Las inquietudes de Shanti Andía: 035

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Libro segundo - Juventud


Capítulo I - Mis primeros viajes
Pág. 035 de 156
Las inquietudes de Shanti Andía - Libro segundo Pío Baroja


Nuestra aventura fue muy sonada en Lúzaro; todo el mundo se enteró, y hubo que pagar el Cachalote a Zapiain, el relojero y corredor de comercio.

Para nosotros no era cosa de avergonzarse; los chicos nos admiraban. Yo conté de mil maneras distintas las impresiones que se experimentaban en la cueva del Izarra y demostré que en ella no había nada maravilloso, sino resto del paso de contrabandistas.

Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda,. dejarme envanecer con esta aura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, me entregaron en manos de don Ciríaco Andonaegui, capitán de una fragata de la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.

Don Ciríaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, con mi abuelo, y era justo hiciese por mí lo que uno de mi familia había hecho por él.

Mi abuela y don Ciríaco decidieron enviarme a navegar como agregado. Después le acompañaría a don Ciríaco en la derrota de Cádiz a Filipinas, y, tras este viaje de un año o año y medio, me quedaría en San Fernando para concluir mis estudios de náutica.

Mi viaje como agregado fue desde Liverpool a La Habana, en el bergantín Caridad, con el capitán Urdampilleta. Tardamos más de dos meses; no fuimos en línea recta; bajamos a las Canarias, y desde allí nos encaminamos a las Antillas.

De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cádiz.

En el bergantín aquel el aprendizaje era terrible; no se comía apenas, ni se podía dormir, ni mudarse; en cambio, cuando hacía buen tiempo, una delicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y de piratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no había riñas.

A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciríaco en Cádiz, en la Bella Vizcaína. La fragata me pareció un salón, tan limpia, tan arreglada estaba.

Don Ciríaco, como su barco, era también muy atildado y muy pulcro. Llevaba casi siempre sombrero de paja, traje blanco, patillas cortas, ya grises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando palabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conocía muy bien su derrota, pero en lo demás estaba poco enterado. Le gustaba la ciudad y la vida social. Había estudiado en Vergara y sabía tres cosas no muy frecuentes entre los marinos mercantes: sabía latín, sabía bailar y sabía hacer versos.

Don Ciríaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó si no tenía afición a la poesía o al baile; pero sin duda mis aptitudes no iban por ese camino.

Salimos de Cádiz; aún no se había pensado en abrir el istmo de Suez, y el viaje a Filipinas se hacía por el cabo de Buena Esperanza. Bajamos por la costa de África a buscar los vientos alisios, atravesamos las calmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur, hasta hallar los vientos del oeste y poder cortar las calmas del trópico de Capricornio; doblamos el cabo y fuimos, dando una gran vuelta por el mar de las Indias, en dirección del estrecho de la Sonda.

La primera Nochebuena a bordo la pasé en el océano índico, después de una tarde sofocante. De día, el mar estuvo como una llanura inmóvil de cristal fundido por el sol, y la noche fue espléndida, cuajada de estrellas refulgentes.

La mayor parte de la tripulación la formaban chinos, que no celebraban ese día. Pero los españoles, vascongados y andaluces, estuvimos bebiendo y cantando hasta muy entrada la noche.

Atravesando el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamos en toda la travesía cinco meses, y, como el viaje en este tiempo era para don Ciríaco un éxito, entramos en la bahía de Manila disparando cohetes.

Los días que pasé en Manila se deslizaron para mí rápidamente; todo lo encontraba nuevo y lleno de interés; era un chico, y no tenía motivos más que para estar contento.

Salimos de Filipinas en marzo, y en vez de volver por el estrecho de la Sonda, fuimos con el monzón del sudoeste a entrar en el mar de las Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt y el estrecho de Ombay.

Desde aquí hicimos rumbo, para llegar lo más pronto posible a la región de los alisios, que pensábamos encontrar hacia los paralelos 18° o 20°; pero no tuvimos suerte.

Al doblar el cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta tempestad que por poco no nos arrastra hacia los escollos del continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo borrascas y tiempos duros.

Cuando pisé Cádiz sentí un verdadero placer. Hubiese querido ir a Lúzaro, pero el curso empezaba, y don Ciríaco opinó que no debía perder ni un día de clase. El capitán me presentó en la Escuela de San Fernando y me llevó a casa de una señora conocida suya en esta ciudad para que me tuvieran de huésped. De la escuela de San Fernando saldría piloto primero, después haría un par de viajes y luego don Ciríaco se retiraría, dejándome que le sustituyera en el mando de la Bella Vizcaína.


<<<
>>>