Los Miserables: II.5.6

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Los Miserables
Segunda parte: "Cosette"
Libro quinto: "A caza perdida, jauría muda"
Capítulo VI: Se explica cómo Javert hizo una batida en vano

de Víctor Hugo


Los sucesos que acabamos de describir habían ocurrido en las condiciones más sencillas. Cuando Jean Valjean, la misma noche del día que Javert lo apresó al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel municipal de M., Javert fue llamado a París para apoyar a la policía en su persecución, y en efecto el celo y la inteligencia del inspector ayudaron a encontrarlo.

Ya no se acordaba de él cuando en el mes de diciembre de 1823 leyó un periódico, cosa que no acostumbraba; llamó su atención un nombre. El periódico anunciaba que el presidiario Jean Valjean había muerto; y publicaba la noticia con tal formalidad que Javert no dudó un momento en creerla. Después dejó el periódico, y no volvió a pensar más en el asunto.

Algún tiempo después, llegó a la Prefectura de París una nota sobre el secuestro de una niña en el pueblo de Montfermeil, verificado, según se decía, en circunstancias particulares. Decía esta nota que una niña de siete a ocho años, que había sido entregada por su madre a un posadero, había sido robada por un desconocido: la niña respondía al nombre de Cosette, y era hija de una tal Fantina, que había muerto en el hospital. Esta nota pasó por manos de Javert, y lo hizo reflexionar.

El nombre de Fantina le era muy conocido, y recordaba que Jean Valjean le había pedido aquella vez un plazo de tres días para ir a buscar a la hija de la enferma. Esta niña acababa de ser raptada por un desconocido. ¿Quién podía ser ese desconocido? ¿Sería Jean Valjean? Jean Valjean había muerto. Javert, sin decir una palabra a nadie, hizo un viaje a Montfermeil.

Allí Thenardier, con su admirable instinto, había comprendido en seguida que no era conveniente atraer sobre sí, y sobre muchos negocios algo turbios que tenía, la penetrante mirada de la justicia, y dijo que "su abuelo" había ido a buscarla, nada había más natural en el mundo. Ante la figura del abuelo, se desvaneció Jean Valjean.

- Es indudable que ha muerto -se dijo Javert; soy un necio.

Empezaba ya a olvidar esta historia, cuando en marzo de 1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía cerca de la parroquia de San Medardo, y que era conocido como el mendigo que daba limosna. Era, según se decía, un rentista cuyo nombre no sabía nadie, que vivía solo con una niña de ocho años que había venido de Montfermeil.

¡Montfermeil! Esta palabra, sonando de nuevo en los oídos de Javert, le llamó la atención. Otros mendigos dieron algunos nuevos pormenores. El rentista era un hombre muy huraño, no salía más que de noche, no hablaba a nadie más que a los pobres.

Llevaba un abrigo feo, viejo y amarillento que valía muchos millones, porque estaba forrado de billetes de banco.

Todo esto excitó la curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca, y sin asustarlo, a este hombre extraordinario, se puso un día el traje del sacristán y ocupó su lugar. El sospechoso se acercó a Javert disfrazado, y le dio limosna; en ese momento, Javert levantó la vista, y la misma impresión que produjo en Jean Valjean la vista de Javert, recibió Javert al reconocer a Jean Valjean.

Sin embargo, la oscuridad había podido engañarle; su muerte era oficial. Le quedaban, pues, a Javert graves dudas, y en la duda Javert, hombre escrupuloso, no prendía a nadie. Siguió a su hombre hasta la casa Gorbeau, e hizo hablar a la portera, lo que no era difícil. Alquiló un cuarto y aquella misma noche se instaló en él. Fue a escuchar a la puerta del misterioso huésped, esperando oír el sonido de su voz, pero Jean Valjean vio su luz por la cerradura y chasqueó al espía, guardando silencio.

Al día siguiente Jean Valjean abandonó la casa. Pero el ruido de la moneda de cinco francos que dejó caer fue escuchado por la vieja portera, que oyendo sonar dinero pensó que se iba a mudar, y se apresuró a avisar a Javert. Por la noche cuando salió Jean Valjean, lo esperaba Javert detrás de los árboles con dos de sus hombres.

Javert siguió a Jean Valjean de árbol en árbol, de esquina en esquina, y no lo perdió de vista un solo instante, ni aun en los momentos en que el fugitivo se creía en mayor seguridad. Pero, ¿por qué no lo detenía? Porque dudaba aún.

Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda libertad; la prensa la tenía a raya. Atentar contra la libertad individual era un hecho grave. Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert estaba seguro de que no se le escaparía.

Lo seguía, pues, bastante perplejo, haciéndose una porción de preguntas acerca de aquel personaje enigmático. Solamente al llegar a la calle Pontoise, y a favor de la viva luz que salía de una taberna, fue cuando reconoció sin ninguna duda a Jean Valjean.

Hay en el mundo dos clases de seres que se estremecen profundamente: la madre que encuentra a su hijo perdido, y el tigre que encuentra su presa. En aquel momento, Javert sintió este estremecimiento profundo. Cuando tuvo seguridad de que aquel hombre era Jean Valjean, pidió un refuerzo al comisario de policía de la calle Pontoise. El tiempo que gastó en esta diligencia lo hizo perder la pista. Pero su poderoso instinto le dijo que Jean Valjean trataría de poner el río entre él y sus perseguidores y se fue derecho al puente de Austerlitz. Lo vio entrar en la calle Chemin-Vert-Saint Antoine; se acordó del callejón sin salida y de la única pasada de la calle Droit-Mur a la callejuela Picpus. Vio una patrulla que volvía al cuerpo de guardia, le pidió auxilio y se hizo escoltar por ella. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir a su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura.

Javert gozaba con lo que estaba viviendo; se puso a jugar disfrutando de la idea de verlo libre y saber que lo tenía cogido. Los hilos de su red estaban tejidos; ya no tenía más que cerrar la mano. Mas cuando llegó al centro de la telaraña, la mosca había volado.

Calcúlese su desesperación. Interrogó a sus hombres, nadie lo había visto.

Sea como fuere, en el momento en que Javert supo que se le escapaba Jean Valjean, no se aturdió. Seguro de que el presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras y emboscadas, y dio una batida por el barrio durante toda la noche. Al despuntar el día dejó dos hombres inteligentes en observación, y volvió a París a la prefectura de policía, avergonzado como un soplón a quien hubiera apresado un ladrón.


Los Miserables de Víctor Hugo

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