Las inquietudes de Shanti Andía: 129

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Libro séptimo - El manuscrito de Juan Aguirre


Capítulo I - Resolución desesperada
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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro séptimo Pío Baroja


He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me inculcó la idea de que mi posición me obligaba a ser más rígido que los demás.

Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazón, aunque un tanto violento.

Muy joven comencé a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas enseñanzas me dio mi madre.

Mi vida, en los primeros años de navegación, fue muy intensa. Formaba parte de la tripulación del Asia, un bergantín que recorría los mares de la China. El capitán era australiano; el piloto, vascongado.

Nuestro comercio se desarrollaba entre Malaca, Siam, Sumatra, Borneo y las Filipinas. Los principales puntos de parada eran Singapur, Batavia, Macasar, Hong Kong y Manila.

Constantemente estábamos visitando sitios desconocidos, puertos en donde no había entrado aún el europeo. Sil Wilkins, mi capitán, era un hombre de genio.

Con frecuencia teníamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del golfo de Tonkín, como con los piratas moros que pululan por aquellas latitudes y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosa. Sobre todo hacia el nordeste de Borneo, cerca de las islas de Serasán y del archipiélago de los Piratas, tuvimos batallas navales furibundas contra dos y tres de esos barcos armados que llaman praos.

Estos praos o paraos suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que navegan a vela y a remo, y llevan varios hombres armados con fusiles; la mayoría tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos praos grandes, de tres palos, que llevan una toldilla sólida con cristales y están defendidos con una porción de cañones. No es fácil que un barco de comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen grandes condiciones marineras.

Sil Wilkins no tenía por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los piratas.

Conocía muy bien sus procedimientos y sus argucias. Hicimos verdaderos horrores. Cerca de las islas Célebes echamos a pique, a cañonazos, tres grandes embarcaciones de piratas que venían dispuestos a tomar nuestro bergantín al abordaje. También tuvimos que dar una buena lección a unos moros ladrones de la isla de Joló.

Sil Wilkins era un marino sencillamente extraordinario. No he conocido a nadie de un valor más sereno ni de mayor indulgencia y generosidad para las debilidades ajenas. No pude llegar a comprender bien si en su fondo había un inmenso desprecio o un gran cariño por los hombres. Quizá sentía las dos cosas al mismo tiempo.

Como todos los capitanes que llevan muchos años en un barco, él había navegado casi siempre en aquél, sabía lo que daba de sí su Asia, y no le pedía más.

Conocía el mar de la China como pocos; lo que no sabía lo adivinaba. Wilkins era un ejemplo de a lo que puede llegar un hombre cuando pone su inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de su juicio claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aún se podía decir que en él el talento era lo de menos.

La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el mal no era más que la cantidad de sombra necesaria para que brille el bien.

Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se retiró, ya viejo, a Sidney; yo fui a Manila, y desde Manila a Cádiz. Iba a entrar de piloto en la derrota de Cádiz a Filipinas. Mi madre me llamó y volví a Lúzaro.

Entonces conocí a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena posición que se había arruinado. Tenía algún parentesco con mi madre.

En nuestro país no suele ser ningún desdoro el que una muchacha entre a servir en una casa del pueblo.

Además, la Shele, como digo, era parienta y ahijada de mi madre. Su situación en mi casa podía considerarse intermedia entre criada y pariente pobre.

La Shele, muy joven e inocente; yo, un marino que venía de las soledades del mar de la China con gran deseo de vivir; nos vimos, y sucedió lo que no era raro que sucediera. No sé si mi madre sospechó lo que pasaba; si sospechó y se valió de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya perdonado. El caso fue que mi madre recibió una carta de Cádiz, en la que decían que era conveniente que yo volviese cuanto antes. Allí nadie supo decir quién había escrito esta carta. Todavía faltaba cerca de un mes para la salida de la fragata Maribeles, donde tenía que embarcar.

Estuve por volver a Lúzaro, pero vacilé; ¿qué pretexto iba a dar a mi madre?

Siempre me inspiró más temor que otra cosa. Yo no sospechaba el estado de la Shele. De sospecharlo, me hubiera decidido a volver y a casarme con ella, saltando por todo.

Llegó la época de entrar en la Maribeles y de perder hasta el recuerdo de las personas conocidas. Tardamos seis meses en llegar a Manila y estuvimos allí dos. Recogí varias cartas de mi madre, y entre muchas noticias para mí indiferentes me comunicaba que la Shele se había casado.

Cuando supe esto, me figuré que, como dice todo el mundo, las mujeres son volubles e ingratas, y pensé que la Shele me había olvidado con la ausencia.

Escribí a uno de los amigos de Lúzaro preguntándole lo ocurrido con ella.

Meses después pude recoger en Cádiz dos cartas suyas en contestación a la mía. En una me decía que la Shele se había casado, o, mejor dicho, la había casado mi madre con el hijo de Machín, un mozo estúpido y borracho, a cuyo padre habían tenido que dar dinero y tierras para permitir que su hijo se casara con la Shele, que estaba embarazada. En la segunda me decía el amigo que la Shele acababa de morir de sobreparto en el caserío de Machín.

Al saber esto me entró una desesperación profunda. Intenté marcharme del barco; pero el capitán notó algo en mí y no me lo permitió.

Tenía que zarpar la fragata, y hubo que seguir adelante. Los seis meses de viaje a Filipinas los pasé desesperado. Mi cólera y mi rabia llegaban a ponerme como enloquecido, y una porción de ideas furiosas me venían a la imaginación.

Poco a poco mi cólera disminuyó, y se fue convirtiendo en una profunda melancolía. Todo me parecía triste: en la cosa más sencilla e inocente encontraba motivo para una reflexión lúgubre. Llegaban a molestarme tanto estas ideas que, para ahogarlas, tomé la costumbre, al llegar a Manila, de ir a las tabernas a emborracharme.

En una de ellas encontré, por mi desdicha, a Tristán de Ugarte, que ha sido para mí uno de esos hombres providencialmente funestos, seres reclamos del mal que se ponen en el camino para arrastrarnos al vicio y a la ruina.

Ugarte estaba de piloto en un barco negrero; se había marchado de él hacía unas semanas, y llevaba una vida de riñas y francachelas. Se hallaba cansado del mar, de la vida agitada del barco negrero, y quería recalar en un rincón y pasar unos años carenándose.

Yo le dije que a mí, por el contrario, me faltaba la vida agitada como la que llevaba en el Asia con Sil Wilkins; batirme todos los días, pasar a cuchillo al que se me pusiera por delante, y morir cualquier día de un, balazo en la borda de un barco.

-Hombre, vamos a hacer una cosa -me dijo él.

-¿Qué?

-Vamos a cambiar de destino y de estado civil. Tú te vas al negrero y te llamas Tristán de Ugarte; yo...

-No puede ser -repliqué-. En el barco en donde yo estoy no te van a tomar con mis papeles y con mi

nombre.

-No importa. Yo no pienso ir a tu barco. Voy a comprar unas tierras en Filipinas, y me gustaría usar tu

nombre mejor que el mío.

-Entonces, sí.

-Pues nada. Yo me llamo desde ahora Juan de Aguirre; y si tú quieres entrar en El Dragón como piloto

y con mi nombre, ahora mismo le escribo al capitán, que es un paisano.

-Bueno, escríbele. ¿Dónde está el barco?

-En Batavia.

Se puso Tristán a escribir la carta y cuando concluyó me la dio. Cambiamos de papeles. Éramos, poco más o menos, de la misma edad y de la misma estatura. Él de Elguea, yo de Lúzaro, teníamos el mismo acento. La sustitución era fácil.

Dejé salir la Maribeles, y unos días después iba a Batavia y entraba en El Dragón con una absoluta inconsciencia.


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