Las veladas del tropero: 12

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Las veladas del tropero
Los huevos de avestruz

de Godofredo Daireaux



En aquellos pagos, ya muy poblados y relativamente cercanos a la gran ciudad de Buenos Aires, hacía tiempo que no se veían avestruces, cuando inesperadamente corrió la voz de haber aparecido uno, hembra, al parecer. Iba solo, zanqueando por los campos con tanto apuro, que por todas partes a la vez parecía que lo habían visto, y muchos vecinos que nunca siquiera habían tenido boleadoras, inútiles ya entre puros animales mansos, se empeñaron en fabricarlas, por si acaso. Pensar en boleadas en estancias todas divididas en potreritos y pobladas de haciendas refinadas era más bien resabio de criollismo que idea de gente cuerda, pero también saber que por allí anda un avestruz y no sentir la tentación de buscarlo para meterle bola, hubiera sido ya por demás cosa de gringo.

La verdad es que aunque nadie lo hubiese todavía tenido a tiro, nadie tampoco había que no le hubiera visto correr a lo lejos, por lo menos una vez, y esto, sin que los alambrados parecieran incomodarlo.

Una mañana, don Joaquín, pobre puestero a sueldo de una estancia grande, cuyo campo había poblado, antes que fuese de nadie, su propio padre y en el cual había nacido, encontró por fin un huevo del avestruz. Lo alzó, muy contento, pues parecía fresco y pensó que con él su patrona iba a poder cocinar una tortilla rica que alcanzaría para toda la familia.

Don Joaquín era un hombre muy bueno, muy servicial, algo entendido en remedios caseros, tanto para la gente como para los animales, y siempre dispuesto a poner a disposición del prójimo, desinteresadamente, su pequeña ciencia y su buen corazón. Justamente venía, cuando encontró el huevo de avestruz, de asistir a otro pobre gaucho enfermo y, por la misma ocasión y con el mismo remedio, de curarle un caballo que se le había mancado del encuentro.

Cuando llegó a su casa, entró triunfante en la cocina y enseñó a su mujer el huevo.

-Bien decían -dijo ésta- que por aquí andaba un avestruz. ¡Qué cosa rara!, ¡has visto!

-La verdad -contestó don Joaquín-, que quién sabe de dónde puede haber venido. Hace más de treinta años que por estos pagos no hay más avestruces. Bueno -agregó-, de cualquier modo lo vamos a comer; dame una cacerola.

Don Joaquín sacó el cuchillo y a golpecitos empezó a romper por el medio la cáscara. De repente soltó cuchillo y huevo encima de la mesa, y todo asustado, se fue, llevándose del brazo a la mujer hasta la puerta y con ella salió al patio. Pero en este momento oyeron una vocecita armoniosa que, desde la mesa de la cocina, les gritaba:

-Vuelva, don Joaquín; no se asuste que no le voy a hacer daño; vuelva, señora, no me tengan miedo.

Se atrevieron a mirar y vieron, parado en la mesa, entre las dos medias cáscaras, un gauchito chiquitito, pero hermoso, lo más elegante y bien vestido, de chiripá negro, de blusa bordada, de pañuelo punzó, de botas finas, con un tirador, un cuchillito de cabo y vaina de plata que era toda una joya. Era hombre, pues tenía barba, barba negra y en punta, y también facha de hombre resuelto, con el ala del sombrero bien levantada por delante, pero era toda una monada de gauchito.

-Vengan, nomás, acérquense; vengan -repitió, y el ademán y la voz eran tan atrayentes, que don Joaquín y su mujer, perdiendo el susto, se adelantaron algunos pasos y saludaron al gauchito con el mayor respeto.

-Hombre -le dijo éste a don Joaquín-, he sido mandado por mi padre Churri, el Avestruz, para decirle que usted no debe quedar más en estos pagos donde por buen gaucho que sea, nunca hará más que vegetar. Entregue cuanto antes a su dueño la majada que usted cuida y póngase en viaje. Galopará veinte días, al Sur o al Oeste, como quiera, y llegará a los dominios de Churri, mi padre, quien le asegurará el porvenir a usted y a su familia.

No había tenido tiempo don Joaquín de volver de su sorpresa, cuando ya había desaparecido el gauchito, pero quedaba en la mesa la cáscara rota del huevo del avestruz, y él y su mujer la estaban todavía mirando sin saber qué pensar, cuando ladraron los perros.

Se asomó el puestero, y viendo que el que llegaba era el mismo patrón de la estancia, le salió a recibir y le hizo entrar en la cocina.

Lo primero que vio el patrón, al entrar, fue la cáscara del huevo, y medio enfadado, dejó entender a don Joaquín que ya que era una novedad en el pago, no hubiese sido más que cabal atención de su parte haberlo llevado a la estancia. Joaquín iba a dar por excusa su pobreza, y la poca carne que le proporcionaba la estancia, cuando el patrón, interrumpiéndole, le dijo que venía a contar la majada.

-Pues, patrón -le contestó el puestero, ya como tomando su resolución-; cae de perilla, pues pensaba entregársela.

-¿Entregarme la majada, don Joaquín?, y ¿por qué?

-Mire, señor; me tengo que ir; la orden me la trajo ese huevo de avestruz.

Y se lo contó todo.

El patrón, por supuesto, se rió mucho de lo que creía una ocurrencia de don Joaquín; pero viendo que éste insistía, no puso más obstáculo, creyéndolos a él y a la mujer locos de atar y le recibió la majada.

El día siguiente, a la madrugada, se puso en viaje don Joaquín con la tropilla, dejando a la mujer y a sus hijos en casa de unos parientes, y galopó veinte días, cruzando campos desconocidos, y acabó por llegar, el vigésimo día a la noche, a un paraje donde abundaban los avestruces. Encontró allí un rancho, muy bueno, con su palenque, su corral y todo: llamó, pero nadie le contestó, y atando el caballo, se decidió a entrar. La habitación era nueva; había muebles, nuevos también; todo sencillo, pero confortable, y en una mesa había un candelero con su vela y unos papeles. Don Joaquín encendió la vela y vio que en la carátula de dichos papeles estaba escrito su nombre; no leía con mucha facilidad; pero, sin embargo, a fuerza de fijarse, acabó por comprender que estos papeles eran los títulos de una buena extensión de tierra, y las boletas de marcas y de señales de vacas y ovejas cuyo número respetable apuntado en otro papel lo llenó de júbilo.

Descansó esa noche en la casa que así le regalaba Churri, y a la madrugada recorrió el campo, reconoció sus haciendas, y dejando que comiesen pasto, nomás, pues en esas alturas y en semejante soledad no necesitaban mayor cuidado, emprendió la vuelta.

Pronto se supo en todas partes la suerte que le había tocado a don Joaquín y todos se congratularon de que en él hubiese caído por haberlo merecido tanto con su bondad y su genio servicial. Lo acompañaron, cuando salió con la familia para su nuevo destino, los votos de felicidad de todos los vecinos.

Pero más de uno pensaba que el avestruz que siempre andaba vagando por allí iba a poner más de un huevo, y las miradas de todos cuando galopaban iban ahora siempre fijas en el suelo como en busca de algo perdido.

El antiguo patrón de don Joaquín se había vuelto presa de una actividad desconocida; se pasaba ahora los días enteros recorriendo el campo, pues calculaba que el avestruz vendría, como siempre suele hacer, a poner todos sus huevos en el mismo paraje. Más o menos sabía dónde Joaquín había encontrado el primero, y de ahí no salía, pastoreando.

Un día que había pasado toda la mañana calculando lo que le costaban de carne ciertos puesteros que tenían muchos hijos, y lo que les podía agregar de más en la cuenta de gastos a los que cuidaban a interés, por remedio para la sarna, y lo que les podría mochar en el precio de la lana, encontró justamente un huevo de avestruz.

No fue lerdo pata alzarlo, y allí mismo, con el mango del cuchillo lo quebró. Salió, con un olor a podrido que daba asco y un zumbido asustador, todo un enjambre de moscas y moscones de todos colores que se perdieron por el espacio.

-¡Bien sabía yo que era mentira el cuento de Joaquín! -exclamó, y tirando con rabia la cáscara, volvió a su casa, donde, por supuesto, a nadie dijo nada.

Pero desde entonces empezaron a morir en la estancia por centenares animales de todas clases, sin que los veterinarios más sabios pudiesen acertar con la enfermedad que diezmaba estas haciendas.

Lo que no impidió que siguieran todos con los ojos en el suelo buscando huevos, pues el avestruz siempre andaba por allí; y dio la casualidad que Esteban, un buen muchacho, trabajador y pobre, muy enamorado de una preciosa morocha con quien se hubiera querido casar, también encontró uno. Se lo alzó, y, naturalmente, su primer pensamiento fue regalarlo a la dueña de su corazón, y lo llevó a casa de ella. Pero cuando lo vio llegar al palenque, el padre, un hombre de esos que se figuran que sólo se puede calcular la felicidad futura de un matrimonio por el número de vacas que poseen los novios, vino a su encuentro y le preguntó con tono áspero lo que se le ofrecía.

Venía -dijo Esteban- a ofrecer a la niña Edelmira este huevo de avestruz que encontré en el campo.

-¡Ah! -contestó el padre, ya ansioso de poseer lo que bien pensaba debía contener alguna maravilla, por lo que había oído contar de don Joaquín. ¡Bien!, démelo a mí, que se lo entregaré.

El modo con que se le hablaba no dejaba lugar a réplica, y el joven entregó el huevo al verdugo de sus amores, volviéndose triste y cabizbajo hacia el palenque.

Mientras tanto, apurado, entraba el padre en su casa, y con el cuchillo, de un golpe, partió en dos la cáscara del huevo. Y saltó en la mesa, ágil y bizarro, el gauchito, hijo y mandadero de Churri. Antes que hubiera podido el hombre volver de su sorpresa, le ordenó en tono perentorio que llamase a Esteban, y como pareciera vacilar, le repitió:

-¡Llámelo!

Corrió esta vez a la puerta el padre de Edelmira y llamó a Esteban, que demoraba la salida cuanto podía, cinchando y componiendo el recado.

Dejó cincha y bajeras y se vino ligerito. Le hizo entrar el suegro de sus sueños en la pieza, y el gauchito con aire severo, dijo al dueño de casa:

-Churri, el Avestruz, mi padre, manda que usted, bajo ningún pretexto, se oponga al casamiento de su hija Edelmira con el joven Esteban, porque se quieren y que esto basta. Y cuidadito, señor mío, con desobedecer a Churri, el Avestruz.

No había con quien discutir, pues ya no quedaba más que la cáscara rota del huevo, y el casamiento se hizo en seguida, y toda clase de prosperidades acompañaron a la joven pareja.

Más que nunca, cuando supieron esto, siguieron todos buscando huevos; pero eran escasos. Hablaron es cierto, de un hacendado de poco capital, pero muy empeñoso y muy progresista, que al romper el huevo que habían encontrado, vio salir un toro como ni pidiéndolo a Inglaterra lo hubiera conseguido, y que fue para él toda una fortuna.

Otro, un borracho perdido, quien por su vicio iba sumiendo en la más profunda miseria a su numerosa familia, saltó de alegría al encontrar en un huevo un gran porrón de ginebra; y se chupó un trago tan largo que quedó dormido allí, nomás, entre los pies de su flete. Pero, al despertar, se encontró con un gusto tan especial en la boca, que, para toda la vida se le fueron las ganas de tomar y volvió a trabajar como hombre bueno que al fin era, y a prosperar.

También contaron de un huevo de avestruz hallado por un jugador empedernido y tramposo como él solo, y que contenía un juego de barajas.

No quiso el hombre perder tiempo y se fue a la pulpería a probar la suerte. Se encontró justamente allí con un infeliz que no tenía más que un pequeño rodeo y mucha familia, y pensó que le iba a ganar, robando, las vaquitas.

El otro, que no era jugador de profesión, pero no se negaba a hacer de vez en cuando un partido, aceptó el desafío y empezaron a jugar; pero cuanto más quería trampear el de los naipes de Churri, más perdía, y tanto perdió que pudo su contrario comprar otro pequeño rodeo de vacas para mantener a su mucha familia.

Aunque no dejase la gente de saber que no siempre salían los huevos de avestruz al paladar del que los encontraba, no faltaba quien los buscara; y un gaucho muy peleador habiendo un día encontrado uno, se lo llevó hasta una pulpería donde había carreras. Allí, lo enseñó a la gente reunida y anunció en voz alta que delante de todos lo iba a romper.

La curiosidad era intensa. ¿Qué iba a salir? En manos de semejante matón, quizás un facón con el cual los degollaría a todos. Muchos fueron los que con prudencia se escurrieron, y los que quedaban, más quedaron por compromiso de vanidad que por otra cosa.

Por fin el gaucho rompió el huevo, y con un ruido formidable, de la cascara salió el habitual mandadero de Churri, pero esta vez bajo la forma de un gaucho gigante, y con una voz que parecía trueno, le dijo:

-Por orden de mi padre Churri, el Avestruz, cada vez que quieras pelear, vendré yo y te pegaré una paliza con este rebenque.

Y desapareció, dejando en los ojos del pobre camorrero anonadado la visión de un rebenque capaz de reventar un buey con un solo golpe.

A pesar de esto, no supo resistir a la tentación de alzar y romper otro huevo de avestruz un cuatrero que acababa de carnear un animal ajeno y se llevaba en el mancarrón un gran trozo de carne y el cuero. De la cáscara surgió un sargento de policía armado y vigoroso, que lo ató codo con codo, en un abrir y cerrar de ojos, y se lo llevó a la comisaría con todo el botín.

El último de los huevos del avestruz de que se habló fue encontrado por el juez de paz del partido. Podía, por cierto, el huevo contener muchas cosas buenas o malas, pero cuentan que después de dar alrededor de él dos o tres vueltas, sin apearse, el juez de paz, de repente, castigó fuerte el caballo y salió a todo galope, sin volverse para atrás... ¿No le gustarían los huevos de avestruz, o no se atrevería a probar la suerte?