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Lirios silvestres/El regreso

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EL REGRESO

(Fragmento)


Con inseguro andar y breve paso
Un peregrino viajador se vé,
Va descendiendo triste una montaña
y se detiene trémulo á su pié.

—Mucho me falta, dice, está muy lejos;
Tal vez no llegue á mi paterno hogar;
El cuerpo siento fatigoso y tardo,
Quizá la cima no podré trepar.

Lanza un suspiro, en el baston se apoya
Y emprende su camino con vigor;
En tanto el sol trasmonta la cuchilla
Lanzando su postrero resplandor.

Sube el viajero la empinada cuesta
y al descender detiénese cansado,
y enjugando el sudor de su ancha frente
Dále aliento á su pecho fatigado.

Ya está cerca, murmura divisando
El techo del hogar idolatrado,
Sube la cuesta, el montecillo encuentra
Y se halla á un paso del recinto amado.

La puerta de la choza está entornada
Y una rústica jóven se vé allí,
El peregrino se detiene ansioso
Y dudando se dice; ¡No es aquí!

Luego da un paso, á detenerse vuelve,
Buscando en su redor con avidez;
Los ojos fija en el hogar desierto
y se torna aun mas pálida su tez.

¿En dónde está la anciana? le pregunta
A la azorada rústica aun de pié.
¿En dónde está la anciana tan querida
Que há mucho tiempo en el hogar dejé?

Decidme, vos sabeis lo que fué de ella;
No temais lastimar mi corazon,
Decidme solamente si está muerta
Para hacer en su tumba una oracion.

—No sé de quién hablais, triste viajero,
Y creo que mas bien equivocado...
—Oh! no! imposible, reconozco todo
¡Y sin embargo creo haber soñado!

Mirad allá en la falda de la loma
Existe el montecillo de manzanos
Que en otra época, niño todavia,
Yo sembraba en union de mis hermanos.

Y aquí en el tronco de la vid frondosa
Aun percibo las cifras que grabé,
Y el jardincillo que mi madre puso
Aun conserva las huellas de su pié.

Mirad allá á la izquierda, en la ladera
Que llega al corazon del olivar;
A nuestro fiel esclavo, el buen Mateo,
El haz de leña le ayudé á cargar.

Ya veis si lo recuerdo, equivocado
Es imposible que pudiera estar;
Las escenas mas simples de la infancia
Una por una os las podré narrar.

Mas nada me decis de lo que antes
Os preguntára ansioso, hermosa niña,
Venid aquí á sentaros, pues quisiera
Descansar á la sombra de la viña

¿No sabeis lo que fué de aquella noble
Y buena anciana que habitó la choza?
Decidlo, resistir podré la prueba
Por amarga que fuere y dolorosa.

¡Ah! ya recuerdo! si, hará dos años
Que ella esperaba á un hijo que partió;
Mas ¡ay! el hijo del hogar muy lejos
Tarde, muy tarde por su amor tornó.

—¡Tarde decis! ¿y qué murió la anciana?
Oh! si murió y en su postrer aliento
El nombre de su híjo, cariñosa,
Enviólo en alas del lijero viento.

Oh! contadme, contadme lo que dijo
En el último instante de su vida,
¿Acaso ingrato me creyera, ay! triste!
¡Prenda del alma; mi única querida?

¿Quereis que os cuente todas sus palabras?
Pues escúchame atento, peregrino:
Jamás creyólo ingrato al hijo suyo
Y en él pensaba con amor divino.

Ha de volver mi hijo, murmuraba
Con fé sublime, inquebrantable amor,
Ha de volver el alma de mi alma
Cuando caiga del sándalo la flor.

Y apoyada en el báculo ñudoso,
Dirijíase á orillas del camino,
La vista fija en la empinada cuesta
A la sombra sentada del espino.

Mas llegó un dia en que la pobre anciana
Faltóle fuerza, ya no pudo andar,
Y á la puerta sentada me decia
"Mira, Azucena, si le ves bajar"

¡Oh como tarda, "murmuraba luego
Cadavérica y pálida la faz,
"Vuélveme, santo Dios, al hijo mio,
Y fuerte y vigorosa me verás."

Pero Dios no escuchó su amargo ruego,
Su eterno lamentar no quiso oir;
Y cual las flores que les falta el riego,
La pobre madre comenzó á morir.

Una tarde muy triste, hasta su lado
Atrájome la anciana y habló así:
"Voy á morir, adios, pobre Azucena,
"Cuando reces acuérdate de mí."

Si acaso un dia un peregrino llega
Hasta las puertas del desierto hogar,
Dile que llore por su triste madre,
Dile que vaya á su sepulcro á orar.

Dile que sola en mi vejez helada
Busqué el valor de su filial ternura,
Y al no hallarlo á mi lado cariñoso
Apuré hasta las heces la amargura.

Muero como los justos: soy dichosa,
Nada empaña el cristal de mi conciencia,
Adios, se acerca mi partida eterna
Se estingue ya la mísera existencia.

La enturbiada retina de sus ojos
Un instante al camino se volvió,
Y el sol que terminaba su carrera
El alma de la anciana recibió.

Yo la ví muerta, le entorné los ojos
Y arrodillada ante la tumba oré,
Si quisierais cumplir su último encargo...
Venid, dadme la mano, yo os guiaré.

—No tengo fuerza, adios, mucho he sufrido:
¿Porqué he de entristeceros con mi duelo?
Solo iré ante la tumba, madre mia,
A alzar por tu alma una plegaria al cielo.

¿Y ya no tomareis; mirad la noche
Que cerca está, quedaos, peregrino;
Mañana partireis, si así os place,
Ahora no hallariais el camino.

—Oh no, imposible, el término se acerca
De mi carrera, adios, piadosa niña,
Cuidad la choza y el verjel son vuestros
El rebaño, las aves y la viña.

Ya no retornaré, mi viaje es largo
Sin término quizá; Dios os bendiga
Sed feliz, mientras tanto, dolorido,
Fuerza es la ruta de mi vida siga.

1872.