Los Miserables: I.8.2

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Los Miserables
Primera parte: "Fantina"
Libro octavo: "Contragolpe"
Capítulo II: Javert contento

de Víctor Hugo


Veamos lo que había pasado.

Acababan de dar las doce y media cuando el señor Magdalena salió de la sala del tribunal de Arras. Poco antes de las seis de la mañana llegó a M. y su primer cuidado fue echar al correo su carta al señor Laffitte, y después ir a ver a Fantina.

Apenas Magdalena abandonó la sala de audiencia y fue puesto en libertad Champmathieu, el fiscal expidió una orden de arresto, encargando de ella al inspector Javert. La orden estaba concebida en estos términos: "El inspector Javert reducirá a prisión al señor Magdalena, alcalde de M., reconocido en la sesión de hoy como el ex presidiario Jean Valjean".

Javert se hizo guiar al cuarto en que estaba Fantina. Se quedó junto a la puerta entreabierta; estuvo allí en silencio cerca de un minuto sin que nadie notara su presencia, hasta que lo vio Fantina.

En el momento en que la mirada de Magdalena encontró la de Javert, el rostro de éste adquirió una expresión espantosa. Ningún sentimiento humano puede ser tan horrible como el de la alegría.

La seguridad de tener en su poder a Jean Valjean hizo aflorar a su fisonomía todo lo que tenía en el alma. El fondo removido subió a la superficie. La humillación de haber perdido la pista y haberse equivocado respecto de Champmathieu desaparecía ante el orgullo de ahora. Javert se sentía en el cielo. Contento e indignado, tenía bajo sus pies el crimen, el vicio, la rebelión, la perdición, el infierno. Javert resplandecía, exterminaba, sonreía. Había una innegable grandeza en aquel San Miguel monstruoso.

La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber son cosas que en caso de error pueden ser repugnantes; pero, aún repugnantes, son grandes; su majestad, propia de la conciencia humana, subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada y honrada dicha de un fanático en medio de la atrocidad conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable. Es indudable que Javert, en su felicidad, era digno de lástima, como todo ignorante que triunfa.


Los Miserables de Víctor Hugo

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