Los Miserables: IV.2.7

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Los Miserables
Cuarta parte: "Idilio en calle Plumet y epopeya en calle Saint-Denis"
Libro segundo: "Eponina"
Capítulo VII: La rosa descubre que es una máquina de guerra

de Víctor Hugo


Cosette adoraba a su padre con toda el alma.

Como él no vivía dentro de la casa ni iba al jardín, a ella le gustaba más pasar el día en el patio de atrás, en esa habitación sencilla, que en el salón lleno de muebles finos.

Él le decía a veces, dichoso de que lo importunara:

- ¡Ya, ándate a la casa, déjame en paz solo un rato!

Ella solía reprenderlo, como se impone una hija al padre:

- ¡Hace tanto frío en vuestra casa! ¿Por qué no ponéis una alfombra y una estufa?

- Niña mía, hay tanta gente mejor que yo que no tiene ni un techo sobre su cabeza.

- ¿Entonces por qué yo tengo siempre fuego en la chimenea?

- Porque eres mujer, y eres una niña.

Otra vez le dijo:

- Padre, ¿por qué coméis ese pan tan malo?

- Porque sí, hija mía.

- Entonces, si vos lo coméis, yo también lo comeré.

De modo que para que Cosette no comiera pan negro, Jean Valjean comenzó a comer pan blanco.

Ella no recordaba a su madre, ni siquiera sabía su nombre, de modo que todo su amor se volcaba en este padre bondadoso. Y él era dichoso.

Cuando salía con él, la niña se apoyaba en su brazo, orgullosa, feliz. El pobre hombre se estremecía inundado de una dicha angelical; se decía que esto duraría toda la vida; pensaba que no había sufrido lo suficiente para merecer tanta felicidad, y agradecía a Dios en el fondo de su alma por haberle permitido ser amado por este ser inocente.

Un día Cosette se miró por casualidad al espejo, y le pareció que era bonita, lo cual la turbó mucho, pues había oído decir que era fea. Otra vez, yendo por la calle, le pareció oír a uno, a quien no pudo ver, que decía detrás de ella: Linda muchacha, pero muy mal vestida. "¡Bah! -pensó ella-, no lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida." Y no se miró más al espejo.

Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:

- Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?

Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.

¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda e indefinible opresión en su corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Comprendió que aquello era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo.

Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el destino; que había sido casi malvado y que había llegado a ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado todavía y que podía en cualquier momento ser devuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de aquella niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensado, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más. Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.

Jean Valjean desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su opresión, miraba asustado aquella belleza que se presentaba cada día más triunfante y soberbia a su lado, a su vista. Y se decía: "¡Qué hermosa es! ¿Qué va a ser de mí?" En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.

No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.

Desde el día siguiente a aquel en que Cosette se había dicho: "Parece que soy bonita", recordó lo que había dicho el transeúnte: "Bonita, pero mal vestida". De inmediato aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la bota, de los manguitos, de la tela de moda, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace a la mujer parisiense tan seductora, tan profundamente peligrosa.

El primer día que Cosette salió con un vestido nuevo y un sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Jean Valjean alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendorosa.

- Padre -dijo-, ¿cómo me encontráis?

El respondió con una voz semejante a la de un envidioso:

- ¡Encantadora!

Desde aquel momento observó que Cosette quería salir siempre y no tenía ya tanta afición al patio interior; le gustaba más estar en el jardín, y pasearse por delante de la verja. En esta época fue cuando Marius, después de pasados seis meses, la volvió a ver en el Luxemburgo.


Los Miserables de Víctor Hugo

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