Las posadas del amor:2

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El parque, al sol, tenía una inmensa paz de maravilla.

En las platabandas que circundaban la glorieta, los bojes trazaban las cifras de María, y los tomillos de Italia las cifras de Jesús. Había palomas blancas, y las golondrinas rasaban como flechas las copas de los árboles.

De pronto volaron las palomas. Otra bandada blanca y bulliciosa corría acercándose. Eran las niñas -y los jardines se poblaron de gritos y de risas. Once se apoderaron del columpio; muchas jugaron al diávolo, y dos grupos de pequeñas a la comba. Solamente las cinco mayorcitas quedáronse acompañando a la inspectora en el banco del nogal. Estas seguían preguntándole a la hermana sobre la plática de hoy. Fue de la mentira. Pero a veces hacía falta y debía salvarse la intención, como hizo San Francisco: interrogado acerca de si había visto un fugitivo, dijo, por no delatarle, metiéndose en una bocamanga la otra mano: No ha pasado por aquí. «Y además, llegan a vuestra casa y preguntan por papá. -No está-; pues se miente; debe decirse: -No está- añadiendo bajo (para que usted le vea)»... ¡Oh, qué bien! -Sino que hubo que reñir a una muy mala pequeñina que poníase delante del columpio. Para aplacar la protesta, fueron la inspectora y las cinco a columpiar.

Llegaron otras dos hermanas, y luego tres. Las blancas capelinas, fruncidas bajo las tocas negras desde la frente al mentón, les ceñían la cara, dándoles una ancha y rosada frescura infantil. Eran jóvenes casi todas ellas, y las niñas acababan por tratarlas como a niñas. Quieras que no, subieron a una al columpio; y al fin columpiábanse también la hermana Carmen, la hermana Rosa y la hermana Veneranda... El parque estaba en plena gloria de risas y de gritos. Los diávolos bajaban y subían. Algunos a grandes alturas, por encima de los árboles. Pero a los diávolos (¡Ave María Purísima¡), se les cambiaba el nombre por carretes, y además se prohibía jugar cerca de la tapia que daba al campo, pues una tarde, mozuelos irreverentes, que volverían de cazar, osaron dispararles con munición a los carretes. Se comprendió cuando cayó uno acribillado y trompicando desde arriba. -¡Ah, qué bien se estaba aquí! Las colegialas reían con las hermanas y no querrían salir nunca del convento.

Sin embargo, en el columpio tuvo que establecerse el orden de un modo repentino: llegaba la directora.

Llegaba... solemne, lentamente entre los álamos. Sin duda vio a la hermana Carmen por el aire y la oyó chillar... y venía disimulando haberla visto. Requeríalo el cargo que las iba recorriendo a todas, cada año, por turno. Cuando lo tuvo la hermana Carmen, tampoco se columpiaba. Y llegó la directora y se sentó. Al banco fueron a acompañarla algunas niñas. Todas informáronse de cómo seguía la enferma.

-Lo mismo. ¡La Virgen de Tur quiera salvarla!

-¿Viene el papá? -le preguntó una morenita, amiga de Clotilde.

-Mañana llega.

Hubo un alto en el columpio, y se diría que una oración pasó con el silencio por los labios y las almas. En seguida se mecieron solamente las chiquillas, y la hermana Carmen empujaba. La hermana Rosa y la hermana Encarnación se fueron a ayudar a las combas. Volvió a reinar la alegría. Quiso la hermana Veneranda enseñar al diávolo a una chiquitina, y no sabía ella repiarlo en el cordel. Mientras, se reía la directora; una rubia cubanita echábala piropos. ¡La directora, la grave directora, la hermana Nieves, más buena, más joven que casi todas las otras monjas del colegio! Ella no quería decir sus años, por no perder autoridad; pero la morena amiga de Clotilde los sabía, de cuando no era directora y jugaba al corro en el jardín: apenas llegaba a veintitrés. Una le rodeó a la toca sus trenzas rubias, por verla cómo estaría con el pelo; otra, sus negras trenzas.

-¿Cómo es usted, madre? ¿Rubia?

-No, mujer; ¿no estás viéndome las cejas?... ¡Qué loca!

-¡Ah, sí! Pero... ¡es usted tan blanca! -y se la inclinó al peto y le besó fervorosamente la medalla, con el fin de demostrar que no la quería menos porque no fuese rubia también.

Quiso la otra en seguida rezar por Clotilde, y las tres pusiéronse a rezar. La madre no había venido más que a descansar un rato, del cuarto de la enferma. Sin embargo, el rezo se interrumpió con la llegada de otra hermana: estaba en el locutorio esperando el párroco de las Mercedes. La directora se levantó, y se llevó, de paso, a la hermana Carmen. Le extrañaba esta visita. La compañía gustábale como una dignidad que le daba al cargo, tal que con sus damas una reina.

Ya iba delante, y muy serias las tres, cuando entraron en la casa. El anciano sacerdote traía cara de disgusto. Era un sabio arrugadito, tintado por la bilis, con lentes, todo calvo. Sentáronse. Mostró su asombro de que supiesen ellas el viaje del papá de la enfermita sin encontrarlas aterradas. En el convento vivían aparte del mundo; se desconocían cosas que no ignoraba él, por desdicha, y debía advertirlas: no es que fuese aquel señor un descreído, sino un malvado y un hereje; autor de novelas nefandas, debíales bien triste celebridad; los periódicos y revistas de la buena Prensa lanzaban sin cesar al escarmiento y la vergüenza sus escándalos. Por ejemplo: aquí, cerca del mismo Versala, en Tur, tuvo tiempo atrás una querida a quien volvió loca y mató a fuerza de martirios. Poco después su mujer corría la misma suerte, y de ella le quedó Clotilde. Finalmente, vivía en Madrid con otros de su laya y en perpetua bacanal, en una maldita casa donde tenían sobre los lechos, en vez de Crucifijos, Sagradas Hostias clavadas con puñales...

¡Oh! ¡No esperaban las hermanas tal horrenda cosa... y tal conflicto! ¿Debía consentirse, pues, que ni siquiera el réprobo pasase los umbrales del convento? La cuestión se discutió. Clotilde no era la única pobrecita niña hija del pecado que estaba aquí, con la piedad de ellas hacia tales inocentes, en el abandono de una madre o de un padre ricos, y con el cristiano deber de las cristianas por disputarle al Mal almitas blancas. A Clotilde, bella y buena, queríanla más, justamente porque nadie venía a verla desde que estaba en el colegio. Aparte su gravedad, que lo impedía, fuese el hacerla salir, como entregarla al enemigo; pero su padre tendría derecho a ella, según las profanas leyes, y a verla aquí, según el reglamento. Y en fin, ya que tampoco el designio del sabio sacerdote cifrábase en que echasen a la niña, sino solamente en avisar a las hermanas de la casta de hombre que las iba a visitar, el delicadísimo acuerdo quedó fundado en estas bases: pasiva hostilidad, y toda la brevedad posible en las visitas. El buen párroco, por otra parte, sabía la noticia del viajero porque el médico se lo acababa de contar, mostrándole un telegrama: venía, pues, el hereje, llamado y por cumplir; lo probable sería que se largase al día siguiente.

El párroco se despidió.

Y ahora sí, estaban aterradas las tres monjas. Siguieron deliberando, y la directora llamó a todas las hermanas a capítulo. Buscaban una línea de conducta. El terror invadió también a las demás, y aparecíaseles el réprobo como un demonio. ¡Las Hostias clavadas con puñales! La menos joven, la hermana Petra, que ya pasaba de cincuenta años, propuso que nunca se le recibiese sino por tres juntas, para que mientras una le hablase, dijeran las otras incesantemente: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!...». Además, se reforzarían los escapularios y aumentarían sus oraciones.

Quedó la directora sola, después -reclamada la comunidad por sus cuidados con las niñas. -Primero rezó, arrodillándose ante una Pura. Luego volvió a sentarse en el mismo sillón gótico en donde habíanla hecho temblar las revelaciones tremendas, y pensó, fortalecida, que era un poco cobarde e infantil la resolución adoptada. Tres, o todas, como cada una de ellas, debían tener, en su misión santísima, la heroica fe y el valor que afrontase los espantos. Desde la autoridad de su cargo temió haberle dado a las hermanas ejemplo de debilidad. Recordó que no formaba sino estricta obediencia de su regla combatir el miedo; allá en la Casa Matriz, la madre general, cuando novicias, obligábalas a llegar hasta los rincones más obscuros de los claustros, donde la alucinación de chicuelas hacíalas ver al enemigo, y las mandaban velar solas a los muertos.

Se avergonzó la directora. Llevaba en el corazón a Dios, al Invencible, y diríase que todas lo habían dudado al aceptar en salvación el mutuo vil amparo de ellas mismas. Se levantó y se vio en la faz, al paso, en la dorada cornucopia, un rubor de vivo fuego. Mal sabía cumplir su dirección en esta casa. Dispondría un trisagio en desagravio. Para recibir al réprobo, el convento no debía cambiar absolutamente en nada sus costumbres. Si era un cínico, que osara blasfemar o querer quitarle las reliquias a la enferma, ella se sobraría para imponerle el duro correctivo.

Y bajó -con no sabía qué detestable impresión de cuernos y de rabos y de pelos largos y de azufre-, bajó por la ancha y soledosa escalera, en que ya brillaba el farolito, hacia el cuarto de la enferma.