Los Miserables: III.8.13

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Los Miserables
Tercera parte: "Marius"
Libro octavo: "El mal pobre"
Capítulo XIII: Se debería comenzar siempre por apresar a las víctimas

de Víctor Hugo


Javert, al anochecer, había apostado a su gente y él mismo se había emboscado detrás de los árboles frente al caserón Gorbeau. Empezó por abrir su bolsillo para meter en él a las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones del tugurio, pero sólo encontró a Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido. Luego Javert quedó al acecho, atento el oído a la señal convenida.

Las idas y venidas del coche lo preocuparon y terminó por impacientarse. Estaba seguro de andar de suerte y de que allí había un nido, ya que conocía a muchos de los bandidos que habían entrado; acabó por decidirse a subir sin esperar el pistoletazo. Entró con la llave de Marius. Llegó justo a tiempo.

Los bandidos, asustados, se arrojaron sobre las armas que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete asesinos, que daba espanto mirar, se agruparon en actitud de defensa; Thenardier tomó su cuchillo; la Thenardier se apoderó de una enorme piedra que servía a sus hijas de taburete.

Javert se puso su sombrero, dio dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.

- ¡Alto ahí! -dijo-. No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos perjudicial. Sois siete, nosotros somos quince. No riñáis como principiantes. Sed buenos muchachos.

Bigrenaille sacó una pistola que llevaba oculta bajo la camisa, y la puso en la mano de Thenardier, diciéndole al oído:

- Es Javert. Yo no me atrevo a disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?

- ¡Por supuesto! -respondió Thenardier.

- Entonces, dispara.

Thenardier cogió la pistola y apuntó a Javert.

Este, que se hallaba a tres pasos, lo miró fijamente, y se contentó con decirle:

- No tires, te va a fallar.

Thenardier apretó el gatillo; el tiro no salió.

- ¡Te lo dije! -exclamó Javert.

- ¡Eres el emperador de los demonios! -gritó Bigrenaille, tirando su garrote al suelo-. Yo me rindo.

- ¿Y vosotros? -preguntó Javert a los demás.

- También.

Javert dijo con calma:

- Bien, bien; ya decía yo que erais buena gente.

Y volviéndose a la puerta llamó a sus hombres.

- Entrad ya -dijo.

Una escuadra de municipales sable en mano y de agentes armados de garrotes, se precipitó en la habitación.

- ¡Esposas a todos! -gritó Javert.

La Thenardier miró sus manos atadas y las de su marido, se dejó caer en el suelo, y exclamó llorando:

- ¡Mis hijas!

- Están ya a la sombra -dijo Javert.

En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y lo sacudían. Se despertó balbuceando:

- ¿Hemos concluido, Jondrette?

- Sí, Boulatruelle -respondió Javert.

Los seis bandidos, atados, conservaban aún sus caras de espectros: tres tiznados de negro, tres enmascarados.

- Conservad vuestras caretas -dijo Javert.

Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo a los tres falsos deshollinadores:

- Buenas noches, Bigrenaille; buenas noches, Brujon; buenas noches, Demiliard.

Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre de la maza:

- Buenas noches, Gueulemer.

Y al del garrote:

- Buenas noches, Babet.

Y al ventrílocuo:

- Qué tal, Claquesous.

En ese momento, vio al prisionero de los bandidos, el cual, desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía con la cabeza baja.

- Desatad al señor -dijo Javert-, y que nadie salga.

Dicho esto, se sentó ante la mesa, donde habían quedado la vela y el tintero, sacó un papel sellado del bolsillo, y comenzó su informe. Luego que escribió las primeras líneas, que son las fórmulas de siempre, alzó la vista.

- Que se acerque el caballero a quien estos señores tenían atado.

Los agentes miraron en derredor.

- Y bien -preguntó Javert-, ¿dónde está?

El prisionero de los bandidos, el señor Blanco, el señor Urbano Fabre, el padre de Ursula, había desaparecido.

La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba. En cuanto se vio libre, y en tanto que Javert escribía, se aprovechó de la confusión, de la oscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para lanzarse por la ventana.

Un agente corrió a ella y miró. No se veía nada afuera. La escala de cuerda temblaba todavía.

- ¡Demonios! -dijo Javert entre dientes-. ¡Este debía ser el mejor de todos!


Los Miserables de Víctor Hugo

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