Los Miserables: II.6.7

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Los Miserables
Segunda parte: "Cosette"
Libro sexto: "Los cementerios reciben todo lo que se les da"
Capítulo VII: Clausura

de Víctor Hugo


Cosette continuó guardando silencio en el convento. Se creía hija de Jean Valjean; y como por otra parte nada sabía, nada podía contar. Se acostumbró muy pronto al colegio; al entrar de educanda, tuvo que ponerse el traje de las colegialas de la casa. Jean Valjean consiguió que le devolvieran los vestidos que usaba, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió cuando la sacó de las garras de los Thenardier. El traje no estaba aún muy usado; Jean Valjean lo guardó en una maletita con mucho alcanfor y otros aromas que abundaban en los claustros.

El convento era para Jean Valjean como una isla rodeada de abismos; aquellos cuatro muros eran el mundo para él. Tenía bastante cielo para estar tranquilo, y tenía a Cosette para ser feliz. Empezó, pues, para él una vida muy grata.

Trabajaba todos los días en el jardín, y era muy útil. Había sido en su juventud podador, y sabía mucho de jardinería. Las religiosas lo llamaban el otro Fauvent.

En las horas de recreo, miraba desde lejos cómo jugaba y reía Cosette, y distinguía su risa de las de las demás. Porque ahora Cosette reía.

Dios tiene sus caminos: el convento contribuía, como Cosette, a mantener y completar en Jean Valjean la obra del obispo. Mientras no se había comparado más que con el obispo, se había creído indigno, y había sido humilde; pero desde que, hacía algún tiempo, se comparaba con los hombres, había principiado a nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco a poco, habría concluido por volver al odio?

El convento lo detuvo en esta pendiente.

Algunas veces se apoyaba en la pala, y descendía lentamente por la espiral sin fin de la meditación. Recordaba a sus antiguos compañeros, y su gran miseria. Vivían sin nombre; sólo eran conocidos por números; estaban casi convertidos en cifras, y vivían en la vergüenza, con los ojos bajos, la voz queda, los cabellos cortados, y recibiendo golpes.

Después su espíritu se dirigía a los seres que tenía ante la vista.

Estos seres vivían también con los cabellos cortados, los ojos bajos, la voz queda, no en la vergüenza, pero sí en medio de la burla del mundo. Los otros eran hombres; éstos eran mujeres. ¿Y qué habían hecho aquellos hombres? Habían robado, violado, saqueado, asesinado. Eran bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas. ¿Y qué habían hecho estas mujeres? Nada.

Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad. En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el convento por la humildad.

Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que sabía que la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.

Todo lo que lo rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas, aquellas niñas dando gritos de alegría, aquellas mujeres graves y sencillas, aquel claustro silencioso, lo penetraban lentamente, y poco a poco su alma iba adquiriendo el silencio del claustro, el perfume de las flores, la paz del jardín, la ingenuidad de las monjas y la alegría de las niñas. Además, recordaba que precisamente dos casas de Dios lo habían acogido en los momentos críticos de su vida; la primera cuando todas las puertas se le cerraban y lo rechazaba la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana volvía a perseguirlo, y el presidio volvía a llamarlo; sin la primera, hubiera caído en el crimen; sin la segunda, en el suplicio. Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más. Muchos años pasaron así; Cosette iba creciendo.


Los Miserables de Víctor Hugo

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