D. Faustino, vencida la tentación por su orgullo, aguardó la llegada del nuevo visitante con el mismo traje de percal, con el mismo pañuelo de seda al cuello y con el mismo peinado que de costumbre. Ni siquiera renovó las rosas que tenía en el pelo desde por la mañana y que estaban ya marchitas. No hizo más que lo que hacía todas las noches, antes de acudir a la tertulia; limpiarse los dientes, que ella cuidaba mucho, y lavarse las manos, que por andar con las llaves de la despensa o contando el dinero, ya para recibirle, ya para pagar a los trabajadores, requerían este cuidado en mujer tan pulcra. Conviene advertir, sin embargo, que ni las manos ni la cara de Rosita se echaban a perder fácilmente con las faenas caseras, con el aire del campo y de los corrales, y con andar por las despensas y las bodegas. Rosita no era un ser delicado; era una hermosura de bronce.

El doctor, acompañado de Respetilla, cumplió su palabra, y entró, poco después de las nueve de la noche, de tertulia en casa de las Civiles. Rosita, Ramoncita, la confidenta y acompañanta Jacintica, y el futuro médico, hijo del boticario, componían toda la reunión.

La conversación fue general durante diez o doce minutos; pero languidecía cada vez más, por la visible propensión de D. Jerónimo, el hijo del boticario, a tener apartes con Ramoncita, y la no menos visible de Respetilla a entonar un dúo con Jacintica la viuda.

Esta propensión prevaleció al cabo: se apoderó de los ánimos de Rosita y del doctor; y al cuarto de hora de estar el doctor en la sala baja, alumbrada por un esplendoroso velón de Lucena, se habían ya formado insensiblemente tres grupos naturales. En un rincón estaban Ramoncita y D. Jerónimo, charlando en voz baja; en otro rincón, Respetilla y Jacintica; y en otro rincón, por último, se quedaron Rosita y D. Faustino, hablando con tanta confianza y de asuntos tan íntimos como si toda la vida se hubiesen tratado.

-Nada, Sr. D. Faustino -decía Rosita-, conviene que cada cual se conforme con su suerte. Este lugar es un corral de vacas... convenido; pero... ¿dónde irá Vd. que más valga y menos gaste? Viviendo Vd. aquí tres o cuatro años, si hay dos o tres de buenas cosechas, podrá desempeñar su caudal y ponerse a flote. Ya desempeñado, y con el crédito de su ilustre apellido y de su mucho saber, tal vez no sea difícil que elijan a usted diputado. Así fuesen como Villabermeja los demás pueblos del distrito. Aquí manda mi padre, y por consiguiente mando yo. Si la ocasión se presentase y hubiese con quien contar en los otros pueblos, aquí volcaríamos el puchero en favor de Vd. De este modo iría Vd. a Madrid como debe ir. Entretanto, siga Vd. en sus estudios, escriba, medite, aumente sus conocimientos, pero no sea tan huraño. El arco no ha de estar siempre tendido. Bueno es que tenga el alma sus ratos de solaz y esparcimiento. Véngase Vd. por aquí, y charlaremos y seremos excelentes amigos. Yo no soy ninguna sabia, y sólo podré decir a Vd. cosas vulgares; pero tengo recto juicio y acertaré a dar a Vd. buenos consejos; y tengo además el genio tan alegre, que si logro no fastidiar a Vd., no hay término medio, he de lograr también disipar sus melancolías y ponerle regocijado, con el regocijo rústico y lugareño que por acá se estila.

-¿Cómo había yo de imaginar, querida Rosita -respondió D. Faustino-, que había de tener en Vd. una amiga tan buena? No llegaban a mis oídos sino las burlas que Vd. hacía de mí. Tenía miedo de presentarme a Vd. No debe Vd. tildarme de huraño.

-Es verdad -replicó Rosita-, estábamos mal informados. Nos estimábamos sin saberlo, y como no nos conocíamos, trocábamos en odio el afecto, y nos hacíamos la guerra. Ahora, que nos conocemos, se trocará el odio en amistad. ¿No es así?

-Por mi parte, yo no la odié a Vd. nunca. Ahora que la conozco, la quiero mucho.

El doctor cogió la mano de Rosita y la estrechó cariñosamente.

El diálogo entre el doctor y Rosita prosiguió en el mismo tono afectuoso, prometiendo el doctor acudir todas las noches a aquella tertulia de los tres dúos.

El doctor estaba contentísimo de la franqueza, bondad y rapidez con que Rosita intimaba con él. Un recelo, no obstante, le atormentaba algo. ¿Pretendería Rosita que él fuese su novio, y cambiaría en mayor aborrecimiento la nueva amistad, cuando en el pueblo se divulgase que él la visitaba y Rosita se convenciese de que D. Faustino López de Mendoza no aspiraba a casarse con ella?

Movido por este recelo, dijo el doctor a Rosita:

-He dicho que vendré aquí todas las noches, sin reflexionarlo bien. Para mí no puede haber cosa de mayor gusto; pero ¿qué dirán en el lugar? ¿No comprometerán a Vd. mis visitas?

La hija del escribano soltó una carcajada, enseñando todos los blancos dientes de su fresca boca.

-No se apure Vd. -dijo-, que yo no tengo miedo de compromisos. Digan lo que quieran en el lugar, yo no temo perder mi colocación. Tengo veintiocho años cumplidos y no me he casado porque no he querido ni quiero casarme. Soy libre como el aire y sé lo que me importa hacer, y hago lo que quiero. A nadie tengo que dar cuenta de mi vida más que a mi padre, y mi padre no me la pide. ¡Bueno fuera que, siendo mayor de edad, reina y señora en mi casa, no pudiese yo tratar y hablar con quien me gusta!

El con quien me gusta fue acompañado de una mirada muy amorosa de aquellos ojos de fuego. Rosita, que era tan soberbia como apasionada, añadió después, deseosa de que el doctor no temiese que ella aspiraba a casarse con él:

-Pues qué, ¿no podremos ser Vd. y yo amigos, y charlar y reír y hacernos compañía en estas soledades, por miedo de que murmuren? ¿Con quién hemos de hablar, si no hablamos el uno con el otro? Las mujeres que, como yo, llegan a los veintiocho años, pasan de la flor de la juventud a la edad madura, y no han querido casarse, ni han tenido novio, ni han tenido coqueteos siquiera, me parece que tienen derecho a que se las considere y respete. No faltaba más sino que yo no pudiese hablar con Vd. con frecuencia, a fin de evitar que dijese algún tonto que anhelaba yo enlazarme a la noble familia de los López de Mendoza.

-Y ser condesa de las Esparragueras de la Atalaya -dijo el doctor riendo.

-Y no es mal título -respondió Rosita, poniéndose colorada de que el doctor aludiese a su burla, pero recobrando al punto la serenidad-: además que para titular no le faltan a Vd. tierras más productivas y de más bonito nombre. Y en todo caso, mi padre tiene la Nava, Camarena y el Calatraveño, que se prestan a ser títulos como otras fincas de las mejores. Pero no pensemos en necedades. No titulemos ni contraigamos matrimonio. Seamos dos amigos leales que se quieren bien. Seamos Faustino y Rosita. Olvídese Vd. hasta de que soy una mujer. Yo lo tengo olvidado hace tiempo. Míreme Vd. bien: vestida de percal; despeinada casi: con estas rosas ajadas y marchitas; -y se las arrancó de un tirón-: con esta facha de mayordomo, de aperador o de ama de llaves. Vamos, ¿qué pretensiones he de tener yo con esta facha? -y Rosita se puso en pie, riendo, y dio una vuelta para que el doctor mirase el descuido de su traje y su completa ausencia de adorno y coquetería. Luego prosiguió:

-Varias veces hemos hablado de Vd. Respetilla y yo, y hemos decidido que Vd. es un penitente del diablo. En esto nos parecemos. Yo soy una penitente por el mismo estilo. Salvo que no soy tan seria. Yo me río como una loca, hasta de mi penitencia.

En efecto, el doctor miró detenidamente a Rosita, y vio que tenía razón. No había en ella el más ligero asomo de coquetería o de estudio, ni en el vestido ni en el peinado. No había más que la salud y el aseo. Parecía, como ya se ha dicho, una estatua de bruñido bronce. La intemperie no había ajado ni sus manos ni su cara, que tenían algo de la pátina que da el sol de Andalucía a las columnas y a otros monumentos artísticos. Su cuerpo, sin corsé ni miriñaque, se dibujaba bajo los pliegues del percal, tan gallardo y airoso como el de Diana cazadora.

-Todo cuanto ha dicho Vd. -contestó el doctor-, me parece la discreción misma. Sólo hay un mandato, pues sus insinuaciones son mandatos para mí, que creo que no podré cumplir.

-¿Y cuál es ese mandato?

-Que me olvide de que es Vd. mujer. Ese es un mandato imposible. Es Vd. mujer y mujer muy bonita, y Vd. misma lo siente y lo sabe.

Las rosas marchitas, que Rosita había arrancado de sus cabellos y tirado al suelo, estaban entre las manos del doctor.

-Estas rosas -dijo-, más bien que de haber sido cortadas, se han marchitado de envidia de esa cara tan graciosa. Yo las he de guardar como recuerdo.

-¡Qué bobería! -dijo Rosita-. ¿Para qué ese recuerdo? ¿No vamos a vernos diariamente?

-Sí: pero ¿y de día? ¿Y cuando no nos veamos?

-Dé Vd. acá esas rosas -dijo Rosita; y se las arrancó al doctor de entre las manos y las echó muy lejos de sí-. Para recuerdo, ya que Vd. necesita recuerdo a fin de no olvidarme, yo le daré otro mil veces mejor.

Abriendo, al decir estas palabras, un poco el pañolito de seda, que tenía sobre el pecho, metió la mano Rosita y sacó un escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba pendiente y oculto en aquel sitio.

-Tome Vd. este escapulario y guárdele como recuerdo mío. Está bordado por mí y bendito por el señor obispo. Bese Vd.

Y le puso el escapulario en la boca para que le besase.

El doctor le besó con la mayor devoción, notando que conservaba aún el grato calor de quien se le daba.

En estos coloquios se pasó el tiempo hasta que dieron las once.

Jacinta, auxiliada por Respetilla, sirvió entonces la cena a los cuatro señoritos, echando los manteles sobre una mesa que había en medio de la sala, y trayendo cubiertos, vasos y una limeta de vino añejo. La cena consistía en un plato de lomo de cerdo, conservado en manteca, y bien aliñado, y en otro plato de espárragos trigueros en salsa, con huevos estrellados encima. De postres, higos, pasas, peros y arrope.

En la cena reinó la mayor alegría; la conversación volvió a ser general; la botella, que era de cristal y triple que una botella ordinaria, se fue quedando vacía; y, ya cuando los señoritos estaban en los postres, Jacintica y Respetilla se sentaron patriarcalmente en la misma mesa y dieron fin de cuanto había quedado.

A poco volvió de arrullar a su tórtola el escribano y rico propietario D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, y, alegrándose mucho de ver a sus hijas en tan buena compañía, hizo mil cumplimientos al doctor Faustino.

A las doce terminó la tertulia, y se retiró el doctor a su casa, seguido de Respetilla, su escudero.

Durante seis noches más siguió el doctor acudiendo a la casa, cenando con las hijas del escribano, y formando con Rosita uno de los tres dúos en que la tertulia estaba dividida.

En la séptima noche, nos permitiremos oír parte del coloquio entre Rosita y D. Faustino. Poco antes de las once, hora de la cena, hablaban ambos de este modo en un rincón de la sala:

-Ya que te empeñas, te tutearé -decía Rosita-, pero soy tan distraída, que temo que he de tutearte en público. ¿Qué diría entonces la gente? Vaya, que digan lo que digan. Yo te tuteo... ¿Y el escapulario, le llevas siempre?

-Aquí le llevo -contestó el doctor-, sobre el pecho: por bajo de toda la ropa.

-¿Me quieres mucho?

-Con toda el alma.

-Mira, Faustino, querámonos así: pero no nos preguntemos cómo nos queremos. Hay un encanto en quererse sin saber cómo, que se desharía si nos obstinásemos en definir este afecto. ¿Es amistad? ¿Es amor? ¿Qué es?

-Es todo. Es algo de indefinible y poético -contestó D. Faustino-. Ignoro cómo te quiero, pero sé que te quiero.

-Pues abandonémonos a ese sentimiento indefinible, sin averiguar lo que sea en lo presente -dijo Rosita-, sin prever a dónde nos lleva en lo porvenir. ¿No hemos convenido en que somos dos ermitaños, aunque algo diabólicos: dos penitentes de extraña condición? Pues bien: yo he oído contar de otros dos penitentes que se encontraron una vez en un frondoso bosque, desierto y florido, por donde corría un río de claras ondas. Atada a la margen estaba una ligera y frágil barquilla. Los ermitaños tuvieron el valor de embarcarse, de desatar la barquilla y de abandonarse a la corriente, sin saber a dónde los llevaba. ¿Sabes a dónde fueron?

-¿Pues no lo he de saber? -respondió el doctor-. Fueron al Paraíso terrenal. El querubín, que le guarda con una espada de fuego, o estaba dormido o los quería bien, y no se opuso a su entrada, y entraron, y se regalaron allí como unos bienaventurados que eran.

-Veo que sabes la historia lo mismo que yo.

-Y dime, Rosita, ¿por qué no hemos de tener igual valor y confianza que los otros ermitaños? ¿Por qué no nos hemos de embarcar en la barquilla y dejarnos llevar de la corriente?

-Allá veremos -replicó Rosita-. Eso es para pensado. Por lo pronto no estamos mal. Nos hallamos en el bosque frondoso, en el florido desierto, a orillas del río de ondas claras. ¿No es ya bastante regalo? ¿No te contentas? Anda, ermitaño insaciable, ten calma. Oye cantar los pajaritos en el bosque, contempla las florecillas, sueña arrobado mirando cómo va corriendo el agua con manso murmullo; coge alguna campanilla o violeta de las que brotan a la orilla del río, y no pienses aún en lanzarte a la navegación, ni pidas Paraíso, como quien no pide nada. Pues qué, ¿vale tan poco lo presente? El Paraíso mismo, ¿no tiene precio, para querer llegar a él sin más ni más? Y el querubín, ¿no podrá oponerse a que entremos?

-No hay más querubín que tú. Tú eres a la vez ermitaño, querubín y Paraíso.

A este punto llegaban, cuando Jacintica los interrumpió, llamándoles a la cena, que estaba ya dispuesta. La conversación tuvo que hacerse general. Aquella noche fue más animada que nunca. Jacintica y Respetilla se sentaron a la mesa, sin ceremonia, poco después de los señoritos. Hubo gran tiroteo de chistes y de bolitas de pan. Respetilla, que tenía mil habilidades, lució algunas de ellas; cantó como el gallo, ladró como el perro, maulló como el gato, zumbó como la abeja y la mosca, rebuznó como el burro, e imitó los brincos y movimientos de la rana y del mono. Jacintica, que remedaba muy bien a las personas, puso en caricatura a varias de las más conocidas en el lugar. Hasta D. Jerónimo, aunque era formalísimo, se salió algo de quicio, y procuró contar dos o tres cuentos; pero todos eran sabidos, y, como por allá se dice, se los espachurraron con alboroto y risa. Rosita, por último, viendo a todos tan amenos y alegres y considerando que estaban en el mes de Mayo, propuso una expedición a la magnífica casería que tenía su padre en la Nava.

Los tertulianos aprobaron y aplaudieron con frenesí.

-Iremos mañana mismo -dijo Rosita-. Estas cosas si se retardan no se hacen. Saldremos de aquí a las tres. A las tres de la tarde, todos a caballo, a mulo o a burro, en la puerta de casa.

-No faltaremos -contestó el doctor.

-No faltaremos -repitieron los otros.

Cuando llegó, a poco, el escribano, Rosita le dio parte del proyecto, y el escribano le aprobó.

-Claro está, papá -añadió Rosita-, que tú vendrás acompañándonos.

-Pues ¿cómo había de ser de otra suerte? -dijo D. Juan Crisóstomo.

-Iremos -prosiguió Rosita-, todos los que estamos aquí, y además, papá me permitirá que yo convide a una amiga mía.

-Haz como quieras.

-Pues entonces convidaré a Elvirita, y seremos ocho. Buen número, ¿no es verdad?

-¡Buen número! -exclamó Respetilla-. No hay más que pedir. ¿Qué mejor apaño?

Con estas profundas y filosóficas exclamaciones de Respetilla, terminó cuanto de importante se dijo aquella noche en la tertulia de los tres dúos, y los tertulianos se separaron hasta el día siguiente.


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- XVI - El Paraíso terrenal[editar]

Alguien pensará quizás que, estando de por medio los amores poéticos del doctor con su inmortal amiga, había mucho de profanación y de miseria humana en enredar con Rosita, la hija del escribano usurero, otros amores bastante vulgares. El doctor pensaba lo mismo, sobre todo cuando no estaba bajo la influencia de Rosita. Cuando hablaba con ella, era el doctor hombre perdido. Desde la cumbre serena y clara de las más sublimes especulaciones se precipitaba y hundía en un abismo tenebroso.

¿De qué le valía meditar teóricamente en las cosas eternas, en lo permanente y absoluto, en el origen, destino y último fin de lo creado, si en la práctica venía a caer en ser un camarada de Respetilla y de D. Jerónimo, con quienes hacía, no ya partida cuadrada, sino partida cúbica o casi cúbica?

No pocas razones hallaba el doctor para disculparse, algunas de las cuales no estará de más consignar aquí. María, la amiga inmortal, era sin duda una mujer que le amaba de un modo noble; pero el doctor, en vista de que ella misma se había descubierto y se había mostrado sin ningún prestigio de elevación y tan envuelta en la realidad impura, no podía convertirla en una como diosa, en un símbolo de todo lo santo y lo bueno: no podía hacer de ella lo que Dante de Beatriz y Petrarca de Laura. Exigir además amor exclusivo y fiel, aun siendo posible el endiosamiento del ser amado, era empeño superior a nuestra condición terrenal, ocultándose, como el ser amado se ocultaba. El propio Dante había tenido mil prosaicos extravíos, a pesar de Beatriz, y Petrarca, a pesar de Laura, no se había descuidado tampoco.

El doctor, por otra parte, aunque amaba lo ideal, no estaba muy seguro de lo que fuese, porque de nada estaba seguro.

-Si lo que amo y quiero amar está abstraído, sacado por mí de lo real, como si fuera una esencia o un espíritu destilado o más bien evaporado en el alambique del entendimiento, cierto que sería un absurdo dejar la realidad y la substancia por la apariencia, el vapor y la sombra. Ello es que no acierto a concebir nada más bello que la forma de una mujer bella. Si quiero poética o artísticamente representarme a una diosa, a una ninfa, a una sílfide, a la religión, a la filosofía, tengo que darle forma de mujer. Verdad es que le quito imperfecciones y que le añado bellezas, que las mujeres que he visto tal vez no tienen; pero, en lo esencial, lo que me represento es una mujer. Luego la forma, el ser de la mujer es lo más hermoso, deseable, poético y artístico, que puede concebir y amar el hombre.

En cuanto a las perfecciones y a las imperfecciones también había mucho que dilucidar. El doctor abrió una vez el libro del orador romano, De natura deorum, donde se toca magistralmente este punto, y halló que hasta los lunares de Rosita pudieran pasar por divinas perfecciones. El poeta Alceo estuvo perdidamente enamorado de un lunar, ¿por qué no había él de enamorarse de dos lunares?

Hechos estos estudios filosóficos, el doctor, si bien creyó ver en el retrato de la coya ciertas miradas severas, desechó los escrúpulos que le asaltaban y se decidió a imitar a su modo al ermitaño de la leyenda, entrando en la barquilla y dejándose llevar de la corriente.

Doña Ana sabía ya las visitas de su hijo en casa de escribano, y estaba contrariada; estaba como sobre ascuas. Era duro exigir de un joven que se enterrase en vida, que no tratase con nadie. De tratar con alguien en Villabermeja, era evidente que lo más comm'il faut, la high life legítima, el verdadero mundo fashionable residía en la tertulia de las Civiles. Y sin embargo, doña Ana (tan cogotuda la había hecho Dios) se avergonzaba de que su hijo cenase con las Civiles y las tratase familiarmente, y se asustaba previendo mil compromisos y enredos. Algo de esto expuso a su hijo con notable circunspección y prudencia; pero todo fue inútil. A la hora convenida, el doctor, caballero en su jaca, y Respetilla en su mulo, estaban en la puerta de las Civiles para ir a la jira campestre.

Rodeada de multitud de chiquillos, salió y se puso en marcha la expedición. El escribano y don Jerónimo iban en sendas mulas, con aparejos redondos. Rosita a caballo, a la inglesa, con traje de amazona, hecho en Málaga. Y por último, Ramoncita, Elvirita y Jacintica, iban en burros con jamugas. Resultaba, pues, que Rosita y el doctor, que iban al lado la una del otro, parecían los reyes de aquella pompa, y los demás el séquito o comitiva. Aquello era lo que vulgarmente se titula dar una gran campanada. El lugarcillo se alborotó. Todas las mujeres salían a las ventanas para ver pasar a las Civiles y al doctor Faustino, que desempedraban las calles. Se diría que era el triunfo de Rosita, que iba luciendo a su cautivo enamorado.

Durante todo el viaje, Rosita fue delante, siempre con el doctor al lado, el cual le daba la derecha, mientras la anchura del camino lo consintió.

No hacía ni calor ni frío. El tiempo era hermosísimo.

Por medio de viñas y olivares, fueron subiendo la falda de uno de los cerros que tanto limitan el horizonte bermejino. A la media legua, no se veía a un lado y otro ni planta, ni yerba alguna, sino piedras enormes. El cerro, casi como cortado a tajo, era una masa de áridos peñascos, sin capa vegetal. Formando mil revueltas, se prolongaba el camino, que más que camino pudiera calificarse de escalera. Sólo caballerías muy acostumbradas, como las de que se servían nuestros expedicionarios, podían ir por allí sin venir al suelo y derrocar a los jinetes.

Cerca de una hora duró esta ascensión dificultosa. El horizonte iba extendiéndose a medida que subían. Al rayar en lo más alto, se descubrían desde allí provincias enteras, iluminadas por un sol refulgente, y claras y distintas, merced a la transparencia del aire, limpio de nieblas y nubes. Se veían en lontananza Sierra-Morena, al Norte; hacia el Oriente, el picacho de Veleta, cubierto de nieve, y la serranía de Ronda hacia el Mediodía. Dentro de estos límites, poblaciones blancas y alegres, caseríos, huertas, viñedos, ríos y arroyos, bosques de olivos y encinas, santuarios célebres en las cimas de varios cerros, y muchísimos sembrados, que verdeaban entonces con todo el esplendor de la primavera.

-¡Bendito sea Dios! -exclamó Rosita-. ¡Qué vista tan hermosa!

-Yo no veo más que a ti -contestó el doctor-. ¿Para qué buscar la hermosura remota cuando la tengo a mi lado? En ti se cifra todo lo mejor de la tierra y del cielo. ¿Para qué cansar la mirada y la mente recogiendo la belleza difusa, y para qué abarcar tanto espacio y cuadro tan extenso al concebirla toda, si la tengo en ti, en compendio y resumen?

-Cállate, lisonjero, mentiroso: cállate, que me voy a volver tonta y presumida con tus elogios. ¿Ves todos esos campos? ¿Ves todas esas tierras que desde aquí se divisan? Pues en verdad que nada de por sí vale tanto como la Nava, a donde pronto vamos a llegar. El verdadero Paraíso terrenal está en la Nava.

-Donde quiera que estés tú estará para mí el Paraíso.

Entre el doctor y Rosita se cruzaron esta pocas palabras en un momento en que pudo el doctor aproximarse a ella. Casi siempre, durante la subida, tenían que ir en pos unos de otros, pues la senda no tenía anchura para más, y aspirar a ir dos en fondo por allí hubiera sido exponerse a bajar derrumbados.

Respetilla, que iba detrás de Jacintica, como no podía tener apartes con ella, se distraía cantando coplas de playeras muy amorosas. En todo era Respetilla jocoso, menos en esto de cantar playeras. Las cantaba con mucho sentimiento. Era un gemido prolongado que ansiaba llegar al cielo; era un suspiro melodioso que traspasaba los corazones. Así iba cantando entre otras coplas:


Cuando yo me muera
dejaré encargado
que con una trenza
de tu pelo negro
me amarren las manos.


Esta oración jaculatoria, esta melancólica saeta hería sin duda el alma de la divinidad a quien se dirigía, que no era otra sino Jacintica; mas no por eso dejaba de agradar a los demás oyentes. No hay nada que, en medio del campo, en la soledad de un camino, cuando se va andando paso a paso, tenga mayor hechizo que una copla de playeras bien cantada.

Por último, llegaron todos a lo alto. Un hermoso espectáculo se ofreció entonces a sus ojos.

Aquellos peñascos áridos y desnudos se diría que forman como un enorme vaso lleno de la tierra más fértil. La Nava es una meseta que tendrá por la parte más ancha dos leguas de extensión. Por unos lados se sube a la meseta desde terrenos más bajos: por otros, se levantan soberbios montes, desde donde descienden varios arroyos abundantes, que fertilizan aquel lugar delicioso. En las laderas, que se inclinan hacia la Nava, hay viñas, almendros, acebuches y encinas: en la misma Nava, prados cubiertos de yerba y de mil géneros de flores silvestres. Los arroyos se han abierto cauce, al parecer, sin que intervenga la mano del hombre, y en sus orillas y cerca de sus orillas se han formado sotos frondosos, donde resplandecen los alisos, los álamos blancos y negros, los fresnos y los mimbrones. Cuando un arroyo hace remanso, crecen los juncos, las espadañas y la juncia; y por todas las orillas embalsaman el ambiente los mastranzos, el toronjil y la mejorana.

Florecía entonces todo en los prados, merced a la primavera; y sobre el fondo verde de la yerba fresca y tierna, lucían, cual rico esmalte, o cual bordado primoroso, las nigelas azules, los lirios morados, la salvia purpúrea, la amarilla gualda y las blancas margaritas.

Otras mil flores y plantas brotaban espontáneamente por toda aquella llanura y al borde del sendero por donde iban ya caminando el doctor y Rosita. Las marimoñas y las mosquetas se podían segar: las adelfas arbóreas empezaban a abrir sus capullos y a mostrar el color sonrosado de sus más tempranas flores; y el romero y el tomillo perfumaban el aire puro.

Buscando sombra y frescura habían acudido allí mil linajes de pájaros, como pitirrojos, vejetas, oropéndolas, verderoles, gorriones y jilgueros, los cuales parecía con sus trinos que saludaban a los recién llegados.

Rosita estaba entusiasmada de todas aquellas bellezas y muy satisfecha de mostrar a D. Faustino los encantos de los dominios de su papá, en los cuales ya habían entrado. Aunque gentes de otros lugares tenían fincas en la Nava, la mejor y más grande era la del escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez.

Poseía éste, en las laderas contiguas a aquel llano, muchas fanegas de majuelo, que estaban a la sazón binando más de cincuenta hombres que habían venido de varada: y en la misma meseta, muchos prados, donde tenían toros bravos, vacas, novillos, ovejas y carneros. El escribano había asimismo circundado de un seto vivo de granados, zarzamora y lentisco, un buen espacio de tierra, donde tenía un huerto con frutales y muchas legumbres. A la entrada del huerto se parecía la casa de campo, capaz, limpia y bonita. Allí había bodegas, lagar, tinado para los bueyes, y algunas habitaciones cómodas para los señores.

La placeta, que se extendía delante de la fachada, estaba empedrada de redondas chinitas o piedrezuelas, formando dibujos con sus varios colores, como si fuese un rústico mosaico, y todo alrededor había higueras, nogales, floridas acacias y una multitud de rosales de todos géneros, llenos entonces de rosas blancas, rojas y amarillas.

Una torre de la casería servía de palomar; y las mansas palomas bajaban a la placeta, y venían casi a posarse sobre las personas, y a tocarse los picos y a arrullarse allí, sin el menor recelo. Multitud de golondrinas habían formado sus nidos entre las tejas salientes y el muro de la casería. Aficionadas a la sociedad humana, las golondrinas prorrumpieron en jubilosos chirridos cuando llegaron Rosita, el doctor y los demás de la expedición.

La casera, el casero y sus hijos, salieron a recibirlos y a tener las caballerías, que llevaron a los pesebres.

Ya todos a pie, se formaron cuatro parejas, asidas de los brazos, y se fueron a ver el huerto, que era precioso. Aún no había más fruta que alguna fresa: pero el lozano y pródigo florecimiento de mil frutales, como cerezos, manzanos, membrillos y albaricoqueros, prometían abundante cosecha. Quedaban algunas violetas tardías, que era la flor de que más gustaba Rosita, y en busca de las violetas se fue Rosita con el doctor a los umbríos, donde penetrando poco los rayos del sol, se mantenía más fresca la tierra y consentía que las violetas durasen.

Allí dijo el doctor a su compañera:

-Todo esto es amenísimo, hechicero; mas, si tú no me amas, me parecerá horrible.

-¿Pues no te he dicho que te amo? -contestó Rosita.

-No basta decirlo -replicó el doctor. Mira tú cómo se aman todos los seres en esta venturosa estación. Imítalos amando. El aire que se respira parece un filtro de amor, y en todos, menos en ti, obra sus mágicos efectos.

-Déjame ahora tranquila -contestó Rosita-. ¿No puedes gozar de la felicidad presente, ambicioso, inquieto, anhelante de mayor bien? Oye, Faustino; yo no soy calculadora: yo no reflexiono mucho, cuando me mueve la voluntad algún poderoso estímulo; pero un pensamiento triste me conturba a veces. Imagínate que estamos a orillas de aquel río misterioso de que habla la leyenda: que esta acequia, que riega el huerto, es ese río; que esta hoja seca que está cerca de la margen es la barquilla que nos convida a aventurarnos en la corriente, y que ya nos hemos aventurado. ¿No será posible que nos castigue el cielo y que en vez de ir al Paraíso terrenal, vayamos a caer en un precipicio?

-Cruel -dijo el doctor-, si tú me amases no pensarías tanto en lo futuro: reconcentrarías tanta felicidad en el momento presente, que bastaría con ella a llenar todos los siglos. ¿Qué martirio, qué desengaño, qué mal, que viniese más tarde, podría igualar la ventura de ahora?

Así se explicaba el doctor, cuando D. Juan Crisóstomo y Elvirita llegaron al sitio en que estaban. Luego vinieron también las otras dos parejas, y todas juntas rieron y charlaron.

La hora del crepúsculo fue encantadora en aquel sitio. Las flores dieron más perfume; el aire se llenó de más grata frescura; los pájaros despidieron al sol, que se sepultaba entre nubes de carmín y de oro, con trinos y gorjeos más amorosos y suaves.

Volvieron al tinado los bueyes y las vacas, y al corral, que servía de aprisco, los novillos más tiernos y muchas ovejas con sus recentales. Los cincuenta hombres, que habían estado binando, se vinieron a la casería, con el aperador a la cabeza. Todos traían las azadas al hombro, menos el aperador, que llevaba la vara, signo de su autoridad y como bastón de mando con que dirigía las faenas agrícolas. De la vara, sin duda, proviene que cuando van jornaleros a una finca distante de la población y duermen en ella, durante algunos días, hasta que terminada la obra, vuelven al lugar, se diga que van de varada.

La varada debía terminar al día siguiente. Los cincuenta hombres aún dormían aquella noche en la casería, donde tenían para dormir una cámara espaciosa.

Todo era, pues, animación y bullicio rústico en la puerta y placeta de la casería, cuando llegó la noche. Con la venida de los amos no pudo menos de prepararse una gran fiesta. La noche convidaba a ello. El cielo despejado dejaba que la luna y las estrellas derramasen su luz pálida sobre todos los objetos, orlando los árboles con perfiles de plata y difundiendo por donde quiera una incierta y vaga claridad. Los ruiseñores cantaban en la espesura: los rayos murmuraban con dulce monotonía: y lo apacible y regalado de la noche convidaba a tomar el sereno.

Pronto se improvisó un magnífico baile en la ya descrita placeta. Entre los jornaleros había dos que habían traído guitarras y que las tocaban bien, no sólo de rasgueado, sino de punteo. Cantadores sobraban y no faltaba por cierto gente que bailase. La casera que era joven, las Civiles y Elvirita y Jacinta, gustaban todas del fandango. Los jornaleros más ágiles bailaron con ellas: pero ni D. Juan Crisóstomo, ni D. Jerónimo, ni el propio doctor, a pesar de toda su gravedad filosófica, pudieron excusarse de dar unos cuantos brincos y de hacer dos o tres docenas de piruetas y mudanzas.

Respetilla estuvo inspirado, sobre todo hacia lo último de la función, porque en medio de ella, todos cenaron corderos en caldereta, guisados por los pastores, con lo cual se despilfarró el escribano, cocina de habas con cornetillas picantes y un salmorejo rabioso de puro salpimentado. Con estos llamativos de la sed nadie desdeñó el vino de las bodegas de la casería, que circuló con profusión, en jarros para los jornaleros y criados y en vasos para los señores. Con el jaleo, regocijo, confusión y general tremolina, Rosita y el doctor pudieron decirse cuanto quisieron. El escribano se puso alegre, y Respetilla recitó muy bien, y sin esforzarse, la relación del borracho que habla con su novia; y recitó además la relación de El ganso de la botillería.

Para que nada faltase, hubo juegos, que Respetilla sabía dirigir y aun componer admirablemente. Por juegos se entiende algo como representaciones dramáticas, en su forma más ruda. Los actores son cómicos y poetas a la vez y cada uno inventa lo que dice. Uno solo, y aquella noche lo fue Respetilla, es el que dirige y compone el argumento y plan del drama.

Dos juegos o dramas hizo y representó Respetilla aquella noche: uno histórico y otro fantástico. Versaba el histórico sobre las burlas que la reina María Luisa hacía a muchas personas, porque era muy chistosa y amiga de burlas. Sólo Quevedo puede y sabe más que la reina en esto de burlar, y acaba por hacer a la reina una burla más aguda, con lo cual quedan las otras vengadas. En este juego hizo Jacintica de reina María Luisa y Respetilla de Quevedo.

El otro juego fue más común y ordinario; fue de los que más se usan en las caserías y cortijos. El protagonista es un jornalero decidor, enamorado, valeroso y algo borracho; en suma, un D. Juan Tenorio plebeyo. Respetilla hizo este papel. Nuestro héroe, aunque comete doscientas mil insolencias, se gana la voluntad de San Pedro, de San Miguel o de otro santo, y cuando viene el diablo en su busca para llevársele al infierno, hace que el diablo pase la pena negra y se mofa de él a casquillo quitado. Para diablo se busca siempre en estos juegos al más bobo que se puede hallar en toda la compañía. Aquella noche había, por fortuna, uno muy bobo, y Respetilla hizo reír a su costa, obligándole a salir dando bramidos, con unas trébedes en la cabeza, como corona del monarca del abismo, a cuatro patas, todo tiznado con hollín de la chimenea, y luciendo en cada pie de las trébedes un trapo mojado en aceite y encendido como una antorcha.

Todos rieron y celebraron mucho lo mortificado, vejado y rendido que quedó el diablo en aquella contienda.

Con esta representación diabólica terminó la función.

En la casa había cuartos de sobra para los señores, y todos fueron a acostarse, a su cuarto cada uno, a fin de levantarse temprano y ver amanecer en la Nava.

D. Faustino estaba tan embelesado de la fiesta, del campo, de aquellas escenas primitivas y agrestes, y sobre todo de Rosita, que se creyó trasladado a la edad de oro, se olvidó de sus ilustres progenitores los Mendozas, de la coya y hasta de María, y se tuvo por un pastor de Arcadia y tuvo a Rosita por su pastora.

A la mañana siguiente, salieron todos a caballo a recorrer la Nava, a ver los toros y a visitar el majuelo, donde los trabajadores terminaban ya la bina.

El doctor iba al lado de Rosita, como encadenado por el amor y la gratitud. Rosita parecía una reina que mostraba a su favorito a los demás vasallos. Parecía la reina de Cilicia, Epiaxa, pasando revista con el joven Ciro a los bárbaros y a los griegos, o Catalina II presentando a Potemkin a toda su corte.

Por la tarde volvieron los señores al lugar. Los jornaleros, que habían ido de varada, volvieron también, y no quedó casa en que no se refiriese y comentase el triunfo de Rosita.

Por la noche se suprimió la tertulia de los tres dúos. A la puerta de la casa del escribano se despidieron todos.

-¡Adiós; hasta mañana! -dijo Rosita al doctor.

-¡Adiós, bien mío!

-¿Me querrás siempre? ¿Estás contento de mí? ¿Eres dichoso? -añadió Rosita en voz baja.

D. Faustino le apretó la mano con efusión, y contestó:

-Te adoro.


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- XVII - Más pueden celos que amor[editar]

El doctor, de vuelta a su casa, fue a ver a su madre y le dio el gusto de estar de conversación y de cenar aquella noche con ella, de lo cual la tenía muy deseosa, por acudir a la tertulia de las Civiles.

Después de la cena, y retirada el ama Vicenta que la servía, doña Ana y su hijo hablaron de sus negocios, nada florecientes, y al cabo dijo doña Ana:

-Mal estamos, hijo mío: pero te aseguro que hoy me arrepiento de que no te hayas ido a Madrid, y sueño con buscar medio de que te vayas, aunque sea empeñándonos más.

-¿Y por qué, madre mía, quiere Vd. ahora alejarme de sí?

-Voy a decírtelo claro, sin andar con rodeos; como una madre debe hablar a su hijo: porque tus relaciones con Rosita me traen sobresaltada.

-¿He de vivir como en un desierto, sin tener relaciones con nadie?

-Tienes razón. Yo debí pensar en eso, y, no ya detenerte, sino estimularte para que te fueses de este lugar. Aquí tenías que avillanarte por fuerza.

-Madre, esa palabra es muy dura. ¿En qué y por qué me he avillanado?

-Faustino, no creas que te culpo; casi te excuso. Conozco que no habías de vivir, en la flor de tu edad, como vive un anacoreta. Sólo un fervor de religión, que por desgracia no tienes, podría haber hecho tal milagro. Los hombres, o por educación o por naturaleza, carecéis del santo pudor; carecéis del estímulo de quien cifra en el recato la honra, que es lo que salva a las mujeres.

-Aun así, madre mía -dijo el doctor-, no todas las hermanas de mis abuelos, cuando tuvieron hermanas, acabaron por meterse monjas, a fin de no emparentar con gente baja y deslustrar el brillo de nuestra familia. Algunas se casaron con arrieros enriquecidos, con labriegos dichosos y con afortunados contrabandistas. Parientes tenemos por este lado entre lo más ruin del lugar.

-Lo sé, hijo mío; pero sé también que ningún López de Mendoza, ningún varón de tu casta, desde hace siglos, se ha casado jamás con mujer que no sea de su clase. ¿Serás tú el primero?

-Y a Vd., madre mía, ¿quién le ha dicho que yo me voy a casar?

-Pues entonces, ¿a qué esas visitas? ¿A qué esos amores? ¿Me negarás que los hay? ¿Qué fin, qué desenlace van a tener?

D. Faustino se puso rojo como la grana y bajó los ojos al suelo guardando silencio.

-Todo me lo explico -prosiguió doña Ana-; pero has caído en un error harto peligroso; no has comprendido los mil inconvenientes de tu conducta. Quiero prescindir del pecado, de la vergüenza, del escándalo de unas relaciones amorosas que no se piensa en que tengan por término el matrimonio. Quiero suponer, además, que esa Rosita es tan descocada y sin decoro que te acepta por amigo, y que no piensa siquiera, por amor a su libertad y por seguir siendo señora de sí misma, de su casa y de sus bienes, en convertir a su amigo en dueño y marido legítimo. Todo esto quiero suponer. ¿Has reflexionado tú el papel que vas a hacer, el papel que probablemente estás ya haciendo?

D. Faustino entrevió todo el peso de la acusación de su madre. Se sintió abrumado bajo él. No contestó palabra.

-Los vicios de un caballero -prosiguió doña Ana-, no dejan de serlo aunque sean de un caballero: pero aún es mayor dolor cuando se llega a ser vicioso sin nobleza y sin hidalguía.

-Vd. se propone martirizarme. Vd. está afrentándome, madre. ¿Qué pretende Vd. decir con eso?

-No, hijo de mis entrañas; tu madre, que te ama, no puede afrentarte, diga lo que diga. Si mi voz es hoy harto severa, acalla tus pasiones, oye en silencio la voz de tu conciencia, y lo será más aún. Lo que yo quiero significar (estamos solos y voy a hablarte con crudeza) es que si tu mocedad te incitaba a tener amores groseros y vulgares, hubiera sido menos indigno, menos impropio de un caballero, buscarlos en una mujer pobre, de lo más infeliz del pueblo, a quien, sin engañarla nunca con necias esperanzas, hubieras en cierto modo elevado hasta ti, cuya miseria hubieras socorrido. Aunque pobre y empeñado, todavía podías permitirte este lujo en nuestro miserable lugar. Ante Dios hubieras cometido un pecado gravísimo; para los hombres hubiera sido un escándalo: pero sobre el escándalo y el pecado no hubiera venido la humillación como viene ahora. La hija del escribano usurero es rica, te agasaja, te lleva a sus posesiones, te muestra a sus criados como si tú fueses su criado favorito, su Gerineldos, su... chulo. No falta ahora más sino que digan por ahí que te mantiene o que te mantenga en efecto.

Tal vez un orgullo aristocrático desmedido exageraba las cosas; pero en el fondo, había mucho de verdad en lo que doña Ana estaba diciendo. Don Faustino lo sentía así: le irritaba la fiereza de expresión y de sentimientos con que su madre le zahería; pero allá en lo más hondo de su conciencia se declaraba culpado.

-Los jornaleros que han estado binando en la Nava -prosiguió la tremenda matrona rondeña-, vuelven contándolo todo según su estilo. Todo ha llegado a mis oídos como lo cuentan. La señorita doña Rosa Gutiérrez te obsequia, te favorece, te regala, te encumbra hasta ella, te elige por su favorito, te luce como pudiera lucir un brinquillo, se muestra espléndida por tu causa, dando a todos para cenar cordero y vino generoso; en fin, aparece a los ojos de todos como reina o emperatriz que saca de la nada a uno de sus vasallos, porque le ha caído en gracia.

Los que hayan vivido en una aldea y conozcan sus usos y costumbres, comprenderán el furor de doña Ana, dado su carácter. La malicia de los campesinos es sin piedad; y cuantos habían visto a don Faustino y a Rosita en la Nava, habían vuelto explicando aquellos amores del modo que doña Ana decía. Por el ama Vicenta y por otros criados sabía doña Ana los comentarios lugareños; y estaba fuera de sí, herida en lo más sensible de su alma: en su orgullo aristocrático y en su amor de madre.

Consternado el doctor, permanecía silencioso y con la cabeza baja.

-Créeme, hijo mío, es muy cruel para tu madre lo que está sucediendo -prosiguió doña Ana-. Ya te consideran todos en el lugar como el amigo, el protegido de la hija del escribano. Esta gente soez imagina que tú eres para Rosita algo parecido a lo que el vulgo de Madrid imaginaría de Godoy con relación a una gran señora. En que te tengan por tal han venido a parar todos nuestros sueños ambiciosos, todas nuestras ilusiones. Mira qué princesa te tiende la mano y te levanta a su altura. Mira qué emperatriz te da su privanza, gentil y valeroso caballero. ¿Fue para eso para lo que te concibió y te parió tu madre?

Jamás había visto el doctor a aquella señora tan irritada y violenta. Quería el doctor disculparse y hasta vindicarse: mas no acertaba a decir palabra. En medio de todo, doña Ana no sospechaba siquiera que las relaciones entre Rosita y el doctor estuviesen tan adelantadas. Amores tan por la posta no cabían en la cabeza de la severa hidalga. Temeroso don Faustino o de tener que mentir o de tener que revelar algo que molestaría y afligiría más a doña Ana, seguía callándose, en actitud humilde.

Más mitigada la furia con el silencio y la humildad que con la contradicción o la apología que el doctor hubiera podido hacer, continuó doña Ana en tono menos acre:

-Ten valor, Faustino. Acuérdate de quien eres. Deja de ir todas las noches en casa de esas mozuelas. Ve apartándote poco a poco de su trato y familiaridad. No te digo que rompas de repente, porque no es justo ofender a nadie. El escribano además es malo para enemigo. En un instante, si quisiera tomar venganza de ti, podría concitar a nuestros acreedores: ejecutarnos, hollarnos, perdernos. Pero si tú, sin faltar a la cortesía, pretextando enfermedad u ocupaciones, vas dejando de ir a su casa, ni él ni sus hijas tendrán razón de quejarse. Su venganza se limitará a alguna burla tonta como la que hacen de mí. Dirán también de ti que eres brujo, que te tratas, como yo con el comendador Mendoza, con la coya doña María y con otras almas en pena de nuestra familia.

-Madre -contestó al fin el doctor-, nada puedo prometer a Vd. ahora, pero no dude que deseo complacerla. Por lo pronto solo diré que no tengo yo la culpa de que los jornaleros y las comadres de este lugar interpreten mis acciones aviesamente. Baste saber que yo no he dado motivo para la censura acerba que Vd. ha formulado. Podrá haber habido imprudencia en mí; pero nada he hecho indigno de un caballero. Si el escribano es rico y nosotros somos pobres, tampoco es culpa mía. ¿Cómo quiere Vd. que me enriquezca en este lugar? Por consejo y excitación de Vd. fui a vistas de mi prima Costanza y salí desairado. No tema Vd. que, después de aquel escarmiento, vaya yo por mi iniciativa a buscar, ni en la hija del escribano, ni aunque fuera en la hija de un rey, remedio o alivio para la pobreza en que vivimos.

Doña Ana amaba con pasión a su hijo: empezó a sentir que había estado con él cruel en demasía; el recuerdo del desaire que por culpa suya había sufrido el doctor de doña Costancita le ablandó más el corazón; y dándose por satisfecha con lo que el doctor acababa de decir, se levantó doña Ana de su asiento, se echó en los brazos de su hijo y le dio muchos besos, vertiendo a la vez amargo llanto.

-¡Qué desgracia, hijo mío! ¡Qué desgracia! ¡Somos unos miserables: nos miran como a unos pordioseros!

El pobre doctor consoló a su madre lo mejor que supo y pudo, aunque él también tenía harta necesidad de consuelo.

A poco se retiró doña Ana a descansar, y el doctor descendió a sus habitaciones del piso bajo. Estaba agitadísimo y no quiso meterse en la cama.

Respetilla, según costumbre, acudió a desnudarle. D. Faustino le despidió y se quedó en el salón de los retratos.

D. Faustino no pudo ni estudiar ni escribir ni leer. Andaba a grandes pasos por la sala; meditaba y cavilaba con tal exaltación, que a menudo pronunciaba las palabras que acudían a su mente con las ideas, y accionaba y manoteaba como un loco.

-Tiene razón mi madre -decía-, tiene razón... y eso que no lo sabe todo. Me he comprometido neciamente. Es una embriaguez de los sentidos, una pasión vulgar la que me ha llevado a tal extremo. ¡Si yo la amara, si yo la estimara, aunque fuese hija de Satanás, y no ya del escribano usurero!... Yo la sacaría del lugar, yo me casaría con ella, yo haría prodigios para elevarme y conquistar un nombre, una posición, a fin de que no se dijese que todo se lo debía. Pero ¿la amo acaso? ¿Es esto amor? La violencia de afectos, el delirio que sentí a su lado, ¿en qué se parece al amor verdadero? ¡Ah! Yo comprendo el verdadero amor, hasta le siento... pero sin objeto. Estoy condenado a llevar en el alma, en embrión, todas las excelencias y virtudes, todas las grandes pasiones, todos los nobles sentimientos, y no realizo más que lo bajo, lo pedestre, lo ínfimo, lo truhanesco, como si fuese el hermano menor de Respetilla. Mi Laura, mi Beatriz, mi Julieta, mi Isabel de Segura, ¿en quién se han convertido? Y, sin embargo, ella es mejor que yo. Yo soy un infame, un embustero, un ingrato. Por amor, sea como sea; por amor a su modo, pero ardiente, sincero, generoso, ella me ha mimado, me ha lisonjeado, me ha regalado, me ha rendido su voluntad sin condiciones, sin promesas; con ciego abandono. Y yo, aunque la deseo aún, y aunque el recuerdo vivo de su ternura conmueve mi ser y le excita a nuevo deleite, me atrevo a menospreciarla, en virtud de no sé qué pasiones ideales que no realizaré nunca. Cuando miro el centro de mi alma, el abismo que tal vez el orgullo abrió allí, me finjo que soy grande como un dios. Cuando miro mis actos y los resortes de mi voluntad, que a tales actos me inducen, se me antoja que soy más vil que un perro.

D. Faustino se echó en un sillón que estaba junto a un velador, en medio de la sala. Una sola bujía iluminaba aquel recinto.

Allí se entregó el doctor a nuevas, tristes y profundas meditaciones.

Volvió a mirar en lo más hondo de su alma y se encontró capaz de toda grandeza. ¿Por qué, pues, no hacía sino lo que pudiera hacer el más vulgar y bajo de los hombres? ¿Qué resorte le faltaba?

El doctor discurrió entonces que le faltaba la dicha: que era víctima de una fatalidad. Esta fatalidad sólo con la fe podía romperse: pero el doctor no poseía la fe sino a medias. Creía en sí mismo, y no creía en nada exterior que le llamase, moviese y estimulase.

El mundo no le ofrecía los triunfos, los sublimes amores, la gloria pura, las victorias brillantes, con que él había soñado y soñaba. El mundo hasta entonces no había hecho sino trocar algunas de las ilusiones en desengaños y hacerle pagar cualquier deleite efímero, cualquiera satisfacción de amor propio, con una humillación. El doctor, por otra parte, al descender desde las alturas de sus ensueños, de sus esperanzas y quizás de sus ilusiones, al tratar de dar consistencia a todo aquello en el mundo real, sólo había logrado rebajarse a sus propios ojos, hallarse indigno de sí, desfigurar y manchar y afear el ídolo hermoso, el tipo de perfección que de sí mismo había creado en el seno de su conciencia, y al que pugnaba por acercarse y por identificarse.

Lleno del espíritu de nuestro siglo, comprendía que el destino, la misión del hombre, era realizar en esta vida todas las virtudes, potencias y facultades de su alma, contribuyendo así al humano progreso, poniendo su piedra en el monumento de la historia, y completando con su propio ser, activo, noble y generoso, la dignidad y magnificencia de las cosas creadas, entre las cuales y sobre las cuales, debía descollar y resplandecer el espíritu, la inteligencia, el fuego divino, de que su cabeza y su corazón eran foco, templo y morada.

Si nada de esto podía hacer ¿por qué no huía del mundo? ¿Por qué no se ocultaba en un desierto? En vez de ir a Madrid, debía ir donde nadie le viese. Aquel hastío, aquel odio a la sociedad humana, que en otras épocas pobló los yermos y despobló las ciudades ¿es quizás ahora un absurdo anacronismo?

El doctor imaginaba que sí y que no: imaginaba que el hastío y el odio llenaban las almas de muchos hombres; que por momentos llenaban también la suya. Pero ¿dónde estaba la fe, la creencia en un objeto fuera del alma, y fuera del mundo, ante quien postrándose y humillándose y con quien viniendo a unirse luego, se limpiara el alma de todo pecado, desechase toda bajeza, y se levantase al fin a aquel grado de perfección, a donde había aspirado en vano a llegar por sí sola? No; ni el alma del doctor, ni otras almas atormentadas como la suya, podían ya huir a la Tebaida y renovar los tiempos y los prodigios de los Pablos, Antonios, Pacomios e Hilariones. ¿Qué iban a adorar allí, como no fuese el espectro de su propio ser, sublimado y endiosado por la orgullosa fantasía?

Para un tormento como el de su alma se le figuraba a D. Faustino que no había más que un remedio: la muerte. Y sin embargo, apenas pensaba en la muerte, todas las esperanzas, todas las ilusiones, todos los propósitos de su lozana juventud surgían como de un abismo, y se presentaban a sus ojos, llenos de luz y belleza, y hacían llegar a sus oídos una encantadora armonía. Eran como el cántico de la resurrección que su semi-tocayo el doctor Fausto creyó oír a los ángeles, cuando iba a apurar la copa de veneno.

Además, el horror a la nada podía más en el ánimo del doctor que el miedo de las penas eternas, si le hubiera tenido. Quería vivir, pero vivir de una vida grande, noble, poderosa, fecunda; de una vida que dejase en pos de sí un rastro luminoso e indeleble. El no ver hasta entonces el medio de lograr este deseo era lo que le atormentaba; pero la confianza en sus propias fuerzas y la risueña esperanza vivían aún en su corazón.

Se sentía con bríos para remover todos los obstáculos, para vencer todas las dificultades. Sólo un estímulo poderoso le faltaba. Sólo le faltaba un agente que pusiese en actividad aquellos bríos: un objeto que infundiese en su espíritu la fe, el amor, el entusiasmo suficientes. Costancita había sido una coqueta sin corazón; Rosita, aunque graciosa, discreta y apasionada, no podía adecuarse al ideal soberbio de sus aspiraciones; la amiga inmortal permanecía casi invisible.

¿Por qué no acudía en su auxilio la amiga inmortal, cumpliendo repetidas promesas? Fuese quien fuese por su material origen, por su posición entre los seres humanos en el momento presente, el doctor comprendía que había en aquella mujer un espíritu igual al suyo, que era cuanto encarecimiento podía hacer de ella en su mente presuntuosa.

Mil extrañas ideas cruzaron entonces por el cerebro de D. Faustino. Mil deseos y propósitos se ofrecieron a su voluntad. Si hubiera creído en la posibilidad de pactar con el diablo, hubiérale dado cuanto hay que dar al diablo, a trueque de un ferviente amor, de un punto fijo y radiante, que fuese estrella polar en el mar tempestuoso de su vida, y al mismo tiempo centro poderosísimo de atracción que le agitase y encaminase.

Era tal el orgullo del doctor, que uno de los más irrebatibles argumentos, que contra lo sobrenatural se le presentaban, era la no intervención de nada sobrenatural en su vida. Si no merecía él que los poderes superiores buenos o malos, que el principio de la luz o el de las tinieblas, acudiesen a sus evocaciones y conjuros, le prestasen solícitos su apoyo, empleasen en él una providencia especialísima, ¿qué otro ser humano había de merecerlo? Quizá no existían tales poderes cuando no se doblegaban a su voluntad, ni a su llamamiento respondían.

Postración melancólica abatió al fin el ánimo de D. Faustino, tan exaltado hasta entonces. Se juzgó una de las más infelices y cuitadas criaturas que había sobre la tierra. Se alucinó hasta creer que la coya y las demás imágenes de sus progenitores ilustres le miraban compasivas. Lágrimas de despecho brotaron entonces de los ojos del doctor y corrieron por sus mejillas. Aunque por lo común, no estén bien las lágrimas en un rostro varonil, el dolor que a D. Faustino se las arrancaba era tan alto, aunque extraviado, que, sellando su rostro con expresión maravillosa, le hacía parecer bellísimo en aquel instante.

Eran más de las dos de la noche. El sombrío aspecto de aquel gran salón, el silencio profundo que en torno reinaba, la cercanía del cementerio, los retratos mismos apenas iluminados entonces por una sola bujía, el recuerdo de la última aparición de la mujer misteriosa, todo convidaba a amarla, a desear aparición nueva.

Iba el doctor a levantarse del sillón y a abrir la ventana, casi seguro de que María estaba junto a él, de que se hallaba parada, con lágrimas en los ojos, como la otra vez, de espaldas a la tapia del cementerio, cuando se abrió suavemente la puerta y volvió a cerrarse enseguida, dando entrada a un bulto negro, cuyos contornos y formas el doctor no distinguía. Sin embargo, así como había presentido que su amiga inmortal estaba cerca, antes de que la viese, así reconoció que era ella, antes de verla y distinguiría por completo.

La persona que acababa de entrar traía en la mano una linternilla, que vertiendo luz delante de sí, la dejaba en obscuridad o sombra confusa: pero la persona colocó enseguida la linterna sobre la mesa, donde estaban los búcaros y los vasos de china. Al volver luego la cara, D. Faustino, extático, absorto, reconoció a su amiga inmortal, más hermosa, más gallarda, que nunca. Si su mejor concepto de poeta, si su más egregio pensamiento hubiera tomado cuerpo humano, no le hubiera parecido más bello.

La luz de la bujía, que estaba sobre el velador, dio de lleno en el rostro de la amiga inmortal y trajo con el reflejo sus facciones armoniosas y nobles a los ojos y al ánimo del doctor embelesado y mudo de espanto.

-Los celos son más poderosos que el amor -dijo María con voz dulcísima y triste-. Impulsada por ellos, lo he olvidado todo; lo he atropellado todo; he venido a verte. Aquí me tienes.

D. Faustino no pensó en el modo con que aquella mujer había llegado hasta allí. Poco le importaba que se hubiese filtrado, como un fantasma, por los espesos muros de su casa solariega; que el diablo, para que él no se quejase de que no le socorría, se la hubiese traído por el aire; o que hubiese penetrado por un medio natural y sencillo. Lo que le importaba era tenerla allí, y sentir, al tenerla allí, una pasión que jamás había sentido en toda su plenitud; no una pasión incierta y vaga, cuyo valor no resistía al análisis, ni al escalpelo de su espíritu crítico, sino el amor evidente, perfecto, irresistible, vencedor de las otras pasiones y digno de su alma.

-Aquí me tienes, Faustino -volvió a decir María-. Una fuerza superior a mi voluntad me trae a ti. Soy tuya. ¿No valgo más que... esa otra? ¿No lograré que me ames?

El rubor encendió el rostro de D. Faustino. Pensó en que todas las palabras de amor, todas las expresiones de ternura, todas las frases de afecto y hasta de adoración que pueden dirigirse a una mujer, habían sido profanadas en sus labios la noche antes. Nada respondió a María. Voló hacia ella y la estrechó frenético entre sus brazos.


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- XVIII - Pacto amoroso[editar]

Los primeros albores empezaron a penetrar por las mil hendiduras que había en las viejas maderas de las ventanas de aquella habitación. El canto alegre, con que los pajarillos celebraban la venida del día, llegó a los oídos de D. Faustino y de su amada.

Movida de los celos, atropellando respetos morales y religiosos, roto el freno de la prudencia, con ímpetu irresistible de amor, de amor que rayaba en fanatismo y que la hacía creer que estaba enlazada al doctor con vínculo eterno, María había caído entre sus brazos.

-No me detengas más -dijo, desprendiéndose de ellos-: debo partir: no me sigas. Cumple el pacto que hemos hecho.

-Le cumpliré por más que sea difícil cumplirle; pero no me dirás la razón, el fundamento de este misterio en que te envuelves

-La razón del misterio es el misterio mismo, y no puedo revelarle. Antes quiero que de nuevo me prometas no seguirme; no pensar siquiera en explicarte cómo he llegado hasta aquí, y, si te lo explicas, ocultártelo a ti mismo, si es posible. Por último, no quiero que hables a nadie de mí ni de nuestras ocultas entrevistas. ¿Me lo prometes?

-Te he dicho que sí, y no faltaré a mi palabra -contestó el doctor.

-Yo te amo con todo mi corazón y soy tuya para siempre -añadió María-. Sin embargo, entiéndelo bien: guardo mi libertad para huir de tu lado, cuando deba, sin que aspires a detenerme. Cuando yo crea que debo huir, no pondrás obstáculo; no preguntarás la razón. Bástete saber que estoy ligada a ti con eternas ligaduras. Mi huida te devolverá todo tu albedrío; pero yo, aunque de ti me separe un mundo, me consideraré siempre como tu fiel compañera, como tu esclava. Tú eres, tú has sido, tú serás mi único amor. Tenlo por delirio, pero yo creo que te amo eternamente, al través de mil existencias; que eres el alma de mi alma: que soy, no ya tu inmortal amiga, sino tu esposa inmortal: la esencia dulce y suave de tu propio espíritu.

-No, bien mío: tú eres su energía, su vigor, su gloria: la estrella que ha de guiarle, el imán que debe atraerle, la virtud divina que es y será principio, raíz y manantial constante de todos sus excelsos pensamientos y de todos sus actos mejores. El tormento de no amar me destrozaba el alma, la sospecha injuriosa de que era incapaz de amar mi corazón amargaba mi existencia. Tú has desvanecido la sospecha injuriosa; tú has acabado con el tormento. El amor del amor era mi martirio. Sin objeto que mi alma juzgase digno de ser amado, mi alma se consumía. Hoy mi alma vive en ti: te amo. Esta breve frase, te amo, profanada mil veces, mil veces pronunciada sin conciencia y sin sentimiento, tiene ahora un valor infinito, absoluto.

-Otra de las condiciones de nuestro pacto -continuó María, aparentando frialdad, que su voz trémula desmentía-, condición fundamental para que mi orgullo quede tranquilo, y en cierto modo, serena mi conciencia, a pesar de mi pecado, que Dios con su misericordia quizás me perdone, es que yo a nada te obligo ni te comprometo. Tú no debes hoy tal vez, casi de seguro, no deberás jamás, hacerme tu mujer legítima, en esta vida transitoria. Tú no puedes tampoco tenerme a tu lado como tu amiga. Aunque las causas que me llevan a hacer vida tan misteriosa desapareciesen, yo misma no consentiría en agravar el pecado con el escándalo. Así, pues, quien no puede ser ni tu amiga, ni tu esposa, debe quedar libre para huir de ti cuando una imperiosa obligación la llame a otro punto.

-No me atormentes, María -dijo el doctor-. No sé quién eres; pero no me importa desconocer estas o aquellas circunstancias vulgares de lo menos esencial de tu ser. María, yo conozco tu alma: mi alma se ha confundido con tu alma. Quiero ser tu amante, tu esposo ante los hombres, como ya lo soy ante Dios.

-No blasfemes, Faustino. El delirio de amor que nos une no tiene la santidad de un sacramento.

-Pues ¿no dices tú misma que eres mi esposa inmortal?

-Sí, lo digo, y lo creo. Nuestras almas están unidas; pero ¿hemos de matarnos impíamente para que esta unión valga? ¿Hemos de prescindir del ser corporal que tenemos? ¿Quién ha santificado la unión de Faustino y de María, tales como son ahora en la tierra? Esta unión no es posible: yo no la quiero. No puede santificarse.

-¿Y por qué? -dijo D. Faustino-. Tú eres libre, tú eres hermosa, tú eres sublime. Has venido inmaculada a mis brazos. Me has hecho dueño de tu beldad y de tu corazón sin exigir nada en cambio. Yo ahora te lo doy todo: mi mano, mi nombre, mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?

-Nunca.

-¿Quieres vivir a mi lado?

-Tampoco.

-¿Y por qué te niegas a casarte conmigo? ¿Por qué dices que nunca?

María estuvo un instante suspensa, silenciosa y como meditando. Luego dijo:

-La sinceridad y el fervor con que me hablas me inducen a proponerte una cláusula más en nuestro pacto amoroso. Me has preguntado si me casaré contigo, y he contestado nunca. Retiro el nunca. Yo estoy tan cierta de que siempre te amaré, que te prometo ahora solemnemente que, si pasada tu mocedad y realizados o deshechos tus sueños ambiciosos, eres libre, me amas aún, me buscas y vivo, seré tu esposa. Antes no es posible... Tú no te comprometes a nada. Sola yo me comprometo.

-Pues yo te juro que me casaré contigo cuando quieras.

-No jures. No acepto tu juramento. Dios no le aceptará tampoco y le tendrá por vano. Adiós.

D. Faustino estrechó de nuevo entre sus brazos a la mujer querida. Ella logró al cabo desprenderse de aquellas amorosas cadenas, corrió hacia la puerta y desapareció sin que el doctor se atreviese a seguirla.

María había prometido volver a la noche siguiente.


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- XIX - Los milagros del desprecio[editar]

Ya no vacilaba ni dudaba D. Faustino. Su alegría era grande. Sentía verdadero amor. Creía haber puesto en actividad el enérgico resorte que antes faltaba a su alma y se juzgaba capaz de acometer todas las empresas y de abrirse camino al través de todos los peligros y dificultades.

Sólo un escrúpulo de conciencia, casi un remordimiento, le atormentaba.

Era cierto que nada había prometido a Rosita; que ningún juramento le había hecho; que ninguna palabra le había dado. Pero esto mismo ilustraba y ensalzaba más la generosa confianza de la hija del escribano.

D. Faustino estaba decidido a no volver a verla, a sacrificarla a María, a quien amaba con pasión, a quien pensaba amar siempre, aunque llegase a saber que era la hija del verdugo: pero no podía menos de lamentar el inmerecido desdén, el cruelísimo abandono de que iba a ser víctima Rosita. Su resolución de no volver a visitarla, era, no obstante, inquebrantable.

Llegó aquel día la hora de la tertulia de los tres dúos, y Respetilla fue solo. Rosita lo extrañó mucho y estuvo triste. Respetilla remedió el mal por su cuenta, asegurando con un aplomo envidiable que D. Faustino estaba enfermo, en cama. El disgusto de Rosita pasó entonces de ser algo colérico a ser tierno y piadoso.

Durante cuatro días, tuvo Respetilla la habilidad de seguir entreteniendo a Rosita con la ficción de que D. Faustino estaba enfermo. Rosita le enviaba con Respetilla los más cariñosos recados. Respetilla fingía de parte de su amo otros recados no menos cariñosos.

Rosita pensó en escribir al doctor: pero, era tan mala su letra y tan anárquica su ortografía, que, para no desacreditarse, no se atrevió a escribirle.

Rosita preguntó al médico por la enfermedad de D. Faustino. El médico contestó que no le había visitado y que no sabía de tal enfermedad; pero Respetilla disipó la sospecha, asegurando que su amo se curaba a sí propio.

Como D. Faustino no salía de casa, ni nadie le veía, lo de la enfermedad era verosímil.

El doctor, entretanto, se calentaba la cabeza discurriendo el modo menos malo de romper con Rosita. Pensaba escribirle una carta llena de amistosos sentimientos de gratitud y de ternura, despidiéndose de ella con razones alambicadas y sofísticas, con quintas esencias y tiquis-miquis, más fáciles de inventar así en pelotón que de explicar cumplidamente en un escrito.

Arduo empeño era el de escribir la tal carta. El tiempo pasaba y D. Faustino no la escribía.

Cuando Respetilla interpelaba a su amo, como varias veces lo hizo, sobre los motivos que tenía para no ir a ver a Rosita, D. Faustino, no teniendo qué contestar, daba un sofión a Respetilla.

Hasta doña Ana hallaba mal aquel rompimiento brusco y grosero; y aunque no sospechaba cuán estrechos y apretados eran los lazos, extrañó que su hijo no volviese en casa de las Civiles, y le excitó a que fuese, y a que se apartase del trato de ellas con suavidad y cortesía.

D. Faustino, a pesar de estas juiciosas amonestaciones, estaba tan prendado, tan en éxtasis perpetuo, tan elevado en los amores de su amiga inmortal, que sentía repugnancia invencible por volver a visitar y a hablar a Rosita.

Aceptando por bueno el embuste de su criado, el doctor explicó a su madre el súbito abandono en que dejaba a las Civiles, alegando también que estaba algo enfermo; pero que iría a verlas cuando estuviese mejor.

Para todos los de la casa, ignorantes del misterio de los amores, la enfermedad del doctor parecía verdadera. Ya no había paseos, ni a pie ni a caballo; ya no había combates al sable, y el doctor, cuando no hablaba ni hacía compañía a doña Ana, se encerraba en sus habitaciones.

Rosita, entre tanto, estaba llena de inquietud. A veces dudaba de que fuese cierta la enfermedad de D. Faustino. Su orgullo y la persuasión en que estaba del valer de su ingenio y de su belleza apartaban de su mente el horrible recelo de que un tedio súbito, una saciedad desdeñosa, un desprecio invencible, hubiesen suplantado en el alma del doctor aquel fervor amoroso que ella había compartido y al que había cedido la noche de la Nava. La soberbia montaraz de Rosita y su vanidad de labradora rica y de reina de aldea no habían consentido que pusiese condiciones al doctor ni que exigiese de él promesa ni juramento alguno. Rosita no había pensado distinta y claramente ni en que D. Faustino se casase con ella ni en nada parecido; pero tampoco había pensado, ni temido por un instante, que el amor, satisfecho y pagado, había de alejar de ella a aquel hombre, sino que había de aprisionarle más y más y hacerle para siempre su siervo... ¡Tan poderosa se creía!

Ahora recelaba; ahora temía; ahora tenía celos; si bien todo de una manera vaga y confusa. Cuando esta pasión se apoderaba de su pecho, forjaba planes de venganza: maldecía en su interior a D. Faustino; volvía a llamarle D. Pereciendo, conde de las Esparragueras y abogado Peperri; se sentía humillada de haberle querido; deseaba matarle, y faltaba poco para que no rugiese como una leona.

Respetilla, imperturbable, intrépido, pertinaz en mentir, seguía sosteniendo la enfermedad de su amo. Así templaba la furia de Rosita; así lograba aún que su ánimo pasase de los ímpetus iracundos a la compasión amorosa.

Por último, Rosita no pudo sufrir más; quiso salir de la duda que la atosigaba. Una noche, al llegar Respetilla a la tertulia, tomó Rosita por auxiliar a Jacintica, e intimó, ordenó y mandó al buen escudero que las llevase a ambas a casa de D. Faustino y que la hiciese entrar a ella de oculto en la estancia del doctor, mientras éste cenaba o conversaba con su madre en el piso alto. Así quería, saltando por cima de todo respeto, ver a su amigo y cerciorarse de su desgracia o de su dicha. Respetilla aguzó en balde el ingenio para excusarse; Jacintica suplicaba; Rosita exigía con imperio. Una y otra sabían que Respetilla tenía la llave de la casa en su poder. No hubo más que rendirse. Además, Respetilla decía para sus adentros:

-¿Qué mal ha de haber en esto? Quizás luego me lo agradezca mi amo. Él no viene por aquí por alguna extravagancia que no comprendo. Esto será sin duda algo de filosofías que no se me alcanzan. Pero en cuanto mi amo vea a Rosita tan guapa, así de repente y como caída del cielo, en su propio cuarto, a las once de la noche, vamos... no le parecerá mal. De fijo que se alegra.

Hechas estas reflexiones, Respetilla cedió, y cedió con gusto: llevaba en su compañía a Jacintica.

Se dispuso que otra criada se quedase haciendo de dueña, y autorizando con su presencia los coloquios de Ramoncita y de D. Jerónimo. Al mismo D. Jerónimo, que era un bendito, se le persuadió de que Rosita tenía un jaquecazo de todos los diablos y que debía irse a acostar. Jacintica se fue con Rosita como para cuidarla. Respetilla se despidió a poco rato, y las dos mujeres que estaban aguardándole en un rincón oscuro del portal, con los pañolones por la cabeza, se escabulleron con él sin ser vistas de nadie.


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- XX - Continúan los milagros[editar]

Eran las once de la noche, cuando el doctor bajó de la estancia de su madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia a Respetilla para que no viniese a desnudarle, le creía aún en la tertulia de las Civiles, que terminaba a las doce. La amiga inmortal debía llegar a las once y media. El doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía además prohibido a Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, o al menos así lo creía el doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita estaba ya escondida detrás de un cortina, que cubría la puerta, que desde el salón de los retratos iba al dormitorio.

Cuando vio entrar al doctor, bueno, sano, alegre, y recitando unos versos de Zorrilla, que decían:


Si eres recuerdo endulzarás mi vida,
Si eres remordimiento te ahogaré,


le dio rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo, el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.

Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, o mejor dicho, temiendo la aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente a frente con espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras, magas o almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan varoniles, que estaba resuelta a vengarse del mismo demonio, si venía con faldas y en forma de mujer a tener pláticas tiernas con D. Faustino.

Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas o de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no obstante, en su lengua y en sus manos.

El doctor, según su costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó en el sillón, y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:

-Yo no sé de tu esencia el misterio,
Tu nombre y tu vago destino no sé,
Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
Ni a dónde perdido siguiéndote iré.
¡Oh! si gozas de voz y de vida,
Si tienes un cuerpo palpable y real,
Deja al menos, fantasma querida,
Que goce un instante tu vista inmortal.


Los versos hicieron el efecto de una evocación. La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una voz argentina contestó a los versos, que el doctor decía, con estos otros versos:

-Tras de ti por las sombras camino,
Ni noche ni día descanso sin ti:
Ser tu esclava, adorarte es mi sino;
Ya postrada me tienes aquí.


María cayó de rodillas a los pies del doctor. Éste la levantó entre sus brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y hermosas.

Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser a quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo a Rosita superior a todo miedo supersticioso.

Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó, y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba.

-Malvado -le dijo-, ¿así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?

Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro, antes de que nadie la respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica. Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de reconocer a María, a quien desde muy pequeña no había visto.

-¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco. Digna manceba de este perro judío, hereje, asesino. Tú eres María la Seca. ¿Dónde has estado desde que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le dieron todavía garrote?

Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita volvió a poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para despedazarla entre sus uñas.

María estaba muda, inmóvil, serena aunque triste, como estatua alegórica del dolor resignado, llena de cierta soberbia y reposada majestad.

Rosita la hubiera, sin duda, herido el rostro con sus manos y arrancado los cabellos, si el doctor no hubiese acudido a tiempo, cogiéndola de un brazo y separándola con violencia del lado de su rival.

-¿Quién te ha traído aquí? -dijo el doctor-. ¿Cómo has entrado? Ahora mismo te voy a echar a la calle. No chilles, no alborotes, o te pondré una mordaza.

Rosita dio un grito agudo.

-Cállate -dijo el doctor-, cállate o te ahogo.

-No quiero callarme, traidor. No quiero callarme. Como eres un hidalgo de gotera, un danzante sin oficio ni beneficio, un tramposo, con más deudas que vergüenza, has elegido la querida más a propósito para ti. Anda, vete con ella; alístate de bandido en la cuadrilla de su padre. El conde de las Esparragueras es el yerno pintiparado de Joselito el Seco.

D. Faustino se armó de la paciencia de Job para no pisotear allí aquella víbora. Sin responderle palabra, pero sin soltarla del brazo de que la tenía asida fuertemente, la llevó medio arrastrando hacia el cuarto de Respetilla.

Deseaba el doctor llamar a su criado sin alborotar la casa y sin dejar suelta a Rosita con María, a quien hubiera sido capaz de asesinar. Bien calculaba que era Respetilla quien le había traído aquel presente, y que por lo tanto Respetilla estaba en casa.

En efecto, apenas llegó a la puerta del cuarto de su criado y le llamó dos o tres veces, Respetilla apareció, seguido de Jacintica, que proseguía con él la tertulia en la otra casa comenzada.

Ambos habían dado por cierto que habían proporcionado a sus amos una gran ventura y los suponían ejecutando la segunda parte del Paraíso terrenal. Cuando de tan diferente modo los vieron, se llenaron de espanto.

El doctor tenía encendidos los ojos como brasas, el rostro pálido, trastornadas las facciones. Con la mano que le quedaba libre asió a Respetilla de una oreja, y tirando de él, exclamó:

-No sé cómo no te mato. ¿Por qué has traído a mi casa a esta furia del averno? Vamos, pronto, abre la puerta de la calle, y llévatela de nuevo sin hacer ruido.

Respetilla obedeció, Jacintica fue en pos de Respetilla, y el doctor, detrás de ambos, con Rosita, asida siempre del brazo.

Ya en el zaguán, y antes de que Respetilla abriese la puerta, dijo Rosita al doctor:

-Suéltame el brazo, cruel. ¡Me le destrozas, me le rompes! ¿Qué te hice yo para que así me trates? ¿No te he amado? ¿No me he rendido a tu voluntad sin condiciones? ¿Quién más humilde, más mansa, más enamorada que yo? ¿Por qué me dejas por esa hija del bandido? Abandónala, échala a ella, y yo seré tu esclava: besaré la tierra que pisas. Todo te lo perdonaré. ¡Perdóname! ¡Ámame!

-Imposible -respondió el doctor-. Ni te amo, ni te amaré nunca. Vete. Apártate de mi vista.

Aquel último arranque de ternura se trocó en más cruda saña con el nuevo desprecio. Rosita se revolvió contra el doctor como un escorpión pisado:

-Villano -dijo-, te acordarás de mí: me vengaré de un modo sangriento. Te he de reducir a la miseria. He de lograr que achicharren en una hoguera a la bruja de tu madre.

D. Faustino no acertó a tener calma; perdió la paciencia y alzó la mano para dar una bofetada a Rosita. Por fortuna se contuvo a tiempo.

-¡Cobarde! ¡Con una mujer te atreves!

-No; tú no eres una mujer -respondió el doctor-; tú eres una arpía.

Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando Rosita se arrojó sobre él, y con la mano que le quedaba libre, le clavó las uñas en el rostro, bañándosele en sangre.

Lo que antes quedó en amago, tuvo que terminarse entonces. Rosita sintió en la mejilla los cinco dedos del doctor, si bien más trémulos que violentos.

-Mátale, Respetilla: véngame; mátale. Tú eres más fuerte. Tú puedes más que él. Son las doce de la noche. Te doy dos mil duros si le matas. Te doy tres mil duros y un caballo para que huyas a Gibraltar y desde allí a América. ¡No seas mandria! Mátale y te harto de oro.

Respetilla, sin responder, abrió la puerta y echó a Jacintica a la calle. Luego volvió por Rosita, y tomándola de manos del doctor, se la llevó en volandas.

El doctor cerró la puerta de la calle y volvió en busca de su inmortal amiga.

No la halló en el salón. Recorrió los otros cuartos y no la halló tampoco.

Sobre la mesa, donde el doctor escribía, vio por último un papel, en el cual María había escrito lo siguiente:

«Motivos muy poderosos me obligan a alejarme de ti. Adiós, quizás para siempre».

-¡Oh, no te irás! -dijo el doctor-. Yo rompo el pacto que hice. No dejaré que te vayas. Sabré detenerte.

Bien había calculado por dónde había entrado María. Sin vacilar, corrió con la luz a un patio interior, donde estaba hacinada la leña. Uno de los lados del patio estaba formado por el muro del castillo. En el muro había una puerta que con el castillo comunicaba.

El doctor dio un empujón a la puerta; pero no cedió. Estaba cerrada con llave. La llave que había en la casa, o se había perdido, o era la llave de que sin duda se servía María. No quedaba más recurso que echar la puerta abajo.

D. Faustino agarró un hacha de leñador, y dio tres o cuatro golpes furiosos. La puerta, de madera vieja y apolillada, vino a tierra enseguida.

Con la bujía en una mano y el hacha en la otra, penetró entonces el doctor por los pasadizos oscuros, bajo las bóvedas ruinosas y por las antiguas salas de armas, llenas de escombros.

Ignorante o más bien olvidado de aquel laberinto (aunque no pocas veces le había visitado en otro tiempo por curiosidad), tropezó en una gruesa piedra que halló a su paso, y para sostenerse y no caer, soltó maquinalmente el candelero que llevaba en la mano. La luz se apagó, y D. Faustino quedó en las tinieblas más completas, sin saber hacia qué lado encaminarse, a fin de encontrar salida o volver a su casa a encender de nuevo.


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- XXI - Por seguir a una mujer[editar]

Aunque el doctor logró recoger a tientas el candelero, de nada le servía sino de estorbo con la luz apagada. En balde iba buscando salida, palpando las paredes. No había en aquel obscuro recinto ventana ni hueco por donde entrase la luz de la luna, que, si bien en su cuarto menguante, iluminaba los cielos en aquella noche de primavera.

Un vientecillo fresco susurraba meciendo las copas de los árboles y doblando la yerba; pero el susurro, oído desde el lugar donde el doctor se hallaba, tenía más de medroso que de apacible y grato. Penetrando el aire por los pasadizos y aberturas, por donde el doctor quisiera salir, gemía encarcelado en la lobreguez de aquellas ruinas, produciendo mil ecos tenues y mil tristes y fantásticos rumores. No menos desagradable ruido hacían las ratas, que allí abundaban, y que corrían alborotadas con el extraño y no esperado huésped que había venido a visitar sus dominios.

A pesar de todas sus filosofías, el doctor pensó que no estaba muy bien demostrado que no hubiese diablos o duendes u otros monstruos y seres sobrenaturales, y tuvo algún miedo de ellos. Sin embargo, la rabia de verse burlado y encerrado en aquélla a modo de mazmorra, sin poder salir, pesó más en su ánimo que la hipotética y vaga aprensión de que hubiese diablos y anduviesen cerca. El doctor, dando forma a su pensamiento en resonantes palabras, lanzó, Dios se lo haya perdonado, dos o tres blasfemias espantosas. Como si con su voz le atrajera, sintió entonces cerca de sí los pasos de un ser de mucha mayor corpulencia que las ratas. Nada se veía en realidad; pero de los ojos doctor brotaban unos círculos luminosos que se dilataban en el espacio y llenaban las tinieblas ensanchándose cada vez más, como los círculos de una fantasmagoría. Dentro de aquellos círculos, rojos a veces, a veces entre verdes y amarillos, ora se mostraba Joselito el Seco, con corbatín de hierro y sacando un palmo de lengua; ora un espectro de mujer, que ya se parecía a María, ya a la coya, ya tenía de ambas; ora otras figuras como las que se pintan en los cuadros de las tentaciones de San Antonio. No se acobardó por eso el doctor; antes bien, como para desafiarlo todo, blasfemó de nuevo en voz alta.

No bien salió de sus labios la reiterada blasfemia, aquel ser que había sentido cerca de sí, se le echó encima. Pareciole al doctor que le enlazaban unos brazos deformes, forzudos, aunque descarnados como los de la momia de un gigante, y sintió en su cara el contacto de un rostro peludo. El efecto, que esto le produjo, fue horrible. Casi maquinal mente, pues no tuvo fuerzas ni serenidad para reflexionar, dio un empellón al monstruo: pero el monstruo, rechazado por un instante, volvió sobre el doctor, y le aplicó un inmundo y frío beso, pasando por su mejilla el hirsuto y húmedo hocico.

Confesemos que el lance era para asustar a cualquiera. El viento gemía, zumbaba, murmuraba, remedando mil voces, cantos, suspiros, sollozos y hasta palabras de un mágico y desconocido idioma; y un ser repugnante y maravilloso abrazaba y besaba a D. Faustino.

D. Faustino se dio a creer, a despecho de su ciencia, que se las había con el mismo diablo. Ya vacilaba entre si debía esgrimir el hacha para vencer al monstruo o hacer la señal de la cruz para ahuyentarle, cuando éste exhaló un aullido lastimero, que nada tenía de humano.

El doctor se echó a reír y dijo algo confuso y vergonzoso:

-¡Hola, Faón! ¿Tú por aquí?... ¡Qué demonio de Faón!

Era el más hermoso y grande de sus podencos, que lleno de buen deseo, circunspección y prudencia, le había seguido silencioso, a fin de no espantar la caza, y sin recelar que espantara a su amo.

El doctor pasó la mano por el lomo de Faón y se cercioró bien de que no era otro quien había acudido a sus blasfemias. Confiando en la clara inteligencia canina del amante de Safo, esperó que le sacase de aquella oscuridad, y, para servirse de él como de lazarillo, le ató el pañuelo al pescuezo guardando en la mano uno de los picos.

El podenco entendió, con admirable instinto, que le convenía guiar; pero no sabía a dónde. Echó a andar, no obstante, y el doctor le siguió.

Pronto llegaron a un punto en que percibió el doctor que Faón subía. Luego tropezó con el primer escalón de una escalera y subió por ella en pos de su perro. A poco vio el doctor la luz de la luna, sintió vientecillo fresco en la cara y se encontró en el adarve, no lejos de la albacara o torre saliente, que comunica con la iglesia por medio del arco-pasadizo.

Por desgracia, no había medio de penetrar en la albacara, desde el adarve. No había puerta por allí, y por los angostos tragaluces no cabía ningún cuerpo humano por escuálido que estuviese.

El doctor dio en el suelo con el pie en señal de impaciencia y cólera. Faón se puso en marcha de nuevo; bajó por la misma escalera por donde había subido, llevando en pos a su amo, y sacándole de aquella oscuridad, le condujo a un patio interior del castillo, todo cubierto de larga hierba. Aunque el doctor no era observador muy experto de las cosas naturales, no pudo menos de notar sobre la misma yerba, ajada y pisada, las huellas recientes de unos pies humanos, ligeros y pequeñitos. No se había engañado. María había pasado por allí.

Conoció Faón en el ademán de su amo que estaba contento y que era María a quien buscaba, y, dando un ladrido alegre, apretó el paso, siguiéndole el doctor.

Entraron en un corredor, llegaron a otra escalera, la subieron y se hallaron en el segundo piso de la albacara. En uno de los lados del cuadro, que aquella estancia formaba, se abría en el muro el pasadizo del arco que une el castillo con la iglesia.

D. Faustino y Faón atravesaron por el hueco del arco, bajaron por otra escalerilla, y se hallaron al fin en el coro de la hermosa iglesia de Villabermeja, silenciosa y sombría entonces, aunque tres lámparas ardían en su seno: una delante del altar mayor y otras dos delante de los camarines, donde estaba el Santo Patrono y Jesús Nazareno.

Desde el coro hasta la iglesia pudo bajar el doctor, sin ningún estorbo, por escalera harto conocida y trillada.

Ya en la iglesia misma, se dirigió a la puerta de la sacristía. El doctor estaba seguro de que María se había ido por allí. Aunque no hubiese estado seguro de ello, los signos que daba Faón de no haber perdido la huella, le hubieran corroborado en su pensamiento.

El disgusto del doctor fue grandísimo al hallar la puerta de la sacristía cerrada con llave. Aquella puerta no era tan fácil de derribar como la otra. Estaba formada de espesos tablones de nogal y podía resistir sin romperse un diluvio de hachazos.

La violencia era inútil; mas, aunque no lo hubiese sido, tal vez no se hubiera atrevido el doctor a emplearla.

La puerta de la sacristía estaba al lado del magnífico retablo churrigueresco de los López de Mendoza, en cuyo camarín habitaba nuestro Padre Jesús. Bajo el piso de grandes losas, que el doctor hollaba, estaba la bóveda sepulcral con los restos de sus ascendientes. Cada paso que daba el doctor sonaba sobre lo hueco, y era repetido por las naves del templo solitario, cuyos muros repercutían cualquier ruido. La escasa luz que entraba por las claraboyas de la cúpula o que difundían las lámparas, deteniéndose y reflejándose en los altos pilares, poblaba de vagarosas sombras todo el recinto, que ya se deshacían, ya se agrandaban, ya volvían a desvanecerse, conforme oscilaban las lámparas, levemente tocadas por un soplo de aire, o el mustio resplandor de la luna se amortiguaba un poco antes de entrar por las claraboyas, merced al paso e interposición de alguna nube. Todo esto infundía cierto respeto semi-religioso en el espíritu descreído del doctor.

No obstante, llamó a la puerta con el hacha, sin tocar de filo. Nadie respondió. Llamó más fuerte, y tampoco. Acabó por perder la paciencia: por golpear con todo su brío. Cada golpe, duplicado, triplicado, quintuplicado por los ecos, parecía un trueno prolongado. Se diría que Dios llamaba a juicio a los frailes dominicos y a los Mendozas todos, que en sendas criptas estaban enterrados allí: pero ni por esas respondió entonces persona viva.

Acercando la boca a la cerradura, gritó varias veces el doctor:

-¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¡Padre Piñón! ¿Es Vd. sordo?

El Padre Piñón estaba sordo en efecto. Los gritos del doctor fueron inútiles. No le contestaron.

Una idea súbita atravesó la mente de D. Faustino. Se figuró que había tomado una resolución precipitada y absurda en venir por allí. Temió que mientras se hartaba de golpear y de gritar en vano, María se escapaba por la puerta de la casa del Padre Piñón que daba a la calle.

No bien se le ocurrió esto, el doctor corrió como un loco hacia el coro, y pasó, seguido ya del podenco, por los mismos sitios por donde había venido, hasta que llegó al patio del castillo. Allí tomó de nuevo al podenco por guía, y el podenco le condujo a la entrada de su casa.

Respetilla, que había vuelto de cumplir con su comisión, sospechó que se le había trastornado el juicio a su amo, al verle con el hacha y todo descompuesto.

D. Faustino agarró su sombrero a escape y se salió a la calle, prohibiendo a Respetilla e impidiendo a Faón que le siguiesen.

En cuatro brincos estuvo a la puerta del Padre Piñón, y empezó a dar aldabonazos furibundos.

Tal vez por aquel lado se oía mejor o tal vez el Padre Piñón había recobrado el oído. Lo cierto es que a los tres o cuatro minutos, el propio Padre se asomó a una ventana y preguntó:

-¿Quién llama a estas horas?

-Yo soy -contestó el doctor-. ¿No me conoce Vd.?

-¡Ah! Sí... ¿Hay alguien de peligro?

-No hay nadie de peligro: pero que me abran. Tengo que hablar con usted.

-¡Ea! -se oyó decir al Padre Piñón-, despáchate, Antonio, y baja a abrir al señorito D. Faustino.

Antes de que siga adelante nuestra historia, conviene informar a los lectores de quién era el Padre Piñón.

Era el único fraile que del antiguo convento quedaba todavía. Enjuto y pequeñuelo, recibió el nombre de Padre Piñón, y apenas si nadie recordaba su verdadero nombre.

Aunque el edificio en que vivieron los frailes se había vendido y estaba sirviendo de molino aceitero, había quedado una habitación cómoda, grande y hermosa, aneja a la sacristía. Ésta concedieron por morada las gentes del pueblo al Padre Piñón, a quien querían mucho.

Allí, teniendo a sus órdenes de noche y de día al sacristán Antonio, y de día además a dos monaguillos, cuidaba el Padre Piñón del grandioso templo, gloria del lugar, y conservaba las ricas casullas, las dalmáticas y capas pluviales recamadas de oro, la exquisita ropa blanca, como albas, estolas, amitos, sobrepellices y roquetes, llena en gran parte de preciosos encajes y bordados, la custodia cuajada de esmeraldas y de perlas, y otros ornamentos, joyas y primores artísticos, que atesoraba la iglesia. Todo esto se hallaba encerrado en armarios, alacenas y arcones, que había en la sacristía.

El Padre Piñón, no sólo encantaba a las gentes del lugar, por sus virtudes, sino por su alegría, buen humor y dichos agudos. Era un dechado de las gracias de la gracia y del poder de la eutropelia, y el célebre Padre Boneta hubiera sin duda cantado sus loores, si le hubiese conocido.

Algunos sujetos sobrado rígidos le acusaban de tener la manga muy ancha, pero sin motivo, según hemos llegado a averiguar. Lo cierto es que era aún, y sobre todo había sido en la época de su mayor auge, el confesor más buscado, y eso que costaba caro confesarse con él. El antiguo refrán que dice quien reza y peca la empata, parecíale abominable. Bien sabía él que la bondad de Dios es infinita y que perdona al que llora, reza, se arrepiente y hace propósito de la enmienda: pero el mal hecho ya por el pecado, hecho se queda, y no se remedia ni se subsana con el arrepentimiento ni con la penitencia, como ésta no vaya bien encaminada. A este fin, tenía ideado y ponía en práctica el Padre Piñón un sistema de penitencia, por medio del cual, ya que los pecados fuesen inevitables, lograba sacar provecho de los de los ricos en favor de los menesterosos. Teniendo en cuenta a par de la magnitud del pecado la riqueza del pecador, solía multarle, ya en una docena de huevos, ya en una gallina, ya en un jamón, ya en un pavo, ya en alguna cosa de comer o de vestir, que repartía luego a los pobres. Claro está que el Padre Piñón era prudente, y cuando se trataba de alguna casada, a quien había que imponerle, por ejemplo, un pavo de penitencia, lo hacía con el mayor disimulo, a fin de que el marido no se enterase y se echase a cavilar, muy escamado, sobre la equivalencia de un pavo en los aranceles penitenciarios.

Cuando no había de por medio tales respetos, el pago de la multa era público, con lo cual decía el Padre que se conseguía además que el pecador se avergonzase y buscase, por esta razón más, el corregirse.

No faltarán censores severos que hallen ridículo el método y condenen al Padre Piñón: pero, o yo no lo entiendo, o el método es tan discreto y atinado que quisiera que se generalizase. El Padre Piñón no excitaba al pecado, ni mucho menos; pero, una vez cometido, y castigándole, sacaba provecho de él para los desvalidos. ¡Qué diferencia de lo que se acostumbra ahora en las grandes ciudades, dando v. gr. un baile de máscaras en beneficio de los niños de la inclusa, lo cual hasta mirándolo económicamente es absurdo, pues quizás los ingresos, que a la cuna se proporcionan, están compensados y aun sobrepujados, proporcionándole, a los pocos meses, multitud de nuevos gastos y quehaceres!

Las acusaciones de manga ancha que se habían lanzado contra el Padre Piñón provenían de los serviles y tenían otro fundamento. Asegurábase que, en tiempo del absolutismo, cuando era indispensable proveerse de una cédula de haber cumplido con la iglesia, el Padre Piñón daba cédulas a los liberales libre-pensadores, en cambio de limosnas: pero esto más bien merece elogio, pues evitaba confesiones hipócritas y comuniones sacrílegas. Añadíase que el padre de D. Faustino, cuando recibía la cédula, daba al Padre Piñón media onza de oro, diciéndole: -Vaya, para que diga Vd. unas cuantas misas por el alma de Riego.

En fin, el Padre Piñón, pese a quien pese, era mejor que el pan, más regocijado que unas sonajas, y tan indulgente y caritativo como un ángel. Apenas si había leído más que el Breviario; pero el Breviario se le sabía de memoria, comprendiendo todos los bellos pensamientos, todas las sentencias sublimes y todos los tesoros poéticos que en dicho libro se contienen.

Dispense D. Faustino que le hayamos en apariencia detenido a la puerta para dar alguna noticia del Padre Piñón, en cuya sala de recibo se halló, a poco de haber llamado, introducido y guiado por Antonio.

-¿Qué tiene que mandar a su capellán el señorito D. Faustino? -preguntó el Padre Piñón.

-Padre -contestó el doctor-, omito preámbulos: el disimulo es inútil. Vd. sabe quién es María. Aquí se oculta María. Vengo en su busca. Quiero verla. Es mi mujer. Tengo razón y justicia para exigir que no me huya.

-¡Hijo mío! ¿Qué locura es esa?

-Responda Vd. -añadió el doctor. ¿Dónde está María?

-Ya que exiges respuesta categórica, te la daré: Dominus custodivit eam ab inimicis et a seductoribus tutavit illam

-Dejémonos de bromas. Ni yo soy su enemigo, ni su seductor. No hay para qué guardarla de mí.

El doctor quiso salir de la sala y registrar la casa del Padre, quien le contuvo suavemente.

Entonces el doctor empezó a llamar -¡María, María! No te ocultes de mí. No me abandones.

El Padre Piñón dijo: Dominus, inter caetera potentiae suae miracula, in sexu fragili victoriam contulit.

-¿Qué diantres pretende Vd. significar? ¿De qué victoria habla Vd.?

-Dominus deduxit illam per vias rectas.

Este último latín hizo dar un salto al pobre don Faustino.

-¡Ah! ¿no me engaña Vd., Padre? ¿Con que se ha escapado? ¿A dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué camino?

-Hijo, aunque te enfades conmigo, mi deber es arrostrar tu furia. María se ha ido: pero no te diré por dónde ni a dónde. No quiero que la sigas. Ayer me confesó sus pecados. Como condición de la absolución le impuse que se fuera. Además había otras razones que la obligaban a partir.

-¿Qué razones? No hay razón que valga -dijo el doctor enojado.

-Sí las hay, hijo mío. Hay una persona, a quien la naturaleza concedió poder sobre ella: pero a quien Dios quitó el derecho de ejercer ese poder, en castigo de sus maldades. Esa persona sé yo que la busca; sé que ha averiguado ya que estaba en esta casa. Es audaz, terrible... Hubiera venido... venía ya a buscarla y a arrancarla de aquí. Por esto también ha huido María. No puedo ni debo decirte más.

-Yo la hubiera defendido, Padre. Nadie hubiera osado venir a robármela.

-¿Y con qué título iba yo a poner a María bajo tu custodia y amparo?

-Con el título de mi mujer legítima.

-Mira, señorito, los frailes hemos sido siempre esto que llaman ahora demócratas, pero entendida la democracia de un modo mejor. Ciertamente que yo no me hubiera parado ante ningún humano respeto para disuadir a María de que se casase contigo. Hubiera sido un modo de enmendar vuestras gravísimas culpas y yo le hubiera adoptado. María ha sido la que se negó resueltamente a casarse. Creyó que era su deber irse y se fue.

-¿A dónde ha ido? Dígame Vd. a dónde.

-No puedo.

-Vd. me engaña. Está aquí todavía.

-No digas tonterías, D. Faustino -dijo el Padre Piñón, algo picado-. ¿Tengo yo cara de embustero? Te aseguro que María se fue.

-Yo saldré ahora mismo en su busca: yo daré con ella; yo la detendré y la traeré conmigo.

-Haz lo que quieras; pero todo será en balde. Considera además que Joselito el Seco anda ya cerca, y te expones a caer en sus manos.

-Aunque caiga en manos de Lucifer.

-¡Ave María Purísima! Estás perdido, loco. Bien puedes decir de ti mismo con el Salmista: Miser factus sum, quoniam lumbi mei impleti sunt illusionibus.

D. Faustino ni oyó ni contestó más y salió corriendo de casa del Padre Piñón. Éste imaginó que el propósito del doctor de ir en busca de María era como una amenaza que no se cumpliría, y se fue a dormir muy tranquilo.

Un cuarto de hora después, D. Faustino, solo, caballero en su jaca, que había hecho ensillar a escape por Respetilla, y armado con trabuco y pistolas, estaba fuera del lugar, camino de la ciudad de..., distante tres leguas.

El doctor había calculado que María no podía haber huido sino en un carricoche que, a modo de diligencia pasaba a las doce por Villabermeja e iba a la ciudad de...

Desde esta ciudad salían al amanecer coches para Sevilla, Córdoba y Málaga. Si el doctor alcanzaba a María en el camino o en dicha ciudad, antes de que María saliera en ésta o en estotra dirección, el doctor conseguía su objeto.

Las dos habían sonado largo rato hacía en el reloj de la iglesia. María llevaba más de dos horas de delantera. El doctor iba a galope por el camino.

Más de la mitad llevaba ya andado, y la jaca, jadeante y cubierta de sudor, daba muestras de hallarse rendida de cansancio, cuando el doctor, tan apasionado hasta entonces, que todo lo había hecho sin reflexión, se puso a considerar que, con dos horas de delantera que llevaba el carricoche, sería imposible alcanzarle en el camino, aunque reventase la jaca. Para llegar a la ciudad antes de amanecer, había tiempo de sobra, aun yendo al paso. El doctor, pues, si bien devorado por la impaciencia, se resignó a proseguir al paso su viaje. En la ciudad de... buscaría a María por todas partes, y esperaba que no partiría sin que él la viese.

Al paso iba D. Faustino hacía un cuarto de hora. A un lado y otro del camino había frondosos olivares. La luna brillaba en el cielo despejado y con sus rayos argentinos lo iluminaba todo.

Acababa de bajar el doctor una cuesta muy pendiente, y se hallaba en una hondonada, por donde corría un arroyo, en cuyas márgenes había muchos álamos y otros árboles y matas, que hacían el paraje sombrío, formando verde espesura.

Siempre distraído el doctor en sus cavilaciones, no vio ni oyó que de repente salieron de la arboleda cinco hombres a caballo y con inaudita rapidez se le pusieron delante atajando el camino. No lo advirtió o no tuvo tiempo para advertirlo, tan ligera fue la maniobra de los jinetes, hasta que uno de ellos gritó: -¡Alto ahí!

Entonces vio el doctor que cuatro de los cinco le apuntaban con las escopetas. Quiso volver atrás para escapar, dando un rodeo, y notó que otros tres hombres a pie, armados también de escopeta, se le venían encima. Estaba completamente cercado, y en tan estrecho círculo, que ni para revolverse le quedaba tiempo ni espacio.

-¡Ríndete o mueres! - gritó otro de los de a caballo.

Hallábanse los enemigos tan cerca, y era tan apremiante la situación, que todo lo que no fuese rendirse era una temeridad; pero nuestro héroe, desesperado de que en medio de su viaje le detuviesen, tomó una resolución tremenda. Cogió del arzón de la silla una pistola, la montó, y apuntando al de a caballo que tenía más cerca, le dijo:

-Abre paso, tunante, o te levanto la tapa de los sesos. Al mismo tiempo hirió fuertemente con las espuelas los ijares de la jaca, a fin de salir escapado, rompiendo por entre la cuadrilla de forajidos.

Estos, que tenían también montadas sus armas, apuntando al doctor, hubieran sin duda disparado, dejándole muerto, si la voz del capitán no se hubiera oído a tiempo, diciendo:

-No le matéis, no le matéis; es mi paisano D. Faustino López de Mendoza.

El doctor vaciló asimismo un instante en tirar, viendo la generosidad que con él se usaba.

Todo esto fue obra de un segundo. La jaca, excitada por los espolazos, iba ya a abrirse camino. Al atajar al doctor los bandidos de a caballo, se tocaban con él. Las bocas de las escopetas rozaban su cuerpo. La pistola del doctor podía matar a quemarropa al más cercano de los bandidos.

No había ya tiempo de explicaciones ni de transacciones, y sin duda hubiera habido alguna muerte, a pesar del grito del capitán, si de pronto no se hubiese sentido el doctor asido fuertemente de uno y otro brazo por dos de los de a pie, bastante robustos ambos para arrancarle de la silla y dar con él en el suelo por detrás del caballo.

En los esfuerzos que hizo para desasirse, apretó el gatillo y disparó la pistola; pero el tiro fue al aire, sin herir a persona alguna.

En el suelo ya, y detenido por los dos que le habían derribado, oyó el doctor la voz del capitán que le decía:

-Sr. D. Faustino, su merced es mi prisionero. Ríndase su merced, y deme palabra de honor de que no intentará huir, de que me seguirá donde le lleve, y de que no tratará de emplear la fuerza contra nosotros. Su merced volverá a montar en su jaca, y esta buena gente le respetará y considerará como debe.

D. Faustino no tuvo más remedio que prometer lo que el capitán le exigía.

Apenas lo prometió, uno de los bandidos que había tomado la jaca de la brida, la acercó para que D. Faustino montase, y él, suelto ya, montó en la jaca. Obedeciendo luego a una seña del capitán, entró con los bandidos por una vereda que había en medio de los olivares, apartándose del camino real en tan belicosa compañía.


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- XXII - La venganza de Rosita[editar]

Después de los sucesos que se refieren en el capítulo anterior, había pasado ya una semana, y nada se sabía en Villabermeja del paradero de don Faustino. Su madre, llena de angustia, procuraba en balde averiguar dónde se hallaba un hijo tan amado.

Rosita, entre tanto, furiosa con los celos y los agravios, difundía por todas partes que D. Faustino, prendado de María, había huido con ella, sentando plaza de bandolero en la cuadrilla de Joselito el Seco. Como alguien afirmase que la gente de Joselito había estado cerca del lugar la noche en que huyó D. Faustino, y como no sólo Rosita, sino también Jacintica, diesen por seguros los amores de María con el doctor, nadie dudaba en el lugar, salvo el Padre Piñón, de que D. Faustino estuviese por su gusto con los bandoleros.

La propia ruina de la casa de los Mendozas hacía verosímil a los ojos de aquellos lugareños el que D. Faustino hubiese adoptado determinación tan heroica para salir de apuros.

El Padre Piñón era el único que sabía que María no se había ido con el doctor: el único que sabía dónde María se hallaba; pero a nadie quería confiarlo. Calculaba además que D. Faustino, no por su voluntad, sino muy a despecho suyo, había caído en poder de los ladrones; pero, como afirmando esto hubiera dado a doña Ana más pesar que consuelo, el Padre Piñón se callaba.

Rosita no creía mentir asegurando que el doctor estaba con María entre los bandidos. Rosita lo daba todo por evidente. Su furia celosa la estimulaba, pues, de continuo. Las excitaciones a su padre para que la vengase no cesaban a ninguna hora.

D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, aunque avaro, usurero y poco escrupuloso en punto a moral, tenía dos prendas de carácter que le hubieran movido a obrar benignamente en aquella ocasión, si Rosita no le hubiese violentado. D. Juan Crisóstomo era compasivo y cobarde.

Por un lado, le inspiraba piedad la aflicción de doña Ana, y no quería acrecentarla. Por otro lado persuadido, como Rosita, de que D. Faustino se había hecho bandolero, temía que viniese a su vez a vengarse, o cogiéndole a él para matarle o darle por lo menos una paliza, o bien yendo a sus caserías par incendiar alguna, o romper las tinajas y las pipas, derramando el aceite, el vino y el vinagre, y haciendo de todo una trágica ensalada.

La figura del doctor Faustino, acompañada de Joselito el Seco y de un coro de facinerosos, era la pesadilla del pobre escribano. Durmiendo, soñaba con que le habían ya secuestrado y le daban martirio; despierto, recelaba descubrir al doctor o a algún emisario suyo en cuantos hombres venían hacia él.

Pero, si el escribano temblaba de excitar la cólera del doctor, todavía temblaba más delante de Rosita. Rosita le ponía entre la espada y la pared. ¿Qué medio le quedaba? ¿Cómo resistir a los mandatos de aquella hija imperiosa, de aquel tirano de su voluntad, frenético entonces de ira?

No hubo más recurso. El escribano concitó a los acreedores, que le obedecían más que puede obedecer a Rothschild cualquier banquerillo de mala muerte, y reunió créditos contra la casa de Mendoza por valor de cerca de ocho mil duros. Eran escrituras y pagarés vencidos todos, y que no se habían renovado, quedando así el deudor al arbitrio de los acreedores, quienes seguían cobrando los réditos mientras les convenía o no se enojaban, y quienes, no contentos con los réditos, exigían asimismo una gran dosis de humildad y agradecimiento, sopena de enojarse y de pedir al punto el capital de la deuda, conminando con la ejecución.

Tal era el estado de la casa de los Mendozas, por culpa del difunto D. Francisco, y por poca habilidad, descuido y mala ventura de D. Faustino y de su madre. Su caudal, mal cultivado por falta de capital, con los frutos malbaratados siempre, apenas producía para pagar los enormes réditos de aquella deuda. Varias veces se había tratado de vender fincas para pagar lo que se debía; pero en los lugares pequeños, hay una afición extraordinaria a tirar de los pies a los ahorcados. Cuantos tienen algún dinero andan siempre acechando la ocasión de que alguien esté en apuros y quiera o necesite vender algo para comprárselo por la tercera o cuarta parte de su justo precio. Aun así, piensan que favorecen al vendedor, pues le dan dinero, cuyos intereses son grandísimos, a trueque de tierras que producen poco, como no se esté sobre ellas y se emplee un capital de metálico y de inteligencia en su administración y cultivo.

D. Juan Crisóstomo hizo aún laudables esfuerzos para calmar a Rosita. Rosita llegó a decirle que preferiría ser hija de Joselito el Seco a ser hija suya; que si la hija de Joselito fuese la agraviada, su padre la vengaría.

D. Juan Crisóstomo no quiso ni pudo ser menos que Joselito el Seco; y por medio de su aperador, envió recado a Respetilla, diciéndole que los acreedores de los Mendozas no querían aguardar más; que era menester pagarles en el término de diez días, y que de lo contrario, serían ejecutados los Mendozas.

Rosita, no contenta con esto, dictó ella misma una carta insolente a doña Ana, amenazándola si no pagaba en el término señalado. El escribano, aunque resistiéndose y con mano temblorosa, tuvo que firmar la carta.

Respetilla, cuando se enteró de todo por su padre, fue a casa del escribano, habló con Rosita, le echó en cara su mal proceder, y trató de suavizarla. Viendo que era inútil la dulzura, empezó a echar fieros y a desvergonzarse con Rosita; pero ésta se revolvió enérgica contra él y le arrojó de su casa con cajas destempladas. Ganas se le pasaron a Respetilla de dar una soba a la hija del escribano, y aun de sacudir el polvo al escribano mismo; pero el miedo de provocar un lance sangriento con algún criado de aquella casa, lance que podía terminar en que le enviasen a Ceuta, tuvo a raya los ímpetus de su lealtad y devoción a D. Faustino. Harto hizo el fiel escudero con no volver a ir en casa del escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó relaciones.

Sobre doña Ana, entretanto, habían venido todas las penas juntas.

Su hijo no parecía y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la amenazaban con la vergüenza de una ejecución; con la ruina total de su casa y hacienda.

Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino, cuyo valor en venta no ascendería a diez mil reales. Doña Ana mandó a Respetilla que llamase a los corredores para que le vendiesen por lo que quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento sesenta mil?

Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómodas; juntó la poca plata labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y, aunque tampoco, por bien vendidos que fuesen, importarían más de otros diez o doce mil reales, doña Ana se decidió a venderlos.

Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo, acudió a su única amiga de corazón; escribió una carta a la niña Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se hallaba y pidiéndole auxilio.

Respetilla, encargado de llevar la carta y las joyas, montó a caballo y salió de viaje para el pueblo de la niña Araceli.

La infeliz doña Ana, no pudiendo resistir por más tiempo tan crueles emociones, cayó enferma en cama con una espantosa calentura.

El pueblo, en medio de estos lances, se había dividido en bandos. Unos aplaudían la venganza de Rosita; otros la censuraban. Éstos juzgaban abominable la conducta del doctor, a quien ya suponían transformado en bandolero; aquéllos pensaban que Rosita era el mismo demonio, y que el seducido por ella había sido el doctor, sin que ella tuviese derecho para lamentarse de su abandono y para tomar tan despiadada y bárbara venganza. Toda Villabermeja ardía, pues, en chismes, suposiciones y disputas.

El padre Piñón era el más decidido partidario de los Mendozas. El médico y él venían a visitar con frecuencia a la enferma doña Ana, y el ama Vicenta la cuidaba con el mayor esmero.

-¿Dónde habrá ido a parar D. Faustino? -Se preguntaba a sí mismo el padre Piñón, ya que a nadie se atrevía a confiar sus secretos pensamientos-. ¿Habrá caído en poder de Joselito? Me temo que sí... Yo lo avisaré a María, la cual ya sé que está en salvo, gracias a Dios. Allá veremos cómo recobra su libertad el señorito D. Faustino.


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- XXIII - Confidencias de Joselito[editar]

Fuerza es volver ahora a hablar del doctor que, como sospecharán los lectores, seguía en poder de Joselito el Seco.

A poco de estar con él comprendió el doctor que Joselito venía en busca de su hija, con el intento de robarla de casa del Padre Piñón, donde había averiguado que se escondía, por espías y amigos que tenía en Villabermeja.

El padre Piñón y María habían prevenido a tiempo este golpe, huyendo ella sin que se supiese hacia dónde.

El doctor sufrió un prolijo interrogatorio de Joselito, quien, informado también de que su hija andaba enamorada del doctor, no sabía cómo explicarse aquel viaje nocturno de D. Faustino.

Joselito no receló que su hija, sabedora de que él venía en su busca, se hubiese escapado y que el doctor fuese persiguiéndola: pero, aunque lo hubiese recelado, era ya tarde para alcanzarla. D. Faustino, no obstante, ocultó la fuga de María y buscó razones para explicar su viaje nocturno, hasta que vio que Joselito, por caminos extraviados, los llevaba a Villabermeja, con el evidente propósito de penetrar en casa del Padre Piñón. Para evitar este lance, el doctor, ya cerca del pueblo, declaró que María había huido y que él había salido persiguiéndola.

Joselito exigió al doctor su palabra de honor de que decía verdad, y convencido de que el doctor no le engañaba, echó sus cuentas y decidió con gran rabia que ya era imposible alcanzar ni detener a su hija, antes de que llegase a cierto punto, donde estaba segura.

Desistió, pues, Joselito de entrar en Villabermeja; y él y su partida y su prisionero anduvieron, durante muchos días, vagando por diferentes sitios, fuera de los caminos reales, y haciendo noche en caserías y cortijos, donde Joselito tenía partidarios o cómplices.

El doctor, completamente desorientado ya, no sabía en qué punto, ni siquiera en qué provincia de Andalucía se encontraba.

Fiado Joselito en la palabra de honor dada por el doctor y en el compromiso que había contraído, le dejaba ir en su jaca, con sus armas, y al parecer completamente libre, aunque dos bandidos le vigilasen constantemente.

No se permitió al doctor que escribiese a su madre, por más que lo pidió con gran empeño. Por lo demás, estaba todo lo regalado, considerado y atendido que en aquella vida era posible.

Algunas veces se apartaron de Joselito varios de la partida, presumiendo D. Faustino que fuese para algún lance o golpe de poca importancia, porque luego volvían y notaba el doctor que hablaban con el capitán y que dividían y repartían dinero.

A todo esto, el doctor se desesperaba cada vez más, rabiaba o cavilaba, y no atinaba con la razón de que así le llevasen cautivo.

Joselito era hombre de tan pocas palabras, que no había modo de que el doctor pusiese nada en claro por más que le interrogaba.

Una noche, por último, estando en una casería, que debía de ser de algún señor rico, pues había cuartos de dormir bastante cómodos y bien amueblados, Joselito dijo al doctor que deseaba hablarle a solas. Subieron juntos al cuarto del doctor, que era el más elegante y lujoso, y allí tuvieron la siguiente conferencia.

-Sr. D. Faustino -dijo Joselito el Seco-, no era mi intención secuestrar a su merced. Yo iba en busca de mi hija; hallé a su merced por casualidad; le reconocí, y dé su merced gracias al cielo de mi buena memoria y de lo mucho que se parece a su padre, porque si no le reconozco, su merced sería ya pasto de los grajos; le reconocí, digo, y le he detenido entre los míos. Hoy quiero y debo decirle mis propósitos y muchas cosas que me importan y que le importan.

-Hable Vd., Joselito -interrumpió el doctor-; la curiosidad me consume hace días.

Ambos interlocutores se sentaron entonces, frente a frente, en sillas que había junto a una mesa, sobre la cual estaban dos candeleros de cristal, con sendas velas ardiendo.

La traza de Joselito era de lo menos patibularia que puede imaginarse. Alto y esbelto de cuerpo, la tez blanca, aunque tostada del sol, y el pelo negro, si bien con algunas canas. Parecía ser hombre de cuarenta años, pero bien conservado y robusto. Los ojos eran entre garzos y verdes, rasgados y dulces. Gastaba Joselito patillas, y llevaba afeitado el bigote, luciendo, en una boca pequeña, dientes blancos, iguales y bien formados. En suma, Joselito era un majo muy guapo, y se conocía que en su no lejana mocedad habría sido lo que se llama un real mozo.

-Aquí donde Vd. me ve -dijo a D. Faustino-, yo estaba destinado a hacer otra vida harto distinta de la que estoy haciendo; pero el hombre pone y Dios o el diablo dispone. Cuando yo tenía diez y ocho años estaba de novicio en el convento de Villabermeja. Bien se acordará de aquellos tiempos el Padre Piñón, que me quería en extremo por el fervor y excelente voz con que yo cantaba las cosas de iglesia, y porque me suponía tan humilde y sencillo, que siempre andaba diciendo que yo iba a ser un santo. Tal vez lo hubiera sido, si no llego a ver a Juanita. Antes hubiera cegado. Juanita frecuentaba mucho la iglesia en compañía de su madre doña Petra la viuda. Esta buena señora era muy presumida y entonada. Se jactaba de hidalga, y no sin razón. Su madre, la abuela de Juanita, había sido una hermana de su abuelo de Vd., Sr. D. Faustino. El pobre novicio tuvo, pues, la audacia de poner los ojos en una parienta de los Mendoza.

-¿De quién era viuda doña Petra? -preguntó el doctor.

-De un arriero enriquecido -contestó Joselito-. Eso importa poco. El caso fue que yo me enamoré perdidamente de Juanita. Mis ardientes miradas lograron excitar en su alma un amor igual al mío. En la misma iglesia nos hablamos con tal recato y disimulo, que doña Petra no sospechó nada. Juanita y yo nos pusimos de acuerdo. Yo me escapaba por la noche del convento e iba a verla a su casa, saltando por las tapias del corral. Así seguían nuestros misteriosos y felices amores, cuando la belleza de Juanita despertó, en una feria, gran cariño en el corazón de cierto mayorazgo de la ciudad de..., no distante de Villabermeja. Doña Petra concertó el casamiento de Juanita, la cual no se atrevió a oponerse; pero me informó de todo al momento. Ambos nos decidimos entonces a huir. La noche en que estaba todo dispuesto ya para la fuga, que iba a ser en un mulo que había en el convento, llevando yo a las ancas a Juanita, fui a buscarla y a sacarla de su casa. Por desgracia el novio mayorazgo, que rondaba por allí con un criado suyo, me vio cuando yo saltaba la tapia del corral, y antes de que cayese yo del otro lado, me asió de una pierna y, tirando de mí con violencia, logró derribarme en el suelo. Me levanté al punto algo magullado, y antes de que me rehiciese, me aplicó el mayorazgo tres o cuatro furiosos puntapiés, llamándome ladrón. Casi me derribó en el suelo otra vez, pues era hombre forzudo de veras. A pesar de mi turbación y malas andanzas, tuve tiempo de ver y de reconocer en quien me maltrataba a mi rival aborrecido. Los celos, entonces, y la ira y la vergüenza de verme afrentado de un modo tan cruel, me hicieron olvidar toda mi humildad de novicio, que tanto el Padre Piñón celebraba. Mi antigua mansedumbre se trocó de repente en ferocidad y en encono. Las llamas del infierno abrasaron mi corazón en deseos de pronta y terrible venganza. El diablo, a quien sin duda hube de llamar en mi socorro, me oyó y me proporcionó los medios en el acto. Junto al sitio, hasta donde el último puntapié me había echado, había un montón de gruesas piedras. Agarré una, y con la velocidad del rayo, volví contra mi enemigo, y, antes de que tratase de parar el golpe, se le dí con tal tino y brío sobre la cabeza, de la cual al pegarme había dejado caer el sombrero, que le hundí y rompí los huesos de un modo horroroso, haciéndole caer muerto a mis plantas. Fue todo esto tan instantáneo, que el criado no había tenido tiempo para favorecer a su amo. Cuando le vio caer, sintió miedo de mí y empezó a gritar: «¡Al asesino, al asesino!». Lleno yo de terror, todo confuso y aturdido, pues era al cabo la primera muerte que hacía, no tuve serenidad para huir. Salieron hombres de varias casas: me prendieron; me entregaron a la justicia, y, por último, me condenaron a presidio. Con los años y las desgracias deseché en presidio los escrúpulos que en el convento me habían inspirado; conocí a fondo lo que es la vida; y vi que era mala mi estrella y que sólo a fuerza de valor podía yo dominar su influjo funesto. Un día, mientras trabajábamos en un camino, concerté tan hábilmente las cosas con cuatro compañeros, que logré recobrar mi libertad en su compañía, no sin que perdiese la vida uno de los capataces que quiso detenernos. Desde entonces ando en este oficio, en que ahora me ve su merced, y no es posible que ande en otro. Juanita murió miserable y deshonrada, mientras estaba yo con la cadena. Dejó una hija, que es María. Yo adoro a mi hija, Sr. D. Faustino. La quiero por ella y porque es un recuerdo vivo de Juanita; pero María se avergüenza de mí: me huye; no quiere verme. Los que la han educado, le habrán inspirado quizás algunas buenas ideas: pero se han olvidado de inspirarle amor y hasta respeto a su padre. Sea yo quien sea, ¿dejaré de ser su padre? ¿No es un mandamiento de la ley de Dios el que ella me ame y me respete?

Mucho había que contestar a esto: pero al doctor no le pareció prudente ni oportuno ponerse a disputar con Joselito, y permaneció callado.


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- XXIV - Sunt lacrimae rerum[editar]

Viendo Joselito que el doctor nada contestaba, prosiguió hablando de esta manera:

-Usted no me contesta, Sr. D. Faustino, porque cree que mi hija hace bien en huir de mi lado; en aborrecerme; en despreciarme quizás: pero yo me examino, me juzgo, y no me hallo ni despreciable, ni aborrecible. Quiero conceder que hubo un momento de mi vida, en el cual fui completamente libre y del cual dependió toda mi conducta ulterior. ¿Cuál fue ese momento? ¿Fue cuando recibí los puntapiés y demás afrentas del mayorazgo? ¿Debí aguantarme y sufrirlos con resignación? ¿Es así como no hubiera sido despreciable? ¿Estuvo quizá mi culpa en no medir ni calcular bien ni el sitio en que di con la piedra ni la violencia que la piedra llevaba? ¿Dependió de mí entonces tener serenidad y acierto para no matar al mayorazgo y magullarle y vengarme, quedando bien puesto mi honor, o, si los novicios no deben hablar de su honor, mi dignidad de hombre? ¿Para evitar aquel trance, debí acaso renunciar al amor de Juana, aconsejándole que engañase al mayorazgo y se casase con él, dando gusto a su madre, y siguiendo yo de novicio, como si tal cosa? Esto hubiera sido muy cómodo para todos, pero hubiera sido muy ruin. Lo mejor, dirá Vd., hubiera sido no enamorarse de Juana; no seducirla. Pero ni yo seduje a Juana, ni ella me sedujo. Fuimos el uno hacia el otro, atraídos por un impulso irresistible, como van el río a la mar y el humo a las nubes. Nada... Estaba escrito... Era mi sino. No lo dude Vd.; yo hubiera sido un santo, si no llego a ver a Juana. El diablo se valió de ella para perderme y de mí para perderla, sin que ni ella ni yo pudiésemos evitarlo.

El doctor sintió el prurito de contestar a todos aquellos sofismas con los cuales el bandido trataba de justificarse: pero calculó que era inútil. Además no se hallaba el doctor con autoridad suficiente. Su moral era clara y severa en la teoría, pero en la práctica dejaba mucho que desear. Concediéndose los mismos bríos de Joselito, el doctor se ponía en su lugar, y aceptaba la muerte del mayorazgo como obra suya. No hay que decir que los amores con Juana, el saltar por las tapias del corral y el proyecto de rapto, no parecían al doctor impropios de su carácter: él hubiera obrado del mismo modo en iguales circunstancias, mas sin considerarse por eso exento de culpa. Donde ya veía el doctor una culpa, con la que jamás se hubiera manchado, era con la fuga de presidio y con haber adoptado después la vida de bandolero. De esto no se absolvía el doctor. ¿Había, sin embargo, razones para absolver a Joselito? Tampoco. Los principios de la moral, la ley de la conciencia, la intuición viva de los justo y de lo bueno no resultan de largos y prolijos estudios: lo mismo están grabados en el alma del hombre de ciencia que en la del campesino más rudo. El que borra, tuerce o desfigura esos principios, esas leyes, esas nociones, es siempre responsable; es culpado. El error de su entendimiento implica una falta de la voluntad, que se empeña en sofisticar las cosas para acallar la voz de la conciencia. No se puede negar que en ciertos pueblos, entre gentes selváticas o bárbaras, esa degradación, ese obscurecimiento de la moral, es obra de la sociedad entera: el individuo puede, por lo tanto, no ser responsable de todo; pero en el seno de la sociedad europea no es dable suponer ignorancia o perversión invencibles. Por más que se ahonde, por más que se descienda hasta las últimas capas sociales, no se hallará el abismo oscuro, donde vive un ser humano, sin que la luz penetre en su alma y grabe allí las reglas de lo bueno y de lo justo.

Así pensaba el doctor, en nuestro sentir muy atinadamente; por lo cual distaba mucho de justificar a Joselito el Seco y de ver en él una víctima de la fatalidad: del sino, según él decía.

Joselito, permaneciendo siempre mudo el doctor, trató de justificar y hasta de glorificar su oficio.

Todo cuanto se ha dicho en libros y periódicos sobre lo mal organizada que está la sociedad, sobre el modo que tienen muchos de adquirir la riqueza explotando a sus semejantes, sobre el mal uso que de esta misma riqueza se hace después, tiranizando y humillando a los pobres, todo se lo sabía y lo explicaba Joselito: todo lo ha sabido y explicado, con menos método y orden, pero con más viveza y primor de estilo, cuanto ladrón ha habido en Andalucía, desde hace años. El Tempranillo, el Cojo de Encinas Reales, el Chato de Benamejí, los Niños de Écija, y tantos otros, sabían poco menos en esta censura de la economía social que Proudhon, Fourier o Cabet pueden haber sabido. Joselito el Seco no se quedaba a la zaga.

Tales declamaciones contra la sociedad parecían en aquellos tiempos, y aun años después, tan sin malicia, que las novelas de Eugenio Sue, El judío errante, Martín el expósito y Los misterios de París, llenas del espíritu del socialismo, se publicaron en periódicos moderados, como El Heraldo.

Dejando aparte la cuestión de si es o no justa y de hasta qué punto lo es la censura, no se ha de negar que, aun suponiendo parte de la propiedad fundada en el robo, ora por violencia, ora por astucia, no es modo de remediarlo robando también por medio de la astucia o por medio de la violencia, ya con la fuerza colectiva y grande de un estado revolucionario, ya con la fuerza menos potente de una cuadrilla de bandoleros. Joselito el Seco, no obstante, entendía o quería dar a entender que sí, apoyado en un antiguo refrán, cuya importancia es inmensa. El refrán dice: Quien roba al ladrón tiene cien años de perdón; y en este refrán se apoyaba para afirmar, no ya que no cometía ningún delito, sino que ejercía todas las obras de misericordia, cifradas y compendiadas en una. En efecto, Joselito no robaba jamás sino a los ricos, a quienes despojaba sólo de lo que le parecía superfluo, dejándoles lo necesario. Hacía muchas limosnas, socorría no pocas necesidades, y enviaba dinero a varios puntos para misas y funciones de iglesia, porque era muy buen cristiano. Sostenía Joselito que casi todo lo que había robado se lo había robado a ladrones: y los de su cuadrilla jamás se echaban sobre la presa, sin exclamar: «ríndete, ladrón, y suelta la bolsa». La excesiva abundancia de dinero induce además a los hombres a que se entreguen a la ociosidad, madre de todos los vicios, a que se traten con sibarítico regalo, y a que ofendan a Dios, en suma, por no pocos caminos. Por donde Joselito afirmaba que, despojando a muchos de lo superfluo, había contribuido poderosamente a la mejora de sus costumbres y les había abierto y allanado el sendero de la virtud.

Después de esta apología, Joselito dio nuevo giro a su discurso y habló de la hacienda y casa de los Mendozas, cuyo estado conocía; lo pintó todo como perdido sin remedio; y por último dio al doctor las noticias recientes, que por sus espías y amigos él había recibido de Villabermeja, sobre la venganza de Rosita y la amenaza de ejecución.

El dolor y la rabia de D. Faustino fueron muy grandes al saber tan tristes nuevas. Al pensar en el apuro y desconsuelo en que estaría su madre, no acertó a contener las lágrimas que brotaron de sus ojos.

-¡Por vida del diablo! -dijo Joselito-, ¿qué lágrimas son esas? Un hombre recio no llora nunca. ¿Quiere Vd. vengarse? Yo le doy mi auxilio. Nada tiene Vd. ya que esperar de la gente. Rompa usted con toda. Declárele la guerra con valor. ¿Sería Vd. acaso el primer mayorazgo arruinado que se ha hecho de los nuestros? Una palabra resuelta de Vd. y Vd. es aquí el amo. En tres o cuatro días nos ponemos en la Nava, y hacemos si usted quiere, una atrocidad. El escribano usurero nos soñará toda la vida. Le quebraremos las tinajas vertiendo el vino y el aceite; le mataremos las reses; y si esto no basta, le incendiaremos la casería.

D. Faustino no pudo menos de romper entonces el silencio que hasta allí se había impuesto.

-Joselito -dijo-, cada hombre tiene su natural y su modo de proceder. Yo no quiero probarle a usted que Vd. obra mal, pero no puedo menos de decirle que yo pienso de muy diversa manera y no puedo hacer nada de lo que Vd. hace. El escribano usurero, por sí o en nombre de otros, pide lo que le pertenece de derecho. Ninguna injuria me infiere. Nada tengo que vengar. Aunque mi madre muriese de pena, no pensaría yo que el escribano usurero fuera el causante de su muerte. La culpa sería mía que con mi imprevisión no he sabido evitar tanto bochorno.

-Me aflige oír a Vd., Sr. D. Faustino -replicó Joselito-. No quisiera ofender a mi prisionero, mas no puedo resistir a la tentación de decir a usted que es Vd. un blandengue. Es treta muy común negar la injuria para excusar el peligro de la venganza. Tiene Vd. razón: la injuria que no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada.

El doctor perdió los estribos: se puso más colorado que una amapola; se olvidó de que Joselito estaba armado siempre; se olvidó de que a una voz de Joselito podrían acudir sus hombres y darle muerte en el acto.

-Voto a Dios -dijo-, que yo no disimulo injuria alguna y menos la de Vd. que es quien me injuria. ¿Piensa el ladrón que todos son de su condición? ¿De dónde, por perdido que yo esté, puede Vd. inferir que voy a adoptar la infame vida que Vd. lleva? Repito que el escribano está en su derecho; que no me injuria, y basta que yo lo diga. El escribano obra como quien es: es ruin y obra ruinmente; pero no me injuria.

Joselito, en el primer momento, estuvo a punto de romper la cabeza al doctor, que así se desahogaba. En todos los días de su vida había tenido Joselito tanta paciencia. Reportó su cólera. Allá en su interior casi se alegró de que la persona de quien su hija andaba enamorada tuviese tantos arrestos.

-¡Bien está! -dijo-, a quien hoy toca, no disimular, sino perdonar las injurias, es a un servidor de Vd., Sr. D. Faustino. No disputemos más. Cada loco con su tema.

-Dispense Vd., Joselito, si me he exaltado un poco.

-La cosa no es para menos. Comprendo que debe de estar Vd. más quemado que candela. Sentiré quemarle más, pero me importa recordar el pacto que hemos hecho. Vd. tiene algo viva la sangre y puede olvidarlo a lo mejor. Un caballero tan cabal, que está tan en su punto, sería lástima que se cegase y faltase a lo pactado.

-Yo no faltaré nunca.

-Con todo, no está de más recordar a Vd. que es mi prisionero; que ha prometido no huir, ni hacer armas contra nosotros, sino seguirme y obedecerme.

-En cuanto no se oponga a mi honor ni a mis principios.

-Convenido. Pues sepa Vd. ahora, Sr. D. Faustino, que por más que no quiera Vd. ser de nuestra compañía, Vd. ha de permanecer conmigo a modo de cimbel o reclamo.

-¿Qué significa eso?

-La cosa es muy sencilla. ¿Para qué sirven el cimbel y el reclamo? Para que las avecillas enamoradas acudan donde ellos están. Pues para esto me está Vd. sirviendo. Deseo que mi ingrata hija venga a mí, y ya que no venga por amor de su padre, vendrá por amor de Vd. Para esto sigue Vd. en mi poder. Luego que venga María, yo concertaré con ella el precio del rescate. Yo tengo donde ella viva segura y con mucho regalo. ¿Por qué no ha de vivir María donde esté bajo el dominio de su padre; donde su padre pueda verla? ¿Por qué ha de andar huyendo siempre de mí?

El plan del bandido era hábil. El doctor no dudó de que María iba a venir en busca de su padre, a fin de salvarle a él del cautiverio. El caso era triste. Él iba a tener la culpa de que aquella mujer, que había podido hasta entonces librarse de padre tan tremendo y de vivir como su cómplice a costa de sus robos, cayese en poder del capitán de bandoleros. Las súplicas y los insultos hubieran sido inútiles para hacer que Joselito cambiase de propósito. El doctor se calló por consiguiente.

Dos días después del coloquio, que acabamos de referir, permanecían aún los bandidos y el doctor en la hermosa casería de que se ha hablado. Sin duda, esperaban la llegada de alguien: casi de seguro, imaginaba el doctor, esperaban la llegada de María.

Eran las diez de la noche. Se oyeron resonar, fuera de la casería, los cascos de dos caballos, que a poco llegaron y pararon a la puerta. Joselito, su tropa y el doctor, se hallaban tomando el fresco en el patio, cuando el bandido, que estaba de atalaya, entró seguido de dos hombres. El uno, que parecía criado, venía descubierto; el otro venía embozado en su capa hasta los ojos y con el ala del sombrero tapada la frente y envueltos en sombra los ojos mismos. Sin desembozarse, sin descubrirse, dijo el incógnito:

-A la paz de Dios, caballeros.

-A la paz de Dios -le contestaron.

Encarándose luego con Joselito añadió:

-Dios te guarde. Guíame a un cuarto cualquiera. Tengo que hablarte a solas.

Estas palabras, pronunciadas con imperio, fueron oídas con profundo respeto por Joselito, que conoció en la voz a quien las pronunciaba. Guió, pues, al embozado a un cuarto donde hizo poner luces. El criado quedó en el patio aguardando en silencio. Los caballos, en que habían venido amo y criado, estaban fuera de la casería, atados de la brida a unas argollas que al efecto había en la pared.

La conferencia duró más de una hora, y terminada que fue, el embozado partió con su acompañante, a quien el mismo Joselito vino a llamar para que siguiese a su amo. Las pisadas de los dos caballos, que se alejaban, se oyeron resonar desde el patio.

-Sr. D. Faustino -dijo entonces Joselito-, tenga su merced la bondad de venir conmigo.

El doctor siguió a Joselito al mismo cuarto donde con el embozado había estado hablando. Solos allí, con voz conmovida dijo Joselito al doctor:

-Todos mis planes se han deshecho. Es mi sino. Hay una fuerza superior a mi voluntad que me avasalla y sujeta. María no ha muerto; pero Vd. y yo debemos considerarla como muerta. No la volveremos a ver más. Para nada le necesito a Vd. ahora. He prometido además al hombre que acaba de irse de este cuarto, que pondré a Vd. en libertad inmediatamente. Voy a cumplir la promesa. ¿Quiere usted irse ahora mismo?

-Estoy impaciente por ver a mi madre, por salvarla, por consolarla al menos. Ahora mismo me voy -contestó el doctor.

En balde intentó averiguar quién era el personaje misterioso que procuraba su libertad, y sobre todo, cuáles eran el paradero y el destino de María para que tuviese él que considerarla como muerta. Joselito no quiso o no pudo revelarle nada. Mandó que ensillasen la jaca del doctor y que dos de los de más confianza de la cuadrilla se preparasen a acompañarle.

Todo dispuesto ya, el doctor se despidió de Joselito alargándole la mano, que éste apretó amistosamente entre las suyas.

Por trochas y atajos, por sendas extraviadas, caminando más de noche que de día, llegaron, al tercero, el doctor y su comitiva a un sitio, distante media legua de Villabermeja y muy conocido del doctor, porque estaba en el camino de su casa de campo. Allí, los bandidos le pidieron su venia para volverse. El doctor se la dio de buen grado, con mil gracias por el favor que le habían hecho. Procuró también darles el dinero que llevaba consigo, pero la caballerosidad y desprendimiento de aquellos valientes no lo consintió.

Empezaba a clarear cuando el doctor se quedó solo. Era una mañana hermosísima. Con la impaciencia de volver a ver a su madre, puso el doctor espuelas a la jaca, y pronto se halló en el lugar y a la puerta de su casa, que vio abierta, aunque tan temprano.

Entonces le dio un vuelco el corazón. Presintió una desgracia. Una nube de tristeza nubló sus ojos.

Faón fue el primero que salió a recibirle; pero, en vez de mostrar contento, daba aullidos tristes.

Bajó el doctor de la jaca, y dejándola en el zaguán, entró por el patio sin hallar a persona alguna. El podenco iba delante, aullando a veces, como si quisiera darle una nueva dolorosa.

Al ir a subir la escalera para dirigirse al cuarto de su madre, apareció la niña Araceli y se echó en los brazos del doctor.

-¡Hijo mío, hijo mío! -dijo-. ¿Dónde has estado? Gracias a Dios que sano y salvo te volvemos a ver.

-Tía, ¿cómo está Vd. por aquí? ¿Qué ha pasado?

-Tu madre está enferma, hijo mío.

-No me oculte Vd. la verdad, tía. Es inútil. Mi madre...

-No subas ahora... está durmiendo.

-Está durmiendo un sueño eterno -exclamó el doctor-. Mi madre ha muerto.

La niña Araceli ni afirmó ni negó, pero prorrumpió en amargo llanto.

El doctor subió precipitadamente la escalera. Iba a dirigirse a la alcoba de su madre, cuando el ama Vicenta le detuvo a la puerta, diciéndole:

-No está aquí.

Instintivamente se fue entonces hacia la sala-estrado. También allí estaba a la puerta otra persona: el Padre Piñón.

-Déjeme Vd. que entre y la vea -dijo D. Faustino.

El Padre Piñón, juzgando ya inútil todo disimulo, respondió al doctor:

-No entres; no perturbes su reposo: pide a Dios que descanse en paz.

D. Faustino cayó llorando entre los brazos del Padre.

-¡Ha muerto! -dijo.

-Ha muerto como una santa -contestó el Padre Piñón.

-Soy un miserable. Yo la he muerto con mis locuras. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué no me matas a mí?

-Quia Dominus eripuit animam tuam de morte -dijo el Padre, que siempre llevaba el Breviario en la memoria, y entonces, además, le traía en la mano, abierto por el oficio de difuntos.

-Hijo mío -añadió-, reza por tu madre, reza por ti: mira que en estas grandes tribulaciones, el rezar es el mayor consuelo: Tribulationem et dolorem inveni, et nomen Domini invocavi.

-Es cierto -respondió D. Faustino-; he hallado la tribulación y el dolor; pero no he hallado la fe.

-¡Qué horror! Si has de hablar así, vete. No profanes este sitio.

El doctor tomó entonces maquinalmente el Breviario que tenía el Padre Piñón. Fijó sus ojos en la página por donde estaba abierto, y leyó unas desesperadas sentencias del libro de Job, encarándose al leerlas con el Padre, como si le contestara.

-Mi alma -dijo-, tiene tedio de mi vida. Hablaré con amargura de mi alma. Diré a Dios: no quieras condenarme. Manifiéstame por qué me juzgas así. ¿Por ventura te parece bien el que me calumnies y me oprimas?

Aterrado el Padre de que así convirtiera el doctor el bálsamo en veneno, le arrancó el Breviario de entrelas manos.

D. Faustino se precipitó dentro de la sala.

En medio de ella, en un féretro, entre cuatro blandones ardiendo, hacía más de veinticuatro horas que estaba su madre de cuerpo presente.

D. Faustino se acercó al féretro con silencio respetuoso; se hincó de rodillas como quien pide perdón, y levantándose luego del suelo, se inclinó sobre el rostro de la difunta, le contempló con honda pena, y exclamó como si anhelase despertarla:

-¡Madre, madre mía!

Respetilla, que estaba velando el cadáver, el Padre Piñón; doña Araceli, que había subido, y el ama Vicenta, callaban y lloraban.

El doctor aproximando, por último, los labios a la cara pálida y desfigurada de doña Ana, la besó en la frente y en las mejillas.

Los que asistían a este espectáculo, se apoderaron de D. Faustino y casi por fuerza le sacaron de allí y se le llevaron a su cuarto.


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- XXV - La soledad[editar]

El dolor de D. Faustino fue grandísimo en aquellos días. Nació, no sólo del amor que profesaba a su madre, sino del remordimiento de haber sido, en parte, causa de su muerte.

El doctor, allá en el seno de su conciencia, recordaba la vida de doña Ana, y comprendía que había sido un prolongado martirio, en que su padre y él habían hecho el oficio de verdugos.

Doña Ana, resignada a vivir en Villabermeja, con un espíritu elevado y culto, no había tenido con quién entenderse. Su marido, rudo, selvático, montaraz, no sabía estimarla. Ni siquiera por gratitud, viéndose tan cuidado y respetado, había mostrado amor y consideración a doña Ana. Con sus amores viciosos por la Joya y la Guitarrita, y por otras daifas palurdas por el estilo, había humillado cruelmente a su mujer. Ni siquiera amistad, ya que no amor, había sabido mostrar a aquella noble señora, con quien jamás había acertado a sostener un diálogo que durase cinco minutos. En cambio, ora jugando, ora en francachelas, en ferias y en excursiones a otros pueblos de Andalucía, ora en regalos a las mancebas que había tenido, ora con su desorden, mala administración y necios planes, D. Francisco López de Mendoza se había empobrecido y se había empeñado.

D. Faustino, lejos de remediar los males de su casa, los había agravado más, si no con gastos grandes, con su imprevisión y su descuido, y con su incapacidad para las cosas prácticas de la vida. Su conducta reciente había provocado por último la cólera de Rosita, y había traído sobre la cabeza de su madre el golpe rudo, que, en unión con su fuga y cautiverio entre los ladrones, había acabado por matarla. D. Faustino no quería perdonarse nada de esto. Estaba inconsolable.

La niña Araceli y el Padre Piñón, que eran tan buenos, le hablaban de resignación; le decían que era menester conformarse con la voluntad de Dios; y aseguraban que doña Ana, que había sido tan virtuosa, no podía menos de estar en el cielo. A par de estas razones, fundadas en la fe, sacaba a relucir el Padre Piñón, con un candor delicioso y con un sentido común exento de sentimentalismo, otros pensamientos y discursos, que, ya que no convenciesen al doctor, le hacían sonreír y aliviaban algo su pena.

-Faustinito -decía el Padre-, no te aflijas tanto. ¿Qué se gana con afligirse? ¿Hay nada más natural que morir? Si no se muriese la gente, ¿cabríamos ya en el mundo? Además, ¿crees tú que nos podríamos sufrir, al cabo de cierto tiempo, si fuésemos inmortales? ¡Qué monotonía tan inaguantable la de la vida si no hubiera en ella término! Yo creo que, en este bajo suelo, sería peor una vida inmortal, que el tormento de quien no duerme y se cansa. Al cabo de cierto tiempo de velar y de trabajar, te sientes cansado y deseas dormir; pues lo mismo, después de vivir y de afanar mucho, se desea la muerte. La muerte es el reposo, es el sueño para los que velaron y se fatigaron demasiado. Se me figura a veces que en el morir debe de haber muy semejante deleite, aunque mil veces más intenso, al del hombre, que después de haber ganado su jornal y empleado bien el día en obras útiles y misericordiosas, se tiende en una buena cama, estira las piernas y se queda dormido.

-Sí, Padre -contestaba el doctor-, pero ese hombre se duerme con la esperanza cierta de despertar a la mañana siguiente y de ver la luz y de hallarse más fuerte y brioso.

-Pues con más bella y sublime esperanza se entregó tu madre al sueño del sepulcro -replicaba el Padre Piñón, dejando a un lado sus filosofías instintivas y volviendo a su papel de creyente y de sacerdote-. Tu madre se entregó al sueño del sepulcro con la esperanza cierta de despertar a la mañana, pero la mañana que no termina ni cansa; de gozar de otra luz más hermosa, de gozar de un día eterno, y de recibir una magnífica paga, un jornal espléndido por sus trabajos y virtudes. Sin duda que al morir, la palabra de Dios resonó en el centro de su alma, diciendo: Ego sum resurrectio et vita: qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet; et omnis qui vivit et credit in me non morietur in aeternum.

Por desgracia, ni los razonamientos mundanos y filosóficos del Padre Piñón, ni sus creencias, ni las antífonas del Breviario que citaba, llevaban el mayor consuelo al ánimo de D. Faustino. Sólo dos personas había hallado en el mundo con quienes su corazón verdadera y profundamente simpatizase, con quienes su espíritu estuviese en comunicación real: su madre y María. Una había muerto: de la otra, tal vez para siempre le apartaba un obstáculo invencible. De esto no acertaba a consolarse con nada.

Por otra parte, ahora que ya había perdido a su madre, el doctor se echaba en cara su desvío, o por lo menos su tibieza para con ella. Se culpaba de no haberla amado y respetado bastante, y no se lo perdonaba. El doctor se fingía creyente, religioso, por un momento, y comprendía que, no sólo el Padre Piñón, sino todos los sacerdotes del mundo, le absolverían de aquellos pecados. Dios, cuya justicia no es mayor que su bondad, pues ambas son infinitas, le perdonaría también: pero él no se perdonaba. Acumulaba sus faltas, como quien hace una suma; y así como por más que se esforzase no podía conseguir que tres y dos no fuesen cinco, así tampoco podía lograr perdón para aquella suma, dentro de su conciencia recta y fría, como la tabla de sumar o como un conjunto de axiomas. Entonces exclamaba: «-¡Qué felicidad es creer en una misericordia infinita, en un amor sin límites, que le perdona a uno lo que uno mismo no se perdona! Yo tengo en mí un ideal de perfección, que sólo me sirve de tormento, porque jamás llego a él, y cuando me examino y estudio, veo que me aparto de él y me degrado más cada día. ¡Dichosos los que imaginan percibir o perciben una realidad suprema, cuya bondad inagotable los purifica, elevándolos hasta ella!»

La niña Araceli procuraba también consolar a don Faustino; pero lograba menos aún que el padre Piñón.

Entretanto, la niña Araceli había prestado a la casa un servicio inmenso. Todo el dinero que tenía ahorrado, que pasaba de dos mil duros, le había traído y entregado a Respeta para que pagase a los acreedores. La venta de las alhajas de doña Ana y de los frutos que aún quedaban en la casa había producido cerca de otros mil duros. Y por último, la niña Araceli, empeñando sus bienes, había traído hasta otros seis mil duros, con todo lo cual había nueve mil, y sobraba para salir del apuro y salvarse de la ejecución.

Doña Ana logró morir con el consuelo de ver esta gran prueba de amistad de la niña Araceli, que vino a cuidarla, recibió su último suspiro y le cerró los ojos.

Para el doctor, aunque agradecido a la niña Araceli, era una humillación que hubiese hecho ella lo que él, que tan capaz de todo se juzgaba, no había podido hacer. Tenía además el doctor cierta envidia generosa de que la niña Araceli, y no él, hubiese sido quien oyó las últimas palabras de la moribunda, y vio apagarse la postrera luz de su dulce mirada, y sintió en su rostro, inclinado sobre el lecho de muerte, el aliento final de aquel noble pecho.

Como la muerte de doña Ana había provenido en parte de los disgustos e insolencias del escribano usurero, no dejó de pasar por las mientes del doctor la idea de tomar venganza. Pero pronto la desechó, considerándola miserable y hasta ridícula. El escribano y sobre todo Rosita, que mandaba en el escribano, no habían recibido sino agravios de la casa de los Mendozas, y si los habían satisfecho reclamando lo que les pertenecía, nada había que vengar, ni nada de que quejarse. D. Faustino sólo sentía por el escribano y por Rosita un desprecio profundo, desprecio que estamos nosotros muy lejos de justificar.

D. Juan Crisóstomo Gutiérrez estaba compungido y aterrado con la muerte de doña Ana y con la venida del doctor. Unas veces soñaba que la muerta entraba en su cuarto de noche y venía a tirarle de los pies; otras veces sospechaba que el vivo don Faustino iba a darle una paliza, el día menos pensado.

En el pueblo, donde el escribano era por lo general odiado, como suelen ser los ricos por los pobres, sobre todo cuando los ricos no son generosos, casi todos los contrarios de los Mendozas, que en un principio, habían aplaudido la venganza, movidos a compasión por la muerte de doña Ana, se desataban en invectivas contra aquel usurero infame y sin entrañas, que era lo menos que de él decían.

Rosita, por su parte, se mostraba sombría y silenciosa, aunque procuraba parecer impasible. Si allá en el fondo de su alma pugnaba por surgir el arrepentimiento, pronto le sofocaba ella evocando el recuerdo de todas las injurias recibidas. La noche de la Nava se presentaba viva en su imaginación, con su abandono, con su deleite, con todos sus hermosos delirios, que casi al punto se desvanecieron. Estas imágenes eran para el corazón de Rosita como una copa, donde había gustado néctar y donde no había ya sino turbias heces de hiel y veneno. Recordando aquella noche y recordando la otra en que sorprendió al doctor con María, Rosita, lejos de arrepentirse, se apesadumbraba de ser una flaca y desvalida mujer, y se avergonzaba de no ser bastante valerosa para buscar al doctor y darle de puñaladas.

D. Faustino, lleno de pena, ni quería salir de casa ni tratar de negocios, y encargó al Padre Piñón para que fuese en casa del escribano, en compañía de Respeta, a pagar lo que debía y a levantar las hipotecas que pesaban sobre sus bienes.

De la materialidad de recibir y contar el dinero cuidó Rosita. Durante esta prosaica operación, en el despacho particular de la casa, mientras su padre estaba en la escribanía, Rosita se quedó a solas con el padre Piñón, y éste le dijo:

-Ya tienes ahí todo el dinero: ya estás pagada; ya debes estar contenta.

-¡Ay, Padre, Padre! La deuda que Faustino contrajo conmigo no se paga con todo el oro del mundo. Ni con su sangre y su vida la pagaría.

-Eres una pecadora empedernida -replicó el padre Piñón-. Por ahí me acusan de que tengo la manga ancha, y es verdad que la tengo. A mucho amor, mucho perdón: tal vez entienda yo muy a la letra aquello de que le será perdonado mucho a quien mucho ha amado; pero cuando el amor se trueca en odio, te aseguro que se me quitan las ganas de perdonar. Dime, desalmada mujer, ¿no te remuerde la conciencia de la muerte de doña Ana?

-Oiga Vd., Padre, ¿y por qué ha de remorderme la conciencia? ¿Qué culpa tengo yo de que la tal señora se haya muerto? La matarían los diablos y condenados con quienes andaba de tertulia por la noche. Lo que es nosotros nos lavamos las manos. ¡Pues no faltaba más...! ¡Lucidos estaríamos si no pudiésemos pedir lo que se nos debe, por temor de que los tramposos sensibles y delicados se nos murieran! Vaya... si por tan poca cosa diesen los tramposos en la gracia de morirse, España se convertiría en un desierto.

-En un desierto es en el que yo predico predicándote a ti -dijo por último el padre Piñón y selló sus labios.

Tres semanas después de la muerte de su prima, la niña Araceli se volvió a su lugar, acompañada de Respeta y otros criados. La niña Araceli hizo desde luego donación a D. Faustino de sus dos mil duros ahorrados. D. Faustino trató en balde de reconocer aquella deuda y de pagar intereses. De los otros seis mil duros, que había doña Araceli tomado prestados con hipotecas de sus bienes, el doctor se comprometió en regla a pagar los réditos para no ser más gravoso a su tía. Tía y sobrino se despidieron con lágrimas y tiernos abrazos, a más de tres leguas del lugar, basta donde fue el doctor acompañándola.

Durante la permanencia de doña Araceli en Villabermeja al lado de su sobrino, a pesar de que éste jamás preguntó por su prima Costanza, doña Araceli, que era locuaz y expansiva, le informó de que la marquesa de Guadalbarbo era en extremo dichosa. Su marido la adoraba. La fortuna los favorecía. Todo les salía bien. Nadaban en la opulencia. Se habían ido a Londres, donde el marqués tenía negocios de banca y cada día juntaba más dinero, sin dejar por eso de conservar todas sus fincas en España y aun de comprar otras.

De María es de quien el doctor hubiera querido saber: pero el único que de algo quizás podría informarle era el padre Piñón, que todo se lo callaba, afirmando que no sabía dónde María había ido.

-Sólo sé -añadía- que te amaba con todo su corazón; que, sin embargo, ha debido abandonarte; y que tal vez no la volverás a ver en esta vida.

Sin madre y sin amiga, sin las dos únicas personas a quienes amaba y respetaba, se halló el doctor en la soledad más espantosa. Respetilla trataba de entretenerle y distraerle; pero sus noticias y sus chistes no le arrancaban ni una sonrisa. El padre Piñón había intimado con D. Faustino y venía a verle con frecuencia; pero tampoco el padre Piñón penetraba en el alma y en el pensamiento del doctor. Es cierto que le echaba sus sermones, que le citaba versículos y oraciones y sentencias del Breviario, y que a veces apelaba al sentido común y razonaba con cierta filosofía burda; pero, siempre que el doctor se dignaba dar contestación a todo aquello, solía quedarse el Padre en ayunas de lo que el doctor decía, figurándosele que no hablaba en castellano, sino en griego. De esta suerte venían a terminar los diálogos entre ambos, quedando el doctor y el clérigo muy poco satisfechos el uno del otro, aunque buenos amigos.

Imaginó, pues, el doctor que su espíritu, en lo que tenía de más íntimo y esencial, estaba completamente incomunicado, y que sólo en lo somero, vulgar y casi indiferente, se tocaba con otros espíritus. Aquel aislamiento y aquella soledad se le hicieron insufribles. Entonces pensó de nuevo, como ya otras veces había pensado, en la posibilidad de entenderse y comunicar con espíritus, que no fuesen de los que tenían cuerpo humano, y en si esto sería factible por otro medio más sutil que la palabra material que agita el aire y que el aire transmite. Tan grande fue el esfuerzo de su fantasía y su continua preocupación para lograr esto, que, no pocas noches, en el silencio de su retiro, creyó ver a la coya, que se destacaba del marco y venía a decirle misteriosos discursos que penetraban en su alma, sin pasar por los oídos, y vio de nuevo el espectro de María que llegaba hasta él y le infundía en la mente y en el corazón sentimientos inefables y conceptos intraducibles en toda lengua humana. Aun así, esto no satisfacía al doctor.

«Si el mundo de los espíritus existe -calculaba él-, debe de tener más realidad, más ser, más luz y más vida que el mundo de la materia; pero en estas apariciones y visiones, y hasta en las ideas que me comunican, hay tanto de vago, de inconsistente, de incierto, de crepuscular, que sospecho que es un mundo de sombras fantásticas y de quimeras, y no un verdadero mundo espiritual éste en que penetro. ¿Quién sabe? Quizás lo sobrenatural, el espíritu no esté por fuera, no esté como separado de la naturaleza misma y contraponiéndose a ella. Quizás que la penetre toda y la anime. Quizás hago mal en apartarme de la naturaleza para hallar el secreto que está en ella misma. ¿Será el universo un torrente de vida divina, una revelación sucesiva de las fuerzas permanentes y eternas, un hieroglífico lleno de sentido, donde cada cosa es signo, cifra, representación de algo oculto, y el todo, para quien logre interpretarlo, la solución del enigma? Siendo de este modo, la naturaleza sería el manantial del conocimiento del espíritu. En sus profundidades estaría el misterio divino. Pero ¿cómo sumirse en esas profundidades? Toda la ciencia experimental no traspasa jamás la superficie; la corteza: describe minuciosamente la cifra, y no da la clave para descubrir lo cifrado. ¿Dónde hallar esta clave? ¿La cábala, la magia, la teúrgia serán posibles?»

El doctor, a fuerza de no creer en casi nada, empezó a creer un poco en las ciencias ocultas.

A menudo se quedaba mirando a Faón, cuya compañía era la única que no le cansaba, y sentía deseo de que el podenco se convirtiese en el diablo; pero en seguida negaba resueltamente que el diablo existiese, negando, por lo tanto, la magia negra. La magia blanca, la magia no diabólica, es la que seguía pareciéndole verdadera. El diablo no servía de nada, si un fuego, un hálito divino circulaba por el universo todo vivificándole; porque lo ínfimo y lo supremo, lo pequeño y lo grande, este mundo sublunar y toda la inmensidad del espacio poblado de soles debían de estar estrechamente enlazados por aquella fuerza invisible. ¿Y por qué el hombre no había de apoderarse de aquella fuerza? Si penetra y anima el mundo de los cuerpos, la naturaleza toda, ¿dónde ha de ser más enérgica que en la naturaleza humana? Si lo divino se filtra por el universo y es el núcleo y constituye la esencia de las cosas, ¿cómo no ha de estar asimismo en el centro de nuestro ser, en el abismo de nuestra alma? De esta suerte pasaba el doctor del arte mágica al arte mística. Pero ni en el mundo exterior, penetrando en el seno de la naturaleza con amor y entusiasmo; ni en el mundo interior de su alma, buscando con el mismo entusiasmo y el mismo amor el objeto de su anhelo, abstrayéndose de todo lo exterior, mortificando los sentidos e imponiendo silencio a las pasiones, acertaba el doctor a descubrir el misterio, a declarar la cifra, a resolver el problema y a proporcionarse un interlocutor que le conviniese e interesase más que el Padre Piñón y que Respetilla.

Tal vez le faltaban libros: tal vez ni de magia ni de mística había leído lo bastante, y caminaba a ciegas, queriendo ejercer artes dificilísimas, en las que apenas estaba iniciado.

Aunque sólo fuese por esto, el doctor necesitaba ir a Madrid.

Por otra parte, lejos de aquel centro del movimiento intelectual, poco o mucho, que hay en España, no ya sólo serían estériles los trabajos del doctor, así en la magia como en la mística, en la filosofía y en la poesía, sino también en las demás ciencias, artes y disciplinas más bajas y vulgares, como la política, por ejemplo.

El doctor, pues, a los seis meses de muerta su madre, impulsado de las antedichas consideraciones, deseoso de acabar de aprenderlo todo, y lleno de ambición difusa y de esperanza confusa de ser cuanto hay que ser, hombre de Estado, poeta, orador, filósofo, sabio y hasta mago y místico, arregló sus negocios en Villabermeja, jubiló a Respeta que lo deseaba, puso de aperador a Respetilla, reunió hasta doce mil reales, y con este dinero, después de una tierna despedida del padre Piñón, de Respeta, de Respetilla, del ama Vicenta y del podenco favorito, se plantó en la corte y se fue a vivir a una casa de huéspedes, donde por un duro diario le daban cuarto, cama, luz, almuerzo, comida y cena.


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- XXVI - Ilusiones que se van perdiendo[editar]

Toda, casi toda la poesía, cómica y trágica, que había en la persona del doctor y en el ambiente que le circundaba, se disipó al salir de Villabermeja. Allí se quedaron los dos uniformes de maestrante y de lancero, el bonete y la muceta, los vestidos de majo, la jaca, el podenco Faón y el fiel escudero Respetilla. Allí no podía menos de quedarse también la noble casa solariega, el castillo de que él era alcaide perpetuo y la bóveda sepulcral donde yacían sus antepasados. De señorito principal, aunque semi-arruinado, medio ermitaño, medio mágico, querido de las mujeres, objeto de adoraciones sublimes y de enconados odios, figura novelesca que ya podía compararse al Edgardo de Walter Scott, ya al Manfredo de Byron, se transformó en un aventurero más, en un perdido más, de los que vienen a Madrid a buscar fortuna.

Las locuras maravillosas, los conatos de ser teósofo, mágico y místico, pasaron en seguida, preocupada ya la mente con otras aspiraciones más vulgares. Las visiones y apariciones fantásticas de los espíritus de la coya y de María, no se dignaron entrar en la prosaica casa de huéspedes.

Durante muchos años permanecieron vivas, sin embargo, las ilusiones del doctor, aunque todas, una a una, iban lastimándose y quebrándose en la piedra de toque del éxito.

Como poeta lírico, llegó a publicar algunas composiciones en periódicos literarios; pero la gente estaba ya harta de suspiros, de lamentos y de quejas con sonsonete o cancamurria, y no hizo caso de los versos del doctor.

Hizo el doctor varias tentativas para ser poeta dramático; pero se quedó siempre en las dos o tres primeras escenas de cada uno de sus dramas. La crítica más desapiadada acompañaba en su mente a la inspiración o a lo que otros llamarían inspiración, y convenciéndole a tiempo de que estaba escribiendo tonterías o disparates, le forzaba a dejarlos a un lado y a que no los concluyese. El hambre no le apretó jamás por tal arte que le llevara a proseguir, para ver si el público, más indulgente o menos juicioso que él, aplaudía lo que él reprobaba, y tomaba por discreto lo que él desechaba por sandio.

Creyéndose capaz de ser un gran poeta épico y de compendiar, cifrar y resumir en una epopeya colosal toda la civilización presente, con iluminaciones, vaticinios y como auroras de la futura, emprendió tres o cuatro veces la susodicha epopeya; pero no pasó nunca de un centenar de versos. La perversa crítica acudía a su cuarto de la casa de huéspedes, y ahuyentaba a las Musas a latigazos.

Procuró el doctor hablar en el Ateneo, y siempre se le trabó la lengua, y no acertó a decir nada.

Consiguió entrar de redactor en un periódico, pero, no sintiendo ni sabiendo fingir que sentía la pasión política de otros, y siendo además enorme su pereza, tuvo que salirse de la redacción, a fin de que no le echaran por inútil.

Embobado con mil ideas de indefinido progreso, de paz, de bienandanza, de luz y de gloria para el humano linaje en general y en particular para su patria, se encumbraba a tales alturas, que cuanto acá por la tierra nos divide no le importaba un comino. Lo mismo le daba a él de la monarquía que de la república, de la Constitución de tal año que de la de tal otro, de esta ley electoral que de aquélla, de tal ley de ayuntamientos que de tal otra. Hasta la libertad, que era lo que más amaba, considerándola como medio y no como fin, no era para él un ídolo a quien no se pudiese en ocasiones dejar de rendir culto y ofrecer sacrificios. Extrañaba, pues, el doctor tanto frenesí, tanto calor, tanto brío como muchos ponían en la contienda, y se daba a sospechar si las opiniones y teorías serían el pretexto, y si el verdadero motivo serían las posiciones. En este punto, a pesar de toda su ilustración, nuestro doctorcito era un bermejino completo, o mejor dicho, un lugareño español de cualquiera parte, salvo cuatro o cinco provincias, donde saben querer y saben lo que quieren, y por eso traen a mal traer a las demás, que tienen la voluntad marchita. Lo cierto era, según el doctor notaba, que cada partido político de los que se disputaban el poder en la prensa y en la tribuna, se componía de unos cuantos señores, visitantes de la misma casa o asistentes a la misma tertulia, los cuales no tenían masas de pueblo detrás de sí, salvo varios espoliques que esperaban cabalgar en un buen empleo, ni representaban una respetable colectividad, ni eran como apoderados o adalides de los altos intereses, ideas, creencias y propósitos de clases enteras. Cada adalid fantaseaba allá en su mente el credo que más le convenía y formaba a su antojo un partidito del cual se hacía jefe. El doctor se obstinaba en suponer que a casi nadie le interesaba dicho credo, más que a los que iban en su virtud a tomar el mando: que el pueblo español no distinguía los matices sino los colores más vivos y marcados; que, según lo había declarado el gran Donoso, se hartaba pronto de discusiones, sutilezas y distingos, y sólo gustaba de Barrabás o de Jesús; y que, para pedir a cualquiera de estas dos tan opuestas personas, no se valía del derecho de petición, ni para proporcionarles un triunfo acudía a las urnas electorales, sino o bien no hacía nada, o echaba mano al trabuco.

Estas y otras consideraciones alejaban al doctor de la política y le hacían capaz de exclamar, como aquel viajero de un cuento de Voltaire, cuando llegó a Persia, donde ardía la guerra civil, y le preguntaron qué prefería, si el carnero blanco o el carnero negro, que, con tal de que el carnero estuviese bien asado, el color de la lana importaba poco: que si, ora pidiendo carnero blanco, ora carnero negro, habían de consumir en la lucha todos los otros carneros; y que si, ora pidiendo a Jesús, ora a Barrabás, habían de hacer siempre barrabasadas, más valía que las hiciesen pronto y de común acuerdo sin pelearse ni arruinarlos a todos.

Si el doctor se hubiera limitado a sentir y a pensar así, aunque nosotros hallamos que hubiera sentido y pensado desatinadamente, no le hubiera sido perjudicial; pero lo peor era la maldita franqueza de su condición, la cual no consentía que se le pudriese en el alma ni sentimiento ni pensamiento alguno, por recóndito que debiera tenerse. De este modo -y por ser tan escéptico en política- no consiguió jamás ni siquiera ser diputado.

Otra de sus ilusiones, y de las más persistentes y tenaces, fue la de creerse un gran filósofo. Mas por lo mismo que tal se creía le era más difícil dar a luz escritos filosóficos. ¿Cómo había él de conformarse con ninguno de los sistemas inventados ya en tierras extrañas y sucesivamente de moda en nuestro país? No había de ser tradicionalista ni flamante tomista; y ni Cousin primero, ni Kant, ni Hegel, ni Krause, por último, lograron alistarle bajo sus banderas. El doctor soñaba con sacar a relucir, cuando menos el mundo se lo percatase, un nuevo sistema todo suyo. Así se pasaban los años y no producía nada. Consolábase, no obstante, con una sentencia, que no recordamos bien si es o no de Aristóteles, por la cual se afirma que, hasta bien cumplidos los cincuenta, no llega el hombre a toda la madurez y plenitud de su entendimiento. El doctor aguardaba, pues, dicha edad para eclipsar a Krause, a Kant y a Hegel.

También, pasado ya algún tiempo y conservando en el alma, sólo como una dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imagen de María, trató el doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las damas madrileñas; pero esta ilusión fue más vana que las otras. Todo el toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, según el doctor había oído decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las otras le tendrían al punto por hombre digno de amor, y acudirían a él como a la miel las moscas. Por desgracia, no halló el doctor a ésta que, digámoslo así, había de romper la marcha. No era posible tampoco renovar la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros que, en tiempo en que había menos afición que hoy, notó que ningún año iba gente a la primera corrida, sino que empezaba la gente a ir a la segunda, y decidió dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo cierto es que, sin posición, sin el brillo de la gloria o de la riqueza, o de los mismos triunfos en otros amores, oscuro, algo encogido, pobre como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes en suma, es muy difícil deslumbrar al bello sexo. No se halla a cada paso una princesa del Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro a un señorito sin nombre, poco ameno además, y dado a melancolías. El doctor, por lo tanto, era en Madrid como aquel Leonardo que Camoens nos pinta en Los Lusiadas, tan infortunado en amores que, en la propia Isla de Venus, donde todo estaba dispuesto para agasajar y deleitar a los heroicos portugueses, estuvo a pique de no topar con una sola ninfa que se le mostrase piadosa y que no huyera de él como de la peste.

Como el doctor se acicalaba y vestía con alguna elegancia y esmero, iba a los teatros, a los bailes y reuniones, y hacía de vez en cuando alguna calaverada; por ejemplo, perder quinientos o mil reales al juego o ir a comer o cenar a una fonda, juzgándose por un instante, en aquella ocasión, un Sardanápalo ninivita, un Baltasar babilónico, un romano de la decadencia, o un mega-duque del Bajo Imperio, siendo esto del Bajo Imperio lo que priva más entre los escritores políticos y moralistas, al considerar el lujo y relajación de nuestra edad y echarla de Juvenales y de Tertulianos severos; y como, por otro lado, las poesías líricas, la epopeya, los dramas que no llegaban a concluirse y el sistema filosófico que no acababa de inventarse, no producían ni era natural que produjesen un ochavo; el pobre doctor estaba casi siempre a la cuarta pregunta. El caudal de Villabermeja (aunque, según a mí me han asegurado, Respetilla era fiel administrador, por más que parezca inverosímil) apenas producía para pagar los réditos de los seis mil duros y enviar mil reales mensuales al doctor, los cuales desaparecían casi siempre a los tres o cuatro días de cobrada la letra.

El doctor, en estos apuros, empezó a contraer deudas; pero era tan inepto en la ciencia práctica del crédito, parte la más esencial de la crematística, que sólo acertó a deber al sastre, al zapatero, al guantero y a la pupilera, que le pedían de continuo que pagase. Entonces, olvidando ya las altas ciencias ocultas, a que había pensado consagrar su vida, no pensó el doctor en más ciencias ocultas que en la crisopeya. Él, que había soñado con descubrir la fuerza íntima, el principio divino que mueve y anima el universo, y apoderarse de él para gobernarlo y dirigirlo todo, se limitó entonces a ver cómo lograba reunir un poco de dinero, y lo peor es que no lo consiguió.

Con este desengaño, acabó por lo que acaban otros y por lo que muchos empiezan: por suponer que el presupuesto es el hospicio de los mendigos de levita, la sopa de los conventos para la pobretería ilustrada, y el refugio y el hospital de los pordioseros leídos. El doctor pretendió un empleo, y al cabo consiguió que se le diesen, de ocho mil reales al año en el ministerio de la Gobernación. Unas veces cayendo, otras levantándose, ya repuesto, ya cesante, ya repuesto otra vez, llegó nuestro héroe a tener catorce mil reales de sueldo, catorce años de servicio, y diez y siete años de vida de Madrid.

Siempre fue el doctor un detestable empleado; pero no le faltaron amigos que le sostuvieran en su empleo.

Claro está que otros, con menos capacidad que el doctor, llegan a directores, a consejeros de Estado y hasta a ministros: así anda ello; pero no es menos claro que lo deben a casualidades dichosas (ya se entiende que no para el país), y no a todos les han de tocar estas casualidades, como no a todos les toca la lotería. Por sus condiciones de carácter y de entendimiento, por su idiosincrasia, como se dice tanto ahora, no era el doctor de los que, por sí y sin que interviniesen las referidas casualidades, podía ir más allá del punto a donde llegó. Así es que no pasó de dicho punto, y gracias.

Toda esta parte de la vida del doctor se refiere aquí en compendio y a escape, porque no importa mucho a la acción o argumento principal de esta verdadera historia, si es que en esta verdadera historia quiere concederme el lector que hay una acción única, con unidad clásica y patente.

Sea como sea, el doctor Faustino, avergonzado de no ser más que auxiliar en un ministerio y esperando siempre el día en que había de elevarse a personaje, no quiso volver a poner los pies en Villabermeja, donde había pasado por un pozo de ciencia, por un prodigio de talento y por uno de los más egregios caballeros, señorones y alcaides perpetuos, que jamás han existido. Así llegó a la edad de cuarenta y pico de años, harto maltratado de la suerte, pero nunca desilusionado.

Todas las noches dejaba para la mañana siguiente el poner manos a la obra y el empezar a escribir su gran tratado de Filosofía, o concluir su colosal epopeya, o resollar con alguna peregrina y pasmosa invención que aturdiese a los nacidos. Nada, sin embargo, se realizaba jamás.

Amanecía Dios: el doctor iba a su oficina a extractar expedientes o a arrullarles el sueño, comía luego sus pícaros garbanzos, cuando no le convidaban en alguna casa de fuste, y siempre por las noches, andaba de tertulia en tertulia. Nadie le quería ni bien ni mal, porque a nadie estorbaba, como no fuese a alguien que desease ser auxiliar como él; pero el doctor no tenía un solo conocido que desease tan poco, sino que los paisanos deseaban ser ministros o superintendentes generales de Hacienda en Cuba y los clérigos arzobispos, y los militares capitanes generales y dictadores. Menester hubiera sido que se allanase el doctor a ir de tertulia a las tiendas de aceite y vinagre para encontrar ya muchos envidiosos. Con tan elástico impulso aupaba el trampolín de la política, y tan rápido iba haciéndose el turno en los saltos icarios, que había esperanzas de sobra para cualquier titiritero. El doctor, en medio de todo, conservaba siempre las suyas, risueñas y halagadoras, y presentía que, sin saber aún por qué, ni cómo, ni cuándo, acabarían las gentes por envidiarle. Con estas esperanzas se distraía y consolaba.


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- XXVII - Cabos sueltos[editar]

No faltará quien halle inverosímil la poca o ninguna carrera que hizo en Madrid D. Faustino López de Mendoza. O D. Faustino era tonto o no lo era, dirán. Si era tonto debió pintarle tonto el autor de esta historia; pero, como le ha pintado discreto, aunque extravagante, no se comprende cómo no llegó a elevarse, en esta sociedad agitadísima y revuelta, donde tan fáciles son las elevaciones.

Contra estos argumentos va ya mucho en el capítulo anterior. Sin embargo, prefiriendo nosotros pasar por pesados a pasar por aficionados a lo inverosímil, vamos a añadir otras razones.

En España está el entendimiento muy repartido: casi no existe la gran masa de tontos utilísimos, mansos, gobernables, industriosos, trabajadores, y fáciles de entusiasmar que existe en otras naciones más dichosas, donde el entendimiento está reconcentrado y como vinculado en pocos hombres.

Hay, pues, en España muchos más de entendimiento que por ahí en otras tierras; pero, en cambio, cabemos a bastante menos entendimiento. Apenas si pasa nadie de lo que se llama listo o travieso. Esta listura o travesura, no auxiliada por gran saber, porque somos perezosos, no da para lo bueno el fruto que debiera dar; y por otra parte, como son tantos los que la tienen, en mayor o menor grado, raro es el hombre en quien llega a constituir tal excelencia, que le distinga y eleve, con el asentimiento general, sobre el nivel de los otros, y le haga apto para el mando. De aquí lo instable de toda dominación y la escasa reverencia con que se mira a quien la ejerce. De aquí además el que haya tantos y tantos que aspiren a ejercerla, creyéndose con títulos iguales o superiores a los más encumbrados.

En esta perpetua contienda por subir, toman parte unos cuantos miles de hombres: el proletario de levita. Como hay, cada año casi, caídas y encumbramientos, llegan a ser personajes los más capaces sin duda: llega a serlo también un tanto por ciento de los meramente listos; pero como los listos abundan, los más se quedan tocando tabletas. Lo que sucede es que de los que se quedan no nos volvemos a acordar y nos parece que no han existido. Sólo de vez en cuando reconocemos y recordamos a tal cual de ellos antiguo compañero de colegio, de universidad o de los primeros años de la vida, en alguien que viene, cubierto de harapos, a pedirnos una limosna o un empleo de cinco o seis mil reales, cuando en otro tiempo esperaba llegar a duque o a príncipe, y aun entendía que se quedaba corto.

Que el carácter de las personas influye mucho en la diversidad de éxitos es cosa de que no se puede dudar: pero la suerte, el mal llamado acaso, esto es, la combinación y enlace de los sucesos, que no hay mente humana que prevea, influyen más aún. Por lo demás, lo inexplicable, lo misterioso, lo inverosímil en grado superlativo, en cualquiera otro país donde, como en España, no haya privilegios aristocráticos ni valga el capricho de un rey, es el encumbramiento de la gente inepta por todos estilos. Lo que es el que D. Faustino se quedase siempre con 14.000 rs. de sueldo y no pasase más allá, era natural, verosímil y justo, en todo país, sin que por eso tengamos que calificar de idiota ni de mucho menos al protagonista de nuestra historia.

El momento de los grandes sucesos, que van a terminarla, se aproxima ya; pero antes nos parece indispensable atar algunos cabos sueltos: decir algo de lo que sucedió a varios de los personajes más importantes, durante los diez y siete años, que tan sin dicha perdió en Madrid D. Faustino.

El escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez murió tranquila y cristianamente en su lecho. El padre Piñón, que le asistió en aquel último trance, exigió de él que se casase con Elvirita. El escribano se casó, reconociendo y legitimando a un hijo que de Elvirita tenía, llamado Serafinito, a quien ya hemos visto figurar en la introducción de esta historia. Los bienes del escribano eran tan cuantiosos, que, divididos en partes iguales entre sus tres hijos, bastaron a dejarlos muy ricos a todos.

En el momento de nuestra historia a que hemos llegado, Serafinito permanecía soltero; y Ramoncita hacía años que estaba casada con D. Jerónimo, el cual ejercía con gran éxito y tino la medicina en Villabermeja. Aunque no tenían hijos, que estrechasen los lazos conyugales y completasen su dicha, la médica y el médico vivían muy felices.

Rosita, a pesar de sus lances con D. Faustino, harto escandalosos para que pudieran olvidarse, era tan graciosa, tan discreta, tan firme de voluntad y tan rica, para aquellos lugares, que siguió siendo pretendida de muchos. Sólo de ella dependía el hacer o no lo que se llama un buen casamiento.

El amor al régimen autonómico y tal vez el recuerdo de D. Faustino y de su abandono, indujeron a Rosita a que continuase soltera durante algunos años más. Según hemos dicho, Rosita era una hermosura de bronce. Llegó a los treinta, llegó a los treinta y dos, llegó, en fin, a los treinta y ocho, y aún parecía la misma Rosita del día y de la noche de la Nava. Sin embargo, al frisar en los cuarenta, aunque su cara y su limpio y bien formado cuerpo, con el aseo, el ejercicio constante y los aires campesinos, estaban como siempre, sin que la gordura hubiese venido a desfigurarlos, ni una delgadez malsana hubiese impreso en su piel trigueña, delicada y tersa, ni mancha ni arruga, Rosita hubo de tener melancólicos presentimientos de que la vejez empezaba a surgir en las profundidades y abismos de su ser, por más que por la superficie no apareciera. Aquella mocedad, aquella gallardía, aquella gracia, que aún conservaba, eran como un milagro de su voluntad enérgica, y el milagro podía tener término. Algunas canas, que aparecían entre su negra y hermosa cabellera, eran el único signo exterior que le anunciaba la venida de la vejez. Esto bastó, no obstante, para que Rosita pensase con espanto en la vejez, y sobre todo en la vejez solitaria. Un deseo ambicioso de encumbrarse más, de figurar y de lucir fuera de Villabermeja, de triunfos, de esplendores y de conquistas en más vasto teatro, y de deslumbrar aún con la luz de su belleza antes que del todo se eclipsase, se apoderó entonces del alma de Rosita.

Entre sus pretendientes se contaba D. Claudio Martínez, consecuente hombre político, y diputado a Cortes casi perpetuo por el distrito de que formaba parte Villabermeja. D. Claudio había hablado cuatro o cinco veces sobre Hacienda en las sesiones del Congreso, y había llegado a ser director general en el Ministerio de aquel ramo. Allí se había dado tan buena maña, que había formado un capitalito de un par de millones. Era, pues, un señor de muchas campanillas, un pájaro de cuenta, en potencia propincua de ser ministro, título, banquero, o las tres cosas.

Solterón de cuarenta y pico de años, estaba bien conservado y era alegre, servicial y ameno. Trataba con tal llaneza a todos sus electores, les buscaba tantos empleos, y les desempeñaba tantos encargos, y comisiones, que era adorado por todo el distrito. Su retrato, ora al óleo, ora en fotografía iluminada, resplandecía en las casas consistoriales de los cinco o seis pueblos que el distrito formaban. En todos ellos le recibían con repique general de campanas e iluminación, cuando volvía de Madrid. En todos ellos se daban comilonas, bailes y jiras campestres en su obsequio. Y de todos ellos le enviaban, cuando estaba en Madrid, barriles del mejor vino, piñonate, hojaldres, alfajores, arrope y otra multitud de regalos.

No era Rosita mujer que se dejase deslumbrar por tales grandezas. Cuando no su claro entendimiento, su instinto hubiera sobrado para darle a conocer que D. Claudio era un personaje vulgar: lo que llaman por allá un tío. A veces le comparaba con el cruel alcaide perpetuo, y éste le parecía aún de oro puro y el D. Claudio de muy bajo y ruin metal; pero don Faustino era un dije funesto o inútil, un primor, una joya que no servía para nada, mientras que D. Claudio era y podía ser un instrumento provechoso para conseguir multitud de cosas y realizar mil gratos ensueños. Rosita concibió la idea de su casamiento con D. Claudio como una sociedad en comandita, donde, unidos capitales y aptitudes, podrían encumbrarse pronto los socios al pináculo de la riqueza y de los honores. Esto la sedujo: y si bien D. Claudio distaba infinito de inspirarle amor, como no le inspiraba repugnancia, Rosita se casó con D. Claudio.

Años hacía que ambos esposos vivían en Madrid, donde Rosita era admirada por su talento y su chiste, y donde aún tenía mil adoradores, aunque ya jamona. La casa de D. Claudio era el centro de lo más ilustre y empingorotado que había en Madrid, en la sociedad de medio pelo. Rosita era la lionne, la reina, la emperatriz de las cursis. Lo menos catorce o quince poetas, simultánea o sucesivamente, habían hecho de ella su musa, su Laura o su Beatriz, y le habían compuesto baladas, elegías, cantares y doloras. Rosita procuraba hacer creer que sus amores con todos estos vates habían sido platónicos, y no hay razón para que no la creamos. Propalaban, por último, algunas malas lenguas que el general Pérez era más dichoso, o dígase no era, como los poetas, tan severo secuaz del gran filósofo griego en sus amoríos con Rosita. Ello es que el general Pérez tenía vara alta con todos los ministros y en particular con el de Hacienda y con el director del Tesoro, cerca de los cuales prestaba todo su apoyo a don Claudio, quien siempre tenía pendientes de allí una infinidad de enredos, tramoyas y discretas e ingeniosas combinaciones, para dislocar el dinero, alzándose con él,


Entre la turba perezosa y torpe
De los demás mortales.


D. Claudio iba aproximándose cada vez más a su ideal: a ser un capitalista, cuya misión en el mundo solía comparar él a la de los grandes pantanos artificiales, donde se reúnen y acumulan las aguas, que sirven después para fecundar con su riego inmensos terrenos incultos, antes secos y estériles. Considerándose D. Claudio uno de estos pantanos, trataba de llenarle o llenarse pronto y bien; su mujer, Rosita, le ayudaba como podía.

D. Faustino no había puesto nunca los pies en casa de Rosita; pero la saludaba y era saludado por ella, cuando la veía por acaso en paseo, en los teatros o en alguna tertulia. Jamás se acercaba a ella, ni la hablaba.

Otro personaje importantísimo de nuestra historia, el famoso Joselito el Seco, había tenido un fin trágico, como era de presumir, en cumplimiento de la sentencia o refrán que dice: quien mal anda mal acaba. Como Joselito era la providencia de la gente menuda, como su rumbo y su generosidad no tenían límites, y como una de las dos terceras partes de lo que ganaba en su oficio, las repartía caritativamente entre los pobres, gastando lo restante con esplendidez de gran señor, no había arriero que no le idolatrase, ni ventero ni casero que no le amparase y ocultase, ni coplero rústico que no le celebrase en sus copias, ni señorito de lugar que no procurase ser su amigo, llevado de la cuenta que le tenía y aun de la admiración sincera que sus hazañas, altas caballerías y estupendas magnificencias inspiraban. Entre el vulgo de Andalucía gozaba, pues, Joselito de tanta popularidad como D. Claudio entre sus electores. Así es que no había modo de cogerle, ni vivo ni muerto, y seguía haciendo de las suyas, paseándose por todas partes como por su casa, y campando, en suma, por sus respetos.

De este modo hubiera continuado quizás, aunque hubiese vivido más años que Matusalén, si no acontece lo que vamos a referir ahora, valiéndonos de una carta de Respetilla a su amo, que trasladamos aquí con fidelidad y exactitud.

Dice la carta:

«Villabermeja entera está indignada con lo ocurrido a Joselito el Seco. Voy a contárselo a su merced, porque debe interesarle. Permítame su merced que tome las cosas de muy atrás para que lo entienda todo.

»Joselito era tan bueno y tan escrupuloso, que no se apoderaba de nada de los pobres. Perseguido además en estos últimos años por la guardia civil, no lograba proporcionarse recursos suficientes y andaba muy apurado.

»En sus apuros acudió a un amigo rico, al alcalde de..., en la provincia de Málaga, y le rogó, con muy buenos modos que le enviase tres mil reales a su casería, por donde él pasaría a recogerlos. El Alcalde envió sin dificultad los tres mil reales. Al mes, volvió Joselito a sus apuros: pidió otros tres mil reales y los obtuvo también. Poco después pidió cuatro mil. El alcalde hizo sus observaciones: resistió bastante; pero al cabo entregó los cuatro mil reales que Joselito le pedía. Así siguieron, Joselito pidiendo y el alcalde dando, hasta que llegó la séptima petición. El alcalde entonces hubo de sulfurarse. El mismo diablo sin duda le inspiró una idea terrible.

»Escribió a Joselito, diciéndole, como de costumbre, que el dinero estaría a su disposición en la casería, en tal día y a tal hora; que fuese allí a buscarle; pero el alcalde, en vez de enviar el dinero, envió a la casería con gran sigilo y recato, veinte certeros tiradores, los más famosos que pudo hallar.

»La casería, como muchas de estas tierras, formaba un cuadrado perfecto. El lado de frente o de la fachada era la habitación de los señores para cuando iban allí a pasar una temporada: en el lado derecho estaban las caballerizas y el tinado para los bueyes: en el lado izquierdo las bodegas, y a la espalda el lagar y el molino aceitero. En el centro había un ancho patio interior, sobre el cual daban muchas ventanas de los cuatro cuerpos o lados de la fábrica. En dichas ventanas se colocaron los tiradores con las escopetas prevenidas y bien cargadas. El casero, hombre de mucho estómago y de toda confianza, se había comprometido a introducir a Joselito y a su tropa en el patio, a meterse luego en la casa, y a dejarlos encerrados allí, donde los de las escopetas los habían de freír a tiros.

»El plan era tan hábil, que ya el alcalde daba por segura la muerte de todos los ladrones y creía tocar los laureles que iban a prodigarle por haber librado a las gentes de aquel sobresalto continuo.

»Dios, sin embargo, lo dispuso de otra manera. Cuando Joselito iba a entrar con su cuadrilla en la casería y en el patio, tuvo cierto recelo, y miró al casero con fija atención. Éste perdió la serenidad y se puso más amarillo que la cera. No fue menester más. Joselito sospechó la trama. Conoció, como si lo viese, que había dentro gente oculta para matarle y matar a sus camaradas. Joselito era generoso. Supuso que el casero cumplía con las órdenes de su amo, y le dejó vivo: pero no consintió que ninguno de los suyos entrase en la casería. Todos ellos se fueron sin entrar.

»Joselito juró vengarse del alcalde. Harto calculaba éste que, después del mal éxito de su plan, corría el peligro de que Joselito le asesinase. El alcalde se amilanó de tal modo, que no salía del lugar. Apenas salía de su casa, sino a las horas en que hay más gentes en las calles y tomando mil precauciones.

»Nada bastó a libertarle. Una noche, entre nueve y diez, entró Joselito a pie en el lugar con ocho de su partida. Lleno de atrevimiento, se fue como un rayo a casa del Alcalde. Entró en ella cuando nadie sospechaba que pudiera venir. Sus compañeros maniataron, ataron lienzos a la boca, y amedrentaron a los criados y a las criadas para que no se defendiesen ni chillasen. Joselito halló solo y de improviso al alcalde en su despacho.

»-Encomiéndate a Dios a galope -le dijo-, y reza el credo. No quiero que se pierda tu alma. Lo que es con tu cuerpo y con tu vida vas a pagar ahora la traición que me hiciste.

»El alcalde, que conocía bien a Joselito, se persuadió de que no había remedio. Los ruegos no hubieran valido de nada. La resistencia era inútil también. Joselito le apuntaba con su trabuco, cuya boca casi le tocaba en la sien. Al menor movimiento hubiera Joselito disparado. El alcalde, pues, tomó el partido de guardar un digno silencio.

»Pasado un minuto, y calculando ya Joselito que el alcalde se había encomendado a Dios pidiéndole perdón de sus culpas, volvió a decir:

»-Reza el credo.

»Con voz firme y entera empezó a rezar el alcalde; pero al llegar a decir y en Jesucristo, su único hijo, Joselito disparó el trabuco y le metió en la cabeza todo el plomo y hasta los tacos de que estaba cargado.

»Muerto el Alcalde sobre el sillón mismo de su bufete, Joselito salió de la casa y del lugar con sus ocho compañeros. Fuera le aguardaban otros con los caballos, y montando en ellos, todos se pusieron en salvo.

»El alcalde no tenía más familia que un hijo de 18 años, soltero y guapo mozo. Como aquella noche era sábado, el muchacho, que ya tenía barbas muy recias, estaba afeitándose en la barbería.

»Allí vinieron a contarle la espantosa desgracia que acababa de suceder. Voló a su casa con la cara a medio afeitar, y vio a su padre, a quien amaba de todo corazón, muerto de un modo horrible: con la cabeza deshecha.

»Levantando entonces las manos al cielo, sobre el cadáver, caliente aún, juró el mozo por cuanto hay de más sagrado, no raparse las barbas, no comer en mesa con manteles, no desnudarse la ropa que tenía puesta y no dormir en cama, hasta que matase a los ladrones y al capitán de ellos Joselito.

»Cinco años han pasado desde que esto aconteció, y el mozo ha cumplido su juramento en cuanto de él dependía. Arruinándose, derritiendo la rica herencia que le dejó su padre, ha mantenido compañía de escopeteros de a pie y de a caballo, y ha perseguido y acosado tanto a los ladrones, que una vez dos, otra uno, otra cuatro, ha acabado por despacharlos a todos al otro mundo. Joselito solo vivía. Ya no había forma de que el mozo vengador le encontrase y le matase. De manera que el mozo seguía sin mudarse, sin comer a la mesa, sin dormir en cama y sin raparse las barbas. Cuentan que ponía miedo su vista.

»Así hubiera seguido largo tiempo, porque Joselito era muy sagaz y hábil y no se dejaba coger fácilmente. Además Joselito tenía multitud de protectores y encubridores. Pero Joselito (Dios le haya perdonado con su inagotable misericordia) aunque era un gran pecador, tenía golpes y partidas de hidalgo y bien nacido. Harto de aquella persecución, envió un recado al hijo del alcalde con una gitana vieja de quien mucho se fiaba. El recado era que si quería acabar de una vez y poder raparse las barbas, que viniese, sin su gente, a donde él designara: que, seguros los dos, se verían y terminarían su pleito a navajazos, muriendo el uno o el otro o ambos, como buenos caballeros. Agradó la propuesta al hijo del alcalde, y previos los juramentos más terribles para precaverse de la traición por una y otra parte, el hijo del alcalde y Joselito se vieron en un encinar, y riñeron valerosamente con las navajas, sin más testigo que la gitana vieja, la cual, sentada en un peñón, miró el combate sin pestañear.

»Joselito era un héroe, señorito, y aunque el hijo del alcalde tenía muchos hígados y manejaba bien el abanico, Joselito pudo más, y dicen que le mató limpiamente, de un navajazo magistral por bajo de la tetilla izquierda. Así pasó a mejor vida el hijo del alcalde, sin haber podido raparse las barbas desde que su padre murió.

»Cuando se divulgó esta hazaña, creció la fama de Joselito por toda Andalucía, y pronto acudieron a ponerse a sus órdenes hasta siete hombres de pelo en pecho. Joselito volvió a encontrarse capitán, con una cuadrilla muy respetable de bandoleros.

»Así andaban las cosas, cuando el gobernador de esta provincia discurrió una abominable traición, viendo que Joselito era invencible en buena lid. Ajustó la muerte de Joselito con un malvado criminal, a quien tenía en la cárcel y a quien dio libertad, haciendo correr la voz de que se había escapado. Este traidor se unió a la partida de Joselito, ganó la voluntad de aquel bandido tan caballero, y una noche le asesinó mientras dormía. Imagine su merced, señorito, cuán grande y cuán justa será con este motivo la indignación de Villabermeja».

Respetilla, acostumbrado a mirar como héroes a los bandidos, sobre cuyas hazañas sabía de memoria no pocos romances, se extendía después en lamentar la muerte de Joselito, en condenar la traición que contra él se había empleado, y en celebrar sus virtudes. En obsequio de la brevedad, nos parece justo suprimir todo esto, limitándonos a afirmar que Respetilla no había leído libro alguno socialista, fatalista ni determinista moderno, y que era eco de las ideas vulgares, más rancias y castizas, cuando disculpaba a Joselito de sus crímenes, atribuyéndolo todo al sino y al pícaro mundo; esto es, a la organización fatal del individuo y a las faltas, vicios y durezas de la sociedad en que vive. No nos gusta sermonear en novelas: de un hecho singular sabemos que no deben sacarse consecuencias; pero el deplorable entusiasmo que entre los rústicos y lugareños suelen inspirar los bandoleros y forajidos es tan general y evidente, que a voces proclama que no son ideas nuevas y exóticas, sino resabios antiguos los que le producen, contra los cuales más han de valer la ilustración y la difusión de las buenas doctrinas filosóficas, que la santa ignorancia que suponen muchos que existe y que se debe conservar como oro en paño.

Doña Araceli había muerto también, siete años hacía. La buena señora, sin dolores, sin violencia, con aquel mismo amor suave, que era el fondo de su carácter, había exhalado el último aliento, quedando exánime como un pajarito. En su testamento no se olvidó del querido sobrino de Villabermeja y le dejó en herencia los seis mil duros de la deuda; pero el manirroto de D. Faustino había contraído ya otra deuda mucho mayor para poder seguir viviendo en Madrid con sus pocos recursos.

De María nada volvió a saber D. Faustino, ni antes ni después de la muerte del padre de ella. El único que en Villabermeja debía saber su paradero era el Padre Piñón; pero éste nada quería declarar, por más que en varias ocasiones el doctor le había escrito preguntando.

Había habido un personaje bermejino, del que hemos hablado en la introducción, sobre el cual recayeron en otro tiempo las sospechas del doctor de que hubiese sido el velador, ocultador y defensor de María. Era este personaje el cura Fernández; pero el cura Fernández hacía mucho tiempo que no existía. Averiguada con exactitud por el doctor la fecha de su muerte, aparecía posible que él hubiese sido el embozado que tuvo con Joselito la conferencia de que resultó su libertad. A poco hubo de morir el cura Fernández. ¿Dónde estaba, pues, María?

El lector no puede haber olvidado al personaje principal de la introducción: al verdadero narrador de esta historia, que yo me limito a repetir a mi manera: al famoso D. Juan Fresco, sobrino del célebre cura. ¿Sospechará quizás el lector que María se había ido a América y había buscado un refugio cerca de D. Juan Fresco?

El lector perspicaz quizás lo sospeche; pero don Faustino no podía sospecharlo. D. Juan Fresco no tenía más parientes cercanos que el cura Fernández; no había escrito a nadie; no conservaba relaciones en Villabermeja y nadie le recordaba.

El doctor que, para averiguar todo lo que con María se relacionase, había hecho mil indagaciones, sólo había puesto en claro que Joselito era huérfano de padre y madre cuando a la edad de cuatro años le recogieron en el convento, y que su madre, allá en su mocedad primera, quince años antes de que Joselito naciese, había tenido otro hijo, que se había ido a tierras muy lejanas y de quien hacía cerca de medio siglo que nada se sabía. El doctor no imaginaba siquiera que este otro hijo mayor hubiese llegado a ser un Creso.

Ya hemos dicho que, convencido D. Faustino de que sólo el Padre Piñón sabía el paradero de María, le había escrito varias veces pidiéndole noticias. Siempre se había negado a darlas el Padre Piñón. Al fin, en una carta que recientemente había recibido D. Faustino, el Padre era más explícito y se explicaba de este modo:

«Mil y mil veces te lo tengo dicho: sé dónde está María, mas no puedo revelártelo. Conténtate con saber que vive, que siempre te ama, que merece siempre que la llames tu inmortal amiga.

»El ser hija de quien era, y la consideración de que tú, movido de la ambición y de la inconstancia propia de la edad juvenil, pudieras desdeñarla y hasta aborrecerla, la excitaron a apartarse de ti.

»En esta resolución persiste todavía, si bien amándote siempre. Tal vez no alimenta otra esperanza que la de unirse contigo en otra vida mejor.

»Una idea extraña, poco católica, tiene la pobre María. Dios se la perdone. Ella es tan buena, que merece el perdón de Dios. Dios me perdone a mí también, que disculpo su delirio, por el mucho afecto que la profeso. María sigue creyendo que tú y ella os habéis amado siempre en otras existencias: que vuestros espíritus están y seguirán enlazados siempre, por siglos; y que esta vida que ahora vivís es de prueba para los dos.

»Cree María que hay algo en ti que no eres tú; algo que no es tu esencia, que no es tu alma, sino tu organismo, tu ser material, el medio en que vives, el ambiente que respiras, la sociedad que te rodea, la cual no es favorable, en la vida que vivís ahora, a vuestros inmortales amores.

»Llevada, sin embargo, hacia ti por un impulso irresistible, María fue tuya. Ahora teme por lo mismo volver a verte. Si se reuniera contigo, y algún acto lamentable os separase, poniendo enemistad entre vosotros, la unión de vuestros espíritus, que ella cree que ha de transcender a vidas ulteriores, se rompería quizás para siempre y ocurriría un divorcio eterno. «Prefiero -dice-, al eterno divorcio no verle más, no gozar de su compañía, no volver a ser suya en esta vida terrena».

»María, con todo, se muestra más confiada en otras ocasiones, y hasta concibe cierta leve esperanza de poder unirse contigo en esta vida, sin temor del divorcio eterno, cuando te halles desengañado, cuando el dolor purifique tu alma, cuando las ilusiones que te ciegan y perturban se desvanezcan del todo».

Esto decía el Padre Piñón en su última carta, y éstas eran las únicas noticias que de María había recibido el doctor Faustino, quien seguía su vida madrileña, siendo poco más que escribiente y mal escribiente a las horas de oficina; por la noche pisaverde que iba de tertulia en tertulia, y cuando se quedaba a solas consigo, filósofo, poeta y soñador ambicioso; en suma, si bien seguía amando poéticamente el dulce recuerdo de su amiga inmortal, distaba mucho aún de consentir en trocarle por la posesión real de aquella hermosa y enamorada mujer, si había de dar en cambio todas sus ilusiones, que él no creía tales.


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- XXVIII - La crisis[editar]

En esta sazón ocurrió en Madrid una novedad que hizo época en los fastos del mundo elegante, y de la cual no quedó periódico que no hablara.

Cansado de vivir en París y en Londres el opulento Marqués de Guadalbarbo, volvió a establecerse en la villa del oso y del madroño. Su antigua casa, que bien podía calificarse de palacio, había sido restaurada y adornada de nuevo con suma elegancia y lujo. Muebles los más primorosos, cuadros bellísimos, estatuas de mármol y bronce, ricos y espléndidos tapices, vasos del Japón y de Sévres, figuritas graciosas de porcelana de Sajonia, raros esmaltes de los mejores tiempos, libros costosísimos, o por el esmero de las ediciones y encuadernaciones, o por el escaso número de ejemplares que de ellos se han conservado; todo esto, con mil cosas más que por huir de la prolijidad no se mencionan, estaba amontonado en aquella casa, en aparente, aunque hábil y concertado desorden, ya en gabinetes tapizados de rica seda, ya en salones dorados, ya en otros, en cuyos techos lucían pinturas al fresco de los más famosos artistas.

No tenía aquella casa el aspecto de un almacén de curiosidades, como tienen otras, donde, si hubo vanidad y dinero para comprar, falta aquel amor al arte que se refleja en los objetos y los anima. Allí parecía que todo estaba cuidado, animado y hasta mimado por una hada. La presencia, la huella, el paso y la mano del genio del hogar se advertían en cada primor, en cada adorno, hasta en el ambiente mismo. Se diría que su mirada cariñosa lo había bañado todo de luz suave y de perfume poético. Las plantas y las flores eran allí más bonitas y tenían un verde más vivo y colores mil veces más puros que en los huertos y jardines. Perfiles, casi imperceptibles para los no acostumbrados a observar, revelaban a cada instante el tino, el buen gusto y la solicitud de una mujer aristocrática, linda y discreta.

Esta mujer era nuestra antigua conocida Costancita, después Marquesa de Guadalbarbo. Sobre el valor intrínseco que, como piedra preciosa o como perla limpia y de tornasolado oriente al salir de la mina o del fondo de los mares, tenía ella al salir de su lugar de Andalucía, había añadido la moderna cultura cuanto tiene de más refinado y exquisito.

Diez y siete años transcurridos sin un disgusto para ella, en el seno del más dulce bienestar, adorada de su marido, celebrada por todos, inspirando respetuoso amor a los hombres y envidia a las mujeres, no habían menoscabado en nada su hermosura. Nadie diría que Costancita tenía treinta y cinco años cumplidos. Su boca era tan fresca, su sonrisa tan alegre, entre infantil y maliciosa, sus dientes tan blancos, sus mejillas tan sonrosadas y tan tersa y serena su frente, como cuando salió en el birlocho a recibir a su primo Faustino que venía a vistas desde Villabermeja.

Aunque la Marquesa tenía dos hijos, el mayor de diez y seis años, podríamos seguir ahora diciendo de ella lo que dijimos cuando por primera vez la presentamos a nuestros lectores; que su talle era flexible, no como una palma, sino como una culebra, y que todo lo que de sus formas podía revelarse, presumirse o conjeturarse, estaba artística y sólidamente modelado, sin exceso ni superabundancia en cosa alguna, sino en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones, según las reglas del arte.

En el seno de la opulencia y del regalo, nos atreveríamos a añadir que Costancita había pasado el tiempo sin que el tiempo marcase en ella su rastro destructor, como aquellas princesas encantadas que se conservan en el mismo ser en que las cogió el encanto, si no fuese porque había habido mudanzas favorables. La tez, de trigueña que era, había adquirido una blancura transparente y nítida, propia encarnación de diosa o de ninfa y no de ser mortal; y las manos también, mejor cuidadas ahora, parecían más bellas en contornos y dintornos y en el color y esmalte de la carne y de las uñas. En todo esto, aunque hubiese habido alguna industria o artificio, era tan sabia industria y artificio tan sutil, que el más severo crítico, el más experto en tales cosas, con ojos de lince, no lo descubriría.

La marquesa de Guadalbarbo había deslumbrado y seguía deslumbrando a Madrid con la riqueza de sus trajes, con sus joyas y con sus trenes. La fama de su virtud era mayor y más envidiable aún. La marquesa amaba a su marido como a una providencia benéfica y munífica que la cubría de diamantes, que llovía oro en su regazo, que satisfacía sin titubear sus más costosos y atrevidos caprichos. La suerte del marqués en los negocios relucía en la mente agradecida de la marquesa como habilidad o como genio. El marqués le parecía un encantador que tocaba con su varita cualquier esperanza, cualquier ilusión, cualquier antojo, cualquier ensueño, y al instante le realizaba, trayéndole por ensalmo del mundo de las quimeras y de las sombras al mundo de los seres sólidos y consistentes.

La misma Costancita tenía de sí un alto concepto que la hacía invulnerable a no pocas seducciones.

Una mujer pobre, aunque sea el desinterés personificado, suele dejarse deslumbrar por la riqueza, por el esplendor, por la magnificencia de un galán rico. No tomará nada de él, pero podrá sentirse avasallada y pasmada de los coches, de los caballos, del palacio, de la pompa, de la atmósfera, en suma, que circunda al galán. A Costancita nada de esto le hacía efecto. Era o se creía tan rica como cualquiera, y no había lujo, ni gala, ni prodigio de la industria o del arte que lograse aturdirla, que excitase su admiración o su curiosidad.

Una mujer plebeya suele hallar un atractivo invencible en el galán que lleva un nombre ilustre. Una mujer que no está en la más alta sociedad, se hechiza con el galán que brilla en los aristocráticos salones; quizás el deseo de presentarse como rival, de vencer y de mortificar a alguna gran señora, puede más en ella que todos los propósitos de virtud. Para Costancita, que, por sí y por su marido, se creía de la prosapia más esclarecida y que había vivido y resplandecido en los círculos más encumbrados de París y de Londres, nada de lo dicho podía perturbar el endiosado corazón. Todo lo miraba como por bajo de ella. Nada había que no desdeñase.

La fama de la marquesa de Guadalbarbo se extendía por toda Europa. La marquesa había brillado en Baden, en Brighton, en Spa y en Trouville: en los salones del Faubourg Saint-Germain; en los castillos de los lores más ilustres de Inglaterra y de Escocia. En Berlín, en Petersburgo, en Niza, en Florencia y en Roma, tenía amigas que la escribían: adoradores que aún suspiraban por ella. Costancita estaba harta de brillar, y casi, casi se puede asegurar que había venido a Madrid con el propósito de eclipsarse.

En las edades y en los centros de más complicada y refinada civilización, en Alejandría, por ejemplo en tiempo de los sucesores del hijo de Filipo, y en Versalles, en tiempo de Luis XIV y de Luis XV, es cuando, por contraposición, se ha despertado el gusto y hasta la manía de la poesía bucólica; del idilio, de la vida campestre, del amor sencillo entre pastores y zagalas. Un fenómeno parecido podía observarse en el corazón de la bella marquesa. Vivía gustosa en Madrid, pero de vez en cuando atormentaba su corazón cierto prurito de vida patriarcal y primitiva. La marquesa de Guadalbarbo componía a veces idilios inefables, allá en el fondo de su alma, en cuya composición entraban por mucho los recuerdos de su pequeña ciudad natal, de su jardín, del azahar y de las violetas que le embalsamaban, del cielo despejado de Andalucía y de toda aquella existencia menos artificiosa y más próxima a la madre naturaleza.

Cansada Costancita de que la admirasen, de ver rendidos a sus pies lores ingleses, príncipes rusos, leones parisienses, todo lo que hay de más distinguido, soñaba con otra novela; echaba de menos en su vida cierta poesía; y la buscaba por otra parte: no en aquello de que estaba satisfecha hasta la saciedad.

Mientras el afán de lucir y ser adorada no se había amortiguado en su pecho, la novela, la poesía, el ideal de la marquesa de Guadalbarbo, se había realizado en aquellas adoraciones y rendimientos de que había sido objeto. Su severa virtud y su fiel amor al respetable marqués habían sido la primera condición de aquel ideal realizado. Faltar en lo más mínimo al marqués de Guadalbarbo, deslustrar su nombre aun sólo con la ocasión de una sospecha, hubiera sido para Costancita como arrojarse al suelo desde el altar de oro en que estaba subida. Era menester hacer creer, era menester que Costancita misma creyese, y nos parece que lo creía, que la admiración que le inspiraba la constante dicha del marqués en los negocios y la gratitud que infundía en el pecho de ella aquella esplendidez con que le proporcionaba cuanto quería, era un verdadero amor, era una devoción sincera, que hacían de ella y del marqués un ser mismo, o por lo menos una unidad inseparable, por donde todas aquellas magnificencias y esplendores no venían como de fuera y de extraño poder, sino que brotaban de la propia condición de Costancita y eran cualidades y prendas de su persona.

Así había vivido Costancita, durante diez y siete años, amando al marqués, siendo modelo de madres de familia, pasando entre los libertinos por una diosa de mármol, y citada como dechado de fidelidad y afecto conyugales por todos los sujetos graves y severos que la conocían.

La propia condesa del Majano, hermana del marqués, de quien ya hemos hablado a nuestros lectores, aunque era la dama más austera y descontentadiza de Madrid, estaba encantada de Costancita, y nada tenía que censurar en ella, salvo un poco de tibieza en rezos y devociones; pero el estímulo de formular esta censura se embotaba en el corazón de la condesa del Majano, quien como casi todas las mujeres devotas era muy avara, con los presentes y limosnas que Costancita daba para las iglesias, conventos de monjas y casas de caridad, de todos los cuales presentes era distribuidora la condesa, luciéndose así y pasando por generosa sin gastar un cuarto.

El marqués de Guadalbarbo había cumplido ya sesenta y seis años de edad, pero se conservaba que era un portento. Su vida activa, el montar a caballo y el cazar con frecuencia, el buen trato y las satisfacciones de todo género, le tenía como remozado.

Cada día el marqués se aplaudía más a sí propio por el buen tino que tuvo en elegir mujer. Costancita, que mimaba las flores, los canarios y hasta las joyas y las telas insensibles, ¿cómo no había de mimar, cuidar y arrullar y contentar a un marido tan bueno, tan providente, tan servicial y tan pródigo? Costancita se desvivía por el marqués, le adivinaba los pensamientos, procuraba que se distrajese, le hacía reír con chistes y burlas, le consolaba cuando tenía algún disgusto, siempre levísimo, y le cuidaba como a un niño cuando tenía alguna enfermedad, también siempre ligera.

Mas a pesar de todo esto, fuerza es confesar de plano lo que ya hemos dejado entrever; lo que hemos indicado hace poco. Costancita se hallaba en un momento peligroso de crisis.

El ideal de su vida de hasta entonces estaba ya agotado: había dado de sí cuanto podía dar. El incienso de la lisonja, los triunfos de la sociedad, las mil pasiones inspiradas por su belleza y sólo pagadas con gratitud, de todo esto, permítasenos lo vulgar de la palabra, estaba ya más que empalagada Costancita. Hacia deleites más subidos, hacia un ideal más bello, hacia una poesía más fogosa aspiraba su alma. Al tramontar del sol en una hermosa tarde, cuando el sol tiñe aún de topacio y de púrpura los celajes de Occidente, se llena el corazón de vaga melancolía y suele forjarse mil extrañas quimeras, en arrobos inexplicables; así el alma de Costancita, en el luciente y apenas empezado ocaso de su duradera y briosa juventud, buscaba melancólica un bien extraño, una poesía bella, una luz, un calor suave, un contentamiento divino, que alegrasen y alumbrasen la serena tarde de su vida.

Una circunstancia casual vino a dar mayor impulso al vuelo del espíritu de Costancita en esta dirección romántica y a engolfarle más por el misterioso piélago de sus ensueños, lleno todo de sirtes, escollos y bajíos.

Los marqueses de Guadalbarbo recibían una vez por semana y reunían en sus salones a lo más distinguido de Madrid por hermosura, nacimiento, fortuna, letras y armas. Los marqueses tenían además de diario gente convidada a comer. El general Pérez era de los que más frecuentaban la casa.

El general Pérez, la índole de cuyas relaciones con Rosita hemos dejado en una discreta penumbra, no sólo era un oráculo en política, un poder de quien a veces pendía la muerte o el nacimiento de los ministerios, sino el más pertinaz, confiado, audaz y fatuo de los galanteadores. En este linaje de lides, así como en los verdaderos campos de batalla, el general Pérez se juzgaba un César, y el vine, vi y vencí no se le apartaba del pensamiento cuando no de los labios.

Este tremendo general, este héroe impertérrito y halagado por mil éxitos ruidosos, se consagró completamente a la marquesa de Guadalbarbo. La perseguía con miradas volcánicas, la requebraba con cierto desenfado militar, y no quería creer jamás que los desdenes, las burlas y hasta las iras a veces de la marquesa, fuesen iras, burlas y desdenes legítimos, sino artificios, fingimiento y tácticas amorosas, para hacer más deseable la victoria y para dar más precio a la fortaleza que al cabo se había de rendir.

La persistencia vanidosa del general Pérez tenía fuera de sí a Costancita. Juzgaba ya que, dentro de la buena educación y de los respetos sociales, había hecho cuanto puede hacerse y aun más de lo que puede hacerse para refrenar al feroz e intrépido guerrero o alejarle de sí desengañado; pero el ahínco del general Pérez era descomunal: rayaba en lo inverosímil.

Acostumbrado el marqués de Guadalbarbo a que le adorasen a su mujer y confiadísimo además en la virtud de ella, no advertía o no hacía caso del apretado y durísimo asedio en que el general la había puesto. Costancita además era prudente, y no había de acudir a su marido para que la libertase de las impertinencias de aquel presumido galán, para que osease a aquel moscón, empeñándole acaso con él en un lance, a par que peligroso, ridículo.

Costancita, pues, seguía sufriendo, si bien con impaciencia y disgusto, las pretensiones del general, esperando cansarle y apartarle de sí a fuerza de seriedad y desvío. Hasta entonces no había comprendido Costancita una parte de la mitología: las persecuciones del dios Pan a las ninfas, de Apolo a Dafne, y del cíclope Polifemo a Galatea. Ahora, mutatis mutandis, en vista del modo de vivir actual mucho más ordenado y político, casi se consideraba ella como una Galatea, y miraba como a un furioso Polifemo al general Pérez.

Lo que más la molestaba, lo que más hería su orgullo era la majestad del general, su creencia mal disimulada de que casi la honraba pretendiéndola y sufriendo sus desdenes. Ella que se creía por cima de todos los generales, ella que sabía que la riqueza y la posición de su marido no dependían del favor de ningún repúblico o gobernante poderoso, ella que comprendía que su marido no necesitaba del ministro de Hacienda sino que en todo caso el ministro de Hacienda necesitaría de su marido, perdía la serenidad y se mordía los labios de rabia cuando el general Pérez se le acercaba hasta con aire de protección, y como diciéndole: -Admírese Vd.: ¿qué no valdrá Vd.; cuán grande no será mi amor, cuando sufro tanto, siendo quien soy y pudiendo cuanto puedo?

Acudía por entonces a casa de Costancita, todas las noches de tertulia, y venía asimismo a comer una vez por semana, nuestro protagonista, su desdeñado primo D. Faustino López de Mendoza.

La suerte habíale mostrado siempre tan adusto ceño, que D. Faustino, a pesar de sus ilusiones, había acabado por crearse un carácter del todo contrario al del general Pérez. Se había hecho tímido, desconfiado, modesto y encogido. Su humildad le dio cierto encanto a los ojos de Costancita y le ganó las simpatías del marqués de Guadalbarbo, quien llegó a hacer de él los mayores elogios y a sacarle siempre a relucir como ejemplo de los caprichos e injusticias del destino, que le tenía en tan bajo lugar, mientras que había encumbrado a tanto zopenco.

Costancita en un principio contradecía a su marido, sosteniendo que el no haber hecho carrera don Faustino era por culpa de su carácter, hallando y marcando en él infinidad de defectos: pero el marqués propendía a probar que no había tales defectos, sino que todas eran excelencias y perfecciones. La marquesa se fue poco a poco convenciendo de lo que su marido afirmaba. De esta suerte, el doctor Faustino vino al fin a parecerle un sabio marchito en flor, un león a quien han cortado las uñas, un genio a quien han arrancado las alas pujantes con que iba a encumbrarse al empíreo.

¿Y quién había sido la maga maléfica, la hechicera traidora que había hecho tan impía y bárbara amputación de alas y de uñas? Costancita se dio a cavilar en esto, y a sentir remordimientos que hasta entonces no había sentido, y a considerarse bastante culpada. Entonces recordó con ternura, con cierta tristeza entre dulce y amarga, con lánguida y morosa delectación, las veladas y los coloquios por las rejas del jardín, las lágrimas que vertió la noche de las calabazas, el beso humilde y manso que le dio en la frente su primo en pago de la herida que ella le hacía en el alma; y creyó oír el murmullo de la fuente de su jardín, y se sintió en la amena soledad nocturna, y vio el sereno cielo de Andalucía tachonado de mil y mil claras estrellas y aspiró embriagada el perfume de aquel azahar y de aquellas violetas. Todo esto, poetizado, hermoseado, sublimado por la distancia, acudía a la memoria como cuento de hadas, con destellos refulgentes, con el encanto de la primera juventud evocada por el recuerdo.

Una piedad infinita penetraba en el corazón de la marquesa. Quizás ella había torcido la suerte de Faustino. Amado por ella, animado, estimulado por ella, Faustino hubiera realizado todos sus sueños de gloria. Sus ilusiones hubieran sido realidades. Ella quizás había tronchado aquella flor cuando se abría al blando soplo de las más nobles esperanzas; ella quizá había destrozado las alas de aquel genio; ella quizás había roto las mágicas cuerdas de aquella melodiosa arpa, arrojándola después en un rincón, como el arpa de los versos de Bécquer.

Forjábase entonces la marquesa una existencia fantástica, mil veces más bella que la que había pasado. Se representaba a sí misma como la musa, el impulso, la inspiración, el resorte enérgico y fecundo en milagros y creaciones, de un hombre que tal vez hubiera llenado de gloria a su patria. Esto le pareció más bello, más poético, más noble que todos los casos, lances y sucesos de su vida real.

Por primera vez, allá en lo íntimo de su conciencia, sin atreverse a confesárselo con claridad, columbrándolo apenas, pensó Costancita que sólo el egoísmo, el miserable interés, el ansia de goces materiales, el afán del lujo y la vanidad, la habían guiado y arrastrado a preferir a Faustino al marqués de Guadalbarbo.

Costancita, con todo, no había coqueteado aún en Madrid con D. Faustino. Costancita seguía amando y reverenciando al marqués. Y D. Faustino, tan castigado por la mala ventura, no soñaba en que su prima, que no le quiso en su tierra, pudiera quererle ahora, cuando ya el indigno misterio de su porvenir estaba claro; cuando ya se había demostrado, con el éxito, todo lo vano, infundado y falto de ser de sus esperanzas y de sus planes de glorias y triunfos.

Sin embargo, estimulada Costancita por las asiduas pretensiones del general Pérez, concibió una idea de todos los diablos. El marqués no había de echar de su lado al general. Cualquier coqueteo con otro personaje de primera magnitud no haría sino darle picón y entusiasmarle más todavía. El modo de ahuyentar al general y de vengarse de él, humillando su soberbia, era buscarle un rival oscuro, modesto, a quien ella, con su omnipotencia de gran señora, realzaría por medio de una mirada, por el conjuro de un favor. Así remedaría Costancita a Dios mismo, arrojando del encumbrado sitial al poderoso y exaltando al humilde. Costancita se resolvió, pues, a dar aliento a su pobre primo, a sacarle de aquella postración y abatimiento en que se hallaba, a hacerle sentir lo que valía, y a ponérsele como rival y contrario al engreído general, a ver si reventaba de furor al verse suplantado por un empleadillo de catorce mil reales, por poco más de un escribiente. A ella además le parecía que aquel escribiente, aquel empleadillo de catorce mil reales, valía mil veces más por todos estilos que el general Pérez, con todas sus conquistas; y que ella no necesitaba que la gloria y la fama del general Pérez ni de nadie reflejasen en su persona para esclarecerla. Costancita se creía con sobrado esplendor propio para brillar por sí y para iluminar, hermosear y ensalzar cuanto se le acercase.


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- XXIX - A secreto agravio secreta venganza[editar]

El marqués de Guadalbarbo estaba cada día más dispuesto a coadyuvar, sin saberlo, al diabólico propósito de Costancita.

El entono y la arrogancia, que tenían o que él imaginaba que tenían los personajes más eminentes de Madrid, parecíanle tan injustificados que apenas si los podía sufrir. Admirador el marqués del buen orden, grandeza y florecimiento de la Gran Bretaña y de otros Estados de Europa, lamentaba como nadie el atraso, el desorden y el desgobierno de su patria. Imaginaba, pues, que nuestros próceres y repúblicos, lejos de mostrarse soberbios, debían estar avergonzados de su ineptitud y llenos de la humildad más profunda.

El marqués, como casi todos los hombres cuyos negocios prosperan, sobre todo si no tienen que acusarse de bajezas ni de bellaquerías, estaba dotado de un amor propio colosal, y naturalmente le molestaba el de los otros, que ni con mucho se le antojaba tan fundado.

Jamás había leído el marqués el curiosísimo libro del Padre Peñalosa, titulado Cinco excelencias del español que despueblan a España; mas, aunque le hubiera leído, no cabía en la índole de su entendimiento el creer la singular teoría de aquel ingenioso fraile, el cual daba por seguro que por ser los españoles tan hidalgos, tan católicos, tan realistas, tan generosos y tan guerreros, están siempre tan perdidos. Así es que la perdición, según el marqués, provenía de malas y no de buenas cualidades; por donde no cesaba de gruñir y de censurar a sus paisanos, si bien descargaba los rayos de su censura sobre las eminencias y se mostraba benévolo e indulgente con los humildes y poco afortunados.

Como entre estos últimos se contaba el primito D. Faustino, el marqués sentía por él, según ya hemos dicho, una singular predilección, que iba en aumento siempre. La prevención con que había mirado al primito, cuando le conoció en Andalucía, se había disipado por completo. La petulancia de la primera juventud, los alardes de impiedad y descreimiento y otras faltas de D. Faustino, se habían enmendado con los años y los desengaños. Y por otra parte, el marqués distaba mucho de ver ya en D. Faustino, como había visto en otro tiempo, a un rival que venía a robarle sus amores: antes bien veía ahora a un joven infeliz, de quien él había triunfado, y cuyo valer y nobles prendas, mientras en más se estimasen, daban más precio, mérito e importancia a su victoria. Cuanto más alto ponía el marqués a D. Faustino, allá en su imaginación, tanto más ensalzaba el afecto y la libre decisión de Costancita al desdeñar a D. Faustino y al preferirle a él.

En tal estado las cosas, las visitas del doctor a su prima menudeaban cada vez más, y si por cualquier motivo nuestro héroe no parecía durante dos o tres días por casa del marqués, el marqués le buscaba o le escribía llamándole.

Entretanto, el infatigable general Pérez, verdadero poliorcetes amoroso de nuestro siglo, aunque había sido rechazado en todos sus asaltos, arremetidas y ataques, seguía con regularidad y sin interrupción el cerco de la plaza. Como era un señor de tanto fuste, respeto y soberbia, nadie se atrevía casi a acercarse y a hablar con Costancita, considerándolo tiempo perdido, merced a aquel tremendo espantajo. El general Pérez, con sus miradas y con andar siempre en torno de Costancita, hacía una perpetua declaración de bloqueo. Claro está que los galanes de Madrid no se arredraban por temor de que el general Pérez se los comiera crudos, ni mucho menos: pero cuando veían a un conquistador como él tan empeñado en aquella empresa, sin desmayarse ni retirarse, tal vez suponían que no era tan mal recibido, y no había uno que se atreviese a presentarse como rival para salir derrotado.

Costancita, más harta cada día, empezó a ponerse fuera de sí al ver que el cerco se estrechaba y que la incomunicación en que el general Pérez quería tenerla iba poco a poco realizándose.

El propio D. Faustino, con la modestia y la timidez que su mala ventura le había infundido, sospechó, no que su prima amase al general y estuviese con él en relaciones, sino que se deleitaba y enorgullecía de la asidua corte de tan eminente personaje. Así es que, no bien veía al general al lado de la marquesa, juzgaba atinado y prudente irse por otra parte, a fin de no estorbar. Costancita rabiaba y se desesperaba más con esto, allá en su interior. El resultado era que hacía extremos cariñosos por su primo, que le miraba con ojos llenos de ternura, que le apretaba la mano con efusión, y que hasta le hacía elogios a cada paso: pero al doctor se le metió en la cabeza que todo ello era compasión, bondad, deseo de levantarle un poco de la postración en que se hallaba; quizás algo de leve remordimiento por las crueles calabazas que Costancita le había dado en otra época.

La marquesa de Guadalbarbo empezó a picarse no menos de esta impasibilidad del doctor que de la persecución sin tregua del general. Sin poder contenerse, vino entonces a hacer más declarados favores a su primo; pero, por declarados que fuesen, el doctor, o se los explicaba como antes por la compasión, o se daba a cavilar en una cosa que desechaba luego, como un mal pensamiento, si bien volvía a su imaginación con persistencia. «¿Querrá mi prima -se decía-, que yo le sirva de pantalla, para que lo del general no se perciba tanto?»

Lo cierto es que esta conducta de D. Faustino, seguida instintivamente en fuerza de lo abatido y descorazonado que se hallaba, hubiera sido, seguida con toda reflexión y cálculo por un seductor de oficio, la más hábil y la más a propósito para rendir a Costancita.

Costancita continuó, pues, favoreciendo a su primo por todos aquellos medios indefinibles, vagos y poéticos, que a veces hasta las mujeres tontas y vulgares saben emplear, si el amor o el deseo de ser amadas las inspira, y que la marquesa de Guadalbarbo, tan entendida, tan elegante, tan artista en todo, empleaba de una manera deliciosa. El doctor no se creyó amado aún, pero empezó a recordar los antiguos amores, y a pintarse en el alma los coloquios de la reja del jardín con todas sus circunstancias, y a creer que amaba aún a Costancita, a pesar de María.

Esta nueva situación del ánimo del doctor se hizo patente muy pronto a los ojos de la marquesa, quien advirtió en su primo una dulzura de expresión muy grande cuando la miraba, una gratitud profunda cuando ella hacía de él algún encomio, y un cuidado y una solicitud rebosando sencilla y natural galantería para hacer por ella mil pequeños servicios. En persona tan distraída como el doctor y que tanto distaba de ejercer tales artes por costumbre, casi, casi era esto una semi-declaración de amor.

Como se pasaba cuatro o cinco horas diarias en la oficina extractando expedientes, y luego otras tantas en la soledad de su cuartucho del pupilaje, tratando en balde de dar ser a su epopeya o de componer su nuevo sistema filosófico, el doctor se creía trasladado al cielo desde el purgatorio cuando entraba en aquellos elegantes y ricos salones, donde los criados le trataban con una consideración de que no había gozado desde que salió de Villabermeja, donde todo despedía dulce olor; donde había tantas cosas bonitas, y donde, sobre todo, hallaba a una tan bella mujer y tan aristocrática, que se interesaba por él, que le preguntaba por su salud con verdadero afecto, que deseaba leer sus versos y saber sus filosofías, y que hacía todo esto de un modo tan llano y tan discreto, que no advertía jamás el doctor, aunque era muy caviloso, que hubiera afectación en nada, ni que hubiera sensiblería ni pedantería, ni que pudiera aparecer el más ligero asomo de ridículo.

Sentía el doctor tanto bienestar y consolación tan suave en casa de Costancita, y en este punto de sus relaciones con ella, que estaba como el enfermo cuando halla una postura cómoda y grata, tiene miedo de perderla y no se atreve a moverse, o como quien ha tenido un sueño beatífico cuando se despierta y procura colocarse del mismo modo y conciliar el sueño de nuevo para que se repitan idénticas visiones. En suma, el doctor se contentaba con aquello y no aspiraba a más, por miedo de perderlo todo.

Una de las noches en que recibía la marquesa, en el mes de Mayo, el general Pérez estuvo pesado y atrevido como nunca: se quejó de que la marquesa no le recibía sino los días de recepción, y se obstinó en alcanzar una cita.

-Yo tengo que hablar a Vd. con cierto reposo -dijo a la marquesa-. Esto es terrible. Aquí tiene usted que hacer los honores, y con ese pretexto no me hace Vd. caso; no me oye nunca; cualquier majadero que se acerca me interrumpe en lo mejor de mi discurso. Óigame Vd. antes de condenarme. A nadie se le condena sin oírle.

-Pero, general -contestó Costancita-, si yo no le condeno a Vd., si yo le oigo, ¿de qué se queja?

-Es Vd. muy cruel. Vd. se burla de mí.

-No me burlo.

-¿Por qué no me recibe Vd. cuando vengo de día?

-Porque de día no recibo más que los martes. Venga Vd. cualquier martes y le recibiré.

-Eso es: me recibirá Vd. como a cualquiera otro.

-¿Y qué derecho tiene Vd. a que yo le reciba de diferente manera?

-¡Ingrata! ¿Y mi afecto, y mi amistad, y mi admiración, no me dan derecho?

-Por eso mismo quizás debo resistirme a recibir a Vd. Es Vd. muy peligroso -dijo Costancita riendo.

-¿Lo ve Vd.? Se ríe Vd. de mí, marquesa.

-No me río de Vd.; pero no debo recibirle. Por lo mismo que Vd. me hace la corte con tanta asiduidad, no debo recibir a Vd. para no dar ocasión a la maledicencia.

-Nadie dirá nada. Recíbame Vd. una vez sola. Su reputación de Vd. está tan bien sentada, que no murmurará nadie.

-Mire Vd. -dijo Costancita un poco contrariada de que el general tomase por lo serio aquella excusa-, harto sé que mi reputación no puede ni debe depender de tan poco. Vd. quiere verme mañana, cuando no recibo a los demás mortales. Pues sea. Venga Vd. mañana. De tres a cuatro. Encargaré a los criados que le dejen entrar.

-¿Y nada más que a mí solo?

-Nada más que a Vd. solo.

Dicho esto, la marquesa se fue hacia otra parte, dejando satisfecho al general Pérez, aunque acababa de darle la cita para que no creyese que temía avistarse con él a solas o para que no presumiese que su reputación pendía de tan poco que fuera a perderla por recibirle.

El general Pérez, como todo lo convertía en substancia, se quedó muy hueco. Allá, en el fondo de su alma, imaginaba él y pintaba con vivísimos colores una lucha muy brava que el amor y la virtud se estaban dando en el corazón de Costancita por culpa suya. La concesión de la cita le pareció una gran victoria del amor. No comprendió que Costancita había cedido a fin de demostrarle que él era para ella un hombre sin consecuencia. El general la había estrechado tanto, que, negándose a recibirle, hubiera sido como decir con la Leonor de El Trovador:


Libértame de ti: si por ti tiemblo,
Por ti, por mi virtud... ¿no es harto triunfo?


Por no aparecer en la mente del general como diciendo estos dos versos, pasó Costancita por la mortificación de verle y oírle a solas.

El general no faltó a la cita. Aunque había sido siempre con otra clase de mujeres imitador o émulo del joven Tarquino, ya sabía él, a pesar de su fatuidad, con quién se las había, y estuvo respetuoso, almibarado, humilde y rendido. Costancita, con más primores y discreteos que otras, dijo en aquella ocasión lo que en ocasiones semejantes dicen siempre todas las mujeres: que estimaba al general, que sentía por él una amistad viva, que le agradecía lo mucho que la distinguía; pero que a nadie amaba de amor, y que en este punto debía el general perder toda esperanza.

El desengaño dado por Costancita no pudo ser más explícito ni más claro. La vanidad del general no quería, con todo, recibirle. El general siguió viendo en espíritu el rudo combate entre el honor y la virtud, el amor y la castidad, que destrozaban el alma de Costancita; casi tuvo compasión de aquel tumulto de pasiones que había suscitado, y por un arranque de generosidad, se decidió a tener calma, a encaminar las cosas suavemente, y a no entrar en la plaza por asalto, llevándolo todo a sangre y fuego. El general se propuso ser magnánimo, usar de misericordia y venir de diario a moler a Costancita, mostrándose más fino que un coral y más dulce que una arropía.

La marquesa de Guadalbarbo no acertaba a librarse de aquellas visitas impertinentes que tanto la molestaban. En su orgullo no quería decir al general que no viniese a verla a menudo para no comprometerla; y no había medio tampoco de hacerle comprender que sus visitas la aburrían. En esta situación, el medio de osear al moscón del general, valiéndose del doctor Faustino, se le hizo a Costancita más deseable que nunca. Su primo, por otro lado, iba ganando cada vez más en su corazón.

Un día, de sobre mesa, mientras el marqués hablaba de política con otros convidados, Costancita y el doctor tuvieron el diálogo siguiente:

-¿Es posible, Faustino, que tengas tan mala opinión de mí y que me creas tan vana y tan poco orgullosa a la vez, que supongas que me complazco en la corte que me hace el general Pérez? ¿Qué lustre me doy con eso? ¿Necesito yo del general para algo? Mil veces te he dicho que me aburre, que me molesta, que no puedo sufrirle y tú me oyes siempre con visibles muestras de incredulidad.

-Francamente, prima -contestó el doctor-, te lo diré, aunque te enojes: yo no comprendo que el general esté hecho tan a prueba de desdenes. Cuando viene a verte casi todos los días, cuando está siempre donde tú estás, cuando se consagra a adorarte de continuo, no se verá tan mal tratado.

-Pues se ve: pero él trueca siempre en favores los desvíos, en esperanzas los desengaños y en triaca el veneno. Como no le eche a puntapiés, se me figura a veces que no tengo medio de echarle.

-Ya le echarías, si quisieses -dijo el doctor.

-Pues, quiero -respondió Costancita-. ¿Te prestas a ayudarme en la empresa?

-Con mucho gusto. No hay mayor felicidad para mí que la de poder ser útil en algo a mi linda prima, que es tan buena y tan cariñosa conmigo.

-Bien está. Ya sabes tú cuánto te agradezco el afecto que me tienes, cuánto te agradezco tu generosa amistad. ¡Qué noble eres, Faustino! Tú deberías guardarme rencor y no me lo guardas.

-¿Y por qué guardarte rencor? No recuerdo yo la despedida por la reja, de hace tantos años, sino para confesarme que tuviste razón en despedirme. La experiencia de mi vida, mi obscuridad, mi miseria, el mal éxito de mis propósitos, han justificado la prudencia y previsión de tu padre. Hubiera sido una locura que hubieras unido tu suerte a la mía. No me quejo, pues: antes bien te agradezco y guardo en el corazón, como el recuerdo más bello de mi vida, la pura esencia de aquellas lágrimas que por mí derramaste y el delicado aroma en que se bañaron mis labios cuando por primera y última vez tocaron tu serena frente. Pero, no hablemos de esto. Vamos a lo que más importa. ¿Qué pides? ¿Qué mandas?

-Yo no mando nada: yo te suplico que vengas mañana a verme.

-¿A qué hora?

-Ven a las dos y media. Que no faltes.

Costancita citó al doctor para media hora antes de la hora en que el general Pérez solía venir a verla casi todos los días.

Bien sabe el autor o narrador de esta historia que aquí, como en otros pasajes de ella, han de incomodarse los lectores con el héroe principal, de quien exigen en novela una fidelidad y una constancia prodigiosas, y a quien han de condenar porque ya amaba a María, ya a Costancita, ya a las dos a la vez, y porque amó durante algunos días a la misma Rosita: pero tire contra él la primera piedra quien en la vida real haya tenido menos variaciones, y menos fundadas variaciones en sus amores. El desdichado doctor Faustino había perdido a María quizás para siempre, por motivos que el hado adverso había creado. Harto había amado a María, harto había guardado y guardaba su imagen en el centro del alma, levantándole allí altar como en un santuario; pero también había amado a su prima Costanza antes de conocer a María, y no es extraño que renaciese ahora en su corazón el primitivo afecto. Además, desde el principio de esta historia, debe saber el lector que no tratamos de poner al doctor Faustino como ejemplo de virtud y como dechado de perfecciones, sino como muestra de lo que pueden viciarse y torcerse un claro entendimiento y una voluntad sana con las que vulgarmente se llaman ilusiones: esto es, con un concepto demasiado favorable de sí mismo, con la persuasión de que los propios merecimientos deben allanarnos el camino para el logro de toda esperanza ambiciosa, y con la creencia de que el grande hombre está en nosotros en germen, y de que, siendo así, sin perseverancia, sin trabajo, sin esfuerzos incesantes, sino llevados de la propia naturaleza, hemos de trepar a todas las alturas y rodearnos del fulgor inmortal de toda gloria.

Esta condición de carácter del doctor Faustino es comunísima en el día, porque las ambiciones están despiertas y soliviantadas, y en el doctor persistía, a pesar de mil desengaños amargos. Espíritu poético además, sin fe segura y firme en nada, sino en su propio valer, lo cual es también harto común por desgracia, el doctor era como personaje de antiguo cuento que vaga perdido en una selva, en la obscuridad de la noche, y corre ya en pos de una lucecita, ya en pos de otra, de las que ve brillar a lo lejos, creyéndolas alternativamente faros que han de salvarle. La lucecita, que ahora deslumbraba al doctor y hacia la cual corría lleno de esperanza, era de nuevo los ojos de su prima la marquesa. El doctor acudió a la hora de la cita con algunos minutos de anticipación.

Recibiole su prima en un primoroso saloncito contiguo a su tocador, donde ella solía estar a solas leyendo, escribiendo o soñando, y donde recibía a los íntimos. Era lo que llaman boudoir, valiéndose de un vocablo extranjero. Costancita estaba vestida de mañana, con traje gracioso y leve, propio de primavera. Las persianas, echadas, daban una media luz muy agradable a todos los objetos. Plantas y flores adornaban el saloncito. La marquesa parecía más fresca, lozana y encantadora que todas las flores.

El doctor hizo mil cumplimientos a su prima. Ella en cambio le prodigó mil dulces sonrisas y mil afectuosas miradas. No se habló de amor, ni pasado, ni presente. Se habló de amistad, de cariño indeterminado entre ambos; pero, en virtud de esta amistad, de este cariño, sin nombre, aunque puro y espiritualísimo, el doctor tomó la mano de la marquesa entre las suyas, y la marquesa se la dejó allí abandonada. El doctor la cubría de besos, cuando sonó la campanilla de la puerta principal. Costancita se rió:

-Este es -dijo- mi tremendo general que llega.

El doctor, que tenía su silla muy cerca del asiento de Costancita, la apartó maquinalmente.

-No, no -dijo Costancita, riendo con más gana todavía-, no apartes tu silla; acércala más y que rabie. No te levantes hasta que entre para que te vea sentado muy cerca de mí.

Don Faustino obedeció a la marquesa, aproximándose a ella cuanto pudo.

Un criado anunció al general Pérez, el cual entró enseguida en el saloncito, con aire triunfante y glorioso.

Costancita, aunque autora de aquella burla, la hizo involuntariamente más eficaz, por su falta de práctica y desenfado para tales negocios, poniéndose bastante colorada cuanto entró el general. Don Faustino, como hacía muchísimo tiempo que no había tenido aventuras galantes, y como jamás las había tenido en salones tan aristocráticos y con intervención de rivales tan gigantescos y egregios, estaba conmovido y agitadísimo, y se puso colorado también. Todo lo notó el general, con disgusto mal disimulado, a pesar de ser hombre de mundo, curtido en todo linaje de lances.

La conversación que se siguió no pudo menos de ser embarazosa y fría. La cara del general mostraba cada vez más la mal reprimida cólera. A Costancita le retozaba la risa dentro del cuerpo, y apenas si acertaba a contenerse. De vez en cuando miraba con ternura a su primo, no recatándose para ello del general, sino procurando que el general lo advirtiera. Éste, comprendiendo toda la ridiculez que traería consigo el enojarse, pugnaba por aparecer sereno y hasta jovial; pero no podía. Quiso hablar de cosas indiferentes: de teatros, de literatura y hasta de modas, y dijo infinidad de disparates, como persona que delira en sueños o que tiene el espíritu distraído a otros asuntos. Todo esto deleitaba a Costancita: la hacía feliz. El general era tan vano, que jamás había tenido celos de nadie, y menos aún del doctor, a quien siempre había mirado como a un pariente pobre, a quien daban algún amparo en aquella casa y a quien a veces convidaban a la mesa, como para ejercer la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. Ahora el general las estaba pagando todas juntas.

-Vaya, vaya -dijo entre otras sandeces-, no esperaba yo encontrarme aquí en tan buena compañía.

-Favor que Vd. me hace, mi general -respondió D. Faustino, con suma modestia.

-¡Quién lo pensara! -prosiguió el general-. ¿Hoy no es día de oficina?

-Sí mi general -replicó el doctor-; pero yo he hecho novillos para acompañar y entretener un poco a mi primita, que está algo melancólica.

El general, aun reconociendo el candor con que hablaba D. Faustino, se sintió aludido sin intención por aquellas palabras. Se creyó el novillo más importante de los que el doctor había hecho, y que entre el doctor y la marquesa estaban lidiándole. Poco faltó para que no rompiese en un exabrupto de mal humor. Supo, con todo, reportarse.

-Pues me alegro, amiguito, me alegro. No sabía yo que fuese Vd. tan ameno y divertido.

-Lo es y mucho -exclamó Costancita, antes que el doctor replicase-. Vd., mi general, no conoce a mi primo o le ha tratado poco. La suerte le ha sido siempre muy adversa, y por eso tiene un empleo de tan corto sueldo e importancia: pero no dude Vd. de que es un hombre de mucho saber y de mucho entendimiento y discreción.

-Mi general -dijo el doctor-, mi prima me quiere demasiado. El afecto que me profesa la ciega sin duda y la excita a hacer de mí los encomios menos merecidos.

-Crea Vd., mi general, que no hago sino justicia. Faustino es un hombre de los más distinguidos que hay en España: poeta inspirado y elegante, filósofo, erudito...

-No, Costanza, no me avergüences, suponiendo en mí prendas y condiciones que nadie reconoce sino tú por lo mucho que me quieres; por lo buena e indulgente que eres para conmigo.

La marquesa y el doctor siguieron así largo rato, elogiándose mutuamente, agradeciéndose los elogios y atribuyéndolos todos al cariño que recíprocamente se tenían. En esta blanda contienda tomaban siempre por juez al general, que reventaba de furor, que sentía que iba perdiendo los estribos, y que advertía en la punta de su lengua cierta comezón de poner como chupa de dómine a ambos primos y de armar allí mismo un escándalo soberano. Sin embargo, como no tenía derecho para quejarse, como conocía que cualquiera imprudencia suya le haría pasar por un hombre brutal y mal educado, por un personaje cómico y por un cadete de medio siglo, el general se contuvo de nuevo y dijo con marcada ironía:

-Siento haber llegado en tan mala ocasión. Sin duda que yo, profano en la filosofía y en el arte poética, he venido a interrumpir alguna lección que el primito estaba dando a Vd., marquesa.

-Mi general -dijo el doctor-, yo soy muy humilde para dar lecciones a nadie, y menos a mi prima. ¿Cómo enseñarle la poesía, cuando la poesía misma es ella?

-Aunque disto mucho de ser yo la poesía, mi primo no me daba lección; pero si hubiera estado dándomela... (y aquí la marquesa dulcificó mucho la voz y puso en su acento un no sé qué de candoroso y manso, a fin de mitigar y embotar la fuerza y la punta que pudiera tener el dardo que disparaba); pero si hubiera estado dándomela... usted, mi General, no nos estorbaba; Vd. no hubiera perdido nada en recibir... en oír la misma lección.

El general echó de menos su sangre fría: conoció que iba a salir con alguna barbaridad si permanecía allí más tiempo, y se levantó furioso. Ya no pudo disimular su mal humor, y dijo al despedirse:

-Yo detesto la poesía, marquesa: yo soy todo prosa; y como no quiero recibir lecciones poéticas ni interrumpir las que a Vd. da el primito, me parece lo mejor eclipsarme. A los pies de Vd.

D. Faustino se levantó de su asiento para despedir al general con toda cortesía, haciéndole una respetuosa reverencia.

-Beso a Vd. la mano -le dijo el general.

-Mi general, beso a Vd. la suya -le contestó D. Faustino.

-Vaya Vd. con Dios, mi general -dijo Costancita con tono melifluo y conciliante, como para aplacar un poco la tempestad que había levantado-. Veo que está Vd. algo nervioso hoy, y un sí es no es disgustado de la poesía. Espero que no duren el mal humor y el disgusto, y deseo que si persevera usted en aborrecer la poesía, me considere y tenga por prosa, para que siga estimándome y queriéndome.

Al decir esto, alargó lánguida y graciosamente su blanca y linda mano al general, quien no pudo menos de tomarla.

Enseguida se fue el general, reconociendo en su interior que lo más atinado era irse, suspirando por las edades prehistóricas, o ya que no, por los siglos bárbaros, y renegando de lo que llaman conveniencias sociales, que no le habían consentido desahogarse, cuando no diciendo cuatro frescas a Costancita, porque no era él muy listo de lengua, rompiendo en la cabeza del doctor la mitad de los chirimbolos y baratijas que había en aquel boudoir, que tan de veras merecía entonces su nombre, con arreglo a la etimología.

Claro está, y esto lo comprendía Costancita mejor que nadie, que el general, por más deseos que tuviera de vengarse, no se había de allanar a provocar a un lance al pobrecillo empleado de 14.000 reales, ni mucho menos había de divulgar lo ocurrido para convertirse en la fábula de Madrid, haciendo saber que Costancita le había plantado y despreciado por semejante trasto, que así llamaba el general a D. Faustino, allá en el fondo de su corazón.

Costancita, no bien sintió que el general había salido de su casa, se acordó de su primera juventud y de la franqueza y naturalidad de Andalucía, olvidó por completo su papel de gran señora, volvió a ser la muchacha traviesa y alegre, y aflojó la rienda a la risa que hasta allí había tenido refrenada con el freno de la circunspección y que brotó a carcajadas entonces.

El doctor siguió haciendo el segundo papel en aquel dúo jocoso, y se rió también con toda el alma.

Después se miraron ambos con gran seriedad, con fijeza y por un movimiento involuntario. Fue una serie de mutuas interrogaciones, instintivas y mudas a par de elocuentes, ya que no podían ni debían expresarse con palabras.

El interrogatorio, no obstante, estaba claro, patente a los ojos del uno y del otro, como si le tuvieran escrito. Contenía, entre otras, las siguientes preguntas:

«¿Hasta qué punto debemos creer lo que sin duda ha creído de nosotros el general?»

«¿Qué iba de chanzas y qué iba de veras en esto que hemos hecho para zapearle?»

«En suma, ¿nos amamos? Y si nos amamos, ¿cómo nos amamos?»

La contestación que ambos dieron al interrogatorio inefable fue bajar los ojos y ponerse más colorados que cuando entró el general.

Hubo tres o cuatro minutos, largos como horas, de peligrosísimo silencio.

La silla del doctor continuaba tan próxima como antes al sofá en que estaba Costancita.

El doctor, casi maquinalmente, volvió a tomarle la mano. Ella volvió a dejársela abandonada.

Volvió el doctor a cubrirla de besos, pero estos besos, después del interrogatorio, tenían otra significación y otro valer.

Costancita retiró su mano bruscamente, y dijo, sin marcada angustia ni vehemencia de ningún género, pero con digna entereza y con toda la frialdad grave que le fue posible afectar:

-Vete, Faustino; vete y seamos buenos amigos.

El seamos buenos amigos sonó en los oídos del doctor con son vago e incierto entre súplica y mandato: pero el sentido de la frase se había hecho clarísimo en el modo de pronunciarla. Era una prohibición, era una limitación y no una excitación: equivalía a decir no seamos más que amigos buenos.

El doctor era bastante serio y delicado para comprender toda la gravedad de aquellas palabras de su prima.

Se levantó, tomó su sombrero y dijo:

-Adiós, primita.

Ya había vuelto la espalda, ya estaba cerca de la puerta, ya iba a salir, cuando se volvió atrás. Costancita estaba silenciosa. Se acercó a ella el doctor y repitió con tono entre resignado, humilde y agradecido a la vez:

-Seamos buenos amigos.

Al mismo tiempo alargó la mano a su prima como signo y prenda de aquella amistad pura. Costancita dio su mano, tan blanca, tan suave, tan bien formada. El doctor no pudo menos de besársela nuevamente, con un respeto santo y casto, pero bajo el cual hubo ella de percibir el ardor apasionado y duramente reprimido de los labios amorosos.

Luego, como si contrarrestase y venciese una fuerza invisible que a pesar suyo le detenía, el doctor salió algo precipitadamente de la estancia.

Desde aquel día no volvió el general a aparecer en casa de la marquesa de Guadalbarbo sino en los días de recepción y en las noches de tertulia. Levantó el sitio de la plaza; calló a todo el mundo el motivo; tuvo el buen gusto de no mostrarse muy enojado, y acudió de nuevo a consolarse con Rosita, donde halló fácil y pronto perdón de sus extravíos.

El doctor, por su parte, no persistió tampoco en hacer novillos a la oficina o secretaría y en venir a ver a la marquesa de mañana; pero siguió yendo a su tertulia, y a comer una vez por semana a su mesa.

Aquellos amores, medio reanudados entre ambos, después de diez y siete años de interrupción, debían concretarse y cifrarse en un sentimiento sublime, platónico, purísimo, por respeto al generoso marqués, que tanto los quería, a él como primo y como amigo, y como esposa a ella. Así pensaba Costancita. Así pensaba también el doctor. Sin confiarse estos pensamientos, sin ponerse de acuerdo en nada, se diría que se habían entendido. Los dos conocían el peligro de verse a solas. Los dos lo evitaban. Pero, viéndose en presencia del marqués, hablándose tal vez algunas palabras aparte, cuando lo consentía la sociedad que los rodeaba, mirándose, estimándose cada vez más, hasta por este heroico sacrificio y por esta noble conducta, el afecto de Costancita acabó por trocarse en adoración hacia su primo, y la adoración del doctor por Costancita se hizo más ferviente y ciega.

De esta suerte pasó más de un mes, y no fue chico milagro, sin que el doctor y Costancita se encontrasen solos. Al cabo, no obstante, aconteció lo que no podía menos de acontecer. No hay para qué culpar ni al destino, ni al diablo, ni a nadie. ¿Qué cosa más natural que un primo, que entraba con tanta confianza en aquella casa, hallase una noche sola a la marquesa? La marquesa estaba un poco mala de los nervios y se había negado a recibir. Los criados entendieron que la orden no rezaba con primo tan querido, e introdujeron al doctor en el boudoir que ya conocen nuestros lectores. El marqués había salido. Eran las once de la noche. Sabido es que en Madrid se vela mucho y se recibe hasta muy tarde.

A pesar del calor de la estación el balcón estaba cerrado, de modo, que la soledad era completa y segura. Del cuarto del tocador contiguo, cuya puerta de comunicación aparecía abierta, entraba un dulce vientecillo fresco, porque allí estaba de par en par el balcón, que daba sobre el jardín.

Costancita se encontraba en el mismo sitio que el día del mal rato que ambos dieron al general Pérez. Ella, a causa de su indisposición, no se había vestido para comer y tenía traje de mañana, tan elegante como sencillo. Sus hermosos cabellos desordenados la hacían más bonita e interesante, y mostraban que había estado recostada y que acababa de incorporarse y sentarse para recibir al doctor.

Estas circunstancias casuales contribuyeron a que la conversación fuese más amistosa y más íntima. Hablaron de todo; pero sin quererlo, procurando evitarlo ambos, acabaron por hablar de ellos mismos. Costancita dio ocasión, lamentando involuntariamente los cortos medros y adelantos del doctor en carrera y fortuna.

-¿Qué quieres? -dijo D. Faustino-. En mí se cumple el refrán que dice: quien mucho abarca, poco aprieta. No hay ambición que yo no haya tenido. Por eso no he visto satisfecha ninguna. Mi espíritu ha divagado, se ha distraído en cuantos objetos hay, no con el vuelo recto y firme del águila, sino con el revolotear incierto y vacilante del estornino. Mi voluntad marchita no ha sabido perseguir cosa alguna con energía. No extrañes que esté tan poco medrado. Me faltan los dos resortes más poderosos: el amor y la fe en algo fuera de mí.

-¿No amas, no crees en nada? Dios mío, ¡qué horror!

-Hablo de las cosas de esta vida.

-Menos mal: pero, aun así, es espantoso. ¿Con que no amas a nadie?

-He querido amar, he amado: pero el desdén ha muerto al amor. Hace algunos días, he sentido dentro de mi alma como una gloriosa resurrección del amor. ¿Volverá el desdén a matarle?

-Si amas de veras, como creo -respondió Costancita, hablando muy pausadamente y como si le costase trabajo y vergüenza hablar, y como si midiese y pesase las palabras, para no decir demasiado, y diciéndolo, no obstante, sin poderlo evitar-; si amas de veras, ¿quién podrá desdeñarte? El poeta ha dicho:


Amor a nullo amato amar perdona.


Además, cuando el que ama vale lo que tú vales, el amor debe ser poderoso, incontrastable como la muerte.

-El poeta dijo una falsedad -contestó D. Faustino-; o si es su sentencia regla verdadera, yo soy la excepción de la regia. Costanza, recuérdalo: yo te amé en otro tiempo y tú no me amaste. Ahora te amo más. ¿Me amas?

La marquesa se arrepintió de sus palabras y se llenó de espanto al oír las de su primo y al notar el fervor con que las pronunciaba. Sintió que una fuerza magnética, un poder de atracción superior a todo la llevaba hacia su primo; pero lo criminal, lo indigno, lo vilmente ingrato de engañar al marqués de Guadalbarbo no se le ocultaba; surgía ya en el seno de su atribulada conciencia como un remordimiento.

-Faustino -dijo con acento sumiso y triste-, yo hice mal, hice una villanía, fui una miserable, no amándote entonces. No exijas de mí que sea más miserable y más villana amándote ahora.

-Yo nada exijo, Costanza. El amor no se impone. Si depende de ti el no amarme, no me ames. Yo te amo: yo muero de amor por ti.

El doctor cayó de rodillas a los pies de la marquesa.

-Levántate, tranquilízate. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué locura! ¡Alguien puede venir!

-¡Ámame!

-Ten piedad. Déjame. Huye de aquí. ¿Qué va a ser de nosotros, santos cielos?

-Ámame, Costanza.

-¡Ah, sí... te amo!

El doctor ciñó en un abrazo febril el cuerpo de la marquesa, que cedía rendida y desfallecida. Sus labios se unieron.

De repente exhaló ella un grito ahogado, y poniendo ambas manos en el pecho del doctor le rechazó con violencia.

-¡Estoy perdida! -dijo con voz tan baja y tan intensa, que más que oírlo pudo adivinarlo el doctor.

La pasión sincera y vehemente los había apartado a ambos del mundo exterior: los había hecho insensibles a cuanto los rodeaba: habían estado incautos, imprevisores, imprudentísimos, locos.

No habían sentido llegar al marqués de Guadalbarbo. El marqués de Guadalbarbo acababa de entrar en el saloncito.

El doctor y la marquesa se repusieron y tomaron la conveniente actitud; pero ¡qué desorden moral en la mente del uno y de la otra! ¡Qué consternación y qué vergüenza no se pintaba en sus semblantes!

En cambio, el marqués mostraba en el suyo la misma serenidad, la misma satisfacción de siempre. ¿Habría hecho un milagro el demonio? ¿Habría puesto una nube ante los ojos del Marqués para que nada viese?

La esperanza es el último consuelo del corazón más lacerado, y Costancita, al reparar lo sereno que su marido estaba, no perdió la esperanza.

-Niña, hija querida -dijo el Marqués, llamando a su mujer con los mismos términos de siempre, donde iban expresados el amor que la tenía y la diferencia de edad-, ¿estás mejor de salud? Me tenías con cuidado, y he querido pasar por casa antes de ir al ministerio de Hacienda. Quiero saber cómo te encuentras antes de salir de nuevo... ¡Hola, Faustino! ¿Tú por acá?

Y el marqués estrechó la mano del doctor, que se la dio avergonzado y casi convulso.

La marquesa dijo tartamudeando, trabándosele la lengua, como si tuviera un nudo en la garganta:

-Estoy bastante mejor.

D. Faustino, aterrado, nada dijo.

O el Marqués no había visto nada, o no había querido ver nada, o tuvo piedad del martirio, del miedo, de la postración humillante de aquellos infelices.

El marqués dijo que el Ministro de Hacienda le aguardaba y se volvió a la calle.

D. Faustino y Costancita se quedaron solos de nuevo. Ambos, aunque apasionados, distaban mucho de estar pervertidos. El terror de ellos, no era, pues, por el peligro que acababan de correr: era por la conciencia de su pecado. Aquel abrazo y aquel beso habían sido un hurto infame. La honra, el amor, la confianza generosa del padre de sus hijos, todo había sido ofendido por la marquesa. El doctor había hecho traición al amigo leal, al que más le quería y le estimaba: había intentado robarle su más preciado tesoro. Al ser sorprendidos ambos, la cobardía de los delincuentes se había pintado en sus rostros; se había revelado en sus ademanes. Ambos se habían visto y estaban avergonzados de haberse visto. Este sentimiento de su común indignidad y humillación en presencia del marqués, pudo más entonces que todo recelo, y que el ansia de precaverse para lo futuro o de remediar, si era posible, el mal causado ya. Apenas tuvieron palabras con que hablarse y entenderse.

Largo rato permanecieron mudos.

-Vete ya. Vete. ¡Estoy perdida! -dijo ella, al fin...

-¿Quién sabe? -se atrevió a contestar el doctor-. Quizás él no ha visto nada. De seguro... no ha visto nada... El cielo nos ha protegido.

-¡Qué horrible blasfemia! El infierno... tal vez.

-Sea el infierno, en buena hora, con tal de que tú no pierdas.

-Faustino, vete, déjame; me haces daño en el alma-, exclamó la marquesa llena de disgusto y angustia.

El doctor tomó su sombrero; y silencioso, a paso lento, cabizbajo y pensativo, salió del salón y de la casa.

Tristes pensamientos y desatinadas medidas iba barajando en su cabeza conforme seguía maquinalmente por las calles su acostumbrado camino.

-¿Si lo sabrá el marqués? -se preguntaba-. Es posible que no lo haya visto todo. ¿Qué había de hacer sino disimular o matarnos allí? Por eso disimuló... pero ¿con qué propósito? ¿Irá a vengarse en ella? Yo debo evitarlo. Yo debo defenderla.

Luego, harto más abatido, da el doctor otro giro a su soliloquio, y se decía:

-Soy un miserable de la peor condición y especie. Carezco del amor, de la energía suficiente para ser virtuoso; para no hacer nada que no pueda sostenerse y defenderse a cara descubierta y con la conciencia tranquila, hasta en la presencia del mismo Dios, y me faltan bríos y me sobran atolondramientos, torpeza y flojedad de ánimo, para cometer un delito hábilmente; para ser diestro y sereno y valeroso en el pecado. Esta enervación de mi carácter me hace infeliz y me lleva a hacer infelices a cuantas personas he querido.

Así iba discurriendo el doctor, cuando al volver una esquina, se le acercó un hombre. Al punto reconoció al marqués de Guadalbarbo.

-Te estaba aguardando. Sígueme -le dijo el marqués.

El doctor le siguió sin contestar.

A corta distancia de allí, se encontraron parado el coche del marqués.

-Sube -dijo éste al doctor, y el doctor entró en el coche.

Enseguida entró el marqués y se sentó a su lado, diciendo al lacayo:

-¡A la quinta!

Los caballos tomaron el trote y empezó a rodar rápidamente el carruaje.

Silencio profundo entre los dos viajeros.

El doctor había conocido que el marqués lo sabía todo, y juzgaba de su deber darle la satisfacción que quisiese. Por un instante pasó por la mente del doctor la idea de si querría asesinarle el marqués; pero le pareció que, si bien estaba en su derecho, no podrían ser tales sus intenciones. El doctor se llenaba de sonrojo sólo de figurarse que preguntaba al marqués: «¿Qué quieres? ¿Qué pretendes hacer conmigo?» Callose, pues, y se dejó conducir a la quinta sin decir palabra.

Llegaron a la quinta, que está a media legua de Madrid; entraron en ella: hizo el marqués encender luces en un salón, que le servía de despacho en el piso bajo, y penetró allí solo con D. Faustino, cuando se retiró el único criado que había.

El marqués abrió un armario, sacó del armario una caja, y de la caja, un par de pistolas, que puso sobre el bufete. Luego rompió el silencio, dirigiéndose a D. Faustino, y dijo con la misma calma que si dijese «buenas noches»:

-Tú eres un ladrón, a quien puedo matar como a un perro. Me has robado lo que más amaba; has abusado de mi confianza; has hecho traición a mi amistad. Quiero, no obstante, matarte cara a cara y con armas iguales. Lo que no quiero es que nadie se entere de que soy yo quien te mato, ni que nadie sospeche por qué te mato. Esto sería publicar mi deshonra, la de mi mujer y la de mis hijos. Menester es que falten aquí los testigos y requisitos de un duelo. No tendremos más testigos que Dios. Mis criados se guardarán bien de decir nada, si de algo se enteran. El lacayo y el que cuida esta casa son dos ingleses muy sigilosos, muy fieles y que me sirven años ha. Coge una de esas pistolas, yo tomaré la otra.

El doctor tomó instintivamente una de las dos pistolas, al ver que el marqués se disponía también a tomar una. El acto de armarse fue, pues, casi simultáneo. El doctor no sabía qué decir y nada decía.

-Ahora -prosiguió el marqués-, vendrás conmigo -y abrió una puerta que daba a los jardines.

Todo estaba solitario. La luna alumbraba bastante. Antes de salir añadió el marqués:

-Voy a llevarte lejos de aquí, porque los jardines son grandes. Los criados así quizás no oigan los tiros. Cuando lleguemos al lugar conveniente, nos colocaremos a treinta pasos de distancia, que yo mediré. Luego montaremos las armas. Cuando yo diga ¡ya!, marcharemos el uno contra el otro. Cada cual podrá disparar cuando guste. Si tiras bien, puedes adelantarte. Si no te fías de tu tino, aguardas hasta ponerme en el pecho o en una sien la boca de la pistola.

El marqués, terminado este breve discurso, echó a andar seguido por D. Faustino. Pasaron por un hermoso bosque, y llegaron, por último, a un sitio llano y sin árboles, junto a las mismas tapias que cercan la posesión.

D. Faustino quiso entonces hablar; pero como no juzgaba decoroso tratar de disculparse, ni justo jactarse y gloriarse de la injuria que había hecho, se limitó a decir:

-Costanza es inocente.

-Lo sé -contestó el marqués-; por eso no me vengo de ella, sino de ti.

Midió el marqués los pasos. D. Faustino se puso en un extremo y él en otro.

-¡Ya! -exclamó el marqués no bien montó su pistola y advirtió que el doctor había también montado la suya.

Ambos marcharon el uno contra el otro. El marqués tenía fama de buen tirador, y alguna confianza en su puntería. Por lo mismo, aunque injuriado, sentía remordimiento en la conciencia de abusar de su ventaja, si disparaba desde luego.

Más de la mitad de la distancia que los separaba habían andado ya. Estarían a unos catorce o quince pasos el uno del otro. D. Faustino seguía marchando sin disparar. El instinto de conservación y el recelo de que se le frustrase la venganza conmovieron el corazón del marqués. Conoció que latía su pecho con violencia, y que su pulso agitado hacía que temblase ligeramente su diestra. No pudo contenerse más. El marqués disparó. Al punto advirtió una súbita vacilación en D. Faustino; pero pasó en seguida, y D. Faustino siguió avanzando con firmeza, con la pistola montada y apuntada contra su adversario.

El marqués no se explicaba su falta de tino; pero estaba ya casi seguro de haber dejado ileso al doctor. Del fondo de su alma nacía la desesperación y el abatimiento. Su deber, no obstante, era continuar acercándose a la persona en cuyas manos estaba su vida.

Pronto llegó el doctor junto al marqués. En el rostro del doctor, iluminado por la luna, había una profunda y bella expresión de tristeza; pero aquel rostro era terrible, espantoso para el marqués, en aquel momento.

D. Faustino puso la boca de su pistola casi sobre el pecho del marqués y le miró fijamente. Fue obra de un instante, si bien al marqués le pareció aquel instante un siglo.

El filósofo entonces hubo de pensar a escape en todas sus filosofías. Se había sometido, se había resignado al duelo a muerte, por no hallar medio decoroso, decente y natural de no aceptarle. Pero ya, cumplida la que juzgó extraña y penosa obligación impuesta por la sociedad, y ocasionada por un beso y un abrazo apretadísimo, dados con tan pocas precauciones, ¿qué ganaba D. Faustino en matar a aquel pobre viejo, a quien había hecho horriblemente desgraciado? Tal vez el marqués, imaginaba además el doctor, no le había llevado allí por rencor ni con saña, sino para cumplir con un deber, del que él presumía que estaba pendiente su honra. Todo cumplido, todo consumado ya, acortar la vida de aquel hombre, darle allí la muerte, era una barbaridad inútil. Por otra parte, el doctor, aunque por discurso sabía lo poco que vale la vida, la respetaba por un invencible sentimiento; el atentar contra la de nadie le parecía la mayor de las faltas: le parecía uno de aquellos pecados de que él no sabría absolverse jamás. Tales fueron las ideas que se agolparon en tumulto en su mente.

El doctor tiró lejos de sí la pistola, que se disparó al caer en el suelo, de la manera más inofensiva.

Luego exclamó el doctor:

-¡Ay Dios mío!

Y cayó de espaldas por tierra, como cogido por un desmayo.

El marqués se precipitó a levantarle, y al poner las manos sobre su cuerpo, advirtió que estaba bañado en sangre.

-¡Mi bala le había tocado! ¡Está herido!... La herida tal vez es mortal... Es en el pecho... ¡Maldito sea!...

El marqués, al decir estas frases entrecortadas, no sabía a quién maldecir: no sabía a quién echar la culpa de todo. Él, que medio minuto antes estaba desesperado de no haber herido o muerto a don Faustino, estaba ahora desesperado de haberle herido. Él, que se había previamente complacido en el misterio de aquel lance, se olvidó del misterio y empezó a dar voces pidiendo socorro a sus criados. Como no lo oían, corrió hacia la casa, gritando como un loco:

-¡Pedro! ¡Tomás! ¡Pronto... aquí!

Los criados al cabo acudieron.

D. Faustino había recibido un balazo en el pecho, que le había atravesado, saliendo la bala por la espalda.

El marqués, con ayuda de sus criados, le puso vendas para contener la hemorragia, y le llevó en su coche, a todo galope de sus caballos, desde la quinta a la casa de huéspedes donde moraba.

El marqués hizo llamar al médico de toda su confianza. Vio el médico la herida, y dijo que tal vez no era de peligro, que tal vez no era mortal; que la bala había entrado por el lado derecho, que sin ahondar había pasado de través y que acaso no había tocado el pulmón ni roto ningún vaso importante. La pérdida de sangre había sido muchísima; pero esto mismo, aunque debilitaba al enfermo, podría valerle por otra parte, a fin de evitar que sobreviniesen una gran inflamación y mayor calentura.

El marqués de Guadalbarbo, dejando muy encomendado a su médico y al ama de la casa de huéspedes el cuidado del enfermo, se retiró entonces a su casa, con la esperanza de que D. Faustino sanaría pronto.

Como el lector recordará, el marqués había dicho al doctor que creía inocente a Costancita: pero esto lo dijo por orgullo. Él no era ciego, y había visto perfectamente lo ocurrido. Cuando riñó a balazos con el doctor, creía a su mujer tan culpada como al doctor mismo. Por desgracia o por fortuna, hay casos inexplicables en el seno del hogar doméstico. En lo más recóndito y sagrado de dicho hogar ocurren lances, se ofrecen fenómenos psicológicos, que no hay sabio que explique, ni poeta que pinte con todos sus curiosos e indescriptibles pormenores. Ello es que de la entrevista y larga conferencia que en aquella noche tuvo el marqués con Costancita, Costancita salió para él, en su concepto, tan pura, tan inocente, tan impecable como antes. Poco a poco se fueron trocando y modificando los recuerdos del marqués, y las impresiones de sus sentidos ofuscados sufrieron la debida rectificación y razonable enmienda. El abrazo le pareció que había sido menos estrecho: muchísimo menos amante y desmedidamente mucho más respetuoso. La actitud de Costancita se transfiguró en la memoria del marqués, y la vio resistente en lugar de verla rendida, y víctima en lugar de verla cómplice. Los labios del doctor, en la misma tabla o pintura de la memoria del marqués, fueron subiendo poco a poco, desde la boca de Costancita, donde estaban antes, hasta tocar con suma ligereza su frente, de la cual casi no sintieron el calor y la aterciopelada blandura de la blanca tez, sino lo frío e inanimado de algunos ricillos crespos que por allí medio la cubrían o velaban.

El hecho mismo de haber sorprendido a los dos probaba lo impremeditado, lo falto de malicia que todo había sido. A buen seguro que sorprendan nunca los maridos a..., y el marqués se citaba una retahíla de nombres propios de lindas damas, y se gozaba un tanto al considerar la diferencia de destino que había entre él y aquellos otros maridos. Al doctor, a cuya generosidad debía infinito, también le disculpaba un poco. «¡Qué diantres! -se decía allá en sus adentros-. ¡Ella es tan guapa... tan seductora; sin querer! ¡Y el pobrecillo, que debió casarse con ella, es tan desgraciado!» Reducido ya el suceso a proporciones mínimas, el marqués le buscaba causas hasta cierto punto plausibles. El parentesco cercano, los recuerdos poéticos de la primera juventud, un ligero desagravio de las calabazas crueles, recibidas hacía diez y siete años... Luego pensaba en las consecuencias para lo futuro, dado que se salvase la vida del doctor como deseaba, y todo se convertía en una adoración mística, en una idolatría sublime, en un petrarquismo archi-espiritual. Admirábase entonces el marqués de la entereza de su mujer y de su virtud y constancia. Pasaba en revista a todos los adoradores, que le había conocido, y hallaba más de una docena guapísimos, elegantes, primorosos, deseabilísimos... y casi se le saltaban las lágrimas de gozo y gratitud al considerar que a todos los había despreciado ella por amor suyo, haciendo de él uno de los hombres más dignos de envidia que sustenta sobre su corteza este vasto globo que habitamos. Diez y siete años de fidelidad, de virtud a prueba de bomba, eran una garantía de las más sólidas. Pensaba, por último, el marqués en sus hijos, a quienes quería entrañablemente, y se alegraba de poder echar la absolución y la bendición a la hermosa criatura que se los había dado, llevándolos antes en su seno. Exageraba, encarecía la vehemencia y delicadeza de Costancita, y se arrepentía de haber estado tan brutal. Temblaba como un azogado al presumir que ella pudiera enfermar con los disgustos que acababa de darle. Recordaba los cuidados, los mimos, las regaladas dulzuras con que le arrullaba y encantaba siempre Costancita. ¿Cómo romper con ella? ¿Cómo privarse de tanto bien? Se moriría el marqués de pena. Lo que es Costancita, tan pundonorosa, tan llena de orgullo, tan noble, se moriría también de sonrojo. ¿Y por qué no de pena, como él? ¡Si Costancita le amaba!... Cierto que él estaba ya viejecillo y estropeado, pero el alma no envejece, y las mujeres en general, y Costancita singularísimamente, son mil veces más espirituales que los hombres en esto de los amores.

Por medio de tales y de otros parecidos razonamientos, el enojo del marqués fue trocándose en blandura y en indulgencia, y se sintió inclinado a perdonar. Al perdón dado, sucedieron otros razonamientos más amorosos y tiernos aún, y el perdón dado se transformó en perdón pedido. Costancita estuvo magnánima. Perdonó al fin al marqués el que hubiese dudado de ella; y majestuosa, después de dar su perdón, subió de nuevo al pedestal de oro aquella diosa de la castidad, de la hermosura y de la elegancia. El Marqués volvió a encontrarse tan contento, tan dichoso y tan satisfecho como antes.

D. Faustino fue el único que pagó el escote de la función: la única hostia sacrificada en el altar de Himeneo, para hacer más propicio a este dios, e impedir que turbase la felicidad completa de aquella rica, ilustre y aristocrática familia.


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- XXX - Bodas tristes[editar]

Como el doctor no era personaje político, ni poeta popular y conspicuo, pues su grande epopeya estaba por escribir, ni filósofo célebre, porque su sistema estaba siempre preparándose, pocos le conocían en Madrid: no era sujeto de mucho viso. El lance además se había verificado con bastante recato. Así es que ni La Correspondencia habló de aquel lance. Las personas que le sabían tenían interés en callarle y le callaron.

Los pocos medio o menos de medio amigos de secretaría o de la sociedad, que estimaban o querían algo a D. Faustino, vinieron a informarse de su salud, y, como se les dijese que el doctor estaba enfermo de cuidado y no se le podía ver, se contentaron con esto y se fueron.

El ama de huéspedes, que quería bien al doctor, porque el doctor estaba amable con ella, aunque era vieja y fea, se mostró dispuesta a cuidarle con el mayor esmero.

El médico se esmeró también, porque el espléndido marqués de Guadalbarbo, su patrono, le recomendó mucho a aquel enfermo.

A poco de llegar D. Faustino a su casa y de meterse en la cama, le entró la fiebre, mas no con tal violencia que perdiese la cabeza.

Durante todo el primer día que se siguió al duelo, el doctor mantuvo firmes sus facultades mentales.

El marqués de Guadalbarbo vino dos veces a verle, y se consoló mucho con las noticias y pronósticos del médico, que fueron favorables.

D. Faustino tuvo, por último, al anochecer de aquel mismo día, una visita muy extraña. Aunque el médico había prohibido con toda severidad que entrase nadie a ver al enfermo, el ama de huéspedes no pudo resistir a las súplicas, y tal vez a los generosos donativos, de una bella dama que se empeñó en ver a D. Faustino, a quien, según aseguró, tenía que comunicar cosas de suma importancia.

-Sr. D. Faustino -dijo el ama de huéspedes, entrando en el cuarto del enfermo-, hay una señora que desea ver a Vd. ¿Le hará a Vd. daño su conversación? ¿Le digo que entre?

-¿Quién es? -preguntó el doctor alborozado, imaginando que Costancita venía a verle.

-Parece francesa -contestó el ama, y esto confirmó más a D. Faustino en que era Costancita.

-¿Ha dicho su nombre? -volvió a preguntar el doctor.

-Sí, señor; se llama doña Etelvina... no sé cuántos; vamos... un apellido de extranjis.

Ya nombre tan novelesco y apellido tan incomunicable hicieron dudar al doctor de que fuese Costancita la visitanta: «pero ¿quién sabe? -pensó entre sí-. ¿Había de dar Costancita su verdadero nombre a esta mujer?» Tan natural reflexión hizo revivir en su ánimo la esperanza de que fuese Costancita.

-Diga Vd. a esa señora que pase adelante -dijo al fin el doctor.

Doña Etelvina no se hizo aguardar ni medio minuto. En torno suyo se difundía una fragancia exquisita a oppoponax, que era entonces el perfume más chic y de más alta nouveauté que destilaba por sus alambiques the crown perfumery company de Londres. Su traje, su sombrerillo, sus movimientos y sus modales, todo era o aspiraba a ser distinguido. Se diría que el último figurín de La Moda Elegante Ilustrada había tomado humanas proporciones, se había animado por arte mágica, y entraba allí de visita. La cara de doña Etelvina parecía ser linda y graciosa, a pesar o a causa del esmalte de cascarilla y de carmín extendido artísticamente sobre ella. En el borde de los párpados llevaba pintadas unas rayas negras, que hacían más rasgados y brillantes los hermosos y dulces ojos.

Miró el doctor fijamente a doña Etelvina y no la reconoció.

Advirtiéndolo ella, dijo con amistoso desenfado, cuando se fue la pupilera y quedaron solos:

-¡Qué olvidados tiene Vd. a sus amigos, señor D. Faustino! ¿No se acuerda Vd. de mí?

-Perdóneme Vd., señora; pero... francamente... no me acuerdo.

-Yo soy la antigua doncella de la señora marquesa de Guadalbarbo. ¿No se acuerda Vd. ahora de Manolilla?

-¡Ah, sí!...

-He tomado el nombre de Etelvina, porque el de Manolilla era vulgar y prosaico. Serví muchos años a la señora marquesa; me casé con Mr. Mercier, el jefe de su cocina; eminente químico. Luego enviudé, y con los ahorros míos y del difunto, que en paz descanse, dejando la casa de la señora marquesa, he puesto tienda de modas. Ya se conoce que el señor don Faustino es un filósofo, que no se preocupa de estos negocios de cocodetería. Si no, ¿cómo había de ignorar quién es la famosa Etelvina Mercier o la Etelvina a secas? En los círculos aristocráticos no hay persona más conocida que yo en el día de hoy. Hago furor. Estoy muy rechercheé.

-Me alegro, me alegro en el alma. ¿Y qué la trae a Vd. por aquí?

-Vengo a ver a Vd. de parte de mi señora. Ella no puede venir. Sería comprometerse mucho -dijo en voz baja Etelvina o Manolilla.

El doctor nada contestó y exhaló un suspiro. Doña Etelvina prosiguió:

-Aquí traigo una carta para Vd. ¿Podrá Vd. leerla sin fatigarse?

-Sí, -respondió el doctor.

Manolilla entregó la carta, acercó una bujía, y el doctor leyó lo que sigue:

«¡Faustino! Sé tu generosidad. ¡Cuánto tengo que agradecerte! La vida del padre de mis hijos, mi posición en el mundo, mi honra, todo te lo debo. Sin tu generosidad estaría yo viuda y deshonrada, porque el lance y las causas del lance, que así es de esperar que queden en el misterio, se hubieran divulgado entonces, difamándome y difamando el nombre que mis hijos llevan. Si antes te amaba, más te amo hoy. El agradecimiento da más fuerza al amor. Aunque mi marido me ha dicho que no tenga cuidado, le tengo, y envío a Manolilla, única persona de quien me fío, para que me traiga nuevas ciertas de ti. Me es imposible ir yo misma. Importa desvanecer toda sospecha. Lo voy consiguiendo; pero paso tan aventurado pudiera destruir mi obra. No es por egoísmo por lo que procuro disipar los recelos del marqués: es por gratitud. Le debo tanto, es tan bueno, es tan dichoso con mi amor, le haría yo tan desgraciado si le hiciese dudar de él, que la misma bondad de mi corazón me excita al disimulo. Dios me lo perdone. Para ello es menester que, ya que nos amamos, sea este amor más precavido, más misterioso, más callado que hasta aquí, y que sea también de tal suerte que ni tú ni yo tengamos que avergonzarnos de este amor, ni ante el oculto y severo tribunal de nuestra conciencia. Amémonos con el amor purísimo de los ángeles. Impulsada por él te escribo, porque conozco tus nobles sentimientos, considero que estarás inquieto por mí, y quiero tranquilizarte. Dios haga que mi carta sea bálsamo para tu herida. Dios, que ve la pureza de mis intenciones, te dé pronto la salud, como fervorosamente se lo pide tu amantísima prima -Costanza».

En efecto, la carta tranquilizó al doctor, que, sobre el dolor físico que le causaba su herida, sentía el dolor de haber dado motivo a un divorcio. No acertaba a explicarse, le parecía un prodigio, que Costancita hubiese desvanecido lo que ella llamaba sospechas del marqués. «¿Qué demonio de sospechas -se decía el doctor-, si nos vio, y de resultas de habernos visto, me ha atravesado el cuerpo con una bala?»

Aquí hemos de confesar que el doctor hizo además otra reflexión amarga y egoísta. Al cabo, aunque era bondadoso, era de carne y hueso, como los demás mortales. La reflexión fue: «Verdaderamente, soy el hombre más desgraciado que vive bajo la capa del cielo. Costancita comulga a su marido con ruedas de molino y le hace creer lo increíble y negar el testimonio de sus propios sentidos: pero esta comunión y esta negación llegan tarde para mí. ¡Llegan cuando ya estoy herido!» Al pensar esto, el doctor suspiró con mucha tristeza.

Pronto, no obstante, se mitigó la amargura de aquel pensamiento. El doctor era débil, pero era un bendito. Aunque tenía poca fe, tenía muchísima caridad. Fue un consuelo para él la nueva de que Costancita lo hubiese arreglado todo con su marido.

En cuanto al amor purísimo de los ángeles, que ella le ofrecía, también le pareció cosa de gusto. Para un herido de suma gravedad, desangrado, calenturiento, con horribles dolores, no deja de ser un lenitivo excelente el amar y el ser amado con el amor purísimo de los ángeles.

Doña Etelvina era una mujer de pro, experimentada y prudente. Como todas las mujeres ordinarias, que, yendo de un país atrasado como el nuestro, pasan algunos años en París, o en Londres, o en ambos puntos, doña Etelvina se había hecho insufrible de puro denigradora de su patria, que consideraba tierra de bárbaros, y de puro fanatismo y admiración por los primores y refinamientos ingleses y franceses. Casi todo le parecía shocking y grosero en nuestras costumbres. Nuestra lengua no valía para causer ni para hacer esprit. Hasta de amor se hablaba mejor y con más elegancia en francés o en inglés que en castellano. I love you, je vous aime, eran frases encantadoras, delicadas, mientras que ¡te amo! o ¡la amo a usted! tenían un énfasis, una hinchazón, una pompa inaguantables. Doña Etelvina había adquirido estimación desmedida al bienestar material, y a los medios de conseguirle, de modo que a Mr. Mercier, que no se descuidaba antes, le hizo sisar cuatro veces más después del matrimonio. Por último, viéndose ya doña Etelvina tan encumbrada y adiestrada en los trotes del fashion y del dandynismo, tuvo una idea que le dio sumo tormento. Imaginó que debió y pudo haberse casado con algún conde o por lo menos con algún caballerito principal, y que había hecho una verdadera mésalliance casándose con un cocinero. Maldecía a cuantos recordaba que le habían aconsejado que se casase, sosteniendo que la habían hecho déchoir, que habían labrado la desgracia de su vida. Cuando se casó, era tan inocente, según decía ella, que no sabía lo que era matrimonio, y por eso se casó con un hombre que le doblaba la edad. Aborrecía la mentira, vicio propio de los pueblos corrompidos como el español, y como aborrecía la mentira decía con la mayor franqueza al infeliz Mr. Mercier que le detestaba, que se avergonzaba de él, y que soñaba con un caballerito, que era lo que le cuadraba a ella. Mr. Mercier, por no matar a palos a su dulce esposa, tomó el recurso de morirse, y pasó a mejor vida. Libre ya doña Etelvina de aquel monstruo, se hizo modista, ínterin llegaba la ocasión de casarse con un conde y hacerse condesa.

A pesar de sus perversas cualidades, doña Etelvina adoraba a Costancita. El método de la franqueza, tan útil para con Mr. Mercier, no debía adoptarse con el marqués de Guadalbarbo, con quien era indispensable cierto disimulo. Doña Etelvina calculó, pues, rápida y fríamente, que aquella carta podría comprometer a su ama; que el doctor podría morirse y la gente hallar la carta entre sus papeles. Sin mortificar al doctor, con tino y discreción notables, le sacó la carta de la marquesa de entre las manos y allí mismo la hizo pedazos menudos. Luego se despidió con mucha finura y cariño del doctor y se largó a la calle. Para que Constancita no tuviese inútiles pesares, fue a verla enseguida; le dio cuenta del cumplimiento de su misión; y le aseguró que el primo estaría bueno y sano en breve.

Todavía estaba lleno el ambiente del perfume del oppoponax, cuando entró de nuevo el médico en el cuarto del enfermo.

-Señora doña Candelaria -dijo al ama de huéspedes-, ¿qué peste es ésta? ¿A qué demonio hiede? ¿Quién ha entrado aquí? ¿Van ustedes a matar a este desgraciado?

Doña Candelaria, apurada por el médico, confesó de plano, y dijo la visita de doña Etelvina, por más que el doctor le hacía señas para que callase.

El médico, que sabía todos los secretos del mundo elegante, se explicó al punto la significación y la razón de aquella visita.

-Bien está -dijo-. Es necesario que nadie entre aquí en adelante, ni con perfumes, ni sin ellos. El enfermo, para su pronto restablecimiento, no debe hablar con nadie ni recibir visitas.

El doctor Calvo, que así se llamaba el médico, era el reverso de la medalla del doctor Faustino en dos o tres puntos capitales. El doctor Calvo no tenía ilusiones de ningún género; era un espíritu prosaico y práctico. En cambio, se parecía al otro doctor en no tener creencias y en ser bueno de alma, a pesar de la falta de fe. El doctor Faustino le inspiró vivas simpatías. Fácilmente adivinó el doctor Calvo la causa del lance y de la herida y se lo guardó todo para su gobierno. Consideró que el marqués de Guadalbarbo, reconciliado ya con su mujer, y sin celos, tendría por una desgracia o al menos por una molestia, por una idea que turbaría su reposo y su buena vida, el que por acaso D. Faustino muriese. Como a nada conducía darle este temor y este disgusto prematuro, ocultó al marqués la gravedad de la herida de D. Faustino. Calculó también el doctor Calvo que ni los marqueses de Guadalbarbo, ni doña Etelvina, ni nadie, habían de cuidar al enfermo, por mucho que por él se interesasen; que la misma pupilera doña Candelaria acabaría por hartarse o tendría que dejarle para acudir a los demás huéspedes, y que el pobre D. Faustino estaba muy expuesto a morir más abandonado que un perro de la calle. Esta consideración le llevó a preguntar a doña Candelaria si sabía qué amigos y parientes tenía D. Faustino.

-Amigos aquí en Madrid... -dijo doña Candelaria-, tiene pocos; no tiene ninguno que pueda llamarse tal. ¡Qué quiere Vd.! Es pobre para vivir entre la gente con quien vive. Si hubiera intimado más con los escribientes, sus compañeros, tendría amigos quizás. Así no los tiene... En punto a parientes... él es un señor muy aristocrático, aunque sin blanca casi. Aquí hay tres o cuatro señores y señoras de título que son sus parientes, pero, según me atrevo a conjeturar, el parentesco no le coge un galgo. D. Faustino está solo en el mundo: no tiene padre, ni madre, ni hermanos. Y como es tan pobretón, bien podemos aplicarle la copia que Vd. sabe.

-No, señora, no la sé: ¿cómo es esa copla?

-La copla canta:

El que no tiene dinero
Con el aire es comparado:
Toditos le huyen el cuerpo,
No les largue un resfriado.


Convencido el doctor Calvo de que se podía aplicar la copla a D. Faustino, preguntó a doña Candelaria si no sabía ella que tuviese aquel caballero persona alguna allegada, allá en su tierra, que por él se interesase. Doña Candelaria contestó entonces que le había oído hablar mucho del administrador de los cuatro terrones que poseía en Villabermeja, a quien llamaba Respetilla, y de un cura del mismo lugar, nombrado el Padre Piñón.

El médico notó bien que lo de Respetilla era apodo, y no halló atinado dirigir un telegrama al Sr. de Respetilla en Villabermeja. El otro nombre le pareció menos extraño y sospechoso, y envió aquella misma noche un telegrama al Sr. Padre Piñón, en Villabermeja, provincia de... avisándole que D. Faustino López de Mendoza estaba enfermo de mucho peligro.

No se había equivocado el doctor Calvo. Desde aquella noche se aumentó la fiebre de D. Faustino. Cuando al otro día se mitigó la fiebre, una debilidad y un atolondramiento grandes embargaban sus sentidos y su mente. La idea de la duración, la percepción del tiempo que pasaba y de los objetos exteriores, y hasta la conciencia de su propio ser y de sus estados sucesivos, empezaron a hacerse confusas y vagas en el espíritu del enfermo.

Cada noche era mayor el recargo de la calentura.

-¿Qué pronostica Vd. del enfermo? -preguntaba doña Candelaria al doctor Calvo con algún interés...

-¿Para qué ocultárselo a Vd., señora? -contestaba el médico-; está de sumo cuidado.

-¿Se salvará?

-¿Qué sé yo?

-¿Cuánto tiempo podremos estar en esta duda?

-Quizás más de veinte días. La inflamación ha producido ya la fiebre traumática, y ha atacado además cierta membrana que rodea los pulmones, la cual, por fortuna, creo que no está perforada. Repito que este mal, con el peligro de la muerte, puede durar veinte días; hasta cuatro semanas. Conviene mucho reposo, mucho silencio, dieta rigorosísima, agua de malvas y flor de violeta; las bebidas que han venido de la botica; los cáusticos; en fin, todo lo que he ordenado. Doña Candelaria, Vd. es una excelente mujer. Cuídele Vd. mucho. Vamos a ver si salvamos a este infeliz.

De allí en adelante, cuando la calentura del doctor no era muy intensa, el desfallecimiento, la debilidad le tenía amodorrado. El espíritu, con su actividad independiente, trabajaba en lo interior de su ser, pero con honda confusión y extraordinario desorden.

Tristes pensamientos, melancólicas imágenes cruzaban por el cerebro y poblaban la imaginación de D. Faustino. A veces veía la muerte cercana, como si él se resbalase en el borde de una sima, como si ya fuese cayendo en un abismo obscuro. Por un lado gozaba de amargo deleite al presentir la paz, el sosiego, el aniquilamiento que le aguardaba. Parecíale que se disolvía en un mar infinito; que se unía para siempre con lazo de amor a todos los seres; que la guerra, la lucha, el egoísmo terminaban. Por otro lado, sentía acerbo dolor de ver que se borraban su individualidad y hasta su nombre del libro de la vida. Se le antojaba que se hundía, que se iba a fondo en el piélago de la existencia, sin dejar rastro, ni huella, ni memoria de haber pasado. Toda aquella armonía poética de su alma, todos aquellos conceptos divinos que allí habían germinado, iban a desaparecer, sin despertar eco alguno, sin abrirse y manifestarse a la luz del día. Al caer en el abismo obscuro, veía don Faustino a Costancita, que sonreía graciosamente y le llamaba a sí, y le brindaba con el amor purísimo de los ángeles, de que hablaba su carta. D. Faustino quería asirle la mano para que le detuviese: pero Costancita la retiraba con terror, temiendo que su amante la arrastrase en su caída. Etelvina, entre tanto, bailaba con maravillosa desenvoltura, cantaba cancioncillas francesas muy alegres y se burlaba de todo. El marqués de Guadalbarbo acudía por otra parte exclamando: -¡Qué feliz soy! ¡Mucho me ama Costancita!- D. Faustino envidiaba su felicidad.

Los recuerdos de Villabermeja, de la Nava, de Rosita, de doña Ana, del ama Vicenta, acudían en tumulto en otras ocasiones, a perturbar la mente del doctor, combinándose de mil maneras, a cual más fantástica. La medida que tiene el tiempo en el mundo real escapaba a la comprensión del herido; pero, ya advertía vagamente que había pasado tiempo bastante, cuando creyó percibir, como realidad y no como vana fantasía, que le tomaba la mano, que le miraban con miradas muy tristes y hasta que le decían algunas palabras de consuelo, el Padre Piñón y Respetilla.

Después volvió el letargo; después se hizo más intenso el delirio febril.

La figura de la coya y la imagen de María se confundieron en un solo ser, en un solo espectro, que venía a sentarse a la cabecera de la cama del doctor, que le cuidaba, que le besaba, y que posaba sobre su frente calenturienta una mano suave y amorosa.

Más tarde tuvo el doctor una visión de mayor dulzura y consuelo. Fue como si viese su propia alma, la pura esencia de su ser, que limpia por el dolor de toda mancha, tomaba forma celestial de portentosa hermosura. Era una virgen en la primera flor de su lozana juventud. Sus ojos azules parecían el zafir oriental de serena alborada; su cabellera rubia, oro: su sonrisa, las santas esperanzas de otra vida mejor; su talle esbelto y cimbreante, pimpollo del paraíso; sus mejillas, rosas nacidas en otro clima más apacible y en más genial y grata primavera. El doctor se reconocía a sí propio en aquella visión, en aquella imagen viva. Todos sus ensueños poéticos, que jamás habían adquirido forma adecuada con el ritmo y cadencia del verso y del lenguaje; todo lo sano de su filosofía, exento ya de dudas y de horribles negaciones; toda la virtud de su voluntad, sin vacilación, sin egoísmo y sin incertidumbre; todo se había condensado, había tomado cuerpo, se había determinado en aquel sobrehumano espectro. La virgen, ora fuese ensueño, ora realidad, le miraba con inefable ternura, y don Faustino, como si fuese ella su propia alma, la amaba más que a sí propio, y todos sus pensamientos iban a ponerse en ella.

Imaginaba D. Faustino, que, no bien aquella virgen penetraba en su estancia, cuando la embalsamaba toda un casto perfume de santidad y de tranquila beatitud, que traía salud y descanso, y que era harto distinto del oppoponax de doña Etelvina.

Otras veces veía D. Faustino en aquella visión a su genio bueno, al ángel de su guarda. Blanca estola cubría sus airosas espaldas y su virgíneo seno, y de sus espaldas brotaban alas transparentes, teñidas de clara luz y tornasoladas como el ópalo con azul, carmín y nácar. No andaba ella: se deslizaba en el ambiente, alzándose del suelo. El espíritu del doctor volaba hasta alcanzarla, y parecía que ella se remontaba al empíreo con el espíritu del doctor, y que ambos penetraban juntos en la morada de los bienaventurados: en un yermo ideal, cubierto de perennes flores, donde sonaba dulcísima y siempre nueva y encantadora melodía, y por donde vagaban santas mujeres, piadosos penitentes, sabios llenos de fe profunda, filósofos que no renegaron jamás, héroes, mártires, videntes y poetas inspirados, los cuales enseñaron a los hombres los caminos de la virtud y de la verdadera gloria.

Poco a poco, con el transcurso del tiempo, se fue despejando la mente de D. Faustino. La niebla, al través de la cual los ojos de su espíritu y los ojos de su carne se diría que veían las cosas, fue desvaneciéndose y perdiéndose.

La conciencia acudió de nuevo a D. Faustino, y con ella la intensidad de los dolores físicos, su debilidad, su miserable estado. Horrible angustia se apoderó de su alma. Temió haber perdido los deliciosos ensueños para no ver ni comprender más que una realidad espantable. Aunque sus ojos estaban secos, llegaron a brotar de ellos dos lágrimas, que corrieron lentamente por sus hundidas mejillas, en ligero declive, por hallarse el enfermo tendido boca arriba y con la cabeza levantada en alto por dos o tres almohadas. Casi al través de aquellas lágrimas, percibió el enfermo con indecible júbilo, junto a él, con todas las condiciones de lo real, en un ambiente sin nube ni niebla, a la joven con quien creía haber soñado. Tenía su propio rostro; era más que su retrato, si bien revestido de ideal belleza, radiante de juventud, iluminado de santidad, lleno de inocencia y de puros, inmaculados esplendores.

Haciendo un esfuerzo, con apagada y bronca voz, dijo entonces D. Faustino:

-¿Quién eres?

-Irene, soy Irene -contestó la joven con voz blanda, que sonó en el alma del doliente como música del cielo.

No bien pronunció aquel dulce nombre, entró en el cuarto otra mujer. El doctor la vio claramente. Se le había despejado la cabeza. Había recobrado el uso de todas sus facultades mentales. Aquella mujer era hermosa aún: pero su vida austera y consagrada a la mortificación, sus padecimientos morales y los estragos de las grandes pasiones habían encanecido sus negros cabellos y marcado su frente con algunas precoces arrugas. Era María.

El doctor lo comprendió todo.

-¡Hija del alma! -exclamó-. ¡María! ¡Esposa! -añadió luego.

Ambas mujeres se inclinaron sucesivamente sobre la cama y besaron las hundidas mejillas de don Faustino, recomendándole, por amor de Dios y de ellas, que permaneciese sosegado.

La patrona doña Candelaria estaba de enhorabuena, hacía más de una semana. Todos sus antiguos huéspedes, que pagaban mal o poco y tarde, se habían ido, echados por ella, y en cambio tenía de huéspedes al Padre Piñón y a Respetilla, y, lo que es más importante, al rico capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, con su sobrina doña María y su preciosa hija la señorita doña Irene, y unos cuantos criados, que apenas cabían en la casa.

D. Juan Fernández de Villabermeja, a quien todos llamaron después en su lugar D. Juan Fresco, había adoptado como hija a su sobrina María. Ésta y su hija Irene habían vivido con él en América, hasta que, hacía poco tiempo, habían vuelto a Europa y viajado por Italia, Alemania, Inglaterra y Francia. En París estaban ya, cuando recibieron, desde Madrid, un telegrama del Padre Piñón, parecido al que recibió el Padre Piñón del doctor Calvo. Toda aquella familia tomó al punto el ferro-carril y se vino a esta corte, alojándose en la pobre e incómoda casa de huéspedes, a fin de velar y cuidar a D. Faustino López de Mendoza.

María e Irene acudieron con alborozo a ver al tío Juan, después del reconocimiento, y le dieron aquella nueva de estar despejada la mente de don Faustino como señal cierta de su mejoría. D. Juan Fresco aparentó creer en la mejoría, a fin de no apesadumbrar más a sus sobrinas; pero en su interior, tuvo por mal síntoma el restablecimiento de las facultades mentales.

Cuando vino el doctor Calvo y después que vio al enfermo, D. Juan Fresco habló a solas con él.

El doctor Calvo le dijo:

-Señor D. Juan, siento tener que dar a Vd. la razón. La desaparición del delirio es un mal síntoma. Acabo de ver a D. Faustino. Me temo que ha entrado ya en el tercer período de la enfermedad, del cual pocos salen con vida. Su semblante está más alterado y muy pálido, sus ojos espantados y muy abiertos, dilatadas las pupilas, el pulso más débil y frecuente, la transpiración pegajosa, y cascada y seca la tos. Mucho me temo que esta vuelta del juicio ha sido para que venga la agonía. En la cara del señor D. Faustino empiezan a pintarse todos los rasgos que caracterizan lo que llaman los médicos mors peripneumonicorum.

Afligidísimo D. Juan Fresco tuvo que preparar a María y casi descubrirle toda la triste verdad. Ella le recibió con dolor profundo, pero con la devota resignación de un alma cristiana, bien templada y probada por mil pesares y disgustos.

La hija del bandido, aunque había llegado a ser, o por lo mismo que había llegado a ser una riquísima heredera, y aunque tenía una hija a quien deseaba legitimar y dar un ilustre apellido, no había osado pensar hasta entonces en el matrimonio; ni siquiera había querido buscar de nuevo a su amante. Temía que éste, arrastrado por la ambición, impulsado por el orgullo, agitado por otras pasiones, se hastiase de ella luego que le diese la mano como legítimo esposo. Temía que el espíritu de ella y el de D. Faustino, que por un fanatismo de amor creía ligados con lazo estrechísimo, como dos mitades de una existencia completa, si rompían en la vida presente el vínculo que formasen, se vieran condenados también a un eterno divorcio en la vida futura.

Todo esto había retraído hasta entonces a María hasta de soñar con ser la mujer de D. Faustino López de Mendoza.

Ahora no vaciló un instante en dar su mano al moribundo. Llamó al Padre Piñón y le confió todos sus planes.

Exaltada la mente de D. Faustino con la celestial aparición de su hermosa hija, con la vuelta y el reconocimiento de su amiga inmortal, y con ciertas vislumbres de la eternidad, a cuyas puertas él mismo conocía que se hallaba, columbrando ya la luz de sus inefables misterios, volvió a tener fe y volvió a sentir la dulzura consoladora de las religiosas esperanzas. D. Faustino volvió a ser cristiano, como cuando niño.

Hallando el Padre Piñón tan bien dispuesto a D. Faustino, dio gracias al Altísimo, y oyó la confesión de su amigo y paisano, absolviéndole de sus culpas.

Pocas horas después, comulgó fervorosamente D. Faustino, y enseguida, siendo testigos o hallándose presentes D. Juan Fernández de Villabermeja, el doctor Calvo, Respetilla, doña Candelaria e Irene, casó el Padre Piñón, provisto del indispensable permiso, a D. Faustino y a María, celebrándose y solemnizándose aquellas tristes bodas con el llanto de todos.


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Conclusión[editar]

Quiso la suerte, o más bien quiso el cielo en sus inescrutables designios, que contra todas las probabilidades, contra todos los pronósticos de la ciencia, la vida de D. Faustino se salvara. Vencida la crisis mortal de la inflamación de la pleura, que también había afectado los pulmones, la herida se cicatrizó con rapidez, uniéndose, del modo que convenía, los tejidos vulnerados. El restablecimiento fue pronto y completo.

Diez y seis meses después de las tristes bodas, en el mes de octubre del año siguiente, apenas si nadie recordaba ya la larga y peligrosa enfermedad de D. Faustino, su herida, y el misterioso lance en que la había recibido.

Entonces, sin embargo, no era ya D. Faustino un sujeto oscuro e ignorado, sino un personaje de mucho viso y lustre. Sus riquezas, o dígase las de su tío y de su mujer, prestaban brillo, realce y notoriedad a todas sus buenas prendas.

D. Faustino, con poco más de cuarenta y cinco años, parecía joven aún y era buen mozo y elegante. En sus cabellos rubios no se descubría una cana. Vestía con primor y esmero y sin afectación alguna.

Cuando paseaba en la Fuente Castellana, con su bellísima hija al lado, en soberbios caballos ingleses, que él y ella manejaban muy bien, ambos excitaban la admiración y el aplauso de los concurrentes a aquel sitio.

La magnífica casa en que vivían estaba abierta a un círculo de gentes distinguidas, entre quienes empezaba ya a cobrar D. Faustino fama de gran poeta y hasta de sabio.

Rosita, en quien la compasión de ver tan humillado a D. Faustino había mitigado antes el rencor antiguo, volvió a sentirle de nuevo, al ver a D. Faustino tan encumbrado y tan dichoso; y la felicidad y el triunfo de María la Seca, de la hija del bandido, su aborrecida rival, la atormentaron con envidia devoradora.

En la generalidad de las gentes podía más, sin embargo, la simpatía y el amor hacia la familia del capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, que la envidia de su bienestar y opulencia. Así es, que las noticias, difundidas por Rosita, de que María era hija de un bandido, lejos de causar daño a María, le prestaron cierto encanto novelesco, pasmándose todos de su discreción, de su saber, de la nobleza de su carácter, y de cómo, desde origen tan humilde, desde el lodo en que nació, había sabido elevarse, limpia y pura de toda mancha, salvo la de haberse entregado, en su mocedad, a D. Faustino, movida por un amor invencible, lo cual no había alma generosa que no perdonase, y mucho más al ver a Irene, cuya hermosura, candor y claro entendimiento, eran perpetuo asunto de los mayores encomios.

Irene, si era adorada de los hombres, aún era más estimada de las mujeres. La ausencia de toda coquetería hacía que no la mirasen como una rival. Su religiosidad profunda, su disgusto del mundo sin amargura ni acritud, y su amor a las cosas del espíritu, la apartaban de toda vanidad mundana y de las galanterías y vulgares amores, elevando al cielo sus pensamientos, de donde se diría que, al volver a su alma, bañaban su rostro divino en reflejos como de luz increada.

María, su madre, ya hemos dicho que conservaba aún su belleza: pero la austeridad de sus costumbres, los recuerdos de su pecado, los pensamientos que despertaban en su mente la vida criminal de su padre y su muerte trágica, todo concurría a despojarla de aquella ligera afabilidad, de aquella alegría graciosa, de aquel trato fácil y ameno, que son el principal encanto del amor, y por donde la mujer, ajena o propia, seduce, cautiva y rinde al marido o al amante. Su amor hacia D. Faustino era más fervoroso, más sublime, más fuerte que nunca; pero no era el amor, a quien siguen o rodean los juegos, las risas y las gracias, sino el amor severo, metafísico, casi ultramundano, hijo de la Venus Urania, consagrado por el deber y encadenado con un vínculo religioso.

María, además, se hallaba muy quebrantada de salud. Si bien en la sociedad procuraba, y lo conseguía, estar muy amable y no mostrar nada en su espíritu ni en su carácter que causara extrañeza; en la intimidad de su familia tenía prodigiosos éxtasis y arrobos, como si su espíritu volase muy lejos de ella a esferas misteriosas y distantes. Ni siquiera a su marido se atrevía ella a confiar sus ideas, pero dejaba entrever que imaginaba hablar con los espíritus, que recordaba casos de otras existencias pasadas, y que tenía, despierta, algo parecido a las lúcidas intuiciones del sonambulismo: lo que llaman segunda vista. Tristes presentimientos agitaban su corazón; mal reprimidos suspiros brotaban a veces involuntariamente de sus labios; las lágrimas solían nublar sus ojos de pronto, sin ningún aparente motivo.

El doctor Faustino, a pesar de todo, amaba entrañablemente a María. Su amor de padre por Irene era más ferviente aún: pero el doctor Faustino no era feliz tampoco. Con frecuencia, en lo más oculto de su mente, se dolía de no haber muerto el día en que reconoció a su hija y le dio su nombre.

Los coches, los caballos, la casa lujosísima, todo el bienestar y el dinero de que gozaba, eran debidos a la generosidad de D. Juan Fresco: él no había sabido ganarlos con su ingenio, con su actividad, con su saber y con su trabajo. Esto le tenía avergonzado y confuso. La terrible pregunta ¿Para qué sirvo? le atosigaba de continuo; y más aún la terrible respuesta: No sirvo para nada.

Su ambición, ardiente aún, y menos satisfecha que nunca, era para él un tormento incesante. Aún había tiempo de satisfacerla. Ahora, sin tener que pensar en los apuros pecuniarios, con dinero bastante, podía poetizar, filosofar, escribir, mezclarse en los negocios políticos, hacerse elegir diputado. El doctor, no obstante, tenía miedo de acometer cualquiera empresa. Si salía mal, no podría achacar el mal éxito a su falta de recursos, y el desengaño sería más cruel y más duro.

La fe religiosa, que en lo más grave de su enfermedad, en el período crítico, cuando estuvo próximo a la muerte, había venido a consolarle, habíase apartado de nuevo de su alma. El doctor volvió a dudar mucho y a negar más; imaginó que aquella vuelta a las antiguas creencias había sido efecto de su debilidad y de su postración; tal vez de la larga dieta: tal vez de la violenta calentura.

Entretanto, mientras que su entendimiento, su discurso, su dialéctica dudaba o negaba, su alma afectiva, su fantasía de poeta seguían presentándole mil sistemas, doctrinas o teorías, que le agitaban con el deseo o con el temor de que fuesen verdaderas. Ya en el centro de su ser creía columbrar lo infinito, lo divino, lo absoluto de que estaba sediento, ya lo divino le parecía difundido por las entrañas mismas del universo todo, a quien prestaba su vida y su armonía. En suma, el doctor ya era místico, ya era teósofo, aunque en ciernes y sin decidirse.

Sus raciocinios le llevaban a lamentarse o a burlarse de las alucinaciones de su mujer, respecto a espíritus y a existencias pasadas: y sin embargo, hasta aquellas mismas creencias, que despreciaba, destruían la tranquilidad de su mente. En sueños, dormitando a veces, a veces bien despierto, cuando tenía los nervios sobrexcitados, en el silencio de la noche, después de la larga vigilia, el doctor veía a su mujer y a la coya confundidas en una. Entonces le parecía acordarse de cuando él fue guerrero y estuvo en el Perú, y allí la enamoró. Y luego suponía que ella, en el orden moral, había adelantado mucho, encaminándose a la perfección, y que él se iba quedando muy atrás, por más que María le tendía la mano, le alentaba, le guiaba, quería llevársele consigo a más altas esferas y a gozar de condición más noble.

Cuando estaba sereno, cuando sus nervios se habían calmado, a la clara luz del día, el doctor se mofaba en su interior de aquellos delirios, pensando que su mujer estaba medio loca y que por momentos le comunicaba la locura.

La jovialidad de D. Juan Fresco, sus chistes, que todos le reían, en particular después de haber comido en su casa, pues tenía buen cocinero y mejores vinos; el sereno pensar con que aquel bermejino modelo comprendía y ordenaba en su mente los seres todos; la firmeza de su carácter y de sus principios; y el buen tino y la seguridad con que cuidaba de su hacienda y la acrecentaba, todo esto era antipático para D. Faustino, y, sin envidiarlo, le vejaba y rebajaba bastante.

D. Juan Fresco preveía, allá en su interior, que aquellas cosas, que harto bien iba él trasluciendo, no podían tener término muy dichoso: pero no les hallaba remedio y se afanaba por retardar el mal cuanto fuese posible, procurando consolarse ya de él como si hubiera sucedido.

La afición de D. Juan Fresco a los bermejinos le indujo a convidar a Respetilla a que viniese a pasar un mes en Madrid para que viese bien cuanto de notable encierra la corte. Cuando Respetilla había estado la otra vez nada había disfrutado ni visto a causa de la enfermedad de su amo. Ahora, que estaba en Madrid de nuevo, D. Juan Fresco se deleitaba en ser su cicerone. Hizo que el mejor sastre de Madrid le vistiese de levita, y le compró en casa de Aimable un sombrero de copa alta, que Respetilla llamaba gavina, chistera, colmena o castrosa. La admiración de Respetilla por todos los objetos y el modo que tenía de considerarlos encantaban a D. Juan. Mucho gustó a Respetilla la Historia Natural; el palacio le pareció enorme; el Museo de pinturas no le divirtió nada; y donde más gozó fue en los toros y en los bailes del teatro de Rivas, viendo El Descendiente de Barba Azul y Brahma. Aquellas niñas tan ligeras y tan ligeramente vestidas, la luz de bengala, la bajada de Barba Azul del castillo con toda su comitiva, los quitasoles y el dragón chinesco, le traían maravillado. Las niñas, sin embargo, era lo que más le complacía: pero Respetilla hacía ya muchos años que se había casado con Jacintica, la antigua criada de Rosita, de quien tenía la friolera de nueve hijos, como nueve becerros: tenía además muchísimo cariño y muchísimo miedo a su mujer, y ni de pensamiento siquiera se atrevía a cometer la menor infidelidad. Así es que, si por acaso y no reflexionándolo se dejaba entusiasmar por las niñas un poco más de lo justo, luego se le presentaba en la mente la figura de Jacintica toda enojada, y se desataba en vituperios y en injurias contra las bailarinas, como si fuese un Catón cristiano, o mejor diremos un San Pacomio.

Respetilla vio también y admiró en casa de sus amos, donde entraba ella como modista, a su antigua novia Manolilla, pasmándose de que se llamara doña Etelvina, y con cierto orgullo de haber estado en relaciones con persona tan cabal y de cuenta. Los trajes de doña Etelvina, sus bellos colores, rosa de Venus legítima, de la que usaron Lais, Tais y otras heteras de Corinto, Atenas y Mileto, y el perfume que ella exhalaba, no ya de oppoponax, sino de otra esencia más rica, llamada stephanotis, eran circunstancias que tenían absorto y boquiabierto a Respetilla, como si soñase mil portentos: mas ni por esas, y no porque respetase a doña Etelvina, sino porque respetaba a la ausente Jacintica, madre de los nueve, se atrevió Respetilla a propasarse, sino que, de acuerdo ya con su apodo, se limitó a decir cuatro cuchufletas a la modista elegantona, quien, al fin, por lo singular y peregrino del lance, por estar Respetilla muy gracioso con su levita y su chistera, y por los dulces recuerdos de la juventud y de la patria, hay quien sostiene que se le mostraba menos arisca que mansa y más cocida o frita que cruda.

D. Faustino, en cambio, aunque harto poco disculpable, fuerza es confesarlo, no estuvo con Costancita tan firme; no fue tan honrado como su antiguo escudero. El amor purísimo de los ángeles, que Costancita había propuesto y recomendado en su carta, se le guardó D. Faustino para su mujer y para su bendita hija; pero la marquesa de Guadalbarbo perturbaba todo su ser; despertaba en su corazón una tempestad de pasiones. Costancita misma, irritada por los nuevos obstáculos que entre ella y su primo se levantaban, celosa y envidiosa del bien de María, más enamorada que nunca, no soñando ya con el idilio sino con el drama vehemente, rompió todo freno, y con otra astucia, con otro cálculo, con el mayor recato y disimulo, vio y habló a D. Faustino, en sitio que ella imaginaba que nadie averiguaría.

El marqués de Guadalbarbo, si bien creyendo a pies juntillas en la inocencia de su mujer, vivía muy sobre aviso desde la noche de la sorpresa; pero ya Costancita estaba escarmentada, y fueron extraordinarias sus precauciones. El marqués no se percató de nada.

Ni siquiera los maldicientes, que están siempre atisbando, a fin de averiguar y referir la crónica escandalosa, tuvieron el menor indicio del caso.

Desde que empezaron aquellas misteriosas citas, el doctor se halló atormentado, inquieto al lado de María. Sentíase indigno, se avergonzaba de su doblez, de sus mentiras y de su ingratitud; pesábanle más en el corazón su pobreza y su incapacidad y las riquezas y el desprendimiento generoso de D. Juan Fresco.

La segunda vista, la perspicacia espiritual de María de nada valió para descubrir aquel secreto infame. Su enamorado espíritu entraba o creía entrar en lo más oculto del alma de su marido; pero entraba tan lleno de confianza, de veneración y de afecto, que todo lo veía hermoseado por una luz pura y no percibía lo feo y lo deforme.

Atribuyendo María las tristezas del doctor a noble ambición contrariada, y a la especie de humillación de verse pobre, siendo ricos su tío y ella, empleaba los medios más delicados y discretos para realzar aquel ánimo abatido, para darle esperanzas de que sería dichoso en cuanto emprendiese, para hacerle creer que de él dependía subir a la cumbre del poder y de la gloria, y para persuadirle sobre todo de que él era, en absoluto, y singularmente para ella, de tanto valor y de tan gran ser y de precio tan inestimable, que no necesitaba de victorias, ni de triunfos, ni de aplausos mundanos, a fin de corroborar y mucho menos de acrecentar en sí tan reconocidas excelencias.

Esta noble conducta de María mortificaba más y más a D. Faustino exacerbando sus remordimientos; pero el atractivo y la diabólica fascinación que ejercía sobre él Costancita podían más que todo. D. Faustino amaba, reverenciaba, adoraba a María, como algo santo, celestial, suave, sereno y puro, y buscaba, no obstante, a Costancita, arrastrado por el delirio de los sentidos, por el demonio de la vanidad y del orgullo, y hasta por el aguijón punzante de los celos, temeroso siempre de que, si él la dejaba, ella pudiese querer a otro, aunque no fuese sino por despecho.

Mucho hubieran durado así las cosas, sin descubrirse nada, si el doctor no hubiese tenido un enemigo vigilante, astuto y cada día más enconado contra él y contra su mujer. Este enemigo era Rosita.

Los lazos que la unían al general Pérez se habían estrechado cada vez más. Rosita dominaba al conquistador tremebundo; le tenía sujeto, avasallado, cambiado de león en cordero. Si ella le consultaba a veces sobre los moños, vestidos y adornos que debía ponerse, él la consultaba sobre la política. De ella dependía, pues, que el Ministerio durase o cayese: que hubiera o no otro nuevo pronunciamiento; que cambiase de Constitución o de forma el Estado. En España todo lo podía la tropa, con la tropa todo lo podía el general Pérez, con el general Pérez Rosita. De esta suerte, en virtud de tan irrefutable sorites, consideraba Rosita que todo dependía de ella. Ella era la Aspasia de aquel Pericles flamante.

En medio de tanta gloria, la afrenta que le hizo el doctor y la rivalidad de María vivían en su corazón, a pesar de los años transcurridos, y se le corroían como un cáncer.

Como el general no tenía secretos para ella llegó a decirle hasta el mal rato y el picón que le dieron Costancita y el doctor, protestando que si él había pretendido a Costancita había sido con intento de burlarse de ella y de rebajar su orgullo.

Informada Rosita de aquellos amores y suponiéndolos más adelantados de lo que estaban entonces, les siguió la pista con encarnizamiento, sagacidad y sigilo. Supo que doña Etelvina había sido la doncella de Costancita y conjeturó que no podría menos de ser la persona de toda su confianza para ciertos negocios, dado que los hubiese. Bien estimó ella que sería difícil, ya que no imposible, que doña Etelvina, por desalmada que fuera, hiciese a sabiendas traición a su ama. No procuró, por lo tanto, ganarse la voluntad de doña Etelvina, sino la de su principal ayudanta y confidenta la señorita Adela, la cual, por lo mismo que doña Etelvina andaba siempre tan atareada, era la que acudía a casa de Rosita, con modas y trajes.

Ganada del todo la señorita Adela, a fuerza de presentes y obsequios, nada ocurría en casa de doña Etelvina que Rosita no supiese. Así pasó más de un año sin que Rosita averiguase lo que deseaba averiguar; mas, por último, premió sus afanes el diablo.

La señorita Adela se impuso, a pesar del recato con que se hacía, y transmitió en seguida a Rosita su gran descubrimiento, de que la marquesa de Guadalbarbo iba a casa de la Etelvina, o bien muy de mañana, o bien al anochecer, entre dos luces, y que allí veía al doctor que la aguardaba.

Rosita, prodigando entonces el oro, sobornó a la señorita Adela, y la comprometió a introducir a una persona en casa de la Etelvina y a ocultarla en lugar conveniente para que, sin ser vista de nadie, pudiese ver a los amantes en una de sus citas.

Luego la hija del escribano usurero escribió a María un anónimo, revelándole la traición de su marido y ofreciéndole generosamente los medios de cerciorarse de ella.

El día, la hora, el momento de la cita llegó, según la señorita Adela tenía averiguado.

Costancita hubo de quejarse del poco cariño, de la tibieza del doctor. Se mostró celosa de María: dijo que María era más querida que ella.

Embriagado el doctor por las fascinadoras miradas, por la coquetería infernal, por la elegancia, por la hermosura aristocrática y por la juventud inmarcesible de su prima, le aseguró que respetaba a su mujer, pero que no la amaba, que casi la odiaba por su causa.

El doctor confirmó tan abominable aserto con un abrazo.

Entonces creyó oír cerca de sí, penetrando en su pecho como agudo puñal, un sollozo desgarrador y ahogado.

Se apartó lleno de espanto de los brazos de Costancita. Buscó rápidamente, y nada vio en el cuarto en que estaban. Abrió la puerta, por donde habían entrado, y nada vio tampoco. Abrió, en fin, otra puertecilla que daba a otro cuarto interior, que también tenía salida al corredor, y encontró vacío el cuarto, y la puerta de salida cerrada con llave. Interrogó a doña Etelvina sobre las personas que había en casa, y doña Etelvina dijo que no había nadie, salvo la señorita Adela, porque las oficialas se habían ido ya todas. La señorita Adela era además muy de fiar y no sollozaba nunca por tan poco. La señorita Adela, interrogada a su vez por doña Etelvina, sostuvo que nadie había entrado en casa, que ella estaba al cuidado de todo, y que los criados se hallaban en la cocina para evitar que se enterasen de aquellos asuntos.

Costancita decidió entonces que lo del sollozo, que ella no había oído, era una locura del doctor. El doctor acabó por persuadirse de lo mismo.

Desde aquel día en adelante la tristeza de María fue siendo más honda y persistente. Aunque no exhaló la menor queja contra D. Faustino, D. Faustino vio a las claras que todo lo sabía. A pesar de su escepticismo, no hallando modo natural de explicárselo, el doctor imaginó que no era vana la segunda vista de María; que su espíritu, desprendiéndose del organismo, al cual, sólo por un hilo de fluido eléctrico quedaba anudado, volaba donde quería y atravesaba los muros y penetraba en los más ocultos lugares. El sollozo, que él había oído y que no había oído Costancita, le pareció un ay del alma, un gemido espiritual, que arrancó a María de lo hondo de su ser la horrible frase de que él casi la odiaba.

¿Qué satisfacción, qué disculpa, qué palabra de consuelo podía dar D. Faustino a su mujer, si en efecto lo sabía todo, fuese como fuese?

El doctor se limitaba, pues, a estar más amable, más dulce, más rendido que nunca con ella; pero no intentó explicación ni satisfacción alguna. María no se daba por entendida del agravio.

Por último, María cayó postrada en cama con una gravísima enfermedad. Sentía en el lado del corazón más calor que de ordinario, y una opresión y una fatiga muy grandes. Le pesaba algo dentro del pecho. A veces le daban vahídos. Parecíale luego que le apretaban las entrañas. La atormentaban incesantes angustias. El pulso, débil, era desigual y precipitado; la respiración, fatigosa y entrecortada de lastimeros suspiros.

Su severa y majestuosa hermosura resplandecía más, a pesar de las muchas canas que blanqueaban su negra cabellera, porque sus ojos tenían más luz, más viveza que en su estado normal, y porque ardiente carmín daba color a sus mejillas.

De repente solían acometerle fuertes palpitaciones, que imprimían a su seno dolorosas sacudidas; se diría que llegaban a oírse por los que estaban cerca los latidos violentos e irregulares de su corazón inflamado. De repente también parecía suspenderse el movimiento del corazón, y la enferma caía en un desmayo. Siempre, con todo, conservaba María su razón despejada: más bien que turbase o anublarse, su entendimiento mostraba lucidez maravillosa, como si fuese una luz, una llama a la cual se acercan sustancias combustibles.

El doctor Calvo prescribió dieta, reposo, bebidas refrigerantes y sinapismos en los pies; apeló a la homeopatía, y ordenó ignatia, pulsatila y ácido fosfórico. No se atrevió a ordenar sangrías ni sanguijuelas por miedo de la debilidad de la paciente. Al fin confesó a D. Juan que el mal no tenía remedio en lo humano.

Realizándose los desconsoladores pronósticos del doctor Calvo, María, cumplidos ya todos sus deberes de cristiana, estaba próxima a expirar, atendida por su tío y su hija, los cuales reprimían mal el llanto.

D. Faustino, sombrío, mudo, sin lágrimas en los ojos, y con negra pena en el pecho, estaba de rodillas, junto a la cabecera de la cama. No se atrevía a tomar una mano de la moribunda. Apenas si se atrevía a mirarla. Lleno de horror y de vergüenza inclinaba al suelo los ojos.

María hizo un esfuerzo supremo. Miró a su marido con tan benévola mirada, con tan santa sonrisa, con unos ojos tan dulces y tan llenos de perdón y de amor celestial, que D. Faustino la miró también, sin atormentador sonrojo y henchido de gratitud y de arrepentimiento. Después, con mayor esfuerzo, María alargó la mano a su marido, que la tomó entre las suyas y la cubrió de besos respetuosos. Las lágrimas de D. Faustino, que habían estado como hielo hiriéndole por dentro, se liquidaron entonces, y brotaron de sus ojos, y bañaron la mano de María. Con desfallecida voz, con voz muy baja, que nadie sino él pudo oír, entrando clara y distinta por los sentidos en su alma, dijo ella de esta suerte:

-Lo sé todo: lo he visto; lo he oído. Te oí decir que me aborrecías; pero nunca pude creerlo. Lo dijiste en un momento de locura. Yo te perdono, Faustino; yo te amo. ¡Yo te bendigo! Ámame. No te atormentes creyéndote culpado. Vive para nuestra hija. ¡Es tan pura, tan noble, tan santa, tan angelical! Es el lazo de nuestras almas. Viviendo para ella, vivirás para mí. Por ella estamos más ligados que nunca. No hay entre nosotros divorcio eterno, sino eterno consorcio. Te espero allí arriba...

Sin más perceptibles suspiros, sin convulsión ni gesto, con dulzura inefable, más que como separación dolorosa, como tránsito feliz, cual cautivo que recobra su libertad, el espíritu de María abandonó en aquel instante su cuerpo hermoso. Aquel corazón fatigadísimo se había rendido al cansancio: había ido poco a poco moderando su impulso; se dilató al perdonar y no tuvo fuerzas para contraerse de nuevo, impulsando la sangre por las arterias. La circulación cesó para siempre.

D. Faustino, mientras estuvo embelesado, bajo el encanto poderoso de aquella voz amada, simpática, que le perdonaba y le bendecía, abrió su alma a todas las esperanzas: pensó en el cielo; creyó en el perdón de Dios y en su infinita misericordia; juzgó que él mismo sabría perdonarse al fin, y columbró el camino de la perfección, del que se había extraviado, y consideró posible volver a él, venciendo los obstáculos con varonil perseverancia.

Muerta María, ahogada su voz, extinguida la antorcha que le guiaba, las antiguas e inveteradas especulaciones surgieron de pronto en el ánimo de D. Faustino.

«Si he cometido una infamia, si soy un miserable -dijo para sí-, y si hay una vida eterna, eternamente me lo estaré echando en cara. No me limpiaré la mancha. Será un infierno sin redención. Si persiste mi individuo, persistirá el egoísmo, que es la esencia de la individualidad. ¡Ah, no! Lo malo, lo egoísta, lo impuro debe morir. Lo inmortal, lo eterno, lo divino, soy yo, es María, es todo, en lo que tenemos de bueno. Ella no era egoísta; ella era todo devoción y sacrificio. Como se entregó a mí un día, así se ha entregado a la muerte ahora; por completo; toda ella. ¿Qué ha de quedar de ella en otra vida? Ella se dio toda. Dios la recibió en su seno. Ella se perdió en la absoluta esencia».

Miró luego el doctor, con ojos enjutos y fijos el cadáver de María. Vio aquellas formas bellas aún, y las imaginó destruidas, feamente destrozadas, cayendo en pútrida disolución. Un súbito ataque nervioso se siguió a tan crueles pensamientos, no dulcificados ya por el bálsamo de las creencias.

El doctor rompió en una aterradora carcajada.

Acudieron a él su hija y D. Juan; pero fue tarde. El doctor corrió hacia su alcoba que estaba contigua. Su hija y D. Juan le siguieron. Sobre una cómoda había un revólver. D. Faustino le tomó antes que su familia llegase. Se metió el cañón en la boca, afirmándole contra el paladar, e hizo fuego.

La muerte fue instantánea. D. Faustino cayó por tierra sin movimiento.

Irene, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, pedía perdón para todos, impetrando la clemencia divina.

D. Juan Fresco estaba trastornado, conmovido espantosamente, horrorizado, a pesar de su frescura.


* * *


Refulgente de inocencia, en medio de tantos horrores, Irene, disgustada del mundo, se decidió a buscar un asilo al pie de los altares. Su alma, toda entregada a Dios, no era capaz de compartir los efímeros y falsos goces de este mundo con ningún espíritu encarnado en cuerpo humano. Serafinito la amaba. Serafinito, que estaba en Madrid estudiando leyes, tenía por Irene una verdadera adoración. Irene le amó sólo como a un hermano.

La pena del excelente y candoroso Serafinito y las observaciones y ruegos de D. Juan no bastaron a persuadirla para que cambiase de propósito.

D. Juan Fresco y Serafinito llevaron a Irene a Ávila, a los dos meses de muertos sus padres, y allí se encerró ella en el convento de San José, fundado por Santa Teresa. No bien pasó el noviciado, Irene tomó el velo y profesó de carmelita descalza, trocando gustosa por la aspereza penitente de aquella austera vida el regalo y el mimo con que había sido criada.


* * *


Tal fue la triste historia que me contó D. Juan Fresco, cuando no estaba presente Serafinito para que no le diese una congoja.

La moral que D. Juan Fresco sacaba de todo el relato era que esta educación del día forma muchos hombres vanos, presumidos, ambiciosos, llenos de mil planes absurdos, que es lo que él llama ilusiones, y sin firme creencia en nada, y sin energía ni para el bien ni para el mal.

-En el día -exclamaba-, los doctores Faustinos abundan:

Terra malos homines nunc educat atque pusillos:


según cantaba el poeta satírico.

D. Juan, no obstante, ora sea porque había cobrado afición a D. Faustino, ora porque fuese cierto, sostenía que el doctor había sido hombre de natural nobilísimo y generoso, aunque viciado por una perversa educación y por el medio en que había vivido.


* * *


Un día, estando yo en Villabermeja, fui a visitar la iglesia con D. Juan Fresco. El Padre Piñón, bueno y sano aún, hacía los honores, enseñando todas las curiosidades.

Nos paramos delante del altar del Santo Patrono de plata, que, como dicen allí, es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios. Entre los milagros colgados junto al altar, el Padre Piñón me mostró un doctor Faustino, hecho de cera, de unas ocho pulgadas de largo. Era una ofrenda votiva del ama Vicenta, la cual afirmaba que el Santo Patrono había salvado al doctor de la enfermedad que se siguió al duelo con el marqués de Guadalbarbo.

-Mal milagro hizo el santo, si le hizo -me dijo D. Juan-. ¡Cuánto mejor hubiera sido que D. Faustino hubiera muerto entonces!

-Señor D. Juan -contestó el Padre Piñón-, no diga Vd. disparates. Si el Santo no lo hizo, lo hizo Dios, y lo que Dios hace bien hecho está, aunque nosotros no penetremos la razón y el propósito.


* * *


Otro día fuimos a ver la casa solariega de los López de Mendoza.

Allí está aún el retrato de la coya, que, en efecto, según asegura D. Juan, se parece mucho a María.

Respetilla, Jacintica y sus nueve vástagos, viven felices en el piso bajo de aquella casa. El principal está reservado a los recuerdos. Todas las habitaciones están cerradas, de modo que en ellas no pueden penetrar sino los espíritus; dado que los espíritus se complazcan en discurrir por los sitios donde vivieron vida mortal, amaron y padecieron.

Todavía queda un rincón de la casa, también en el piso bajo, donde vive la pobre ama Vicenta, quien adora la memoria de su niño Faustinito y no piensa más que en él.

La afectuosa anciana guarda en un arca, como reliquias venerables, todo el traje doctoral, con muceta bordada, bonete y borla, el uniforme de lancero de milicianos nacionales y el uniforme de maestrante de Ronda.

Yo examiné con atención e interés estos objetos, que, cediendo a nuestras súplicas, el ama Vicenta nos mostró con orgullo.

D. Juan Fresco, tan enemigo de las ilusiones, exhalando un suspiro y sin acritud alguna, me dijo aparte:

-Esos objetos simbolizan las causas de la perdición de mi sobrino político. El traje de doctor es la vanidad científica, la pedantería filosófica, la duda y la incertidumbre sobre cuanto importa para ser enérgico en la vida, con energía sana; el uniforme de miliciano nacional es símbolo de la confusión que solemos hacer de la verdadera libertad con el tumulto, la bullanga y el desorden; y el uniforme de maestrante es símbolo de la manía nobiliaria, de donde nacen la pereza, el despilfarro y la incapacidad para las faenas y menesteres que dan riqueza y prosperidad a las naciones.


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