Las inquietudes de Shanti Andía: 076

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 076 de 156
Las inquietudes de Shanti Andía - Libro tercero Pío Baroja


Ella puso entre la mía su mano pequeña y callosa, y comenzamos a subir el Izarra. Íbamos escalando el monte, de prisa, huyendo del agua. Llovía cada vez más fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la Egan-suguia.

-Entremos aquí -dijo Mary, que, después de las lágrimas, había quedado sonriente y de buen humor.

Ahí, mi querida Mary -le dije yo-, hay, según dicen, una gran serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama Egan-suguia.

-¿Y qué hace?

-Envenena con el aliento y se come a los chicos.

-¿Quién la ha visto?

-Creo que nadie la ha visto.

-¿Y usted la tiene miedo?

-Yo, no.

-Pues vamos a entrar en su casa.

-Vamos.

Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas, sino completamente limpia; en el fondo había una cama de paja, de algún pastor.

-¿Dónde estás, Egan-suguia? -dijo Mary-. Ven, que queremos hablarte y darte las gracias porque nos prestas tu casa. ¡No aparece!

-Estará haciendo algún recado -repliqué yo-. Quizá se haya perdido por el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lúzaro.

-¡Pobrecita! ¡En una cueva así debe tener mucho frío! Yo no creo que esa Egan-suguia sea tan mala como dicen. Si se comiera los niños, aquí estarían los huesos, y no hay nada.

-Es que tiene el estómago fuerte y la pícara de ella se los traga. Ahora, Mary ¿qué hacemos? ¿Quiere usted que vaya a Lúzaro y venga con un paraguas?

-No; sentémonos. Ya pasará la lluvia.

-¿Y qué vamos a hacer?

-Hablaremos.

Nos sentamos en el suelo.

Mary me preguntó adónde iba a llevarla; le dije quién era la mujer de Recalde y cómo vivía; luego me interrogó acerca de lo que pensaba hacer yo; le expliqué cómo tenía que embarcarme, lo que ganaba, cuándo volvería, todo.

Hablamos muy seriamente largo rato. Al cabo de algún tiempo cesó de llover y salimos de la cueva.

-¡Gracias, Egan-suguia! ¡Muchas gracias! -dijo Mary-. ¡No es verdad que comes a los chicos; eres muy buena y prestas tu casa a los que van por el monte! ¡Adiós!

Llegamos a Lúzaro y llevé a Mary a casa de Recalde. Ella estaba tranquila, pensaba que tendría que trabajar pronto. En cambio, mi inquietud era grande. Comprendía que estaba enamorado. Mary, casi niña; yo, casi viejo, y teniendo que ausentarme continuamente. Mis amores comenzaban mal.


Las inquietudes de Shanti Andía de Pío Baroja

Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV - Libro V - Libro VI - Libro VII - Epílogo - Índice