Las inquietudes de Shanti Andía: 128

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Capítulo IV - El final de la Shele
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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro sexto Pío Baroja


-Siempre que pensaba en la Shele -siguió diciendo el médico viejo- tenía el presentimiento, muy lógico en el fondo, de que había de acabar mal.

Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años hubiese sabido que la Shele vivía tranquila y feliz con su marido.

Cuatro o cinco meses después de esta escena que le he contado de los preliminares de la boda, me llamaron del caserío de Machín. La Shele había tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.

La encontré la primera vez que fui a visitarla muy quebrantada y con un principio de fiebre.

Pasó un día y otro día. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la menor palabra, la hacía llorar.

Doña Celestina me llamó reservadamente.

-¿Qué le pasa a la Shele? -me dijo.

-Que está mal.

-Pero ¿no mejora?

-No.

-¿Qué tiene?

-Tiene un estado de excitación continua, y creo que padece una lesión cardíaca, que el embarazo y los disgustos han exacerbado.

Doña Celestina se inmutó, porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos sentimientos.

-¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuido...?

-Es posible, pero no es fácil asegurarlo.

No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad que había hecho.

Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla reaccionar. Estaba decidida a dar un adiós definitivo a la vida.

Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos se estrellan.

A los quince días hubo que confesar y dar la -unción a la Shele.

Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.

Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.

La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance se encontraba alegre y sonriente. Por la mañana murió la pobrecilla .

El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.

-Sí, es horrible -dije yo- esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.

-Eso es. Es verdad.

-¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?

-Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la hicieron sufrir! -murmuró varias veces.

Luego dijo con voz iracunda:

Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.

Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se parecía a él, si no se parecía; y cuando yo le indiqué que su padre se había portado mal, replicó:

-No, no; él tampoco tuvo la culpa.

-Me habló de que por tu mano había recibido un manuscrito de su padre y prometió enviármelo.

-¿Y se lo envió a usted?

-Sí, lo he leído ya; por cierto que no sé qué hacer con él. Creo que tú eres el más indicado para guardarlo.

De manera que llévatelo.

Cogí el manuscrito, lo llevé a casa y comencé a leerlo en seguida.