Llamamiento de Alejandro Pidal «a las honradas masas carlistas»

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 El Sr. PIDAL Y MON: El estado de impaciencia en que justamente se halla la Cámara, dado lo avanzado de la hora, me obliga á renunciar á la palabra, y en lugar de pronunciar un discurso voy á concretar mi pensamiento en una fórmula concisa.

 Los Diputados que aquí nos reunimos, unos presentes y otros ausentes hoy, me han encargado manifieste á la Cámara que darán su voto á la proposicion que se discute, sin que se entienda que abandonan por eso aquellos principios fundamentales que fueron norma de su conducta y base de sus doctrinas durante toda su vida, ni aquella dignidad que corresponde á los partidos políticos cuando se acercan á otros para votar con ellos en cuestiones determinadas.

 Y una vez manifestado esto, he de añadir que la razon que nos mueve á dar este voto á nosotros los representantes de las soluciones naturales y de los ideales legítimos de la restauracion, es que por el sentido que tiene, por el sentido y el alcance que le da el Gobierno, por el que le da la opinion, por el que le dan las circunstancias en que nace, por el significado mismo que le impone el reciente partido liberal, rehuyendo el debate y la votacion, no es un voto de aprobacion solemne á toda la política del Gobierno, sino un balance, un recuento que se le obliga á hacer á ese partido liberal de las fuerzas parlamentarias que cuenta, cuya importancia quiere aumentar ocultando su relativa pequeñez, manteniéndose entre las nieblas de lo desconocido, dejándose solo entrever á través del cristal de aumento del misterio. (Grandes aplausos en la mayoría.)

 Y yo que creo en el país conservador; yo que sé que hay masas conservadoras que por causas que no es del momento examinar están retraidas de la vida pública; yo que sé que en su corazon alienta vivas las creencias y los principios conservadores, vengo á decir, apremiado acaso por esas mismas masas, que no es la inmensa mayoría de la Nacion la que se agrupa alrededor de ese partido. La inmensa mayoría de la Nacion está en su casa, en su hogar, en el taller, en el templo, esperando que Gobiernos verdaderamente conservadores defiendan sus intereses de toda coalicion revolucionaria que pudiera amagar de una manera más o ménos completa la existencia de las instituciones á cuyo amparo quieren vivir, y á cuyo amparo esperan la paz y la libertad y la religion y el progreso. (Grandes aplausos en la mayoría.)

 Señores Diputados, los instantes apremian, y hoy por hoy tengo que renunciar á pronunciar el discurso con cuya seductora perspectiva me habeis estado brinando todas estas tardes; tengo que renunciar á latentadora ocasion que se me presenta de echar una mirada sobre el pasado, para ver cómo los hechos han venido dándome la razon, para comparar conducta con conducta, para examinar el origen de ese nuevo partido, su gestacion, su génesis, cuáles son sus fuerzas, cómo han surgido, cuáles son sus distintos y encontrados elementos, cómo y por quién han sido congregados ahí, cuál es su jefe, cuál su doctrina y al calor de qué sentimientos y principios ha sido forjado.

 Pero no me sentaré, no, sin lamentar hondamente, con amargo pesar, con profundísimo dolor, la presencia inconcebible en él del ilusstre y heróico restaurador de la Monarquía y del derecho enfrente de las dictaduras personales de la revolucion.

 De ese glorioso general, esperanza y recuerdo de todos los verdaderos conservadores, que le vemos hoy con tristeza y con pena, contra su tradicion, contra su significacion, contra sus antecedentes, preso, en rehenes por vosotros, en poder de ese nuevo partido en que están los elementos impenitentes de la revolucion, que se parapetan detrás de él, que se sirven de su nombre como de escudo á sus propósitos, que se amparan detrás de su representacion, exponiéndole, para libertaros vosotros de los tiros que os dirigen vuestros adversarios, amantes y defensores de nuestras seculares instituciones. (Grandes aplausos en la mayoría.)

 ¡Ah, Sres. Diputados! Yo os lo confieso. Por nuestros pecados, la espada invicta de la Restauracion ha caido en vuestras manos, como cayó en otro tiempo el Arca Santa de Israel en manos de los Filisteos.

 Pero tened cuidado, señores del partido liberal, tened cuidado con lo que haceis; porque yo confío todavía en que al colgarla como un ex voto en el templo de la revolucion, los ídolos que allí tienen asiento se estremecerán y se derrumbarán como se derrumbaron y cayeron los ídolos del templo de Dagon delante del Arca Santa de Israel, cautiva en poder de los antiguos Filisteos (Aplausos en la mayoría), viéndoos obligados entonces á devolverla á sus naturales amigos.

 Y volviendo ahora los ojos al país, hácia ese país que sufre y calla, hácia ese país que ora en los templos, que cultiva los campos, que estudia en los laboratorios y trabaja en los talleres de las ciudades, al país que paga, y que cree, y que pide al Estado verdadero órden, verdadera paz y verdadera libertad para llenar cumplidamente todos sus fines, yo le pregunto y le digo: ¿qué haces? ¿qué esperas? ¿por qué no te agitas y te mueves y das señales de vida, aquí donde tantos que usurpan tu nombre bullen, aquí donde á todo lo que no conmueve y se agita se le expide fé de cadáver?

 Sí, yo se lo digo á mi país, al país español; yo se lo digo al país que representan elementos de esa mayoría; yo se lo digo al país que representa el antiguo partido moderado; yo se lo digo al país que representan mis amigos; yo se lo digo á las honradas masas que arrojadas al campo por los atropellos de la revolucion formaron el partido carlista.

 Yo les digo: ¿qué haceis? ¿qué esperais? ¿á estar peor? No; abandonad vuestro estéril pesimismo los que lo tengais, abandonad vuestra inaccion; salid del retraimiento en que os consumís; no os detengais ante divergencias políticas; saltad los obstáculos personales que os separan; agrupáos al amparo de la legalidad, y pensad, pensad en que teneis una Pátria comun que defender, una familia que educar, una propiedad que proteger y una religion que propagar y en que creer, y que hacer respetar contra toda invasion revolucionaria, ya venga de la revolucion violenta que como torrente asolador todo lo rinde y lo avasalla, ya venga de la revolucion mansa que como creciente inundacion todo lo invade y todo lo anega. (Muy bien, muy bien.—Grandes aplausos.)

Fuente[editar]

  • Pidal y Mon, Alejandro (16 de junio de 1880). «Legislatura 1879-1880». Diario de Sesiones - Serie histórica (N.º 191): 4918-1919.