Los Miserables: IV.1.2

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Los Miserables
Cuarta parte: "Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis"
Libro primero: "Algunas páginas de historia"
Capítulo II: Enjolras y sus tenientes

de Víctor Hugo


El Faubourg Saint-Antoine caracterizaba esta situación más que ningún otro barrio. Allí era donde se sentía más el dolor.

Aquel antiguo barrio, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y furibundo como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Allí se sentían más que en otra parte la reacción de las crisis comerciales. En tiempo de revolución, la miseria es a la vez causa y efecto. Siempre que flotan en el horizonte resplandores impulsados por el viento de los sucesos, se piensa en este barrio y en la temible fatalidad que ha colocado a las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

En este barrio y en esta época, Enjolras, previendo los sucesos posibles, hizo una especie de recuento misterioso. Estaban todos en conciliábulo en el Café Musain.

- Conviene saber dónde estamos y con quiénes se puede contar -dijo-. Si se quiere combatientes, hay que hacerlos. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos? Courfeyrac, tú verás a los politécnicos. Feuilly, tú a los de la Glacière. Combeferre me prometió ir a Picpus, allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapade. Prouvaire, los albañiles se entibian, tú nos traerás noticias. Jolly tomará el pulso a la Escuela de Medicina. Laigle se dará una vuelta por el Palacio de justicia. Yo me encargo de la Cougourde. Pero falta algo muy importante, el Maine; allí hay marmolistas, pintores y escultores; son entusiastas pero desde hace un tiempo se han enfriado. Hay que ir a hablarles, hay que soplar en aquellas cenizas. Había pensado en ese distraído amigo nuestro, Marius, que es bueno, pero ya no viene. No tengo a nadie para el Maine.

- ¿Y yo? -dijo Grantaire.

- ¡Tú, adoctrinar republicanos, tú que no crees en nada!

- Creo en ti.

- ¿Serás capaz de ir al Maine?

- Soy capaz de todo.

- ¿Y qué les dirás?

- Les hablaré de Robespierre, de Danton, de los principios.

- ¡Tú!

- Yo. Lo que pasa es que a mí no se me hace justicia. Conozco el Contrato Social; sé de memoria la Constitución del año Dos: "La libertad del ciudadano concluye donde empieza la libertad de otro ciudadano". ¿Me crees idiota?

- Grantaire -dijo Enjolras, después de pensar algunos segundos-, acepto probarte. Irás al Maine.

Grantaire vivía cerca del café. Salió y volvió a los cinco minutos. Había ido a ponerse un chaleco a lo Robespierre.

- Rojo -dijo al entrar-. Ten confianza en mí, Enjolras.

Unos minutos después la sala interior del Café Musain quedaba desierta. Todos los amigos del ABC habían ido a cumplir su misión.


Los Miserables de Víctor Hugo

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