Leyendas de los indios quichuas (2ª ed.)/El Colla

n esta grande y cosmopolita ciudad de Buenos Aires, donde, con un aire y posesión de dueños casa, se pasean y arraigan habitualmente extranjeros de todos los países del mundo, seguros de las garantías que les ofrece la constitución política de uno de los pueblos más liberales de América, hemos visto muchas veces recorrer las largas calles, detenerse frente á los escaparates de las tiendas ú ofrecer al transeunte sus mercaderías, á un tipo de traje excepcional que, sin embargo de su aspecto extraño, no es para nosotros precisamente un extranjero.
Queremos referirnos al vulgarmente llamado Colla. A ese vendedor ambulante de yerbas medicinales, estoraquí, quina-quina y polvos para el amor que, con tan fútil comercio, caminando á pié, ha realizado el temerario viaje hasta las márgenes del Plata, saliendo con sus alforjas y los chismes que le acompañan, desde las lejanas y remotas cumbres del alto Perú.
El hombresillo, vestido de telas burdas, husutas y sombrero informe, fabricado por él mismo, con lana de cordero, camina taciturno y habla lo menos que puede el castellano.
Al desocupado que lo vé pasar se le ocurre una justa reflexión: ¡cómo pueden estos hombres vivir con el producto del insignificante comercio á que se dedican?
Y cuando uno sabe que se vienen á pié desde sus valles, situados á ochocientas leguas de distancia, se explicará más dificilmente la compensación pecuniaria que induce á estos séres, de piernas excepcionales, á emprender la formidable travesía.
Es que nosotros, los hijos de Buenos Aires, sabemos habitualmente mucho de las costumbres y de lo que pasa en el viejo mundo, pero nuestros conocimientos están un tanto en retardo, tratándose de los usos y costumbres de nuestra casa, ó sea de nuestra América, lo que si no es lo mismo, es cosa parecida.
El Colla, el Aimará, ó más propiamente dicho, el hijo del valle de los Yungas, realiza un propósito muy diferente del que nos suponemos, al efectuar su viaje.
Allá, en las montañas escarpadas y pintorescas de su tierra natal, viste habitualmente de negro, en señal de eterno duelo por la desaparición y exterminio de sus Incas, los señores de las cuatro partes del globo, los hijos de Manco Capac y Mama Oello, los que enseñaron á adorar al sol y á Pachacamac, alma del mando, que tiene en sus manos las riendas de los supremos destinos.
Pachacamac y el sol, focos brillantes de luz y de saber, dieron por boca de sus hijos, los semidioses, las sublimes é inmutables leyes que unieron entre sí á los indios que antes vivían dispersos por sobre la inmensa tierra.
Los Incas propagaron en sus conquistas, con afecto y constancia, la igualdad y el cariño entre los hombres. Su sabiduría divina cambió los campos estériles y las rocas desoladas en valles productivos; torció el curso de los ríos y puso á servicio del hombre el agua de los torrentes, que antes se despeñaba en masas congeladas é inmensas sobre las chozas sin amparo.
El robo, la mentira, la pereza y la cobardía, ya no tenían asilo en la morada del indio, y ahí están los colosos de Tiahuanacu, del Cosco, Yocalla, Copacabana y los caminos de la costa y los llanos que lo atestiguan con la elocuencia muda de las ruinas ciclópeas, de una pasada y sorprendente civilización.
El Colla vá taciturno y silencioso, agobiado por el peso del infortunio, que llora desde hace cuatro siglos, y si detiene á veces su paso vacilante frente al suntuoso palacio del señor moderno, la muda contemplación no le sugiere en su alma dolorida más que el triste recuerdo de que ya no volverán para él y su raza aquellos felices tiempos de bonanza y de paz, que fueron violentamente interrumpidos por la avalancha de los señores blancos, que en su codicia y ambición, sin valla, derruían y derrumbaban sin control ni conciencia hasta los templos y altares de los dioses protectores, por adueñarse sacrílegamente el metal de las divinas ofrendas, que se envilecía al caer entre sus manos.
El indio yungueño habla en aimará, que es lengua tributaria del Quichua, y lleva en su espíritu el propósito de restituir algún día el imperio de sus antepasados. No olvida las ofensas recibidas y cree corromper sus creencias y tradiciones hablando el idioma de los conquistadores. Se cree adivino y dice haber nacido con el don de saber la suerte humana, leyendo en los astros y en las miradas. Es

también médico práctico, porque conoce los efectos de muchas sustancias vegetales desconocidas para la ciencia y que se producen en medio de aquellos profundos valles, casi inexplorados.
El Colla se casa, cuando más tarde, á los veinte años, y antes de unirse corporalmente á su elegida tiene que cumplir con una ley, que para él es sagrada, porque emana de una antigua costumbre que está prescrita por la tradición oral, que todos observan fiel y extrictamente.
Terminada la ceremonia conyugal, cada uno de los desposados debe apartarse siguiendo opuestos rumbos. La muchacha vá á su hogar, donde queda como antes ó pasa á servir á la casa de sus suegros, y el mancebo emprende un largo viaje que dura á veces tres ó cuatro años y que infaliblemente debe efectuarse á pié. Este es viaje de expiación, de penalidades y de sufrimientos, y es tanto más considerado á su vuelta el que ha llegado á tierras y á confines más remotos, porque ha aprendido mejor á sobrellevar los trabajos, y es, por lo tanto, más apto que otro para afrontar las penalidades ineludibles en las jornadas de la vida.
Cuando el Colla anda entre nosotros, cuando ha salido de lo que llama su tierra y la del Inca su señor, hace también abandono de su traje negro y adopta el que llama cheschi ó gris, porque dice que saliendo de su patria entra al dominio de otros señores.
Los polvitos para el amor, que vende, son de diferentes clases. Les atribuyen generalmente más poder á los rojos, que sacan de una yerba que gusta mucho á las lagartijas, y precisamente en esas circunstancias fundan la virtud del amuleto; pues afirman que el lagartija macho es el animalito que tiene la propiedad de hacerse querer más de su consorte. El talisman de amor es infalible para hacer huir la antipatía y atraer recíprocamente á los enamorados.
Muchas veces los viejos que han perdido á su compañera, salen por segunda vez acompañando al hijo menor en su peregrinación; enséñanle entonces á recorrer con paciencia el largo camino que principia y acaba con sufrimientos y trabajos.
Cumplida su peregrinación, suele volver el Colla á su hogar y encontrarse con la dolorosa nueva de una muerte inesperada. Dobla entonces su duelo. Pero todos le recuerdan que la vida es camino de pesares, y que hay que soportar los designios de Pachacamac que tiene en sus manos, desde lo alto, las riendas de los supremos destinos.
El yungueño sombrío se pierde entonces en los valles azules de las montañas apartadas, buscando el consuelo que ha dado siempre al corazón abatido por los grandes dolores, la contemplación de la naturaleza.
En las horas calladas de la noche, cuando titilan en el cielo las estrellas infinitas, como vibraciones eternas del cariño de los que sucumbieron, y cuando en los antros oscuros del bosque se siente el aleteo del buho y el eco quejumbroso de la torcasa aprisionada, suele oirse á veces las notas sencillas de una música perdida, cuyos ecos vibran vagamente en las ondas sonoras que se ahuecan en los profundos abismos. La música es supremamente melancólica, sus notas llevan al espíritu, la expresión de un pesar sin consuelo y sin amparo.
Ese es el indio, que llora conjuntamente en la Quena tradicional, las angustias de su alma acongojada y las desdichas de la patria, cuyo recuerdo se aviva en medio de las grandes armonías.