Los Miserables: III.4.1

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Los Miserables
Tercera parte: "Marius"
Libro cuarto: "Los amigos del ABC"
Capítulo I: Un grupo que estuvo a punto de ser histórico

de Víctor Hugo


En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierto estremecimiento revolucionario. Algunos soplos, que salían de las profundidades de 1789 y 92, flotaban en el aire. La juventud estaba, si se nos permite la palabra, mudando la piel. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento de los tiempos. Los realistas se hacían liberales: los liberales se hacían demócratas.

Era como una marea ascendente complicada con miles de otras mareas. Se producían las más curiosas mezclas de ideas, como ser un extraño liberalismo bonapartista. Otros grupos de pensadores eran más serios. En ellos se sondeaba el principio; se buscaba un fundamento en el derecho; se apasionaba por lo absoluto; se vislumbraban las realizaciones infinitas. Lo absoluto por su misma rigidez impulsa el pensamiento hacia el cielo, y lo hace flotar en el espacio ilimitado. Pero nada mejor que el sueño para engendrar el porvenir. La utopía de hoy es carne y hueso mañana.

No había entonces todavía en Francia vastas organizaciones subyacentes, pero algunos canales ocultos se iban ya ramificando, y existía en París, entre otras, la sociedad de los amigos del ABC.

¿Y qué eran los amigos del ABC? Una sociedad que tenía por objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad la reivindicación de los hombres.

Se declaraban amigos del Abaissé*. Para ellos el Abaissé o ABC era el pueblo y querían ponerlo de pie. Retruécano que no debemos tomar a la ligera, pues hay ejemplos muy poderosos, como Tú eres piedra y sobre esta piedra construiré mi iglesia.

Los amigos del ABC eran pocos; componían una sociedad secreta en estado de embrión, casi podríamos decir una camarilla si las camarillas pudiesen producir héroes. Se reunían en París en dos puntos: cerca del Mercado en una taberna llamada Corinto, donde acudían los obreros; y cerca del Panteón, en un pequeño café de la plaza Saint-Michel, llamado Café Musain, donde acudían los estudiantes.

Los conciliábulos habituales de los amigos del ABC se celebraban en una sala interior del Café Musain. Esta sala, bastante apartada del café, con el cual se comunicaba por un largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta, que daba a la callejuela de Grés. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y se reía. Se hablaba de todo a gritos, pero de una cosa en voz baja. En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia en tiempo de la República, indicio suficiente para excitar el olfato de cualquier agente de policía.

La mayor parte de los amigos del ABC eran estudiantes, en cordial armonía con algunos obreros. Pertenecen en cierta manera a la historia de Francia.

Los principales eran: Enjolras, Combeferre, Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Laigle, Joly, Grantaire.

Por la gran amistad que los unía llegaron a formar una especie de familia. Constituyeron un grupo extraordinario, que desapareció en las invisibles profundidades del pasado.

Enjolras era hijo único y muy rico; su rostro era bello como el de un ángel; a los veintidós años aparentaba tener diecisiete. Parecía no saber que existían las mujeres y los placeres. No había para él más pasión que el derecho; ni más pensamiento que destruir el obstáculo. Era severo en sus alegrías y bajaba castamente los ojos ante todo lo que no era la República. Al lado de Enjolras que representaba la lógica, Combeferre representaba la filosofía de la revolución; revolución, decía, pero también civilización. El bien debe ser inocente, repetía sin cesar.

Prouvaire tocaba la flauta, cultivaba flores, hacía versos, amaba al pueblo, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza el porvenir y Dios, y censuraba a la Revolución por haber cortado una cabeza real: la de Andrés Chenier. También era hijo único y de familia rica. Era muy tímido, y sin embargo intrépido.

Feuilly era un obrero huérfano de padre y madre que ganaba penosamente tres francos al día y que no tenía más que un pensamiento: libertar al mundo.

Courfeyrac era de familia aristocrática. Tenía esa verbosidad de la juventud, que podría llamarse la belleza del diablo del espíritu.

Bahorel estudiaba Leyes; era un talento penetrante, y más pensador de lo que parecía. Tenía por consigna no ser jamás abogado; cuando pasaba frente a la Escuela de Derecho, lo que sucedía en raras ocasiones, tomaba toda clase de precauciones para no ser infectado. Sus padres eran campesinos a quienes había inculcado el respeto por su hijo.

Laigle era un muchacho alegre y desgraciado. Su especialidad consistía en que todo le salía mal; pero él se reía de todo. A los veinticinco años ya era calvo. Era pobre, pero tenía un bolsillo inagotable de buen humor. Hacía un lento camino hacia la carrera de abogado.

Joly era el enfermo imaginario joven. Lo único que había conseguido al estudiar medicina era hacerse más enfermo que médico. A los veintitrés años se pasaba la vida mirándose la lengua al espejo y tomándose el pulso. Por lo demás, era el más alegre de todos.

En medio de estos corazones ardientes, de estos espíritus convencidos de un ideal, había un escéptico, Grantaire, que se cuidaba mucho de creer en algo. Era uno de los estudiantes que más habían aprendido en sus cursos: sabía perfectamente dónde estaba el mejor café, el mejor billar, las mejores mujeres, el mejor vino. Se reía de todas las grandes palabras como derechos del hombre, contrato social, Revolución Francesa, república, etc. Pero sí tenía su propio fanatismo, que no era una idea ni un dogma, sino que era Enjolras. Grantaire lo admiraba, lo veneraba, lo necesitaba precisamente por ser tan opuesto a él. Pero Enjolras, como era creyente, despreciaba a este escéptico; y como era sobrio, despreciaba a este borrachín.


Notas:

  • Abaissé significa en francés humillado, abatido.

Los Miserables de Víctor Hugo

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