Los Miserables: IV.2.4

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Los Miserables
Cuarta parte: "Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis"
Libro segundo: "Eponina"
Capítulo IV: Aparición a Marius

de Víctor Hugo


Algunos días después, Marius había ido a pasearse un rato antes de ir a dejar la moneda para Thenardier. Era lo que hacía siempre. Apenas se levantaba, se sentaba delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; trataba de escribir y no podía y se levantaba de la silla, diciendo: "Voy a salir un rato, así me darán ganas de trabajar". Y se iba al Campo de la Alondra.

Esa mañana, en medio del arrobamiento con que iba pensando en Ella mientras paseaba, oyó una voz conocida que decía:

-¡Al fin, ahí está!

Levantó los ojos y reconoció a la hija mayor de Thenardier, Eponina. Llevaba los pies descalzos e iba vestida de harapos. Tenía la misma voz ronca, la misma mirada insolente. Además, oscurecía su rostro ese miedo que añade la prisión o la miseria.

Llevaba algunos restos de paja en los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar. Y a pesar de todo, estaba hermosa.

Se quedó algunos momentos en silencio.

- ¡Os encontré! -dijo por fin-. Tenía razón el señor Mabeuf. ¡Si supieseis cuánto os he buscado! ¿Sabéis que he estado en la cárcel quince días? Me soltaron por no haber nada contra mí, y porque además no tenía edad de discernimiento. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas! ¿Ya no vivís allá?

- No -dijo Marius.

- ¡Oh! Ya comprendo. A causa de aquello. ¿Dónde vivís ahora?

Marius no respondió.

- Parece que no os alegráis de verme. Y, sin embargo, si quisiera os obligaría a estar contento.

- ¿Contento -preguntó Marius-, qué queréis decir?

- ¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!

- Pues bien; ¿qué quieres decir?

Eponina se mordió el labio, parecía dudar como si fuera presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.

- Bueno, peor para mí, qué vamos a hacer. Estáis triste y quiero que estéis contento. ¡Pobre señor Marius! Ya sabéis, me habéis prometido que me daríais todo lo que yo quisiera...

- ¡Sí, pero habla de una vez!

Ella miró a Marius fijamente a los ojos y le dijo:

- ¡Tengo la dirección!

Marius se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.

- ¿Qué dirección?

- Ya sabéis, las señas de la señorita.

Y así que pronunció esta palabra, suspiró profundamente.

Marius le cogió violentamente la mano.

- ¡Llévame! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?

- Venid conmigo. No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa.

Retiró entonces la mano, y dijo en un tono que hubiera lacerado el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Marius, embriagado y loco de felicidad:

- ¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!

Una nube pasó por la frente de Marius.

- ¡ Júrame una cosa! -dijo cogiendo a Eponina del brazo.

- ¡Jurar! -dijo ella-; ¿qué quiere decir eso? ¡Vaya! ¿Queréis que jure?

Y se echó a reír.

- ¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina, júrame que no darás esa dirección a tu padre!

Eponina se volvió hacia él con una mirada de asombro.

- ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?

- ¡Respóndeme, en nombre del cielo! ¡ Júrame que no se lo dirás a tu padre!

- ¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! Estad tranquilo. Está preso e incomunicado.

- ¿Pero no me lo prometes? -exclamó Marius.

- ¡Sí, sí os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa! ¡No diré nada a mi padre!

- Ni a nadie -dijo Marius.

- Ni a nadie.

- Ahora, llévame.

- Venid. ¡Oh, qué contento está! -dijo la joven.

A los pocos pasos se detuvo.

- Me seguís muy de cerca, señor Marius. Dejadme ir delante de vos y seguidme así no más, como si tal cosa. No deben ver a un caballero como vos con una mujer como yo.

Ningún idioma podría expresar lo que encerraba la palabra mujer dicha así por aquella niña. Dio unos pasos, y se detuvo otra vez.

- A propósito, ¿recordáis que habéis prometido una cosa?

Marius registró el bolsillo. No poseía en el mundo más que los cinco francos destinados a Thenardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.

Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y dijo mirando a Marius con aire sombrío:

- No quiero vuestro dinero.


Los Miserables de Víctor Hugo

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