Las veladas del tropero: 10

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En posesión de los datos que necesitaba, el forastero viendo que sus caballos habían descansado bien y comido, se levantó para despedirse; pero Celedonio no quiso permitir que se fuera sin almorzar, y se quedaron ambos fumando, charlando y tomando mate, mientras doña Sinforosa preparaba un suculento costillar de carnero.

Cuando estuvo parado el asador, Celedonio sacó de la cintura un cuchillo que era casi nuevo y convidó al forastero a que hiciera lo mismo.

-¿Qué hace, amigo? -le dijo-; corte, no más, a su gusto; sírvase.

El hombre metió la mano a la cintura y vio que había perdido el cuchillo.

-¡Caramba! -dijo-; se me habrá resbalado con el tropezón que dio mi caballo en una vizcachera. ¡Qué broma!

-¿Era de valor? -preguntó Celedonio.

-No, señor, no; una cuchilla sencilla de trabajo, bastante vieja y usada; pero no me gusta andar sin cuchillo, ¡qué quiere!

-¡Bah! Tome éste que es bueno y guárdeselo, que tengo otro, así se acordará de su amigo Celedonio.

-Pero, señor, no me dé su cuchillo nuevo, que cualquiera me bastará hasta que pueda comprar otro.

-¡Qué esperanza, amigo! ¿Cómo le voy a regalar una cosa vieja?

Y como Celedonio insistiera, le dijo el forastero:

-Bueno, mire, don Celedonio; le acepto el regalo, pero, aunque pobre, con algo me tengo que desquitar -y sacando del tirador la mitad de una de esas piedritas de afilar que usan los segadores de pasto para las guadañas, se la ofreció a Celedonio, agregando-: no tengo otra cosa que darle; pero tómela, que no es mala chaira.

Celedonio, para no desairar a su huésped, tomó el pedazo de piedra y dio las gracias; pero entre sí, medio se reía del regalo, pues no valía ni dos centavos, bien tasado, y lo puso en el cajón de la mesa, como para no acordarse más de él.

Al rato, se despidió el forastero, ensilló y montó. Y Celedonio, en el momento en que ya se alejaba al tranco, disponiéndose a galopar, se acordó que se había olvidado de preguntarle cómo se llamaba. Abría la boca para llamarlo, cuando vio... que ya no lo veía más; se había esfumado el hombre, con caballos y todo. Celedonio quedó asombrado, y como había oído muchos cuentos al respecto, no le quedó la menor duda de habérselas habido con algún mandado de Mandinga.

No le quiso decir nada a doña Sinforosa-, ¿para qué asustar a las mujeres con esas cosas? Pero se fue derecho a la mesa, abrió el cajón, miró el pedazo de piedra de afilar, lo tomó en la mano, no sin cierto recelo, y maquinalmente, asentó en él el filo del cuchillo viejo con que se había quedado; no le vio nada de particular, y guardando la piedra en el cajón se fue a soltar la majada.

Se acordó entonces que era día de contarla, lo que cada mes hacía para ver si le faltaban o no animales, y al llegar a cien, quiso, como siempre, tarjar en el lienzo del corral. No había hecho gran esfuerzo, por supuesto, para ello, y quedo algo más que sorprendido al ver que con el cuchillo había cortado todo el listón, como si hubiera sido de sebo. Siguió, asimismo, contando las ovejas, pero apenas tocaba la madera con el filo del cuchillo, cuando ya estaba la tarja.

No pudo menos que acordarse del huésped y de la piedra de afilar que le había regalado, y más se acordó de ellos, cuando al desollar un capón para el consumo de la casa, vio que sin usar chaira alguna durante todo el trabajo, sacaba el cuero con inacostumbrada facilidad.

Al descuartizar la res, daba gusto ver con qué limpieza y prontitud su cuchillo viejo separaba los trozos y hasta cortaba el hueso, derechito y sin tropiezo cuando no daba bien con la coyuntura.

Varias veces en el día, tuvo, naturalmente, que valerse del cuchillo para una porción de cosas, y cada vez pudo comprobar que nunca había tenido semejante herramienta. Lo que sí, se dio cuenta de que necesitaba acostumbrarse a manejarla con mucha suavidad, pues de otro modo, era como para chasquearse feo y hacer barbaridades.

Por ejemplo, para desvasar su caballo, no necesitaba martillo, pues no tuvo más que recortar artísticamente los vasos como si hubieran sido de alguna pasta blanda; pero también vio, que con cualquier distracción hubiera cortado a más de la uña, el pie, estropeando al animal.

De noche, en invierno, solía, después de cenar, ocupar una hora o dos, antes de ir a la cama, trenzando algún bozal o algún par de riendas; y como esa noche iba a cortar un tiento, su mujer le hizo presente que no había, primero, como siempre, chairado el cuchillo; pero contestó él que era cortador, y desarrollando el pedazo de cuero de potrillo que para el objeto tenía reservado, en un abrir y cerrar de ojos, tan ligero que casi no hubo tiempo para darse cuenta de nada, cortó un tiento de todo el largo del rollo, que era muy grande; y lo cortó tan finito y tan parejo, que doña Sinforosa exclamó:

-¡Hombre!, nunca te había visto tan diestro.

-Es que es muy cortador ese cuchillo viejo -contestó Celedonio.

Un rato después, doña Sinforosa quiso cortar para los gatos un pedazo de carne, y como, en este momento, Celedonio estaba trenzando y había dejado el cuchillo encima de la mesa, lo tomó ella, fue al alero del rancho, cortó una tira de pulpa y la empezó a picar en la mesa; pero vio con asombro que los pocos golpes que había dado con el filo habían bastado para hacer de la mesa un picadillo de madera.

-¿No te decía yo -le dijo Celedonio- que era muy cortador ese cuchillo viejo?

Pero su mujer, que era muy viva, lo miró con unos ojos que bien decían que esperaba otra explicación, y Celedonio, medio riéndose, le contó la súbita desaparición del forastero, y le enseñó la piedra que le había regalado.

Se le ocurrió entonces a doña Sinforosa de probarla ella también; y agarrando un cuchillo viejo de mesa que andaba rodando por ahí, todo enmohecido, lo afiló ligeramente.

Celedonio miraba con curiosidad, pues no había pensado él en esto, y casi creía que sólo para su cuchillo tendría virtud la piedra; pronto conoció su error, pues tomando una pata de carnero, su señora la cortó con el cuchillo viejo aquel, -en rebanaditas parejas, con hueso y todo, sin el mínimo esfuerzo. Comprendieron ambos que ya no se podía dudar de que ese pedazo roto y, al parecer, inservible, de piedra de afilar poseía condiciones maravillosas.

Doña Sinforosa era mujer de muy buena cabeza; y en el acto comprendió que con no divulgar a nadie las propiedades extraordinarias de la piedra, podrían sacar del regalo del buen forastero muchas ventajas.

Celedonio no era lo que se puede llamar, en la pampa, un haragán, ni tampoco lo que, en otras partes, se llamaría un gran trabajador; por esto mismo, doña Sinforosa trató, por un lado, de hacerle ver lo provechoso que les podrían salir ciertos trabajos con semejante ayuda y, por otro, de asustarle con la posible pérdida de la prenda, si la dejaba inútil. Y fácilmente lo convenció de que no debía dejar de buscar y emprender alguno de los trabajos para los cuales es indispensable una piedra de afilar.

No muy lejos de donde vivían, había un saladero que, durante algunos meses, trabajaba mucho, beneficiando miles y miles de vacunos, y pensó doña Sinforosa que Celedonio allí se debía conchabar, pues todavía duraría la faena un mes o dos.

Celedonio consintió y fue a ofrecer sus servicios como desollador. Llevaba consigo el pedazo de piedra de afilar bien escondido en el tirador, el cuchillo viejo, otro grande, nuevito, pero ya probado con la piedra y cortador como él solo, y, para despistar a los curioseadores, una chaira común, de acero.

Justamente acababa de llegar una tropa muy grande que el patrón tenía interés en beneficiar en el menor tiempo posible, y conchabó a Celedonio; pero primero lo quiso probar y lo acompañó a la playa. Una vez ahí, y después de acomodarse para el trabajo, Celedonio tomó sitio entre los demás peones que, por supuesto, lo miraban de reojo, dispuestos siempre a criticar a todo recién venido, y empezó a desollar con el cuchillo viejo el novillo que le había caído en suerte. Los más hábiles desollaban un animal en seis minutos, y esto, de vez en cuando, no siempre; Celedonio, en tres minutos, acabó el suyo. Quedaron todos asombrados de semejante rapidez, y el patrón se acercó, abrió el cuero, lo revisó por todos lados, creyendo encontrarlo lleno de tajos o por lo menos de rayaduras; pero tuvo que reconocer que nunca había visto un cuero sacado con mayor limpieza, pues ni una rozadura tenía el pellejo. Y como todavía no habían traído delante de Celedonio otro animal, el patrón dio orden a los peones de apurarse en servirle.

Celedonio, desde entonces, siguió sin parar hasta la noche, desollando veinte y hasta veinticinco novillos por hora, sin un tajo en los cueros. Nunca ninguno de los que ahí estaban había visto semejante cosa y no faltaron, alrededor del fogón, después del trabajo, las indirectas y pronto las preguntas:

-¿De dónde era? ¿Dónde había trabajado antes? ¿Dónde compraba los cuchillos? Y esto y aquello.

Celedonio a todos contestaba, pero sin soltar el secreto.

El patrón pagaba tanto por animal, pero al final de la faena le dio un buen premio por no haberle echado a perder ni un solo cuero, y Celedonio volvió a su casa con el tirador repleto. Y doña Sinforosa, que había quedado cuidando la majada, solita, pues todavía no tenían hijos grandes, insistió en hacerle comprender cuán ventajoso sería seguir trabajando así. El invierno se iba acabando; había sido muy frío, y los animales habían sufrido mucho, de modo que en septiembre sobrevino una gran epidemia que dejó por los campos el tendal. Celedonio se puso en campaña y trabajó tan bien en la cuerda que ya casi no sabía qué hacer con la plata, cuando llegó la esquila.

Para esquilar también salió doña Sinforosa. Dejaron la majada al cuidado de un pariente y se conchabaron ambos en una estancia grande.

El primer día, con la piedra de afilar, dieron a las tijeras tan lindo filo, que juntaron entre los dos cuatrocientas latas, y esto sin un tajo a las ovejas. El patrón decía que de buenas ganas pagaría mil pesos para que todos sus esquiladores trabajasen así, pues acabaría el trabajo en pocos días, evitándole gastos de mantención, demoras por las lluvias, peligros de temporal, etc. Y doña Sinforosa quiso hacer la prueba.

A uno de los esquiladores que le preguntaba cómo hacían ellos para esquilar tan ligero, le dijo que únicamente por el modo especial que ella tenía de afilar las tijeras, y ofreció afilárselas, con la condición que le diera cincuenta latas por día.

Aceptó el esquilador; entregó sus tijeras a doña Sinforosa y al día siguiente se las devolvió ella, bien afiladas con la piedrita; y el hombre sacó, descansado, sus doscientas latas. Por supuesto, al día siguiente, todos querían hacer con doña Sinforosa el mismo trato, y ella consintió, pero sólo después de haber conseguido del patrón la promesa formal de los mil pesos de gratificación.

Volaban del tendal las peladas. Era un incesante ir y venir de majadas en los corrales y chiqueradas en los bretes, y en pocos días se acabó la esquila, recibiendo Celedonio y Sinforosa, por su trabajo personal, por las latas que les tuvieron que ceder los esquiladores y la gratificación prometida, un montón de pesos que ya hubo que colocar en el Banco, porque hubiera estorbado en casa, y Celedonio confesó que con una mujer como Sinforosa, no había más que hacer lo que ella mandaba.

En las noches de invierno, ahora trabajaban ambos en fabricar bozales y riendas de complicadas trenzas, no alcanzando, a pesar de su rapidez en concluirlos, a hacer todos los que les hubieran querido comprar las casas de negocio.

Doña Sinforosa insinuó un día a su marido que no hay que desperdiciar, en este mundo, ningún medio de aprovechar, y le dijo que quizás, haciendo apuestas de vez en cuando, también podría ganarse buenos pesos. Siempre se acordaba ella de cómo había podido, con un mal cuchillo, apenas afilado con la piedra aquella, cortar en rebanaditas, con hueso y todo, una pata de carnero. ¡Mire qué lindo sería cortar así un buey entero, y, pensándolo bien, nada sería más fácil!

Así lo pensó Celedonio, e hizo la prueba con un carnero, en su casa, cortándolo, después de carneado, en redondeles, como salarle, desde el hocico hasta la punta de la cola.

Lo difícil era encontrar quien sostuviera una parada que valiese la pena.

Cuando empezó de nuevo la faena en el saladero, un día le preguntó uno de los compañeros sí sabía charquear tan bien como desollar, y aprovechó Celedonio la ocasión para decirle que se animaría a cortar un buey en redondeles como salame, con cuero, huesos y todo, nada más que con el cuchillo. Se burlaron de él, pero dejó que se burlaran y sostuvo su palabra, tanto que el patrón, habiendo oído contar la cosa, quiso saber hasta dónde podría llegar semejante jactancia, y le ofreció poner a su disposición un novillo para la prueba.

-Pero si no cumples con tu palabra, perderás todo tu sueldo de un mes.

-Bueno, patrón -dijo Celedonio-, pero si cumplo, ¿me duplica usted ese mismo sueldo?

Al patrón no le gustaba mucho decir que sí, porque le había causado tanta admiración el modo de trabajar de Celedonio, que no lo creía del todo incapaz de hacer lo que ofrecía; pero todos los peones estaban ahí, tan deseosos de que se verificara la prueba, tan seguros de que no iba a poder, que, pensando, por otra parte, que por cortador que fuera el cuchillo, pronto se mellaría en los huesos, aceptó la apuesta.

Un domingo trajeron a la playa un novillo gordo y grande, lo desnucaron, lo degollaron, le sacaron la panza, y, en medio de un gran concurso de gente, se aprontó Celedonio a principiar la obra. Tenía, por si acaso, dos buenos cuchillos, bien afílados con la piedra del forastero.

En el momento en que iba a empezar, una voz -algo parecida a la de doña Sinforosa- gritó de entre la gente:

-¡Cien pesos al patrón! -y fue como una señal; todos empezaron a gritar, apostando también contra Celedonio. Pero éste se sentía, en aquel momento, tan confiado en sí, que alzando la voz, contestó:

-¡Pago a todos, y por lo que quieran!

Y todos acudieron presurosos a depositar diez, cien, cinco, lo que cada uno podía. Doña Sinforosa -la muy pícara-, mientras tanto, aseguraba que su marido era loco, y que, seguramente, iba a perder la apuesta, y muchos, al oírla, duplicaban la parada. Fueron tantas las apuestas, que si falla Celedonio, pierde todo lo que tenía, y quizás algo más.

Pero, ¡cuándo iba a fallar! Empezó la función: cortó la punta del hocico, y después, en rebanadas, como él lo había prometido, las mandíbulas con los dientes, carrillos, lengua y todo; y toda la cabeza, el cráneo y las astas, y el pescuezo; e iba poniendo encima una de otra las tajadas con tanta prolijidad, que hubiera parecido enterita la cabeza a quien no la hubiera visto recortar.

Empezaron a temblar por los pesos, y algunos, arrepentidos, trataron de salvarse apostando ahora por Celedonio; pero muy pocos eran los porfiados, y cada uno tuvo que quedarse con su respectivo clavo.

Y siguió nuestro amigo, cortando y cortando, como chanchero despachando galantina, hasta acabar con todo el animal, hasta la punta de la cola, sin haber precisado siquiera mudar cuchillo.

A pesar de los muchos pesos que les costaba la apuesta, lo aclamaron todos, pues esa gente sabía lo que es un buen trabajo con cuchillo.

Celedonio y Sinforosa se fueron para su rancho, cargados de plata y muy contentos, por supuesto. Pero era ya casi de noche y dos de los peones del saladero, bandidos conocidos, que habían apostado fuerte contra Celedonio, quisieron recuperar lo perdido y también robarle lo que llevaba.

Le ganaron la delantera, y cuando Celedonio y su mujer estaban ya por llegar a su casa, los dos forajidos, cuchillo en mano, les atajaron el paso. Celedonio era guapo y no vaciló; al primero le atracó un tajo que, antes que hubiera podido detener la mano, lo cortó al gaucho en dos medias reses perfectas que cayeron a ambos lados del mancarrón, y de un revés le quitó al otro la parte superior de la cabeza, con el sombrero encima, dejándole el cráneo como caja destapada, y dejándolos tendidos en el campo fue a explicar a las autoridades cómo había sido la cosa. No sólo lo dejaron en libertad, sino que lo felicitaron, y desde entonces, no tuvieron más, Celedonio y Sinforosa, que dejarse vivir, bendiciendo al forastero generoso que les había dado el medio de ganarse tan bien la vida.

Cuentan que uno de sus sucesores, un haragán que heredó la piedra, pero no la supo utilizar para nada, la perdió en el campo y nunca la pudo hallar.

Puede ser que alguno la encuentre, pues hasta hoy queda perdida.