Las veladas del tropero: 04

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Hacía mucha falta un boliche en aquellos pagos, pues era todo un trabajo para las numerosas familias allí establecidas, ir a más de veinte leguas a buscar los vicios; pero toda esa gente era tan pobre, que ningún comerciante se había atrevido a establecerse entre ella. Parecía que más bien le tenían miedo, lo que se comprende, pues todos eran vagos, intrusos, desertores, gauchos malos, boleadores, sin más hacienda que la tropilla ni más recurso que el aleatorio producto de la caza.

Dos o tres veces había caído entre ellos un galleguito mercachifle, con su carro lleno de mercaderías y se las había cambiado por pluma de avestruz, cerda, cueros de venado y de nutria, algunos de tigre y uno que otro quillango de guanaco, haciendo, en resumidas cuentas, puras pichinchas, pero no se sentía muy seguro entre tantos diablos y no había vuelto más.

Y fue muy grande el regocijo de todos al saber que del día a la noche, y sin que se supiera muy bien cómo, se había levantado cerca del Médano de los Leones, un boliche regularmente surtido, cuyo dueño, que decía llamarse don Eufemio, era extranjero -lo que de sobra se conocía por su modo de hablar-, y parecía muy buen hombre.

No tardó la noticia en cundir de rancho en toldo, de toldo en cueva, y apenas amaneció, ya se amontonaron los caballos en el palenque; como paja voladora en un hueco, y, en el mostrador, los gauchos.

Causaba cierta admiración -y no la disimulaban todos- esta casa tan bien construida, con sus buenas paredes de barro bien revocadas, su techo de hierro, sus estantes llenos de toda clase de mercaderías, sin que nadie la hubiera visto edificar, sin que nadie hubiera encontrado o divisado los carros que habían traído la carga, sin que un peón siquiera hubiera sido conchabado en el pago para cortar la paja o pisar el barro.

-¡Cosa bárbara! -dijo uno, con jeta de recelo.

-Cállate -le contestó otro-; mejor es no relinchar, cuando se desconoce la querencia.

-¿No será brujo el don Eufemio ese?

-Anda, che; pregúntaselo.

Y no dejaban de mirarlo todos con bastante desconfianza. Pero lo que menos tenía el hombre era cara de brujo.

Rechoncho, colorado, risueño, amable, don Eufemio era todo el tipo del pulpero de profesión, y nada más. No parecía que hubiera nada que no fuese natural en su modo de ser. Despachaba con actividad y destreza todo lo que se le pedía, y a pesar de estar solo en el mostrador, detrás de la reja que lo separaba de los clientes, para todo se daba maña.

Ninguno, ese día, se atrevió a pedirle fiado; no hay que atropellar para que el pingo pare a mano; además, todos tenían plata, pues hacía tiempo que no venía ningún mercachifle; ni un panadero siquiera. Sólo dos o tres gauchos trataron de aprovechar el momento en que don Eufemio, muy atareado, atendía a otros, para... olvidarse de pagar el gasto, deslizándose discretamente y sin llamar la atención. Pero dio la casualidad que en el momento de pisar el umbral no podían resistir las ganas de mirar a don Eufemio, y como si una mirada atrajese la otra, se encontraban con su ojito risueño y burlón fijo en los suyos, de tal modo penetrante, que ya bajando la vista, tartamudeaban una excusa:

-Caramba, me iba sin pagar.

O pedían:

-Deme otra copa.

Y mansitos, se volvían a acercar al mostrador con la platita en la mano.

Uno quiso hacerse el fuerte, y aunque medio turbado por la mirada aguda y socarrona del pulpero, se apartó con decisión del mostrador, dispuesto a irse; pero había un clavo que salía de las tablas -¡todo había sido hecho tan deprisa!- y se agarró tan mal el chiripa, que al dar un paso se le rajó desde arriba abajo. Se tuvo que quedar a la fuerza hasta componerlo, mal que mal, y bastó esto para que le volviera la memoria y pagase lo que debía.

Otro que lo pensaba imitar, estaba, como quien no quiere la cosa, recostado contra la puerta, listo para escabullirse. Pero cuando quiso, no se pudo despegar; había una mancha de alquitrán en la puerta, y de tal modo se le había pegado la blusa, que tuvo que venir en su auxilio el mismo don Eufemio, a quien en seguida abonó el gasto.

También disparó un caballo ensillado, dejando a pie al amo, y sólo se paró y se dejó agarrar cuando se hubo acordado éste de pagar lo que había comprado.

¡Hombre confiado, por demás, don Eufemio y fácil, al parecer, de engañar! Como no tenía dependiente -decía que no le alcanzaba el negocio para tanto-, tenía, muchas veces, que dejar al cliente solo en el despacho, mientras iba a la trastienda a sacar el vino o la galleta que le habían pedido; y ya que la reja no llegaba hasta donde estaba la tienda, muy bien le hubieran podido robar algún poncho o alguna pieza de género. Pero dicen -cosa difícil de creer entre semejante vecindario de bandoleros y de matreros- que nunca le faltó nada.

Una vez, es cierto, quiso un gaucho llevarse una docena de medias que habían quedado en el mostrador, pero en el momento en que las iba a esconder bajo el poncho, se le habían escapado de las manos, desparramándose en el suelo las veinticuatro como maíz frito, y como justamente volvía don Eufemio de la trastienda, le ayudó a levantarlas, contestando con indulgente sonrisa a las disculpas que le daba:

-No es nada, hombre, no es nada.

Otro día, sin mala intención -distracción no más-, se le iba un cliente con tres tiradores cinchados debajo de la blusa, cuando de repente volvió don Eufemio y vio que el pobre se ponía pálido como el bramante de los estantes. Le preguntó cariñosamente lo que tenía, y como el otro no sabía lo que era o no lo podía decir, le hizo sentarse, y antes que se desmayara del todo, le desprendió -y era tiempo- los tres tiradores que le estaban apretando más y más.

-Pero, mire, ¡qué ocurrencia! -dijo don Eufemio-; para hacerse el buen mozo, ¿no?

Y haciéndole tomar un vaso de agua con anís, para que se compusiera, lo despidió con buenas palabras y volvió a colgar del techo los tres tiradores.

Puede ser que otros hechos por el estilo le hayan sucedido, en otras ocasiones, pero no han de haber sido muy frecuentes, pues ni él se quejó nunca de que le hubiesen llevado nada, ni tampoco lo contaron los vecinos.

Es cierto que, en general, son casos que más bien suceden cuando no hay gente indiscreta. Una vez, sin embargo, le pasó a uno un chasco bastante lindo para quitarle por un tiempo las ganas de hacerse el gracioso. En un descuido de don Eufemio -había ese día mucha gente en la casa-, un gaucho se cazó un magnífico chambergo. Salió al patio; se lo probó, y como le iba a las mil maravillas, tiró el viejo que, por los agujeros que tenía, parecía espumadera, y volvió al mostrador. Apenas hubo entrado, todos lo miraron asombrados; él no sabía por qué y se les iba a enojar, cuando de repente, el sombrero se le entró hasta taparle toda la cara; llevaba la prenda un letrero con estas palabras: «Este sombrero no es mío».

La carcajada fue general.

-¡Bien se ve que no es tuyo! -decían, todos.

-¿Será el de tu abuelo?

-¡Pues amigo, los eliges grandes!

El pobre mozo, enceguecido, se debatía, sin podérselo quitar, y tuvo don Eufemio que acudir en su ayuda, volviéndole a poner en la cabeza el viejo compañero grasiento que, con tanta ingratitud, había tirado.

Fuera de estos pequeños incidentes sin importancia, andaba muy bien, al parecer, la pulpería de don Eufemio. La verdad es que el hombre no podía ser más simpático. Fiaba con mucha facilidad, no a todos, por supuesto, pero a todos los que se lo venían a pedir con intención de pagarle. Parecía que adivinaba, con sólo mirarlos, quiénes eran los buenos y quiénes eran los pícaros. Debía de tener mucho tino ese hombre, pues nunca, nunca se equivocó. Y, cosa rara, bastaba que hubiera fiado a algún pobre que no tuviera con qué caerse muerto para que toda clase de buenas suerte le cayeran encima, poniéndolo pronto en condiciones de saldar su deuda.

También hay que decir que, a sus clientes, don Eufemio siempre pagaba muy buen precio por los frutos que le traían; nadie les hubiera pagado más, sin contar que su balanza no era de esas que tienen secreto para aumentar el peso de la galleta o de la hierba que se entrega y mermar el de los frutos que se reciben. Era costumbre de él pesar no solamente lo justo sino con liberalidad, y no tenía la balanza de su mostrador, como la de tantas casas, una pesita en permanencia en uno de los platillos; no, y los dos platillos, bien iguales, bien limpios y vacíos, se balanceaban a la vista de todos, al menor soplo de viento.

A pesar de ser el vecindario tan mal compuesto, y de ser frecuentes las reuniones en la pulpería de don Eufemio, raras veces había peleas importantes y nunca se oyó decir que hubiera tenido que intervenir la policía ni tampoco que hubiera habido muertes. Sin embargo, había entre todos estos gauchos cada borracho que daba miedo, matones que eran verdaderas fieras. Pues, en medio de los peores barullos, se metía don Eufemio, sonriente siempre, sereno, llamándolos al orden, despacio, con buenas palabras, y cuando se hubiera podido creer que el mundo se venía abajo, que todos los cuchillos y facones relucían amenazadores, acababa todo en pura gritería, sin que se vertiese una gota de sangre. A veces, había tajos, y bien dados, que parecía que iban a dejar a uno finado y al otro... desgraciado, pero nunca, por singular suerte, pasaban de hacer la ropa trizas.

Una sola vez, don Eufemio corrió gran peligro. Quería separar a dos gauchos enfurecidos; con su modito de siempre, se les acercó, levantando las manos para detener los facones que ya chirriaban con rabia; pero eran ambos gauchos de mala ralea, y sin darle tiempo para nada le atracó uno una terrible puñalada, mientras el otro le disparaba a quemarropa dos tiros de revólver. Fue un grito en la concurrencia; lo creyeron muerto a don Eufemio, y como todos lo querían mucho, hubo un momento de cruel ansiedad. Por suerte..., o por quién sabe qué, no había nada. El gaucho de la puñalada estaba forcejeando para desclavar el facón, entrado hasta la ese en una tabla del mostrador, y el de los tiros contemplaba con asombro sin igual las dos balas hechas unas obleas, en la palma de su mano y también el cañón del revólver hecho una viruta.

Los gritos de terror se resolvieron en carcajadas y todos los presentes armaron a los dos guapos un titeo de mi flor con el cual se tuvieron que conformar, reconciliándose.

Don Eufemio nunca pensó en prohibir en su casa los juegos de azar. No había casi peligro, en pago tan apartado, de que vinieran a menudo comisiones de policía, y dejaba que se pelasen al choclón, a la taba, a lo que quisieran. De todos modos para él era lo mismo, ya que toda la plata, poco a poco, tendría que venir al cajón. Pero, contó, muchos años después, un gaucho que solía, en estas reuniones, hacer de coimero, que siempre, después de jugar mucho, y pasar por las peripecias más conmovedoras, cada uno se retiraba sin haber perdido ni ganado un centavo. ¿Cómo sería esto? No lo podía explicar, pero sí era, y no una vez lo había podido comprobar, sino cien veces, mil.

¡Vaya!, ¡vaya!, ¡qué cosa! Y lo bueno es que el más borracho tampoco quedaba mal, en la pulpería de don Eufemio. Las bebidas serían de muy buena calidad, pues por mucho que tomara uno, nunca quedaba enfermo: cantaba, se enojaba, metía bochinche, pero pronto se le pasaba y quedaba tan fresco como antes.

A pesar de su liberalidad y de su honradez, don Eufemio prosperaba; hacía fortuna, esto se conocía a la legua. El surtido cada vez mayor; una cantidad enorme de libretas, pues era preciso ser más que ruin para no conseguir de él un fiadito; las mejoras en la casa, todo claramente indicaba que era sólida la firma, cuando ya se dieron a conocer señales de que esos campos hasta entonces incultos, pronto iban a ser entregados a la agricultura. Habían venido agrimensores a medir lotes, lotes grandes, a la verdad, pero que ya iban a dejar cortada y recortada la inmensidad pampeana, poniendo fin a la vida casi nómada de los boleadores, matreros y demás que la poblaban, y don Eufemio desde entonces empezó a aconsejar a todos que trataran de arreglarse con los nuevos dueños de tanto campo, para conseguir un lote -pues los venderían con muchas facilidades de pago-, y dedicarse a una vida más tranquila, más laboriosa y también más provechosa. Prometió ayudar a quienes no alcanzaban los medios, e hizo venir un gran surtido de todos esos artículos que necesitan los colonos para establecerse, empezar los trabajos y sostenerse también hasta la cosecha.

Muchos gauchos encontraron que tenía razón don Eufemio y siguieron sus consejos; a éstos les daba fiado todo lo que le pedían: ropa, provisiones, arados y les adelantaba también algunos pesos. No faltó gente que dijera que pronto se iba a fundir don Eufemio con tanta generosidad, pero, al fin y al cabo, él era dueño. Los que así hablaban eran, en general, los que teniendo pocas ganas de empuñar la mancera del arado, pensaban en retirarse más afuera, donde todavía por un tiempo iban a quedar holgados los hombres gauchos y los avestruces; y tanto más les parecía que se iba a fundir don Eufemio, cuanto que a ellos, con su tino habitual, les había cortado ya la libreta, diciéndoles que pensaba liquidar.

Y efectivamente liquidó don Eufemio, y del modo más inesperado que dar se puede. Un día, cuando ya estaba asegurada la primera cosecha, y que gracias a su ayuda se podrían considerar ricos los vagos de antaño que habían querido trabajar, amaneció el Médano de los Leones sin boliche ni nada que pudiera hacer acordar que allí hubiera existido nunca una casa de negocio.

-Habrá quebrado y se ha fugado -dijeron los vagos que ya aprontaban las tropillas para mandarse mudar a otros pagos.

-Habría venido sólo a abrirnos el buen camino -dijeron los otros, los laboriosos.

Y acordándose éstos de todo lo que para ellos había hecho don Eufemio, conservaron hacia él un profundo sentimiento de tierna gratitud.

Siempre esperaban, por lo demás, que vendría, algún día, a cobrar lo que se le debía y no había uno solo que no tuviera lista, en algún rincón, la cantidad que, ese día, le tocaría pagar.

Pues, señor, nunca vino don Eufemio a cobrar, nunca, jamás, dando así prueba suprema de haber sido un pulpero modelo.