Las inquietudes de Shanti Andía: 048

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo VI - Grandeza y miseria
Pág. 048 de 156
Las inquietudes de Shanti Andía - Libro segundo Pío Baroja


Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta el cabo de Buena Esperanza, y después por el océano índico al estrecho de la Sonda y a Filipinas.

Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente tuvimos que atravesar el estrecho de San Bernardino y dirigirnos por el Pacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a las Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a una la llamamos con el apellido de don Ciríaco, isla Andonaegui, y a la otra, isla de Santiago Andía.

Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo que marqué el punto con la brújula con una gran emoción. Mentiría si dijera que no me acordaba de Dolorcitas, pero me acordaba de una manera vaga, remota.

En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hice para desesperarme no lo pude conseguir.

Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un sol espléndido. Sentí una gran alegría; allí estaban Chipiona y Cádiz con sus casas blancas como huesos calcinados; allá estaban el castillo de San Sebastián y la Caleta.

Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me acordé de mis paseos con Dolorcitas y de mi época de estudiante en San Fernando.

El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin alero, la catedral con sus dos torres y su cúpula dorada, las azoteas con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de pared blancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de las casas árabes.

Tenía garla de pisar tierra española, de pasear por aquellas murallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermoso golfo de Cádiz.

La primera visita era indispensable hacerla a don Matías. Doña Hortensia me recibió como si fuera su hijo. Mi capitán le hizo grandes elogios de mí. Doña Hortensia estaba espléndida. Era una mujer de un gran atractivo; parecía una emperatriz romana. Después he visto la estatua de Agripina en el Museo del Capitolio, en Roma, y me acordé de ella.

Por lo que yo pude comprender, sentía por su marido un desprecio inaudito. Se consideraba completamente emancipada. Yo tenía un poco más de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensia se desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba más que prosperar y gozar.

Satisfacer los sentidos y la vanidad.

Su fama en Cádiz era un tanto equívoca.

Don Ciríaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mando de la fragata; pero esta combinación no le gustaba a don Matías. Mi capitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese a su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.

-Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas -me dijo don Ciríaco, con su tono zumbón-;las mujeres están de vuestra parte. Os ayudan, os protegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo ver al capitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy seguro de que Hortensia le encontraría el defecto de que no estaba muy enterado de marinería.

Yo me eché a reír.

-Sí, sí, ríete -replicó mi capitán-, pero ten cuidado. Esta mujer tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas a caer en la madre.


<<<
>>>