Las inquietudes de Shanti Andía: 071

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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro tercero Pío Baroja


Mary me dijo que ellas iban al faro.

-Si quieren ustedes, las acompañaré.

-Bueno.

Pasamos los tres por el arenal y salimos a la punta del faro. Me chocó que Mary hablara el vascuence tan bien. Parecía una aldeana que no hubiese salido del pueblo. Nos acercamos a la casa del torrero; de pronto Quenoveva comenzó a gritar como un hombre, y corrió a la barandilla del faro, donde había visto a uno de sus hermanos inclinado hacia fuera.

Mary me miró, por ver, sin duda, el efecto que me hacían los exabruptos de su amiga.

La casa del torrero y el faro formaban un solo edificio, asentado sobre una plataforma cortada en las rocas. Bajamos a la vivienda por una escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados.

Una porción de chiquillos, que andaban chillando y riñendo, se nos acercaron.

El torrero era viudo, y Quenoveva dirigía a sus ocho hermanos como a un rebaño, a fuerza de gritos furiosos.

Quenoveva nos pasó a Mary y a mí al despacho del torrero, lo mejor de la casa, y cerró la puerta para que la prole de chicos y chicas no se nos amontonaran encima.

-¡Un señorito! -decían aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad inmensa.

Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitín, que al verse preso y en presencia mía empezó a llorar y a patear con tal rabia que tuvo que dejarlo.

-El torrero tarda -le dije yo a Mary.

-Como está cojo...

-¡Ah! ¿Es cojo?

-Sí.

Esperamos en el despacho. En la pared había un mapamundi, el plano del faro, en papel azul, clavado con tachuelas; un cronómetro y un barómetro. Sobre la mesa se veía un barquito que, sin duda, el torrero estaba tallando con un cortaplumas.

Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y entró el torrero, Juan Urbistondo. Urbistondo era un tipo extraordinario, un viejo lobo de mar.

Tendría cerca de sesenta años, la cara curtida, la expresión simpática, la nariz roja, qué brillaba entre la barba, inculta, como una rosa entre el follaje. Hablamos largo rato, y yo quedé verdaderamente asombrado. Era un hombre de una fe tan absurda en sí mismo y en sus fuerzas que se sentía capaz de emprenderlo todo. Ni la más ligera duda ni la más pequeña desconfianza enturbiaban su convencimiento. A esta confianza unía una sencillez y una falta tan absoluta de malicia que le dejaban a uno perplejo. Sólo el mar puede producir tipos semejantes.

El faro de las Ánimas era de última clase; alguna persona de influencia de Elguea había conseguido que le llevaran allí a Urbistondo; pero éste creía que el mundo entero dependía de su linterna. Le parecía también un asunto trascendental y complicadísimo encender la lámpara de petróleo y ponerle la chimenea.


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