Las veladas del tropero: 15

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Muy orgulloso era don Patricio, y tan orgullosa como él su hija Hermenegilda, sin más mérito para ello que haber el primero heredado algunas leguas de campo y mucha hacienda.

Vivían solos en la estancia, viudo el padre y todavía soltera la hija, habiéndose alejado los demás hermanos por no poder sufrir su soberbia.

Un día llegó a la estancia un gaucho viejo, bastante haraposo, jinete en un malacara flaco, pobremente aperado. Desde el palenque llamó, y como se asomara la señorita Hermenegilda, la saludó con respeto; iba a pedir licencia para descansar hasta que bajase el sol, cuando ella, cortándole la palabra descortésmente, le preguntó con voz desdeñosa qué se le ofrecía.

El hombre se hizo más humilde aún y formuló su deseo; y la joven le contestó que la estancia de su señor padre no era fonda para pobres y que se retirase, no más.

El viejo, entonces, con voz sonora y ademán amenazador, le dijo:

-Pues ya que es así, hija, algún día tendrá tu señor padre de yerno a un gaucho tan pobre como yo.

Hermenegilda, justamente, después de haber desechado a un sinnúmero de novios muy aceptables, acababa de quedar algo seducida por los atractivos físicos y morales de un joven abogado, hijo de un estanciero de la vecindad, y parecía que su ambición estuviese, por una vez, de acuerdo con lo que le dejaba de corazón su orgullo. Por eso las palabras del gaucho viejo, proferidas con tan expresivo enojo, le hicieron profunda impresión. ¿Sería brujo el hombre, o algún emisario de ese Mandinga de quien todos hacían gala de burlarse en las conversaciones, y a quien, en el fondo, tanto temían todos? Miró hacia el campo; se iba el viejito, al tranco del mancarrón, pero ya algo retirado. Hermenegilda, atemorizada, llamó a un peón y le ordenó que fuese de un galope en busca del viejito y lo trajese. El peón en seguida salió, pero cuando alcanzó al jinete que le habían enseñado, dándoselo por viejito haraposo montado en un malacara flaco, se encontró con un gaucho de unos treinta años, muy elegantemente vestido y que galopaba en un magnífico pingo oscuro, cubierto de aperos de plata. Lo miró de rabo de ojo, y sin atreverse a decirle nada, volvió a las casas, donde dio cuenta a doña Hermenegilda del resultado de su misión.

Y mientras Hermenegilda quedaba agobiada por el sentimiento de lo que había hecho y el terror de lo que sin duda le iba a suceder, el gaucho viejo, después de burlarse con su cambio repentino de fisonomía, del mandadero de la joven, llegaba a su rancho.

Allí llamó a su hijo Sulpicio, muchacho de unos veintitantos años, y le dijo:

-Mira, Sulpicio; ya es tiempo de que vayas a buscarte la vida. De viático sólo te puedo dar un consejo, pero si lo sigues, te será de gran provecho: Confórmate siempre con todo, y todo te saldrá bien.

El muchacho, obedeciendo al padre, ensilló y se fue llevando por todo haber la bendición paterna, el consejo y la firme voluntad de seguirlo al pie de la letra.

El caballo había enderezado de por sí hacia la estancia de don Patricio, y Sulpicio, muy conforme, lo dejó andar a su gusto, hasta que, poco tiempo después, estuvo en el palenque de la estancia.

Desde que se alejara de ella su padre, había ocurrido un fenómeno singular. Hermenegilda, después de quedar un rato largo sumida, al parecer, en profunda cavilación, se dirigió con paso firme a la cocina. Allí estaba fregando los platos y limpiando las cacerolas doña Eusebia, una negra vieja que había visto nacer a la muchacha y la quería mucho, a pesar de ser a menudo zarandeada de lo lindo por ella. Hermenegilda le tomó de las manos el trapo con que estaba secando los platos y le dijo con inacostumbrada suavidad:

-Anda, negra, descansa; voy a acabar ese trabajo. Desde hoy tomo a mi cargo la cocina.

-Pero, niña... -dijo la vieja.

-Anda, te digo, a tu cuarto, y descansa.

-Entonces, ¿me echa? ¿Por qué me echa, niña?

-No te echo, pero así se me antoja. Anda y déjate de rezongar, que así tiene que ser.

Se fue doña Eusebia, pensando en algún capricho de Hermenegilda, y se retiró a su cuarto.

Cuando, al rato, don Patricio llamó a la negra para que le diese mate, acudió Hermenegilda, con las manos húmedas, la ropa bastante manchada, la cara abotagada por el fuego y los ojos llorones por el humo. El padre le preguntó qué andaba haciendo, y ella le dijo que, siendo Eusebia muy vieja, había resuelto tomar a su cargo su trabajo.

-¿Estás loca? -le preguntó el padre.

-No, tata -dijo-, y así tiene que ser.

Insistió don Patricio con todo el ímpetu del orgullo lastimado, diciéndole que si se sentía enferma o cansada Eusebia, se le tomaría ayudanta, que su hija no había nacido para cocinera, que era una verdadera locura; pero nada valió y sólo contestaba Hermenegilda:

-Tiene que ser así, tata.

Hasta que, cansado de luchar, don Patricio la dejó seguir lo que, rabiando y desdeñoso, llamaba su vocación.

Tomó mate de sus manos, mientras ella esperaba parada en la puerta, humildemente, ni más ni menos que lo hubiera hecho Eusebia; y cuando llamó al palenque Sulpicio, fue ella a recibirlo, haciéndole entrar y sentar en la cocina, con muy buen modo, mientras iba a avisar a don Patricio. Sulpicio, que habla oído ponderar lo descortés que eran todos en la estancia, no pudo menos de reconocer que siquiera la cocinera era muy amable y... bastante buena moza.

La verdad era que, en pocas horas, la pobre Hermenegilda había perdido la mayor parte de su natural hermosura. Los ojos se le habían hinchado y enrojecido, la tez se le había ennegrecido, arrugado y endurecido, tenía la cara llena de manchitas, la boca se le había torcido, y con el poco aseo que podía conservar entre el humo, la grasa, la leña de oveja, los platos sucios y la carne cruda, estaba volviéndose ya una verdadera cocinera de campo. Quizá por eso mismo le había gustado al humilde gaucho que era Sulpicio, quien no se hubiera seguramente atrevido a fijar la vista en una señorita.

También es de advertir que aunque hubiese estado horrible, Sulpicio la habría hallado muy a su gusto, dispuesto como estaba a conformarse con todo, según el consejo paterno, y a encontrar aceptable la más repulsiva fealdad lo mismo que la más fulgurante hermosura.

Pronto le vino la muchacha a avisar que el patrón lo esperaba. Salió al patio caminando pesadamente con sus gruesas botas, tapado con el poncho casi hasta los pies, el sombrero sobre las orejas y el rebenque colgando de la muñeca... ¡Linda conquista la de la niña Hermenegilda!

Don Patricio necesitaba gente; pero, hecho un tigre, con la locura de su hija, recibió a Sulpicio de tal modo, que cualquier otro, en vez de conchabarse, se hubiera mandado mudar en el acto. Sulpicio, ni lo pensó, pues con todo estaba resuelto a conformarse. Y se conformó, no más, con los modos de repelente altanería de su nuevo patrón.

-Necesito peones -le dijo éste- que sepan trabajar lo mismo de a caballo que de a pie.

-Bien, señor -contestó humildemente Sulpicio.

-¿Eres jinete?

-Sí, señor.

-¿Sabes domar?

-Sí, señor.

-¿Sabes enlazar?

-Sí, señor.

-¿Te animas a pastorear de noche?

-Sí, señor.

-¿Entiendes de cuidar ovejas?

-Sí, señor.

-¿Y de a pie, sabes trabajar?

-Pialar, sí, señor.

-No; digo con pala, con guadaña, con carretilla y otras cosas por el estilo.

-No muy bien, señor; pero trataré...

-Bueno, entonces -dijo don Patricio-, puedes empezar ya. Tráete esa manada que se ve allá, para mudar caballo. Ensillarás un zebruno viejo que verás y te vas al jagüel, en el fondo del potrero; tiras agua hasta llenar las bebederas y la represa; a la vuelta atas del pértigo de este carrito el zebruno y con la guadaña y la horquilla te vas al alfalfar a cortar pasto hasta llenar bien el carro y lo repartes a los carneros de pesebre. Después, con la carretilla vas a la parva y cortas pasto seco para los caballos que quedan de noche atados. Una vez llenos los pesebres, te desgranas una fanega de maíz con la máquina que está en el galpón y después te vas a buscar las cuatro lecheras para atar los terneros.

Volverás después al campo a sacar el cuero de una yegua vieja que murió esta mañana contra el alambrado de la laguna; estaquearás el cuero y llevarás la carne a los chanchos. Al anochecer, al entrar la majada, habrá que carnear un capón, pues se nos acabó la carne. Y cuidadito de tener caballos atados para mañana, a la madrugada, para salir a recoger, que nos han pedido rodeo.

-Bien, patrón -dijo Sulpicio.

Y como ya se dirigía al palenque, le gritó don Patricio:

-Y movete, que me olvidé unas cuantas cosas que hay que hacer hoy, antes que sea de noche.

Cualquier peón, el más guapo, hubiera rezongado, por lo menos, pero se acordaba Sulpicio del consejo paterno y todo le parecía muy bien; y todo lo hizo tal cual se lo habían mandado. Trajo la manada, agarró el zebrano, fue con él al jagüel a tirar agua; guadañó por la primera vez en su vida y sólo con un trabajo bárbaro pudo alcanzar a llenar de pasto el carrito de pértigo. Repartió el pasto a los carneros, cortó pasto seco en la parva y con la carretilla lo trajo; desgranó el maíz, fue a buscar las lecheras y ató los terneros. Se dio maña para poder cuerear la yegua, estaquear el cuero, llevar la carne a los cerdos, entrar la majada y carnear un capón. Y antes de anochecer, agarró caballos para el día siguiente.

Estaba el pobre Sulpicio rendido de cansancio, pero muy conforme, y a pesar de que le parecía que la única cosa que se le hubiera pasado por alto a don Patricio fuera decirle a qué horas comería, ni chistó siquiera.

Después de acabar todo lo que le habían mandado, se deslizó en la cocina, y sentándose en un rincón, sin atreverse a pedir nada, esperó que la cocinera le ofreciese algo de comer. Había muchos otros peones que antes que él habían vuelto del campo o de la quinta, gente de toda laya, gauchos y extranjeros, y todos estaban acabando de cenar. Extrañaban, por supuesto, verse servidos por la niña Hermenegilda, la propia hija del patrón, pero creyendo que fuese por indisposición de la negra Eusebia, se contentaban con meter menos bulla que de costumbre, sin hacer los comentarios que, conociendo la verdad, hubiesen seguramente cuchicheado.

Esta misma noche vino de visita a la estancia el joven abogado, candidato a la mano de Hermenegilda; y antes que el padre hubiese tenido tiempo de ir a recibirlo, se adelantó a abrirle la tranquera la misma muchacha. Había mucha luna, y la conoció en el acto, quedando asombrado de verla vestida como verdadera cocinera, toda sucia, negra y de facciones tan toscas. Le habló sin embargo y la saludó con cortesía, pero ella apenas le contestó y más bien como una sirvienta intimidada que como solía hacer la orgullosa señorita Hermenegilda. Como no fuese a la sala con él, no pudo menos que preguntar al padre qué novedad había; y éste le confesó la verdad: que su hija parecía haberse vuelto loca, que se lo pasaba en la cocina trabajando como negra, y que ni a las buenas ni a las malas la había podido sacar de allí. El joven manifestó que tomaba su parte en semejante desgracia, expresando el deseo de que pronto pasase, y se fue, para no volver más.

Mientras tanto, seguía en la cocina esperando con toda paciencia Sulpicio que le sirviesen de comer, pero parecían haberse olvidado todos por completo de él, y se quedó con el hambre, muy conforme, sin embargo, sabiendo que conformándose con todo, según se lo había prometido su padre, todo le saldría bien.

El día siguiente, desde la madrugada hasta la noche, no paró de penar ni de ser mandado por el patrón. De todo hizo, de lo que sabía hacer, y de lo que nunca había hecho; pero, como pudo, se dio maña, sin rezongar ni quejarse, y conformándose con todo, comió poco y trabajó como un burro. Y siguieron los días, las semanas y los meses, sin mayor modificación durante todo un año.

Sulpicio había trabajado de quintero y de domador, de lechero y de ovejero, de alambrador y de tropero, de carrero y de zanjeador; había amansado novillos y arado la tierra, había cuidado majadas y rondado yeguas, y hecho muchas otras cosas, tocándole siempre a él la pala más pesada y el potro más bagual, la vaca más mañera y el caballo más lerdo, el novillo más bruto y las yeguas más ariscas, lo mismo que los días de más sol y las noches más oscuras... y, en la cocina, el plato más chato, la cuchara más chica y la presa más flaca. Pero se conformaba con todo, risueño siempre, o, por lo menos, calladito.

Todos los festejantes de Hermenegilda, naturalmente, se habían escurrido, y después del joven doctor, habían desaparecido, uno tras otro, el hijo de un vecino de regular situación, y otro estanciero, solterón viejo, y un hacendado bastante rico, pero viudo y con una punta de hijos, y dos o tres mayordomos, quienes, atraídos, a pesar de todo, por el olor a los pesos, habían renunciado por el olor a humo y a grasa de la muchacha y también por su fealdad siempre creciente.

Un pobre capataz hubiera quizá cuajado; pero era un ambicioso que no quería ni un chiquito a Hermenegilda, y como declarase al padre que no se casaría con ella sino con la condición de manejar a su antojo la estancia, don Patricio lo echó.

A Sulpicio, que siempre había creído que sólo para titearlo le habían asegurado que era hija del patrón, no le hubiera disgustado la cocinera, a pesar de lo haraposa, sucia y fea que, sin que el padre lo pudiera impedir, se iba poniendo cada día más; pero ¿a qué se va a casar un pobre peón que ni siquiera tiene setenta centavos para comprar un par de alpargatas?, pues Sulpicio, con trabajar como lo hacía, nunca había recibido de su patrón lo que se llama un peso. Tampoco había pedido nada, siempre conforme con lo que le daban y con lo que no le daban, siguiendo con confianza el consejo de su padre, a quien siempre había conocido por un gaucho lindo y vivo.

Un día, tuvo don Patricio que mandar a cien leguas de distancia una fuerte cantidad de dinero para pagar una hacienda que había comprado, y como no había para ese punto vías de comunicación y no podía ir él mismo, se le ocurrió mandar de chasque a Sulpicio como el hombre de más confianza que tuviera en la estancia. Sulpicio, conforme, como siempre, salió con la tropilla por delante, y cuatro días después estaba de vuelta con el recibo, habiendo pasado hambre y sed, pero muy conforme por haber sabido evitar con toda prudencia las dos cosas peores que le hubiesen podido suceder: ser atacado por bandidos o atajado por la policía.

Esta vez, don Patricio quedó quizá todavía más conforme que él, y como tuviese que traer de otra parte una hacienda muy arisca y de difícil arreo, mandó otra vez a Sulpicio a que se recibiera de ella. Fue nuestro amigo, conforme, como siempre, y llegó después de haber sufrido temporales y fríos, y pasado noches y noches sin dormir, pero tan conforme a la vuelta como a la ida, pues ni un animal se le había perdido.

Don Patricio había, durante este año de sufrimientos, perdido poco a poco el maldito orgullo que hasta entonces lo había dominado; conocía además la necesidad de asegurar en alguna forma, antes de quedar por la vejez inhabilitado para el trabajo, la situación de su malhadada hija Hermenegilda, confiando a algún hombre bueno el manejo del establecimiento; y viendo que no era ya posible casarla sino con un peón, llamó a Sulpicio y le dijo:

-Me has servido como hasta hoy nadie lo hizo; has sabido conformarte con mi mal genio, con privaciones de todo género, cumpliendo esas múltiples y penosas obligaciones sin la menor queja, y por todo esto, estoy dispuesto a tomarte de mayordomo, pero con una condición: que estés conforme en casarte con la cocinera.

Por la primera vez quizá tuvo Sulpicio una vacilación en contestar que estaba conforme, pues la pobre Hermenegilda había «progresado» de un modo espantoso en repugnante fealdad. Por suerte, a tiempo se acordó del consejo paterno y para que todo le saliera bien, se apresuró en exclamar:

-Estoy conforme, patrón.

Hermenegilda estaba presente, pero no decía nada, habiéndose vuelto más humilde que la más humilde china del último toldo, y mientras Sulpicio, como era de su deber, tomaba en la suya su mano sucia y grasienta, sonó en el palenque una alegre llamada. Corrieron todos y Sulpicio antes que ninguno, pues había conocido la voz de su padre. También había conocido Hermenegilda al gaucho viejo que tanto la había castigado por su orgulloso rechazo, y viendo cuán cierta había salido la amenaza de este hombre, se echó a llorar asustada. Pero se le acercó el gaucho viejo, y tomándola de la mano:

-Señorita -le dijo-, no quiero que mi hijo tenga por esposa a una cocinera, sino a la hija del estanciero don Patricio.

Y apenas acabó de hablar, cuando Hermenegilda apareció a los ojos admirados de su padre y de su novio, ya conforme, por supuesto, como en su vida lo estuviera, resplandeciente de hermosura y vestida como una reina de cuento de hadas.