Las inquietudes de Shanti Andía: 058

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo III - La tertulia de la relojería
Pág. 058 de 156
Las inquietudes de Shanti Andía - Libro tercero Pío Baroja


Mi madre quería que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tenía destinada la hija de un propietario de Lúzaro, más vieja que yo, feúcha, flacucha y mística. Yo, la verdad, no estaba muy decidido. Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la candidata de mi madre, no me sonreía. Mayormente, las mujeres de Lúzaro, a pesar de su dulzura, tienen bastante afición a hacer su voluntad. Como son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas les ha dado decisión y energía, y las ha acostumbrado a no obedecer a nadie.

Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus respectivos esposos todos los días del año.

El caso de mi amigo Recalde, padre del actual antropólogo, que me contaron en la relojería, me pareció sintomático.

Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la hija del confitero de la plaza, una muñequita con los ojos azules, muy modosita y formal. Todo el almíbar, todo el cabello de ángel de la tienda de su padre se le había comunicado a ella.

Recalde era un déspota: decidido, audaz, acostumbrado a man=’’ dar como se manda en un barco, no podía soportar que nadie le contrariase.

Se casó, pasó la luna de miel; la Cashilda tuvo un niño, el antropólogo; Recalde estuvo luego navegando tres años, y volvió a su hogar a pasar una temporada.

El primer día, al volver a su casa, quiso ser fino:

-¿Qué hay? ¿Ha pasado algo? -le preguntó a su mujer.

-Nada. Estamos todos bien.

-¿Ha habido muertos en el pueblo?

-Sí; don Fulano, don Zutano. La señora de Tal ha estado enferma.

Recalde escuchó las noticias, y después preguntó:

-¿A qué hora se cena aquí?

-A las ocho.

-Pues hay que cenar a las siete.

La Cashilda no replicó.

Recalde creía que el verdadero orden en una casa consistía en ponerla a la altura de un barco.

Al día siguiente Recalde fue a su casa a las siete, y pidió la cena.

-No está la cena -le dijo su mujer.

-¿Cómo que no está la cena? Ayer mandé que para las siete estuviera la cena.

-Sí; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene que estar con el niño.

-Pues se le despide a la chica.

-No se le puede despedir a la chica.


<<<
>>>