Lo que ha de ser (Versión para imprimir)

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Elenco
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Lo que ha de ser Félix Lope de Vega y Carpio


Lo que ha de ser

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



LEONARDO
NISE
PEROL
CASANDRA


CELIO
ALBANO
TEODORO
MÚSICOS


SEVERO
CINTIA
ALCALDE VILLANO
EL REY


UN PINTOR
CRIADOS
CAPITÁN
TAMBOR




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Acto I
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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen LEONARDO y NISE, labradores.
LEONARDO:

  Favorecido de ti,
Nise, ¿qué puedo envidiar?

NISE:

Lisonjas no han de faltar.

LEONARDO:

¿Por qué me tratas así?

NISE:

No hay cosa que pueda en mí
solicitar voluntad,
como tratarme verdad.

LEONARDO:

¿Pues en qué te han engañado
lengua y ojos que te han dado
el alma y la voluntad?
  Ellos, señora, te miran
con el respeto que deben,
pues cuando a verte se atreven,
como del sol se retiran,
sus niñas dentro suspiran
por las de tus ojos bellos,
que tienen su vida en ellos
quien vio suspirar los ojos,
pues para no darte enojos
suspira el alma por ellos.
  La lengua que te ha ofendido,
si con tanta honestidad
como el velo a la verdad
de un corazón tan rendido.
A la fe que de tu olvido
nace tu desconfianza,
mas poco daño me alcanza,
pues siendo ingrata a mi fe
por lo menos viviré
seguro de tu mudanza.


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NISE:

  Quien te ve, Leonardo, hablar,
tan preciado de discreto
y de uno y de otro conceto,
discurrir para engañar;
pues no pienses que has de dar
ejemplo a trágico amor.
Yo confieso tu valor,
y que me inclino a escucharte,
pero no para fiarte
esperanzas de favor,
  vete con Dios a la aldea,
que aquí orillas de la mar
quiero algún coral buscar,
que me entretiene y recrea,
entre conchas de librea
algún ramo suele haber
que me causa más placer
que oír mentiras de amantes,
mas que su espuma inconstantes
para menguar y crecer.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

  Buscar coral, Nise hermosa,
en mar de perlas mejores,
con más ardientes colores
que tiene al alba la rosa,
pudiera tu codiciosa
mano más cerca de ti,
y perdóname si fui
necio en darte este consejo,
si le sabes de tu espejo
por no escucharle de mí,
  rigurosa fue mi estrella
en rendirme a tu rigor.

NISE:

Yo estimo en mucho tu amor,
no hay por qué te quejes della.

LEONARDO:

No creerme, Nise bella,
siento más que el despreciarme.

NISE:

¿A qué puedo aventurarme
mas que a no darte ocasión
de celos con afición?
¿A qué otro puede obligarme?
(Dentro.)

1.º:

  ¡Qué miserable desdicha!

2.º:

¡Aorza, vira amura, amaina!


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


3.º:

¡Arriba, que nos perdemos!

1.º:

¡Ten, zaborda, furia estraña!

LEONARDO:

Gritos dan, algún navío
corre tormenta.

NISE:

En la playa
lo mostraban los delfines
dando vueltas en el agua.

LEONARDO:

Qué voces tan tristes, Nise.

NISE:

Es teatro de desgracias
el mar.

1.º:

¡Acosta de presto
la barca, acosta la barca,
sálvese la Infanta en ella!

2.º:

¿Y quién ha de ir con la Infanta?

3.º:

Yo he de ir.

2.º:

No, sino yo.


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1.º:

Baja en tanto que se matan.

NISE:

Fiero rigor de las ondas,
merecido de quien anda
contra su naturaleza
fuera de su dulce patria
sobre una tabla.

LEONARDO:

Bien dices,
¿pero dónde fabricaran
mayor invención los hombres
para ver tierras estrañas?
No fuera común el mundo
si aquel primer argonauta
no hubiera dado a las ondas
ciudades de lienzo y tablas.
(Sale PEROL, villano.)

PEROL:

Mala bestia mar furioso,
que si Dios no te enfrenara
te hubieras tragado el mundo.
¿Qué tienes que nunca paras?

LEONARDO:

¿Qué es esto, hermano Perol?


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PEROL:

Que en turbulenta borrasca
se tragó el mar una nave
desde la quilla a la gavia.
Yo estaba sobre una peña
que los golpes de las aguas
sufre como la porfía,
de un necio el que sabe y calla,
cuando veo por los bordes
bajar un bulto a una barca
y que luego se va a pique
sin perdonar una tabla;
fluctúa la barca luego
porque del mar la inconstancia
ya la sepulta en las ondas,
ya por las nubes la ensalza
pero de un viento impelida,
la rota barca en la playa
dio con ella donde queda
cubierta de espuma y algas.

LEONARDO:

Pues, bestia, ¿no fuera bien
que a ver lo que era llegaras
el bulto que estaba en ella?

PEROL:

A donde no me va nada
nunca me meto en peligros.


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LEONARDO:

Bella Nise, aquí me aguarda,
que el valiente corazón
que me anima y acompaña
favorecer me aconseja
a quien desde allí me llama.

NISE:

Y yo, Leonardo, te ruego
(Vase.)
que a ver lo que fuere vayas,
y si es hombre le ayudes,
y si es hacienda la traigas,
que suelen grandes riquezas
en fortunas tan estrañas
ser despojo de las ondas.
¿Qué hay, Perol, de nuestras vacas?

PEROL:

Bien dices, trate el pastor
de sus ovejas y cabras,
el mercader de su hacienda
y el soldado de sus armas.
No han sido malas las crías,
toda tu hacienda se guarda
para que su dueño seas,
dime por qué no te casas.
¿Leonardo no es mayoral,
y el mejor destas montañas?
¿No es el más noble, el más rico
y el más discreto? ¿Qué aguardas?


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NISE:

Todo lo conozco y veo
y aunque Leonardo me agrada,
no de suerte que me obligue
a darle esas esperanzas.
(Saca LEONARDO en brazos a CASANDRA.)

LEONARDO:

Ánimo, señora mía.

CASANDRA:

No os espantéis si me falta
valor en esta ocasión,
que aunque le tengo en el alma,
he visto el rostro a la muerte.

LEONARDO:

Llega, Nise, llega y habla
a esta principal señora
que era el bulto de la barca.

NISE:

Admirada del suceso
apenas me atrevo a hablarla.
Ah, señora.

CASANDRA:

¡Qué consuelo!

PEROL:

Ella es persona de chapa.
¡Qué lindo vestido y joyas!

NISE:

No es mucho si la desmaya
el peligro en que se ha visto.
De aqueste monte en la falda
está mi casa, aunque pobre,
allá podremos llevarla.


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LEONARDO:

No, Nise bella, perdona.
Yo la libré y a mi casa
tengo de llevarla agora,
que quiero allí regalarla.

NISE:

Harasme un grande disgusto.

LEONARDO:

¿Yo a ti, Nise, por qué causa?

NISE:

¿No basta que yo lo diga?

LEONARDO:

Bastó, pero ya no basta.

CASANDRA:

¿Quién sois, amigos?

LEONARDO:

Señora,
pastores destas montañas.

CASANDRA:

¿Y esta tierra?

LEONARDO:

Alejandría.
Vuestra historia será larga,
descansad que tiempo os queda
para que podáis contarla.
Gran fortuna habéis corrido.

CASANDRA:

No pudo ser más airada,
si bien pues que tengo vida,
no quiero en todo culparla.


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LEONARDO:

Vamos, cerca está la aldea.
¿Has visto más bella dama,
Nise, que aquesta señora?
¿Qué nombre tenéis?

CASANDRA:

Casandra.
(Llévala.)

NISE:

¿Qué te parece, Perol,
cual la lleva y cual la alaba?

PEROL:

¿Pésate de esto?

NISE:

En estremo.

PEROL:

¿No eras tú quien despreciaba
a Leonardo?

NISE:

Poco entiendes,
pues esta treta no alcanzas
de condición de mujeres.

PEROL:

¿Qué quieres decir?

NISE:

Que aman
con celos y aborrecidas
y que aborrecen amadas.
(Vase.)


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PEROL:

Eso pasa desde hoy,
doy celos a cuantas andan
en el valle y aborrezco
cuantas me miran y hablan.
No sé para qué dijeron
que amor con amor se paga,
que donde celos no soplan
nunca amor alza la llama.
(Vase.)
(Salen el PRÍNCIPE ALEJANDRO, MÚSICOS, CELIO, ALBANO, TEODORO, Criados.)

ALEJANDRO:

  Ya falta entretenimiento.
¡Cómo dura mi prisión!

CELIO:

Siéntate y esta canción
escucha.

ALEJANDRO:

No hay sufrimiento.

[MÚSICOS]:

(Cantan.)
  Estaba Alejandro Magno,
fundador desta ciudad.

ALEJANDRO:

No prosigáis más, dejad
la música. Dime, Albano,
  ¿qué hay de nuevo?

ALBANO:

Tantas cosas
que no sabré referillas.


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ALEJANDRO:

Hay tanto tiempo de oíllas
que por largas y enfadosas
  no les faltará lugar.
¿Qué es lo que quiere de mí
el Rey? ¿Para qué nací,
si aquí me quiere enterrar?
  Tantos años como tengo
preso en aqueste castillo.
Por Dios que me maravillo
cómo la vida entretengo.
  ¿Qué hice en naciendo yo,
qué intenté sin lengua y manos?
Decid, dioses soberanos,
¿qué inocencia os ofendió?

CELIO:

  Señor, deja de pensar
en cosas de tanta pena.
Lo que Júpiter ordena,
¿cómo se puede escusar?
  ¿Tras tantos años, agora
tienes tanto sentimiento?

ALEJANDRO:

El verme tan hombre siento,
y siento que el Rey me adora
  y que tras eso me tiene
encerrado donde estoy.
¿Soy algún áspid? ¿Qué soy?
¿Qué imagina? ¿Qué previene?
  ¿Téngole yo de quitar
el reino?


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ALBANO:

Si de esa suerte
te afliges, tendrá la muerte
en tu verde edad lugar.

ALBANO:

  ¿Pues qué haré en toda esta tarde?

TEODORO:

Recitar algunos versos
cultos, castigados, tersos,
aunque el nombre me acobarde,
  pues tú los haces tan bien.

ALEJANDRO:

Diga Albano.

ALBANO:

¿Yo, señor?

CELIO:

Sin prólogo y sin temor
pide que aplauso te den.

ALBANO:

  Oíd los tres un soneto.

ALEJANDRO:

Di primero la ocasión,
que sin esta prevención
se entiende mal el conceto.

ALBANO:

  Puesto el brazo, en un bufete
de una bugía, en la llama
se quemó el puño una dama.


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ALEJANDRO:

Secreto fuego promete.
  ¿Merecíase quemar
la mano?

ALBANO:

El puño bastó.

ALEJANDRO:

¿Fue la causa celos?

ALBANO:

No.

ALEJANDRO:

Yo la dejara abrasar.
  Cándida y no pintada mariposa,
al fuego se acercó sin ver el fuego,
pero sin ser su centro él, mi señora luego,
quiso templarse en nieve tan hermosa.
No es esa, no, tu esfera luminosa,
dijo el amor, que entonces era fuego,
«que yo soy rayo y tiemblo cuando llego
a nieve de mi fuego vitoriosa».
Sordo a su envidia, cuanto más ardiente,
el muro de la nieve fue pasando
puño a una mano de sí misma ausente;
el fuego está riendo, amor llorando,
crece la llama, y Silvia no la siente;
quién fuera lo que estaba imaginando.


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ALBANO:

  Tú lo dijiste muy bien
y no poco te has quemado
de que ella se haya dejado
quemar el puño también.

ALEJANDRO:

  Diga Celio.

CELIO:

A Laura vi,
agradeció mis desvelos
y dándome muchos celos
finge tenerlos de mí.

ALEJANDRO:

  Da celos y está celosa;
mucho sabe esa mujer.

CELIO:

Con esto la di a entender
lo que no pudiera en prosa.
  Laura, ¿quién son aquellos embozados,
al mismo niño amor tan parecidos,
que no fueron por andar vestidos
y quieren encubrirse declarados,
aquellos envidiosos desvelados,
con lo que más adoran más fingidos,
que quieren de sospechas ofendidos
siendo traidores presumir de honrados?
Aquellas sombras que despierta sueños
y aquel sueño de amor con los desvelos
de ardientes llamas y accidentes fríos,
estas del miedo y de la envidia señas,
¿quién duda que dirás que son tus celos?,
pues, Laura, no lo son, que son los míos.


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ALEJANDRO:

  Gracioso epigrama.

CELIO:

A ti
todo te agrada, señor,
que tu ingenio y tu valor
muestran su grandeza así.
  Escriben que Cicerón,
oyendo al representante
galo, que en Roma triunfante
tuvo excelente opinión,
  vio silbar y murmurar,
y que comenzó a decir:
«mancebos, el escribir
es ingenio y no el silbar,
  y esto al hombre se prohíbe,
porque en diferencia igual;
silba cualquier animal,
pero solo el hombre escribe.»

ALEJANDRO:

  Celio, no es mi condición
tan dulce, si no me agrada,
no alabo.

CELIO:

Está confirmada
de ejemplos tu discreción.

TEODORO:

  El Rey aquí te ha enviado
un maestro de armas tal
que no ha permitido igual.


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ALEJANDRO:

Nuevas de ese hombre me han dado
  y me dicen que es un Marte.

CELIO:

Brava opinión ha tenido.

TEODORO:

Un filósofo ha venido
con ánimo de enseñarte,
  que se burla de Platón.

ALEJANDRO:

Pues no le dejéis entrar,
que aquí no se da lugar
a los que soberbios son.
  No quiero nada con él,
que hombre que se alaba así,
¿qué puede enseñarme a mí
sino ser necio con él?
  Si mi padre me dejara
ver el mundo yo supiera
y más de verle aprendiera
que Sócrates me enseñara.
  Quien no ve del mundo más
que este castillo en que estoy,
donde si dos pasos doy
es fuerza que vuelva atrás,
  ¿qué puede saber, Albano?

ALBANO:

Triste estás.

ALEJANDRO:

Venid conmigo.


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ALBANO:

Un pensamiento enemigo
mata con la propia mano.

ALEJANDRO:

  Hoy al Rey significad
mi cuidado y sentimiento,
que no he de tener contento
hasta tener libertad.
(Vanse.)
(Sale LEONARDO.)

LEONARDO:

  Antiguo amor ya pasado,
parece que estáis corrido
de veros puesto en olvido
por otro nuevo cuidado.
Mas si fuistes despreciado,
como de Nise lo fuistes,
mucha disculpa tuvisteis,
que en amar con tal desprecio
no digo que fuistes necio,
mas mucho lo parecistes.
  Vino Casandra, que ya
se llama Laura en la aldea,
por bien pensamiento sea
que pienso que sí será,
ya que en vuestro traje está
justamente la queréis.
Y a Nise olvidado habéis,
que aunque amado no seáis,
por lo menos me vengáis
del agravio que sabéis.


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LEONARDO:

  No os parezca liviandad
haber tan presto olvidado,
que donde Laura ha llegado,
nadie tiene libertad.
Estaba en mi voluntad
Nise, mas Laura llegó
y que saliese mandó,
pues si Nise, porque entraba
Laura el lugar le dejaba,
¿qué culpa le tuve yo?
  Viva Laura y viva en mí,
que aunque me atrevo, villano,
a un ángel tan soberano,
justamente me perdí.
Y si aborrecido fui
de Nise, con tal rigor
querer a Laura es mejor
aunque sea aborrecido,
pues olvido por olvido
tiene Laura más valor.


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(Sale CASANDRA de labradora.)
CASANDRA:

  Sin admitir esperanza
de volver a ser quien soy,
en tan nuevo traje estoy
contenta de la mudanza.
Que todo estado es mudanza
a quien salió de fortuna
tan áspera y importuna,
que donde la vida queda
no tiene acción en que pueda
decir que pasó ninguna.
  Salí del mar proceloso
a la tierra que me veo,
donde ha hallado mi deseo
puesto, aunque humilde, amoroso.
Un labrador generoso
me aposenta en su lugar,
su traje vengo a tomar,
tiempo no hay más que decir,
mas quien no sabe subir
no se espante de bajar.
  Su entendimiento me agrada
y me causa admiración
ver tan noble condición
en tan rústica posada,
no pobre y mal adornada,
que algún rico en la ciudad
no tiene su autoridad.
Hay libros y armas, que es cosa
que me tienen sospechosa,
de más alta calidad.
  Con esto en mi pensamiento
se va entrando su valor,
no digo que tengo amor,
mas tengo agradecimiento,
bien que voy entrando a tiento,
que no me atrevo a fiar
de quien me puede engañar,
que pensando agradecer
puedo llegar a querer
y no es disculpa pensar.


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LEONARDO:

  Laura bella, pues así
quieres que te llamen ya,
¿dónde bueno?

CASANDRA:

Donde va
mi pensamiento sin mí;
mirando el mar desde aquí
el pensamiento entretengo,
y a perder el temor vengo
que tuve en tanto rigor,
si bien, aún tengo temor
con saber que no le tengo.

LEONARDO:

  Antes pienso que en sosiego
está después que te vio,
puesto que te codició
para su sirena luego,
que tú en esferas de fuego
le pudieras transformar,
a lo menos con llegar,
le dejas resplandeciendo
como sol que amaneciendo,
se estiende por todo el mar.
  Yo, Laura, sé bien quién eres
y te respeto y te adoro,
esto con aquel decoro
que de quien soy te difieres,
jamás de Leonardo esperes
más que aquesta cortesía
y pues no puedes ser mía
déjame solo quererte,
porque no puede ofenderte
quien te adora y desconfía.


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CASANDRA:

  Leonardo, estoy admirada
de tu mucha discreción;
tengo una justa afición
a que me siento obligada.
Soy quien soy, de ser amada
no le ha pesado a mujer
lo que te puedo querer
conforme a mi calidad,
te ofrece mi voluntad
que es lo más que puede ser.

LEONARDO:

  ¿Pues quién eres?

CASANDRA:

No me pidas
que te diga más de mí.

LEONARDO:

Pues mientras vives aquí
con prendas desconocidas
que te quiera no me impidas,
y mientras no sé quién eres
te querré, aunque no me quieres,
pues te igualo, aunque me ves
tan rústico, que después
te querré por lo que fueres.


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CASANDRA:

  Bien dices, quiéreme a mí,
haz cuenta que soy tu igual,
que no procediendo mal
no puede pesarme a mí;
pero no sabrás quién fui,
porque entonces puede ser
no quererme por tener
respeto a mi ser primero,
por ser tan grande y no quiero
que me dejes de querer.
(Sale un CAPITÁN y un TAMBOR.)

CAPITÁN:

  Echad ese bando aquí,
pues ya entramos en la aldea.

TAMBOR:

Si aquí mandáis, aquí sea.

CAPITÁN:

Pues comienza.

TAMBOR:

Digo ansí:
Su Majestad del rey de Alejandría ofrece a cualquier persona que matare algún león docientos escudos, si fuere de humilde calidad, y si la tuviere, hácele merced del oficio que pidiere. Mándase pregonar porque venga a noticia de todos.
(Tocan y vanse.)

CASANDRA:

  Estraño pregón.


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LEONARDO:

Aquí
todos los años se da.

CASANDRA:

¿Pues dime al Rey qué le va
en que persigan ansí
  al rey de los animales,
siendo rey?

LEONARDO:

Las ocasiones
de aborrecer los leones
son a su cuidado iguales.

CASANDRA:

  ¿Es por los ganados?

LEONARDO:

No.

CASANDRA:

¿pues por qué ocasión?

LEONARDO:

Escucha,
verás que la causa es mucha,
que a su temor le obliga.
  Nicandro Augusto, rey de Alejandría,
tuvo un hijo del reino deseado
en Natalia, su esposa, a quien tenía
amor de ningún hombre imaginado.
Quiso saber de Anaximandro un día,
astrólogo de Persia celebrado,
los sucesos del Príncipe en tal punto,
que estaba el cielo en sus desdichas junto.
  Pronosticole el sabio que tendría
hasta los años veinte y nueve o treinta
peligro de matarle un león el día
que llegase a mirar su faz sangrienta.


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LEONARDO:

Con esta temerosa astrología
el afligido rey Ramiro intenta,
para guardar al príncipe Alejandro,
asiera el mismo Apolo Anaximandro.
  Fabrica, pues, un ínclito palacio,
la cerca de en torno de tan alto muro,
que se admiraba el celestial topacio
de verle acometer su cristal puro.
Lo que contiene su labrado espacio,
no como en Creta el laberinto escuro,
sino claro y espléndido, es sujeto,
digno de verlo de un varón perfecto.
  Hay un bosque famoso que acompaña
con dulces aguas un pequeño río,
que se trujo a pesar de una montaña,
hijo engendrado de su centro frío.
Jardines son las márgenes que baña,
donde su pie jamás puso el estío
y engaña por las aguas fugitivas
ninfas de perlas que parecen vivas.
  Corre la yerba el siempre temeroso
conejo, que no ha dado el Rey licencia
para animal mayor, así celoso
respeta de los cielos la inclemencia,
aves que son del elemento undoso,
lascivar por el agua en competencia
pescan los peces y el anzuelo a veces,
picando el cebo los convierte en peces.
  Las salas, las riquezas, las pinturas
exceden todo humano pensamiento;
las fiestas, bailes, danzas y hermosuras
fuera alabarlas mucho atrevimiento.
Y en medio destas glorias y venturas
dicen que no está el Príncipe contento,
que a un hombre preso es diligencia vana
buscarle gusto en la riqueza humana.


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CASANDRA:

  ¿Pues cómo se dio a entender
el rey que verdad sería
esa vana astrología?

LEONARDO:

Porque es forzoso temer,
  ¡oh, Laura!, teniendo amor.

CASANDRA:

¿Que un león ha de matalle?

LEONARDO:

Esto le obliga a encerralle
con tan estraño temor.

CASANDRA:

  ¿Y tanto tiempo ha de estar?

LEONARDO:

Ya tiene lo más cumplido.
(Salen CINTIA y NISE, labradoras.)

CINTIA:

Esto tiene prevenido
para servirle el lugar.

NISE:

  Aquí está Laura y está
la que me mata de celos.

CINTIA:

Guárdente, Laura, los cielos.

CASANDRA:

¡Oh, Cintia! ¿Qué hay por allá?

CINTIA:

  Ya hablas como en aldea.

CASANDRA:

Pues ya, ¿qué tengo de ser?


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CINTIA:

Lo que hay de nuevo es hacer
y plega a Dios que lo sea,
  una fiesta y regocijo
las mozas deste lugar
al Príncipe.

CASANDRA:

Su pesar
Leonardo agora me dijo,
  que la causa no sabía.

CINTIA:

Guárdanle en esa prisión
porque dicen que un león
le ha de dar la muerte un día.
  Bravo baile se ha trazado,
todo le ha compuesto Gil.

CASANDRA:

¿Es poeta?

CINTIA:

Y tan sutil
que anda solo por el prado.
  Damón le vio el otro día
hacer gestos componiendo.

CASANDRA:

Bueno a fe.

CINTIA:

Yo no lo entiendo,
o es ciencia o es fantasía.

CASANDRA:

  Estoy por acompañaros.


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CINTIA:

Ojalá que tú quisieras
y a nuestro pariente vieras.

CASANDRA:

Son sus celos tan raros,
  que Leonardo dice dél
que me ha puesto un gran deseo.

LEONARDO:

¡Ay, Laura!, y como lo creo
verás lo que temo en él.
  ¡No vayas, por vida mía!

NISE:

¿Por qué la estorbas que vaya?
¿Siempre ha de ser desta playa
ninfa o sirena baldía?
  Ve, Laura, que para ti
son palacios, que no aldeas,
bien es que al Príncipe veas
y no villanos aquí.
  No habrá tenido en su vida
más contento que tendrás.

LEONARDO:

¿Ese consejo le das?
No, Laura, si eres servida;
  ¿que allá, qué puedes ganar?,
y más si saben quien eres.

CASANDRA:

¿Ignoras que a las mujeres
no se les puede quitar
  aquesto que llaman ver?


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

Haz tu gusto.

NISE:

Muy bien hace,
la mujer para eso nace.

LEONARDO:

Tú no debieras nacer.

NISE:

  Vamos, Laura, que hay allá
cosas dignas de tu gusto,
créeme a mí, que no es justo
que le busques por acá.
  Vamos, vamos.

CASANDRA:

Ven, Leonardo,
y verás al Rey también.

LEONARDO:

No veré yo ningún bien
donde tanto mal aguardo.

CINTIA:

  ¿Qué placer han de tener
las mozas si vas con ellas?

CASANDRA:

También voy, Cintia, por vellas.

NISE:

No he tenido más placer
  que haberte dado pesar.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

Nise, ¿en qué te ofendí yo?
¿Tú no me aborreces?

NISE:

No.

LEONARDO:

Pues yo me sabré vengar.
(Vanse.)
(Salen ALEJANDRO, y SEVERO, su ayo.)

SEVERO:

  El haberte entretenido
agradezco aquellas damas.

ALEJANDRO:

Las fiestas de la ciudad
de muy buenas no me agradan.

SEVERO:

Todos desean servirte;
todos de agradarte tratan.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

Así lo creo, Severo,
y el Rey mi señor lo manda,
pero entre tantos contentos,
si estas comedias y galas,
no hallo para mi gusto
la libertad que me falta.
Sale coronado el sol
de su diadema dorada,
saca las fingidas perlas
que dio a las flores el alba.
Y despreciando su cueva
por las ásperas montañas,
el más feroz animal,
libre corre, alegre caza.
Hasta el más pobre pastor
desampara su cabaña
y a su gusto y albedrío
lleva sus traviesas cabras.
No hay hombre en ciudad o aldea
que a su ejercicio no salga;
los unos van a sus pleitos,
los otros a sus labranzas.
Y yo no salgo de aquí,
aquí me halla la mañana
y aquí me busca la noche,
triste estado, pena estraña,
¿para qué he nacido rey?


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEVERO:

Señor, ya tu padre trata
de que salgas deste fuerte,
que el reino también se cansa
de verte en tanta tristeza,
y por mi vida que hagas,
si te ha obligado mi vida,
en la fe de tu crianza.
Fuerza a tu gusto y deseo
y que estas damas gallardas
te vuelvan a entretener.

ALEJANDRO:

No, Severo, traigan armas,
pero déjenlas agora
y dadme un libro.

SEVERO:

Si acabas
la Iliada podrás leer
la Ulisea.

ALEJANDRO:

Ya me enfadan
tantos trabajos de Ulises,
dame las fortunas varias
de Teágenas.
(Sale CELIO.)

CELIO:

Señor,
el aldea de Floralba
viene a entretenerte un rato
con una rústica danza
si le das licencia.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

Entre,
que como a veces agrada
más una margen de un río
rústicamente esmaltada
que un cultivado jardín;
así las cosas que traza
la humilde capacidad
de gente inocente y llana.
(Salen un ALCALDE VILLANO, MÚSICOS, y PEROL, NISE, CASANDRA, CINTIA, y villanos, y LEONARDO.)

ALCALDE:

Turbado estoy.

PEROL:

No tembléis.

ALCALDE:

¿Tengo de arrimar la vara?

PEROL:

Claro está.

ALCALDE:

Tenelda vós.

PEROL:

Yo no la quiero, arrimalda.

ALCALDE:

Señor.

ALEJANDRO:

¿Qué decís, buen hombre?

ALCALDE:

Perol.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEROL:

¿Qué?

ALCALDE:

¿Los reyes hablan?

PEROL:

¿Pues qué pensastes?

ALCALDE:

Pensé,
como su grandeza es tanta,
que otros hablaban por ellos,
señor.

ALEJANDRO:

Qué bella aldeana,
Severo, la del rebozo;
di que descubra la cara.

SEVERO:

Serrana, quitaos el velo.

CASANDRA:

¿Quién lo manda?

ALEJANDRO:

Yo, serrana.

CASANDRA:

Obedezco.

ALEJANDRO:

Gentil moza.

CASANDRA:

Burla su mercé.

ALEJANDRO:

Burlara
de mí mismo; un ángel sois.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEVERO:

No has dicho tales palabras,
señor, a mujer ninguna.

ALEJANDRO:

Es la villana estremada,
llegaos más, llegaos a mí.

CASANDRA:

¿Que me llegue?

LEONARDO:

¡La desgracia
que temí me ha sucedido!

PEROL:

¿Qué te ha sucedido? ¡Calla!

LEONARDO:

Si apenas la vio Alejandro,
cuando como ves la alaba,
si están hablando los dos,
Perol, ¿no es cierto que el alma
le ha dicho quién es?

PEROL:

No digas
disparates.

LEONARDO:

Mucho hablan,
¡quién oyera lo que dicen!


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


PEROL:

Preguntarala si guarda
cabras, ovejas y dónde
tiene su campo y labranza,
si hay berros en sus arroyos,
si vende pan, si le amasa,
si hay tomillos en sus vegas,
si están en cierne sus parras,
si hay en su trigo amapolas,
si hay hormigas en las parvas,
si hay mostranzos en su soto,
si hay en su huerta borrajas,
perejil y yerbabuena,
y otras cosas desta traza,
que como está aquí no sabe
lo que por el mundo pasa.

LEONARDO:

Yo, Perol, me estoy muriendo.

ALEJANDRO:

En fin, que no sois casada.

CASANDRA:

No, señor, mas cerca estuve.
Allá por cierta borrasca
se deshizo el casamiento.

ALEJANDRO:

¿Cómo es vuestro nombre?

CASANDRA:

Laura.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

Por Júpiter, Laura bella,
que el talle, el rostro y la gracia
no parecen parto humilde
de tan ásperas montañas.

LEONARDO:

Alcalde, decid que bailen.

ALCALDE:

Señor.

LEONARDO:

Llegad y llamalda.

ALCALDE:

Señor.

ALEJANDRO:

¿Qué queréis?

ALCALDE:

Los mozos.

ALEJANDRO:

¡Qué buena prosa!

SEVERO:

Estremada.

ALEJANDRO:

¿Cómo os llamáis?

ALCALDE:

¿Yo, señor?

ALEJANDRO:

Vós, pues.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALCALDE:

Yo, señor, Juan Rana.

ALEJANDRO:

Pues decid que bailen.

ALCALDE:

¡Hola!,
dice el Rey que bailen.

NISE:

Vaya.
(Canten y bailen.)

[MÚSICOS]:

(Canten.)
  Saltó la niña en cabello
a coger flores de azar,
y ella y el aurora a un tiempo
mirando las flores van.
Siguiéndola viene amor,
que tras de un verde arrayán,
contemplando su hermosura,
codició su libertad.
En el nácar de una rosa
iba a poner su cristal
cuando viéndola amor dijo
para enamorarla más:
  «Ofendidos me tienen
tus ojos bellos,
pues me ponen la culpa
que tienen ellos.
  Toma el arco la niña,
que yo no quiero
ser amor, pues que matas
a amor con ellos.»


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ALEJANDRO:

  ¿Hay gracia Severo, amigo,
como la desta aldeana?

SEVERO:

Tiene razón vuestra alteza.

LEONARDO:

Otra vez por él la alaba.

PEROL:

¿Y qué importa que la alabe?

LEONARDO:

No sabes que la alabanza
nace de amor.

PEROL:

A lo menos
nacen tus celos sin causa.

ALEJANDRO:

Dar quiero joyas a todas.
Entrad, entrad.

SEVERO:

¡Ea, serranas,
nadie ha podido en el mundo
alegrar tristeza tanta
si no es vosotras; entrad!

CINTIA:

Vamos, Nise.

NISE:

Cintia, hermana,
Alejandro, o yo me engaño,
pone los ojos en Laura.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


CINTIA:

¿Pues qué mejor para ti?

NISE:

Bien dices, si en ella para,
Dios nos saque de palacio
con bien.

CINTIA:

Gente cortesana
siempre es discreta y cortés.
(Éntranse ellas.)

PEROL:

Entrad, alcalde Juan Rana,
y os darán a vós también.

ALCALDE:

¿Paréceos que tengo cara
para darme alguna cosa?

PEROL:

¿Pues no? Sois como unas natas.

ALCALDE:

¡Yo dentro, adiós y a ventura!
(Vase.)

LEONARDO:

Mi vida, Perol, se acaba,
que presto se concertaron
las voluntades.

PEROL:

Repara
en que dices desatinos.


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Lo que ha de ser Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LEONARDO:

Como era señora Laura,
digo, Casandra, que presto
volvió a ser Laura Casandra,
qué contenta estará agora,
como en su esfera dorada
irá el sol de su hermosura
por esas vestidas salas
de tantas tapicerías.

PEROL:

Fuera de su centro estaba,
no es mucho que esté en su centro
entre joyas, oro y plata.

LEONARDO:

Cegaran antes mis ojos,
que vieran en confianza
de haberle dado la vida
su hermosura soberana.
Vamos, Perol, al aldea
antes que el Príncipe salga,
que temo mi atrevimiento.

PEROL:

Mira quién es y calla,
y tengas que es error
con poderosos palabras
que el viento derriba encinas
y perdona humildes cañas.

LEONARDO:

Llévame presto de aquí.
¡Ay, Laura! ¡Ay, loca esperanza!

PEROL:

Las joyas mudan envidia,
que no los celos de Laura.


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Acto II
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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Salen el REY, el PRÍNCIPE y SEVERO.
REY:

  Tanta tristeza en ti de pocos días,
Alejandro, a esta parte estraña cosa.

ALEJANDRO:

Con ellos crecen las desdichas mías,
¿qué causa me preguntas más forzosa?

REY:

De mi justa obediencia te desvías
tan alabada en ti por milagrosa,
algo te han dicho porque de otro modo
blasón fue tuyo obedecerme en todo.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

  Ya sé la causa porque aquí me tienes
en injusta prisión tan largos años,
que cada instante de sus horas vienes
a entretener tu vida en mis engaños.
Y ya de tal manera la entretienes,
que por librarte de pensar mis daños,
mi desesperación hará que pida
a la muerte remedio de mi vida.
  Por dicha quiero yo salir al monte,
donde pueda matarme alguna fiera
de las que mira el Sol en horizonte
como si Venus tú y yo Adonis fuera.
Quiero ya que la caza me remonte
por su crespa cerviz que en la ribera
del mar se empina a la más alta nube
que por escalas de peñascos sube.
  Quiérome no más de ver en compañía
del más leal que tu privanza crea
cuatro arbolillos y una fuente fría
que hacen adorno a una pequeña aldea.
¿Es mucho que me des licencia un día
para que a cuatro labradores vea?
¿Qué Cortes pido yo, ni qué ciudades,
donde andan rebozadas las verdades?
  ¿En qué nave solícita me embarco
por el rigor de la salada espuma?
¿Qué Cesar soy de Amidas en el barco,
cuando mi engaño tu valor presuma?
¿A quién voy a vencer? ¿Qué flecha de arco
dio el yerro al blanco y retiro la pluma?
Mas bien será que el de la muerte sea,
pues no me dejan ver tan pobre aldea.
(Vase.)


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


REY:

  ¿Qué es aquesto, Severo, cómo llega
Alejandro a tan loco desvarío?
¿Qué aldea es esta contra el gusto mío?
¿No sabe que no puedo
darle licencia para tanto daño?

SEVERO:

Señor, de que es ciudad te desengaño,
aquí vive una bella labradora
que con menos clavel sale la aurora,
y para verla lo que dice intenta.

REY:

Esa afición su entendimiento afrenta.
¿No hay damas en la Corte, no hay señoras?

SEVERO:

La bendición, señor, del gusto ignoras.
Tal vez agrada lo que no merece
ser por amor amado y se aborrece
lo que de amar es digno. No he podido,
en tanto amor, un átomo de olvido
poner por más que persuadirle intento.

REY:

Un hombre de tan claro entendimiento
no habla de aplicar a lo que es justo
la inclinación y el gusto, y agradarse de damas
que en el yelo mayor encienden llamas.
Sin duda es invención la labradora
para poder salir hasta el aldea,
salir, Severo, y aun huir desea,
pues esa blanca aurora,
vestida de claveles y jazmines,
véngale a ver, Severo; no imagines
que ha de salir de aquí.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

Triste le veo.

REY:

Pues sufra y viva, que su bien deseo.
(Vanse.)
(Salen LEONARDO y PEROL.)

LEONARDO:

  ¿Qué me dices?

PEROL:

Que ha venido
Laura.

LEONARDO:

Laura.

PEROL:

Laura hermosa,
no hay más incrédula cosa
que un pecho al amor rendido,
  y por vida de Perol,
no porque lisonja sea,
que parece que en la aldea
faltaba hasta agora el sol.
  Si crédito no me das
pregunta al prado, a las flores,
si vieron tales olores
en sus pimpollos jamás.

LEONARDO:

  ¡Oh, qué bien se echa de ver,
todo se alienta y restaura!
¿Cómo viene?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

Como Laura,
que no hay más que encarecer.

LEONARDO:

  No lo hubiera dicho yo,
¡oh, qué envidia te he tenido!

PEROL:

Soy sabio, soy entendido,
aunque venturoso no.

LEONARDO:

  En fin, Laura vino ya
del peligro del palacio.

PEROL:

Peligro en tan breve espacio;
segura en sí mi señora está,
  pues que dél Laura ha venido
sin palabra descortés.
(Salen CASANDRA y CINTIA.)

LEONARDO:

Plegue a Dios, mas esta es.

CASANDRA:

Dicen que estaba ofendido
  y no ha tenido razón.

CINTIA:

Amor, Laura, todo es celos.

CASANDRA:

Guarden tu vida los cielos.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

Sí harán, que tus ojos son;
  ya te aguardaban los campos,
bosques, árboles y fuentes,
bellísima labradora,
que de los palacios vienes.
Por tus ojos, que no he visto
el Sol en el cielo alegre
después que con tu partida,
dando mi vida a la muerte.
En los fines del estío
todo se alegra y florece,
por ti presumen los campos
que la primavera vuelve.
No hay prado, bosque ni selva
que no se vista de verde,
y sola está mi esperanza,
tan desnuda como siempre.
Envidia tengo a los prados
que pisados reverdecen
de esos pies a donde amor
tantas libertades tiene.
No hay flor que a tomar olores
no salga aunque al tiempo pese,
las clavelinas por grana,
las azucenas por nieve.
Yo solo en tu sol, ¡ay, Laura!,
que no tenga vida quieres,
pues anocheces en mí
cuando entre dos amaneces.
Pero dime de Alejandro
las nuevas que el alma tiene,
que le vi inclinado a amarte.
Tú sabes lo que mereces,
sosiega, Laura, mis celos,
que rayos de amor parecen.
Serás laurel para mí,
que los rayos no le ofenden
y así tengas tanta dicha
como hermosura que dejes,
atrevimiento a mis brazos,
licencia de los que vienen,
que si respondes ingrata,
flores, campos, prados, fuentes,
abrasarán mis suspiros
y llorarán tus desdenes.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

  Después, querido Leonardo,
que quiero pagarte así
lo que mi causa encareces,
pues tú no sabrás fingir.
Después de rústico baile,
donde tan bien parecí
a quien no me lo parece,
porque yo no sé mentir.
Después, digo, que te fuiste
y me dejaste sin mí,
con lástima de mirarte,
enmudecer y sentir.
Quiso Alejandro que entrase
donde en sus riquezas vi
trasladar su plata el indio,
su rubio metal Ofir,
la China el blanco diamante,
Ceilán el rojo rubí,
Ganges su topacio ardiente,
Éufrates su azul zofir,
sus pensiles, Babilonia;
que el más pequeño jardín,
pudiera con mayor fama
ser de sus muros pensil.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Y abriéndome un escritorio,
que fue lo mismo que abrir
puesta a las luces la noche,
otras tantas joyas vi.
Hurtar pudieran a Midas,
igualar y competir
con las riquezas de Creso,
causa de su triste fin.
Díjome: «hermosa aldeana,
aunque nunca yo lo fui,
haz cuenta que todas estas
se labraron para ti.
Cuantas te agradaren toma.»
Yo, Leonardo, respondí:
«no guarnecen ricas prendas,
sayal tan grosero y vil.
Guarda, famoso Alejandro,
para quien iguale en ti
las riquezas destas joyas,
que la aldea en que nací
aún no sabe que es cristal,
porque se suele servir
de arroyos para tocarse
sin fingir rosa y jazmín.»
Enojose y viendo yo
un cupido relucir
que navegaba en un mar
sobre un hermoso delfín.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Tomele por contentarle
y de la cuadra salí
llamando a Cintia y a Nise,
y esto me dijo al salir:
«Aunque al amor lleves, Laura,
más amor dejas en mí,
que eres la primer mujer
a quien el alma rendí.
Venme a ver pues que me has muerto,
venme a ver, Laura gentil,
que si yo salir pudiera,
yo fuera a buscarte a ti.
Estoy en esta prisión
por una estrella infeliz,
ya no la siento, que siento
la del alma que te di.»
Con esto quedose y triste,
si fue de verme partir,
no lo sé, mas sé que luego
que del castillo salí,
me di prisa para verte
porque ya con verte aquí,
de fin la historia y la ausencia,
que el amor no tiene fin.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

  Nunca pensó mi paciencia
de ver, ¡ay, pena mortal!,
tanto bien a tanto mal
como fue, Laura, tu ausencia.
  Mi muerte fue tu partida,
pero ya con solo verte
corrida se fue la muerte
y vino alegre la vida,
  si bien no pudo tener
seguridad del amor
de un hombre cuyo valor
tanto me da que temer.

CASANDRA:

  Oye por tu vida.

LEONARDO:

Di.

PEROL:

¡Ay, Cintia, qué linda mano
te has dado a lo cortesano!

CINTIA:

Yo, Perol, a bulto fui.

PEROL:

  A bulto en corte he visto,
que es lo mismo que a río vuelto
andar, Cintia, el diablo suelto.

CINTIA:

¿Qué importa si yo resisto?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

  Hubo pellizco de paje,
necedad de gentilhombre
y otras cosas deste nombre
hizo novedad el traje.
  Nadie se llegó al olor
del tomillo del aldea,
nadie te llamó Amaltea.

CINTIA:

A fe que vienes de humor.

PEROL:

  Bonitos son los lindones
para que perdonen nada.

CINTIA:

Laura fue la festejada,
que tiene ilustres razones
  y sabía responder.

PEROL:

¿Qué te dio el Príncipe a ti?

CINTIA:

¿A mí, Perol?

PEROL:

A ti.

CINTIA:

A mí
no me dieron a escoger,
  en rubíes y diamantes;
esta cadena me dio.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

¿Quieres prestármela?

CINTIA:

No.

PEROL:

¿No respondes?

CINTIA:

No te espantes,
  que no hay hombre que a mujer
vuelva cosa que le preste.

PEROL:

Bravo desengaño es este
y, ¿qué nos soléis volver
  de todo cuanto os prestamos?

CINTIA:

Sois hombres, Perol, es justo
que es traición sobre mal gusto
dar la mujer.

PEROL:

Bien medramos,
  Cintia, quien tiene de dar,
o sea hombre o sea mujer,
cuando se llega a querer.

CINTIA:

La cadena he de guardar
  si más razones alegas,
que en un pleito hay peticiones,
trampas, notificaciones,
pasos y pasiones ciegas.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

  De todo estoy satisfecho;
descansa, Laura, si acaso
lo estás.

CASANDRA:

Desde el primer paso.

LEONARDO:

No es aquel rústico techo
  a propósito de quien
de tantas riquezas viene.

CASANDRA:

Aunque las que estimo tiene.

LEONARDO:

Vida los cielos te den.
(Vanse.)

PEROL:

  En efeto, no hay que hablar
en esto de la...

CINTIA:

Ya entiendo,
mucho me cansas pidiendo.

PEROL:

Pues yo tengo que te dar
  una cosa que es muy buena.

CINTIA:

Si es alma, sácala al sol.

PEROL:

Pues no seré yo, Perol,
si no os pesco la cadena.
(Vanse.)


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen el REY, SEVERO, TEODORO y CELIO.)
REY:

  ¿Es posible que ha llegado
el Príncipe a tal tristeza?

SEVERO:

No se espante vuestra alteza.

REY:

Pues, ¿no me ha de dar cuidado?

SEVERO:

  Quien de la prisión de amor
se admira, no tenga nombre
de hombre, porque en el hombre
es natural su rigor,
  pero tú juzgar no debes
en tus años de sus daños.

REY:

No se me olvidan los años,
que son los años muy breves
  y en materia de querer
Alejandro inobediente;
pasar deste fuerte el puente,
cosa que no puede ser.
  Sé lo que dijo Platón
describiendo en el Timeo
su atrevimiento y deseo,
pero no será razón
  que tal licencia le dé.


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TEODORO:

Y si de pena se muere,
¿qué remedio habrá que espere
tu cuidado?

REY:

Yo lo sé.

TEODORO:

  ¿Cómo?

REY:

Trae del aldea
esa bella labradora,
que como decís adora.

CELIO:

¿Y no puede ser que sea
  mujer de tanto valor
que a su fuerza se resista?

REY:

Puede ser, mas con la vista
templa su fuerza el amor,
  que tampoco yo querría
dar lugar a cosa injusta.

TEODORO:

Pues si vuestra alteza gusta
de su salud...

REY:

Es la mía.

TEODORO:

  Hoy iremos Celio y yo,
y le trairemos a Laura.


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REY:

Lo que su vida restaura
es mi salud, que otra no,
  y Severo la tendrá
en guarda porque es razón
mirar su honor y opinión.

CELIO:

En viéndola templará
  la tristeza de su ausencia.
(Vanse el REY y SEVERO, y sale el PRÍNCIPE.)

PRÍNCIPE:

¿Qué os ha dicho el Rey, Teodoro?

TEODORO:

Que con el gusto decoro
venga Laura a tu presencia,
  pero que la tenga en guarda
Severo.

ALEJANDRO:

Tenga en buen hora;
vea yo mi labradora
discreta, hermosa y gallarda,
  que no pasa mi deseo
la margen de la razón.

CELIO:

Vencer la propia pasión
fue siempre el mayor trofeo.


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ALEJANDRO:

  Partid los dos a buscar
de mi salud el remedio,
pues no hay montañas en medio,
ni montes de airado mar.
Id a ese pobre lugar,
rico de tan gran tesoro,
amigos Celio y Teodoro,
y para sol más bizarro
pedid al del cielo el carro,
todo de diamantes y oro.
  Y si el de Venus traía
cisnes por más majestad,
caballos blancos llevad
como nieve helada y fría.
Decid a la prenda mía
que mi padre, para darme
salud, quiere que a curarme
venga aquesta ocasión,
porque como no es león
no teme que ha de matarme.
  Y engáñase, que recelo
que Laura tiene en su oriente
al león por ascendente,
séptimo signo del cielo.
Pues, ¿qué importa su desvelo
si el pronóstico ha cumplido?
Muerto a sus manos he sido,
tan honrado, aunque encubierto,
que es el león que me ha muerto
dentro del cielo nacido.
(Vanse.)


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(Salen CASANDRA y NISE.)
NISE:

  Después, Laura, que veniste
a la aldea, estoy de suerte
que se acobarda la muerte
de matar vida tan triste.
Fiando mucho en quien fuiste,
nunca te he querido, ¡ay cielos!,
decir mis locos desvelos,
porque cuando fuese culpa
siempre tiene amor disculpa,
pero no en pidiendo celos.
  Olvidome el labrador
que por güésped has tenido
por quererte, que el olvido
fue siempre sombra de amor.
Pensé yo de tu valor
que del Príncipe vinieras
enamorada y que dieras
lugar a tus pensamientos
sin que tus merecimientos,
tan bajamente ofendieras.
  Pero engañeme, pues ya
pagas su necia afición.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

Si tus palabras lo son,
el efeto lo dirá,
si te ha olvidado será
porque nunca le has querido.
De mí, Nise, no lo ha sido
y no he nacido en aldea,
mas puede ser que lo sea
si tú despiertas mi olvido.
  Es Leonardo muy buen hombre,
mas no bueno para mí,
porque pienso que nací
muy desigual a su nombre.
Mi voluntad no te asombre,
que se la debo tener,
pues no más de por mujer
me ha dado tanto favor,
que era no tenerle amor
dejarle de conocer.
  Él es ido a la ciudad
a llevar muerto un león
y a ciertos premios que son
celo de honor en su edad;
direle tu necedad
cuando venga, si tú quieres.


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NISE:

No, mi Laura, no te alteres;
el verme alterar te admira.
¿No sabes ya que es la ira
mayorazgo en las mujeres?
(Sale PEROL.)

PEROL:

  Lindamente ha sucedido.

CASANDRA:

¿Qué hay, Perol?

PEROL:

Leonardo vuelve
de la ciudad vitorioso.

CASANDRA:

Albricias por él mereces;
di a Nise que te las dé.

PEROL:

¿Por qué, si tú me las debes?

CASANDRA:

El porqué Nise lo sabe
y con Leonardo se entiende.

PEROL:

Cólera tenemos ya,
oye, ansí Venus aumente
tus años y tu hermosura.

CASANDRA:

Lo que ha pasado, refiere.


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PEROL:

En la plaza del castillo,
que está del jardín enfrente,
estaba un alto teatro
para tres nobles jueces.
El Príncipe, en un balcón
sobre un bordado tapete
de tela de oro, mostraba
la luz que el sol en su oriente;
colgadas diversas armas
la joventud noble encienden
con los premios que a otra parte
igualmente resplandecen;
después de haber presentado
Leonardo el león valiente,
que aun muerto causaba espanto,
que aun muerto pueden temerle,
bajamos a ver la plaza
en que al Príncipe entretienen
carreras, fuerzas y espadas,
y hacen señal que comiencen.
Sale un fuerte luchador
en camisa y zaragüelles,
barbado de pecho y brazos,
calzado de frente y sienes.
Quítase Leonardo un sayo,
y como un toro arremete,
alza el hombro, traba el brazo,
nervios y güesos le tuerce.
Gimen, anhelan, suspiran,
sudan, braman, finalmente
al competidor cansado,
Leonardo en la tierra tiende.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

Danle una cadena de oro
y codicia conocerle
Alejandro, dando causa
a que a más premio se aliente.
Dentro de un hora a la plaza,
digo a la palestra, vuelve,
donde tiraban la barra,
mozos gallardos y fuertes.
Tomola en la fuerte mano
y una vez que la revuelve
al mayor tiro de todos
pasa seis palmos o siete.
Danle una copa de plata,
descansa y partirse quiere,
pero viendo las espadas,
irse por bajeza tiene.
Vase para su contrario
y con tajos y reveses
rompió los cascos a cuatro,
lo mismo hiciera de veinte.
Danle una sarta de perlas
tan bella que me parece
que la veo en tu garganta,
aunque es nieve sobre nieve.


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(Salen TEODORO y CELIO.)
CELIO:

  Aquí dicen que ha de estar
con algunas labradoras.

CASANDRA:

¿Qué esto, gente a estas horas?

NISE:

Habrán llegado al lugar
  para pasar a la sierra.

PEROL:

Sí, que cazadores son.

TEODORO:

Aquí están.

CELIO:

Buena ocasión.

TEODORO:

Bravo monte.

CELIO:

Fértil tierra.

TEODORO:

  Venus os guarde, aldeanas,
y logre vuestra hermosura.

CASANDRA:

Júpiter os dé ventura.

CELIO:

¿En qué damas cortesanas
  puede haber más perfección?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

¿Qué es lo que buscáis, señores?
Porque si sois cazadores
de un espantoso león,
  vino un labrador ayer
a dar nuevas al aldea.

CELIO:

Como mi gente le vea
no os dejará qué temer.
  ¿Destruyen mucho el ganado?

CASANDRA:

No llegan tanto al lugar.

NISE:

Di que nos dejen andar
en su coche por el prado,
  Laura, así te guarde Dios.

CASANDRA:

¡Qué lindo coche traéis!

CELIO:

Entrad en él si queréis
andar un rato las dos
  por el prado o el aldea.

CASANDRA:

Ha tanto que no me vi
en coche que aun por aquí
tendré a ventura que sea.

CELIO:

  Pues entrad.

CASANDRA:

Entremos, Nise.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Cochero, esas damas lleva.

NISE:

Brava fiesta.

CASANDRA:

Cosa nueva.

TEODORO:

No es menester que le avise,
  que él sabe lo que ha de hacer.
Pica al castillo, Danteo.
(Éntrense.)

PEROL:

¡Ay, cielos!, ¿qué es lo que veo?
Engaño debe de ser.

CASANDRA:

(Dentro.)
  Menos priesa, porque quiero
ir con mucha autoridad.

NISE:

(Dentro.)
No vais hacia la ciudad
sino hacia el prado, cochero.

CELIO:

  Laura, al Príncipe os llevamos,
no volveréis a la aldea.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

¿Quién habrá que aquesto crea?
¿En qué Libia o Citia estamos?
  ¿Esto se ha de consentir?
Como corren los caballos
es imposible alcanzallos
aunque los quiera seguir.
  ¡Ay, triste!, ¿qué hará Leonardo?
(Sale LEONARDO.)

LEONARDO:

¿Qué es esto?

PEROL:

¿De dónde vienes?

LEONARDO:

Del lugar donde me han dicho
que salió Laura a la fuente.
¿Dónde está Laura, Perol?
¿De qué te turbas?, ¿qué tienes?,
¿qué ha sucedido, que el alma
hablar lo que callas quiere?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PEROL:

De ese príncipe Alejandro,
a quien no sin causa temes,
vinieron aquí en un coche
dos criados y otra gente.
Hablaron con Laura y Nise,
y como tienen mujeres
espíritu ambulativo
y no hay cosa que no intenten,
rogaron a los traidores
que andar un rato las dejen
en su coche por el prado.
Luego los dos lo conceden,
entran las dos y ellos entran,
y como el milano suele,
en agarrando los pollos,
volar por el aire leve,
parten al castillo dando
con ánimo diferente
ellas voces y ellos prisa,
quedando yo desta suerte,
que robando a Proserpina
lloraba la diosa Ceres,
o para decir mejor,
como gallina que pierde
los pollos pues yo lo fui
en no morir y atreverme.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

No temía yo sin causa,
¡oh, cómo las almas siempre
son profetas de los daños,
y lo que ha de venir temen!
Cual suele cándida garza
saber cuál halcón la prende,
así el amante en sus celos
conoce al que ha de vencerle.
¡Oh, fuerza de poderosos!
¡Oh, Alejandro, que tú puedes
solo en el mundo quitarme
lo que tus prendas merecen!
Pero entre tantas desdichas,
¿de qué sirve entretenerme?
Seguirla tengo, Perol,
aunque mil vidas me cueste.
Toda esta hacienda te toma,
que voy a morir.

PEROL:

Detente,
que es locura lo que intentas.

LEONARDO:

Pues, perro, ¿tú me detienes?,
¿no conoces mi valor?

PEROL:

Iré contigo a perderme.

LEONARDO:

Sin Laura no quiero vida,
con ella es vida la muerte.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Vanse y salen SEVERO y el REY.)
SEVERO:

  Laura dicen que ha llegado.

REY:

Advertid que esté con vós
y que tengáis con los dos,
Severo, mucho cuidado;
  basta que el Príncipe vea
esta mujer, que no es bien
que más licencia le den.

SEVERO:

Aunque es de una pobre aldea
  miraré con justo celo
su honor en esta ocasión,
con más ojos que el pavón
que puso Juno en el cielo.

REY:

  Con Lisarda puede estar,
y honestamente la vea,
de suerte que solo sea
honesto ver, casto hablar.
(Vase.)

SEVERO:

  Yo fío de su valor
lo que del tuyo podría.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale el PRÍNCIPE, CASANDRA, y NISE, CELIO y TEODORO.)
CASANDRA:

Esto más es tiranía
que desatinos de amor,
darme la muerte es mejor
si os causo desasosiego.

ALEJANDRO:

Si sabes que amor es ciego,
Laura, en tanta discreción,
juzgas mi amor a traición.

CASANDRA:

Dejadme volver os ruego.

ALEJANDRO:

  Volver, ¿cómo o de qué suerte?
¿No sabes que enfermo estoy
de verte y que desde hoy
me verás volviendo a verte?
¿No ves que escusas mi muerte
y mi médico has de ser?

CASANDRA:

Pues si os he venido a ver,
quien el ser médico imita
en haciendo la visita,
¿por qué no se ha de volver?

ALEJANDRO:

  Cuando un hombre como yo
enferma, un médico está
con él siempre y no se va.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CASANDRA:

¿Y no se va?

ALEJANDRO:

Laura, no,
y este mal que a mí me dio
quiere el médico presente
para cualquier accidente,
porque si me viene a dar,
¿cómo se ha de remediar
estando el médico ausente?

CASANDRA:

  ¿Qué accidente puede daros
que no los haga mayores
el verme?

ALEJANDRO:

Males de amores
no son de curar tan claros
y quieren tantos reparos
cuanto son los pensamientos.

CASANDRA:

Pues de otros medicamentos,
mas que el veros, no soy yo
dotor que los estudió
en humildes nacimientos.
  Dejad que vuelva a mi aldea,
que os doy palabra de ser
vuestro médico y volver
a que vuestro mal me vea.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Sí, mas porque todo sea
como en fin enfermedad,
la mano, Laura, me dad,
que en el pulso del amor
conoceréis de qué ardor
enfermó la voluntad.

CASANDRA:

  No me mandéis que lo intente,
que en esta mala porfía
curo por astrología
y conozco por la frente.

ALEJANDRO:

Vós haréis que mi accidente
os las tome.

CASANDRA:

¡No haréis tal!,
si ya no es que vuestro mal
se ha convertido en locura,
y ese es mal que no se cura
sino con locura igual.
  Obligadme honestamente,
yo sabré corresponder.

ALEJANDRO:

¿Posible es que esta mujer
ha nacido humildemente,
Severo?

SEVERO:

¿Señor?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ALEJANDRO:

Quien siente
desta manera su honor
no tiene oculto valor.

SEVERO:

Déjala estar con Lisarda,
que ha de ser su honesta guarda,
que allá tratarán tu amor;
  ten esperanza y paciencia.
Vamos, Laura, donde estéis
como vós misma queréis.

CASANDRA:

¿Esto es amor o es violencia?
Vamos, Nise.
(Vanse los tres.)

NISE:

Ten prudencia.

ALEJANDRO:

¿Qué tengo de hacer, Teodoro,
si un ángel hermoso adoro,
y en las desdichas que paso
de sus tibiezas me abraso,
de su desdén me enamoro?

TEODORO:

  Señor, a tu gran poder
no se podrá resistir,
principios son de sufrir
aunque es humilde mujer.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CELIO:

Severo no ha de querer
vete con ese cuidado,
que en efeto te ha criado.

ALEJANDRO:

¡Ay, Celio!, pues con Lisarda,
su hija mayor, la guarda;
el rey se lo habrá mandado.
(Salen PEROL y LEONARDO.)

PEROL:

  Aquí está Alejandro, mira
el desatino que intentas.

LEONARDO:

A un amante persuades,
viento coges, el mar siembras.

ALEJANDRO:

Mirad quién se ha entrado aquí.

LEONARDO:

¿No conoce vuestra alteza
a un labrador que luchaba,
que tiraba y hacía fuerzas,
y que con diversas armas
descalabró en tu presencia
los maestros más famosos?

ALEJANDRO:

¿Pues qué quieres?, ¿no te premian?,
¿pretendes algún oficio?


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

No hay oficio que pretenda
en palacio, porque soy
pobre en una pobre aldea,
a la cual pienso que son
los que están en tu presencia.
Fueron dos criados tuyos
y sacaron con cautela
una mujer en un coche,
con quien sus deudos conciertan
casarme, que está sin padre,
súpelo y vengo por ella
o a morir determinado.

ALEJANDRO:

¿Qué historia troyana o griega
tal desatino de amor
como el deste amante cuenta?
Esta es la causa, Teodoro,
porque esta villana necia
se resiste a quien yo soy.

TEODORO:

Estas, Señor, no se prendan,
sino allá con sus iguales.

LEONARDO:

¿Qué respondes, no me entregas
a Laura, no se lo mandas?
Que no he de volver sin ella.

ALEJANDRO:

Esto ya pasa de amor,
o es locura o es soberbia
notable.


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LEONARDO:

Probad, llegad,
mataréis quien lo desea,
¿a qué aguardáis, cortesanos?

CELIO:

¡Pues muera el villano, muera!
¡Mételos a cuchilladas!

PEROL:

No debe de ser muy fácil,
que lindamente les pega.

ALEJANDRO:

¡Hola, guardadla, soldados!
¡No se vio cosa como esta
en casa de un hombre vil!
(Sale SEVERO.)

SEVERO:

¿Qué es esto, señor?

ALEJANDRO:

¿Que sea
un rústico de ese monte
tan atrevido? ¿Que venga
a pedirme a Laura a mí
y con locura tan ciega
acuchille a mis criados?

SEVERO:

Ahorcalle de una almena,
porque él no podrá salir
con tanta guarda a la puerta.


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen TEODORO y CELIO.)
TEODORO:

Algún demonio es el hombre.

CELIO:

No he visto tigre tan fiera
con un escuadrón de picas;
pudieron prenderle apenas,
no se ha visto igual valor.

ALEJANDRO:

Ahórquenle porque sea
escarmiento a sus iguales.

SEVERO:

Será afrentar la grandeza
de tu generoso nombre.
El castigo se suspenda,
pues está preso, que yo
le haré ejemplo de su aldea
por honor tuyo y por ser
de toda aquella ribera
del mar el mozo más fuerte.

ALEJANDRO:

Como tú quisieres sea,
y pues ya Laura no tiene,
como este ejemplo lo muestra,
tanto amor como blasona,
permíteme que entre a verla,
que no es razón que queriendo
a un labrador de una sierra,
parto humilde, tenga en poco
tan arrogante y soberbia
a quien hoy Alejandría
por su Príncipe respeta.
¡Vive Júpiter sagrado
que he de forzarla!


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Lo que ha de ser Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

No creas
que de aquesta puerta pases.

ALEJANDRO:

¿Pues tú la puerta me cierras?
¡Quítate della, Severo!

SEVERO:

No pienso quitarme della
aunque me quites la vida.

ALEJANDRO:

¡Toma!
(Dale un bofetón.)

SEVERO:

¿A mi rostro esta afrenta?

TEODORO:

Señor, ¿qué has hecho a tu ayo?

ALEJANDRO:

¡Apártate y agradezca
que no le di con la daga!

TEODORO:

¿Con poderosos paciencia?
(Vanse los tres.)

SEVERO:

¡Por los soberanos dioses
que cielo y tierra gobiernan
que he de vengarme, rapaz,
aunque mi Príncipe seas!
Yo descubriré el secreto
y haré que el Imperio pierdas,
que en injuria y sin razón
no es la venganza bajeza.


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Acto III
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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen SEVERO y LEONARDO.
LEONARDO:

  No sentiré la prisión,
si tan buen alcaide tengo.

SEVERO:

A darte la vida vengo,
Leonardo, en esta ocasión.

LEONARDO:

  Lástima te habrá movido
de que un hombre enamorado
a morir determinado
éntrase tan atrevido
  donde, si no era volando,
era imposible salir.

SEVERO:

A pesar has de vivir
de quien está deseando
  tu muerte, porque es razón
ayudarte a defender
si del Príncipe has de ser
el esperado león.

LEONARDO:

  ¿Yo, Severo, de qué suerte?

SEVERO:

Óyeme atento y sabrás
cuán cerca de ser rey estás.

LEONARDO:

¿Yo? ¿Por dónde o cómo?


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

Advierte,
  Nicandro famoso, rey
de cuantas provincias baña
por siete bocas el Nilo
de Roseto a Demiata
y del Cairo a Alejandría,
en su verde edad pasada
quiso con notable amor
a una bellísima dama
llamada Antonia, a quien diera
Semiramis y Cleopatra,
como en la rara hermosura,
ventaja en letras y en armas.
Destos amores naciste,
oye, no te alteres, calla,
que el decirte este secreto
no fue, Leonardo, sin causa.
Era yo solo el criado
de quien Nicandro fiaba
estos amores de Antonia.
Cuando tres años cumplías
muere tu madre y se casa
el Rey con Natalia bella,
del rey de la Persia hermana,
nace el Príncipe, tu hermano,
a quien Alejandro llaman
porque no menos fortuna
de su nacimiento aguardan.


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

Deste mira el nacimiento
y por las estrellas halla
que un león le ha de dar muerte
si no le esconden y guardan
hasta que treinta años cumpla.
Con esto Nicandro labra
este fuerte en que le tiene
mientras tantos años pasan.
Y a ti por una sospecha
criar en las montañas manda
sin que supieses quién eras,
porque Leonardo te llamas,
que dice que puede ser
que los cielos te señalan,
Leonardo, por el león,
y así el nombre le acobarda,
que al Príncipe ha de matar
quitando con arrogancia
el legítimo laurel
y no le ha engañado el alma,
pues habiendo yo criado
esta fiera, en confianza
del premio, porque le quise
defender que viese a Laura
porque el Rey me había mandado
que la guardase Lisarda,
mi hija, su mano fiera
sin respeto de mis canas
puso en mi rostro, que ha sido
la causa, y tan justa causa,
de declararte quién eres
para que en tanta venganza
seas, Leonardo, el león
del Príncipe que me agravia.


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

Serás rey de Alejandría
y librarás a quien amas
deste tirano mancebo
que está cerca de forzarla.
Mátale y reina, Leonardo,
pues tu padre te desama;
mira que tu madre Antonia
no fue menos que Natalia.
No goce a Laura Alejandro,
que para empresa tan alta
ya a tus brazos y a tu frente
esperan laurel y Laura.

LEONARDO:

  Con notable admiración
y atentamente escuché,
Severo, lo que ya sé
de tu estraña relación.
Dices que soy el león
que determina la suerte,
que de Alejandro la muerte,
porque me llamo Leonardo;
pues laurel y Laura aguardo,
¿no es ansí?

SEVERO:

Sí, hijo.


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LEONARDO:

Advierte,
haz cuenta que como es uno
Dios, cien mil mundos crio,
y que pudiera ser yo
su rey sin faltar ninguno,
y que el amor importuno
de Laura me da más penas
que hay en los montes arenas,
y que por Laura y laurel
me dan lazo de un cordel
y el reino de dos almenas,
  que Laura, laurel y muerte,
no me darán ocasión
a ser Leonardo león
aunque el cielo lo concierte;
porque si el sabio, el que es fuerte,
es señor de las estrellas,
aunque me lo manden ellas,
puedo yo con mi albedrío
gozar de mi señorío
y dejar de obedecellas.
  Goce a Laura, aunque la adoro,
y goce el reino mi hermano
y perdone el soberano
cielo el perderle el decoro.
Si un león, que ser yo ignoro,
le ha de matar ese nombre,
razón será que me asombre,
pues haciendo crueldad tal
vengo a quedar animal
y nací para ser hombre.
  Lo que tú puedes hacer
guardándote yo secreto,
lo que a los cielos prometo
es dejarme a Laura ver,
porque si lo que ha de ser
es fuerza que te fastidia.
Mil fieras tiene Numidia,
no temas que en la ocasión
al cielo falte un león
ni al poderoso una envidia.


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


SEVERO:

  ¿Quiéresme dar dos mil veces
los brazos?

LEONARDO:

Pues no, Severo,
como a mi Príncipe te quiero.

SEVERO:

Ser rey del mundo mereces,
y de tu virtud me ofreces
grande indicio, ni me deja
lo que me niegas con queja,
que no hacer el mal también
aun puede parecer bien
al mismo que le aconseja.
  El cielo te ha de pagar,
no ha de olvidarse de ti,
porque en lo que has hecho aquí
tu virtud le ha de obligar.
No demos que sospechar,
ven conmigo, que en efeto
ver a Laura te prometo,
pero a callar obligado.

LEONARDO:

Hombre que un reino ha dejado
sabrá callar un secreto.
(Vanse.)


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen el PRÍNCIPE y CASANDRA.)
ALEJANDRO:

  Ya es, Laura, mucho desdén,
ya se corre mi valor.
¿Es mejor el labrador
rústico que quieres bien?
  Mira, Laura, que me das
ocasión de aborrecerte.

CASANDRA:

Tendrela yo de quererte
porque me aborrezcas más.

ALEJANDRO:

  ¿Eso es locura?

CASANDRA:

Es valor.

ALEJANDRO:

¿Tú, valor?

CASANDRA:

¿No puede ser?

ALEJANDRO:

¿Es de mujer?

CASANDRA:

Y mujer.

ALEJANDRO:

¿Que tiene a un villano amor?

CASANDRA:

  Quedo, Alejandro, que yo
no fui más de agradecida
si dél he sido querida
fue ocasión, defeto no.
  Demás que en ese villano
hay prendas para querer
cualquier principal mujer.


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ALEJANDRO:

No estoy yo corrido en vano,
  vive Júpiter, que creo
que tu necia resistencia
ha de llegar a violencia
de mi amoroso deseo.

CASANDRA:

  Tente, tente, que en llegando
a no haber otro remedio,
te pondré un mar de por medio
porque ya me voy cansando.

ALEJANDRO:

  ¿Pues qué misterio hay en ti?,
que han de ser las causas muchas.

CASANDRA:

Tú le sabrás si me escuchas.

ALEJANDRO:

Va, te escucho.

CASANDRA:

Advierte.

ALEJANDRO:

Di.


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CASANDRA:

  Yo, generoso africano,
soy de los fines de Europa,
hija soy del rey de Atenas,
que no humilde labradora.
Mi proprio nombre es Casandra,
que las desdichas me nombran
Laura, aunque nunca he podido
salir dellas vitoriosa.
Quiso mi padre casarme,
concertáronse las bodas
con el príncipe Seleuco,
hijo del rey de Antioquía.
Labrose una fuerte nave,
que de la popa a la proa,
cuando era gigante el mar
le pudo servir de joya.
Del archipiélago bravo
mansas estaban las olas
cuando me embarcó mi padre
con lágrimas amorosas.
Acompáñanme sus grandes
y algunas grandes señoras,
y el Embajador, a quien
el mar la embajada acorta.
Damos al viento los lienzos,
él brama en las pardas sogas,
a cuya música ayudan
las trompetas sonorosas.


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CASANDRA:

Dejamos atrás las islas,
que el archipiélago adornan
tantas que en lejos parece
que todas son una sombra.
Pero a la vista de Candia,
el viento que estaba en popa,
por proa enviste la nave
con tempestad espantosa.
El Sol se esconde, las nubes
se enlutan de negras tocas,
los elementos se alteran
en batalla tan furiosa.
La confusión va creciendo,
auméntase la congoja,
dan voces, tal vez amaina
y tal vez vira la borda.
Yo triste estaba aprendiendo
estos nombres a mi costa,
lengua del mar que se estudia
cuando es todo Babilonia.
A este tiempo las deidades,
a nuestras lágrimas sordas,
más fuerza al ábrego envían,
más licencia al fiero bóreas.
Rómpese el árbol mayor
y a tres o cuatro personas
quita el temor de aguardar
a que la nave se rompa.
Entonces ya sin consejo
una pobre barca abordan
que iba de la nave asida
con un pedazo de escota.


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CASANDRA:

Métenme en ella bajando
por una embreada soga
sobre quien ha de ir conmigo,
los más nobles se alborotan.
Llegan, en fin, a las manos,
dellos en el mar se arrojan,
dellos en los bordes muertos
beben las saladas ondas.
Impele la barca el mar,
las estrellas y las olas
entran juntas en consejo
de mi muerte lastimosa.
Aquel viento que se engendra
del ártico polo escombra
entonces con tal furor
las montañas espumosas,
que de sierra en sierra de agua,
da con las tablas ya rotas
en una playa y la arena
me sepulta en algas toda,
cuando Leonardo, el villano
que dices, desde las rocas
deste mar de Alejandría
dio mejor fin a mi historia
que Codro a la de Pompeyo,
pues llegando desemboza
la barca de algas y espumas
y hace que en sus brazos ponga
más agua que cuerpo y vida,
donde mi esperanza cobra
la que no pensó tener.


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CASANDRA:

Así los cielos revocan,
tal vez, primeras sentencias,
con revistas más piadosas.
Diome su casa y su pecho,
Laura me nombra y me adora,
esta obligación le debo,
mira si son estas obras
dignas de agradecimiento.
Esto soy, tú piensa agora
lo que soy y cuánto a mí
yo pienso guardar mi honra.
(Vase.)

ALEJANDRO:

  De turbado y admirado
aun no supe detenella;
que tú eres, Casandra bella,
reina, qué bien lo has mostrado
en el valor y cuidado.
De tu defensa, que espero
decir a mi padre quiero
la ventura que he tenido,
pues un ángel ha venido
contra un animal tan fiero.
  Ya no hay que temer león,
ya se han cumplido los años.
Teodoro.


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(Sale TEODORO.)
TEODORO:

¿Señor?

ALEJANDRO:

Engaños
hace la imaginación,
mas no, que verdades son.

TEODORO:

¿De qué súbita alegría
estás desta suerte?

ALEJANDRO:

El día
que vi de Laura los ojos
cesaron cuantos enojos
de mis fortunas temía.
  Hazme luego retratar;
llama, Teodoro, el Penor,
que este famoso pintor
del león me ha de vengar.
Con un pie me ha de pintar
sobre el león ya vencido,
después que Laura ha venido
y que la mano en la daga
quiero abrir sangrienta llaga
en el animal rendido.
  Parte y que venga le di
mientras a mi padre digo
que el rey de Atenas, su amigo,
a Casandra tiene aquí.
Laura es su hija y de mí
será tan presto mujer,
cuanto el Rey lo ha de saber.


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TEODORO:

¿Laura es infanta de Atenas?

ALEJANDRO:

El cielo, entre tantas penas,
tanto bien me quiere hacer.
  Vamos porque parta alguno
a Grecia y lleve la nueva,
que ya la fama la lleva
por los campos de Neptuno.

TEODORO:

No hay en el reino ninguno
como Celio.

ALEJANDRO:

Celio vaya,
y cuando vuelva a esta playa
de ella me hallará marido
y el pronóstico cumplido
que tanto al reino desmaya.
(Vanse.)
(Salen CASANDRA, LEONARDO, PEROL y CINTIA.)

LEONARDO:

  Toda la gloria de verte
me has templado con oírte,
mil cosas pensé decirte
y ya no más de mi muerte.
  Que si le has dicho, señora,
que eres infanta de Atenas
has dado fin a sus penas,
porque Alejandro te adora
  y se ha de casar contigo.


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CASANDRA:

Mientras avisan al Rey,
como es de los tiempos ley,
se tratará cuanto digo.
  No bastan humanos medios
a grandes resoluciones,
porque fuertes ocasiones
tienen fuertes los remedios
  y yo no puedo escusar
de hacer defensa a mi honor
con decirle mi valor.

LEONARDO:

Bien te pudiera culpar
  si un secreto te dijera,
pero la palabra he dado.

CASANDRA:

Leonardo, tú, rey de un prado
y señor de una ribera,
  ¿cómo puedes igualar
a quien como yo nació?
Es imposible que yo
a más me pueda obligar
  que a tenerte grande amor.

LEONARDO:

Yo conozco mi bajeza
y que entre tanta grandeza
soy un pobre labrador,
  pienso que saldré de aquí,
según me ha dicho Severo.
Volverme a mi monte quiero
y morir como nací
  solo te ruego.


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CASANDRA:

Habla quedo.

PEROL:

¡Ay, Cintia!, ¿tú qué serás,
porque ya tan grave estás,
que tengo a tus cosas miedo?
  ¿De dónde serás Infanta?
¿En qué nave habrás venido?

CINTIA:

Yo, Perol, soy lo que he sido.

PEROL:

¿La Corte no te levanta
  el pensamiento siquiera
a decir una mentira?

CINTIA:

El ser quien soy me retira
de toda vana quimera.

PEROL:

  Toma ejemplo del papel
que se hace de trapos viejos
y sube hasta los Consejos
y a que escriba el Rey en él.
  ¿Quién hay que aliento no cobre,
viendo el papel que ha subido
a escribirle un Rey si ha sido
una camisa de un pobre?

CINTIA:

  Sí, pero siempre verás
que le queda el mal olor.


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PEROL:

Tú tienes poco valor,
ya que en la ocasión estás
  y del papel no te espantes,
pues le queda a toda ley
de estar en manos del Rey
el buen olor de los guantes;
  corto ingenio y gran desmayo
tiene, Cintia, y sin valor,
quien llega hasta el resplandor
del Sol sin hurtalle un rayo;
  ¿pero qué tienes, ama,
reina y señora de Atenas,
que te dará más cadenas
que tiene lenguas la fama?
  Bien me puedes, Cintia, dar
la que el Príncipe te dio.

CINTIA:

¿Pues qué soy agora yo
o en qué me puedo fiar?
  ¿No eres más necio, Perol,
para pescar la cadena?
¿Te dan los ejemplos pena
de llegar al Rey y al Sol?

PEROL:

  Malicias, yo no lo digo,
sino por lo que has de ser,
si es Laura del Rey mujer.


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CINTIA:

¡Ay, cómo te entiendo amigo!
  ¿No dije el otro día
que los hombres han de dar
y las mujeres tomar?

PEROL:

Un hombre dicen que había,
  que en las pendencias tiraba
un pomo atado a un cordel
y luego tirando dél
con el pomo se quedaba.
  ¡Oh, si diésemos así,
qué linda cosa que fuera!,
y que cuando un hombre diera
luego lo volviera a sí,
  deste dar quedara el brazo
sabroso.

CINTIA:

Qué lindo dar.

PEROL:

Aqueste modo de dar
se había de llamar pomazo.
  Leonardo, escóndete presto
que viene el Príncipe.
(Sale SEVERO.)

LEONARDO:

¡Ay, cielos,
qué presto vi crecer los celos!
No viene el amor tan presto,
  libre me quisiera hallar
o müerto, pues he llegado
a tiempo que en tal estado
no hay que temer ni esperar.
  ¿No dijiste que tendría
libertad?


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SEVERO:

Si quieres irte,
puedes.

LEONARDO:

¿Qué podré decirte,
oh, Laura, en tan triste día?
  Al monte vuelvo a morir,
ten lástima de una vida
de quien eres homicida.

CASANDRA:

No sé qué pueda decir
  entre tantas confusiones.

LEONARDO:

¿Podré, Laura, merecer
morir por ti?

CASANDRA:

¿Qué he de hacer?

SEVERO:

Leonardo, menos razones.
  Vete, no te halle aquí.

LEONARDO:

Al fin ya no te verán
mis tristes ojos.

CASANDRA:

Sí harán.

LEONARDO:

Laura, acuérdate de mí.
(Vase.)


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CASANDRA:

  Lágrimas miro y no digo
a voces que loca estoy,
¿qué he de hacer, si soy quien soy?
(Salen el PRÍNCIPE y ALBANO.)

ALEJANDRO:

Entra pues eres testigo,
  di a Casandra lo que pasa,
di lo que el Rey respondió.

ALBANO:

¿Tengo de abonarte yo?

ALEJANDRO:

Ya, Casandra, el Rey me casa,
  porque este reino poseas.
Ya despacha embajadores
a Atenas, ya tus rigores
cesarán cuando te veas
  señora de Alejandría.
Tú el fin de su dicha apruebas,
llegándote tales nuevas
juntas en un mismo día.
  De suerte que me ha contado
que mañana se ha cumplido
el término difinido
del pronóstico pasado,
  no falta más de mañana
con que serás mi mujer
y en que dejaré de ser,
con que desta ciencia humana
  de la voluntad divina
y celestial influencia
que me ha costado paciencia
de solo un Príncipe digna.
  Tantos años de prisión
bien pudieron merecer
que fueses tú mi mujer
con tanta satisfación
  del Rey y reino que tienes.
¿No respondes?


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CASANDRA:

No te espantes
que entre males semejantes
me espanten tan bien los bienes,
  que en mi fortuna mortal
estoy de suerte tan bien
que me espanta más el bien
porque trato más el mal.
  Déjame entrar a escribir
al Rey, que no es bien que parta
sin carta mía.

ALEJANDRO:

En tu carta
puedes, Casandra, decir
  lo que sientes de mi amor;
oblígame en alabarme.

CASANDRA:

A mí me está bien honrarme
de un hombre de tu valor.
(Vase.)

ALEJANDRO:

  ¿Qué sientes desto?

ALBANO:

Que está
dudosa de que la ensalces
a tan alta monarquía.


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ALEJANDRO:

Si la tuviera por grande
mostrárame más contento.

ALBANO:

Los entendimientos graves,
en las prósperas fortunas,
más humildes muestras hacen
cuando coge un gran contento,
de improviso suele darles
suspensión a los sentidos.

ALEJANDRO:

Bien dices, quiero alegrarme;
hoy haré a todos mercedes,
pues comienza a publicarle
mi libertad y tan cierta
que solo puede faltarme
lo que el Sol desde que salga
por las puertas orientales
hasta que adorarlas vuelva
del polo antártico tarde.
¡Ay, cielos, que veré libres
las populosas ciudades!
Ejércitos numerosos,
plazas, templos, casas, calles,
como se marcha en la tierra
y se navegan los mares.
¡Qué notable dicha!

ALBANO:

Mira
que el placer puede obligarte
como el pesar si te dejas
consumir de imaginarle;
divierte ese pensamiento.


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ALEJANDRO:

Celio viene, ¿qué me traes?
(Salen CELIO y un criado con dos dagas en una fuente.)

CELIO:

Aquellas dagas, señor,
de la hechura que mandaste.

ALEJANDRO:

Muestra, que buena es aquesta
y es la cuchilla notable.
Esta es mejor guarnición
y está por Dios que desarme
a la más fuerte defensa.

ALBANO:

El Penor viene a mostrarte
el retrato que te ha hecho.

ALEJANDRO:

No hay hombre que me retrate
con más gracia que el Penor.
(Sale el PENOR con un retrato.)

PENOR:

Solo deseo agradarte.

ALEJANDRO:

Poned en ese bufete
las dagas.

PENOR:

Quisiera hallarme
con el ingenio de Ceusis,
con el pincel de Timantes,
o pues eres Alejandro,
y Alejandro retratarse
dejaba solo de Apeles,
que yo supiera imitarle.


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ALEJANDRO:

Poned en alto el retrato.

ALBANO:

Aquí no hay con qué se alce.

ALEJANDRO:

Encima de este bufete
bastará que se levante.

ALBANO:

¿Está bien así?

ALEJANDRO:

Muy bien.

PENOR:

La simetría y sus partes
guardan proporción debida.

CELIO:

Qué bien el efecto hace
de querer sacar la daga.

ALEJANDRO:

¿Que este había de matarme,
desta suerte es un león?

CELIO:

Por eso a tus plantas yace
y triunfas dél este día.

ALEJANDRO:

Vive el cielo que he de darle
una puñada de enojo,
aunque el retrato se rasgue.
(Dale una puñada y yérese con las dagas que están detrás.)
¡Ay, ay!


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ALBANO:

¿Qué ha sido, señor?

ALEJANDRO:

¡Ay de mí!

ALBANO:

Llena de sangre
tienes la mano.

PENOR:

Las dagas
que estaban de esotra parte
te hirieron al dar el golpe.
(Sale el REY.)

REY:

¿Qué voces son estas?

ALEJANDRO:

Dadme,
dadme algún remedio presto.

REY:

¿Quién te ha herido?

ALEJANDRO:

¡Qué señales
tan tristes de tus temores!
Hice al Penor retratarme
con un león a los pies
y enojado de mirarle
dile en la pintada boca,
un golpe, caso notable
que en las dagas que detrás
estaban, sin acordarme,
mano y brazo me he pasado.


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REY:

¡Oh, estrellas inevitables!
¡Llevadle luego de aquí!

ALBANO:

¡Ven, señor, no te desangres!

ALEJANDRO:

Temo que el león me ha muerto.
(Llévanle.)

REY:

Dioses, ¿que en sucesos tales
conozca el mundo su engaño
y que han de ser inviolables
vuestras leyes y secretos?
¿Hay desgracia semejante?

CELIO:

No será tanta la herida
ni querrá el cielo quitarte
con un animal pintado
la prenda que tanto vale.

REY:

¡Ay, cielo, veo que agora
que nuestras fuerzas mortales
no impiden la que ha de ser!
¿Quién dijera que una imagen,
un retrato de un león,
siendo mañana en la tarde
cumplido el preciso tiempo
en que habrá de matarle
hoy fuese causa, queriendo
darle un golpe que le pase
la mano, sin mano el yerro,
que estaba de la otra parte?
Mucho temo, y con razón,
que aquesa herida le mate;
siempre fue lo que ha de ser,
por más que el hombre se guarde.
(Vanse.)


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Lo que ha de ser:107

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LEONARDO:

De mi pena y confusión
solo este remedio aguardo.
  Yo me voy, Nise, a embarcar,
la causa yo me la sé,
que no es posible que esté
más tiempo en este lugar.
  Soy otro ser del que fui
y como no puedo ser
como soy voyme a tener
aquel ser lejos de aquí.
  ¿Porque de qué me sirviera
no poder ser lo que soy?
Y pues no soy donde estoy,
lo que siendo quien soy fuera.

NISE:

  ¿Hay lástima más estraña?
¡Loco estás, pobre de ti!

LEONARDO:

Como no sabes quién fui,
no saber quién soy te engaña.
  Ya Laura será mujer
del Príncipe.

NISE:

¿De qué modo?


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LEONARDO:

Porque se ha sabido todo
y Laura lo puede ser,
  que es hija del rey de Atenas,
donde embajadores van,
con quien mis penas irán,
que voy a embarcar mis penas.
  Quiero ver si puede el mar
templar mi fuego. Ya es ido
Perol a ver si ha venido,
que hoy se quieren embarcar.
  Quédate, Nise, con Dios.

NISE:

¿Es posible que te vas?

LEONARDO:

No puedo más.

NISE:

Que jamás
nos hemos de ver los dos.
(Sale PEROL.)

PEROL:

  Sin aliento vengo a verte.

LEONARDO:

¿De qué vienes sin aliento?

PEROL:

Fui al puerto y hallé que ya
Teodoro estaba en el puesto
para embarcarse a Modon
cuando mil hombres corriendo
que se detenga le dicen
porque es Alejandro muerto.


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LEONARDO:

¿Qué Alejandro?

PEROL:

¿Qué Alejandro?
El Príncipe.

LEONARDO:

Santo Cielo,
¿y quién le mató?

PEROL:

Un león.

LEONARDO:

¿Es tiempo de burlas, necio,
este en que me ves agora?

PEROL:

¿No lo crees?

LEONARDO:

No lo creo,
que no era posible entrar
un león en su aposento
aunque llovieran leones.

PEROL:

Pintado estaba en un lienzo
a los pies de su retrato.
Diole un golpe tan soberbio,
que en unas dagas que había
detrás, qué estraño suceso,
se pasó la mano y brazo,
y sin humano remedio,
sin poderle restañar
la sangre dicen que ha muerto.


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LEONARDO:

Si no te burlas, es cosa
la más rara, es el más nuevo
caso que se oyó en el mundo.

PEROL:

Las desdichas suelen luego
hallar crédito, las dichas
tienen dudoso a su dueño,
pero porque sin pensión
nunca las dichas tuvieron,
cuando trataba Alejandro
con Casandra el casamiento,
como no era de su gusto
dicen que con Cintia huyendo
salió del fuerte una noche,
cosa que en cuidado ha puesto
al Rey y a toda la Corte.

LEONARDO:

Dame, Perol, dame presto
mi gabán de labrador,
que a ser lo que soy me vuelvo.
Desnúdate de soldado.

PEROL:

¿A qué efeto?

LEONARDO:

A que no quiero
que piense el Rey cierta cosa
que dirá el tiempo a su tiempo.

PEROL:

Vístete, que tú te entiendes.


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Lo que ha de ser Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale SEVERO.)
SEVERO:

Si no se ha embarcado, pienso
que le hallaré en este monte.

LEONARDO:

¿Perol no es este Severo?
¿Dónde vas, Severo, amigo?
Alguna traición sospecho.

SEVERO:

  ¡Oh, gallardo mancebo, hoy es el día
que se ha de ver tu corazón valiente!
La verdad alcanzó la astrología,
murió Alejandro miserablemente.
Casandra, huyendo al mar, que pretendía
embarcarse a Modon secretamente,
de la gente del Rey que la buscaba
fue presa cuando ya a la orilla estaba.
  A la Corte la vuelven, donde quiere
casarse el Rey con ella en tales años,
si tu Casandra por aquí viniere,
antes se lleven bárbaros estraños,
a donde el Sol entre los yelos muere,
pues que son contra ti tales engaños
que la dejes al Rey porque no es justo,
quitarte el reino y con el reino el gusto.

LEONARDO:

  ¿Cómo casarse el Rey con prenda mía?
El reino dele el Rey si darle puede,
puesto que ha sido bárbara porfía
que un hijo natural se desherede,
pero quitarme a Laura, si él envía
ejército que al mar y arena excede
le haré pedazos yo.


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SEVERO:

Detente un poco.

LEONARDO:

Si son ellos, aquí verás un loco.
(Salen CASANDRA, y los demás que la traen, ALBANO, CELIO y el PENOR.)

CASANDRA:

  Ejércitos para mí;
para mí soldados y armas,
¿qué debo al Rey, que me quiere?

CELIO:

Señora, no seáis ingrata,
que el Rey no quiere forzaros.
Como sin hijos se halla
y reina de Alejandría
ya por Alejandro os claman,
quiere que vós lo seáis,
quedando con él casada
y dar heredero al reino
con hijos como pensaba,
con nietos, cosa tan justa
que a sus Consejos agrada
y con aplauso común
su reina y señora os llaman.

CASANDRA:

Yo lo estimo, Caballeros,
pero tengo ciertas causas
que agradecerle me impiden
honras y mercedes tantas,
yo no he de pasar de aquí,
esta aldea es ya mi casa
hasta que mi padre venga,
a quien he escrito una carta,
relación de mis fortunas.


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CELIO:

Advertid que ya os aguarda
y a recebiros se salía.

CASANDRA:

Yo no he de ir, ¿de qué te cansas?

LEONARDO:

¡Hola, criados del Rey!
¡Dejad a Laura o Casandra,
que tiene quien la defienda,
en estas montañas Laura!

PEROL:

¿Este es aquel labrador
que hirió en el fuerte las guardas?

ALBANO:

El mismo, ¿pero qué importa?
Casandra a la Corte vaya,}}
que villanos son villanos.}}

LEONARDO:

¡Hola, gente cortesana!
¿Sois sordos, no me escucháis?}}

CELIO:

¿Qué quieres, que ansí nos llamas?

LEONARDO:

¿He de decirlo otra vez?
Dejad a Laura, que es Laura
mi mujer.

CELIO:

¡Brava locura!


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LEONARDO:

¿Tengo de sacar la espada?

CELIO:

Para morir bien podrás.

LEONARDO:

Pues ya voy, ¡fuera, canalla!

PEROL:

Aquí está, señor, Perol,
sacude, que son de paja.

ALBANO:

Tantos a un hombre es vergüenza.

LEONARDO:

Dejad, infames, la Infanta.
(Sale el REY.)

REY:

¡Estraña furia de loco,
detente!

LEONARDO:

No me obligarás,
menos que con lo que sabes,
que por quien eres no basta.

REY:

¿Por qué matas a estos hombres?

LEONARDO:

Porque me llevan el alma
y dicen que es para ti
cuya condición tirana
castigue el cielo, a quien pido
de mis agravios venganza.
Tienes hijo como yo
que pueda honrar a su patria
y buscas hijo imposible
a tu salud y a tus canas.


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REY:

¿Sabes quién eres?

LEONARDO:

Y sé
que le diste la palabra
a mi madre, con que soy
legítimo, que eso basta.

REY:

Severo.

SEVERO:

Señor, yo he sido,
que no es bien que tu edad larga
comience agora a ser Rey.

REY:

Severo, en desdichas tantas
quiero obedecer al cielo,
porque las fuerzas humanas
en vano lo que ha de ser
con flacos miedos contrastan
Alejandría. Leonardo
es mi hijo, yo pensaba
que era el león por el nombre
de la celeste amenaza
y por esto le crie
labrador destas montañas,
para no enojar al cielo
si la vida le quitaba.
Él es vuestro rey.


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ALBANO:

Y el reino
por rey y señor le aclama.

LEONARDO:

Casandra, yo soy el Rey.

CASANDRA:

Pésame, porque pensaba
obligarte, labrador,
con ser de Atenas infanta.

PEROL:

Impido este casamiento,
si con Cintia no me casan.

LEONARDO:

Nise, Albano ha de ser tuyo,
iréis a la Corte entrambas,
donde títulos y rentas
darán honra a vuestras casas.
Que lo que ha de ser, aquí
senado ilustre, se acaba,
raro suceso que escriben
las historias africanas.

Fin01.jpg


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