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Lirios silvestres/La flor del Yuquerí

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LA FLOR DEL YUQUERÍ

Sobre esmaltado cinturon de sauce,
Casi en la orilla del hermoso riacho,
Una azucena sobre el blando cauce
Flotaba entrelazada de un quebracho.

Parecia el reflejo en la verdura
De una estrella del cielo desprendida,
Sobre las olas de la linfa pura
¡Náyade entre las ondas adormida!

A veces su corola sumerjia,
Perfumando las aguas con su aroma,
Y de nuevo otra vez reaparecia
Como el reflejo que en el cielo asoma.

Retenia con lánguido desvio
Un tesoro de perlas, todas flojas,
Brillantes con el lloro del rocío
Sobre el fondo nectário de sus hojas.

Era ]a flor tan primorosa y bella,
En el suave columpio del desmayo,
Que habia luz y resplandor de estrella
En sus pistilos como el blanco rayo.

En su color de nítida blancura
Tenia un tinte de inmortal belleza,
Algo como un idilio de ternura,
Algo como ]a fé de una promesa.

Sobre su cáliz entreabierto erraban
Enjambre de rosadas mariposas,
Y en las hebras del agua que colgaban
Las abejas libaban temblorosas.

Y la flor cada dia mas hermosa,
No agotaba la miel de su corola,
Recogiendo en sus hojas cariñosa,
El éco suspirante de la ola.

El lucero del alba al ocultarse,
Vió brillar en la selva la azucena,
Resplandeció en la flor al inclinarse
Con luz de luna de misterios llena.

El agreste ramaje de esmeraldas
Que guardaba la flor en la ribera,
Festoneó con maticea de guirnaldas
El lecho de su bella compañera.

Pero insensible la azucena hermosa
Al amor del lucero y del sauzal,
Abria su corola perfumosa,
Solo al beso del aura matinal.

El ramaje inclinado sobre el rio
Intentaba besar la nívea flor,
Mas esta se volvia con desvio
Despreciando del árbol el amor.

Entristecido el lánguido ramaje,
Depositó su lloro en la azucena,
Y en el centro se oia del follaje
Un éco gemidor de amarga pena.

La flor ingrata ni escuchar siquiera
Las voces gemidoras, se dignaba,
Y cada vez mas pura y hechicera,
Su corola blanquísima enalzaba.

Mas ¡ay! un dia, al despuntar la aurora,
Recojiendo el vapor de la alborada,
Entre las perlas que la diosa llora,
Brotó una flor magnífica azulada.

Era un lirio gentil de talle airoso,
Perfumado en el ambar de otras flores,
Palpitando en su caliz amoroso
El edilio feliz de sus amores.

¡Era un lirio! Su tallo de palmera,
Se inclinó ante la flor americana:
¡Ven! la dijo, serás mi compañera,
Encantadora flor de mi mañana.

Ven azucena,—por el tallo unido,
Nadaremos á impulsos de las ondas,
Despréndete de ese árbol carcomido,
Que oculta tu belleza entre sus frondas.

Con rubores de vírjen palpitante,
Oyó la flor la cántica amorosa,
Y entreabriendo sus hojas suspirante
Se desprendió del árbol afanosa.

En verde camalote convirtieron
Sus matas de riquísima verdura,
Y su cáliz amante confundieron,
En un beso infinito de ternura.

Una corte de azules mariposas
Siguieron á la bella desposada,
Y en sus jiros, las ondas espumosas,
Regaron á la flor enamorada.

1876.