Los Ayacuchos : 6

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De D. Mariano de Centurión a D. Fernando Calpena


Octubre 13.


Ilustre señor: A lo dicho anteriormente acerca del abortado crimen de lesa majestad y de lesa Patria, debo añadir que días antes del ataque a Palacio llegó a las narices del Gobierno el olorcillo de la conjuración, y la policía no cesaba de olfatear el rastro de los caballeros del orden, que escondidos unos en misteriosas casas, disfrazados otros en la calle, daban los pasos y ponían los puntos para coordinar su infamia. La policía, por cuya fidelidad no pongo mi mano en el fuego, no descubrió el lugar donde esos tunantes se reunían: cambiaban de escondrijo cada noche, amparados quizás de los mismos esbirros, a quienes no creo incapaces de dejarse deslumbrar por los ojos de buey, vulgo onzas, del tesoro cristino. Después del desastre se ha sabido que anduvieron en el ajo Andrés Borrego, hoy enemigo de la Libertad, y dos caballeros de mi tierra, Istúriz y Benavides, fanáticos por la llamada Reina madre. A tientas, adivinando la conspiración antes que conociéndola, andaba en aquellos días el Gobierno, y en su perplejidad acertó en una de las medidas tomadas el 7 por la mañana. Separada toda la oficialidad del primero de la Guardia, y ascendidos a oficiales los sargentos, cuando los del orden se presentan en el cuartel para sacar a la tropa les reciben a tiros... He aquí el primer contratiempo de los ternes de Doña María, principio de su desconcierto y de las tonterías que hicieron en la noche que yo llamo de San Marcos. El jefe del movimiento debía ser León. Habían concertado que aquí se diese el grito y que secundasen en las provincias O'Donnell, Borso, Piquero y Urbistondo... Anticípanse los de allá; los de aquí dudan, no se determinan; les falta la Guardia; ciego se lanza Concha a Palacio; León tiene celos, creyendo que el otro gachó se le quiere poner por delante y obscurecerle; corriendo mil peligros, y cuando tropa y milicianos están ya sobre las armas, montan a caballo León y Pezuela y se plantan en Palacio, sabiendo que van a una muerte segura. Aquí de loscrúos...

En Palacio arrecia el fuego. D. Domingo Dulce, a quien ni el plomo ni el oro rinden, les da toda la canela que piden, y los caballeros desocupan dejándose los dientes en la escalera. Lo demás es ya público y notorio. León se entregó en Colmenar a los húsares de la Princesa, mandados por Laviña, y aunque éste quiso facilitarle la fuga, el nuevo Cid rehusó aceptarla. Dijo que no había huido nunca, y es verdad. Por Madrid se corre que no le aplicarán la última pena. Los que el día de su captura pedíamos su cabeza, andamos ahora compadecidos, que esto es condición de españoles. Si bien se mira, no fue Diego León el más culpable; y si a mí me dejaran aplicar justicia en este caso, mandaría pasar por las armas a los paisanos que han venido de París con este fregado, y a las cabezas pensantes del moderantismo. Uno de mis compañeros en funciones palatinas, jovellanista rabioso, me ha dicho que se alegrará de que haya víctimas, porque el sentimiento popular las convertirá pronto en mártires, y en el terreno del martirio germinará fácilmente la idea cristina, bien abonada con el parné, que lo hay, vaya si lo hay; y la Señora no omite gastos, ni escatima sangre contraria y propia para reponer las cosas en el estado que tenían antes de lo de Valencia. Como el Gobierno sabe que en la Malmaison anhelan que aquí se castigue y que les hagamos víctimas y mártires, es seguro que a León y compañeros de locura no se les mandará rezar el Credo.

Y dejando este triste asunto, voy a llenar, ¡oh mi D. Fernando!, lo que me queda de este pliego con noticias más gratas, que no pertenecen a la serie de los hechos llamados históricos; son menudencias de la vida y observaciones del orden privado, de las cuales podremos sacar útiles enseñanzas. Mis impresiones acerca del carácter y cualidades de la Reina no pueden ser más excelentes: la veo todos los días, me honra departiendo conmigo familiarmente sobre diversos asuntos, y he formado el juicio de que tendremos en ella una gran Soberana. Buena falta nos hacía. Llevamos una temporadita de reyes malos, que ya, ya... Si tantas calamidades, léase Carlos IV, Fernando VII y María Cristina, vinieron sobre esta nación por los pecados de los españoles, ya debemos de estar limpios, porque la expiación ha sido tremenda.

Pues sí: hablo a menudo con nuestra gloriosa Reina, y siempre acabo diciéndole que si la queremos tanto es porque esperamos que deje tamañita a la primera Isabel. Ella se ríe: advierto a usted que es donosísima y muy salada, y que se va desarrollando tan bien que ha de tener el cuerpo de una mujerona. Su inteligencia es de las más vivas: todo lo comprende; tenemos que atajarla en su anhelo investigador y en su preguntar continuo de todas las cosas. De su corazón no hablemos: es tan tierno y sensible, que por su gusto a nadie se castigaría, ni a los mayores criminales. Su generosidad ha de ser tal, si no se pone mano en contenerla, que no habrá tesoros bastantes para cansar su mano dadivosa. Hasta en sus travesuras demuestra la nobleza de su alma, y en sus juegos y recreaciones late el españolismo más puro. De tal modo se compendia en ella la raza, que para tenerlo todo, no le falta ni aun la insubordinación, que por la edad y el rango viene a ser en Isabel una gracia. Aunque no ignora la etiqueta, apuntan en Su Majestad tendencias a quebrantarla por cualquier motivo, y sin darse cuenta de ello ama la igualdad. Vea usted aquí, mi Sr. D. Fernando, por qué tengo a nuestro ídolo por la representación más pura de los principios que profesamos.

La afabilidad de la Reina fácilmente viene a parar en confianza, y sus etiquetas acaban en bromear con todos nosotros. No podemos resistir al encanto de sus donaires, y gozamos cuando nos demuestra con graciosas burlas su estimación. Yo digo: «¿No es esta confianza prenda segura de la feliz concordia entre la Monarquía y el Pueblo? Si la Reina ama al pueblo, si ante él no se muestra jamás estirada ni orgullosa, ya tenemos realizado el fin supremo de ver reunidos, formando un solo ente, la Libertad y el Trono. Haya confianza mutua, y estamos salvados. Familiarícese la Reina con sus súbditos, y éstos con su Reina, y veremos el ideal de los estados florecientes». Decíame Don Manuel José Quintana, con quien he hablado más de una vez de asunto tan capital, que él quisiera más formalidad en Isabel II, menos propensión a familiarizarse y dar bromitas. Confía en que la edad y la educación modificarán este aspecto del carácter de la excelsa Soberana, y en que el ejercicio de la potestad le dará el grave conocimiento de la dignidad regia. Opine lo que quiera D. Manuel, los niños son niños, y cuanta más viveza y desenfado nos muestren, más claramente nos anuncian un fondo de lealtad. Por mi parte, cultivo la confianza de Isabel, y me congratulo de que me tome afecto, correspondiéndole yo con todo mi amor de súbdito fiel, para que la señora me perpetúe en su servicio. Tiemblo de pensar que los cambios políticos me priven de una posición en la que veo resuelto el problema de mi vida, permitiéndome disfrutar de un reposo muy honorífico al término de una juventud ignominiosa. ¡Qué buena es la regeneración del hombre, y qué saludable y útil!

Adelante, mi querido amigo. Voy a contarle a usted que D. Manuel José Quintana, con ser el respeto mismo, no se ha librado de la graciosa, inocente malicia de Su Majestad y Alteza para poner motes. Me he permitido preguntar a las augustas niñas qué fundamento tiene y de dónde han sacado el remoquete de Tío Pasahuevos con que designan al gran poeta; pero ninguna de las dos ha sabido contestarme, y rompen en divinas carcajadas cuando les hablo de esto. Hayan sacado el tal nombre de algún entremés que han leído, háyanlo inventado ellas, no encierra significación ni malicia. Por Palacio se ha corrido la voz de que la Reina y Princesa habían dado al cantor del mar una pesada broma, y sobre ello debo hacer, después de referir a usted el bromazo, las rectificaciones oportunas. Es el caso que el señor Intendente entregó a las niñas, como regalo de la Fábrica de Moneda de Segovia, grande porción de ochavitos de plata, acuñados en aquel establecimiento. Lo que agradecieron Isabel II y su hermana este obsequio, fácilmente lo comprenderá usted. El juguete era de los más lindos; guardaban las niñas su tesoro en preciosos saquitos de seda, y se divertían contando cada una lo suyo, y haciendo distribuciones y partijos para reunirlo después y guardarlo: tan encariñadas estaban con los chavitos de plata, que no daban uno a sus meninas ni por un ojo de la cara; y al mismo Quintana, que les pidió media docena para obsequiar a su sobrinito, se la negaron. Esto sucedía no hace tres semanas, y no hará diez días que corrió por Palacio la especie de que la Reina y la Princesa habían mandado traer unas yemas, e introduciendo moneditas en algunas de ellas, diéronlas a comer a sus servidores, y que D. Manuel fue uno de los que cayeron en el engaño y se tragaron con el dulce el pedacito de plata. Añadían que la travesura había sido ideada por la Princesa de Asturias, y puesta en ejecución por la Reina, que supo meter el matute con disimulo y arte en el sabroso corazón de la yema. Y como después de tragada la pieza insistiera el ayo en que sus excelsas alumnas le dieran las monedillas, empezaron ellas a batir palmas y a reír como locas, y Luisa Fernanda le dijo: «¡Pero, tonto, si la tienes ya dentro de tu barriga!»

Esto se dijo; y la malicia moderada, que no duerme, y de todo suceso, por insignificante que sea, saca partido para ensalzar a los suyos y vilipendiar a los de acá, trató de ridiculizar al respetabilísimo señor y maestro de la Reina y Princesita, por permitir a sus alumnas chanzas de este jaez. Pues bien, Sr. D. Fernando, el hecho es cierto; pero el tragador del ochavo no fue Quintana, sino un servidor de usted, con lo cual queda probado que no hubo falta de respeto, pues las Reales niñas distinguen con su confianza, y nada tenía de indecoroso que en mí, como en humilde criado, ejercieran sus travesuras. Lo que habría sido irrespetuoso en D. Manuel José Quintana, figura magna del Reino, así en la literatura como en la política, varón digno de todo acatamiento por sus virtudes, por sus talentos y por sus años, no tiene gravedad alguna tratándose de mí, que nada soy ni nada valgo; si me quitan la casaca bordada, me quedo en clase de nulidad o de pelele para que conmigo se diviertan los chicos. Y si los de las calles podrían tomarme por juguete, ¡con cuánto mayor motivo podrán hacerlo los que a sus sienes ciñen la real diadema! Por lo demás, no llevaré mi condescendencia hasta sostener que me supo bien la pega, pues pasé veinticuatro horas con mediana ansiedad y en una expectativa dolorosa, si bien los retortijones no fueron tan acerbos como al principio temí. Puestas las cosas en su lugar, sólo tengo que añadir que en ello demostraron mi Soberana y la inmediata sucesora al Trono su donosura, señal de inteligencia y de la confianza con que me distinguen. Que esta confianza dure, que con la edad se amplifique y extienda, trayéndonos la perfecta familiaridad entre el pueblo y la Corona, y seremos felices.

Creo en conciencia, y así lo digo a mis amigos, que todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a modelar el carácter de Isabel II de modo que tengamos en ella una Soberana ferviente devota de nuestras ideas, un Jefe del Estado que pertenezca en cuerpo y alma al Progreso, y que excluya para siempre de sus consejos al infame moderantismo. Lo que del regio carácter conozco y veo me permite creer que así será; pero no hay que descuidarse, porque el enemigo, encastillado aquí en buenas posiciones, aprovecha cuantas ocasiones se le presentan para infiltrarse en la voluntad de nuestra muy amada Reina.

Y ya que de esto me ocupo, y he tenido la inmodestia de hablar de mí, apuntando los servicios que presto, y los mayores que puedo prestar aún a nuestro partido, acabo de quitarme la máscara de la vergüenza para decir a usted que me convendría muy mucho... a fin de realzar mi dignidad y darme en Palacio el lustre que no tengo... me convendría, digo, que el Serenísimo Regente me designara al señor Ministro de Gracia y Justicia como acreedor a ostentar junto a mi nombre un título de Castilla, cosa en verdad no difícil, dada la antigüedad y nobleza de mi alcurnia, pues con revalidar alguno de los que pertenecieron a la casa de Centurión y que por incuria están preteridos, basta para llenar este vacío que hoy siento y que usted en su buen juicio apreciará. No lo olvide, y aproveche para darme ese gusto la primera coyuntura que se le ofrezca, en lo que dará un nuevo motivo de agradecimiento a su invariable y ferviente amigo.

Mariano.


Del mismo al mismo


14 de Octubre.

Apenas franqueada en el correo mi carta de ayer, llegó a mi noticia que D. Diego León ha sido condenado a muerte, y que mañana, ¡ay dolor!, se ejecutará la terrible sentencia. Me apresuro a comunicárselo, y omito por falta de tiempo los comentarios que este grave suceso me sugiere. Aún tengo esperanza de que un acto de clemencia detenga la mano de la justicia. Corren voces de indulto, y si viene, no seré yo de los últimos en aplaudirlo. Soy de los que piensan, mi buen D. Fernando, que sería torpeza insigne dar al bando contrario la ventaja que supone una víctima como León. Lo que han perdido por su criminal atentado, lo ganarían con la gran fuerza sentimental que ha de darles el martirio de un héroe. En fin, no soy yo quien ha de decidirlo, y el señor Regente sabrá lo que más conviene al país y a la libertad. Suyo devotísimo. -Centurión.