Los Miserables: III.8.7

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Los Miserables
Tercera parte: "Marius"
Libro octavo: "El mal pobre"
Capítulo VII: Ofertas de servicio de la miseria al dolor

de Víctor Hugo


Marius presenció toda la anterior escena, sin embargo nada vio. Sus ojos estuvieron todo el tiempo clavados en la joven.

Cuando se fueron, quedó sin saber qué hacer; no podía seguirlos porque andaban en carruaje. Además, si no habían partido aún y el señor Blanco lo veía, volvería a escapar y todo se habría perdido otra vez. Finalmente decidió arriesgarse y salió de la pieza.

Al llegar a la calle alcanzó a ver el coche que doblaba la esquina. Corrió hacia allá y lo vio tomar la calle Mouffetard.

Hizo parar un cabriolé para seguirlo, pero el cochero, al ver su aspecto, le cobró por adelantado y Marius no tenía suficiente dinero. ¡Por veinticuatro sueldos perdió su alegría, su dicha, su amor!

Al regresar divisó al otro lado de la calle a Jondrette hablando con un hombre de aspecto sumamente sospechoso. A pesar de su preocupación, Marius lo miró bien, pues le pareció reconocer en él a un tal Bigrenaille, asaltante nocturno que una vez le mostrara Courfeyrac en las calles del barrio.

Marius entró en su habitación e iba a cerrar la puerta, pero una mano impidió que lo hiciera.

- ¿Qué hay? -preguntó-, ¿quién está ahí?

Era la Jondrette mayor.

- ¿Sois vos? -dijo Marius casi con dureza-. ¿Otra vez vos? ¿Qué queréis ahora?

Ella se había quedado en la sombra del corredor; ya no tenía la seguridad que mostrara en la mañana. Levantó hacia él su mirada apagada, donde parecía encenderse vagamente una especie de claridad, y le dijo:

- Señor Marius, parecéis triste; ¿qué tenéis?

- ¡Yo! -exclamó Marius.

- Sí, vos.

- No tengo nada, dejadme en paz.

- No es verdad -dijo la muchacha-. Habéis sido bueno esta mañana, sedlo también ahora. Me habéis dado para comer; decidme ahora lo que tenéis. Tenéis pena, eso se ve a la legua. No quisiera que tuvierais pena ninguna. ¿Puedo serviros en algo? No os pregunto vuestros secretos, no necesito que me los digáis; pero puedo ayudaros, puesto que ayudo a mi padre. Cuando es menester llevar cartas, ir a las casas, preguntar de puerta en puerta, hallar unas señas, seguir a alguien, yo sirvo para hacer esas cosas. Dejadme ayudaros.

Una idea atravesó por la imaginación de Marius. ¿Quién desdeña una rama cualquiera cuando se siente caer?

Se acercó a la Jondrette.

- Escucha -le dijo.

- Sí, sí, tuteadme -dijo ella con un relámpago de alegría en sus ojos.

- Pues bien -replicó Marius-, ¿tú trajiste aquí a ese caballero anciano con su hija?

- Sí.

- ¿Sabes dónde viven?

- No.

- Averígualo.

La mirada de la Jondrette de triste se había vuelto alegre, de alegre se tornó sombría.

- ¿Eso es lo que queréis? -preguntó.

- Sí.

- ¿Los conocéis acaso?

- No.

- Es decir -replicó vivamente-, no la conocéis, pero queréis conocerla.

Aquellos los que se habían convertido en la tenían un no sé qué de significativo y de amargo.

- ¿Puedes o no? -dijo Marius.

- Tendréis las señas de esa hermosa señorita.

Había en las palabras hermosa señorita un acento que importunó a Marius, el cual replicó:

- La dirección del padre y de la hija. Eso es lo que quiero...

La Jondrette lo miró fijamente.

- ¿Qué me daréis?

- Todo lo que quieras.

- ¿Todo lo que yo quiera?

- Si.

- Tendréis esas señas.

Bajó la cabeza; luego con un movimiento brusco tiró de la puerta y salió. Marius quedó solo.

Todo lo que había pasado desde la mañana, la aparición del ángel, su desaparición, lo que aquella muchacha acababa de decirle, un vislumbre de esperanza flotando en una inmensa desesperación, todo esto llenaba confusamente su cerebro.

De pronto vio interrumpida violentamente su meditación.

Oyó la voz alta y dura de Jondrette pronunciar estas palabras, que para él tenían el más grande interés.

- Te digo que estoy seguro y que lo he reconocido.

¿De quién hablaba Jondrette? ¿A quién había reconocido? ¿Al señor Blanco? ¿Al padre de su Ursula? ¿Acaso Jondrette los conocía? ¿Iba Marius a tener de aquel modo brusco e inesperado todas las informaciones, sin las cuales su vida era tan obscura? ¿Iba a saber, por fin, a quién amaba? ¿Quién era aquella joven? ¿Quién era su padre? ¿Estaba a punto de iluminarse la espesa sombra que los cubría? ¿Iba a romperse el velo? ¡Ah, santo cielo!

Saltó más bien que subió sobre la cómoda, y volvió a su puesto cerca del pequeño agujero del tabique.

Desde allí volvió a ver el interior de la cueva de Jondrette.


Los Miserables de Víctor Hugo

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