Lenguaje de las estaciones (Versión para imprimir)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta es la versión para imprimir de Lenguaje de las estaciones.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada


Autor: Antonio Ros de Olano

Lenguaje de las estaciones: Dedicatoria
Pág. 1 de 5
Lenguaje de las estaciones Antonio Ros de Olano



            Del bien, hallado tras el mal, nos queda
	siempre el recuerdo del dolor huido...
	¡Huido, sí! pero del alma leda
	el virginal aroma está perdido.
	No hay generosa condición que pueda
	borrar de la memoria lo que ha sido;
	y así el dolor pasado está presente,
	y el bien y el mal brotando de una fuente.
	   ¡Perennes manantiales de la vida!
	Marcándolos con hitos, la memoria
	va por do el cauce de la edad corrida
	con risa y llanto imprime nuestra historia.
	La experiencia es sabor de la mordida
	fruta que en el Edén hizo ilusoria
	la quieta y apacible confianza,
	y convirtió en recuerdo la esperanza.
	   Mas la esperanza es plácido espejismo,
	falaz al corazón y al pensamiento,
	hasta que la experiencia ve el abismo
	y es cada hombre un mudo advertimiento.
	Si esto, lector, lo sientes en ti mismo,
	burla burlando te dedico un cuento,
	tan rústico y sobrado de palabras
	como el de Sancho, y... ¡cuenta tú las cabras!



>>>


Lenguaje de las estaciones: En el invierno
Pág. 2 de 5
Lenguaje de las estaciones Antonio Ros de Olano


I


El monte
            Siguiéndole en la ladera
	hasta ojearlo en el soto,
	cumpliera el guarda su empeño
	como debe un hombre mozo.
	que si el jabalí en la huida
	arrojaba espuma a chorros,
	con eso y dejar el rastro
	me habréis frustrado el propósito.
	Dijéraos la experiencia
	que (mientras abren un foso,
	al romper los ventisqueros,
	y al cruce de los arroyos),
	si pisan los caracoles,
	marcan poco más que el corzo,
	y, si el viento bate, arrasa
	la nieve, y se cubre el hoyo.
	-«Señor, cargó la cellisca;
	»iba con dos mil demonios
	»huyendo, y mostraba un cerro
	»tan alto como el de un toro...»
	-Por si hay días de fortuna,
	que se logran dentro el chozo,
	quédese el guarda del monte
	calentándose al rescoldo.
	
	   ¡Ah, de la tropa que marcha
	en día tan borrascoso,
	el hielo y el sudor juntos
	en los azotados rostros!...
	¡Lleváis perdida la senda!
	-Para advertencias yo sobro:
	damos pique a unos forzados
	por delitos espantosos,
	que rompieron la cadena
	no lejos de estos contornos.
	Cinco son los malhechores:
	si los viste, suelta el soplo;
	pero si no los has visto,
	paisano, como supongo,
	puedes tomar la del humo,
	como dicen dijo el otro.
	 
	-No los vi, señor sargento,
	mal que me habléis de ese modo,
	pues si vos mandáis soldados,
	el tiempo os mandará pronto...
	Cuidad, si es caso, volver
	sobre vuestros pasos...
	  -Lo oigo.
	   Y siguiéronle en silencio
	nueve hombres respetuosos,
	el hielo y el sudor juntos
	en los azotados rostros.
	                                                            
	                                                            
	                                                            
	                                                            
	-¡Alto! ¡A la gente que llega
	sois extraños!...
	  -¡No haya enojo!...
	Gente honrada, caballero:
	un obispo, tres canónigos
	y el cura de la parroquia
	que suministra el santo óleo.
	-Es su escopeta mojada
	la carabina de Ambrosio;
	pero su merced la ponga
	donde no nos haga el coco.
	-Es que a la capa del cielo
	no hay quien le coja el embozo,
	y la manta de la nieve
	mala manta es para el hombro.
	   -Si su merced nos cobija,
	cuente nos hace el negocio,
	y a cambio le enseñaremos
	el refrán que gasta el moro.
	 
	   -Cuidad de llevar la cuenta
	desque toquéis aquel olmo;
	de frente, a mil pasos justos,
	hay un peñasco y un tronco:
	el tronco tapa una cueva;
	entradla, y en un recodo
	hallaréis de mis pastores
	el hato... y adiós...
	 -Acoto,
	con el conque de que aprenda
	el refrán que gasta el moro.
	Dice el gitano cuatrero
	mirando por su mondongo:
	«Donde comas, no hagas daño,»
	y aquí, sin ser roba-potros,
	somos, como si dijéramos,
	agradecidos de estómago.
	   Su merced, que tiene pesquis,
	sáquele la púa al trompo.
	Los que fían en Mahoma
	nunca ponen en remojo
	la espingarda, por si acaso
	Mahoma se vuelve tonto;
	y dicen: «Sal prevenido
	»para ir a caza del lobo
	»como si fueras a hallarte
	»con el león...» Ahí va el cobro
	de la deuda que tuvimos
	con su merced: vale el oro
	algo menos que un consejo
	para casos que no nombro:
	y acabo, y para que entienda
	lo que vale el ser rumboso,
	quiero pagarle con sobras,
	y allá van cinco de corto.
	Este mundo es un fandango,
	cada cual baila a su modo,
	y aquel que anda sin pareja
	parece que está de bolo.
	                                                            
	                                                            
	   Partiéronse los bandidos
	menos fieros que orgullosos,
	y oí plañidos de hembra,
	gritos histéricos, roncos.
	¡En la soledad las lágrimas!
	¡El dolor!... y el mundo sordo,
	mientras la nieve caía
	en silencio copo a copo.
	 
	-«Madre de estos pobres niños,
	»más desnudos que andrajosos;
	»mujer, cuyo llanto acusa
	»ser madre, mientras que el rostro
	»y los arrugados pechos
	»y los cabellos canosos
	»dijeran a quien tus gritos
	»no oyó, que das testimonio
	»de la ancianidad que siente
	»su ruina y, con desdoro
	»del sexo, muestra sus miembros
	»al hombre en feos despojos
	»del tiempo; vieja fecunda,
	»madre de estos temblorosos
	»niños, que juntan sus lágrimas
	»a las que vierten tus ojos:
	»¿Quién os dejó en este sitio
	»vil traidor, o vil medroso?»
	-«Señor, en el mundo estamos;
	»dad a mis hijos socorro:
	»ellos, acaso algún día,
	»os lo paguen a su modo.
	»Lleváralos yo en mi vientre,
	»a mis hijuelos hermosos,
	»al calor que allí sentían
	»antes de escuchar su lloro...
	»¡Los hijos en las entrañas
	»de la madre pesan poco!
	»Como los parí desnudos,
	»con mi cuerpo los arropo,
	»pues a cubrirnos no bastan
	»los harapos que recojo.
	»Hemos de andar el camino,
	»y, aunque los alterno y pongo,
	»a veces en mis caderas,
	»a veces sobre mis lomos,
	»nos rinden en la jornada
	»el sol, la nieve o el lodo.
	»¡Pocos dolores de madre
	»sintió la que pare sólo,
	»y hambrientos no ve a sus hijos
	»arrastrarse, por un sorbo
	»de agua o por triste pedazo
	»de pan que desechan otros!..
	»Ibamos, señor, en busca
	»de la caridad de todos.»
	-«Tened mi pan, hijos míos:
	»Madre, aliéntate; yo tomo
	»tus dos hijos en mis brazos;
	»sígueme a un abrigo próximo.»
	   Y los niños inocentes,
	flacos, comidos de piojos,
	mordían el pan, mirándose
	envidiados y envidiosos.
	 
	   -«Guarda del bosque, si deja
	»del jabalí fatigoso
	»la pista, atienda a estos niños
	»y, hasta que yo vuelva, acójalos.»
	                                                            
	                                                            
	   Sentí tristeza en el alma:
	reinaba un silencio insólito
	en la región del desierto,
	debajo un cielo de plomo.
	El viento plegó las alas:
	se pararon los arroyos;
	los árboles, que dormían
	cual gigantes sigilosos,
	parecióme contemplaban
	la naturaleza atónitos...
	Y tarde, de vez en cuando,
	de las selvas en el fondo,
	agobiados por el peso
	de la nieve, los hojosos
	álamos se desgajaban
	con gemido perezoso.-
	Vi a los míseros soldados...
	¡No volvían más que ocho!
	 
	-«¿Por dónde vais, mis amigos?
	»Perdidos sois, yo os lo abono,
	»si no consentís ahora
	»la salvación que os propongo.»
	   Respondió el de más aliento:
	-«Su merced mande a su antojo:
	»de los santos de la corte
	»celestial, es San Antonio
	»el santo que más atiende
	»de los santos que conozco.»
	Yo le dije: Santo mío,
	haz que se nos coma el lobo,
	o que venga a socorrernos
	el que nos cantó el responso...,
	cuando vio que le dejábamos
	como quien escucha un loro.
	A su merced le ha traído
	ese santo milagroso,
	y por el mismo le ruego
	nos aloje junto al horno,
	porque traemos pasadas
	las penas del purgatorio.-
	¡Mal haya quien fía hombres
	a comandantes bisoños!
	Murió el sargento Carranza;
	mató el perro el cabo Romo;
	los dos sin sacar las fuerzas
	por ser unos hombres flojos,
	y quedáronse espasmados
	sonriendo como bobos.-
	Visto el sálvese quien pueda,
	su servidor, Juan Cebollo,
	que fue rabadán de cabras
	antes de llevar el chopo,
	y hoy luce una cruz de mérito
	con quince reales de momio,
	tomó el mando de estos chicos,
	que, aunque parezcan modorros,
	tienen más pies que el Sargento:
	y hablar del cabo me ahorro
	con decir «cabo de pluma,»
	que es decir de paso corto.
	Su merced les pase lista,
	que a sus órdenes los pongo:
	siete son, y mi persona
	ocho, número redondo.
	                                                            
	                                                            
	Súbito se oyó distante
	siniestro tiro dudoso,
	señal de quien pide auxilio,
	traición de facinerosos.
	Al disparo respondimos
	con disparos, y remotos
	los ecos de las cavernas,
	invisibles, misteriosos
	centinelas del desierto,
	do el miedo finge los monstruos,
	caminaban a perderse
	hacia términos ignotos.-
	Siguiéronme los soldados,
	e iba el jefe, Juan Cebollo,
	rezando el «Santa María»
	con acento fervoroso,
	alternando el «Dios te salve,»
	que prorrumpían en coro
	los restantes compañeros...,
	y así llegamos al chozo.
	 
	   ¡He aquí el valle de miserias!
	¡He la humanidad!... ¿Qué somos?
	¡La fraternidad no fuera
	ni la caridad tampoco,
	a no ser valle de lágrimas
	la tierra que nos da apoyo!
	¡La misericordia nace
	de nuestros dolores propios!
	                                                            
	                                                            
	   ¡Cristiana melancolía,
	dolor con íntimo gozo!
	La piedad, en la inclemencia,
	no lleva al altar sus votos;
	mas trueca en templo los ámbitos
	del invierno rigoroso
	quien dio lenguas al desierto
	nos dio la oración, y el sordo
	rumor de las soledades
	habla de Dios a su modo.


II


El hogar
	   ¿Ves, hermana, cómo acude
	tras la aflicción el consuelo,
	sin que el corazón se advierta
	ni lo procure el deseo?
	Antes, al volver la vista
	a la cruz del cementerio,
	vertías acerbas lágrimas
	con amargo desaliento;
	y hoy, con los ojos enjutos,
	pronunciando el Padre-nuestro,
	han apartado tus manos
	la nieve del santo suelo,
	donde de nuestros mayores
	yacen los mortales restos,
	cuyas almas inmortales
	te bendicen desde el cielo.
	Se han cambiado tus sollozos
	y los ayes de tu pecho
	en plácidas melodías
	que acusan otros afectos...
	Y esa misma cantilena
	del ángel que guarda el sueño
	de los niños, la aprendiste
	en el regazo materno.
	Nuestra madre te la dijo,
	abrigándote en su seno,
	con arrullo de paloma
	cuando ampara sus hijuelos.
	Y la rueca, con sus flores
	de siempreviva al extremo,
	y el huso de plata fina,
	con la inicial de su dueño;
	ese infatigable huso
	que tus delicados dedos,
	tras levísimo chasquido,
	lanzan con ágil gracejo,
	y ese copo bien peinado
	del lino de nuestro huerto,
	que vas desatando en hebras
	de finísimo cabello;
	la rueca, el huso y el lino
	son que allá en mejores tiempos,
	al compás de las canciones
	del ángel que guarda el sueño,
	sirvieron a nuestra madre,
	al arrimo de este fuego,
	para hilar blancas madejas
	de que luego se tejieron
	las sábanas de tu cuna
	y las de mi breve lecho.-
	¡Oh, piadosa hermana mía!
	¡Cuán dulce contentamiento
	sentimos las dos ahora
	en el altar del recuerdo;
	en este hogar heredado,
	llama de calor perpetuo
	que avivaban nuestros padres
	y sus padres encendieron!...
	¡Así nosotros, hermana,
	venturosos herederos
	de sus cristianas costumbres,
	de su hacienda y de su techo,
	podamos legar el fruto
	de sus honrados consejos
	a hijos dignos de nosotros
	y dignos de sus abuelos!
	Que en mal hora los que heredan
	olvidan sus venideros;
	y los que son en el mundo,
	porque sus mayores fueron,
	poderosos en riqueza,
	en la ostentación egregios,
	y disipan en festines,
	bajo artesonado regio,
	hacienda que no fundaron
	con su ciencia ni su esfuerzo,
	afrentan en ocio impuro
	honor que no merecieron.-
	Yo, a ejemplo de nuestros padres,
	hermana mía, prefiero
	a manjares no soñados
	por el natural deseo,
	frugal mesa abastecida
	para el preciso sustento,
	con los frutos generosos
	que rinde al trabajo el suelo:
	y, al mirarlos sazonados
	con la forma en que nacieron,
	servidos en blanca loza
	sobre limpísimo lienzo,
	digo con gozo en el alma,
	y en quien soy los ojos puestos:
	«Aves son de mis corrales,
	»que en mis corrales nacieron;
	»corderos de mis ovejas;
	»caza que abatí en su vuelo;
	»vino tinto de mi viña,
	»trasegado, limpio, añejo;
	»verduras de mi cercado,
	»y frutas de mis ingertos...»
	Así Dios no me perdone,
	hermana, si te exagero:
	pero, si se me obligase
	a optar entre dos extremos:
	vivir sobrado de fausto
	fuera del hogar doméstico,
	o empobrecer mi comida
	aquí, al amor de este fuego,
	¡hermana! Dios no me ayude
	si no es verdad que prefiero
	a dejar mi amado asilo
	un negro pan de centeno,
	con las frutas arrugadas
	que guardas para el invierno.
	Mas ya advierto que vencimos
	esta velada de enero;
	y, pues nos anuncia el gallo
	que ha dormido el primer sueño,
	hermana, arropa la lumbre
	con la ceniza, y dejemos
	la guarda de nuestro ejido
	a mi leal compañero.
	Ni asechanzas de la envidia
	ni injustas venganzas temo;
	pues, al fin, no tiene el hombre
	mejor amigo que el perro.



<<<
>>>


Lenguaje de las estaciones: En la primavera
Pág. 3 de 5
Lenguaje de las estaciones Antonio Ros de Olano


I


La mañana

           Ungida en blando rocío
	despierta amorosa el alba,
	tímida beldad que en sueños
	su amante, el Sol, busca y llama:
	claros sus ojos azules
	de luminosas pestañas,
	al beber luz en los cielos,
	la luz al suelo derraman.
	   Salúdala el Santuario
	con la voz de la campana,
	mientras le dice sus himnos
	en los aires la calandria;
	y al influjo cariñoso
	de su espléndida mirada,
	se esponja de amor la tierra,
	la vida ríe en las plantas.
	   Ancha clámide de nieve
	desprenden de sus espaldas
	los cerros, al anunciarse
	de abril la augusta mañana;
	y de las cumbres desciende
	libre, saltadora el agua,
	en elegantes, revueltas
	cintas de cristal y plata.
	   Recibe el amante valle
	con flores su desposada;
	y ella, tras húmedos besos,
	se aduerme entre verdes algas.
	Las festivas, redolentes,
	ligeras brisas, resbalan
	sobre el mar o sobre flores,
	entre el cielo y las cabañas;
	y se mecen halagüeñas
	en mil idas y tornadas,
	bajo formas infinitas
	del hombre las esperanzas.
	   Puesta la popa a la arena
	y la proa a la bonanza,
	dejando el refugio amigo,
	levadas las corvas áncoras,
	libra las turgentes velas
	la nave de Dios fiada;
	que así la ambición fenicia,
	mostró, surcando las aguas,
	cual las mercedes del suelo
	por oro en la mar se cambian.
	   El labrador que abrió el surco,
	y de sus trojes preciadas
	arrojó fértil semilla
	con mano atrevida y franca,
	cela la espiga naciente
	sobre campos de esmeralda,
	mientras que, libres del yugo,
	los tardos bueyes descansan.
	   Óyense alegres canciones
	de las rústicas zagalas:
	amor las pone en sus labios,
	bien sentidas, mal calladas,
	ecos que acaso responden
	en su delectable pausa
	a las trovas que en la noche
	profirió la serenata...
	Y aún dicen que la doncella,
	desde la puerta foránea,
	al huir la blanca luna
	de la aurora sonrosada,
	sorprendió junto a la reja,
	defensa de la ventana,
	donde no llegan los labios,
	aunque los ruegos alcanzan,
	al amante que allí puso,
	como regalo a la Maya,
	ramos de fresca verbena
	en generosa guirnalda.
	   ¡Oh, naturaleza! ¡Oh, madre!
	Cuando presentas tus galas,
	amor encuentra do quiera
	sus ofrendas y sus aras.
	No de otra suerte a tu influjo
	la entumecida crisálida
	rompe la mística celda,
	y en metamorfosis rápida,
	de oro y de carmín lucientes
	despliega veloces alas,
	y vuela al altar de Flora
	en nueva vida agitada:
	gusano ayer en su cárcel,
	gira libre, inquieta, vaga,
	cual si, guardando memoria
	de su brevedad pasada,
	sintiera que no le cabe
	gozar delicias tan anchas.
	   Muge la esbelta novilla
	desde el otero a distancia;
	primer celo en que se enciende
	al pacer la verde grama...
	Suma de gala y de fuerza,
	monstruo de fiereza y gracia,
	el toro al clamor amante
	la frente adusta levanta.
	Por más saciar el olfato
	las hondas fosas dilata:
	enhiestas las finas puntas,
	rueda la hirviente mirada:
	juega la flexible cola
	con ondulantes lazadas;
	y, azotándose los flancos,
	cual con serpiente irritada,
	rayo que en trueno responde
	pronto al imán que le llama,
	rápido corno el relámpago,
	parte, arrolla, triunfa o mata.
	   Los árboles se columpian
	en el seno de las auras,
	las aves pueblan el éter;
	los ríos serenos pasan...
	Y, en tanto, un eco distante,
	que el viento interrumpe a ráfagas,
	trae y lleva los acordes
	de la primitiva flauta...
	Son los de la edad de oro
	trinos de la flauta pánica,
	recreación de pastores,
	mientras pacen sus manadas
	y vense en libre careo
	correr del monte a la falda
	menudas, ágiles, limpias,
	de vario color pintadas,
	generación de Amaltea,
	las mil esparcidas cabras...
	Y, en medio al vario conjunto,
	señor entre sus esclavas,
	celoso barbón hirsuto,
	de corona esparramada,
	y olor genial, que denuncia
	a los machos de su raza;
	dispensador de favores,
	dejando va por do marcha
	vapor de naturaleza,
	dulce a sus hembras ingrávidas.
	   ¡Horizontes de la vida!
	¡Limitaciones humanas!
	¡Tal traéis a la memoria
	las religiones pasadas!
	Tal veo en el templo egipcio
	la adoración humillada
	ante el símbolo monstruoso
	del padre de las Cabañas;
	y aun más cerca a los sentidos
	contemplo en Grecia, hermanadas
	deformidades cupídicas
	e idealidades de estatua,
	y el mito erótico, en donde
	triunfa del vigor la gracia
	tras la lid voluptuosa
	apenas significada,
	si el torpe bruto rendido
	tan flojamente se amansa,
	que sobre sus rudos lomos
	la gracia gentil cabalga.
	   Así, al contemplar de lejos
	la mar tranquila, rizada
	de nívea espuma, que en iris
	los rayos del sol desata,
	paréceme ver que nace
	de las ondas azuladas,
	bella cual si a mi deseo
	mi libertad la evocara
	y a mi voluntad surgiera,
	sensible Diosa pagana,
	la Venus chíprea, meciéndose
	en leve concha de nácar,
	por cendal de sus contornos
	las sueltas madejas áureas,
	con pompa de blancos Cisnes
	que sumisos acompañan,
	y Céfiros y Nereidas
	que la acercan a la playa.
	   Oigo el plácido concierto
	de los orbes en la estancia
	del Infinito, do viven,
	giran, se atraen y se aman,
	y esa sublime armonía
	es el suspiro, es el habla
	de la Creación entera
	que suspira enamorada.

II


La golondrina

	   ¡Bienvenida la inocente
	huéspeda, de donde quiera
	que llegue al humilde techo
	del triste que la desea!
	¡Oh mi mansa golondrina!
	¡Oh mi dulce forastera!
	¡Bienvenida! A tu llegada
	mantuve abierta la reja:
	tu trino suena en mi oído;
	tus alas, con las esencias
	de otras auras de otros climas,
	mi frente árida refrescan;
	y con versátiles giros
	las vigas añosas cuentas,
	y reconoces la estancia
	donde tus hijos nacieran.
	   ¡Aquí fueron tus amores,
	no turbados por la fiesta
	ni por el llanto; aquí fueron,
	en la paz de esta vivienda!
	Allí tu nido te aguarda;
	tus hijos no lo recuerdan:
	tú vuelves a visitarlo,
	y yo lo guardé en tu ausencia.
	Pliega tus nítidas alas,
	y tus leves plumas peina;
	reposa, mi peregrina,
	mi huéspeda y compañera.
	   ¡Quién sabe! Acaso tu vuelo
	posaste la vez postrera
	en la ascética, ignorada
	choza del anacoreta.
	De Tierra-Santa tal vez,
	nueva peregrina, vengas,
	y del Líbano doblaste
	ayer las cumbres excelsas.
	¡Quién sabe! Tal vez ha poco
	que, del Sinaí en la cresta,
	oías los regios salmos
	que la Religión eleva.
	Acaso en Jerusalén
	tus últimos hijos quedan,
	nacidos junto a un pesebre,
	como el Redentor naciera.
	Las sublimes soledades
	de aquella cristiana tierra
	cruzaste tal vez, llevada
	del Simoún en la carrera.
	Tal vez de la Palestina,
	do el sol enciende la arena,
	rompiendo la estiva calma
	jadeabas pasajera...
	O bebiendo en el Jordán
	del agua de la pureza,
	para alentar tu camino
	sobre la triste Judea,
	volaste en torno a las tumbas
	do reposan los Profetas,
	y en el sepulcro de Cristo
	se oyó tu mística queja.
	   ¡Quién sabe! Acaso rasante,
	desempulgada saeta,
	mediste de un solo sulco
	la ya derrumbada Grecia;
	o acaso de populosas,
	profanas ciudades vengas,
	de bordear los palacios
	que te cerraban sus puertas,
	para que los artesones
	de esmalte y oro, y las regias
	randas y tapicería
	que al lujo tributa el Persa,
	y los jarros de la China,
	y las lunas de Venecia,
	tu nido de pobre barro
	no manchase ni ofendiera!-
	   Si así es, mi peregrina,
	noble avecilla, los deja:
	¡inhospitalarios son
	los magnates de la tierra!
	Tuerce tu rumbo del centro
	a que afluye la riqueza;
	que es el hombre en la fortuna
	menos humano que fiera.
	El escándalo del rico;
	la risa de las rameras;
	la orquesta de los saraos;
	los clarines de la guerra;
	los tumultos, gritería
	y ceremoniosas fiestas,
	estruendos son ofensivos
	a tu sencilla existencia.
	Libre en el aire del campo,
	cuando la aurora despiertas,
	y con las primeras sombras
	del crepúsculo te albergas:
	los gozadores del mundo,
	los que esas ciudades pueblan,
	cierran sus ojos al día;
	la noche los desenfrena.
	   Tú eres la hija del ambiente,
	y del alba, y de las frescas
	florecillas amorosas
	que abril y mayo despliegan.
	Familiar, pura y sencilla,
	Dios no puso en ti defensa,
	y dijo, porque te amaran:
	«Anuncia, la primavera,
	»y engéndrese en ti el instinto
	»de la emigración, y lleva
	»tu mensaje a cien regiones,
	»sin errar nunca la senda.
	»Cruza mares y desiertos,
	»las ruinas visita, y llega
	»al asilo en donde mora
	»la paz en santa modestia.»
	¡Y fuiste! Y sin duda el dedo,
	de la sabia Omnipotencia
	trazó en el aire el camino
	que a cien regiones te lleva...
	Misterios son tus jornadas,
	viajes de escondida ciencia,
	a donde sólo te sigue
	la inspiración del poeta.
	   ¡Oh mi mansa golondrina
	y mi dulce compañera!
	¡Bienvenida seas al techo
	del triste que te desea;
	y así tus hijuelos guarden
	memoria de mi vivienda,
	como yo de ti me acuerdo
	en los meses de tu ausencia!


<<<
>>>


Lenguaje de las estaciones: En el verano
Pág. 4 de 5
Lenguaje de las estaciones Antonio Ros de Olano


I


De la casa al árbol y del árbol a la casa
	   Por escena, el campo libre;
	el tiempo... en su eterno curso;
	hora... en que espiran las brisas
	del mar con lento susurro.
	en primer término, el árbol
	secular, ancho, copudo,
	a cuya sombra mi honrado.
	Abuelo, a sus deudos junto,
	nuevo Jacob con su tribu,
	en los rigores de julio
	vio sestear sus rebaños,
	o a sus gañanes forzudos,
	olas rompiendo de espigas,
	juntar en haces los frutos.
	¡Ni un sonido en el espacio!
	Y, en el término segundo,
	de mi casa solariega
	los envejecidos muros,
	mientras, cual manso plumaje
	que agita escondido impulso,
	de mi tosca chimenea
	asciende ondulante el humo.-
	¡Padre sol! la tierra blanda
	a tu solícito influjo,
	en la estación de su celo
	te abrió el seno; y somos tuyos,
	nacidos de un mismo barro,
	desde el gusano sepulto
	que habita el humilde limo,
	al insecto, al ave, al bruto...
	Así la Libia sedienta
	es patria, es templo, es refugio,
	donde difundió su estirpe
	de Agar el seno fecundo;
	y allí bendijo el Oasis
	Dios para el árabe inculto,
	que halla en las sombras de palmas
	de arquitectural conjunto
	agua y preciso sustento
	y cielo para su culto.
	                                                            
	                                                            
	   Un día la negra sombra
	del árbol alto y robusto,
	aguja del meridiano
	inversa al sol en su rumbo,
	me había dejado expuesto
	al haz de dardos agudos
	que arroja el astro gigante
	desde el término diurno,
	antes de lanzarse a plomo
	en el piélago profundo.
	Y por la senda que llega
	mal trazada, advertí aduro,
	aguijando a prisa a prisa,
	al hidalgo linajudo,
	señor don Lope Mendoza
	de Carvajal y de Angulo,
	mi vecino, rico en predios
	y un tanto pobre en estudios:
	hombre recio, rostro altivo,
	atezado y cejijunto.
	   Salí a su encuentro, y, al verme,
	se apeó un tanto ceñudo.
	-«Señor don Lope (le dije),
	»me honra el veros; mas presumo
	»por lo breve del camino
	»y el momento en que os pregunto,
	»si os han estorbado el paso
	»o si os trae algún disgusto.»
	-No piensa mal mi vecino,
	si bien no hay guapo ni chusco
	que a mi persona se atreva:
	y, ya veis, no llego enjuto.
	Mi caballo es agosteño,
	y, como si fuera un buzo;
	así que pisa en el río
	ha de pegar un zambullo.
	De allí no hay quien lo levante
	mas que le metan un chuzo;
	pero, en soltando el jinete,
	se vuelve pájaro grullo.
	De esta manera se explica
	por qué en un macho orejudo
	llega tarde y mal don Lope,
	que aún viniera sobre un rucio
	donde vuestra linda hermana
	con esos cabellos rubios,
	con esos ojos azules
	y con esos pies menudos,
	me trae sorbidos los sesos
	de suerte, que me consulto
	si me habré yo vuelto mosto
	y corro tras el embudo.
	Sobre poco más o menos,
	sin rodeos de hombre astuto,
	sabéis que os puse en la feria
	ese trato peliagudo.
	Cierto que vos me dijerais
	aquello del exabrupto,
	y « hasta que hable con mi hermana,
	»cuanto ofrezca es prematuro...»
	Hablasteis con ella; y luego
	allá, por lo que discurro,
	no echó el trato a mala parte,
	ni vos lo disteis por nulo;
	puesto que me respondíais
	(carta canta; a ella me ajusto):
	«mi hermana oyó vuestro obsequio,
	»y os diré en tiempo oportuno...
	»el agosto está inmediato...
	»yo hoy no acepto ni rehúso.»-
	Vecino, yo desde entonces
	he contado los minutos.
	Hoy es primero de agosto;
	se corrió el plazo, y acudo;
	y, por si es pleito entre partes,
	a lo pactado me afugio.
	A mí me ha cabido el año
	mejor que a aquellos palurdos
	labradores de otros tiempos,
	que, echándosela de duchos,
	contaban les cuajaría,
	cuando los ahogó el diluvio.-
	Sabido ya por mi boca
	mi tropiezo y lo que busco,
	debéis vos decirme en cambio
	con franqueza a vuestro turno:
	¿qué os tiene fuera de casa
	con este calor tan rudo?
	-«Sintiendo vuestro percance,
	»Vais a ver cómo yo cumplo...
	»Andad, don Lope... Me trajo
	»al campo, el calor que a muchos
	»mantiene bajo su techo:
	»¡cada cual según sus gustos!
	»Amparado por la sombra
	»de ese árbol, do acostumbro
	»sentarme, sin que me atedien
	»las horas en su transcurso,
	»contemplaba el reprimido
	»dolor, el silencio mudo
	»con que la naturaleza
	»rinde el maternal tributo;
	»y así, con mis pensamientos,
	»tal vez sobrado profundos,
	»pasando estaba la tarde
	»sin dichas y sin disgustos.»
	   Andando íbamos camino
	de casa en este discurso:
	a la medida que andábamos
	crecía el blando murmullo
	de la fuente que en mi ejido
	ancho el caño, el chorro curvo,
	derrama en la limpia taza
	su claro raudal...; y un brusco
	impensado advertimiento
	del hidalgo, me detuvo,
	diciéndome:-«Tenga el paso,
	»vecino; y, si estoy confuso,
	»sépase que no soy hombre
	»que crea en brujas ni en brujos,
	»aunque crea en los misterios
	»y en los divinos recursos...
	»Decidme si estáis oyendo,
	»o si es que yo me embarullo,
	»un canto en cuyas cadencias
	»de un ángel suena el anuncio.»
	   Presté atención: iba el eco
	concertándose al murmurio
	de la fuente de mi ejido,
	atenuado como el humo
	que de mi hogar ascendía
	por el ambiente difuso...
	   Era la voz de mi hermana;
	su canción; la que compuso
	el Ángel de la familia,
	que va abandonando el mundo.-
	Mi hermana en las soledades
	de su apartamiento oculto,
	entretenía las horas
	como suele, por recurso,
	hilando del manso lino
	que en mi huerta le procuro,
	fino como sus cabellos,
	como sus cabellos rubio.
	                                                            
	                                                            
	   Entró don Lope Mendoza;
	trató el caso...; noble estuvo.
	A poco, tras un galope
	oyóse un relincho, y súbito
	nos dijo: -Ese es mi caballo,
	con mi criado... No abulto
	al afirmar que, si no fuera
	por lo atrasada que anduvo
	su madre en soltar la carga,
	cada pelo valía un mundo...
	La falta estará en la madre...
	Ni lo abono ni lo culpo...
	Hijos nacen con pitones,
	por ser sus padres cornudos...
	Pero es lo cierto, señora,
	y a vuestro hermano recurro
	para que os diga la causa,
	que llegar pude algo sucio,
	cuando, por veros, viniera
	a horcajadas sobre un burro;
	y aun llegara más temprano,
	que el fracaso me entretuvo...
	Forzado a acortar el tiempo,
	a la vuelta me apresuro.-
	Madama, el sí que me llevo,
	bien que dado entre repulgos,
	confío os lleve muy pronto
	a vivir en donde juzgo
	que no estuviera más ancha
	ni la esposa del gran turco.
	A recibiros esperan
	libre puerta, alzado escudo,
	cimerado capacete,
	la celada opuesta al zurdo
	lado, en señal que no caben
	allí los hijos espúreos;
	y en campos de oro y de gules
	enlazados los vetustos
	blasones de los Mendoza
	de Carvajal y de Angulo.
	   Hízonos tres reverencias,
	espolsándose el muslo:
	salióse, y salí en obsequio
	de mi cuñado futuro.
	                                                            
	                                                            
	                                                            
	   Ni aun el mismo don Quijote,
	con ser jinete zancudo,
	salvando el borren trasero,
	ciñó el bridón más a punto;
	y, llamándole a las piernas,
	en los estribos insúrgito,
	cual si nuestros cumplimientos
	le sirviesen de conjuro,
	partió, como sale el diablo
	del cuerpo del energúmeno.
	                                                            
	   Las mujeres, desde Eva
	a la hoy mujer del verdugo;
	desde las que se arrebolan
	a las que limpian los cubos;
	desde la que zurce versos
	y en las medias lleva puntos,
	a la convencida monja
	que al cielo dirige el rumbo;
	así la que arrastra encajes
	como la que en su condumio
	sisa ochavo por ochavo
	hasta completar el duro;
	todas ellas son artistas
	en sus intervalos lúcidos,
	conforme van los menguantes,
	o según los plenilunios.
	   Mi hermana (la replegada
	sensitiva, cuando impuro
	eco de voz mal sonante
	hería sus oídos púdicos),
	luego que el hombre a caballo,
	veloz centauro, traspuso
	entre el polvo y la neblina
	y las tintas del crepúsculo,
	me dijo: «Hermano: don Lope
	»mal mi voluntad dispuso
	»como galán en estrado;
	»mas, ¡qué bien domina el bruto!
	»Dado a tan fuerte ejercicio,
	»no extraño tenga en desuso
	»la galante cortesía;
	»¡pero es gallardo, es hercúleo!
	»La hermosura es delicada;
	»la fuerza es bella de suyo;
	»la aman la flor y la débil
	»mujer... ¡Hermano, yo juzgo
	»que belleza y hermosura
	»son dos aspectos del gusto:
	»la flor se ampara entre espinas
	»y el rosal ama el capullo!»
	                                                            
	   Era la mujer apenas
	rebasados los tres lustros;
	y era don Lope Mendoza
	tan fuertemente membrudo;
	que en la plaza de su aldea
	fiestas de becerros hubo,
	y viéndose sorprendido,
	si un novillo le fue al bulto,
	ya apretado entre las tablas
	y los cuernos puntiagudos,
	porque allí se viera a un noble
	salir de tamaño apuro,
	lo atontó de un puñetazo
	con aplauso del concurso.


II


La tempestad
	   Claros estaban los cielos,
	limpio el azul transparente:
	sólo a lo lejos se vía
	vellón que al aura remece,
	una nubecilla mansa,
	una nubecilla tenue,
	una blanca nubecilla
	como el ampo de la nieve...
	                                                            
	                                                            
	   Ancha nube en limpio espacio,
	¿quién te guía? ¿quién te acrece?
	¿quién te empuja, nube airada,
	en pavorosa creciente,
	que, ciñéndote de sombras,
	tragas polvo, el mundo envuelves?
	                                                            
	Relámpago en fondo cárdeno,
	¿cuántos volcanes te encienden?
	Ronco trueno que respondes,
	¿a qué mandato obedeces?
	                                                            
	                                                            
	Huid, míseros ganados;
	aves por el aire leves,
	huid; míseras criaturas,
	el torbellino os envuelve;
	huid; que dentro de poco
	no habrá amparo a que acogerse
	los árboles más robustos
	quiebran cual cañas endebles;
	el huracán, el granizo,
	os arrebatan, os hieren;
	la tempestad traga el mundo,
	y Dios no se compadece.
	                                                            
	   «¡Ay! (dije, y seguí postrado):
	¡cuánto la vida me duele!»
	porque el alma se me iba
	a la tempestad rugiente...
	Y entonces fue cuando vino,
	derramándose a torrentes,
	copiosa lluvia; y en olas
	despeñadas, que al mar tienden,
	iban las aves ahogadas,
	e iban nadando las reses.
	A la mar iban los árboles,
	con sus frutos aún pendientes;
	del labrador afanoso
	los codiciados enseres
	iban; y a la par con ellos
	haces de acopiadas mieses,
	y, arrancados de su base,
	restos de pobres albergues...
	                                                            
	   Mansa lluvia, mansa lluvia,
	en aljófares cerniéndote
	del sol al último rayo,
	que el agua en diamantes vuelve:
	mansa lluvia, en derramados
	prismas de cristal luciente,
	arco de triunfo erigido
	al vencedor de los débiles,
	iris de paz para el hombre,
	sin pacto que le conserve:
	mansa lluvia, engalanada
	de colores transparentes,
	amaranto y oro y púrpura,
	que no imitan los pinceles:
	cariñosa, mansa lluvia,
	a medida que te ciernes
	sobre las flores del campo,
	hijas de matas silvestres,
	renace mi triste vida
	¡a la calma que apetece!
	   ¡Vivir es amar! y miro
	el placer con que agradecen
	allá en el monte los árboles
	y aquí las flores campestres,
	mansa lluvia cariñosa,
	¡los beneficios que viertes!
	y tú, de concordia iris,
	escala de luz, que asciendes
	a do reside el misterio
	de la vida y de la muerte,
	tú eres el santo camino
	por do libres van y vienen
	las bendiciones que parten,
	las esperanzas que vuelven.
	                                                            
	¡Visiones de los sentidos!
	¡Pasad, pasad como suelen
	cruzar, dándose las manos,
	las niñas en danza alegre!
	                                                            
	-¿Quiénes sois, que yo os conozco,
	pareja en que amor florece,
	a la par que andáis por campos
	donde el tomillo trasciende,
	y a seguir vuestra jornada
	tanta voluntad me mueve?
	-Fuimos tu Padre y tu Madre,
	aun antes que tú nacieses.
	                                                            
	-¿Quiénes sois, niños benditos?
	Conoceros me parece...
	-Éramos amigos tuyos,
	cuando niños inocentes;
	éramos tus condiscípulos
	de la vida en los dinteles.
	Tus iguales nos juzgamos
	en la edad adolescente;
	y, si hoy favor te pedimos,
	que, aceptado, nos ofende,
	somos los que te abrazaban
	para herirte y esconderse...
	¡Dejamos por nuestra prosa
	de la fama los laureles,
	virtudes que no nos caben,
	ideas que nos exceden!...
	-¡Pasad, pasad, mis amigos!
	La confesión os releve:
	¡mi voluntad os disculpa
	y la experiencia os absuelve!
	                                                            
	   Y tú, ¿a qué vienes, anciano,
	a quien he visto otras veces?
	-Voy detrás de mis discípulos
	que corren más que las liebres,
	y en la carrera del mundo
	el que atrás queda se pierde.
	                                                            
	   ¡Aparta, mujer hermosa!
	¡Por donde viniste, vete!
	¡Esconde aquesos collares,
	arracadas y alfileres
	con que adorné tu belleza
	y prendí tu pecho aleve!
	¡Aparta, mujer traidora,
	que aun tus caricias me ofenden!
	                                                            
	   ¿Quién eres tú que muy lejos,
	tan lejos te me apareces,
	que ya mis cansados ojos
	dudan en reconocerte?
	-Tu primer amor me llamo.
	-¡Tu memoria me enternece!
	Fuiste el ideal del alma,
	la santidad de mis preces,
	la diosa de mis sentidos,
	la mujer hermosa y débil
	que amor me brindó en la vida
	y amor me brindó en la muerte.
	                                                            
	   En pos va la consolante
	caridad... ¡Benignos seres,
	hembras de virtud humilde,
	hermanas del que padece!
	Vosotras sois la hermosura
	sin vanidad ni oropeles,
	la dicha fecunda en lágrimas,
	¡la pobreza rica en bienes!
	                                                            
	   ¡Oh, tú, el último en la hilera,
	de tanto dolor el héroe!
	De ti sólo vi un reflejo,
	como mi sombra otras veces.
	Fantasma, visión, que enseñas
	la risa, y lágrimas bebes,
	¿por qué escribes con la punta
	del corazón y te dueles?-
	Apenas ya te recuerdo...
	díme, por piedad, ¿quién eres?
	-Yo soy tú.
	                 -¡Maldita seas,
	fascinación de mi mente!
	Me brinda el mundo favores
	en la pugna con los fuertes,
	la fama con sus aplausos,
	el éxito con laureles:
	y, pues que la vida es lucha
	donde todos acometen
	vencedores o vencidos,
	el vencido se defiende,
	y allá, tras su desengaño,
	la quieta paz se le ofrece,
	como al náufrago que arrojan
	las olas a los placeres...
	¡Las olas que le llevaron,
	le trajeron, y las siente
	rugir sin que le amenacen
	en la playa en que se aduerme!...-
	¡Visión! eres la memoria;
	eres la verdad que miente;
	¡no escribas más con la punta
	de mi corazón, y aléjate!




<<<
>>>


Lenguaje de las estaciones: En el otoño
Pág. 5 de 5
Lenguaje de las estaciones Antonio Ros de Olano


I


En la tarde
	   Ya en la senda, allá del río,
	traspuesto apenas el vado,
	tiró de la rienda el novio
	para ofrecerme los brazos.
	Sin atreverse a besarme,
	por respeto hacia el hidalgo,
	mi hermana vertió una lágrima;
	«¡Adiós!» me dijo, y marcharon.
	   Así se rompe la vida
	de la hembra en dos pedazos;
	mitad donde nace y crece,
	flor en cristalino vaso,
	y el resto de su existencia,
	tras los inocentes años,
	misterio de sensaciones
	con enigmas de recato.-
	¡Miseración en la esposa,
	si el seno infecundo al tálamo
	negó los hijos, en quienes
	la madre ceba los labios,
	para exhalar su ternura
	a trueque de desengaños!...-
	¡Allá va la flor!... ¿quién sabe
	al viento que irá vagando?-
	Del viento esclava es la hoja,
	y la mujer del acaso.-
	¡Cómo la ingenua tristeza
	junta el deleite a su daño,
	en la soledad tranquila,
	sin medir tiempo ni espacio!
	                                                            
	                                                            
	                                                            
	                                                            
	   Es la tarde...: huye la tierra
	sin que sintamos su tránsito,
	mientras parece a la vista
	que el sol camina al ocaso:
	su disco de eterna lumbre
	vibra los postreros rayos,
	y a herir apenas alcanza
	la cima de los collados.
	¡Breve tarde! En mar de púrpura
	tórnase el azul velado
	del horizonte, tendido
	más allá del Océano:
	piélago es de luz inmensa,
	do mis ojos beben ávidos
	torrentes de llama viva;
	piélago en que ve flotando
	seculares monumentos,
	arquitectura de encantos;
	fortalezas y ciudades,
	alcázares, templos, arcos,
	pirámides, tiendas bíblicas,
	misteriosos tabernáculos...:
	Y en las llanuras espléndidas
	de aquel celaje fantástico,
	hay encendidas peleas
	de hombres y monstruos bizarros,
	fieras, enanos, gigantes,
	escuadrones de centauros
	y carrozas con cuadrigas
	de flamígeros penachos.
	Y, aún más allá, de otras nubes
	simula el contorno mágico
	visiones de amor divino,
	diosas del amor humano;
	ángeles, Cupidos, Ninfas,
	musas y Genios, lanzados
	por los senos insondables
	de los luminosos ámbitos.
	¡Metamorfosis del alma!
	¡Trasuntos de otros engaños!
	¡Ilusión de los sentidos,
	de su error enamorados!...
	   ¡Oh, breve tarde!... En la curva
	del globo que va rodando,
	pierde este pobre hemisferio,
	la luz del eterno faro...
	¿Dónde están los horizontes,
	tan ricamente poblados
	de fúlgidos monumentos
	en ciudades de topacio,
	de Ángeles, Genios, Cupidos,
	ninfas, Dríadas y Faunos,
	y mujeres que el deseo,
	en un espejo encantado,
	volvió a presentar al alma
	como en los primeros años?
	   ¡Es el crepúsculo!... y vibran
	sólo en el éter los átomos
	de luz y sombra que tejen
	a la luna el velo santo.
	Solitaria de los bosques,
	hacia el bosque solitario
	cruza la torcaz paloma,
	y el aire zumba a su paso.
	En las ruinosas almenas
	del gótico campanario,
	el ave de los sepulcros
	exhala un ¡ay! de quebranto:
	primer ¡ay! de muchos ayes
	que van luego concertando
	con el toque de Oraciones
	y el doble por los finados.


II


En la noche
	   ¡Es la noche!... densas nubes
	que en el horizonte diáfano
	fueron de púrpura y oro,
	ya son fúnebre sudario.
	Entumecida la tierra
	siente que la hiere el ábrego,
	y los árboles ingentes,
	de la madre tierra amados,
	risueños en primavera,
	galanes en el verano,
	amarillentos declinan
	y sus hojas van dejando...
	¡Sus hojas! ¡las verdes hojas,
	orgullo de abril y mayo,
	que se desprenden marchitas
	cual girones de su manto!-
	   Asoma en la mar la luna,
	y mientras va remontando,
	se descubre el firmamento
	de luceros tachonado.
	¡Dios, que sacó el universo
	de las tinieblas del caos,
	preside las Estaciones,
	y a Dios alaban los astros!
	   Que Dios esparció los orbes
	en infinitos estadios,
	como el labrador arroja
	la semilla en su cercado...
	Y esos mundos sobre mundos,
	que en eslabones jerárquicos
	señalan a nuestros ojos
	siempre un más allá anhelado,
	son al corazón del hombre
	revelación más que arcano...





<<<