Las inquietudes de Shanti Andía: 022

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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro primero Pío Baroja


Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero; navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisión por sospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlántico le conocía desde Islandia y las islas de Lofoden hasta el cabo de Buena Esperanza y el de Hornos.

Sabía lo que son las tempestades del Pacífico y los tifones del mar de las Indias.

Yurrumendi había visto mucho, pero más que lo que había visto le gustaba contar lo que había imaginado.

A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.

Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques, praderas, desiertos, montañas, volcanes, islas madrepóricas, barcos sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de aire.

A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.

-Algunas veces -decía- el mar se levanta como una pared, y en medio se ve un agujero como si estuviera lleno de perlas. Hay quien dice que si se mete uno por ese agujero se puede andar como por tierra.

-¿Y adónde lleva ese agujero? -preguntaba alguno con ansiedad..

-Eso no se puede decir aunque se sepa -contestaba seriamente Yurrumendi-; pero hay quien asegura que dentro se ve una mujer.

-Alguna sirena -decía el padre de Zelayeta, con ironía.

-¡Quién sabe lo que será! -replicaba el viejo marino.

Siempre que Yurrumendi hablaba de sí mismo, lo hacía como si se tratara de un extraño, en tercera persona.

Así decía: «Entonces, Yurrumendi comprendió... Entonces, Yurrumendi dijo tal cosa».

Parecía que sentía ciertas dudas sobre su personalidad.

Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria. Era el inventor más grande de quimeras que he conocido. Según él, detrás del monte Izarra, un poco más lejos de Frayburu, había en el mar una sima sin fondo.

Muchas veces él echó el escandallo; pero nunca dio con arena ni con roca. Se le decía que su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que, aunque fuera de cien millas, no se encontraría el fondo.

Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él no quería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y sobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre, entrando en ella, salía, si es que salía, como loco. Tales cosas se presenciaban allí. Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante con los ojos encarnados tenía en la cueva su misteriosa morada.

Este gigante debía de ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba:

¿Onentzaro begui gorri
Nun arrapatu dec array hori?

(Onentzaro, el de los ojos encarnados, ¿dónde has cogido ese pez?)

Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar la pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad:

Bart arratzean amaiquetan
Zurryolaco arroquetan

(Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.)


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