Las veladas del tropero: 06

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Era antiquísima la bombilla de plata que, para tomar mate, usaban en casa de don Toribio. Contaba éste que su mismo tatarabuelo, a quien había alcanzado a conocer, cuando era criatura, ignoraba desde qué época la tenían en la familia, calculando solamente que sería como un siglo, por lo menos, antes de nacer él; de modo que, seguramente, era una de las primeras bombillas fabricadas en el país, cuando la costumbre de tomar mate había cundido entre los primitivos habitantes de la colonia.

A primera vista, no tenía, por lo demás, nada de particular: bastante maciza, con filetitos de oro, se parecía a los millares de bombillas que hasta hoy circulan en toda la República Argentina, pasando a veces todavía, con la más democrática falta de cumplidos, de la jeta risueña de la negra fiel a los repulgados y rosados labios de la aristocrática niña, de la boca sin urbanidad del peón a la del hacendado enriquecido, o de los labios del ordenanza, menos pulcros que solemnes, a los del estadista refinado que, desde la poltrona oficial, suelta, entre dos mates, sus diplomacias enredadas.

Pero a éstos, ¿quién sabe si les hubiera gustado mucho la indiscreta bombilla de don Toribio? Pues tenía, sin que nadie supiera de dónde, ni cómo, la traviesa virtud de taparse al oír la menor mentira.

Aunque no fuera esta peculiaridad un secreto para nadie, en la casa, más de una vez, en momentos de descuido, había sido fuente de chascos muy graciosos, cuando no irreparables; y era un peligro constante, en la misma familia, para los que tenían algo que ocultar. Pero también era una defensa contra los de afuera, cuando venía alguno con tapujos para cualquier cosa...

Don Toribio, con el mate en la mano, se levantó de su sillón de hamaca, al ver pasar por el patio al capataz, y lo llamó.

-¿Hiciste dar agua a la hacienda esta mañana? -le preguntó.

-Sí, patrón -contestó el capataz-; ha tomado bien.

Y fue todo uno decir esto el capataz y tapársele la bombilla a don Toribio, de tal modo, que no le quedó la menor duda de que fuera mentira.

-Ensíllame el zaino -dijo en seguida. Y cuando volvió del jagüel, donde se pudo dar cuenta de que no se había tirado agua para las vacas, arregló las cuentas al capataz y lo despachó con toda frescura.

Era nuevo ese capataz en la estancia e ignoraba todavía lo de la bombilla, pues, de otro modo, no se hubiera atrevido a mentir con semejante desfachatez.

Verdad es que el mismo don Toribio tampoco estaba exento de dejarse pillar, pues, a veces, su señora, como quien no quiere la cosa, cebándole mate a su vuelta del campo, le preguntaba, con cariñosa zalamería, por dónde había andado; y cuando contestaba él, con gesto desenvuelto y fingiendo despreocupación: «Por el rodeo de las mestizas», o bien, «a contar la majada de Fulano», y que ¡zas!, se le tapaba la bombilla, inmediatamente, por la celosa imaginación siempre alerta de la iracunda misia Rudecinda pasaban, como visiones, ciertas mestizas por demás mansas, de cierto puesto de la estancia o los inocentes y costosos partidos de truco en la pulpería. Y bajo las chispas amenazadoras que, en irradiación eléctrica, arrojaban los ojos de su mujer, don Toribio, cansado de chupar en balde, en medio del abrumador silencio, precursor de próxima tempestad, cabizbajo y más avergonzado por su falta de viveza que por el remordimiento de su delito, humilde y rabioso, devolvía el mate. Siquiera, mientras chupaba ella también, a su vez, y removía la hierba, para componer la maldita bombilla, se detenía, por un rato, el chaparrón que siempre sigue al rayo.

En esas ocasiones no le mezquinaba don Toribio a la preciosa prenda familiar los más sabrosos nombres, apellidos y apodos, aunque fuera sólo entre sí, y juraba que de tal modo la iba a esconder, que la misma Rudecinda, por pesquisadora que fuera, no podría dar con ella.

Y así lo hacía; pero no faltaba ocasión en que le fuera indispensable la bombilla para averiguar lo que pensaba de veras tal o cual visita, y era él entonces el primero en ir a buscarla en su escondrijo y en entregarla a la patrona para que con ella cebase mate.

Así fue, un día, justamente cuando la llegada de un resero que venía a ver los novillos. Sabía don Toribio que esa gente siempre viene con límites de que no puede pasar, pero vaya uno a saber cuáles son esos límites; y ¿quién mejor se lo iba a decir que la bombilla de plata?

Apenas estaba el resero sentado en el escritorio, cuando don Toribio la sacó sigilosamente de su caja de hierro, donde la tenía guardada, y pasando a la pieza vecina la entregó a doña Rudecinda, encomendándole que cebase mate prontito.

-¡Ah!, gran pillo, calavera -exclamó a media voz la señora-. Bien pensaba que tú eras quien la tenía escondida. ¡Si habrás podido mentir a tus anchas desde hace más de un mes que se me perdió!

-No embromes, mujer, ¿qué voy a mentir yo? -contestó don Toribio; y volvió a juntarse con el resero.

Cuando vino la señora con el mate, pues demasiado interesante iba a ser la conversación para mandar a una sirvienta, don Toribio estaba ponderando sus novillos y preguntando al otro qué precio iba a poder pagar por ellos.

Éste, por supuesto, se hacía de rogar, diciendo que habiéndolos visto sólo a la pasada, no podía todavía saber. Pero como insistiera don Toribio:

-Mire -le dijo por fin-, estirándome mucho, lo más que le podré pagar son veintitrés pesos.

Y diciendo así, quiso tomar un sorbo de mate, pero se le había tapado la bombilla, y chupaba el pobre, chupaba que daba lástima, sin que nadie viniera.

-¿Se le tapó, don...? Preste que se la van a componer... Creo que no vamos a hacer negocio, ¿sabe? Yo, menos de treinta, no vendo.

Y habiendo vuelto a arreglar el mate, subió el resero hasta veinticuatro pesos, declarando que de ahí no podía pasar, y levantándose, con el mate en la mano, como si ya se fuera a retirar, lo devolvió diciendo que la bombilla estaba tapada otra vez; lo que hizo que don Toribio, con toda calma, hiciera hincapié consiguiendo, de a saltitos y poco a poco, oferta de veintisiete nacionales; y como ya entonces no se tapaba la bombilla, pensó, con razón, que era tiempo de cerrar el trato.

Demasiado bien le salía siempre la tan curiosa propiedad de su bombilla de plata para que perdiera ocasión de probarla con todos los que venían a tratar con él de negocios; y quedaba chiflado, desde el primer mate, el acopiador que falsamente traía la noticia de una gran baja en la lana, o que trataba de sonsacarle tirados los cueros de su galpón.

El pulpero Fulánez, hombre vivo, vino una vez a casa de don Toribio a arreglar las cuentas del año, y le quiso cargar de más en la cuenta, a ver si pegaba, un vale de cien pesos. Don Toribio aseguraba que no se lo debía; Fulánez, con el mate en la mano, trató de darle explicaciones convincentes para probarle que él lo había pagado. Y don Toribio, quizá hubiera acabado por creerle, y por abonar los cien pesos, si las aclaraciones que trataba de dar el pulpero no hubieran sido, a cada rato, lastimosamente entorpecidas por las repetidas tapaduras de la bombilla de plata, indicio seguro de que Fulánez mentía. Y éste tuvo que dar por terminado el asunto hasta que pudiera enseñar el pretendido vale... ¡Cuándo!

¡Bombilla linda! Si, a veces, era como si hubiese hablado.

Tenía don Toribio cierto vecino a quien sospechaba de haberle carneado una vaquillona rosilla, muy gorda. Un día que había venido al rodeo, don Toribio lo hizo pasar a las casas y lo convidó con un mate. Conversaron de la lluvia y de la sequía, del estado de los campos y de las haciendas, y mientras estaba el vecino con el mate en la mano, de repente preguntó don Toribio:

-Dígame, ¿no ha visto por casualidad, en su hacienda, una vaquillona rosilla?

El vecino, con la vista medio vaga del que mira sin querer ver, contestó después de un rato:

-No, hombre, no.

Y sin más chupó la bombilla; pero se le había tapado, y don Toribio, mientras se la destapaban, hizo con estudiada violencia una salida bárbara contra «los vecinos puercos que por tan poca cosa se ensuciaban las manos, gente indigna de poseer. Comprendía -dijo-, que algún gaucho pobre, en lidia con el hambre, carnease un animal, pero que hacendados acomodados hicieran lo mismo, era una vergüenza».

El otro aprobaba, por supuesto; no podía hacer de otro modo, y a falta del mate, se chupó el responso hasta que hiciera «chirrriii» sin necesidad de bombilla.

Para ganar a las carreras, también más de una vez le sirvió la bombilla a don Toribio. Difícil era engañarlo sobre el valor de un caballo, y sobre lo que de él pensaran el dueño y el compositor. Ni se le podía hacer creer que estuviera enfermo un animal sano, ni sano un enfermo; pronto sabía, con una sola conversación en su casa, con el mate circulando, si pensaba el corredor hacer trampa o no; si el caballo era de tiro largo o de tiro corto, y también si el mismo dueño apostaba en contra de su propio caballo, con intención de embromar a medio mundo, haciéndole perder una carrera que hubiera podido ganar cortando a luz.

¡Bombilla loca! también; que se tapaba a cada rato, a veces ¡como para quitarle a uno las ganas de tomar mate! Algunos, cándidamente, renegaban con las bombillas de plata, en general, que con mate muy caliente casi siempre se tapan; otros algo sospechaban, después de algunas pruebas que, por su misma repetición, los dejaban perplejos, y no faltaba quien asegurase saber que cualquier mentira hacía tapar en el acto la bombilla de don Toribio. Muchos se reían de esto, como de cosa imposible; pero no dejaba la gente de tener cierto recelo antes de faltar a la verdad en casa de don Toribio, a tal punto, que se iban poniendo lo más francos y verídicos, poco a poco y sin pensarlo, hombres que nunca, hasta entonces, habían podido abrir la boca sin soltar una mentira. Y hasta proverbial se había hecho en el pago lo de: «Cuidado, che, que se te va a tapar la bombilla».

Asimismo, había casos en que don Toribio podía mentir con el mate en la mano, sin que la bombilla se tapara. Era cuando, de noche, después de la cena, contaba cuentos a los niños.

Podía entonces inventar las cosas más inverosímiles y decirlas con confianza: no había peligro, y ni por las hazañas de Cuerocurtido, ni por las miradas del Buey Corneta, ni por don Cornelio con su alambrado, dejaba de pasar el mate en la bombilla.

Los mayorcitos, muy al corriente ya, por supuesto, extrañaban que así fuera, y cuando el cuento les parecía por demás imposible, preguntaban al padre cómo era que no se tapaba la bombilla, esa bombilla, gracias a la cual ellos habían perdido tan pronto la costumbre de mentir, aun cuando se tratara de evitar el castigo de alguna travesura un poco fuerte. Y les tenía que explicar don Toribio que una bombilla tan sagaz no podía cometer la torpeza de confundir mentiras que dañan con ilusiones que sólo embellecen la vida, ocultando, por un rato, tras dorada neblina de ensueños, su realidad casi siempre ruda.

Don Toribio tenía una hija moza, muy bonita la morocha, a quien no dejaban de festejar ya, aunque con discreción, algunos jóvenes del pago; basta que la primavera entreabra un pimpollo, para que en seguida revoloteen en su derredor las mariposas; pero ninguno todavía se había atrevido a formular sus sentimientos hacia la niña más que por insinuaciones ligeras, como ser suspiros, entre doloridos y atrevidos, o miradas de soslayo, implorando compasión... ¡Las pícaras! y consiguiendo de la muchacha, por toda contestación, alguna lisonjera reflexión a media voz, como: «Mire qué modo de soplar», o «¡parecen ojos de bagre!».

Don Toribio, pensando asimismo que no sería de más conocer un poco las ideas de Encarnación al respecto, ya que ni la misma doña Rudecinda había podido «pispar» nada, una tarde, de sopetón, al recibir el mate de manos de su hija, le preguntó en tono de broma y como si hubiera sabido alguna novedad:

-Y ¿cómo anda ese novio?

Se sonrojó Encarnación hasta los ojos, y contestó apresurada:

-¡Oh! yo, ni pienso en eso, tata.

Y mentira debía ser, pues en este mismo momento se le tapó la bombilla a don Toribio; una simple coincidencia, pero que le causó mucha gracia, no dejando de compartir doña Rudecinda, aunque con cierto disimulo de matrona de buen tono, su regocijo. Por supuesto, se turbó más y más Encarnación, al tomar, para ir a componer la bombilla, el mate de manos de don Toribio.

Mientras estaba en la cocina, llegó de visita don Martiniano, estanciero de la vecindad, con su hijo, Martiniano también de nombre; y cuando volvió Encarnación con el mate, saludó a las visitas con una expresión tal de gloriosa felicidad, que a los tres viejos no les quedó ninguna duda de que bien pronto estarían de boda. Tanto, que sin que se hubiera de veras formalizado la conversación sobre el punto, cuando estuvieron por retirarse don Martiniano y su hijo, estaban todos de acuerdo, los padres entre sí, y los jóvenes por su lado. No habían tratado, seguramente, de engañarse unos a otros, pues charlando toda la tarde habían estado tomando mate, y ni una sola vez se había tapado la bombilla.

Encarnación aprovechó el tumulto de la despedida para ofrecer a Martiniano el último mate, teniéndolo de pie, casi a solas, en un rinconcito, y le dijo en voz baja, mirándole bien en los ojos:

-¿Me vas a querer siempre?

-Sí, te lo juro, Encarnación -contestó sin turbarse el joven.

Y debía de ser sincero, pues acabó el mate sin que se le tapara la bombilla.

La palabra «siempre» queda fuera del alcance humano, y no se le puede pedir a una simple bombilla, por perspicaz y astuta que sea, que adivine si de veras será eterno el amor.