Las veladas del tropero: 17

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Las veladas del tropero
El rebenque de Agapito

de Godofredo Daireaux



No cabe duda que cuando un gaucho tiene la suerte de poseer a la vez -aunque sea, como era Agapito, casi un niño-, las botas de potro que de él hacían el primer domador de la República Argentina, donde cada paisano es un jinete, la incansable tropilla de oscuros con que había vuelto de la misteriosa estancia de Mandinga, y el rebenque de cabo de hierro que éste le había regalado y que, según su promesa, le debía proporcionar consideración y provecho, puede mirar el porvenir sin mayor recelo.

No conseguirá quizá, con todo esto, una gran fortuna, pero seguramente logrará con facilidad el pan de cada día y hasta el relativo bienestar al cual puede aspirar cualquier hombre de buena conducta, en el rudo ambiente de la pampa; así discurría Agapito cuando llegó al rancho paterno.

Allí lo asediaron todos a preguntas, y tuvo que contar su viaje, su permanencia en la estancia de Mandinga, la doma que había tenido que hacer, todos sus detalles, y enseñar los regalos del temible amo.

Por cierto, el padre, que era conocedor, y aunque ya la hubiese visto antes, admiró mucho la tropilla de oscuros, como azabache todos, tan tapaditos, tan elegantes y tan fuertes, y la yegua madrina cuyo pelo de nieve tan lindamente realzaba el conjunto; pero le pareció, a pesar del boleto de marca que había encontrado Agapito en su tirador, algo mezquino el pago por tanto trabajo. Aunque le dijera Agapito que el verdadero pago que había recibido era el rebenque, difícilmente podía creer el viejo que esta prenda que, por dos pesos, se podía comprar en cualquier pulpería, pudiese realmente compensar los riesgos que había corrido el muchacho.

-Hijo -decía-, yo no sé nada, sino que todo trabajo se debe pagar con plata. Nosotros, los pobres, necesitarnos para los vicios los pesitos que podemos ganar, y esto de cobrar nuestro sudor en mancarrones y chucherías de talabartería me parece un verdadero engaño.

Y rezongaba contra los ricos que a veces se aprovechan de los trabajadores tontos... y de los muchachos que no saben.

Agapito le dejaba decir, conservando la esperanza de que no le saldría tan mal el trato.

Pasaron unos cuantos días durante los cuales Agapito no tuvo ocasión de lucir sus habilidades ni de hacer uso de sus prendas, y se arraigaba cada vez más en la mente del padre su primera opinión, cuando una tarde llegó al puesto el capataz de una gran estancia vecina en busca de peones por día para ayudar a apartar de un rodeo de cuatro mil cabezas, quinientas vacas compradas «a rebenque» por su patrón. Se conchabaron el padre y el hijo, el primero a pesar de ser algo viejo, porque todos sabían que asimismo era gran enlazador y muy de a caballo, y el hijo, porque, a pesar de ser muchacho, todos sabían de qué era capaz.

Hicieron yunta ambos para el trabajo, y apenas habían entrado en el rodeo, cuando les indicó el comprador una vaca para apartar. El padre se acercó al animal para hacerlo enderezar al viento y sacarlo así del rodeo; pero la vaca parecía algo remolona y ya la empezaba a retar feo el viejo, cuando lo alcanzó Agapito. Y apenas hubo éste levantado el rebenque diciendo: «¡fuera, vaca!», ésta, al trotecito, salió del rodeo y se fue derechito para el señuelo.

Podía ser casualidad: hay animales mineros y otros que no lo son, y quedó callado el padre de Agapito. Otra vaca les designó el patrón, y también ésta fue enderezando para el señuelo con sólo levantar Agapito su rebenque. El viejo guiñó el ojo; ni siquiera habían tenido ellos que moverse del rodeo; y como en este momento trabajaba fuerte a su lado una pareja para sacar una vaca sin poderlo conseguir, ni a gritos, ni a golpes, Agapito se les juntó, y haciendo de «gallos» alzó el rebenque y salió disparando la vaca tan ligero para el señuelo, que los dos gauchos que la estaban para sacar se quedaron mirándose, con algo más que sorpresa.

Cuando, diez o veinte veces seguidas, hubo hecho Agapito la misma prueba, se dio cuenta el padre de que la prenda regalada por Mandinga a su hijo valía algo más de lo que él pensaba, y, el día siguiente, en vez de conchabarse por día, trató por un tanto por cada vaca que sacasen del rodeo. El patrón, que los había visto trabajar, no opuso dificultad, pues bien comprendía que si les hacía cuenta a ellos, a él también le convenían peones de esa laya; y desde entonces, cada vez que tenía que hacer algún aparte, los mandaba llamar.

La fama de Agapito para apartar animales no tardó en extenderse y pronto igualó su fama de domador; todos lo buscaban para hacer tropas y ganaba mucho dinero.

Una vez que un resero lo había conchabado para apartar capones, también quedó admirado. Apenas en el chiquero, Agapito no hacía más que tocar con el rebenque el animal indicado por el comprador, y el capón se precipitaba hacia el portillo para entrar en el trascorral.

En media hora hacía más el muchacho que diez hombres en un día; con él ya no regía para aparte de ovejas a elección la palabra: «a sacar de la pata»; sin más trabajo que rozarlas con el rebenque, ya se iban a juntar con las compañeras.

Tanta plata con esto le llovía a Agapito, que pronto pudo comprar un pequeño campo y poblarlo de animales.

Pero como no le alcanzaba todavía para alambrado y el campo era muy bueno y poco recargado todavía, los vecinos abusaban y dejaban sus haciendas internarse en él. Varias veces, el padre de Agapito, que cuidaba la hacienda mientras su hijo trabajaba en las estancias con gran provecho, se quejó y amenazó, pero no le hacían caso, hasta que un día Agapito, al volver de su trabajo, pegó, montado en uno de sus oscuros, y con el rebenque alzado, una corrida tan linda a una manada ajena, que no habiendo podido el vecino atajarla, la tuvo que campear ocho días para recuperarla; y fue tan buena la lección, que ya ni él ni los demás se descuidaron con sus animales.

Agapito no desdeñaba, con su tropilla de oscuros, llevar chasques a cualquier parte, con tal que fuese lejos y que valiese la pena la changa.

Y era preciso entonces verlo galopar por lomas y cañadas, siempre en línea recta, saltando los alambrados con todos sus caballos y cortando campo hasta por los pantanos más fieros, sin detenerse jamás, sino cuando había llegado; y sin que nunca, cualquiera que fuese el número de leguas, ni él, ni sus caballos, se hubieran cansado jamás.

Parar un rodeo de cinco mil cabezas, entre puros fachinales, sin un grito, sin perros, era para él un juego, pues le bastaba tener alto el rebenque para que de todas partes se levantasen apurados los animales, y viniesen mansitos, en chorreras interminables, por las senditas, hasta el rodeo.

Quiso saber una vez Agapito cómo le iría en un arreo, y se conchabó de peón con un capataz conocido que iba para los corrales con una tropa de novillos. El capataz pensaba invertir ocho días para llegar, pero el rebenque de Agapito arreaba de tal modo los animales, que en dos días estuvieron en la capital.

No había tranquera ni arroyo que los atajasen, y por poco hubieran pasado por la tablada sin pagar más impuesto que una exhalación, si no se hubieran detenido de intento para cumplir con el fisco.

Lo más lindo fue que llegaron, así, justito para aprovechar un día de poca entrada de hacienda y de precios altísimos, y que, si llegan como había pensado el capataz, hubiera tenido que sacrificarse la hacienda a precios tirados. Y como los novillos, a pesar de haber venido tan ligero, no habían sufrido absolutamente nada, se disputaban los estancieros y reseros a quien conseguiría a Agapito de capataz para llevar tropas, cada vez que se presentaba la ocasión de aprovechar algún alza en los corrales de abasto. Natural era que el muchacho hiciese pagar su trabajo de conformidad con lo que valía, y seguía adelantando.

Pronto tuvo al servicio de los estancieros que la quisieron pagar otra provechosa habilidad, debida únicamente al misterioso poder de su rebenque: fue la de aquerenciar los animales recién traídos a un campo, con sólo pegarles un pequeño chirlo con él; animal así tocado, ya ni en la primavera porfiaba para irse, y quedaba como en alambrado, sin necesidad de rondas, de pastoreo, ni de corral.

Tuvo también ocasión Agapito al comprar para sí hacienda al corte, de comprobar de qué poderosa ayuda le podía ser su rebenque, pues entonces sucedía, aunque hubiera cortado en el montón, que, al ver el rebenque, se juntaban en la punta que como suya había designado, todos los mejores animales de la majada o del rodeo: puras ovejas nuevas y capones gordos o vaquillonas por partir y novillos de venta.

Pero difícil es tener, en este mundo, algo que valga, sin que se empeñen algunos envidiosos en quitárselo, y más de una vez tuvo Agapito que vigilar de cerca sus haciendas para que no le carneasen los mejores animales o no se los robasen. En su ausencia, el padre cuidaba, pero era viejo, y los cuatreros se aprovechaban; hasta que, una noche, pilló Agapito cuatro gauchos muy entretenidos en arrearle sigilosamente para destinos desconocidos unas doscientas ovejas. Sin hacerse sentir, atajó la tropa en la oscuridad, y levantando el rebenque, pegó un grito. Las ovejas se arremolinaron, enderezando en seguida a todo disparar para el corral, como llevadas por un ventarrón, y se encontraron los cuatro matreros, hechos unos bobos, frente a frente con el muchacho.

Agapito los esperó, a pie firme, y a cada uno de los cuatro, antes que pudieran desnudar los cuchillos, pegó un solo rebencazo, lo que bastó para voltearlos en el suelo, donde quedaron como muertos hasta el día siguiente, en que vino la policía a recogerlos y a llevarlos presos.

¡Oh!, no le había mentido Mandinga a Agapito cuando le prometió que el rebenque que le regalaba le daría consideración y provecho, y largo sería el relato de todas las ocasiones en que lo pudo poner a prueba, castigando a los malos, defendiendo a los débiles, separando a los peleadores, evitando a muchos la desgracia de matar... o de ser muertos en las reuniones de gauchos, donde beben y juegan y sacan a relucir, por vanidad o de puro gusto, los cuchillos y los facones.

A muchos de ellos les causó asombro ver a semejante muchacho poner a raya con el solo rebenque a hombres temibles, conocidos por tales y capaces de matar a cualquiera. Tanto que uno de ellos, sospechando que el rebenque ese debía tener alguna propiedad secreta, trató de robárselo. ¡Pobre de él! El rebenque, solito, sin que nadie lo manejara, al parecer, empezó a pegarle una soba como para dejar avergonzado a cualquier comisario celoso de sus deberes empeñado en hacer confesar su crimen a algún infeliz inocente; y cuando descansaba la lonja, empezaba el mango, cayendo, alternados, chirlos y golpes, como granizo después del aguacero.

Aseguran, y debe de ser cierto, que nunca más, por la duda, intentó el hombre robar rebenques de ninguna clase.

Más que el respeto, la admiración del gauchaje supo conquistar Agapito con su rebenque.

Aficionado a las carreras, había querido probar en la cancha alguno de los oscuros, pero nadie se había atrevido a hacerle carrera. Pensó entonces en probar corriendo con cualquier mancarrón el rebenque de cabo de hierro; y hasta con los caballos más inútiles ganaba, robando, cualquier carrera que le aceptasen, aunque fuera de tiro largo. Es que cuando con la lonja castigaba un caballo, parecía infundirle fuerza juvenil y sangre nueva, y todos, sin comprender cómo podía ser, quedaban boquiabiertos... y pagaban.

Años después de haber recibido de Mandinga la maravillosa prenda, Agapito se había vuelto padre de numerosa familia, y sus hijos habían salido tan buenos muchachos y tan bien criados, que no faltaban malas lenguas para asegurar que sin el rebenque nunca hubiera logrado tan buenos resultados; pero muy bien saben todos los que lo han conocido que era pura mentira, y que nunca había tenido, para educar bien a sus hijos, que apelar a semejante ayuda.