Las veladas del tropero: 16

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Las veladas del tropero
Las hazañas del Travieso

de Godofredo Daireaux



Cuando Salustiano quedó huérfano, no necesitó escribano para hacer el inventario de los bienes que le legaba su padre: se componían de una cueva cavada en campo ajeno en la costa de un arroyo, tapada con cuatro chapas y media de hierro de canaleta, viejas y abolladas, y con un cuero de potro todo reseco, roto y arrugado, del palenque, un simple estacón de ñandubay; de un mate con bombilla, una pava, un asador y una olla; de tres mancarrones, cuatro yeguas y un perro.

El perro, producto híbrido de veinte razas distintas, tenía dos años; era feo, pequeño, de pelo barcino, y contestaba, cuando le venía en gana, al nombre de Travieso.

Salustiano, desamparado, lo llamó a su lado, lo acarició y le contó sus penas, y Travieso entendió perfectamente que su amo ya no tenía qué comer, ni plata para comprar siquiera una cebadura de yerba; que pronto lo iban a echar de la pobre choza donde se guarecía, y que no le iba a quedar más recurso que conchabarse por mes en alguna parte, lo que era bien triste.

Travieso tenía sobre el particular la misma opinión de Salustiano. Acostumbrado a recorrer con él el campo a su antojo, a dormir la siesta en el pajonal, a buscar huevos, a cazar bichos silvestres... y domésticos, cuando se ofrecía, no le podía caber en la cabeza la idea de renunciar a la libertad; más bien renunciar a la vida. Pero no era cosa de abandonarse. Si Salustiano era todavía muy muchacho para poderse desempeñar, él le ayudaría: no faltan changas buenas en este mundo para el que se sabe manejar, y al perro barcino no le llamaban Travieso sin motivo. Todo esto se lo hizo comprender a su amo y también que lo primero que había que hacer era conseguir que no lo echasen del rancho; y le aseguró en su idioma que para ello tenía un medio excelente.

Dejándole a Salustiano pensar en lo que creía su desgracia, se fue a merodear por la casa del dueño del campo en el cual estaba situada la cueva, hasta que divisó a uno de sus hijitos jugando fuera del cerco. Se acercó despacio a la criatura, haciéndose el cacharrino, retorciendo el espinazo y meneando la cola; el chiquilín lo acarició y empezó a jugar con él; Travieso se iba corriendo, venía, se dejaba agarrar y manosear, volvía a correr, haciéndose el juguetón, y sin que la criatura lo sintiera, se iba alejando de su casa y aproximándose al rancho de Salustiano. Y así, poco a poco, el pícaro perro la llevó hasta muy cerca de la costa del arroyo; allí la dejó, y corriendo hacia su amo, siempre sentado y cavilando, lo llamó a tirones para que lo siguiese.

Salustiano saltó en su caballo, y en un momento estuvo con el perro cerca de la criatura, que ya empezaba a jugar con el agua y se había empapado toda la ropa. La alzó y en seguida la llevó para la estancia. Por el camino encontró al padre que, lleno de inquietud, la andaba buscando por todas partes. Cuando le contó Salustiano en qué posición peligrosa la había encontrado, gracias al aviso que tan oportunamente le diera Travieso, de buena gana los hubiese abrazado a los dos, y le dijo:

-Amiguito, son servicios estos que no se olvidan y puede pedirme lo que quiera.

Salustiano aprovechó la ocasión para decirle cuán abandonado y pobre había quedado y le pidió por favor que lo dejase cuidando sus pocos animalitos en la costa del arroyo.

-¡Cómo no! -exclamó el estanciero-; quédese, no más, y cuando necesite carne, mande pedir con confianza.

Cuando al galope se hubo alejado el padre con su hijo sano y salvo, Travieso dio tres vueltas de carnero seguiditas, y pegó tantos brincos y tan fuertes, que su amo lo creyó loco; pero vio que era alegría, no más, por su buena suerte, no pudiendo, ni por un rato, sospechar la perrada cometida por el bribón.

No fue, para perjuicio de la moral, la última. Basta entrar con éxito en el mal camino, para perseverar en él; y, por un tiempo, perseveró Travieso, con la excusa, es cierto, de que sólo quería el bien de su pobre amo.

De los tres caballos dejados por el finado, uno era bastante ligero, y en las largas conversaciones que tenían entre sí Salustiano y Travieso, éste acabó por hacer entender al muchacho que debería prepararlo para correr carreras. La dificultad era que para componer parejero, Salustiano no tenía ni maíz ni pasto; pero Travieso le aseguró que esto no significaba nada y que debía arriesgarse. Tampoco tenía plata, pero tanto insistió el perro, que resolvió el muchacho arriesgar aunque fuera algún otro de sus caballos.

El día de la reunión, pudo así armar una carrera por treinta pesos, precio que le pusieron al mancarrón; bastante inquieto estaba Salustiano por el resultado, pero lo veía a Travieso tan contento que ya cobró confianza.

Corrieron, y Salustiano venía por detrás e iba a perder, cuando, como flecha, cruzó la cancha Travieso, pasándole casi entre las patas al caballo contrario; y éste se asustó, no mucho, pero bastante para dejarse pasar y perder los treinta pesos. Bien hubo reclamos y discusiones, pero los rayeros habían apostado al caballo de Salustiano y se la dieron ganada.

Travieso se presentó a su amo, humilde y con la cola escondida, como quien por pícaro merece castigo; pero los treinta pesos que tenía en el bolsillo lo hicieron clemente a Salustiano y le perdonó al perro su travesura... provechosa. ¡Treinta pesos! Una fortuna para Salustiano. Quiso ya, por supuesto, empezar a voracear y se iba a entrar en la pulpería, cuando Travieso saltó al hocico de su caballo que estaba atado al palenque, y aquél, asustándose, cortó el cabestro y se mandó mudar. Los gritos, al momento, de «¡se va un ensillado!» avisaron a Salustiano, y montando en su parejero, siguió al otro que sólo pudo alcanzar en el palenque de su rancho.

Ya era tarde para volver a la pulpería, y Travieso empezó a convencer a su amo de que con su plata debía comprar ovejas. A Salustiano no le pareció mal pensado, y el día siguiente pudo comprar de un vecino casi tan pobre como él, veinte ovejas al corte por sus treinta pesos.

Veinte ovejas son una majada bien pequeña; pero Travieso salía a la oración y volvía a la madrugada, trayendo por delante, quién sabe de dónde, puntitas de ovejas que iba juntando con las veinte fundadoras.

Salustiano era muchacho honrado y trataba de averiguar de quiénes eran esos animales; pero todos eran de señales desconocidas en el pago y a la fuerza se tenía que quedar con ellos, pues nadie venía a reclamarlos, y ningún vecino tenía derecho a quitárselos. Lo retó muy fuerte a Travieso, y el perro, con aire de arrepentido, los ojos llenos de remordimiento, achatado en el suelo, escuchaba, compungido; pero siempre traía ovejas y Salustiano nunca llegó a pegarle, porque le parecía digno de perdón una culpa, aun ajena, que tanta cuenta le hacía.

Sólo dejó Travieso de traer ovejas cuando la majada de su amo hubo alcanzado a quinientas cabezas, y desde entonces pareció que, sin renunciar a ser vivo, empleara su ingenio en obras más lícitas, imitando en esto a muchos amos de perros que sólo empiezan a criar conciencia cuando tienen los bolsillos llenos y la vida asegurada.

Hasta le dio a Salustiano una lección de moral... provechosa, como siempre, por supuesto. Éste había encontrado en el campo un soberbio cuchillo con puño y vaina de plata, y por la marca que llevaba conoció que era de un vecino, hombre rico y generoso. Asimismo, la tentación era tan fuerte que se lo iba a guardar. Travieso, cuando se lo enseñó, en vez de menear la cola y de saltar y revolcarse, como hacía cada vez que a su amo le tocaba alguna suerte, se puso triste, y al ver que Salustiano se ponía el cuchillo en la cintura como cosa propia, empezó a aullar lamentablemente. Salustiano comprendió que algo mal hacía y se sacó del cinto el cuchillo, y viendo que entonces el perro, bailando, lo llevaba en dirección al caballo, montó, y siguió a Travieso, quien, en derechura, lo llevó a la estancia del dueño del cuchillo. Allí el muchacho preguntó por éste y le hizo entrega de la prenda.

El cuchillo era un recuerdo de familia; andaba desesperado el hombre por haberlo perdido, y después de abrazar con emoción a Salustiano, le regaló diez veces el valor del cuchillo, felicitándolo por su honradez y ofreciéndosele para lo que se le pudiera ocurrir, lo que más que todo valía, pues, para el pobre, la protección del poderoso es gran abrigo, por lo menos mientras que -sin querer-, no lo aplasta.

Ya se iba Salustiano, cuando lo volvió a llamar el estanciero. Era para pedirle un servicio; pero con remuneración. Le explicó que todas las noches una bandada de perros cimarrones venía al corral de su majada y le mataban una cantidad de ovejas, y que si él, con algunos compañeros, podía cazar esos perros, le pagaría cinco pesos por cabeza.

Salustiano, de cumplido, contestó que trataría de ver, que hablaría con algunos, pero en verdad no sabía ni cómo hubiera podido cazar perros, de noche, ni con quién, y se fue, sin pensar siquiera en semejante chanza. Pero Travieso, al oír las explicaciones del estanciero, pensó que algo había que hacer, y dejando que se fuese solo su amo, revisó con cuidado los alrededores de la estancia. Encontró detrás del corral un gran pozo cuadrado; era un jagüel empezado cuando la última sequía y dejado sin concluir; no había llegado al agua, pero tenía asimismo unos cuatro metros de hondo.

Travieso, con la diplomacia del caso, empezó a hacer relación con los perros cimarrones, y hasta les ayudó en algunas de sus fechorías con tanto tino que todos le fueron cobrando plena confianza.

Juntándolos entonces un día a todos, les dijo que si querían seguir sus indicaciones, iban, en una sola noche, a llevarse toda la majada en un sitio donde la tendrían a su disposición para cuando quisieran. Los cimarrones aceptaron y se dieron cita para la noche.

A medida que iban llegando, Travieso los llevaba al jagüel, haciéndoles saltar en el pozo y recomendándoles el silencio más completo. Cuando estuvieron todos, les dijo que todavía tenía algo que preparar y que se quedasen quietos hasta su vuelta. Corriendo, fue a despertar a Salustiano, le hizo levantar, ensillar y venir, y lo llevó a la estancia; allí despertaron al dueño de casa y fueron los tres al jagüel, donde empezaban algunos perros a aullar de impaciencia y de inquietud. El estanciero, cuando vio así presos ciento y tantos de sus enemigos, felicitó a Salustiano por su habilidad y le pagó en seguida el premio prometido.

Como Travieso andaba siempre por el campo, olfateando, divisando y pispando, nada se le escapaba, y poco a poco, de uno a uno fue juntando con las cuatro yeguas de su amo una cantidad de potrillos y potrancas orejanos que ya no seguían madre y que, por un motivo u otro, habían escapado a la hierra. No dejó de encontrar también algunos terneros y vaquillonas en las mismas condiciones, y si no los podía arrear solo, Salustiano, avisado por él, lo hacía sin gran trabajo.

En sus correrías encontró también una vez por una gran casualidad una estaca plantada, que apenas sobresalía del suelo; buscó a todos vientos si no había otras, hallando así tres o cuatro. No sabía lo que era, pero supuso, con razón, que de algo debían de servir y las enseñó a su amo. Y efectivamente, vino una vez un agrimensor que no pudiendo dar con unos mojones que andaba buscando, consultó a Salustiano, quien lo llevó a ellos derechito; y el agrimensor lo tomó de capataz haciéndole ganar una punta de pesos durante más de un mes que duró su trabajo.

Por el arroyo en cuya costa estaba la habitación de Salustiano, cruzaban a menudo arreos grandes de ovejas que llevaban para fuera, y, muchas veces, era un trabajo infernal el conseguir hacerlas pasar. Salustiano y Travieso miraban con toda tranquilidad los esfuerzos que hacía la gente, lidiando a veces horas enteras para hacer puntear sus ovejas entre el agua, hasta que a Travieso se le ocurrió un día, después que se habían cansado ya los peones de un arreo, cortar una puntita de las ovejas de Salustiano que estaban del otro lado del arroyo y traerla hasta la orilla, quedándose él bien escondido entre las pajas. Las ovejas así cortadas y detenidas por él en su sitio, balaban, y cuando las del arreo las vieron y las oyeron, se vinieron todas, como chorro, y pasó todo el arreo. El capataz no pudo menos de pagarle a Salustiano una buena propina y desde este día, toda majada que pretendía cruzar el arroyo aprovechaba con gusto, aunque pagando, la baquía de Travieso y de su señuelo, perfectamente adiestrado ya, por lo demás.

Salustiano, gracias a las vivezas de su perrito Travieso, se encontraba en holgada situación; pero a medida que él se iba haciendo hombre, el pobre Travieso se iba haciendo viejo. Tenía ya catorce años y bien sentía cercano su fin. No quería dejar a su amo solo, y su última hazaña fue de encontrarle una compañera buena que le hiciese la vida feliz. En un baile de familia a que habían convidado a Salustiano, le indicó Travieso la muchacha con quien se debía casar, haciéndole tantas caricias que todos se fijaron en ella, y más Salustiano, acostumbrado a comprender y a obedecer lo que sabía ser consejos de su fiel amigo. También los siguió en esta ocasión; y algún tiempo después, murió tranquilo el perro barcino, llorado de Salustiano y de su mujer cuya suerte había sido tan bien asegurada por él.