Los Miserables: II.3.7

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Los Miserables
Segunda parte: "Cosette"
Libro tercero: "Cumplimiento de una promesa"
Capítulo VII: Inconvenientes de recibir a un pobre que tal vez es un rico

de Víctor Hugo


Cosette no pudo menos de echar una mirada de reojo hacia la muñeca grande que continuaba expuesta en la tienda de juguetes. Después llamó; se abrió la puerta y apareció la Thenardier con una vela en la mano.

- ¡Ah! ¿Eres tú, bribonzuela? ¡Mira el tiempo que has tardado! Se habrá estado divirtiendo la muy holgazana como siempre.

- Señora -dijo Cosette temblando-, aquí hay un señor que busca habitación.

La Thenardier reemplazó al momento su aire gruñón por un gesto amable, cambio visible muy propio de los posaderos, y buscó ávidamente con la vista al recién llegado.

- ¿Es el señor? -dijo.

- Sí, señora -respondió el hombre llevando la mano al sombrero.

Los viajeros ricos no son tan atentos. Esta actitud y la inspección del traje y del equipaje del forastero, a quien la Thenardier pasó revista de una ojeada, hicieron desaparecer la amable mueca, y reaparecer el gesto avinagrado. Le replicó, pues, secamente:

- Entrad, buen hombre.

El "buen hombre" entró. La Thenardier le echó una segunda mirada; examinó particularmente su abrigo entallado y amarillento que no podía estar más raído, y su sombrero algo abollado; y con un movimiento de cabeza, un fruncimiento de nariz y una guiñada de ojos, consultó a su marido, que continuaba bebiendo con los carreteros. El marido respondió con una imperceptible agitación del índice, que quería decir: "Que se largue". Recibida esta contestación, la Thenardier exclamó:

- Lo siento mucho, buen hombre, pero no hay habitación.

- Ponedme donde queráis -dijo el hombre-, en el granero, o en la cuadra. Pagaré como si ocupara un cuarto.

- Cuarenta sueldos.

- ¿Cuarenta sueldos? Sea.

- ¡Cuarenta sueldos! -murmuró por lo bajo un carretero a Thenardier-; ¡si no son más que veinte sueldos!

- Para él son cuarenta -replicó la Thenardier, en el mismo tono-. Yo no admito pobres por menos.

Entretanto el recién llegado, después de haber dejado sobre un banco su paquete y su bastón, se había sentado junto a una mesa, en la que Cosette se apresuró a poner una botella de vino y un vaso.

La niña volvió a ocupar su sitio debajo de la mesa de la cocina, y se puso a tejer. El hombre la contemplaba con atención extraña.

Cosette era fea, aunque si hubiese sido feliz, habría podido ser linda. Tenía cerca de ocho años y representaba seis. Sus grandes ojos hundidos en una especie de sombra estaban casi apagados a fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa curvatura de la angustia habitual que se observa en los condenados y en los enfermos desahuciados.

Toda su vestimenta consistía en un harapo que hubiera dado lástima en verano, y que inspiraba horror en el invierno. La tela que vestía estaba llena de agujeros. Se le veía la piel por varias partes, y por doquiera se distinguían manchas azules o negras, que indicaban el sitio donde la Thenardier la había golpeado. Su mirada, su actitud, el sonido de su voz, sus intervalos entre una y otra palabra, su silencio, su menor gesto, expresaban y revelaban una sola idea: el miedo.

De súbito la Thenardier dijo:

- A propósito, ¿y el pan?

Cosette, según era su costumbre cada vez que la Thenardier levantaba la voz, salió en seguida de debajo de la mesa.

Había olvidado el pan completamente. Recurrió, pues, al recurso de los niños asustados. Mintió.

- Señora, el panadero tenía cerrado.

- ¿Por qué no llamaste?

- Llamé, señora.

- ¿Y qué?

- No abrió.

- Mañana sabré si es verdad -dijo la Thenardier-, y si mientes, verás lo que te espera. Ahora, devuélveme la moneda de quince sueldos.

Cosette metió la mano en el bolsillo de su delantal, y se puso lívida. La moneda de quince sueldos ya no estaba allí.

- Vamos -dijo la Thenardier-, ¿me has oído?

Cosette dio vuelta el bolsillo: estaba vacío. ¿Qué había sido del dinero? La pobre niña no halló una palabra para explicarlo. Estaba petrificada.

- ¿Has perdido acaso los quince sueldos? -aulló la Thenardier-. ¿O me los quieres robar?

Al mismo tiempo alargó el brazo hacia un látigo colgado en el rincón de la chimenea. Aquel ademán terrible dio a Cosette fuerzas para gritar:

- ¡Perdonadme, señora; no lo haré más!

La Thenardier tomó el látigo.

Entretanto, el hombre del abrigo amarillento había metido los dedos en el bolsillo, sin que nadie lo viera, ocupados como estaban los demás viajeros en beber o jugar a los naipes.

Cosette se acurrucaba con angustia en el rincón de la chimenea, procurando proteger de los golpes sus pobres miembros medio desnudos. La Thenardier levantó el brazo.

- Perdonad, señora -dijo el hombre-; pero vi caer una cosa del bolsillo del delantal de esa chica, y ha venido rodando hasta aquí. Quizá será la moneda perdida.

Al mismo tiempo se inclinó y pareció buscar en el suelo un instante.

- Aquí está justamente -continuó, levantándose.

Y dio una moneda de plata a la Thenardier.

- Sí, ésta es -dijo ella.

No era aquélla sino una moneda de veinte sueldos; pero la Thenardier salía ganando. La guardó en su bolsillo y se limitó a echar una mirada feroz a la niña diciendo:

- ¡Cuidado con que lo suceda otra vez!

Cosette volvió a meterse en lo que la Thenardier llamaba su perrera y su mirada, fija en el viajero desconocido, tomó una expresión que no había tenido nunca, mezcla de una ingenua admiración y de una tímida confianza.

- ¿Quién será este hombre? -se decía la mujer entre dientes-. Algún pobre asqueroso. No tiene un sueldo para cenar. ¿Me pagará siquiera la habitación? Con todo, suerte ha sido que no se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba en el suelo.

En eso se abrió una puerta, y entraron Azelma y Eponina, dos niñas muy lindas, alegres y sanas, y vestidas con buenas ropas gruesas.

Se sentaron al lado del fuego. Tenían una muñeca a la que daban vueltas y más vueltas sobre sus rodillas, jugando y cantando. De vez en cuando alzaba Cosette la vista de su trabajo, y las miraba jugar con expresión lúgubre.

De pronto la Thenardier advirtió que Cosette en vez de trabajar miraba jugar a las niñas.

- ¡Ah, ahora no me lo negarás! -exclamó-. ¡Es así como trabajas! ¡Ahora te haré yo trabajar a latigazos!

El desconocido, sin dejar su silla, se volvió hacia la Thenardier.

- Señora -dijo sonriéndose casi con timidez-. ¡Dejadla jugar!

- Es preciso que trabaje, puesto que come -replicó ella, con acritud-. Yo no la alimento por nada.

- ¿Pero qué es lo que hace? -continuó el desconocido con una dulce voz que contrastaba extrañamente con su traje de mendigo.

La Thenardier se dignó responder:

- Está tejiendo medias para mis hijas que no las tienen, y que están con las piernas desnudas.

El hombre miró los pies morados de la pobre Cosette, y continuó:

- ¿Y cuánto puede valer el par de medias, después de hecho?

- Lo menos treinta sueldos.

- Compro ese par de medias -dijo el hombre, y añadió sacando del bolsillo una moneda de cinco francos y poniéndola sobre la mesa-, y lo pago.

Después dijo volviéndose hacia Cosette:

- Ahora el trabajo es mío. Juega, hija mía.

Uno de los carreteros se impresionó tanto al oír hablar de una moneda de cinco francos, que vino a verla.

- ¡Y es verdad -dijo-, no es falsa!

La Thenardier se mordió los labios, y su rostro tomó una expresión de odio.

Entretanto Cosette temblaba. Se arriesgó a preguntar:

- ¿Es verdad, señora? ¿Puedo jugar?

- ¡Juega! -dijo la Thenardier, con voz terrible.

- Gracias, señora -dijo Cosette.

Y mientras su boca daba gracias a la Thenardier, toda su alma se las daba al viajero.

Eponina y Azelma no ponían atención alguna a lo que pasaba. Acababan de dejar de lado la muñeca y envolvían al gato, a pesar de sus maullidos y sus contorsiones, con unos trapos y unas cintas rojas y azules.

Así como los pájaros hacen un nido con todo, los niños hacen una muñeca con cualquier cosa. Mientras Eponina y Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto su sablecito de plomo, lo acostó en sus brazos y cantaba dulcemente para dormirlo. Como no tenía muñeca, se había hecho una muñeca con el sable.

La Thenardier se acercó al hombre amarillo, como lo llamaba para sí. Mi marido tiene razón, pensaba. ¡Hay ricos tan raros!

- Ya veis, señor -dijo-, yo quiero que la niña juegue, no me opongo, pero es preciso que trabaje.

- ¿No es vuestra esa niña?

- ¡Oh, Dios mío! No, señor; es una pobrecita que recogimos por caridad; una especie de idiota. Hacemos por ella lo que podemos, porque no somos ricos. Por más que hemos escrito a su pueblo, hace seis meses que no nos contestan. Pensamos que su madre ha muerto.

- ¡Ah! -dijo el hombre, y volvió a quedar pensativo.

De pronto Cosette vio la muñeca de las hijas de la Thenardier abandonada a causa del gato y dejada en tierra a pocos pasos de la mesa de cocina.

Entonces dejó caer el sable, que sólo la satisfacía a medias, y luego paseó lentamente su mirada alrededor de la sala. La Thenardier hablaba en voz baja con su marido y contaba dinero; Eponina y Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían o bebían o cantaban y nadie se fijaba en ella. No había un momento que perder; salió de debajo de la mesa, se arrastró sobre las rodillas y las manos, llegó con presteza a la muñeca y la cogió. Un instante después estaba otra vez en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta de modo que diese sombra a la muñeca que tenía en los brazos. La dicha de jugar con una muñeca era tan poco frecuente para ella, que tenía toda la violencia de una voluptuosidad. Nadie la había visto, excepto el viajero.

Esta alegría duró cerca de un cuarto de hora. Pero por mucha precaución que tomara Cosette, no vio que uno de los pies de la muñeca sobresalía, y que el fuego de la chimenea lo alumbraba con mucha claridad. Azelma lo vio y se lo mostró a Eponina. Las dos niñas quedaron estupefactas. ¡Cosette se había atrevido a tomar la muñeca!

Eponina se levantó, y sin soltar el gato se acercó a su madre, y empezó a tirarle el vestido.

- Déjame -dijo la madre-. ¿Qué quieres?

- Madre -dijo la niña, señalando a Cosette con el dedo-, ¡mira!

Esta, entregada al éxtasis de su posesión, no veía ni oía nada.

El rostro de la Thenardier adquirió una expresión terrible. Gritó con una voz enronquecida por la indignación:

- ¡Cosette!

Cosette se estremeció como si la tierra hubiera temblado bajo sus pies, y volvió la cabeza.

- ¡Cosette! -repitió la Thenardier.

Tomó Cosette la muñeca, y la puso suavemente en el suelo con una especie de veneración y de doloroso temor; después, las lágrimas que no había podido arrancarle ninguna de las emociones del día, acudieron a sus ojos, y rompió a llorar.

Entretanto, el viajero se había levantado.

- ¿Qué pasa? -preguntó a la Thenardier.

- ¿Es que no veis? ¡Esa miserable se ha permitido tocar la muñeca de mis hijas con sus asquerosas manos sucias!

Aquí redobló Cosette sus sollozos.

- ¿Quieres callar? -gritó la Thenardier.

El hombre se fue derecho a la puerta de la calle, la abrió y salió.

Apenas hubo salido, aprovechó la Thenardier su ausencia para dar a Cosette un feroz puntapié por debajo de la mesa, que la hizo gritar.

La puerta volvió a abrirse, y entró otra vez el hombre; llevaba en la mano la fabulosa muñeca de la juguetería, y la puso delante de Cosette, diciendo:

- Toma, es para ti.

Cosette levantó los ojos; vio ir al hombre hacia ella con la muñeca como si hubiera sido el sol; oyó las palabras inauditas: "para ti"; lo miró, miró la muñeca, después retrocedió lentamente y fue a ocultarse al fondo de la mesa. Ya no lloraba ni gritaba; parecía que ya no se atrevía a respirar. La Thenardier, Eponina y Azelma eran otras tantas estatuas. Los bebedores mismos se habían callado. En todo el bodegón se hizo un silencio solemne. El tabernero examinaba alternativamente al viajero y a la muñeca. Se acercó a su mujer, y dijo en voz baja:

- Esa muñeca cuesta lo menos treinta francos. No hagamos tonterías: de rodillas delante de ese hombre.

- Vamos, Cosette -dijo entonces la Thenardier con una voz que quería dulcificar, y que se componía de esa miel agria de las mujeres malas-, ¿no tomas lo muñeca?

Cosette se aventuró a salir de su agujero.

- Querida Cosette -continuó la Thenardier con tono cariñoso-; el señor te da una muñeca. Tómala. Es tuya.

Cosette miraba la muñeca maravillosa con una especie de terror. Su rostro estaba aún inundado de lágrimas; pero sus ojos, como el cielo en el crepúsculo matutino, empezaban a llenarse de las extrañas irradiaciones de la alegría.

- ¿De veras, señor? -murmuró-. ¿Es verdad? ¿Es mía "la reina"?

El desconocido parecía tener los ojos llenos de lágrimas y haber llegado a ese extremo de emoción en que no se habla para no llorar. Hizo una señal con la cabeza. Cosette cogió la muñeca con violencia.

- La llamaré Catalina -dijo.

Fue un espectáculo extraño aquél, cuando los harapos de Cosette se estrecharon con las cintas rosadas de la muñeca.

Cosette colocó a Catalina en una silla, después se sentó en el suelo delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir una palabra, en actitud de contemplación.

- Juega, pues, Cosette -dijo el desconocido.

- ¡Oh! Estoy jugando -respondió la niña.

La Thenardier se apresuró a mandar acostar a sus hijas, después pidió al hombre permiso para que se retirara Cosette. Y Cosette se fue a acostar llevándose a Catalina en brazos.

Horas después, Thenardier llevó al viajero a un cuarto del primer piso.

Cuando Thenardier lo dejó solo, el hombre se sentó en una silla, y permaneció algún tiempo pensativo. Después se quitó los zapatos, tomó una vela y salió del cuarto, mirando a su alrededor como quien busca algo. Oyó un ruido muy leve parecido a la respiración de un niño. Se dejó conducir por este ruido, y llegó a una especie de hueco triangular practicado debajo de la escalera. Allí entre toda clase de cestos y trastos viejos, entre el polvo y las telarañas, había un jergón de paja lleno de agujeros, y un cobertor todo roto. No tenía sábanas, y estaba echado por tierra. En esta cama dormía Cosette.

El hombre se acercó y la miró un rato. Cosette dormía profundamente, y estaba vestida.

En invierno no se desnudaba para tener menos frío. Tenía abrazada la muñeca, cuyos grandes ojos abiertos brillaban en la oscuridad. Al lado de su cama no había más que un zueco.

Una puerta que había al lado de la cueva de Cosette dejaba ver una oscura habitación bastante grande. El desconocido entró en ella. En el fondo se veían dos camas gemelas muy blancas; eran las de Azelma y Eponina. Detrás de las camas, había una cuna donde dormía el niño a quien había oído llorar toda la tarde.

Al retirarse pasó frente a la chimenea, donde había dos zapatitos de niña, de distinto tamaño. El desconocido recordó la graciosa e inmemorial costumbre de los niños que ponen sus zapatos en la chimenea la noche de Navidad esperando encontrar allí un regalo de alguna hada buena. Eponina y Azelma no habían faltado a esta costumbre, y cada una había puesto uno de sus zapatos en la chimenea.

El viajero se inclinó hacia ellos. El hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita y se veía brillar en cada zapato una magnífica moneda de diez sueldos, nuevecita.

Ya se iba cuando vio escondido en el fondo, en el rincón más oscuro de la chimenea, otro objeto. Miró, y vio que era un zueco, un horrible zueco de la madera más tosca, medio roto, y todo cubierto de ceniza y barro seco. Era el zueco de Cosette. Cosette, con esa tierna confianza de los niños, que puede engañarlos siempre sin desanimarlos jamás, había puesto también su zueco en la chimenea.

La esperanza es una cosa dulce y sublime en una niña que sólo ha conocido la desesperación. En el zueco no había nada.

El viajero buscó en el bolsillo de su chaleco y puso en el zueco de Cosette un Luis de oro. Después se volvió en puntillas a su habitación.


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