Las tormentas del 48: 17

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18 de Abril.- Muerto de sueño, no pude terminar anoche la sustanciosa conversación que tuvimos Eufrasia y yo en casa de Rafaela Milagro. Sigo en el punto en que la dejé, o sea, en lo de que yo me alimentaba con dátiles podridos a mi paso por el desierto. Nada quise responder sobre aquella supuesta putrefacción del fruto de las palmeras, y abordé valeroso el tema que mi amiga me proponía para seguir peleándonos. Precisamente, allí quería yo verla y escuchar lo que pensaba de un problema de mi vida sobre el cual no había querido darme opinión. No he necesitado decir que en la famosa noche de mi conocimiento con Emparán, relacioné las enigmáticas preguntas que éste me hizo con el plan casamentero de mi hermana sin consultar para nada mi voluntad, como si yo fuera un objeto insensible y de poco precio, que se regala, o de mucho precio y que se vende. Más sorprendido que indignado, y mirando por el lado de las burlas aquel mercantilismo matrimonial, corrí a llevarle el cuento a Eufrasia. Al punto advertí en sus ojos una gran estupefacción, después un rayo de cólera que me colmó de alegría. Sus palabras, pasada la impresión primera, y echados rápidamente los frenos del disimulo, no correspondieron al lenguaje anímico de los ojos.

-Está usted divertido -me dijo echándose a reír-. Quieren llevarle al matrimonio como se lleva al colegio un chiquillo mal criado para domarle. Es usted un ángel de Dios, Pepe. Deben de conocerle bien los que así disponen de su corazón y de su mano. Veo que usted lo toma a broma, y ello prueba una pachorra... tan fenomenal... vamos, que si la pachorra fuera motivo de canonización, ya estaría usted subidito en los altares con una vela a cada lado...». Por más que en mi respuesta me mostré irritadísimo ante aquel menosprecio que se hacía de mi voluntad, no logré que cambiara el tonillo sarcástico por otro más conforme con mis sentimientos. Repitió las burlas, llevándolas hasta un extremo que jamás vi en ella, y desde aquella noche levantó delante de mí el muro de hielo que mis atenciones y mi cariño no han podido escalar, ni menos romper, como he consignado en las confesiones de los últimos días.

Y ahora, planteada de nuevo la cuestión, le digo: «Estoy esperando, amiga mía, su pensamiento acerca de eso que llama mi oasis». Y ella, más glacial que nunca: En otra ocasión pude reírme de que le quisieran a usted... para mejorar la yeguada de los Emparanes. Ahora, conociéndole mejor, veo que los que así disponen de usted, saben lo que se hacen. Y estará loco si no cierra los ojos y se presta... al cruzamiento... antes hoy que mañana. Si así no lo hace usted, está perdido. Nada, Pepe: ahora mismo escriba usted a Catalina dándole prisa para que lo arregle todo prontito. Le ha venido Dios a ver con esa boda. Ni usted merece más, ni podría esperar solución más acertada de los conflictos de su existencia... Más le digo: ¿quiere usted que volvamos a ser amigos?

-Es mi mayor anhelo.

-Pues vaya, Pepe, vaya pronto a esas vistas que le proponía mi marido; vea y examine el bien que Dios le ha deparado, y cuando usted salga de aquella casa, comuníqueme sus impresiones... Entonces, cuando yo me entere del estado de su ánimo, le indicaré la forma y manera más dignas de dar ese sí que tanto se desea.

-Déjese usted de síes y noes, que no tienen sentido común. ¿Será usted mi amiga, me aconsejará?

-Aconsejándole estoy ahora.

-¿De modo que usted cree...?

-Ya lo he dicho: cierre usted los ojos... y ¡adentro!

-Como quien toma una medicina muy amarga.

-Exactamente -dijo tapándose la boca con el libro de rezos para ocultarme su risa.

Creí observar que el muro de hielo, con aquel reír gracioso, se agrietaba; pero ella prontamente acudió a repararlo, revistiéndose de gravedad severa... Entraron otras dos señoras que también de la iglesia venían; tras ellas un sacerdote... Eufrasia me indicó que debía retirarme, y así lo hice, desdoblando lentamente, en el descenso por los escalones, mis inquietudes y tristezas.

29 de Abril.- Tanto tengo que referir esta noche que no sé por dónde empezar. Con las fatigas de estos días y la tardanza en recogerme (que casi con las primeras luces de la mañana entro en mi casa), me han faltado tiempo y gusto para escribir. Procuraré ganar lo perdido, y presentaros con el posible método y precisión los acontecimientos de este capítulo de mi historia. Lo primero que debo decir es que Sotero Trujillo, marido de Antonia, se personó un día en mi casa, proponiéndome un negocio, en el cual me daría participación si yo le anticipaba la cantidad necesaria para plantearlo. ¡Vaya una minita que era el tal negocio! Con él se ganaría el dinero a espuertas... Tocante al secreto, a nadie lo revelaría. Fue mi única contestación agarrarle por un brazo y llevármele como a rastras hacia la puerta. Ya fuera de ella, quiso el hombre revolverse contra mí; pero mi fuerza nerviosa, que a falta de la muscular me asiste en casos tales, pudo más que su impetuosa rabia... De un empujón bajó Sotero rodando el primer tramo de la escalera. Sangraba por frente y narices, escupía maldiciones, y si no intervienen los porteros que al escándalo acudieron, sigo tras él y le lanzo a nueva carrera por el segundo tramo. Hacia la calle le precipitaron los porteros y un polizonte, y no volví a saber de él en todo el día. Mi hermano y Segismunda me riñeron por el escándalo, echándome en cara que a casa llegasen tan ignominiosas visitas, por la desigual vida que yo llevo entre las personas más altas y las más bajas.

Siguió a este ruidoso acontecimiento, en la serie de aquel día, otro no inferior en importancia, pero sumamente grato para mí; y fue que aquella tarde, hallándome, diré que por casualidad, en mi oficina (a la cual yo no voy más que a fumar cigarrillos y a escribir mi correspondencia), tuve el honor de ser llamado por Sartorius a su despacho, y recibido por él con delicada llaneza. Su Excelencia había oído hablar de mí y deseaba conocerme. La rápida lectura de las primeras hojas de un manuscrito mío le había revelado disposiciones literarias no comunes, y como protector de las letras y de sus cultivadores, me incitaba bondadosamente a poner más atención en los trabajos de pluma que en el tumulto de la vida social elegante. Debía yo, pues, probar fortuna en el Teatro o en la Novela, género muy desmedrado entonces en España, y mejor aún en la historia nutrida y amena. Nos hacen mucha falta, según Sartorius, buenos escritores que aprendan y cultiven el arte de la amenidad, y nos libren de esas investigaciones pesadas y macizas sobre cosas de la Edad Media, que no hay cristiano que las trague; y convendría también que los de literatura entretenida abandonasen la cuerda sentimental, que ya empalaga, reanudando la tradición de la prosa humorística, española, expresión de la vida real...

Representa Sartorius cuarenta años; es de buena presencia, el rostro expresivo, el bigote corto y rubio, la mirada sagaz, modales y conversación de exquisita urbanidad. En él veo un raro ejemplo de aristócratas espontáneos, como yo, es decir, hombres que, sin haber nacido en dorada cuna, parecen destinados por Dios a ser fundamento de la nueva nobleza que ha de levantarse sobre las ruinas de la antigua... Terminó Su Excelencia con una indicación que fue signo de interés y simpatía por mi humilde persona. «A usted -me dijo-, le convendría entrar en la carrera diplomática, para la cual parece cortado, no sólo por su ilustración y su conocimiento de lenguas extranjeras, sino por su buena figura. Podría ir de agregado a París o a Roma, y en ello habría para usted dos ventajas: la de abrirse una brillante carrera, y la de ausentarse de Madrid... que no le vendrá a usted mal, según entiendo». Comprendí que mi hermano Agustín había sugerido al señor Ministro la idea de echarme de aquí, como el único medio práctico de cortar de un tajo los innumerables enredos en que aprisionada está mi pobre existencia. Agradeciendo la noble intención, me despedí, no sin protestar en mi interior del destierro que me preparaban, pues la vida esta en que sufrimientos y goces se confunden con dramático enlace, me cautiva, me embriaga, y como los borrachos, amo el licor que endulza y alegra mis horas.

Observando un puntual orden cronológico, refiero que aquella noche fui a la tertulia de Montijo. Nada de extraordinario me ocurrió en el palacio de la plaza del Ángel, pues no lo fue que la menor de las hijas de la Condesa, Eugenia, lindísima criatura, de una belleza espiritual cuando está seria, picaresca cuando ríe (y no escasea la risa), me dijese que, pues yo poseía el italiano, habláramos un ratito en esta lengua, que ella con mucho gusto estudia... Gramaticalmente la domina ya, y desea soltarse... Hablamos, no tanto como yo quisiera, y pude recrearme en la gracia, en el ingenio y donosura de esta sin par mujer; pero de mis ejercicios italianos hubieron de arrebatármela, con los españoles, Bermúdez de Castro y Roca de Togores, que andaban locos tras ella, pretendientes más tenaces cuanto menos favorecidos. Eugenia se divierte con ellos, como con otros, como conmigo, y a todos da cuerda, mas no esperanzas... En el rincón de los políticos presencié una viva disputa entre Borrego y Salamanca, del cual se dice que ha vuelto la espalda a Narváez y a la misma Reina, lastimado del alevoso puntapié que aplicaron a su Ministerio, no más sólido que una estatua de escayola, como todo figurón que no tiene por ánima, dentro del yeso, una espada formidable. Aburriome la disputa, en la cual no se oían más que los comunes tópicos, y me fui al olor de las damas, que no pocas allí había de mi conocimiento, y algunas a quienes yo solía cortejar con la audacia propia de galanes españoles, maestros de dar formas finísimas a la grosería. Detúveme un mediano rato con la de Torrefirme, casi cuarentona, que me mostraba singular deferencia ya tocante en la inclinación, y como advirtiese yo aquella noche que la caída hacia mí se acentuaba locamente, excediendo en desnivel a la torre de Pisa, miné y destruí su cimiento todo lo que pude para que se derrumbase pronto, como en efecto... Pero de esto no debo decir más ahora.

Esclavo de la escrupulosa cronología, digo que a la mañana siguiente me despabilaron dos visitas harto funestas: el pobre Cuadrado, que iba al olor de socorros y esperanzas, y la prima de Antonia, prendera, que me dio la noticia de hallarse ésta enferma y poco menos que moribunda. Para recibir y contentar a los dos visitantes derroché tesoros de filosofía. Ni sorpresa ni alarma me causaron los suspiros y lamentos con que la prendera me llevó su embajada, porque ya estaba yo hecho a noticiones de aquel calibre y a las actitudes sentimentales; no obstante, sentí lástima de la cordonera, a quien no había visto en luengos días, y sospeché que padeciese hambre o que le dieran tormento los infinitos diablos que componen su familia. Con promesa de pasar por allá despedí a la llorona mensajera; a Cuadrado le di todo el contenido de mi bolsa, que no era mucho, y por consuelo le dije que ya había hablado de su asunto con el propio Ministro. Esto no era verdad, porque en mi entrevista con Sartorius, de todo me acordé menos del infeliz cesante; pero al soltarle la fábula, hice mental propósito de enmendar pronto mi negligencia: «Váyase tranquilo, amigo Cuadrado, que no pasará esta semana sin que usted reciba la reposición: corre de mi cuenta». Y él: «Como no se den prisa, puede que antes de reponerme esté todo el Gobierno en medio del arroyo. Oiga usted a los progresistas y entérese... Cuentan con la Inglaterra, que ha mandado ya para acá sin fin de cajas llenas de libras esterlinas...

-¿Usted las ha visto?

-¿Cómo he de verlas, si todavía no han llegado? Ahora vienen por la travesía de mar. Pero vendrán, y las veremos todos, que buena falta nos hace. Esto está perdido; en Castilla y Extremadura habrá mala cosecha, y como siga el espadón, tendremos hambre pública... Pues digo: cuentan con la Inglaterra; cuentan con diez o doce batallones... ya comprometidos, y cuentan con gente de mucho dinero, que no tengo por qué nombrar».

Preguntele si conspiraba, y con viva efusión, iluminado el rostro por llamaradas de alegría, me contestó que sí. Conspiraba porque se lo pedía el cuerpo, porque el conspirar era olvido de las penas, venganza de la injusticia y fuente de risueñas esperanzas; conspiraba también por patriotismo, para que la Nación saliera pronto de tantas desventuras. Como no tenía ocupaciones de oficina ni de nada, se pasaba el día charlando de la conspiración con sus amigos viejos, o con los nuevos que en el campo democrático le habían salido. El rincón de un café, el cuchitril de una portería o las negras estancias de una mala imprenta eran sus logias, y cuando no se terciaba el arrimo a cualquier tertulia revolucionaria, satisfacía su anhelo en los corrillos de la Puerta del Sol, conventículo habitual de cesantes. Díjome que si sus hijos fueran mayores, a todos pondría un trabuquito en la mano para defender la primera barricada que se levante. Él y otro amigo no menos enamorado de las trifulcas, y que con ellas soñaba dormido y despierto, habían recorrido todo Madrid, barrio por barrio, estudiando sobre el terreno los puntos más estratégicos para emplazar barricadas, con el menor riesgo de sus defensores y mayor desamparo de la tropa que tomarlas quisiese. Las enfilaciones de las calles, la orientación de los edificios, todito lo tenían bien observado, medido y presupuesto para el caso muy próximo de dar el grito contra Narváez. No era puro platonismo y ojalatería, que también, según dio a entender, andaba en pasos de pronunciar a cabos y sargentos, sirviendo de auxiliar a otros dos, ya muy duchos en este arte. Despedile al fin, incitándole a perseverar en su trabajo, pues aunque yo creía firmemente que se le repondría, debíamos prepararnos para toda contingencia desfavorable, y si la gran injusticia no se remediaba, echar a rodar todo lo rodable, Gobierno, Constitución y el Trono mismo.

Comí con presteza y me eché a la calle, movido de la absoluta precisión de buscar dinero, pues el cesante había limpiado mis bolsillos: visité a tres usureros, arreglándome al fin con el más cruel y de más arrebatada fantasía para elevar hasta el cielo los intereses y remontar mis deudas. Me reparé de mi necesidad, y aunque me acosaban tristes presentimientos del abismo a que yo corría, bien pronto el torbellino vital, el encadenamiento rápido de las obligaciones con los goces, y de los apetitos con los nuevos deseos, las ambiciones soñadas sucediendo a las satisfechas, me volvían al normal abandono y a no pensar más que en el momento presente... Sigo contando.

Con dinero fresco, corrí a casa de Antonia, un piso tercero en la Plaza Mayor, y mi sorpresa fue terrible ante el desastre que mis atónitos ojos contemplaron al entrar en la estancia. Trujillo, según me explicó la prendera, allí presente, había cargado con todos los muebles para empeñarlos o venderlos, no perdonando más que la cama en que Antonia yacía con altísima fiebre y angustias del ánimo, que se disiparon al verme. El miserable se había llevado hasta los clavos, haciendo tabla rasa de cortinas y alfombras, con lo que la casa se había convertido en nevera. Nada de esto me había dicho en mi casa Margarita, que así se llama la prima de Antonia, porque lo ignoraba: el villano despojo fue perpetrado de once a una por el Sotero y dos compinches. Mientras acudía yo a reanimar con palabras afectuosas a la pobre Antoñita, hizo la otra una visita de inspección a los aposentos interiores, y volvió con las manos en la cabeza, diciendo: «Han afanado también toda tu ropa, hija, no dejándote mas que cuatro pingos. ¡Habrá infames, habrá trastos!... En la salita queda un espejo chico, el lavabo viejo y unas mantas y almohadas... ¡Jesús, Jesús!...».

Sonriendo, y sin quitar de mí sus ojos, nos contó la enferma que al partir Sotero con el ajuar de la casa le dijo: «Ahí quedan unas cosas. No vayas a creer que te las dejo. Volveré por ellas esta tarde».

Yo no tenía más arma que un bastón de estoque. Ya estaba yo viendo el hierro traspasando de parte a parte al ladrón si volvía mientras yo estuviese allí... Pero no había que perder el tiempo en quejas y apóstrofes vanos, pues Antoñita necesitaba con premura cuidados, alimento, medicinas. Llamada por la prendera una chiquilla de la vecindad que todos conocíamos, muy amable y vivaracha, de nombre Encarna, empezamos a reparar el gran desavío causado por aquellos bergantes, y acudiendo algunas vecinas, entró en la casa lo más necesario en aquel conflicto: caldo, pan, agua caliente, carbón, leche, velas... Bajando y subiendo Encarna con ratonil prontitud las escaleras, trajo de las tiendas próximas todo lo que el dinero podía facilitar de momento; y al ver el trajín que unos y otros traían, Antoñita reía y daba palmadas, no sé si delirando, o por efecto del extremado gozo que mi presencia le causaba, el cual parecía tener virtud bastante para sofocar las mayores tribulaciones. Procuré hacer a su lado la calma: dispuse que todo el mujerío se retirase al comedor y cocina, di a Margarita cuanto necesitaba para completar la provisión de lo más indispensable, ordené que fuese llamado un médico, y quedeme solo con la infeliz mujer, arropándola cuidadosamente para que no se enfriara, y sosegando su ánimo con dulces acentos de amistad y compasión. Pero si logré que guardara bien los brazos bajo el rebozo, no pude poner freno a su desmandada locuacidad.



Las tormentas del 48 de Benito Pérez Galdós

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